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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 12 online gratis en español

No hubo explicación. Simplemente, una noche dejó de levantarse. No revisó la puerta. No comprobó las ventanas. No caminó por la herrería con el martillo en una mano y una espada en otra. An Yo lo notó. Pero no preguntó. Había aprendido que algunas cosas era mejor observarlas. Los días, sin embargo, siguieron siendo una mierda. —Más carbón. An Yo cargó el saco. —Más rápido. Lo arrastró hasta la forja. —No ahí. Lo volvió a mover. —¿Qué haces? —Lo que me dijiste. Bai Shen lo miró. —Te dije que lo pusieras al lado. An Yo miró el saco. Luego el lugar donde lo había puesto. Después miró al otro lado. —Está al lado. —Ese es el otro lado. An Yo permaneció unos segundos en silencio. —Ah. —Muévete. An Yo obedeció. TAC. TAC. TAC. El martillo golpeaba el metal. Bai Shen trabajaba con varios brazos al mismo tiempo. Uno sostenía la pieza. Otro sujetaba las pinzas. Otro movía el martillo. Otro controlaba el fuego. Los restantes preparaban herramientas, apartaban materiales o mantenían limpia la zona de trabajo. An Yo todavía se quedaba mirando algunas veces. No porque le sorprendiera ya su apariencia. Simplemente era difícil no mirar seis brazos trabajando al mismo tiempo. Bai Shen lo notó. —¿Qué miras? An Yo volvió a la pieza. —Nada. —Entonces trabaja. —Sí. Y seguía. Un día. Otro. Otro. El trabajo continuaba. El humo se acumulaba en el techo. El carbón se consumía. El metal se calentaba. El agua se convertía en vapor. Y An Yo aprendía. No porque Bai Shen lo felicitara. Bai Shen jamás decía: —Bien hecho. Si una pieza estaba correcta: —Haz otra. Si aprendía una técnica: —Ahora hazla más rápido. Si terminaba antes: —Entonces puedes hacer una más. Si cometía un error: —Otra vez. Y si cometía el mismo error: —¿Quieres que te golpee o vas a corregirlo solo? An Yo corregía. Pero las tardes eran diferentes. Después del trabajo, Bai Shen lo dejaba salir. No durante mucho tiempo. No podía alejarse demasiado. Pero podía caminar. Podía mirar. Y, sobre todo, podía preparar su lámpara. Cada tarde recibía una. Pequeña. Ligera. Hecha de papel, madera fina y una estructura sencilla. An Yo escribía sobre ella. Al principio solamente podía escribir algunas palabras. Después frases cortas. A veces dibujaba. A veces escribía nombres. A veces no escribía nada. Bai Shen nunca le preguntaba qué había puesto. Solo le entregaba otra lámpara al día siguiente. Y cuando llegaba la noche... Fengcheng se transformaba. Las primeras lámparas aparecían sobre las calles. Una. Luego cinco. Después veinte. Cien. Miles. Las familias salían de sus casas. Los niños corrían con pequeñas luces entre las manos. Los ancianos caminaban lentamente. Los comerciantes dejaban sus puestos abiertos hasta tarde. Y los cultivadores comenzaban a elevar las lámparas con Qi. An Yo todavía no sabía utilizarlo. No podía hacer que una lámpara flotara. Así que Bai Shen lo hacía por él. An Yo sostenía la lámpara con ambas manos. Bai Shen acercaba uno de sus seis brazos. No tocaba la lámpara. Solo movía ligeramente los dedos. El Qi entraba en la estructura. Una luz tenue recorría el papel. Primero como una línea. Después como pequeñas venas luminosas. Luego la lámpara comenzaba a elevarse. An Yo levantaba la cabeza. La veía subir. Un metro. Dos. Tres. Hasta mezclarse con las demás. El cielo parecía llenarse de pequeñas estrellas. Pero no eran estrellas. Eran personas. Miles de deseos. Miles de nombres. Miles de recuerdos. Cada