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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 11 online gratis en español

Hacía frío. El cielo permanecía cubierto por nubes grises desde temprano y el sol apenas conseguía atravesarlas. No llovía. No nevaba. Solo había viento. Y una sensación extraña en el aire. Fengcheng, sin embargo, parecía estar esperando algo completamente distinto. Las calles comenzaron a llenarse de personas. Los comerciantes colocaban adornos. Las familias limpiaban sus casas. Los niños corrían de un lado a otro. Algunos llevaban pequeños regalos. Otros discutían sobre qué querían recibir. Había música. Comida caliente. Luces. En las calles principales habían colocado árboles artificiales cubiertos de cintas y pequeñas lámparas. An Yo observaba todo desde la puerta de la herrería. No entendía por qué todos estaban tan felices. Bai Shen estaba detrás de él. —¿Qué hacen? An Yo señaló a una familia que estaba colocando pequeñas lámparas en las ventanas. —Celebran. —¿Qué? Bai Shen tardó un momento en responder. —Dos cosas. An Yo volvió la cabeza. —¿Dos? —La primera es la celebración familiar. Señaló las casas. —Durante estos días las familias preparan comida, decoran sus casas, intercambian regalos y escriben algo que desean conseguir o aprender durante el siguiente año. —¿Como qué? —Lo que quieran. An Yo miró a los niños. Uno sostenía un juguete. Otro llevaba una caja envuelta en tela. —¿Y las luces? Bai Shen señaló una casa cercana. —Cada miembro de la familia enciende una vela. —¿Una cada uno? —Sí. —Una por cada persona que esté celebrando esa noche. An Yo miró cómo una mujer encendía una vela. Después un hombre. Después dos niños. Cuatro pequeñas llamas. —¿Y la otra cosa? Bai Shen levantó ligeramente la mirada hacia el cielo. —La Noche del Cielo Cerrado. An Yo frunció el ceño. —¿Qué hacen? —Apagan las luces exteriores durante unos minutos. —¿Por qué? —Para mirar el cielo. An Yo levantó la cabeza. —¿Y qué pasa? —A veces aparecen luces. —¿Estrellas? —No. Bai Shen hizo una pausa. —Los cultivadores lanzan pequeñas estructuras de Qi que flotan sobre las ciudades. Pueden tomar formas. —¿Qué formas? —Flores. —¿Animales? —Sí. —¿Dragones? —También. An Yo abrió un poco los ojos. —Quiero verlo. Bai Shen lo miró. —Lo verás. An Yo sonrió. No sabía qué era Navidad Oscura. Pero quería celebrarla. Nunca había tenido una festividad. Nunca había recibido un regalo. Nunca había escrito algo que quisiera para el futuro. Así que aquella noche, Bai Shen le dio una hoja. —Escribe. An Yo sostuvo el pincel. Todavía necesitaba pensar bastante para escribir. Miró la hoja. Luego el techo. Después la ventana. Finalmente escribió, lentamente: Un árbol de manzanas. Bai Shen leyó. No dijo nada. An Yo lo miró. —¿Es mucho? —No. —¿Entonces? —Espera. Bai Shen tomó otra hoja. Escribió algo. Después la dobló. An Yo quiso mirar. —¿Qué escribiste? —Nada. —¿Es secreto? —Sí. An Yo hizo una mueca. —Entonces yo también tengo un secreto. Bai Shen soltó un sonido que casi parecía una risa. Casi. Esa noche cenaron juntos. Después Bai Shen colocó dos velas sobre la mesa. An Yo las miró. —¿Por qué dos? Bai Shen respondió sin mirarlo. —Una para cada uno. An Yo sonrió. Le gustaba. Bai Shen encendió la primera. Después la segunda. Las dos llamas iluminaron sus rostros. An Yo observó cómo la luz temblaba sobre la mesa. Entonces Bai Shen se alejó. Volvió unos segundos después con una pequeña piedra de afilar. La colocó junto a una de