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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
El niño nació en una casa pequeña de barro y paja.
Afuera llovía.
La lluvia golpeaba el techo con un sonido constante, suave en algunos momentos y pesado en otros. Por las paredes se filtraba el olor de la tierra mojada. El suelo estaba frío.
Dentro de la casa apenas había luz.
Una lámpara de aceite descansaba sobre una mesa vieja, iluminando a ratos el rostro cansado de su madre.
Cuando finalmente escucharon el primer sonido del recién nacido, su padre se quedó quieto.
Había esperado un llanto fuerte.
Pero el niño apenas hizo un ruido.
Su madre lo sostuvo contra el pecho, agotada, mientras la anciana que había ayudado en el parto lo limpiaba con un pedazo de tela.
El padre se acercó.
Miró al bebé.
Durante unos segundos no dijo nada.
Tenía el cabello muy fino y oscuro, todavía pegado a la cabeza por la humedad. La piel era clara y el rostro pequeño.
—Qué niña tan bonita...
La mujer que estaba junto a él soltó una pequeña risa.
—No es niña.
El hombre parpadeó.
Miró otra vez.
—¿Ah?
La anciana levantó una ceja.
—Es un niño.
El padre se quedó mirando al recién nacido.
Después volvió a mirar a su esposa.
—¿Seguro?
—Seguro.
El hombre se rascó la cabeza.
—Entonces... es un niño bonito.
La madre sonrió débilmente.
—An Yo.
Fue el nombre que eligieron.
No hubo celebración.
No había dinero para eso.
Aquella noche comieron lo poco que quedaba de arroz y algunas verduras cocidas. El padre bebió agua junto a la puerta mientras escuchaba la lluvia.
El niño dormía.
No lloraba.
Ni siquiera cuando lo cambiaron de brazos.
\---
Durante sus primeros meses, An Yo pasó la mayor parte del tiempo entre los brazos de su madre, envuelto en telas viejas.
La casa era pequeña.
Una sola habitación servía para casi todo.
Dormían sobre esteras colocadas encima del suelo. En una esquina guardaban los sacos de grano. En otra estaban las herramientas de su padre: cuchillos, cuerdas, un arco viejo, varias puntas de flecha y una pequeña hacha.
Cuando llovía demasiado, tenían que poner recipientes debajo de algunas partes del techo.
A veces caían gotas sobre el suelo.
Ploc.
Ploc.
Ploc.
An Yo aprendió aquel sonido antes de aprender muchas otras cosas.
También aprendió el olor del humo.
El olor del arroz.
El olor de la ropa mojada.
El olor de la tierra.
El olor de la sangre.
Porque su padre era cazador.
No uno famoso.
Ni siquiera especialmente bueno.
Simplemente uno de los hombres del pueblo que salían al bosque para conseguir carne cuando la cosecha no alcanzaba.
Y desde muy pequeño, An Yo lo esperaba junto a la puerta.
Todavía no podía caminar.
Se quedaba sentado sobre una manta mientras miraba a su padre entrar cargando algún animal muerto.
Conejos.
Aves.
A veces un pequeño ciervo.
Su padre siempre dejaba las botas afuera.
—No me ensucies la casa.
An Yo lo miraba.
—Pa...
—¿Qué?
El niño extendía los brazos.
El hombre suspiraba.
—Ven acá.
Y lo levantaba.
An Yo apoyaba la cabeza contra su pecho.
Casi nunca lloraba.
Eso era algo que todos comentaban.
Cuando tenía hambre, hacía pequeños sonidos.
Cuando tenía sueño, se frotaba los ojos.
Cuando algo le molestaba, fruncía el rostro.
Pero rara vez lloraba.
Su madre decía que era un niño tranquilo.
Su padre decía que era demasiado tranquilo.
—Ese muchacho parece que nació cansado.
\---
A los dos años comenzó a caminar.
Al principio se caía constantemente.
Una vez cayó sobre un montón de paja.
Otra, dentro de un pequeño charco de barro.
Su madre corrió hacia él.
—¡An Yo!
El niño se quedó sentado.
Miró sus manos cubiertas de barro.
Luego miró a su madre.
No lloró.
Solo levantó una mano.
—Mira.
Ella se quedó mirándolo.
Después se echó a reír.
—Sí. Ya veo.
An Yo miró nuevamente sus dedos.
Parecía fascinado.
\---
A los tres años ya seguía a su padre por la casa.
Lo observaba reparar herramientas.
Lo observaba preparar trampas.
Lo observaba cortar madera.
Preguntaba mucho.
—¿Qué es?
—Una cuerda.
—¿Pa' qué?
—Para atar cosas.
—¿Y eso?
—Un cuchillo.
—¿Pa' qué?
—Para cortar.
—¿Y eso?
—An Yo...
—¿Qué?
—Déjame trabajar.
El niño guardaba silencio.
Durante unos diez segundos.
—¿Qué haces?
Su padre cerraba los ojos.
—Trabajo.
—Ah.
Otros diez segundos.
—¿Y eso?
—...
Su madre, desde el otro lado de la habitación, se reía.
\---
A los cuatro años comenzó realmente su aprendizaje.
Su padre no lo llevó demasiado lejos.
No podía.
El bosque cercano ya era peligroso para un adulto descuidado.
Así que empezó con cosas pequeñas.
Una mañana llevó a An Yo detrás de la casa.
Había un conejo muerto sobre una tabla.
El niño lo observó.
—¿Está dormido?
—No.
—¿Por qué?
—Porque está muerto.
An Yo se agachó.
Tocó una de las orejas.
Estaba fría.
—¿Cómo sabes?
—No respira. No se mueve. El cuerpo se enfría.
El hombre sacó su cuchillo.
—Mira.
An Yo se acercó.
—Cuando cazas un animal, no desperdicias la carne. Primero quitas la piel.
El cuchillo entró con cuidado entre la piel y el cuerpo.
An Yo observó en silencio.
Su padre le explicó dónde cortar y dónde no.
Le mostró cómo sujetar la piel para no romperla.
Cómo retirar el pelo.
Cómo separar la carne.
Cómo limpiar los restos.
No había nada glorioso en aquello.
Era trabajo.
Y An Yo lo entendió así.
Carne significaba comida.
La piel podía venderse.
Los huesos podían aprovecharse.
Nada debía desperdiciarse cuando una familia tenía poco.
—Ahora tú.
Su padre le entregó el cuchillo.
An Yo lo tomó con ambas manos.
Pesaba demasiado.
—¿Así?
—No. Más despacio.
El niño intentó cortar.
La hoja resbaló.
—¡Ah!
Su padre le agarró inmediatamente la muñeca.
—Cuidado.
An Yo miró su dedo.
Había una pequeña línea roja.
No era profunda.
Pero sus ojos se abrieron mucho.
—Sangre.
—Sí.
—¿Me voy a morir?
Su padre lo miró.
—No.
—Ah.
Y continuó.
\---
Ese mismo año su padre comenzó a enseñarle otra cosa.
Construir.
La casa donde vivían no era completamente de barro.
La estructura principal estaba hecha con ramas y madera. Entre ellas habían colocado barro mezclado con paja. El techo estaba cubierto con haces de paja seca.