lámpara llevaba algo. Un nombre. Una palabra. Una despedida. Una promesa. Una persona que alguien todavía recordaba. Algunas luces tenían colores suaves. Otras brillaban como pequeñas lunas. Había familias que hacían lámparas con formas de flores. Otras con forma de pájaros. Algunas parecían peces. Otras parecían pequeñas casas. Los cultivadores más hábiles hacían figuras de Qi alrededor de ellas. Una noche, An Yo vio un dragón diminuto formado completamente por luz. Su cuerpo se movía entre las lámparas. No tenía carne. No tenía escamas. Solo Qi. Pasó sobre los tejados. Se deshizo lentamente. Y sus fragmentos se convirtieron en pequeñas chispas. An Yo se quedó mirándolo. —Bai Shen. —¿Qué? —¿Eso es un dragón? —No. —Parece. —Es Qi con forma de dragón. An Yo lo pensó. —Entonces no es un dragón. —No. —Pero parece uno. —Sí. An Yo volvió a mirar el cielo. —Entonces es bonito. Bai Shen no respondió. Solo continuó elevando la lámpara. Aquellas noches eran hermosas. Tan hermosas que An Yo a veces olvidaba el calor de la forja. Olvidaba el carbón. Olvidaba los golpes. Olvidaba el dolor de los brazos. Durante unas horas, Fengcheng parecía otro lugar. Un lugar donde nadie gritaba. Donde nadie corría. Donde los muertos tenían nombres. Y el cielo estaba lleno de luz. Una noche ocurrió algo diferente. An Yo estaba solo. Bai Shen había ido a comprar materiales. An Yo había terminado de escribir su lámpara. La sostuvo entre las manos. Miró alrededor. No había nadie. La calle estaba llena de luces. La música de algunos puestos llegaba desde lejos. Alguien reía. Una mujer lloraba mientras sostenía una lámpara. Un niño intentaba alcanzar una que ya había subido demasiado. An Yo levantó la suya. Entonces vio tres figuras al otro lado de la calle. Se quedó inmóvil. Una mujer. Un hombre. Y una anciana. An Yo no respiró. Su mente tardó unos segundos. Primero vio a la mujer. Después al hombre. Después a la anciana. Y entonces los reconoció. Su madre. Su padre. Su buelita. An Yo no pudo moverse. La lámpara permaneció entre sus manos. El ruido de la calle continuó. Pero para él desapareció. No escuchó a los vendedores. No escuchó a los niños. No escuchó las conversaciones. Solo los miró. Su madre estaba frente a él. Como la recordaba. Su padre también. Y la mano de su buelita parecía exactamente igual. An Yo abrió la boca. No salió nada. Quiso decir mamá. No pudo. Quiso correr. Tampoco. Su cuerpo no sabía qué hacer. Había pasado demasiado tiempo intentando sobrevivir. Y ahora aquello que había perdido estaba delante de él. La primera reacción no fue alegría. Fue miedo. Después confusión. Después una especie de dolor tan fuerte que ni siquiera sabía dónde sentirlo. La mujer se acercó. An Yo retrocedió medio paso. No porque no quisiera que se acercara. Porque no sabía si era real. Ella abrió los brazos. An Yo se quedó quieto. Su padre también se acercó. Y su buelita. Los tres lo abrazaron. An Yo no respondió al principio. Sus brazos permanecieron pegados a su cuerpo. No podía llorar. No podía hablar. Solo sentía el calor. El mismo calor que recordaba. La ropa. El olor. La sensación de unos brazos alrededor de su cuerpo. Entonces algo dentro de él cedió. An Yo cerró los ojos. Y los abrazó. Con fuerza. Demasiada. Como si pudiera impedir que desaparecieran. No dijo nada. Ellos tampoco. Su madre le acarició el cabello. Su padre apoyó una mano sobre su espalda. Su buelita sostuvo su cabeza. An Yo empezó a temblar. No sabía si aquello era un sueño. No quería saberlo. Solo quería permanecer allí. Un poco