las velas. An Yo la miró. No entendió. Bai Shen tampoco explicó nada. Solo permaneció unos segundos frente a la mesa. Después apagó las luces de la habitación. Cerró las cortinas. Aseguró la puerta. Las dos llamas quedaron iluminando la oscuridad. Y junto a una de ellas... la pequeña piedra. An Yo siguió mirándola. No preguntó. Solo la recordó. Afuera había familias celebrando. Niños riendo. Regalos. Comida. Luces. La ciudad parecía viva. Y durante unos días, Bai Shen incluso pareció permitirle disfrutarlo. Pero conforme avanzaba Navidad Oscura... algo cambió. No fue de golpe. Primero fueron las ventanas. Bai Shen comenzó a reforzarlas. Añadió madera. Luego hierro. Después colocó barras interiores. An Yo observaba. —¿Por qué? —Seguridad. —¿Roban mucho en este mes? Bai Shen no respondió. Después comenzó a revisar las puertas traseras. Una. Dos. Tres veces. Puso más candados. Luego otro. Y otro. An Yo pensó que quizá la gente robaba más durante las festividades. No le pareció extraño. Había regalos. Más comida. Más dinero circulando. Más gente en las calles. Tenía sentido. Bai Shen también comenzó a salir menos. Solo iba por comida. Regresaba. Cerraba. Volvía a trabajar. Y entonces llegaba la noche. Las casas de Fengcheng permanecían iluminadas. Desde la ventana podían verse cientos de luces. Miles. Las familias celebraban. Algunas calles estaban cubiertas de lámparas. Los niños corrían. Se escuchaban risas. Pero la herrería de Bai Shen era diferente. Cada noche apagaba todas las lámparas. Todas. Solo dejaba dos velas. Una frente a An Yo. Otra frente a él. Y junto a una de ellas... la misma pequeña piedra. An Yo nunca preguntó para qué servía. Bai Shen tampoco se lo explicó. \--- Las noches empeoraron. Bai Shen se despertaba por cualquier ruido. Una gota. Una rama. Un golpe lejano. Una teja moviéndose. Cualquier cosa. Se levantaba. Tomaba un arma. Recorría la casa. Revisaba las ventanas. La puerta. El techo. El patio. Después regresaba. Algunas noches se quedaba sentado junto a la puerta. Otras dormía con varias armas a su alrededor. Incluso comenzó a utilizar una armadura negra durante la noche. An Yo nunca había visto a Bai Shen dormir con una armadura. Nunca. Y tampoco había visto a alguien comprobar tantas veces que una puerta estuviera cerrada. Pero no decía nada. Hasta que finalmente terminó Navidad Oscura. El cielo se despejó. El frío comenzó a disminuir. Y llegó el mes treinta. Despedida de Muertos. Bai Shen fue el primero en explicárselo. —Este mes es diferente. An Yo escuchó. —¿Por qué? —Porque se recuerda a los muertos. Bai Shen señaló las calles. —Durante este mes las ciudades iluminan las calles, especialmente las que conducen a los cementerios. An Yo miró hacia afuera. Aquella noche Fengcheng parecía otra ciudad. Había lámparas por todas partes. No eran solamente adornos. Formaban caminos. Desde las casas. Desde las plazas. Desde las calles principales. Hasta las entradas de los cementerios. Bai Shen continuó: —También existen las lámparas de ascenso. —¿Qué hacen? —Los cultivadores las fabrican con Qi. Señaló el cielo. —Flotan. —¿Suben mucho? —No. —¿Por qué? —No necesitan hacerlo. Bai Shen hizo una pequeña pausa. —Se cree que muestran a los muertos el camino hacia el cielo. An Yo miró las luces. —¿Los muertos las ven? —Nadie lo sabe. —Entonces... Bai Shen lo miró. —Pero las familias las lanzan de todas maneras. Cada noche se repartían lámparas gratuitamente. Había pequeñas. Grandes. Simples. Decoradas. Algunas