Funcionaba.
Pero apenas.
Cuando llovía demasiado, había filtraciones.
Cuando llegaba el frío, el viento encontraba pequeños agujeros.
Su padre quería construir una pared nueva antes de la siguiente temporada de lluvias.
Llevó a An Yo con él.
Primero recogieron barro.
Después lo mezclaron con agua y paja.
An Yo metió los pies.
—Está frío.
—Sí.
—Está feo.
—También.
—Huele raro.
—Eso es barro.
—¿Todo el barro huele así?
—No sé.
An Yo hundió nuevamente el pie.
Su padre comenzó a reír.
—Saca los pies.
—¿Por qué?
—Porque vas a hacer más trabajo para nosotros.
An Yo miró sus piernas cubiertas de barro.
—Ya estoy trabajando.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Su padre lo miró.
An Yo sonrió.
Finalmente el hombre negó con la cabeza.
—Eres terco.
El niño no sabía qué significaba exactamente.
Pero por el tono entendió que no era un insulto.
Así que sonrió todavía más.
\---
A los cinco años ya conocía muchas cosas que no aparecían en ningún libro.
Aunque no sabía leer.
No sabía escribir.
No sabía cuánto medía el mundo.
No sabía los nombres de los grandes reinos.
No sabía qué había detrás de las montañas lejanas.
No sabía qué era una secta.
No sabía cuántas ciudades existían.
Ni siquiera sabía contar grandes cantidades.
Pero sabía distinguir las huellas recientes de un jabalí de las antiguas.
Sabía que ciertas plantas hacían enfermar.
Sabía dónde encontrar agua después de una lluvia fuerte.
Sabía que una cuerda mojada pesaba más.
Sabía que la carne no debía quedarse demasiado tiempo al sol.
Sabía que el barro demasiado líquido no servía para levantar una pared.
Sabía que una tormenta podía derribar un árbol viejo.
Y sabía que, cuando su padre regresaba del bosque con el rostro serio, era mejor no hacer preguntas.
A veces se sentaba junto a él mientras reparaba las flechas.
—Pa.
—¿Sí?
—¿Yo soy bonito?
Su padre levantó la mirada.
—¿Quién te dijo eso?
—La buelita.
—Ah.
El hombre volvió a mirar la flecha.
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
An Yo sonrió.
—Más que tú.
Su padre soltó una carcajada.
—Eso sí es verdad.
Desde la cocina, su madre intervino:
—¡No le metas esas cosas en la cabeza!
—¡Él preguntó!
—¡Pues dile que no!
An Yo miró a uno y luego al otro.
No entendió por qué discutían.
Se encogió de hombros.
Y siguió observando cómo su padre reparaba la flecha.
Aquel pequeño pueblo seguía siendo su mundo.
Las casas de barro.
Los campos.
El bosque.
Los cazadores.
Los animales.
El humo de las cocinas.
Los caminos embarrados.
Las voces de los vecinos.
Y aquella casa pobre donde había nacido, el día veintiocho, sin que nadie allí supiera que algún día An Yo descubriría que su nacimiento había ocurrido en una época del año que todavía ni siquiera sabía nombrar.
\---
Durante esos años, An Yo aprendió que su padre sabía hacer más cosas de las que enseñaba en público.
Sabía cazar.
Sabía despellejar.
Sabía reparar una pared.
Sabía reconocer plantas.
Y también sabía robar.
No era un gran ladrón.
No pertenecía a ninguna banda ni tenía contactos en ciudades importantes. Simplemente había aprendido a quitar pequeñas cosas cuando la comida escaseaba.
Una moneda.
Un poco de comida.
Alguna herramienta.
Nunca demasiado.
Su padre decía que robar mucho era una manera rápida de terminar muerto.
—Si vas a hacerlo, primero miras.
An Yo no entendía.
—¿Mirar qué?
—Todo.
Su padre lo llevaba al mercado del pueblo y se sentaban en algún lugar donde nadie prestara demasiada atención.
No hacían nada.
Solo miraban.
Durante una hora.
A veces dos.
An Yo se aburría.
Miraba a los perros.
A las personas.
A los vendedores.
A los carros.
A las gallinas.
A su padre.
—¿Ya?
—No.
Pasaba otro rato.
—¿Ya?
—No.
—¿Cuándo?
—Cuando dejes de preguntar.
An Yo fruncía la boca.
Y seguía mirando.
Su padre le enseñaba a observar las manos de las personas, no sus caras.
Una mano que protegía demasiado un bolsillo.
Otra que constantemente tocaba una bolsa.
Un hombre que caminaba mirando hacia atrás.
Una mujer que estaba distraída contando mercancía.
Dos personas que parecían discutir, pero miraban alrededor cada pocos segundos.
—La gente dice muchas cosas con la boca —le decía—. Pero el cuerpo habla antes.
An Yo no sabía qué significaba exactamente aquello.
Así que intentaba verlo.
Con el tiempo empezó a notar cosas.
El hombre que se rascaba el cuello cuando estaba nervioso.
La mujer que escondía una bolsa cuando alguien se acercaba.
El vendedor que dejaba de sonreír cuando aparecía cierto cliente.
Pequeñas cosas.
Nada extraordinario.
Pero su padre insistía.
—Mira.
—Estoy mirando.
—No. Estás viendo.
An Yo lo miró confundido.
—¿No es lo mismo?
—No.
\---
Cuando An Yo cumplió cinco años, su padre comenzó a enseñarle a robar monedas.
No porque quisiera convertirlo en ladrón.
Porque quería que supiera hacerlo.
Era diferente.
Primero practicaron con un bolsillo viejo.
Su padre metía unas monedas de cobre dentro y caminaba delante de él.
—Quítala.
An Yo intentaba.
Su mano era demasiado lenta.
Su padre la atrapaba.
—Otra vez.
Fallaba.
Otra vez.
Fallaba.
Otra.
Hasta que aprendió a acercar los dedos sin mirar directamente al bolsillo.
Después aprendió algo todavía más importante:
no mirar la moneda.
Mirar a la persona.
La moneda no podía escapar.
La persona sí.
—Si miras tu mano, estás perdido.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque la gente mira donde tú miras.
Aquella frase se le quedó grabada.
Su padre también le enseñó a sentir cuándo alguien estaba cerca.
No era magia.
Era experiencia.
El crujido de una rama.
El cambio repentino en los pájaros.
Una respiración que no pertenecía al viento.
Hojas moviéndose sin que hubiera una corriente.
Un animal que dejaba de comer.
El silencio repentino de un bosque que hacía unos segundos estaba lleno de insectos.
—Cuando estés aquí —decía su padre—, no escuches solo lo que hace ruido.
An Yo permanecía quieto.
—¿Entonces qué escucho?
—Lo que deja de hacerlo.
Eso le costó entenderlo.
Pero poco a poco empezó a hacerlo.
A veces su padre se escondía detrás de un árbol.
An Yo caminaba.
No lo veía.
Pero sentía algo extraño.
Una sensación pequeña.
Como si el espacio delante de él no estuviera vacío.
Se detenía.
Miraba.
Nada.