más. Solo un poco. Cuando abrió los ojos... No había nadie. La calle seguía llena de luces. La gente continuaba caminando. Su lámpara seguía entre sus manos. An Yo permaneció quieto. No lloró. Pero durante mucho tiempo no pudo levantar la lámpara. —Ve a comprar un cuenco de sal. La voz de Bai Shen lo sacó de sus pensamientos. An Yo levantó la mirada. —¿Sal? —Sí. Bai Shen sacó tres monedas de cobre. Las puso en su mano. —Tres. An Yo cerró los dedos alrededor de ellas. —Sí, señor. Salió. La ciudad seguía llena de gente. An Yo caminó unas calles. Miró los puestos. Había personas comprando comida. Flores. Velas. Papel. Lámparas. Pequeñas figuras de madera. Algunas familias reían. Otras lloraban. An Yo se acercó a un puesto amplio. Había recipientes llenos de cosas que no reconocía. Semillas. Especias. Hierbas. Granos. Harinas. Frutas secas. Y varios tipos de sal. An Yo miró alrededor. Había una anciana detrás del mostrador. —Buenas noches, señora. La mujer levantó la mirada. —Buenas noches. An Yo señaló uno de los recipientes. —¿Aquí puedo comprar un cuenco de sal? La anciana sonrió. —Qué niñita tan educada. Le acarició la cabeza. An Yo bajó la mirada. —Tres cobres —dijo la mujer. An Yo entregó las monedas. La anciana tomó un cuenco. Lo llenó. Luego añadió un poco más. —Por ser tan educada, te daré un poco más. An Yo juntó las manos delante del cuerpo. —Señora... La anciana lo miró. —¿Sí? —Yo soy un niño. La mujer abrió mucho los ojos. —¡Ah! Retiró la mano de su cabeza. —Perdón, jovencito. An Yo negó lentamente. —No pasa nada. La anciana sonrió. —Pero qué bueno que seas tan educado. Le añadió todavía un poco más de sal. Después le entregó el cuenco. An Yo lo recibió con ambas manos. —Muchas gracias, señora. —Cuídate mucho, muchachito. An Yo se dio la vuelta. Pero antes de marcharse preguntó: —¿A usted no le da miedo que la roben? La anciana parpadeó. —¿Robar? Señaló hacia un tejado. An Yo miró. Había un hombre sentado allí. Fumaba. Observaba la calle. La anciana señaló otro tejado. Había otra persona. Después otro. Y otro. Algunos estaban sobre edificios. Otros en balcones. Había incluso un hombre sentado en la entrada de un callejón. Parecía borracho. Pero sus ojos seguían todos los movimientos del mercado. An Yo volvió a mirar a la anciana. —Todos vigilan. La mujer sonrió. —Aquí nadie roba fácilmente. An Yo miró nuevamente los tejados. No había pensado en eso. —Ah. —Buenas noches, jovencito. —Buenas noches, señora. An Yo se marchó con el cuenco de sal. Mientras caminaba, siguió mirando. Había personas vigilando desde casi todos los ángulos. No llevaban uniformes. No parecían guardias. Pero estaban allí. Observando. Cuando An Yo volvió a la herrería... ¡BOOOOM! El sonido hizo vibrar la calle. La puerta se abrió violentamente. Un hombre salió corriendo. —¡PERDÓNAME! Tropezó. —¡AYUDA! Se levantó. —¡PERDÓN! Intentó seguir corriendo. Entonces seis brazos negros aparecieron detrás de él. Lo agarraron. Uno por el cuello. Dos por los brazos. Otros por las piernas. El hombre gritó. —¡NO! Bai Shen lo arrastró hacia dentro. —¡AYUDAAAA! La puerta se cerró. ¡CLAC! An Yo permaneció inmóvil. Escuchó. Gritos. Golpes. Algo pesado cayó. Después otro ruido. Bai Shen abrió una puerta. La puerta que siempre permanecía cerrada. An Yo la había visto durante meses. Nunca había preguntado. Bai Shen entró. Bajó. CLAC. La puerta se cerró con un golpe. Pasaron unos segundos. Entonces llegaron gritos desde abajo. —¡ALEJA ESO DE MÍ! Silencio. —¡POR FAVOR! Otro golpe. —¡AYUDAAAAA! An Yo miró el cuenco de sal. Después