Leer Noche roja (Novela) Capítulo 13 online gratis en español
Capítulo 13: Un año bajo el cielo
Cuando el anciano desapareció, Fengcheng dejó de parecer una ciudad.
Parecía una herida abierta.
Durante los primeros días, nadie sabía exactamente qué había ocurrido.
Había personas caminando sin rumbo.
Cazadores buscando a compañeros cuyos nombres habían olvidado.
Familias enteras incapaces de recordar dónde vivían.
Hombres que despertaban en mitad de una calle sin saber cómo habían llegado allí.
Mujeres que reconocían a sus hijos, pero no podían recordar haberlos tenido.
Algunos regresaban a sus casas después de varios días y descubrían que habían estado fuera sin saber por qué.
Otros encontraban habitaciones llenas de objetos que no recordaban haber comprado.
Los templos estaban llenos.
Los hospitales también.
Los gremios recibían personas desesperadas que buscaban familiares que, en algunos casos, habían olvidado incluso que existían.
Y sobre todo...
había silencio.
No el silencio de una ciudad vacía.
El silencio de una ciudad que tenía miedo de pensar.
Las autoridades tardaron varios días en determinar que el fenómeno había alcanzado regiones mucho más allá de Fengcheng.
Algunas zonas cercanas habían sido afectadas.
Otras no.
Los cazadores discutían constantemente sobre el Gran Maestro del Camino de la Mente.
Nadie sabía dónde estaba.
Algunos aseguraban haberlo visto en las montañas.
Otros decían que había desaparecido.
Otros afirmaban que nunca había estado allí.
Los rumores cambiaban cada día.
Las naves continuaban recorriendo el cielo.
Gigantescas.
Lentas.
Buscando.
Durante semanas, Fengcheng vivió bajo vigilancia.
Después comenzaron las reparaciones.
Murallas.
Tejados.
Caminos.
Torres.
Puentes.
Las calles destruidas volvieron a llenarse de trabajadores.
Los comerciantes regresaron.
Los herreros trabajaron.
Los médicos atendieron a los heridos.
Los cultivadores utilizaron Qi para levantar piedras, reforzar estructuras y acelerar algunas reparaciones.
La ciudad comenzó, poco a poco, a respirar nuevamente.
Y mientras Fengcheng intentaba recuperar su ritmo...
Bai Shen seguía haciendo trabajar a An Yo.
No había cambiado.
Cada mañana, antes del amanecer:
—Levántate.
An Yo abría los ojos.
—Tengo sueño.
—No me importa.
—Todavía está oscuro.
—El horno también.
An Yo se levantaba.
Todavía era pequeño.
Todavía necesitaba hacer varios viajes para transportar un saco que un adulto podía cargar de una sola vez.
Bai Shen no reducía el peso.
Si An Yo no podía levantarlo, tenía que arrastrarlo.
Si no podía arrastrarlo, tenía que empujarlo.
Si se caía...
Bai Shen esperaba.
—Levántate.
An Yo se levantaba.
—Otra vez.
Y lo hacía.
No porque Bai Shen fuera amable.
Tampoco porque quisiera convertirse en su padre.
Simplemente creía que un niño que quisiera sobrevivir tenía que aprender a trabajar.
Él mismo había aprendido de esa manera.
Para Bai Shen, aquello era suficiente.
Durante los primeros meses, An Yo continuó quemándose.
Se cortaba.
Se golpeaba los dedos con el martillo.
Dejaba caer herramientas.
Confundía metales.
Bai Shen jamás decía:
"Bien hecho."
Decía:
—Puedes hacerlo mejor.
O:
—Otra vez.
O:
—Eso fue lento.
O:
—No mires la herramienta. Mira el metal.
Cuando An Yo conseguía hacer algo que antes no podía...
Bai Shen simplemente le entregaba algo más difícil.
Y eso era todo.
Pero An Yo aprendía.
Mes tras mes.
Lumbre
El primer día de Lumbre llegó sin anunciarse.
Durante la mañana, el cielo parecía normal.
Azul.
Claro.
Fengcheng, en cambio, estaba mucho más llena de lo habitual.
Habían llegado cazadores de regiones lejanas.
Refugiados de aldeas.
Mercaderes.
Caravanas.
Familias enteras.
Personas de distintas razas.
Algunos tenían cuernos.
Otros colas.
Algunos eran mucho más altos que los humanos.
Había personas cubiertas de escamas.
Seres de piel gris.
Mujeres con ojos completamente negros.
Hombres con alas plegadas sobre la espalda.
Criaturas pequeñas que caminaban entre las piernas de los adultos.
Incluso comerciantes que viajaban acompañados por bestias domesticadas.
Fengcheng estaba saturada.
Las posadas no tenían habitaciones.
Los establos estaban llenos.
Los almacenes aumentaban sus precios.
Los mercados estaban abarrotados.
Las calles permanecían ocupadas hasta altas horas de la noche.
Todos hablaban de lo mismo.
Lumbre.
Se sabía que las caídas del cielo rara vez ocurrían cerca de las grandes ciudades.
Pero nadie podía garantizarlo.
Y nadie sabía qué tan mala sería aquella Lumbre.
Durante el día comenzaron a aparecer.
Primero uno.
Una línea blanca cruzó el cielo.
Después otra.
Mucho más lejos.
Luego cinco.
Diez.
Veinte.
An Yo levantó la cabeza.
Un meteorito azul atravesó las nubes.
Después uno verde.
Otro rojo.
Otro dorado.
Otro completamente blanco.
Todos cayeron muy lejos.
Mucho más allá de las montañas.
No se escuchó ningún impacto.
Solo se vio el resplandor.
Por la noche fue peor.
El cielo parecía estar lleno de fuego.
Cientos.
Quizá miles.
Cometas.
Meteoros.
Fragmentos luminosos.
Algunos parecían líneas finísimas.
Otros eran enormes bolas de luz.
Había colores que An Yo jamás había visto.
El cielo parecía un arcoíris que estuviera cayendo.
Fengcheng activó una barrera.
Una enorme cúpula de Qi cubrió la ciudad.
Desde abajo parecía un segundo cielo.
Los objetos que podían caer sobre Fengcheng chocaban contra ella y se desviaban.
Algunos se desintegraban.
Otros cambiaban de trayectoria.
Los más grandes eran repelidos.
An Yo se quedó mirando.
—¿Van a caer aquí?
Bai Shen ni siquiera levantó la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—No.
An Yo lo miró.
—Entonces...
—Trabaja.
Y eso hizo.
Durante Lumbre, el trabajo aumentó.
Muchísimo.
Los cazadores necesitaban armas.
Los mercaderes necesitaban herramientas.
Los constructores necesitaban clavos.
Las caravanas necesitaban piezas metálicas.
Las puertas eran reparadas constantemente.
Las cerraduras se rompían.
Los precios subían.
También aumentaron los robos.
Las casas comenzaron a contratar guardias.
Las caravanas pagaban más por protección.
Los comerciantes escondían sus mercancías.
Y la herrería no paraba.
Bai Shen podía trabajar durante horas sin detenerse.