Entonces su padre salía.
—¿Cómo supiste?
—No sé.
—Bien.
Eso era todo.
Nunca le explicaba exactamente qué había percibido.
Quería que aprendiera a encontrarlo solo.
También le enseñó cuándo esconderse.
Y cuándo correr.
Sobre todo cuándo correr.
—Si ves huellas que no conoces, no sigues.
—¿Y si quiero saber qué es?
—Te aguantas las ganas.
—¿Y si es un animal?
—Entonces será un animal sin ti.
—¿Y si hay comida?
—Comes otra cosa.
—¿Y si es algo bueno?
Su padre lo miró seriamente.
—Si no sabes qué es, no sabes si es bueno.
An Yo permaneció callado.
Aquella respuesta sí la entendió.
\---
El bosque empezó a enseñarle cosas que su padre no podía.
A los cinco años todavía no sabía describirlas.
Solo las sentía.
Había lugares donde los pájaros cantaban.
Otros donde no.
Había senderos donde los animales caminaban constantemente.
Otros que parecían abandonados.
Había momentos en que el bosque parecía enorme y tranquilo.
Y otros en que algo estaba mal.
Su padre podía sentirlo también.
Y cuando lo sentía, no discutía.
No investigaba.
No intentaba demostrar que era valiente.
Simplemente decía:
—Nos vamos.
Y An Yo lo seguía.
\---
Después ocurrió aquello.
Fue en el pueblo.
An Yo no recordaría exactamente qué había robado aquel hombre.
Quizá unas monedas.
Quizá comida.
Tal vez alguna herramienta.
Con los años dejó de importarle.
Lo que sí recordó fue el ruido.
Habían atrapado a un ladrón.
Era un hombre delgado.
An Yo lo había visto alguna vez.
No lo conocía.
Pero lo había visto caminar por las calles.
Esa mañana había demasiada gente reunida.
Su padre agarró a An Yo del hombro.
—No mires.
An Yo miró.
—Pa...
—Vámonos.
Pero ya era tarde.
El castigo había comenzado.
An Yo vio al hombre en el suelo.
Había sangre en la tierra.
No comprendía qué le habían hecho.
Solo vio que sus brazos ya no estaban como antes.
La imagen no encajaba en su cabeza.
Era un hombre.
Tenía cara.
Tenía ojos.
Tenía voz.
Pero algo estaba terriblemente mal.
El hombre gritaba.
An Yo se quedó inmóvil.
No porque fuera valiente.
Su cuerpo simplemente no sabía qué hacer.
Quería mirar hacia otro lado.
No podía.
Quería taparse los oídos.
No lo hacía.
Sentía las piernas raras.
Como si estuvieran flojas.
Su padre intentó girarle la cabeza.
—No.
An Yo volvió a mirar.
Entonces encendieron el fuego.
El hombre gritó.
Esta vez An Yo retrocedió.
El sonido no parecía humano.
O quizá sí.
Eso era lo peor.
Porque An Yo sabía que aquel hombre era una persona.
Lo había visto caminar.
Lo había visto hablar.
Y ahora estaba allí, gritando mientras el fuego lo envolvía.
El niño comenzó a respirar demasiado rápido.
Su padre lo levantó.
—No mires.
Esta vez An Yo obedeció.
Apoyó la cara contra el pecho de su padre.
Pero seguía escuchando.
Los gritos.
La gente hablando.
Alguien riéndose.
Alguien diciendo que se lo había buscado.
El olor llegó después.
Humo.
Tela quemada.
Carne.
Algo dulce y repugnante que An Yo no sabía nombrar.
Hundió más la cara contra su padre.
—Pa...
—Estoy aquí.
—¿Está...?
No terminó la pregunta.
Su padre entendió.
—Sí.
An Yo permaneció callado.
Después preguntó:
—¿Se va a levantar?
Su padre tardó unos segundos en responder.
—No.
An Yo cerró los ojos.
Aquella fue la primera vez que comprendió que algunas personas podían desaparecer de verdad.
No marcharse.
No dormir.
No esconderse.
Desaparecer.
\---
Aquella noche su padre no habló demasiado.
Estaban sentados dentro de la pequeña casa.
La madre preparaba comida.
An Yo no tenía hambre.
Eso era extraño.
Normalmente preguntaba cuándo iban a comer.
Esa noche no.
Se quedó mirando el fuego pequeño de la cocina.
Las llamas eran mucho más pequeñas que las de aquella plaza.
Pero An Yo las observó con una atención incómoda.
Su padre se dio cuenta.
—No pienses en eso.
An Yo siguió mirando.
—¿Por qué lo mataron?
—Porque robó.
—¿Por unas monedas?
—No lo sé.
—Nosotros robamos.
Silencio.
Su padre dejó de mover las manos.
An Yo levantó la mirada.
—¿También nos van a matar?
La pregunta no llevaba miedo exagerado.
Era peor.
Era una pregunta sincera.
Su padre se quedó mirándolo durante un largo momento.
—No vamos a robar más.
An Yo asintió.
No preguntó nada más.
Y su padre cumplió.
Desde aquel día dejó de enseñar a su hijo a robar personas.
Pero nunca dejó de enseñarle a observarlas.
Nunca dejó de enseñarle a escuchar el bosque.
Nunca dejó de enseñarle cuándo esconderse.
Y, sobre todo, nunca dejó de repetirle una cosa:
—An Yo.
—¿Sí?
—Si alguna vez sientes que algo te está mirando...
El hombre esperó hasta tener toda su atención.
—No busques qué es.
An Yo lo miró.
—¿Entonces?
—Primero escóndete.
Y aquella pequeña regla, nacida de una muerte que un niño jamás debió presenciar, terminaría acompañándolo mucho más lejos de aquel pueblo de barro y paja.
\---
La campana seguía sonando.
CLANG.
CLANG.
Los hombres corrían hacia la empalizada.
An Yo estaba junto a la puerta de su casa, todavía envuelto en la manta, cuando lo vio.
El ciego.
Lo había visto durante los últimos cuatro días.
Todos lo habían visto.
Era imposible no hacerlo.
Medía unos cuatro metros de altura y, pese a aquello, caminaba con una tranquilidad extraña. Era completamente calvo. Vestía ropas que nadie en Qingshui usaba: telas limpias, resistentes, de buena calidad, con cortes que An Yo no sabía describir. No parecían de campesino. Tampoco de cazador.
Llevaba un bastón.
Siempre el mismo.
Durante cuatro días se había sentado cerca de uno de los caminos del pueblo.
No hablaba.
No comía con los demás.
No parecía dormir.
Simplemente permanecía allí.
An Yo había sentido curiosidad.
Por eso lo señaló.
—Pa... ese.
Su padre le bajó inmediatamente la mano.
—No señales.
—Pero...
—No.
La voz de su padre había sido más seria de lo normal.
An Yo bajó el dedo.
El ciego estaba levantándose.
Por primera vez en cuatro días.
Y algo llamó la atención de su padre.
El hombre había dejado el bastón apoyado contra el suelo.
Pero ahora caminaba.
Sin él.
An Yo miró sus pies.
Uno.
Otro.
Otro.
No tropezaba.