miró la puerta. No tenía ganas de saber qué había allí. Ni siquiera un poco. Dejó el cuenco sobre la mesa. Después salió. Miró el cielo. Las lámparas seguían subiendo. Miles. Tal vez más. An Yo permaneció allí. Entonces recordó que la forja seguía encendida. Volvió a entrar. Apagó el fuego. Primero retiró parte del carbón. Luego cerró las entradas de aire. El fuego perdió fuerza. Las llamas bajaron. De naranja intenso... a rojo. Después a pequeñas brasas. An Yo echó agua cuidadosamente. FSSSSSSSSHHH. El vapor subió. Esperó. Revisó otra vez. No quedaban llamas. Entonces limpió parte del espacio de trabajo. Colocó algunas herramientas en su lugar. Preparó la mesa. Bai Shen nunca la limpiaba. Así que An Yo lo hacía. —An Yo... La voz vino desde abajo. El niño levantó la cabeza. —Ayúdame... An Yo permaneció quieto. —Soy el pobre hombre encerrado allí. Silencio. Después: —Bai Shen es un hombre muy malo. An Yo miró hacia la puerta. —Es un monstruo. La voz comenzó a reír. —JUAJAJAJAJAJAJA. An Yo no respondió. La risa continuó unos segundos. Después se detuvo. Silencio. An Yo siguió preparando la mesa. Poco después, Bai Shen apareció. Llevaba cuatro cubos llenos de comida. Los dejó sobre la mesa. ¡PUM! Uno. ¡PUM! Otro. An Yo miró. Arroz. Verduras. Pan. Frutas. Huevos. Pescado. Carne. Bai Shen se sentó. Tomó un pollo entero. Comenzó a comer. An Yo se sirvió arroz. No tocó la carne. Bai Shen lo vio. No dijo nada. Siguieron comiendo. Entonces Bai Shen habló mientras masticaba. —No le creas a la voz de abajo. An Yo levantó la mirada. —¿Por qué? Bai Shen arrancó un trozo de carne del pollo. —Es tramposo. An Yo esperó. —Y no es de carne y hueso. An Yo miró hacia la puerta. —¿Qué es? Bai Shen siguió comiendo. —Algún día te enseñaré. Hizo una pausa. —Si es que él no sale por sí solo antes. An Yo dejó de preguntar. Continuó comiendo arroz. La voz de abajo no volvió a hablar aquella noche. Los días siguientes fueron rutinarios. Por la mañana: —Levántate. Trabajo. Carbón. Hierro. Golpes. Errores. Correcciones. Bai Shen nunca decía que algo estaba bien. Solo aumentaba la dificultad. Si An Yo aprendía a preparar una pieza: —Ahora prepara dos. Si podía cargar un saco: —Carga dos. Si terminaba rápido: —Limpia. Si limpiaba rápido: —Ordena. Si ordenaba bien: —Busca qué falta. A veces An Yo cometía errores. Bai Shen golpeaba la mesa. —Mira. An Yo miraba. —Otra vez. Y volvía a hacerlo. Por las tardes, sin embargo, podía salir. Preparaba una lámpara. Escribía. Esperaba. Y por las noches... Fengcheng volvía a llenarse de luz. A veces An Yo hablaba con vendedores. A veces observaba a las familias. A veces simplemente caminaba. En algunas noches escuchaba risas. En otras, llantos. Algunas personas cantaban. Otras permanecían en silencio frente a una lámpara durante varios minutos. Y siempre había luces. Miles. Subiendo. Flotando. Alejándose. Desapareciendo lentamente entre la oscuridad. La voz de abajo también comenzó a hablar de vez en cuando. A veces reía. A veces insultaba a Bai Shen. A veces llamaba a An Yo. A veces fingía llorar. —An Yo... El niño seguía trabajando. —An Yo... Nada. —Sé que estás ahí. Silencio. —Qué mal niño. An Yo continuaba martillando. TAC. TAC. TAC. La voz dejaba de hablar. Y al día siguiente volvía a empezar. Los meses que siguieron Después de Despedida de Muertos, la ciudad no cambió de golpe. Simplemente volvió a vivir. El primer día de Enero de 1354, las lámparas desaparecieron de las calles. Los comerciantes desmontaron los puestos de papel. Las familias guardaron las estructuras