Tomaba una pieza de metal.
La calentaba.
La golpeaba.
La enfriaba.
Volvía a calentarla.
An Yo cargaba carbón.
Limpiaba.
Transportaba herramientas.
Separaba piezas.
Recogía escoria.
Barría.
Llevaba agua.
Y cuando terminaba...
Bai Shen encontraba otra cosa.
Una tarde, An Yo lo vio introducir ambas manos directamente en el horno.
No utilizó pinzas.
No utilizó guantes.
Simplemente metió las manos.
El metal estaba al rojo vivo.
Bai Shen lo sacó.
An Yo lo miró fijamente.
—¿No te quema?
Bai Shen dejó la pieza sobre el yunque.
—Podría comerlo y no me quemaría.
An Yo abrió los ojos.
—¿Comer metal?
—Si quisiera.
Bai Shen tomó otra pieza.
—Mi familia vivía en un volcán.
An Yo dejó de trabajar.
—¿En un volcán?
—Al oeste.
Bai Shen continuó golpeando.
TANG.
—A varios meses de Fengcheng.
TANG.
—Mi familia era de herreros.
TANG.
—Y mineros.
TANG.
—Desde pequeño tenía que entrar en los volcanes.
An Yo observaba.
—¿Solo?
—Con mi familia.
TANG.
—Mi abuelo.
TANG.
—Mi padre.
TANG.
—Mis hermanos.
Bai Shen sacó la pieza y la giró.
—Cuando podía sostener un pico, podía minar.
An Yo miró sus manos.
—¿En lava?
—A veces.
El martillo volvió a caer.
—Me bañaba en ríos de lava.
An Yo abrió la boca.
—¿Te bañabas?
—Sí.
Bai Shen habló con absoluta naturalidad.
—Qué días tan tranquilos.
An Yo intentó imaginarlo.
Un niño dentro de un río de fuego.
No pudo.
Bai Shen tomó otra pieza.
—Ahora trabaja.
An Yo volvió al carbón.
Pensó en Khelron.
La expedición ya debía haberse reunido.
Quizá estaban lejos.
Explorando.
Quizá habían encontrado criaturas.
Quizá estaban cruzando una región que An Yo ni siquiera podía imaginar.
Algún día...
él quería trabajar con Khelron.
Quería viajar.
Ver las cosas de los libros.
Ver las bestias.
Ver los océanos.
Aprender.
Entonces:
—¡Ponte a trabajar!
An Yo volvió la cabeza.
Bai Shen lo estaba mirando.
—Sí.
Volvió al horno.
Lumbre continuó.
Y, contra los rumores más pesimistas...
fue tranquila.
Las caídas ocurrieron lejos.
No hubo meteoros sobre Fengcheng.
No llegó ninguna criatura gigantesca.
No cayó ningún objeto capaz de destruir la ciudad.
Los ancianos dijeron que había sido una buena Lumbre.
An Yo no sabía si aquello significaba suerte.
Pero seguía vivo.
Floración
Cuando terminó Lumbre, Fengcheng respiró.
La gente comenzó a marcharse.
Algunos regresaron a sus pueblos.
Otros siguieron hacia ciudades más grandes.
Los cazadores volvieron a las montañas.
Las caravanas reanudaron sus rutas.
Y entonces llegó Floración.
Fue hermoso.
Los árboles florecieron.
Primero unos pocos.
Después cientos.
Luego miles.
Las calles se llenaron de pétalos.
Había flores blancas.
Rosadas.
Rojas.
Azules.
Algunas tenían formas que An Yo nunca había visto.
Otras brillaban ligeramente durante la noche.
Los árboles de las avenidas estaban completamente cubiertos.
El viento arrastraba pétalos por encima de los tejados.
El agua de las fuentes estaba llena de flores.
Las casas colgaban ramas decorativas sobre las puertas.
Fengcheng celebró el Festival de las Flores.
Hubo desfiles.
Carrozas enormes cubiertas de flores.
Música.
Danza.
Comida.
Mercaderes.
Cazadores vestidos con sus mejores ropas.
Mujeres de familias nobles.
Miembros de sectas.
Hijas de clanes.
Cazadoras de gremios.
Algunas llevaban vestidos hechos con tejidos tan finos que An Yo nunca había tocado algo parecido.
Otras utilizaban armaduras decorativas.
Había personas de muchas razas.
Una mujer de piel azul caminaba sobre una carroza cubierta de flores blancas.
Otra tenía cuatro brazos y sostenía varias coronas al mismo tiempo.
Una joven con pequeñas alas doradas arrojaba pétalos desde lo alto.
Los niños corrían detrás de las carrozas.
An Yo observaba desde una esquina.
Nunca había visto algo tan bonito.
Durante algunos días, Fengcheng parecía olvidar que existían calamidades.
Pero Floración también tenía vida.
Y la vida no siempre era agradable.
Primero aparecieron las abejas.
Después avispas.
Avispones.
Mosquitos.
Moscas.
Escarabajos.
Mariposas.
Polillas.
Hormigas.
Insectos pequeños que se alimentaban del néctar.
Otros que comían hojas.
Otros que cazaban a los primeros.
An Yo comenzó a encontrar insectos por todas partes.
Bai Shen le enseñó a distinguirlos.
—No toques ese.
An Yo acercó un dedo.
—¿Por qué?
—Pica.
Señaló otro.
—Ese también.
—¿Y ese?
—No.
—¿Por qué?
—Porque come madera.
An Yo observó el pequeño insecto.
—¿Y ese?
—No sé.
An Yo lo miró.
—Tú dijiste que sabías.
—No dije eso.
Durante una comida, Bai Shen recordó algo.
—El año pasado apareció una especie extraña.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Cuál?
—Una abeja.
—¿Grande?
—No.
Bai Shen hizo un gesto con los dedos.
—Parecía hecha de cristal.
—¿Era de cristal?
—No.
—¿Entonces?
—Su cuerpo tenía ese aspecto.
An Yo se acercó.
—¿Era peligrosa?
—No.
—¿Picaba?
—Sí.
—Entonces era peligrosa.
Bai Shen soltó una pequeña risa.
—No demasiado.
Le explicó que la llamaban Abeja de Cristal porque la zona alrededor de la picadura comenzaba a brillar.
No mataba.
No envenenaba.
No destruía órganos.
Solo dejaba una pequeña zona luminosa durante algunos días.
—¿Y si picaba muchas veces?
—La piel brillaba más.
An Yo sonrió.
—¿Como una lámpara?
—Más o menos.
Floración terminó.
Los árboles perdieron parte de sus flores.
La gente volvió a trabajar.
Y Fengcheng volvió a llenarse de mercancías.
Lluvias
Lluvias fue brutal.
El cielo permaneció cubierto durante días.
El agua caía sin parar.
Los ríos crecieron.
Las calles se llenaron de barro.
Algunas zonas quedaron completamente inundadas.
Los mercados tuvieron que colocar techos adicionales.
Los carros se atascaban.
Los caballos resbalaban.
Los comerciantes protegían sus mercancías.