No buscaba el camino.
No extendía las manos.
Caminaba directamente hacia las puertas.
Su padre entrecerró los ojos.
—No es ciego...
An Yo lo miró.
—¿Qué?
No hubo tiempo para explicar.
Una luz atravesó las puertas.
No pareció venir de ninguna dirección.
Simplemente apareció.
Blanca.
Violenta.
Durante un instante, An Yo dejó de ver las casas.
Dejó de ver a su padre.
Todo se convirtió en una mancha blanca.
Luego llegó el sonido.
BOOOOOOM.
El suelo tembló.
An Yo cayó de espaldas.
La manta salió despedida.
Su madre gritó.
Algo golpeó la pared de la casa.
Después otro impacto.
Piedras.
Madera.
Barro.
Gritos.
El aire se llenó de polvo.
An Yo tosió.
No entendía nada.
Entonces escuchó una voz.
Serena.
Completamente serena.
—No miren lo que vendrá.
El ciego estaba frente a las puertas.
—Evacuen el pueblo.
An Yo levantó la cabeza.
Y vio a su padre.
Solo durante un instante.
Después algo salió despedido de la empalizada.
Un fragmento de piedra.
Demasiado rápido.
Su padre se giró.
An Yo no entendió qué había ocurrido.
Solo vio que su padre cayó.
—¿Pa?
No respondió.
An Yo se levantó.
—¿Pa?
Su padre estaba en el suelo.
Había sangre.
Mucha.
El niño se quedó quieto.
Su mente buscó una explicación sencilla.
Se cayó.
Eso debía ser.
Los adultos se caían.
Los cazadores se herían.
Su padre se levantaba después.
Siempre.
An Yo dio un paso.
—Pa...
Su madre lo agarró.
Y entonces ella gritó.
Un grito que An Yo nunca había escuchado de ella.
No era el grito que daba cuando se cortaba.
Ni el que soltaba cuando algo se quemaba.
Era un sonido roto.
Su madre cayó junto a su esposo.
Lo llamó.
Una vez.
Otra.
Otra.
An Yo seguía mirando.
Su cabeza no conseguía aceptar lo que tenía delante.
No está respondiendo.
Está ahí.
Pero no responde.
Algo se movió al otro lado del pueblo.
Una sombra.
Después una llamarada.
El aire cambió.
El calor llegó antes que la criatura.
An Yo sintió la cara arder.
Retrocedió.
Una figura apareció entre el polvo.
Era enorme.
Un espectro.
Medía unos seis metros.
Su cuerpo parecía hecho de fuego atrapado dentro de una forma humanoide. Tenía cuatro brazos demasiado largos, terminados en manos deformes. La superficie de su cuerpo no parecía tener piel; las llamas recorrían su silueta como si fueran músculos vivos.
Dos ojos brillaban dentro de aquella cabeza.
No parecían ojos humanos.
Parecían brasas hundidas en un rostro oscuro.
Cada vez que respiraba, algo dentro de su pecho ardía con más fuerza.
El suelo alrededor de sus pies comenzó a ennegrecerse.
An Yo sintió un olor.
Y se quedó paralizado.
Carne quemada.
El mismo olor.
El olor de aquella otra vez.
El ladrón.
El hombre que habían quemado en el pueblo.
An Yo recordó los gritos.
Recordó el humo.
Recordó haber escondido la cara contra su padre.
Y ahora ese olor estaba allí otra vez.
Más fuerte.
Mucho más fuerte.
Su estómago se contrajo.
Quiso vomitar.
Entonces la criatura habló.
—Pequeño ciego...
La voz era extraña.
Profunda.
Pero también burlona.
—Eras un niño cuando te vi.
El ciego no respondió.
La criatura sonrió.
—Bueno...
Sus cuatro brazos se levantaron.
—Cuando vi a tu maestro.
El mundo de An Yo se volvió lento.
No porque realmente lo fuera.
Porque su cabeza ya no podía procesar todo al mismo tiempo.
La gente corría.
Una mujer tropezó.
Un hombre cargaba a un niño.
Alguien gritaba que abrieran la puerta.
Alguien más pedía agua.
Los perros escapaban ladrando.
Un caballo se encabritó y golpeó una carreta.
Había humo.
Había polvo.
Había sangre.
Y el olor del fuego empezaba a cubrirlo todo.
El espectro dio un paso.
El suelo se calentó bajo sus pies.
El ciego tomó su bastón.
Los dos extremos comenzaron a arder.
No era una llama pequeña.
El fuego se extendió desde las puntas y envolvió el bastón.
An Yo abrió los ojos.
¿Cómo...?
No entendía.
El hombre era ciego.
Pero sabía dónde estaba todo.
Y ahora tenía fuego en las manos.
El espectro lanzó un golpe.
El ciego se apartó.
El puño de la criatura pasó junto a él y golpeó una casa.
CRAAASH.
Madera y barro salieron disparados.
El ciego giró sobre sí mismo.
El bastón silbó por el aire.
FSSSH.
Golpeó al espectro.
Una llamarada explotó entre ambos.
An Yo se cubrió la cara.
El calor le atravesó los brazos.
Le ardían los ojos.
Lloró.
No por tristeza.
El calor simplemente hacía que los ojos se llenaran de lágrimas.
Entonces escuchó algo imposible.
Piedras arrastrándose.
Miró.
Varias rocas comenzaron a levantarse del suelo.
No había nadie tocándolas.
Subieron.
Giraron.
Y salieron disparadas contra el espectro.
An Yo no entendía.
—¿Cómo...?
Su voz apenas salió.
El espectro destruyó una de las rocas de un golpe.
Otra pasó junto a una casa.
Otra cayó sobre el camino.
La gente seguía corriendo.
El combate no estaba teniendo lugar en un campo vacío.
Estaban en medio del pueblo.
La criatura lo sabía.
Y el ciego también.
—¡Maldita criatura tramposa!
La voz del ciego, por primera vez, perdió aquella serenidad.
—¡Usas a los inocentes como escudo!
El espectro rio.
—¿Y qué harás?
An Yo vio a su madre.
Ella seguía junto a su padre.
No podía dejarlo.
No podía hacerlo.
Aunque todos corrían, ella no se movía.
—¡Mamá!
Ella levantó la cabeza.
Sus ojos encontraron los de An Yo.
Por un instante pareció querer decirle algo.
Entonces una llamarada pasó entre ellos.
An Yo sintió una ola de calor.
Su madre desapareció detrás del fuego.
—¡MAMÁ!
Corrió.
Dos pasos.
Tres.
Pero alguien lo agarró.
Un vecino.
—¡No!
—¡Suéltame!
An Yo pateó.
—¡MAMÁ!
El hombre lo sujetó con más fuerza.
—¡No puedes ir!
An Yo lloraba.
No comprendía por qué no podía ir.
Su madre estaba allí.
Su padre estaba allí.
Eran sus padres.
Debía ir con ellos.
La llamarada se retiró.
Durante un instante An Yo pudo verla.
Estaba en el suelo.
El fuego la cubría.
An Yo gritó.
El vecino apretó los dientes y lo giró para que no mirara.