que podían reutilizar. Los nombres de los muertos dejaron de llenar las plazas. Fengcheng volvió a ser una ciudad normal. O tan normal como podía serlo. Bai Shen volvió a levantar a An Yo antes del amanecer. —Carbón. Y el niño volvió a cargarlo. En Enero llegaron caravanas del norte. Traían pieles, minerales y grandes bloques de hielo espiritual que necesitaban mantenerse congelados mediante formaciones. Los herreros tuvieron más trabajo. Bai Shen recibió encargos durante varios días seguidos. An Yo comenzó a reconocer algunos clientes. Un comerciante gordo que siempre regateaba. Una mujer que revisaba cada espada durante varios minutos. Un cazador que nunca hablaba. Y un anciano que siempre dejaba una moneda adicional sobre la mesa. An Yo no sabía por qué. Bai Shen tampoco preguntaba. Una mañana, el anciano dejó la moneda. An Yo la señaló. —Es de más. El hombre lo miró. —Lo sé. —Entonces... —Quédate con ella. An Yo miró a Bai Shen. Bai Shen siguió trabajando. —Guárdala. An Yo la guardó. No volvió a preguntar. En Febrero, una caravana de agricultores llegó a Fengcheng después de perder parte de sus cultivos por una plaga. Traían herramientas rotas. Palas. Azadones. Cuchillas. An Yo ayudó a repararlas. Una pala. Otra. Otra. Después una cuarta. Bai Shen le dejó una directamente sobre la mesa. —Hazla. An Yo la sostuvo. —¿Yo? —¿Ves a alguien más? An Yo empezó. No salió perfecta. Bai Shen la golpeó con un dedo. —Muy pesada. An Yo la volvió a trabajar. —Ahora. La levantó. Bai Shen la tomó. La giró una vez. —Sirve. Fue todo. An Yo sonrió. No dijo nada. Guardó aquella palabra. En Marzo comenzó una temporada de lluvias tempranas. El agua golpeaba los tejados durante horas. Las calles se llenaron de barro. Los clientes llegaban con los pies cubiertos de tierra. Una noche, una parte de la calle se inundó. El agua entró hasta el borde de la herrería. An Yo tuvo que mover carbón, herramientas y madera. Bai Shen cargó los objetos más pesados. An Yo se ocupó de los pequeños. Al amanecer, ambos seguían trabajando. Bai Shen miró el suelo. —Mañana hacemos una barrera. An Yo señaló el agua. —¿Con piedra? —Con piedra. Durante los días siguientes, An Yo ayudó a construirla. No sabía que una herrería también podía necesitar defenderse del agua. Ahora lo sabía. En Abril, un grupo de cazadores regresó de una expedición con una criatura enorme. No viva. La habían transportado hasta las afueras de Fengcheng. El cuerpo ocupaba una carreta demasiado grande. An Yo salió a mirar. Tenía placas duras sobre la espalda. Seis patas. Una mandíbula larga. Y una cola cubierta de espinas. Los cazadores discutían sobre cuánto podían obtener de ella. Carne. Piel. Huesos. Glándulas. Un núcleo. An Yo escuchó durante un rato. Uno de los cazadores dijo: —Su núcleo no sirve. Otro respondió: —Sí sirve. —Está roto. —No completamente. An Yo miró el cuerpo. Luego el punto donde señalaban. No entendía por qué. Pero algo le parecía extraño. Bai Shen apareció detrás. Miró. No dijo nada. Después de unos segundos preguntó: —¿Qué ves? An Yo señaló. —Ahí. Bai Shen miró. —¿Por qué? —No sé. El anciano observó durante varios segundos. Luego se acercó. Tocó la zona con una herramienta. CRAC. La placa se partió. Debajo había una cavidad. El núcleo estaba allí. El cazador se quedó inmóvil. —¿Cómo...? An Yo no respondió. Bai Shen sí. —Suerte. Se llevó a An Yo de vuelta a la herrería. En Mayo, los mercados crecieron. Llegaron comerciantes de regiones lejanas. También aparecieron nuevos alimentos. An Yo probó frutas que jamás había visto. Una