Y entonces apareció Rasu.
La criatura llegó desde el este.
Primero la vieron los cazadores.
Después los vigías.
Finalmente, toda Fengcheng.
Rasu parecía una enorme manta viviente flotando sobre las nubes.
Su cuerpo era largo y ancho.
Casi como una isla.
Tenía cuatro extremidades enormes, aunque rara vez las utilizaba para caminar.
Su piel era gris azulada.
A través de ella podían verse líneas luminosas que recorrían su cuerpo como ríos.
Sobre su espalda crecían pequeñas estructuras parecidas a árboles.
No eran árboles.
Eran órganos que recogían humedad del aire.
Su cabeza era pequeña en comparación con el resto del cuerpo.
Tenía dos ojos negros.
Y una boca enorme.
Rasu buscaba lluvia.
No alimento.
No territorio.
Lluvia.
Los eruditos calcularon que medía alrededor de doce kilómetros.
Para Fengcheng era enorme.
Pero para el mundo...
no era una de las criaturas más grandes.
El problema no era su tamaño.
Era lo que podía provocar.
Rasu podía condensar enormes cantidades de humedad.
Cuando estaba excitada, el aire a su alrededor comenzaba a girar.
Los vientos aumentaban.
Las nubes se concentraban.
Los primeros ciclones podían formarse.
Los cazadores sabían que no debían molestarla.
Intentaron desviarla.
No funcionó.
La criatura siguió avanzando.
Entonces alguien tuvo una idea.
Comida.
Grandes cantidades.
Peces.
Frutas.
Carne.
Plantas acuáticas.
Los llevaron a una zona alejada.
Rasu los olió.
Cambió lentamente de dirección.
La enorme masa de su cuerpo se desplazó sobre las nubes.
La lluvia cambió con ella.
Horas después estaba lejos de Fengcheng.
Los cazadores respiraron.
La ciudad continuó.
Bai Shen también.
Y An Yo volvió a cargar carbón.
Bruma
Después de Lluvias, la gente empezó a marcharse nuevamente.
Las calles se vaciaron.
Los comerciantes que habían llegado durante Lumbre se fueron.
Algunas caravanas tomaron rutas hacia otras ciudades.
Fengcheng recuperó su ritmo normal.
Entonces llegó Bruma.
La niebla aparecía y desaparecía.
No estaba todos los días.
Pero cuando llegaba...
parecía envolver la ciudad.
No solamente cubrirla.
Abrazarla.
La humedad se pegaba a la piel.
Las gotas quedaban sobre el cabello.
Las paredes parecían sudar.
Las calles desaparecían a pocos metros.
Los sonidos viajaban de forma extraña.
Una carreta podía escucharse muy cerca y estar a varias calles.
Una voz podía parecer venir de detrás.
Luego de delante.
La gente empezó a quedarse en casa.
Los comerciantes cerraban temprano.
Los niños no salían.
Los guardias aumentaban sus patrullas.
No porque cada niebla fuera sobrenatural.
Muchas veces solo era niebla.
Pero una ciudad cubierta por ella era una ciudad donde no podías ver quién caminaba detrás de ti.
An Yo aprendió eso rápidamente.
Bai Shen cerraba la puerta.
—No salgas.
—¿Por qué?
—Porque te perderías.
—Conozco la ciudad.
—No conoces la niebla.
An Yo permanecía dentro.
Trabajaba.
Limpiaba.
Aprendía.
Y esperaba.
Cosecha
Después llegó Cosecha.
Y Bai Shen la odió.
An Yo también.
Pero Bai Shen era adulto.
An Yo era un niño.
La diferencia era que An Yo podía dormir.
Bai Shen no.
Durante aquel mes, la cantidad de personas en Fengcheng aumentó nuevamente.
Llegaron agricultores.
Comerciantes.
Recolectores.
Alquimistas.
Cazadores.
Mineros.
Familias enteras.
Los mercados estaban llenos.
Los almacenes no daban abasto.
Las carretas llegaban desde todas las direcciones.
Se vendían frutas.
Granos.
Hongos.
Plantas medicinales.
Minerales.
Pieles.
Huesos.
Núcleos.
Materiales de bestias.
La herrería recibió pedidos sin parar.
Herraduras.
Cuchillos.
Hachas.
Picos.
Herramientas agrícolas.
Cadenas.
Clavos.
Bisagras.
Cuchillas.
Piezas para carros.
Bai Shen trabajaba desde antes del amanecer.
Una noche terminó.
Otra comenzó.
Luego otra.
Durante cuatro días apenas durmió.
An Yo lo veía caminar alrededor del horno con los ojos rojos.
—¿No vas a dormir?
—Después.
—¿Cuándo?
—Cuando termine.
Pero nunca terminaba.
An Yo dormía unas horas.
Despertaba.
Trabajaba.
Volvía a dormir.
Bai Shen seguía allí.
A veces An Yo despertaba en mitad de la noche.
La herrería seguía iluminada.
TANG.
TANG.
TANG.
Bai Shen seguía golpeando metal.
El calor se acumulaba en las paredes.
El suelo estaba tibio.
El aire olía a carbón.
An Yo se levantaba.
—Tengo hambre.
—Come.
—¿Qué?
Bai Shen señalaba una olla.
—Lo que haya.
An Yo comía.
Luego volvía al trabajo.
Durante Cosecha, Bai Shen comenzó a enseñarle a An Yo a reconocer materiales con mayor precisión.
Le daba piezas.
—Clasifica.
An Yo miraba.
—Hierro.
—Otra.
Otra.
—Hierro.
—Otra.
An Yo dudaba.
—Esta...
La tocaba.
—Tiene algo diferente.
Bai Shen esperaba.
—¿Qué?
An Yo no sabía.
—No sé.
Bai Shen la calentó.
La golpeó.
TANG.
La pieza se partió.
Bai Shen miró a An Yo.
—Otra.
An Yo observó.
No sabía explicar qué veía.
Pero su Percepción Celestial comenzaba a mostrarle cosas que antes no podía distinguir.
Pequeñas irregularidades.
Cambios en las superficies.
Diferencias casi invisibles.
No veía palabras.
No veía números.
Veía.
Eso era todo.
Y poco a poco aprendía a confiar en aquello.
Bai Shen no lo felicitaba.
Simplemente aumentaba la dificultad.
Cosecha terminó.
Bai Shen dijo:
—Este año fue bueno.
An Yo lo miró.
—¿Por qué?
—La producción aumentó.
—¿El año pasado fue malo?
—Menos comida.
Menos mercancías.
Menos caravanas.
Menos clientes.
Este año era diferente.
Fengcheng estaba creciendo.
Y la herrería estaba ganando dinero.
An Yo no recibía nada de aquello.
Pero comía.
Y aprendía.
Para él...
eso ya era algo.
Hierro
Hierro llegó sin guerras.
Al menos cerca de Fengcheng.
No hubo grandes campañas.
No llegaron ejércitos.
No aparecieron banderas sobre las montañas.
Simplemente hubo trabajo.
Mucho trabajo.