Pero An Yo alcanzó a ver.
Solo unos segundos.
El cuerpo dejó de moverse.
El fuego siguió.
Y después ya no quedó nada que su mente infantil pudiera reconocer como su madre.
Solo cenizas oscuras mezcladas con el suelo.
An Yo dejó de luchar.
Se quedó completamente quieto.
El vecino lo cargó.
—Tenemos que irnos.
An Yo no respondió.
Miraba hacia atrás.
Su padre seguía en el suelo.
Su madre ya no estaba.
Todo lo que conocía parecía estar desapareciendo delante de él.
Y entonces recordó una voz.
Una voz tranquila.
La voz de su padre.
Si alguna vez sientes que algo te está mirando...
No busques qué es.
Primero escóndete.
An Yo respiró entrecortadamente.
Miró el bosque.
Miró el pueblo.
Miró al espectro.
Miró al ciego.
Por primera vez entendió la verdadera razón por la que su padre había repetido aquella lección tantas veces.
No había que ser valiente.
No había que entender lo que ocurría.
No había que ganar.
A veces solo había que seguir vivo.
An Yo se soltó del vecino.
Corrió.
No hacia el combate.
No hacia sus padres.
Hacia la oscuridad.
Hacia cualquier lugar donde aquel monstruo no pudiera verlo.
Y detrás de él continuaron los golpes.
El rugido del fuego.
Las piedras quebrándose.
Las personas gritando.
La campana.
CLANG.
CLANG.
Y, por encima de todo, aquella noche quedó grabada en la memoria de un niño de cinco años con una precisión que ninguna historia contada por un adulto podría haberle dado.
El olor.
El calor.
La sangre.
Las cenizas.
Y la última lección de su padre.
Escóndete.
\---
An Yo apenas había llegado detrás de una casa cuando escuchó el primer golpe.
BOOOOM.
La onda de aire llegó antes que el sonido.
Levantó polvo del camino y sacudió las paredes de barro.
An Yo cayó de rodillas.
El vecino que lo había cargado perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse de un poste.
—¡Al suelo!
An Yo obedeció.
Otra explosión.
BOOOOM.
El techo de paja de una casa se desprendió de un lado y salió volando.
La paja cruzó el cielo como una nube de insectos.
Alguien gritó.
—¡CORRAN!
An Yo levantó apenas la cabeza.
El ciego y el espectro habían vuelto a chocar.
El bastón envuelto en fuego golpeó uno de los brazos de la criatura.
CLANG.
La fuerza del impacto produjo otra ráfaga.
Las llamas se deformaron horizontalmente.
Los árboles cercanos se doblaron.
El polvo se levantó del suelo.
An Yo sintió que la respiración se le cortaba.
No entendía cómo un golpe podía hacer aquello.
Para él, un golpe era un golpe.
Un puño contra una cara.
Una piedra contra una pared.
Aquello no.
Aquello parecía que el propio aire se hubiera convertido en una cosa que quería empujarlo.
El espectro respondió.
Uno de sus cuatro brazos descendió.
El ciego bloqueó.
BOOOOM.
Una parte de la calle se hundió.
Una carreta salió despedida y giró sobre sí misma.
El caballo que estaba atado a ella relinchó desesperadamente.
Intentó escapar.
La cuerda no cedió.
El animal cayó.
An Yo escuchó sus patas golpeando la madera.
—¡AYÚDENLO!
Nadie fue.
Todos estaban corriendo.
\---
El espectro avanzó.
Cada paso hacía vibrar el suelo.
—¡Cobarde!
El ciego giró el bastón.
Una de las puntas ardientes golpeó una piedra enorme.
La piedra se levantó.
An Yo la vio flotar.
No sabía cómo.
No había cuerda.
No había nadie detrás.
La roca salió disparada.
El espectro la golpeó.
La piedra se partió.
Fragmentos salieron en todas direcciones.
Uno atravesó una pared.
Otro golpeó a un hombre que corría.
El hombre cayó.
No volvió a levantarse.
An Yo lo vio.
No sabía quién era.
Pero lo había visto muchas veces en el pueblo.
Compraba verduras.
Saludaba a su padre.
Una vez le había regalado un pedazo de pan.
Ahora estaba tirado en el barro.
An Yo sintió algo extraño en el pecho.
No tuvo tiempo para pensar qué era.
—¡Sigue corriendo!
El vecino volvió a tirar de él.
An Yo corrió.
\---
El fuego comenzó a extenderse.
No porque el espectro quisiera quemar todo.
Las casas eran de paja.
Eso bastaba.
Una chispa cayó sobre un techo.
Después otra.
La paja prendió rápidamente.
Ffffffssss.
Una casa comenzó a arder.
Luego otra.
El humo se extendió por las calles.
La gente tosía.
Algunos intentaban apagar las llamas con cubos de agua.
Otros gritaban que abandonaran el pueblo.
Un anciano cayó.
Dos personas intentaron levantarlo.
Una viga encendida cayó delante de ellos.
Retrocedieron.
—¡Déjenlo!
—¡No puedo!
—¡VETE!
El anciano seguía llamando a alguien.
Nadie regresó.
An Yo corría sin saber hacia dónde.
Su cara estaba húmeda.
No sabía si era sudor, lágrimas o agua.
El aire quemaba la garganta.
Cada respiración llevaba humo.
Tosió.
Una vez.
Dos.
La tercera vez vomitó.
El vecino se detuvo.
—¡Respira despacio!
An Yo no podía.
Miró hacia atrás.
La casa donde había vivido estaba cubierta de humo.
La puerta ya no existía.
—Mi mamá...
El hombre no respondió.
An Yo volvió a mirar.
—Mi papá...
Nada.
Entonces otro golpe sacudió el pueblo.
BOOOOOOM.
El vecino cayó encima de él.
An Yo sintió tierra en la boca.
Durante unos segundos no escuchó nada.
Solo un zumbido.
Un pitido agudo dentro de los oídos.
Cuando recuperó el sentido, vio al vecino intentando levantarse.
Tenía sangre en la frente.
—¿Estás...?
An Yo no terminó.
El hombre se tocó la cabeza.
Miró la sangre de sus dedos.
—Estoy bien.
Mentía.
Pero seguía caminando.
\---
La pelea se desplazó hacia el centro de Qingshui.
El ciego avanzaba y retrocedía con una precisión que An Yo no podía comprender.
No parecía mirar.
Nunca miraba.
Pero cada vez que el espectro atacaba, el hombre ya estaba moviéndose.
El bastón giraba.
Una punta golpeaba.
La otra describía un arco de fuego.
FSSSH.
CLANG.
BOOM.
El espectro lanzó un puñetazo.
El ciego se agachó.
El golpe pasó sobre su cabeza.
La ráfaga derribó tres puestos del mercado.
Una mujer salió despedida.
Cayó contra una pared.
No volvió a levantarse.
Otro hombre intentó acercarse.
El espectro giró uno de sus brazos.
El hombre salió volando.
Cayó sobre un techo.
La estructura cedió.
Desapareció entre las llamas.
An Yo gritó.
No sabía por qué.
Simplemente gritó.
\---
Entonces el espectro golpeó el suelo.