era demasiado ácida. Otra le dejó la lengua adormecida. Una tercera parecía una piedra por fuera y tenía una pulpa dulce por dentro. —Esta me gusta. Bai Shen la miró. —Entonces compra más. An Yo lo miró. —No tengo dinero. Bai Shen dejó una moneda sobre la mesa. —Ahora sí. An Yo tomó la moneda. —¿Es mía? —Si quieres comerla. An Yo salió. Regresó con cinco. Bai Shen lo miró. —Te dije que compraras más. An Yo levantó las frutas. —Compré más. Bai Shen continuó trabajando. —Bien. An Yo se quedó quieto. Había escuchado aquella palabra. No sabía si había sido para él. Pero no preguntó. En Junio, un incendio destruyó tres edificios cerca del mercado. No fue una calamidad. Ni un ataque. Un horno mal apagado. El fuego saltó de un tejado a otro. An Yo observó desde la calle. Los cultivadores de agua llegaron primero. Después los de viento. Un grupo abrió canales temporales para llevar agua. Otro reforzó las paredes cercanas. Los comerciantes sacaron mercancías. Los vecinos ayudaron a retirar muebles. El incendio tardó horas en apagarse. Al día siguiente, Fengcheng ya estaba reparando los edificios. An Yo se quedó mirando. —Se quemó. Bai Shen cargó un bloque de metal. —Sí. —Y ahora lo arreglan. —Sí. —¿Así de rápido? —No fue tan grave. An Yo miró las ruinas. Para él seguía siendo enorme. Pero entendió que una ciudad podía perder algo y continuar. En Julio llegaron rumores sobre una criatura en las montañas. Un grupo de cazadores aseguraba haber visto una serpiente de más de cien metros. Otro decía que medía quinientos. Un tercero juraba que tenía alas. La historia cambió cada día. An Yo escuchaba a todos. Finalmente preguntó a Bai Shen: —¿Cuánto medía? —No estaba allí. —Entonces no sabes. —Exactamente. An Yo pensó. —¿Y por qué todos dicen algo diferente? Bai Shen levantó una ceja. —Porque hablan. An Yo asintió. Eso parecía suficiente. En Agosto, una epidemia menor llegó a uno de los barrios exteriores. No era una calamidad. Pero bastó para cerrar algunas calles. Los médicos levantaron tiendas. Los cultivadores de agua limpiaron los canales. Los herbolarios prepararon medicinas. Los comerciantes perdieron dinero. Las personas dejaron de salir. Durante varios días, Fengcheng pareció más silenciosa. An Yo tuvo prohibido salir. —¿Por qué? —Enfermedad. —¿Me enfermaré? —Podrías. —¿Y si me enfermo? Bai Shen lo miró. —Te curarán. —¿Tú sabes curar? —No. An Yo esperó. —Entonces... —Por eso no sales. An Yo aceptó. En Septiembre, las caravanas volvieron. El mercado se llenó. Los precios bajaron. Los médicos comenzaron a desmontar las tiendas. Los niños volvieron a las calles. An Yo volvió a caminar. Y descubrió algo. Había olvidado el olor de la ciudad cuando estaba llena. Comida. Animales. Metal. Sudor. Humo. Flores. Todo mezclado. Fengcheng volvía a sentirse enorme. En Octubre, comenzaron a aparecer rumores sobre problemas en las rutas. Cazadores desaparecidos. Caravanas retrasadas. Bestias que habían abandonado sus territorios habituales. Un comerciante llegó a la herrería con una espada partida. —No fue una bestia. Bai Shen la tomó. —¿Entonces? —No sé. —¿Qué la partió? El hombre negó. —No lo vi. Bai Shen examinó el metal. An Yo observó desde un lado. La rotura era demasiado limpia. Demasiado extraña. Bai Shen no dijo nada. Solo reparó la espada. En Noviembre, una tormenta llegó desde el oeste. Duró tres días. Los barcos no salieron. Las aeronaves permanecieron ancladas. Las calles se vaciaron. Un rayo golpeó una torre de vigilancia. ¡BOOOOM! Durante varios segundos, toda la ciudad quedó iluminada. An