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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 7 online gratis en español

No supo cuánto tiempo había pasado. El sol grande seguía alto cuando intentó levantarse por segunda vez, y por segunda vez el dolor lo tumbó. No era un dolor sordo. Era agudo, localizado, justo debajo del pecho, del lado derecho. Cada vez que respiraba hondo, algo ahí adentro protestaba con una punzada que le cortaba el aire a la mitad. «Rotas», pensó. «O casi.» Ella seguía sobre su pecho. Se apartó cuando lo sintió moverse, volando apenas un metro, y se quedó flotando ahí, observándolo con esos ojos de ámbar que no parpadeaban. Sevrin volvió a intentarlo. Apoyó las manos en la tierra, empujó. El dolor lo dejó sin aire otra vez, y esta vez no pudo contener el quejido. Ella voló hacia su cara, rápido, y por un instante se quedó suspendida a centímetros de su nariz, como si quisiera ver de cerca qué le pasaba. Después bajó, se posó en su hombro, y desde ahí empujó —empujó de verdad, con las dos manos diminutas contra su cuello, un gesto tan claro que no necesitaba traducción. «Quédate quieto.» Sevrin se dejó caer de espaldas otra vez. Y se quedó ahí, mirando el cielo entre las copas, con una sensación rara en el pecho que no tenía nada que ver con la costilla. Nadie lo había empujado para que se quedara quieto desde que era niño. Nico, tal vez. Cuando tenía fiebre. Y aquello había sido hacía mucho tiempo. —Está bien —dijo, y hasta hablar le dolió—. Está bien. Ella no se movió de su hombro. Pasó el resto de la mañana sin poder hacer mucho más que respirar con cuidado y mirar. Las hadas trabajaban alrededor del tronco hueco como si el ataque de la noche anterior no hubiera pasado. Algunas cargaban hojas grandes hacia el interior, otras salían con fragmentos de corteza. Una guerrera —delgada pero con las mismas placas grises que los demás— vigilaba desde una rama baja, la lanza apoyada contra el hombro. Nadie se le acercaba demasiado. Pero nadie se alejaba del todo, tampoco. Al mediodía, una recolectora bajó volando con esfuerzo, cargando algo envuelto en una hoja doblada. La dejó junto a su mano, igual que la vez anterior, y se quedó ahí, esperando. Sevrin la abrió con cuidado. La misma pasta verde oscura. Más cantidad esta vez. Miró a la recolectora. Ella señaló su propio costado, después señaló el de él, e hizo un gesto con las manos que imitaba algo untándose sobre la piel. —¿Esto? —preguntó Sevrin, tocándose la costilla con dos dedos. La recolectora asintió con la cabeza, un gesto pequeño pero inconfundiblemente humano, y voló hacia el tronco antes de que pudiera decir algo más. Sevrin se quedó mirando la pasta. No tenía ni idea de qué era. Podía ser veneno. Podía no servir de nada. Pero ya le habían dado una fruta sin matarlo. Ya le habían dejado bayas. Si quisieran deshacerse de él, les habría costado menos dejarlo tirado donde la bestia. Aun así, no se la untó de golpe. Primero se puso un poco en el dorso de la mano, cerca de un rasguño pequeño, y esperó. Nada. Ni ardor raro, ni entumecimiento repentino, ni nada que se pareciera a un error. Recién entonces se la untó sobre las costillas, directamente sobre la piel enrojecida. Ardió al principio. Un ardor frío, raro, que le erizó la piel. Después, poco a poco, el ardor se convirtió en un entumecimiento leve. No desaparecía el dolor. Pero lo apagaba, como si alguien le hubiera bajado el volumen. «No es magia», pensó. «Es una planta que conocen. Nada más.» Y aun así, funcionaba mejor que cualquier cosa que hubiera probado antes. Ella volvió al anochecer, cuando el dolor ya se había asentado en algo manejable, una molestia constante en lugar de una punzada cada vez que respiraba. Traía algo distinto esta vez: no fruta. Un puñado de bayas pequeñas, de un azul casi negro, que dejó sobre su pecho antes de sentarse a su lado. Sevrin las miró con desconfianza. —¿Seguras? Ella lo miró, inclinó la cabeza, y comió una delante de él. Esperó. Sevrin comió una. Amarga al principio, después dulce, con un regusto parecido a algo que no podía nombrar. Nada raro pasó. Ningún efecto extraño, ningún calor recorriéndole el cuerpo. Solo el sabor. Comieron el resto en silencio, ella tomando las bayas de a una con sus manos diminutas, él con dos dedos, cuidando de no aplastarlas. Desde el tronco llegó un sonido distinto a los que había escuchado hasta entonces. No era un zumbido de advertencia ni un chillido. Era una nota breve y aguda, seguida de otra un poco más larga, casi vibrada, como si la voz