Bai Shen comenzó a hacer algo nuevo.
Cerrajería.
Ya sabía hacerlo.
Era una habilidad que había aprendido mucho antes.
Cerraduras.
Llaves.
Mecanismos.
Pasadores.
Cajas.
Puertas.
Cadenas.
An Yo observaba.
La primera vez que Bai Shen abrió una cerradura sin verla durante más de unos segundos, An Yo quedó impresionado.
—¿Cómo sabes cuál es?
—Escucho.
—¿Qué escuchas?
—El mecanismo.
Bai Shen le entregó una cerradura vieja.
—Ábrela.
An Yo intentó.
No pudo.
Bai Shen no se burló.
—Otra vez.
An Yo tocó el metal.
Giró la llave.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Su Percepción Celestial le mostró pequeñas diferencias.
No como palabras.
No como números.
Sino como una especie de claridad.
El interior de la cerradura parecía menos confuso.
An Yo podía imaginar dónde estaban las piezas.
Qué parte estaba bloqueada.
Qué parte se movía.
Qué parte estaba desgastada.
Giró ligeramente.
Clic.
La cerradura se abrió.
An Yo levantó la cabeza.
Bai Shen lo miró.
—Otra.
Le dio una más difícil.
An Yo la abrió.
Otra.
Más complicada.
Tardó.
Pero la abrió.
Bai Shen tomó una cerradura especialmente vieja.
—Esta.
An Yo la tocó.
La observó.
Su percepción recorrió el mecanismo.
Una pieza estaba torcida.
Otra tenía desgaste.
Una tercera estaba mal colocada.
An Yo supo dónde estaba el problema.
No sabía cómo explicarlo.
Solo lo sabía.
—Está dañada.
Bai Shen la abrió.
Miró.
Era cierto.
No dijo nada.
Simplemente le dio otra.
Hierro terminó.
An Yo ya podía abrir cerraduras sencillas.
No era experto.
Pero había aprendido algo.
La Percepción Celestial no hacía el trabajo por él.
Le permitía ver mejor.
El resto...
tenía que aprenderlo.
Aquella misma noche ocurrió algo que An Yo no supo explicar.
Bai Shen estaba afuera.
Había salido a comprar carbón.
An Yo se quedó solo en la herrería.
La casa estaba tranquila.
El horno se había apagado.
Solo quedaba un poco de calor entre las cenizas.
An Yo llevaba una pequeña lámpara.
Caminó hacia la parte trasera.
Allí estaba la puerta que conducía al sótano.
Nunca la había abierto.
Bai Shen se lo había dejado claro.
No bajar.
No tocar.
No acercarse.
La puerta tenía varios cerrojos.
Cadenas.
Sellos.
Y algo más que An Yo no sabía nombrar.
Aquella noche simplemente pasó frente a ella.
Entonces escuchó:
—An Yo...
El niño se detuvo.
La voz era baja.
Tan baja que durante un instante creyó haberla imaginado.
Miró alrededor.
Nada.
—An Yo...
Esta vez la escuchó claramente.
Venía de detrás de la puerta.
An Yo no respondió.
La llama de su lámpara tembló.
No había viento.
La voz volvió a hablar.
—¿Cuántos dientes tienes?
An Yo permaneció inmóvil.
No sabía qué contestar.
Silencio.
Después:
—No importa.
Una pequeña risa.
No sonaba como una risa humana.
Era demasiado lenta.
Demasiado larga.
—Todavía no los he contado.
An Yo retrocedió un paso.
La voz guardó silencio.
Después susurró:
—¿Sabes qué sabor tiene la oscuridad?
An Yo apretó la lámpara.
Nada.
La puerta seguía cerrada.
—No...
La voz cambió.
Ahora parecía venir de muy lejos.
—No.
Después volvió a sonar justo detrás de la madera.
—No, no, no.
Tres veces.
Cada una con una entonación diferente.
An Yo no se movió.
—Tu corazón hace ruido.
Silencio.
—TAC.
An Yo tragó saliva.
—TAC.
La voz imitó exactamente el ritmo de su corazón.
—TAC.
An Yo dio otro paso atrás.
Entonces la voz comenzó a reír.
—Qué pequeño.
Una pausa.
—Qué tibio.
Otra.
—Qué lleno.
An Yo miró los cerrojos.
No se movían.
Las cadenas tampoco.
—¿Sabes qué hay debajo de ti?
An Yo no respondió.
—Yo tampoco.
La voz soltó una carcajada.
—Mentira.
Otra voz apareció.
Más grave.
—Sí sabes.
An Yo se quedó helado.
Había sido la misma voz.
Pero no.
Sonaba como dos personas hablando al mismo tiempo.
—No bajes.
Silencio.
—No subas.
An Yo retrocedió.
La llama de la lámpara volvió a temblar.
—No abras.
La voz se acercó.
O eso pareció.
—No me dejes salir.
An Yo giró lentamente.
Quería marcharse.
Entonces escuchó una última frase.
Muy baja.
Casi cariñosa.
—Pero mañana puedes volver.
An Yo salió corriendo.
No gritó.
No miró atrás.
Subió las escaleras.
Cerró la puerta que daba a la herrería.
Y se quedó allí, respirando rápido.
No volvió a acercarse al sótano.
Cuando Bai Shen regresó, An Yo no dijo nada.
No sabía qué había escuchado.
No sabía si aquella cosa podía salir.
No sabía desde cuándo estaba allí.
Y no sabía por qué conocía su nombre.
Solo sabía una cosa.
No quería escuchar aquella voz otra vez.
Ceniza
Ceniza llegó con humo en el horizonte.
No necesariamente por Fengcheng.
En algunas regiones, los volcanes comenzaban a expulsar más gases.
La ceniza viajaba cientos de kilómetros.
Algunas mañanas, el cielo tenía un tono gris.
Bai Shen no parecía preocupado.
Una noche, después de trabajar, sacó varios objetos.
Los colocó sobre una pequeña mesa.
Martillos.
Tenazas.
Un pico.
Una herramienta minera.
Un viejo cincel.
Todos estaban gastados.
Algunos tenían manchas oscuras.
Otros habían sido reparados varias veces.
An Yo los miró.
—¿Qué son?
Bai Shen tardó en responder.
—De mi familia.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Todos?
—Los únicos que quedaron.
Los dejó allí.
Durante la cena permanecieron en silencio.
Después de un rato, An Yo preguntó:
—¿Dónde está tu familia?
Bai Shen siguió comiendo.
—Muerta.
An Yo bajó la mirada.
—¿Cómo?
Bai Shen no respondió inmediatamente.
Tomó agua.
La dejó sobre la mesa.
—Una criatura.
An Yo levantó los ojos.
—¿Qué criatura?
—No sé cómo se llamaba.
Su voz era distinta.
No triste.
No exactamente.
Más vieja.
—Mi abuelo la llamaba Utrakata.
An Yo escuchó.
—¿Era una bestia?
—Sí.
Bai Shen miró uno de los martillos.
—Vivía dentro del volcán.
Hizo una pausa.
—O dormía allí.
