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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 8 online gratis en español

La costilla ya no dolía al respirar. Solo dolía si se giraba mal, o si estiraba el brazo demasiado rápido hacia un lado. Un dolor manejable. Un recordatorio, no una condena. Llevaba días —no sabía cuántos, había dejado de contarlos— sin alejarse más de lo que el bastón le permitía. El claro. El borde del tronco hueco. Vuelta al refugio. Esa mañana, cuando ella apareció, Sevrin ya había decidido algo. —Voy a caminar —dijo, señalándose los pies y después el bosque, en la dirección contraria a la del humo—. Lejos. Ella lo miró. Inclinó la cabeza. No negó. No voló delante de él para bloquearle el paso, como había hecho con el humo. Simplemente se elevó, dio una vuelta corta en el aire, y voló hacia esa misma dirección, como si lo hubiera estado esperando. Sevrin la siguió, el bastón golpeando la tierra a cada paso, más despacio de lo que hubiera querido, pero caminando de verdad por primera vez en días. El terreno cambió antes de lo que esperaba. Los árboles seguían siendo altos, pero el suelo se volvía más irregular, con montículos cubiertos de una hierba corta y azulada que no había visto antes. El aire olía distinto también: menos a tierra húmeda, más a algo verde y ácido, como hojas machacadas. Se detuvo junto a un tronco caído, cubierto de esos hongos anaranjados del tamaño de un plato, y algo le llamó la atención en el barro, justo al lado. Una huella. No de las hadas —demasiado grande para eso, casi tan larga como su propio pie— y tampoco del felino que lo había atacado. Esta tenía una forma distinta: alargada, con marcas de dedos separados, más parecida a un pie que a una garra. Se agachó, con cuidado de no forzar el costado, y pasó los dedos cerca del borde sin tocarla. Alguien caminó aquí. Hace poco. Ella se posó en su hombro y miró la huella también, la cabeza ladeada, sin ningún gesto de sorpresa. Ella ya lo sabía, pensó Sevrin. No es nuevo para ella. Es nuevo para mí. Siguió caminando, más atento ahora, y las señales empezaron a acumularse. Una rama, gruesa como su muñeca, cortada en un ángulo demasiado limpio para ser el trabajo de un animal o del viento. Más adelante, un árbol con marcas en la corteza —no garras, no mordiscos, sino líneas rectas, superpuestas, formando algo que podría haber sido un símbolo o podría no significar nada. Se detuvo frente a esa marca un buen rato. Pasó los dedos por las líneas. Eran profundas, pero no anchas. Algo afilado las había hecho. Un cuchillo, quizás. O una garra muy fina. No tenía forma de saber si era reciente o llevaba años ahí. No tenía forma de saber si significaba una advertencia, un límite, o simplemente que alguien había estado aburrido con un cuchillo. Ella voló hasta la marca, la tocó con una mano, y después voló de vuelta a su hombro sin decir nada, sin ningún gesto que Sevrin pudiera interpretar. Un poco más adelante, encontró algo tirado entre las raíces de un árbol: un fragmento de cuerda, tejida con fibras vegetales, deshilachada en un extremo. Demasiado gruesa para las hadas. Del tamaño exacto para una mano como la suya. La levantó. La sostuvo un momento. Manos humanas, pensó. O algo con manos como las mías. No le pareció una locura. Después de dos soles, dos lunas y un hada que dormía en su pecho, una cuerda tejida por alguien con dedos parecidos a los suyos no era ni de lejos lo más extraño que había visto. Se la guardó en el bolsillo. El sol grande empezaba a bajar cuando encontró el último indicio. Un pequeño montículo de piedras, apiladas con demasiado orden para ser accidente, marcando lo que podría haber sido un cruce de caminos invisibles entre los árboles. Junto a las piedras, cenizas viejas, frías desde hacía mucho, los restos de un fuego pequeño y controlado —nada que ver con la columna que había visto desde la colina. Se quedó mirando las cenizas. Alguien había encendido fuego ahí. Alguien lo había apagado bien, sin dejar que se extendiera. Alguien sabía lo que hacía. —¿Quién estuvo aquí? —dijo en voz baja, sin esperar respuesta. Ella no respondió. Se posó sobre una de las piedras, pequeña junto a ellas, y miró hacia el bosque más allá, en una dirección que Sevrin no había considerado explorar todavía. Se quedó así un momento, quieta, como escuchando algo que él no podía oír. Después voló de vuelta a su hombro. No hay peligro, entendió Sevrin, sin saber muy bien por qué lo entendía así. Pero hay algo. Miró hacia donde ella había mirado. Solo árboles. Sombras alargándose con la caída del sol. No vio nada. Se quedó un momento más mirando el montículo de piedras. Después se agachó, con cuidado del costado, y añadió una piedra a la pila. No sabía por qué. No sabía si era una señal, un saludo, o una estupidez. Pero la añadió. Ella lo miró hacerlo. No hizo ningún gesto. Pero tampoco se alejó. Dio media vuelta, con el bastón hundiéndose en la tierra blanda, y empezó el camino de regreso antes de que oscureciera del todo. Pero por primera vez desde que había llegado a ese mundo, supo con certeza que el bosque no terminaba en el claro de las hadas, ni en la orilla del mar, ni en la colina desde donde había visto el humo. Había más. Mucho más de lo que había imaginado. Y alguien más —algo más— caminaba por él, con pies casi como los suyos, encendiendo fuegos pequeños y bien cuidados, dejando marcas que no sabía leer. Ella voló delante de él todo el trayecto, en silencio, sin apartarse ni un momento.
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 8

Estás leyendo el capítulo 8 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 19 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.