tenían nombres escritos. Otras llevaban pequeños dibujos, símbolos o recuerdos familiares. Las familias podían escribir el nombre de alguien que había muerto. Después encendían la lámpara. Y la dejaban subir. Durante los treinta días. Bai Shen regresó una tarde con treinta lámparas. Las colocó frente a An Yo. —Una para cada noche. An Yo las miró. Eran pequeñas. Blancas. Tenían una estructura ligera. Dentro había un pequeño núcleo de Qi que mantenía la llama suspendida. An Yo tomó un pincel. Escribió en la primera: Mamá. En la segunda: Papá. En la tercera: Abuelita. Las demás quedaron vacías. Bai Shen no preguntó por qué. Aquella noche salieron. Fengcheng estaba llena de gente. El camino hacia el cementerio parecía un río de luz. Había familias enteras caminando. Niños. Ancianos. Cultivadores. Comerciantes. Soldados. Personas ricas. Personas pobres. Todos llevaban lámparas. Cuando llegaron al cementerio, An Yo levantó la cabeza. El cielo estaba lleno. Las lámparas flotaban lentamente. Algunas parecían pequeñas estrellas. Otras parecían flores. Había pétalos de Qi que se abrían en el aire y después se separaban. Algunas familias habían gastado mucho dinero. Sus lámparas eran enormes. Algunas tomaban la forma de ciervos. Otras de aves. Dragones diminutos recorrían el cielo como si estuvieran nadando. Un anciano había creado una pequeña casa flotante. Una niña sostenía una lámpara con forma de mariposa. Cuando la soltó, la mariposa batió lentamente las alas. An Yo se quedó mirándola. Bai Shen estaba a su lado. —Es hermosa. Bai Shen asintió. —Sí. An Yo encendió la primera. La sostuvo entre las manos. Mamá. Después la soltó. La pequeña lámpara ascendió. Muy lentamente. Subió unos metros. Después otros. Hasta mezclarse con cientos más. An Yo la siguió con los ojos. —¿La verá? Bai Shen tardó en responder. —Quizá. An Yo no preguntó más. Sacó la segunda. Papá. La encendió. La soltó. Después la tercera. Abuelita. La sostuvo unos segundos más. Finalmente la dejó ir. Las tres subieron. Junto a ellas había miles. El cielo parecía un río invertido. En lugar de caer... las luces ascendían. Y durante unos minutos Fengcheng pareció estar debajo de un cielo lleno de recuerdos. An Yo permaneció mirando. No había fuego. No había gritos. No había humo. Solo luces. Por primera vez desde Qingshui, el recuerdo de su familia no estaba acompañado por una casa ardiendo. Solo por una pequeña lámpara alejándose lentamente hacia el cielo. \--- Aquella noche regresaron a la herrería. Cenaron. An Yo estaba cansado. Pero había algo que llevaba días queriendo preguntar. —Maestro Bai Shen. Bai Shen levantó la mirada. —¿Qué? An Yo sostuvo el cuenco entre ambas manos. —¿Qué pasa en Navidad Oscura? Bai Shen dejó de comer. No respondió. An Yo lo observó. El anciano miró hacia un lado. Después hacia la puerta. Luego hacia la ventana. Después al techo. Sus palillos permanecieron quietos. An Yo se dio cuenta de que había dejado de comer. —Maestro... Bai Shen respiró lentamente. —Cuando era joven... Hizo una pausa. —Quedé huérfano. An Yo permaneció quieto. —Tenía dieciocho o veinte años. —No recuerdo exactamente. Bai Shen bajó la mirada. —No tenía cómo sobrevivir. —Así que entré al ejército. An Yo escuchaba. —Me arrepiento profundamente. La voz no tembló. Pero tampoco tenía la dureza habitual. Bai Shen continuó: —Yunbei, Xetian y Danyue comparten un frente. An Yo no sabía qué significaba. Bai Shen explicó. —Está activo todos los días del año. —Lo llaman