—¿Era grande?
Bai Shen pensó.
—Ciento cincuenta metros.
Después negó lentamente.
—Quizá doscientos.
An Yo recordó las cosas que había aprendido.
—Eso es grande.
—Para nosotros, sí.
Bai Shen miró el martillo.
—Pero no era lo peor.
An Yo esperó.
—Los volcanes donde vivíamos estaban llenos de criaturas.
Había especies que comían minerales.
Otras se alimentaban de calor.
Algunas vivían en las paredes.
Otras dentro de las cámaras de magma.
Bai Shen recordó algunos nombres.
—Kharum.
Una criatura de seis patas que comía hierro natural.
—Mordraks.
Seres parecidos a lagartos enormes que dormían sobre roca caliente.
—Vezrak.
Criaturas pequeñas que vivían cerca de los ríos de lava.
—Y los Ashkar.
Bestias ciegas que podían detectar vibraciones dentro de la piedra.
—Muchas no eran violentas.
Bai Shen tomó el martillo.
—Si no entrabas en su territorio, no ocurría nada.
An Yo escuchaba.
—Teníamos rutas.
Caminos seguros.
Zonas conocidas.
Lugares donde podían minar.
Lugares donde no debían entrar.
—A veces aparecía una criatura.
—Entonces esperábamos.
—¿Y se iba?
—Muchas veces.
Bai Shen miró el martillo.
—Aquella vez fue diferente.
Habían encontrado un mineral.
Su abuelo lo reconoció.
Lo había visto quizá una o dos veces durante toda su vida.
Era extremadamente valioso.
Bai Shen era pequeño.
Pero ya trabajaba con el pico.
Su abuelo golpeó primero.
TANG.
Bai Shen después.
TANG.
Otra vez.
TANG.
Entonces...
CRAC.
La roca se abrió.
Y algo brilló dentro.
Su abuelo se quedó quieto.
No dijo nada.
Bai Shen lo miró.
—¿Qué pasa?
Su abuelo no respondió.
Miró alrededor.
El túnel estaba vacío.
Demasiado vacío.
No había Kharum.
No había Vezrak.
No había Ashkar.
No había nada.
Solo silencio.
Entonces su abuelo entendió.
—Nos vamos.
Bai Shen no se movió.
—¿Por qué?
—Ahora.
Su voz había cambiado.
Comenzaron a correr.
No llegaron lejos.
Primero sintieron calor.
No el calor normal del volcán.
Otro.
Más profundo.
El suelo tembló.
TUM.
Después otra vez.
TUM.
Algo enorme se movió debajo de ellos.
Bai Shen miró hacia atrás.
La montaña parecía respirar.
Una grieta apareció en la roca.
Después otra.
Y entonces el volcán explotó.
No hacia arriba.
Hacia ellos.
Una masa de magma comenzó a avanzar por los túneles.
Su abuelo gritó:
—¡CORRAN!
Todos corrieron.
Padres.
Madres.
Niños.
Mineros.
Herreros.
Ancianos.
No había tiempo para recoger herramientas.
No había tiempo para buscar minerales.
Solo correr.
Entonces salió.
Bai Shen nunca olvidó aquella imagen.
Una criatura cubierta de roca al rojo vivo.
Caminaba sobre dos patas.
Tenía una cola enorme que arrastraba sobre el suelo.
Dos pares de alas permanecían pegadas a su cuerpo.
No parecían hechas para volar.
Sobre su nariz había un enorme cuerno.
De allí salía vapor.
Muchísimo.
La criatura estaba rodeada por una nube blanca y negra.
Humo.
Vapor.
Ceniza.
Solo podían verla cuando emergía de la nube.
Dos ojos naranjas.
Como el sol de la mañana.
Bai Shen la vio levantarse.
Y entendió por qué el volcán había estado tan vacío.
El Utrakata abrió la boca.
No rugió inmediatamente.
Primero respiró.
Luego expulsó una nube.
El humo entró en los túneles.
Bai Shen comenzó a toser.
Su abuelo lo agarró.
—¡No respires!
Demasiado tarde.
El humo estaba por todas partes.
Alguien gritó.
Otro cayó.
Una mujer intentó levantar a un niño.
Entonces ocurrió la primera explosión.
BOOOOM.
La roca se abrió.
Una llamarada atravesó el túnel.
Bai Shen vio a su padre caer.
Su madre intentó alcanzarlo.
Una segunda explosión los separó.
BOOOOM.
El techo comenzó a derrumbarse.
Piedras.
Magma.
Humo.
Vapor.
Gritos.
Bai Shen fue empujado.
Cayó.
Su abuelo lo levantó.
—¡SIGUE!
Corrieron.
Detrás de ellos, el volcán se estaba convirtiendo en un infierno.
El Utrakata no necesitaba controlar el magma.
Eso era algo que muchas criaturas de su familia podían hacer.
El problema era otro.
Su cuerpo liberaba cantidades absurdas de humo y vapor.
Y aquel vapor podía encenderse.
Una nube.
Una chispa.
Una explosión.
Otra nube.
Otra explosión.
Los túneles comenzaron a colapsar.
Bai Shen vio a uno de sus hermanos desaparecer detrás de una pared de fuego.
Su abuelo intentó volver.
—¡NO!
Lo agarraron.
—¡No puedes!
El anciano gritó:
—¡MI HIJO!
Bai Shen nunca supo quién lo sujetó.
Solo recuerda que siguieron corriendo.
Su pueblo entero comenzó a evacuar.
No todos pudieron.
Las familias que llevaban generaciones entrando en volcanes tuvieron que abandonar sus hogares.
Aquello no era una mina.
Era su vida.
Su trabajo.
Su casa.
Su manera de sobrevivir.
Desde que podían sostener un pico, los niños entraban a los volcanes.
Los adultos trabajaban.
Los ancianos enseñaban las rutas.
Todos conocían el calor.
Todos conocían el riesgo.
Pero aquella criatura era diferente.
El Utrakata avanzó entre el humo.
Su cuerpo apareció.
Desapareció.
Apareció nuevamente.
Las rocas ardían sobre su espalda.
Su cola destruyó una pared.
Las alas permanecían cerradas.
El cuerno de su nariz expulsó otra nube.
FSSSSSSSSSS.
Después...
BOOM.
Bai Shen cayó al suelo.
Su abuelo lo cubrió con el cuerpo.
Una explosión pasó sobre ellos.
Cuando Bai Shen abrió los ojos...
su abuelo ya no estaba.
No murió frente a él.
Simplemente dejó de estar.
Bai Shen siguió corriendo.
Solo.
El pueblo escapó.
Pero su familia no.
Su padre.
Su madre.
Sus hermanos.
Su abuelo.
Todos murieron allí.
Bai Shen no sabía si el Utrakata había entendido lo que había hecho.
Probablemente no.
Quizá ni siquiera los había considerado enemigos.
Habían golpeado una piedra.
Habían despertado algo.
Y la criatura había respondido.
Eso fue todo.
Bai Shen terminó su relato.
An Yo permaneció callado.
Miró los martillos.