Los cuatro brazos descendieron casi al mismo tiempo.
BOOOOOOOOOOM.
El impacto fue diferente.
El suelo se levantó.
Piedras.
Barro.
Madera.
Todo salió disparado.
La onda de choque recorrió la calle.
Las paredes se agrietaron.
Una torre de vigilancia se inclinó.
Durante un segundo pareció mantenerse.
Luego cayó.
CRAAAAASH.
Personas que estaban debajo comenzaron a gritar.
Algunos lograron escapar.
Otros no.
An Yo se tapó los oídos.
No quería escuchar.
Pero escuchaba.
Los gritos atravesaban el humo.
—¡MI HIJO!
—¡AYUDA!
—¡ABRAN LA PUERTA!
—¡NO PUEDO VER!
—¡CORRAN!
—¡CORRAN!
La campana seguía sonando.
Alguien continuaba tocándola.
CLANG.
CLANG.
CLANG.
Como si el sonido pudiera detener aquello.
\---
El ciego volvió a levantarse.
Tenía sangre en la ropa.
No parecía herido de gravedad.
El espectro también estaba de pie.
Las llamas alrededor de su cuerpo se habían vuelto más intensas.
—Sigues protegiéndolos.
La criatura sonrió.
—Eso te hace débil.
El ciego no respondió.
Clavó el bastón en el suelo.
Las piedras de la calle comenzaron a vibrar.
An Yo las vio moverse.
Una.
Dos.
Diez.
Decenas.
El barro se abrió.
Los fragmentos de piedra comenzaron a elevarse alrededor del hombre.
An Yo retrocedió.
El ciego levantó una mano.
Las piedras salieron disparadas.
El espectro recibió varias.
Una atravesó su hombro.
Otra golpeó su pecho.
Una tercera le destrozó parte del rostro de fuego.
La criatura rugió.
El sonido hizo temblar las ventanas que todavía quedaban intactas.
Después atacó.
Los dos se encontraron en medio de la calle.
El choque produjo una ráfaga tan fuerte que An Yo tuvo que agarrarse de un árbol.
El aire le golpeó el cuerpo.
Le dolieron los ojos.
La ropa se le pegó a la piel.
El polvo entró por su nariz.
Por un momento sintió que iba a salir volando.
Y comprendió algo que jamás había pensado antes:
aquellos dos seres no estaban peleando dentro del pueblo.
El pueblo estaba dentro de su pelea.
Las casas eran obstáculos.
Las personas eran accidentes.
Los animales eran accidentes.
Los niños eran accidentes.
Todo aquello que para An Yo era su mundo entero era, para ellos, simplemente el lugar donde habían decidido enfrentarse.
Y mientras An Yo permanecía escondido, abrazándose las rodillas, escuchó otra vez la voz de su padre en su cabeza.
Si algo te observa... escóndete.
An Yo cerró los ojos.
No quería volver a mirar.
Pero siguió escuchando.
El fuego.
Las piedras.
Los golpes.
Los gritos.
Y una campana que seguía sonando en medio de un pueblo que ya estaba dejando de existir.
\---
An Yo corrió entre las casas.
No sabía hacia dónde.
Solo seguía a la gente.
Había perdido al vecino.
Había perdido de vista a sus padres.
Y entonces escuchó una voz conocida.
—¡An Yo!
Se detuvo.
Era su abuela.
Estaba junto a una pared caída, intentando levantarse.
—¡Buelita!
An Yo corrió hacia ella.
La tomó del brazo.
—Vamos.
—¿Dónde está tu madre?
An Yo abrió la boca.
No salió nada.
La anciana lo miró.
Entendió.
Su rostro cambió.
No preguntó otra vez.
—Vámonos.
An Yo la sostuvo como pudo.
Su abuela caminaba lentamente.
Demasiado lentamente.
Cada pocos pasos tenía que detenerse para respirar.
—Más rápido, buelita.
—Estoy intentando.
—Más rápido...
—No puedo, pequeño.
An Yo miró hacia atrás.
El pueblo ardía.
No todo.
Todavía había partes oscuras.
Pero cada vez había menos.
El humo hacía que las casas parecieran sombras.
Y entonces vio al ciego.
Estaba en el aire.
An Yo se detuvo.
El hombre flotaba.
No había nada debajo de sus pies.
Nada.
Simplemente estaba allí.
A varios metros sobre el suelo.
Su bastón giraba entre sus manos.
Rápido.
Demasiado rápido.
Las dos puntas seguían envueltas en fuego.
El movimiento hacía que las llamas dibujaran círculos alrededor de su cuerpo.
An Yo abrió la boca.
—Buelita...
—No mires.
Pero él ya estaba mirando.
El aire comenzó a calentarse.
Primero fue incómodo.
Después dolió.
An Yo sintió el calor en la cara.
En los brazos.
En el pecho.
La piel empezó a arder.
—¡Está caliente!
Su abuela levantó la mirada.
—¡Tenemos que salir!
El fuego estaba cada vez más cerca.
No veía las llamas directamente.
Pero las sentía.
El aire quemaba.
Respirar dolía.
An Yo comenzó a sudar.
Su ropa se volvió pesada y húmeda.
Se llevó las manos al cuello.
—¡Me quema!
—¡Quítate eso!
An Yo no entendió.
—¡La ropa!
Se quitó rápidamente la parte superior.
La dejó caer.
La tela estaba caliente.
Demasiado caliente.
An Yo la miró en el suelo.
Una pequeña parte comenzaba a humear.
Sintió miedo.
No el miedo de cuando su padre le decía que había un jabalí cerca.
No.
Aquello era distinto.
Era el miedo de estar demasiado cerca de algo que podía matarlo sin siquiera tocarlo.
—Corre.
Su abuela le agarró la mano.
—Corre, An Yo.
Y corrieron.
O intentaron hacerlo.
An Yo tiraba de ella.
Ella avanzaba apoyándose en él.
Los dos tosían.
El aire olía a humo.
A madera quemada.
A tierra caliente.
Y debajo de todo eso estaba aquel olor que An Yo ya conocía.
El olor que había aprendido a odiar.
Carne quemada.
\---
Entonces algo cambió.
An Yo miró hacia arriba.
No sabía qué estaba viendo.
Primero pensó que era una columna de humo.
Pero no.
Se movía.
Giraba.
Subía.
Era muy grande.
Demasiado grande.
Parecía que el fuego estaba subiendo hacia el cielo.
Pero también bajaba.
Como si alguien hubiera agarrado una montaña de llamas y estuviera haciéndola girar.
An Yo se quedó mirando.
—¿Qué es eso...?
Su abuela no respondió.
Ella también estaba mirando.
La cosa giraba cada vez más rápido.
El fuego hacía un ruido profundo.
FUUUUUUUUUUUUSH.
Las llamas se estiraban hacia arriba.
Los tejados comenzaron a levantarse.
Primero una paja.
Después una tabla.
Después una parte completa de una casa.
Todo era arrastrado hacia aquella cosa.
An Yo sintió que el aire tiraba de su cabello.
—¡Buelita!
La anciana cayó de rodillas.
An Yo la abrazó.
—¡Agárrate!