Yo miró por la ventana de la herrería. —¿Eso fue un trueno? —No. Bai Shen señaló el cielo. —Eso fue un rayo. Otro cayó. ¡CRAAACK! An Yo se agachó por reflejo. Bai Shen lo miró. —¿Miedo? —No. Otro trueno. BOOOOM. An Yo permaneció agachado. Bai Shen sonrió apenas. —Claro. Y entonces llegó Diciembre. La lluvia había disminuido. Las calles estaban llenas otra vez. An Yo había crecido un poco. Seguía siendo pequeño. Seguía usando ropa demasiado grande. Pero ya no necesitaba que Bai Shen le dijera dónde estaban las herramientas. Sabía dónde estaba cada cosa. Sabía cuánto carbón debía poner. Sabía reconocer algunas piezas de metal. Sabía limpiar la forja. Sabía reparar ciertas herramientas. Y, sobre todo, sabía observar. El tres de diciembre, la puerta de la herrería se abrió. Entraron tres hombres. El primero vestía una armadura elegante. No parecía una armadura fabricada simplemente para proteger el cuerpo. Parecía una pieza de exhibición. Placas oscuras cubrían el pecho y los hombros. Algunas tenían una textura que recordaba a escamas. Otras parecían hechas de hueso pulido. Pequeñas piezas de cuero cubrían las articulaciones. Había colmillos incrustados en los bordes. Garras convertidas en adornos. Una pequeña placa sobre el hombro parecía hecha de caparazón. Todo estaba perfectamente ensamblado. Los otros hombres vestían prendas mucho más sencillas. Pero también llevaban armas. Parecían sirvientes. Guardaespaldas. Quizá ambas cosas. El hombre de la armadura miró alrededor. —Necesitamos todas las armas que tenga disponibles. Bai Shen dejó el martillo. Lo miró. —¿Una guerra entre clanes? Silencio. —¿Sectas? El hombre negó. —¿Gremios? —No. Bai Shen entrecerró los ojos. —¿Entonces una migración? —Tampoco. El hombre bajó ligeramente la voz. —El Gran Maestro del Camino de la Mente apareció cerca de Fengcheng. An Yo levantó la cabeza. —¿Quién? —Nadie sabe. Bai Shen no respondió. El hombre continuó: —Es un objetivo prioritario para cualquiera que lo encuentre. Sacó una bolsa. La puso sobre la mesa. CLAC. —Diez monedas de oro para cualquiera que ayude a localizarlo. An Yo miró la bolsa. Diez monedas de oro. Era muchísimo dinero. —¿Cómo es? —preguntó Bai Shen. —No se sabe. —¿Cómo se llama? —No se sabe. Bai Shen permaneció quieto. —Entonces, ¿cómo saben a quién están buscando? El hombre tardó unos segundos en responder. —No lo sabemos. An Yo frunció el ceño. —Eso no tiene sentido. El hombre lo miró. —Ese es precisamente el problema. Explicó que un grupo de cazadores había entrado en una zona cercana. Después regresaron. Pero ya no recordaban quiénes eran. No recordaban sus nombres. Ni sus familias. Ni siquiera por qué habían salido. Otro grupo de comerciantes había sufrido algo parecido. Uno olvidó quién era su esposa. Otro no recordaba con quién trabajaba. Uno preguntó dónde estaba su casa. Otro no sabía qué edad tenía. Uno ni siquiera sabía su propio nombre. —¿Y eso significa que el anciano está aquí? —Es uno de los indicios. An Yo miró a Bai Shen. El anciano no parecía impresionado. Parecía preocupado. Entonces... BOOOOOOM. Un estruendo recorrió la ciudad. Las paredes vibraron. Las ventanas temblaron. An Yo salió de la herrería. Levantó la cabeza. Un enorme barco volador atravesó el cielo. Después apareció otro. Y otro. Y otro. Decenas. Cientos. Algunos eran tan grandes que parecían edificios flotando sobre Fengcheng. Sus motores iluminaban las nubes. Sus estructuras cubrían parte del cielo. Todos avanzaban hacia diferentes zonas. Buscaban. —¿Por qué lo buscan? —preguntó An Yo. El hombre de