Después miró las manos de Bai Shen.
Finalmente comprendió algo.
No lo justificaba.
Pero lo entendía.
Bai Shen había sido criado para trabajar hasta caer.
Para entrar en lugares peligrosos.
Para obedecer.
Para aprender mediante golpes, cansancio y repetición.
Eso no significaba que estuviera bien.
Pero explicaba por qué trataba a An Yo de aquella manera.
Bai Shen tomó otro bocado.
—¿Entiendes?
An Yo asintió.
—Sí.
—Bien.
Bai Shen siguió comiendo.
No hubo abrazo.
No hubo disculpa.
Solo silencio.
Sangre
Sangre fue problemático.
No en la ciudad.
En los bosques.
Los cazadores regresaban constantemente con historias sobre animales más territoriales.
Ciervos que atacaban personas.
Lobos que defendían territorios con ferocidad.
Bestias herbívoras que perseguían a cazadores.
An Yo aprendió algo importante.
Un animal no tenía que comer carne para ser peligroso.
Un gran herbívoro podía matar a una persona simplemente porque había entrado demasiado cerca.
Bai Shen se lo explicó mientras reparaban una herramienta.
—No necesitas matar para ser peligroso.
—¿Como un jabalí acorazado?
—Exactamente.
An Yo recordó al enorme ser de la Plaga.
—Entonces una criatura tranquila puede matar.
—Puede.
—¿Y una mala puede ser tranquila?
Bai Shen lo miró.
—Puede fingir.
An Yo guardó silencio.
Bai Shen volvió al metal.
—Observa.
An Yo observó.
Velos
Velos trajo cambios extraños.
Algunas zonas de Fengcheng registraron pequeñas alteraciones de Qi.
Nada grave.
Pero los cultivadores lo notaron.
Las lámparas espirituales parpadeaban.
Algunas plantas crecían más rápido.
Los animales se comportaban de manera extraña.
Una mañana apareció una sombra que parecía pertenecer a alguien que no estaba allí.
Los guardias la observaron.
No encontraron a nadie.
Para la noche había desaparecido.
La ciudad decidió no preocuparse demasiado.
Pero cerraron algunos caminos.
An Yo recordó las enseñanzas de su padre.
Primero observar.
No tocar.
No acercarse.
Y continuar trabajando.
Germinación
Germinación fue horrible.
Las plantas comenzaron a crecer por todas partes.
En los campos.
En los bosques.
En grietas.
En paredes.
Algunas eran medicinales.
Otras comestibles.
Otras venenosas.
Algunas atrapaban insectos.
Otras animales pequeños.
Y unas pocas podían capturar criaturas mucho mayores.
Los rebaños herbívoros también aumentaron.
Grandes grupos aparecieron en regiones donde antes no existían.
Pero el verdadero problema fueron los insectos.
Miles.
Millones.
Abejas.
Avispones.
Hormigas.
Escarabajos.
Mosquitos.
Langostas.
Mariposas.
Polillas.
Insectos espirituales.
Criaturas diminutas capaces de perforar madera.
Otros que se alimentaban de plantas.
Otros que cazaban a los anteriores.
Los agricultores perdieron cosechas.
Los comerciantes perdieron mercancías.
Los médicos recibieron personas con picaduras.
Los cazadores volvieron con cuerpos cubiertos de insectos.
Bai Shen simplemente cerraba la puerta de la herrería.
—No abras.
—¿Por qué?
—Porque entrarán.
An Yo miraba por una rendija.
El exterior parecía moverse.
No por personas.
Por insectos.
Germinación terminó dejando campos enteros destruidos.
Los rumores hablaban de plantas que solamente aparecían durante aquel mes.
Algunas podían valer una fortuna.
Pero An Yo no fue a buscarlas.
Bai Shen no lo habría dejado.
Había trabajo.
Tormenta
Tormenta llegó con viento.
Los cielos cambiaron.
Las nubes comenzaron a girar.
Los barcos permanecían en puerto.
Las aeronaves volaban menos.
Los cazadores evitaban determinadas rutas.
Y entonces llegó el rumor.
Un barco de un gremio marítimo había sido destruido.
Era enorme.
Alrededor de ochenta kilómetros.
Una nave utilizada para transportar cazadores, comerciantes y materiales.
La tormenta lo había atrapado lejos de la costa.
Primero perdió una de sus velas espirituales.
Después un motor.
Luego una parte del casco.
Los testigos decían que algo había salido de las nubes.
Otros aseguraban que solamente había sido un rayo.
Nadie sabía.
El barco desapareció.
No encontraron todos los restos.
An Yo preguntó:
—¿Murió mucha gente?
Bai Shen respondió:
—Probablemente.
—¿Cuánta?
—No lo sé.
—¿Cien?
—Más.
—¿Mil?
—Quizá.
An Yo dejó de preguntar.
La tormenta continuó durante días.
Noche Larga
Noche Larga fue peor para los viajeros.
Las noches se prolongaron.
Los bosques se volvieron difíciles de atravesar.
Los animales nocturnos aumentaron su actividad.
Los guardias recomendaban no salir.
Las posadas estaban llenas.
Las calles tenían menos personas.
Y Bai Shen cerraba la herrería antes.
No por miedo.
Por sentido común.
—No trabajaremos hasta tarde.
An Yo lo miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque quiero dormir.
Era probablemente la primera vez que Bai Shen decía aquello.
An Yo sonrió.
—Tú también duermes.
—A veces.
Aquella noche durmieron temprano.
Deshielo
Deshielo trajo agua.
Los ríos crecieron.
Los caminos se destruyeron.
Las montañas soltaron barro.
Los árboles caídos bloquearon rutas.
Los animales abandonaron sus refugios.
Las caravanas regresaron lentamente.
Fengcheng recibió personas que habían quedado aisladas.
Algunas llegaron cubiertas de barro.
Otras con animales.
Otras con mercancías dañadas.
Bai Shen tuvo trabajo durante semanas reparando herramientas y piezas de carros.
An Yo cargaba.
Limpiaba.
Ordenaba.
Aprendía.
Y cada vez necesitaba menos ayuda.
No porque fuera fuerte.
Porque había aprendido cómo mover las cosas.
Dónde sujetarlas.
Cómo aprovechar el cuerpo.
Cómo no gastar fuerza innecesariamente.
Bai Shen lo observó una mañana.
—Ya no arrastras el saco.
An Yo lo miró.
—No.
—Bien.
Eso fue todo.
Pero An Yo recordó aquella palabra.
Bien.
Renacer
Renacer fue peligroso por razones diferentes.
Las criaturas comenzaron a reproducirse.
Los bosques se llenaron de sonidos.
Crías.
Nidos.
Huevos.
Madrigueras.
Las bestias adultas se volvieron territoriales.
Incluso los herbívoros.
Ciervos.
Búfalos.
Criaturas parecidas a elefantes.
Bestias enormes que normalmente huían de los humanos.
Ahora atacaban.
No porque fueran malas.
Porque tenían crías.
Un cazador que se acercara demasiado a un nido podía morir.