Khar. —La Fosa de Khar. An Yo había escuchado el nombre antes. Pero nunca de aquella manera. —Incluso cuando los tres reinos han tenido guerras entre ellos... Bai Shen miró su cuenco. —Khar es uno de los pocos lugares donde mantienen un tratado de paz. An Yo frunció el ceño. —¿Por qué? —Porque allí nadie puede permitirse pelear entre sí. Bai Shen respiró. —Envían criminales. —Personas condenadas. —Soldados que no quieren. —Personas de las que los gobiernos quieren deshacerse. —Y también voluntarios. Hizo una pausa. —Aunque esos son menos. An Yo permaneció atento. —Hay barcos voladores enormes. —Algunos alcanzan ocho mil kilómetros. An Yo abrió los ojos. Bai Shen continuó: —Vuelan tan alto que desde abajo parecen puntos. —Pero incluso allí... Miró hacia la ventana. —Llegan criaturas. —Criaturas que pueden superar los dos mil kilómetros. An Yo dejó lentamente el cuenco. —¿Dos mil? —O más. —Pueden llegar por tierra. —Sí. —Por aire. —Sí. —¿Debajo? —También. Bai Shen apoyó los dedos sobre la mesa. —Lo peor son las criaturas aéreas. —¿Por qué? —Porque nunca sabes dónde van a caer. An Yo permaneció callado. —Cuando uno de esos barcos va a disparar, avisan primero. —Todos deben cubrirse los oídos y tirarse al suelo. —¿Por el ruido? —Por el disparo. Bai Shen hizo una pequeña pausa. —Hay armas capaces de hacer que el suelo tiemble durante kilómetros. An Yo tragó saliva. —¿Y Khar es solo una guerra? Bai Shen negó lentamente. —No. —Khar cambia. —Aparecen ciudades. —Ciudades que no estaban allí. —Aparecen soldados antiguos. —Soldados que murieron hace cientos o miles de años. —El propio frente puede cambiar de lugar. An Yo escuchaba sin interrumpir. —Hay zonas donde el Qi desaparece. —Otras donde cambia la gravedad. —Lugares donde los caminos no llevan al mismo sitio dos veces. —Y cosas que aparecen sin que nadie sepa de dónde vienen. Bai Shen se quedó en silencio. —Hay historias sobre los Reyes de la Fosa. —Y sobre el Hambre de Khar. An Yo esperaba más. Pero Bai Shen negó con la cabeza. —Prefiero que alguna vez escuches de eso por otra persona. —¿Por qué? —Porque yo solo estuve allí unos meses. An Yo lo miró. —¿Y qué hacías? Bai Shen respondió: —Era herrero. An Yo parpadeó. —¿En Khar? —Sí. —¿Y qué pasó? Bai Shen permaneció callado durante unos segundos. —La última vez que estuve allí fue durante Navidad Oscura. An Yo dejó el cuenco. Bai Shen ya no estaba comiendo. —Comenzó a nevar con fuerza. —No paraba. —Las puertas quedaban cubiertas. —Los caminos desaparecían. —Los soldados tenían que despejarlos continuamente. —Y durante los primeros días... Bai Shen se detuvo. —Empezaron a aparecer regalos. An Yo frunció el ceño. —¿Regalos? —Sí. Bai Shen asintió. —Armas. —Armaduras de altísima calidad. —Ropa fina. —Núcleos de rango extraordinario. —Materiales. —Comida. —Cosas que nadie había pedido. An Yo esperó. Bai Shen bajó lentamente la mirada. —Al principio todos pensaron que era una bendición. Silencio. —Después comenzaron a desaparecer personas. An Yo dejó de respirar durante un instante. —No las encontrábamos. Bai Shen miró la puerta. —Solo aparecían huellas. Pequeñas. Muy pequeñas. —Una mañana apareció el primero. An Yo no dijo nada. —Era un hombrecito. —Pequeño. —Muy pequeño. —Llevaba ropa que no pertenecía a ninguno de los tres reinos. Bai Shen hizo una pausa. —Parecía un elfo. —Era reconocible como uno. —Pero sus ojos... El anciano dejó de hablar. An Yo esperó. —Eran enormes. —Y en el centro había algo blanco. —No estaba quieto. —Se