El viento aumentó.
El humo se convirtió en una masa negra que giraba alrededor del fuego.
An Yo no sabía qué era.
No sabía cómo llamarlo.
Solo sabía que era enorme.
Y que estaba comiéndose el pueblo.
—¡Corre!
Tiró de su abuela.
Ella se levantó como pudo.
Los dos avanzaron inclinados hacia adelante.
El aire empujaba en dirección contraria.
An Yo sentía que sus pies resbalaban.
Una piedra golpeó el suelo junto a ellos.
Luego otra.
Una tabla pasó volando.
An Yo se agachó.
—¡Cuidado!
La tabla pasó por encima de su cabeza.
El niño comenzó a llorar.
No quería.
Simplemente estaba llorando.
\---
Dentro de aquella enorme cosa de fuego, An Yo vio moverse una figura.
El ciego.
Seguía flotando.
Giraba su bastón.
Y alrededor de él las piedras subían.
No una.
Muchas.
Decenas.
Quizá cientos.
An Yo no podía contarlas.
Las piedras comenzaron a girar junto al fuego.
El ciego parecía estar en medio de todo.
Entonces el espectro apareció.
Una forma oscura entre las llamas.
Sus cuatro brazos se movieron.
Golpeó.
El ciego desapareció hacia un lado.
El golpe no lo alcanzó.
Pero la ráfaga sí.
El aire golpeó el suelo.
An Yo cayó.
Su abuela cayó encima de él.
—¡Buelita!
—Estoy bien.
No lo estaba.
Tenía sangre en la frente.
Pero seguía consciente.
An Yo la agarró.
—Tenemos que salir.
Ella lo miró.
—Sí.
\---
El espectro volvió a atacar.
Uno de sus brazos atravesó la masa de fuego.
El ciego hizo girar el bastón.
Una pared de piedra apareció entre ellos.
BOOOOM.
La piedra explotó.
Los fragmentos salieron disparados.
Uno golpeó una casa.
Otro atravesó un árbol.
Otro cayó cerca de An Yo.
El niño gritó.
Se cubrió la cabeza.
Durante unos segundos no quiso levantarla.
Solo escuchó.
FUUUUUSH.
BOOM.
CRAAASH.
CLANG.
Gritos.
Llantos.
Animales.
Madera rompiéndose.
El rugido del fuego.
Y las voces de los dos seres luchando entre sí.
An Yo levantó lentamente la cabeza.
La cosa seguía girando.
Era como un fuego enorme que alguien hubiera puesto a girar en medio del cielo.
No sabía si podía acercarse.
No sabía si podía escapar.
No sabía dónde estaba su casa.
No sabía dónde estaba su madre.
No sabía dónde estaba su padre.
Solo sabía una cosa.
Su abuela todavía estaba junto a él.
Así que la levantó.
Le pasó un brazo por la espalda.
—Vamos.
Ella apoyó parte de su peso sobre él.
An Yo comenzó a caminar.
Pequeños pasos.
Uno.
Otro.
Otro.
Detrás de ellos, Qingshui continuaba ardiendo.
Y sobre el pueblo, aquel fuego que giraba seguía creciendo mientras dos monstruos luchaban en su interior.
\---
—¡Tu maestro murió por su debilidad! —rugió el espectro.
Su voz hizo vibrar las ventanas que todavía quedaban enteras.
El ciego no respondió.
Giró sobre sí mismo.
El bastón pasó frente a su rostro y chocó contra uno de los cuatro brazos del espectro.
¡CRAAACK!
La criatura retrocedió varios metros.
Sus pies arrastraron tierra y piedras.
—¡Jamás entendió que los débiles solo son una manera de escalar más rápido!
El espectro volvió a lanzarse.
El ciego levantó una mano.
El suelo se partió.
Una masa de tierra y piedra salió disparada hacia el monstruo.
El espectro la atravesó.
Fragmentos de roca salieron despedidos en todas direcciones.
Uno golpeó una casa.
Otro cayó sobre un carro.
Otro pasó por encima de la cabeza de un hombre que corría.
El hombre ni siquiera miró hacia atrás.
Solo siguió corriendo.
—¡Al final! —gritó el espectro—. ¡¿Quién decide que eres bueno o malo?!
El ciego giró el bastón.
Las llamas de ambos extremos se alargaron.
—¡Cuando los ortodoxos también asesinan!
El golpe siguiente fue tan fuerte que el aire pareció empujar al pueblo entero.
An Yo cayó de rodillas.
Su abuela también.
—¡Levántate! —le gritó ella—. ¡An Yo, levántate!
El niño obedeció.
No porque entendiera.
Porque ella lo había dicho.
Porque era lo único que todavía podía hacer.
Se levantó y volvió a tirar de ella.
El suelo estaba caliente.
Demasiado caliente.
Sus pies desnudos sentían pequeñas piedras quemándole la piel.
—¡Era débil defendiendo a un grupo de huérfanos inútiles y pobres aldeanos indefensos! —continuó el espectro—. ¡Debí matarte también!
El ciego desapareció.
No literalmente.
An Yo simplemente dejó de verlo durante un instante.
Después apareció sobre el espectro.
El bastón descendió.
¡BOOM!
La criatura recibió el impacto en el hombro.
Una de sus rodillas golpeó el suelo.
La tierra se hundió.
—¡Y así te reunirías con tus hermanos!
El espectro levantó la cabeza.
Sus ojos parecían dos carbones abiertos en medio del fuego.
—¡Y con tu maestro!
El ciego apretó la mandíbula.
Fue un movimiento pequeño.
Casi invisible.
Pero el espectro lo vio.
Sonrió.
—Ah...
El ciego atacó.
Esta vez no hubo respuesta.
Solo golpes.
Uno.
Dos.
Tres.
El bastón golpeó brazos, costillas, cuello.
El espectro bloqueó algunos.
Otros atravesaron su cuerpo de fuego y dejaron una masa incandescente que volvió a cerrarse.
Cada choque producía una explosión.
Cada explosión destruía algo.
Un tejado salió volando.
Un árbol se partió.
Una pared se vino abajo.
Una vaca escapó de un establo y corrió entre las llamas hasta desaparecer detrás de una nube de humo.
El espectro levantó uno de sus brazos.
—Desde que dejé de ser humano entendí algo.
El puño descendió.
El ciego cruzó el bastón.
¡BOOOOM!
El golpe abrió un cráter bajo sus pies.
—Los humanos que están por debajo de mí solo sirven para volverme más fuerte.
El ciego salió despedido.
Atravesó una pared.
Por un instante desapareció entre el polvo.
El espectro caminó hacia él.
—Y gracias a ello escapé de la muerte.
El polvo comenzó a moverse.
El ciego salió lentamente.
Tenía sangre en la frente.
Una línea oscura bajaba por su rostro.
No parecía darle importancia.
—No envejezco —dijo el espectro—. No enfermo. No tengo que temer al tiempo.
Sonrió.
—¿Qué más podría pedir?
El ciego sostuvo el bastón con ambas manos.
—¿De qué te sirve vivir eternamente?
El espectro se quedó quieto.
Por primera vez desde que había comenzado la pelea, no respondió inmediatamente.