la armadura lo miró. —¿Es tan fuerte? El hombre sonrió. —Estoy seguro de que tú podrías matarlo, jovencito. An Yo parpadeó. —¿Yo? —Con esfuerzo, claro. El hombre miró los barcos. —Cualquiera podría. Hizo una pausa. —Si es que recuerda cómo mover su cuerpo. An Yo dejó de sonreír. —¿Qué? —O cómo respirar. Entonces... Todo desapareció. El sonido. Las voces. Los motores. El viento. Nada. An Yo miró alrededor. El hombre de la armadura estaba quieto. Los otros también. Entonces el hombre preguntó: —¿Qué hago aquí? Nadie respondió. —¿Quiénes son ustedes? Uno de sus propios acompañantes lo miró. —No lo sé. El hombre frunció el ceño. —¿Quién eres? —No sé. Una mujer salió de una casa. —¿Dónde estoy? Un hombre abrazaba a una niña. —¿Quién eres tú? La niña comenzó a llorar. —¡Papá! El hombre la soltó. —¿Papá? Miró sus propias manos. —No sé quién soy. En otra calle, una mujer buscaba desesperadamente a su marido. Lo encontró. Él la miró. —¿Nos conocemos? Ella comenzó a llorar. Un anciano preguntaba por su casa. Un comerciante no recordaba qué vendía. Dos hermanos se miraban sin reconocerse. Un niño llamaba a una mujer. —Mamá. Ella no sabía quién era. La ciudad comenzó a romperse sin que nadie la atacara. An Yo miró a Bai Shen. —Maestro... Bai Shen no respondió. Lo miraba. Pero su expresión era diferente. —¿Quién eres? An Yo se quedó inmóvil. —¿Qué? Bai Shen dio un paso atrás. —¿Quién eres tú? An Yo sintió un frío extraño en el pecho. —Soy An Yo. Bai Shen negó lentamente. —No sé quién eres. An Yo no supo qué responder. Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ninguna respuesta. Entonces escuchó pasos. Un anciano apareció al final de la calle. Medía quizá un metro ochenta. Parecía muy viejo. Su cuerpo temblaba al caminar. Cada paso parecía costarle. Se detuvo frente a An Yo. Lo miró. Sonrió. —Vaya... Sus ojos recorrieron al niño. —Qué bonita bendición tienes. An Yo no entendió. El anciano soltó una pequeña risa. —Es interesante encontrar en una herrería a un niño con la Percepción del Cielo. An Yo sintió que el cuerpo se le enfriaba. El anciano levantó un dedo. —Ojalá sobrevivas sin que tu cabeza explote por ella. An Yo permaneció inmóvil. —Quizá tengas un gran futuro. El anciano sonrió. —AJAJAJAJA. Chasqueó los dedos. CLAC. Bai Shen se quedó completamente quieto. Su expresión cambió. Como si algo hubiera regresado a su cabeza. Miró al anciano. —... El viejo ya se estaba alejando. Caminaba lentamente. Temblando. An Yo lo observó. El anciano dio un paso. Y apareció al final de la calle. Seguía temblando. Dio otro. Desapareció. An Yo no dijo nada. Bai Shen se acercó. —No le cuentes a nadie que viste a ese hombre. An Yo asintió. La ciudad estaba hecha un caos. No todos habían sido afectados. Pero gran parte de Fengcheng ya no recordaba quién era. Los barcos seguían sobrevolando la ciudad. Las personas buscaban familiares que ya no podían reconocerlas. Los comerciantes abandonaban sus puestos. Los niños lloraban. Los adultos preguntaban nombres. Y nadie sabía qué había ocurrido. An Yo regresó lentamente a la herrería. Bai Shen cerró la puerta. Por primera vez en mucho tiempo, An Yo no preguntó nada. Aquella noche se acostó. Cerró los ojos. Pero no pudo dormir. An Yo cerró los ojos. Y no pudo dejar de pensar en la cara de Bai Shen. Cuando le preguntó quién era. Y él no supo qué responder.
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Estás leyendo el capítulo 12 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 1 de octubre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.