movía dentro del ojo. An Yo sintió frío. —¿Qué hizo? —Nada. Bai Shen negó lentamente. —Ese fue el problema. —Solo caminaba. —Miraba. —Y desaparecía. Luego empezaron a caer más regalos. No unos cuantos. Miles. Cientos de miles. Algunos eran pequeños. Otros pesaban toneladas. Caían desde el cielo. Uno atravesó el techo de un almacén. Otro aplastó a varios soldados. Otro destruyó una torre. Otro cayó sobre una vivienda. No había intención visible. Nadie parecía estar atacándolos. Simplemente... caían. Y cada noche comenzaban las campanas. TIN. TIN. TIN. Miles. Millones. Por todas partes. También había canciones. Canciones que nadie conocía. Idiomas que ningún lingüista del frente pudo identificar. Algunas voces eran infantiles. Otras eran demasiado graves. Algunas parecían venir del cielo. Otras de debajo de la nieve. Y entre ellas seguía apareciendo la risa. —JOJOJOJOJO. Bai Shen dejó de hablar. An Yo lo observó. El anciano permaneció inmóvil. —¿Maestro? Bai Shen cerró los ojos. —Una noche me quedé trabajando hasta tarde. —La herrería estaba vacía. —Solo estaba yo. —Seguí trabajando. Bai Shen bajó la voz. —Entonces escuché: —Jejeje... An Yo sintió un escalofrío. —Me di la vuelta. —Todos mis martillos habían desaparecido. —Todos. —El yunque ya no estaba. —El horno tampoco. —Las piedras de Qi se habían apagado. —Las antorchas también. Bai Shen tragó saliva. —Pensé que alguien había entrado. —Entonces escuché una campana. TIN. —Solo una. —Después otra. TIN. —Y otra. TIN. —Cuando volví a mirar... Bai Shen dejó de hablar durante unos segundos. —La herrería ya no estaba. An Yo frunció el ceño. —¿Cómo que no estaba? —Había un espacio vacío. —Ni paredes. —Ni horno. —Ni herramientas. —Ni suelo. —Nada. An Yo permaneció inmóvil. —Solo nieve. —Y entonces las antorchas volvieron a encenderse. —Las piedras de Qi volvieron a funcionar. —Y la herrería estaba otra vez allí. Bai Shen miró sus manos. —Pero había algo diferente. —¿Qué? —Había huellas. —Pequeñas. —Entraban. —No salían. An Yo tragó saliva. Bai Shen continuó. —Después aparecieron las galletas. An Yo pensó que había escuchado mal. —¿Galletas? —Sí. —Parecían normales. —Hasta que alguien las mordió. Bai Shen no explicó más. No necesitaba hacerlo. —Después aparecieron muñecos de madera. —Tenían ojos humanos. —Dientes humanos. —Uñas. —Cabello. —Algunos tenían pequeñas piezas de ropa. An Yo miró el suelo. —¿De quién? Bai Shen tardó en responder. —No lo sabíamos. Las cosas empezaron a aparecer cada vez con mayor frecuencia. Juguetes. Muñecos. Animales. Árboles. Criaturas pequeñas. Duendes. Y cosas que parecían juguetes hasta que se movían. Algunas corrían. Otras trepaban. Algunas esperaban. Y algunas atacaban. —¿Los regalos los traían? —A veces. —¿Y otras? —Los regalos simplemente se abrían. —Y salían. —Criaturas. —Bestias. —Duendes. —Juguetes. —Árboles. —Cosas que no tenían nombre. Bai Shen bajó la voz. —Había animales que conocíamos. —Pero ya no eran los mismos. —Habían cambiado. —Eran más grandes. —Más violentos. —Algunos tenían demasiados ojos. —Otros demasiadas patas. —Algunos no parecían capaces de respirar. —Y aun así caminaban. An Yo no dijo nada. —También aparecían regalos que explotaban. —Otros liberaban gas. —Otros producían fuego. —Otros se abrían y simplemente había algo esperando dentro. Bai Shen miró al niño. —Y había regalos que parecían completamente normales. An Yo esperó. —Esos eran los peores. Silencio. —Porque alguien podía abrirlos. —Y encontrar algo bueno. —Un