An Yo aprendió que incluso una criatura aparentemente tranquila podía convertirse en una amenaza.
Bai Shen lo resumió mientras afilaba una herramienta.
—Si ves una cría, aléjate.
—¿Y si es bonita?
—Aléjate más.
An Yo sonrió.
Marea Alta
Marea Alta llenó los puertos.
Los peces aparecieron en cantidades enormes.
Los barcos regresaron cargados.
Los comerciantes celebraron.
Las ciudades costeras se llenaron.
También llegaron criaturas marítimas.
Algunas pequeñas.
Otras enormes.
Los cazadores hicieron expediciones.
Los pescadores trabajaban durante días.
Las rutas costeras se volvieron peligrosas.
En Fengcheng, sin embargo, el efecto fue principalmente comercial.
Llegaron materiales marinos.
Escamas.
Huesos.
Conchas.
Núcleos.
Piedras extrañas.
Bai Shen recibió pedidos para reparar herramientas de pescadores y cazadores.
An Yo aprendió a reconocer algunos metales que provenían del fondo del mar.
También aprendió que algunos minerales parecían inútiles hasta que se trabajaban.
La Percepción Celestial le ayudaba.
Cada vez más.
Espectros-Brujas
Espectros-Brujas llegó.
Octubre Oscuro.
An Yo ya tenía siete años.
Pero aquella vez...
no ocurrió nada.
No hubo desapariciones en Fengcheng.
No hubo grandes ataques.
No hubo espectros recorriendo las calles.
No hubo calamidades.
De hecho, ocurrió algo extraño.
Durante todo el mes apareció una estrella.
Era completamente blanca.
Tan brillante que podía verse incluso durante algunas horas del día.
Por la noche parecía casi del tamaño de la luna.
No era la luna.
Era una estrella.
Los eruditos discutieron sobre ella.
Los cultivadores también.
Nadie llegó a una conclusión definitiva.
Pero había algo evidente.
Los espectros evitaban salir.
Incluso los más débiles.
Algunas criaturas espirituales desaparecieron de las zonas cercanas.
Los cazadores decían que aquella luz les provocaba miedo.
An Yo se acostumbró a verla.
Cada noche salía un momento.
Miraba hacia arriba.
La estrella blanca estaba allí.
Siempre.
Brillante.
Silenciosa.
Bai Shen no le prestaba atención.
—Entra.
—Quiero verla.
—Ya la viste.
—Otra vez.
—No.
An Yo entraba.
Octubre Oscuro terminó.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Fengcheng había tenido un mes tranquilo.
Navidad Oscura
Navidad Oscura llegó sin nieve.
Al menos al principio.
An Yo lo notó porque esperaba que el frío apareciera como el año anterior.
Pero aquella mañana el cielo estaba despejado.
No había hielo.
No había nieve sobre los tejados.
Solo un viento extraño que atravesaba las calles.
Bai Shen salió de la herrería.
Miró el cielo.
Después miró la calle.
Y volvió a entrar.
Cerró la puerta.
Puso el primer cerrojo.
Después el segundo.
Luego revisó las ventanas.
An Yo lo observó.
No preguntó.
Ya sabía.
Había visto aquello el año anterior.
Bai Shen había cambiado.
No era simplemente que estuviera más serio.
Parecía estar esperando algo.
Desde aquella mañana dejó de dormir normalmente.
Antes de acostarse revisaba las puertas.
Después las ventanas.
Luego el tejado.
Volvía a revisar la puerta.
Dejaba un arma junto a la cama.
Otra cerca de la entrada.
Una tercera en la mesa de trabajo.
Si escuchaba pasos fuera, se levantaba.
Si un perro ladraba, miraba hacia la calle.
Si alguien llamaba a una puerta cercana...
Bai Shen dejaba de moverse.
Una noche, An Yo despertó.
La herrería estaba oscura.
Bai Shen no estaba en la cama.
El niño salió de su habitación.
Lo encontró sentado junto a la puerta.
Tenía un arma apoyada sobre las piernas.
No estaba haciendo nada.
Solo escuchaba.
An Yo permaneció en silencio.
Bai Shen levantó ligeramente una mano.
No hables.
An Yo asintió.
Pasaron varios minutos.
Nada.
Bai Shen siguió esperando.
Finalmente volvió a levantarse.
Revisó la cerradura.
Después la ventana.
Luego regresó a su sitio.
An Yo volvió a dormir.
No necesitaba preguntar qué estaba ocurriendo.
Ya lo sabía.
Navidad Oscura no siempre llegaba con nieve.
Y tampoco necesitaba anunciarse.
A veces bastaba con que Bai Shen dejara de dormir.
Durante los siguientes días, el frío apareció lentamente.
Las mañanas comenzaron a sentirse heladas.
Algunas noches apareció escarcha.
En otras, no.
Hubo días sin nieve.
Otros en los que cayó durante unas horas.
Y hubo noches en las que el cielo permaneció completamente despejado.
Pero el frío no era lo que preocupaba a Bai Shen.
Lo que realmente vigilaba eran las noches.
An Yo comenzó a notarlo.
Cada vez que Bai Shen cerraba la herrería, no se limitaba a poner el cerrojo.
Se quedaba mirando la calle.
Esperaba.
Escuchaba.
Después cerraba.
Una noche apareció un sonido.
Muy lejos.
Una campana.
TAN.
Bai Shen se quedó inmóvil.
An Yo lo vio.
La mano del anciano se cerró alrededor del arma.
TAN.
Otra campanada.
Bai Shen no respiró durante un instante.
Después apagó la lámpara.
—Dentro.
An Yo obedeció inmediatamente.
No preguntó qué era.
No necesitaba hacerlo.
La campana volvió a sonar.
TAN.
Esta vez parecía mucho más cerca.
Bai Shen permaneció junto a la puerta.
No abrió.
No habló.
Solo esperó.
An Yo observó su espalda.
El año anterior había visto exactamente aquello.
La misma tensión.
La misma forma de sostener el arma.
La misma mirada hacia la puerta.
No era una reacción nueva.
Era un recuerdo que todavía seguía vivo.
Durante las noches siguientes, Bai Shen apenas dormía.
Cuando lo hacía, eran periodos cortos.
A veces una hora.
A veces menos.
Despertaba ante cualquier ruido.
Salía a revisar las calles.
Volvía.
Revisaba las ventanas.
Después el techo.
Después la puerta.
An Yo empezó a encontrarlo caminando alrededor de la herrería en mitad de la noche.
Una vez.
Dos.
Tres.
Siempre con un arma.
Nunca se alejaba demasiado.
Una noche An Yo preguntó:
—¿Puedo salir?
Bai Shen lo miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque dije que no.
An Yo asintió.
No insistió.
Ya había aprendido.
La Navidad Oscura continuó.
Algunos animales desaparecieron de las calles.
Otros se refugiaron.
Los viajeros dejaron de salir durante la noche.
Las posadas cerraban las puertas antes de lo normal.
Los guardias patrullaban en grupos.
Algunas casas encendían lámparas.
Otras las apagaban.