se mezclara con el aleteo. —Tii... lá. Ella giró la cabeza hacia el sonido. El llamado se repitió, siempre igual, siempre esas dos notas en el mismo orden. Y cada vez que alguien lo hacía, miraba hacia ella. «La están llamando», pensó Sevrin. «Ese es su nombre. O algo parecido.» Intentó imitarlo, en voz baja, casi para sí mismo. Le salió torpe, plano, sin esa vibración que ella parecía llevar en la garganta —o en las alas, no estaba seguro de cuál de las dos cosas. Ella giró la cabeza de golpe. Lo miró fijamente. Ladeó la cabeza hacia un lado, como esperando que lo repitiera. Sevrin lo intentó de nuevo, torpe, el sonido deformado por su boca. Ella no sonrió, esta vez. Pero tampoco apartó la mirada. Se quedó ahí, sentada junto a su pecho, un rato más de lo normal. Y él, en su cabeza, empezó a llamarla así. Tii. No sabía si era su nombre de verdad. No sabía si a ella le importaba. Pero era lo más parecido a un nombre que tenía. Los días siguientes tuvieron todos la misma forma. Se despertaba con el dolor recordándole que seguía ahí. Untaba la pasta. Comía lo que le dejaban. Intentaba, cada vez con menos torpeza, sentarse solo. No podía caminar lejos. Un guerrero —no el de siempre, otro más joven— apareció una tarde con una rama larga y se la dejó junto a la mano, sin ningún gesto amable, de la misma forma seca en que le había dado la fruta la primera vez. Sevrin entendió el mensaje de todas formas. La usó como bastón. Le sirvió lo suficiente para llegar hasta el borde del claro y volver, nada más. Desde ahí, alcanzaba a ver el tronco hueco por fuera. Era mucho más grande de lo que había imaginado al verlo desde lejos. Las raíces sobresalían de la tierra como paredes bajas, formando pequeños desniveles alrededor de la base. Había hojas tejidas entre algunas ramas, pequeños montones de frutos y semillas junto a las entradas, y decenas de marcas en la corteza que Sevrin no sabía interpretar. No parecía una aldea. Parecía un nido construido alrededor de un árbol. Nunca lo dejaron entrar. Cada vez que se acercaba demasiado, alguna guerrera aparecía en el aire, no amenazante, pero clara: hasta ahí. Se conformó con mirar desde afuera. Vio cómo las recolectoras entraban cargadas y salían vacías. Vio cómo los guerreros cambiaban turnos en las ramas altas, siempre con al menos dos vigilando en direcciones opuestas. Vio a las más jóvenes —las que jugaban el primer día— ahora quietas, apiladas cerca de las entradas, como si el ataque las hubiera encogido un poco. Y una tarde, mientras estaba sentado contra un árbol, descansando la costilla, vio algo que no esperaba. Dos guerreros discutían. O algo parecido a discutir: se acercaban, se alejaban, movían las manos con gestos bruscos. El primero señalaba hacia la dirección del humo. La lanza la tenía baja, casi arrastrándola, y movía la cabeza con insistencia, como si estuviera repitiendo lo mismo una y otra vez. El segundo negaba. Tenía la lanza alta, cruzada sobre el pecho, y cada vez que el otro hablaba, él negaba con más fuerza. Señalaba hacia el tronco, hacia las hadas que trabajaban en la base, hacia las jóvenes apiladas cerca de las entradas. Y después volvía a negar. No entendía las palabras. Pero entendía la forma. Uno quería ir. El otro no. No todos pensaban lo mismo sobre lo que había allá afuera. Sevrin se quedó mirando un rato más de lo necesario. Hasta que uno de los dos —el que negaba— giró la cabeza y lo vio. No hizo ningún gesto. Solo lo miró. Y después volvió a mirar al otro guerrero, y los dos se callaron. Ella seguía apareciendo cada noche. No siempre se quedaba tanto tiempo como el primer día. A veces solo se posaba un rato, lo miraba, y volvía al tronco. Otras veces se quedaba hasta que él se dormía, y cuando despertaba ya no estaba, pero encontraba comida junto a su mano de todas formas. Sevrin dejó de preguntarse por qué. No porque hubiera encontrado una respuesta. Simplemente dejó de necesitarla. La costilla seguía doliendo, menos cada día, un recordatorio sordo cada vez que respiraba hondo o se giraba mal en la noche. Pero por primera vez desde que había llegado a ese mundo empapado y solo, no se sentía completamente perdido. Sabía dónde estaba el tronco. Sabía qué dirección evitaban. Sabía que existía una sílaba con la que la llamaban, aunque su boca no supiera decirla bien. No era mucho. Pero ya no era nada.
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 7

Estás leyendo el capítulo 7 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 19 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.