núcleo. —Un arma. —Comida. —Un tesoro. —Entonces todos empezaban a creer que el siguiente también sería bueno. Bai Shen apretó la mandíbula. —Y el siguiente mataba a alguien. An Yo bajó la mirada. —¿Y los elfos? Bai Shen no respondió inmediatamente. —Nunca vi uno convertir a nadie. —Pero escuché los gritos. An Yo levantó la cabeza. —¿Qué gritos? Bai Shen miró hacia la puerta. —De personas que habían desaparecido. —Después encontrábamos juguetes. —Pequeños. —Demasiado pequeños. —Algunos tenían ropa. —Algunos tenían nombres escritos. An Yo permaneció completamente quieto. Bai Shen continuó: —Los soldados empezaron a prohibir tocar cualquier regalo. —Pero seguían cayendo. —Sobre caminos. —Sobre edificios. —Sobre soldados. —Sobre cadáveres. —Sobre otros regalos. —Algunos se enterraban bajo la nieve. —Otros aparecían dentro de habitaciones cerradas. —Uno apareció dentro de una armadura. An Yo frunció el ceño. —¿Cómo? —Nadie lo supo. Bai Shen volvió a mirar el techo. —Y cada noche... Silencio. —Las campanas. TIN. An Yo levantó lentamente la cabeza. Había escuchado algo. Bai Shen también. Los dos quedaron inmóviles. Nada. Solo el viento. Bai Shen respiró lentamente. —Eso que te conté... An Yo lo miró. —No fue lo peor que ocurre en Khar. Silencio. —Ni siquiera se acerca. An Yo no respondió. Bai Shen miró hacia la ventana. —Navidad Oscura fue solo lo que me tocó ver a mí. —Hay cosas allí que no quiero volver a ver. —Cosas que ni siquiera sé cómo explicar. An Yo permaneció callado. Bai Shen terminó su comida. Se levantó. Comenzó a recoger los platos. Los lavó. Guardó la comida. Comprobó el agua. Después fue hacia la puerta. An Yo lo observó. Bai Shen tomó una de sus armas. Después otra. Luego una tercera. Se colocó la armadura negra. Revisó los cierres. Tomó el mazo. Finalmente miró las ventanas. Una. Dos. Tres. Comprobó los candados. Luego miró el techo. An Yo se dio cuenta de algo. Bai Shen no iba a dormir. No todavía. Quizá tampoco esa noche. El viejo abrió ligeramente la puerta. Antes de salir, miró a An Yo. —Quédate dentro. An Yo asintió. Bai Shen salió. La puerta se cerró. CLAC. Después se escuchó otro sonido. CLAC. Un segundo candado. Y otro. CLAC. An Yo permaneció sentado. Entonces, desde alguna calle lejana... sonó una campana. TIN. Bai Shen se quedó completamente inmóvil. An Yo lo vio desde la ventana. El mazo cayó unos centímetros. Sus dedos se cerraron alrededor del mango. No miró hacia el sonido. No dijo nada. Simplemente esperó. Otra campana. TIN. Bai Shen levantó la cabeza. Miró el cielo. Después las casas. Después la calle. La campana volvió a sonar. TIN. El viejo cerró los ojos durante un segundo. Y An Yo entendió algo sin que nadie se lo explicara. Bai Shen podía hablar de Khar. Podía hablar de criaturas. De soldados. De cadáveres. De edificios desaparecidos. Incluso podía hablar de aquella Navidad. Pero no podía soportar una campana. Bai Shen entró nuevamente. Cerró la puerta. Puso el primer candado. Después el segundo. Después el tercero. Y se quedó de pie frente a ella. Escuchando. Esperando. Afuera, Fengcheng seguía celebrando. Pero dentro de aquella herrería no quedaba nada de una festividad. Solo un viejo con un arma. Y un sonido que todavía podía devolverlo a Khar. TIN.
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Noche roja (Novela) Capítulo 11

Estás leyendo el capítulo 11 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 1 de octubre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.