El fuego de su cuerpo crepitó.
A su alrededor, el pueblo continuaba ardiendo.
—Soy libre.
Su voz salió más baja.
—No moriré nunca de vejez.
El ciego avanzó.
—Eso no es libertad.
El espectro lanzó un golpe.
El ciego lo esquivó.
Otro.
Otro.
El bastón golpeó las piernas de la criatura.
El espectro cayó.
—¡Tú no sabes nada de libertad!
El ciego se quedó frente a él.
—Alguna vez conocí a un joven.
El espectro se levantó.
—¿Qué?
—Estaba maldecido por los cielos.
El ciego atacó.
El espectro bloqueó.
—Nunca tuvo la culpa de haber nacido bajo un sol blanco.
El espectro retrocedió.
—¿De qué estás hablando?
—Y gracias a eso no podía morir.
El espectro se quedó mirando al anciano.
—La muerte...
El ciego golpeó.
—...es una manera de escapar de todo aquello que te ata en esta vida.
El espectro rugió y lanzó los cuatro brazos al mismo tiempo.
El ciego giró.
El bastón describió un círculo.
Las cuatro extremidades fueron desviadas.
Pero una alcanzó a golpearlo en las costillas.
El sonido fue seco.
El anciano salió disparado.
Cayó contra el suelo y rodó varias veces.
An Yo lo vio.
El hombre que parecía imposible de tocar había caído.
El niño se quedó paralizado.
—Buelita...
—No mires.
—Pero...
—¡No mires!
An Yo volvió la cabeza.
No quería hacerlo.
Pero seguía escuchando.
—Aquel joven envidiaba mi ceguera.
La voz del anciano llegó desde lejos.
—Durante diez mil años conoció miles de rostros.
El espectro caminaba entre las ruinas.
—¿Diez mil...?
—Rostros que envejecieron.
El ciego se levantó.
—Y terminaron muriendo.
El fuego rugió detrás de ellos.
—Durante diez mil años plantó árboles.
El ciego respiró.
Una vez.
—Los vio crecer.
Levantó el bastón.
—Y después los vio ser talados.
El espectro lo observaba en silencio.
—Intentó morir.
La expresión de la criatura cambió ligeramente.
—¿Qué?
—Se suicidó.
El ciego dio un paso.
—Pero murió de hambre...
Otro paso.
—Y volvió a despertar en el estado anterior a su muerte.
Otro.
—Cayó en lava.
El bastón comenzó a arder con mayor intensidad.
—Su cuerpo volvió.
El espectro dejó de sonreír.
—Y volvió a quemarse.
Silencio.
Solo duró un segundo.
Pero pareció mucho más largo.
—Y después volvió a intentarlo.
El ciego levantó el rostro hacia él.
Sus ojos blancos permanecieron inmóviles.
—Una y otra vez.
El espectro apretó los dientes.
—Eso es una mentira.
—No.
El ciego golpeó el suelo.
Una grieta recorrió la tierra.
—Tú tienes miedo de morir.
La grieta llegó hasta los pies del espectro.
—Ese miedo te cegó tanto...
La tierra explotó.
El espectro saltó.
—...que terminaste convirtiéndote en un cobarde.
El monstruo cayó desde arriba.
—¡NO ME LLAMES COBARDE!
El golpe hizo temblar el aire.
El ciego recibió el ataque con el bastón.
El suelo bajo sus pies se hundió.
Durante varios segundos ninguno cedió.
El fuego del espectro iluminaba el rostro ensangrentado del anciano.
—Entre un valiente y un cobarde...
El espectro sonrió.
—La única diferencia es que el valiente es un estúpido...
Empujó.
El ciego retrocedió.
—...y el cobarde es alguien precavido.
El espectro lanzó otro golpe.
El ciego lo desvió.
—Tu maestro era un valiente.
El bastón chocó contra uno de los brazos.
—Y por eso lo maté.
El ciego no contestó.
El espectro continuó.
—¿Sabes cuántos tuvieron que ir por él?
Otro golpe.
—¿Sabes cuántos hombres murieron?
Otro.
—¿Sabes cuántos tuvieron que rodear ese lugar?
El ciego bloqueó.
El espectro rugió:
—¡Más de ciento veinte mil personas!
El grito atravesó las ruinas.
—¡CIENTO VEINTE MIL!
El ciego permaneció inmóvil.
—¡Toda la Secta Demoníaca de la Nube Negra tuvo que atacarlo!
El bastón tembló entre sus manos.
—¡Tú también estabas allí!
El espectro golpeó.
El ciego salió despedido.
—¡Porque eres un cobarde!
El anciano cayó de espaldas.
El espectro avanzó lentamente.
Sus cuatro brazos colgaban a los lados.
Su cuerpo ardía.
—Ciento veinte mil...
Miró las ruinas.
—Para enfrentar a un anciano.
Sus ojos de fuego recorrieron las casas destruidas.
—Un anciano que defendía un orfanato.
Por primera vez, su voz perdió parte de la burla.
—¿Y todavía me hablas de debilidad?
El ciego se incorporó.
Escupió sangre.
—Sí.
El espectro se detuvo.
—Porque necesitaste ciento veinte mil.
Silencio.
El fuego continuó consumiendo una casa cercana.
Crek... crek...
Una viga cayó.
¡BOOM!
El espectro no dijo nada.
El ciego se puso de pie.
—Y aun así...
Apretó el bastón.
—...tuviste que matarlo entre todos.
El rostro del espectro se contrajo.
—No confundas números con cobardía.
—No los confundo.
El ciego levantó el bastón.
—Los recuerdo.
Y volvió a atacar.
Esta vez no hubo discursos.
Solo violencia.
El bastón golpeó el suelo.
El suelo respondió.
Piedras, tierra y restos de casas se elevaron.
El espectro atravesó todo aquello.
El ciego giró.
El espectro golpeó.
El ciego esquivó por centímetros.
El puño pasó junto a su rostro y arrancó parte de una pared detrás de él.
El ciego aprovechó el movimiento.
Golpeó una rodilla.
Luego el pecho.
Luego el cuello.
El espectro rugió.
Una oleada de calor atravesó el pueblo.
An Yo sintió que la piel de su espalda ardía.
Su abuela lo agarró con fuerza.
—¡Corre!
Y corrieron.
No sabían hacia dónde.
Solo lejos.
Lejos del fuego.
Lejos de aquellas voces.
Lejos de los dos monstruos que estaban convirtiendo su pequeño pueblo en un lugar irreconocible.
An Yo miró una última vez hacia atrás.
El ciego estaba flotando sobre las ruinas.
El espectro lo esperaba entre las llamas.
Dos figuras enormes en medio de un pueblo que ya no parecía un pueblo.
An Yo no entendía quién tenía razón.
Ni quién era bueno.
Ni quién era malo.
Solo entendía una cosa.
Su padre le había dicho que, cuando algo te observa en el bosque, primero debes esconderte.
Y ahora...
no había ningún lugar donde esconderse

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Noche roja (Novela)
Capítulo 2
Noche roja (Novela) Capítulo 1
Estás leyendo el capítulo 1 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 27 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.