En determinados lugares, las campanas sonaban durante horas.
Y cada vez que ocurría...
Bai Shen reaccionaba.
A veces simplemente se quedaba quieto.
Otras apretaba el arma.
Una noche incluso dejó caer una herramienta.
CLANG.
An Yo levantó la cabeza.
Bai Shen no se movió.
Había escuchado una campana.
Una sola.
TAN.
Pasaron varios segundos.
Bai Shen recogió lentamente la herramienta.
No dijo nada.
An Yo tampoco.
El frío aumentó.
Algunos tejados amanecieron cubiertos de hielo.
Otros permanecieron completamente secos.
La nieve cayó sobre una parte de Fengcheng y no sobre otra.
Las calles cambiaban constantemente.
Pero el verdadero cambio estaba dentro de las casas.
Las personas dejaron de salir.
Las conversaciones se volvieron más bajas.
Los niños permanecían cerca de sus familias.
Los cazadores evitaban determinadas rutas.
Los comerciantes cerraban temprano.
Y Bai Shen seguía despierto.
Una noche An Yo despertó nuevamente.
Vio a Bai Shen junto a la ventana.
No estaba mirando la calle.
Estaba mirando su propio reflejo en el cristal oscuro.
El arma seguía en su mano.
An Yo permaneció en la cama.
Bai Shen habló sin darse la vuelta.
—Duerme.
An Yo obedeció.
No preguntó.
No hacía falta.
Navidad Oscura no era un invierno.
No para Bai Shen.
Era otra cosa.
Algo que el niño todavía no podía explicar por completo.
Pero sí podía reconocer cuando lo veía.
Era el momento del año en que un hombre que normalmente podía dormir rodeado de fuego prefería pasar la noche despierto, con un arma entre las manos.
Finalmente el mes comenzó a terminar.
El frío disminuyó.
Las campanas dejaron de escucharse con tanta frecuencia.
Los viajeros regresaron lentamente.
Algunos caminos volvieron a abrirse.
Bai Shen tardó más.
Incluso cuando el frío comenzó a desaparecer, continuó revisando las puertas.
Continuó mirando las ventanas.
Continuó despertando durante la noche.
Durante varios días siguió durmiendo poco.
An Yo no dijo nada.
Simplemente trabajó.
Esperó.
Y dejó que Bai Shen recuperara lentamente la calma.
Despedida de Muertos
Despedida de Muertos llegó lentamente.
La nieve comenzó a desaparecer.
Las familias salieron de sus casas.
Los templos se llenaron.
Las personas visitaban tumbas.
Encendían lámparas.
Dejaban flores.
Frutas.
Comida.
Bebidas.
Objetos que habían pertenecido a familiares fallecidos.
En algunos lugares había música.
En otros, silencio.
En algunas casas las familias contaban historias de quienes habían muerto.
Padres.
Madres.
Abuelos.
Hijos.
Maestros.
Hermanos.
En algunas calles, las familias preparaban pequeñas mesas frente a las puertas de sus casas.
Ponían una lámpara.
Una fotografía.
La comida favorita de quien ya no estaba.
Y durante unos minutos nadie comía.
Simplemente dejaban que el plato permaneciera allí.
Como si todavía hubiera alguien sentado frente a él.
Después las familias comenzaban a hablar.
Contaban anécdotas.
Recordaban errores.
Contaban cosas graciosas.
Algunos niños escuchaban historias sobre personas que nunca habían conocido.
Otros colocaban flores alrededor de las lámparas.
Cuando caía la noche, las luces se multiplicaban por las calles.
Pequeñas.
Cálidas.
Una junto a otra.
Fengcheng parecía cubierta de estrellas bajas.
An Yo caminó por la ciudad una tarde.
Vio una familia sentada alrededor de una mesa.
Había siete personas.
Pero una silla estaba vacía.
Sobre ella habían colocado una pequeña fotografía.
An Yo no sabía quién era.
No preguntó.
Siguió caminando.
Los templos tenían humo de incienso.
Las calles estaban llenas de flores.
La gente hablaba más bajo.
Incluso Bai Shen parecía trabajar menos.
Una noche, sacó nuevamente los martillos de su familia.
Los colocó sobre la mesa.
No dijo nada.
An Yo tampoco.
El año estaba terminando.
Los árboles estaban desnudos.
El cielo estaba limpio.
Y Fengcheng...
había sobrevivido.
No intacta.
No completamente tranquila.
Pero viva.
Primero de Enero
Al día siguiente comenzó Enero.
El primer mes del nuevo ciclo.
Fengcheng despertó lentamente.
Las tiendas abrieron.
Los mercados comenzaron a llenarse.
Los hornos volvieron a encenderse.
Los carros circularon.
Los cazadores prepararon sus equipos.
Los comerciantes revisaron sus mercancías.
Las familias regresaron a sus rutinas.
An Yo se despertó temprano.
Como siempre.
Se puso la ropa.
Tomó la menta de nieve.
Entró al baño.
Se lavó.
Se miró en el espejo.
Ya no le tenía miedo.
—Hola.
Su reflejo lo miró.
An Yo sonrió.
Después salió.
Bai Shen ya estaba en la herrería.
Había carbón preparado.
Una fila de herramientas.
Varias piezas de metal.
Y un saco en el suelo.
An Yo lo miró.
—¿Tengo que cargarlo?
Bai Shen ni siquiera levantó la cabeza.
—Sí.
An Yo agarró el saco.
Lo levantó.
Esta vez no lo arrastró.
Lo colocó sobre el hombro.
Caminó.
Bai Shen lo observó durante un instante.
—Más rápido.
An Yo aceleró.
Dejó el saco junto al horno.
—¿Así?
Bai Shen asintió.
—Mejor.
An Yo sonrió.
No había sido un elogio.
No exactamente.
Pero era suficiente.
Volvió a trabajar.
El horno ardía.
El carbón cayó.
FSSSH.
Las llamas crecieron.
Afuera, Fengcheng comenzaba otro ciclo.
Había pasado un año entero.
Lumbre.
Floración.
Lluvias.
Bruma.
Cosecha.
Hierro.
Ceniza.
Sangre.
Velos.
Germinación.
Tormenta.
Noche Larga.
Deshielo.
Renacer.
Marea Alta.
Espectros-Brujas.
Navidad Oscura.
Despedida de Muertos.
Y ahora...
Enero.
An Yo no sabía cuánto tiempo permanecería allí.
No sabía qué ocurriría después.
No sabía cuándo volvería a ver a Khelron.
No sabía si la expedición seguía viva.
No sabía qué había más allá de Fengcheng.
Pero cada día aprendía un poco más.
Y mientras cargaba otro saco de carbón hacia el horno...
el mundo seguía creciendo afuera.
Mucho más grande de lo que An Yo podía imaginar.
Y todavía no había visto casi nada.
🎉
¡Has terminado todos los capítulos!
Vuelve pronto para nuevas actualizaciones de Noche roja (Novela)
‹ Volver al MangaNoche roja (Novela) Capítulo 13
Estás leyendo el capítulo 13 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 2 de octubre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.