Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 6 online gratis en español
El humo seguía ahí cuando bajaron.
Sevrin no dejó de mirarlo mientras descendía la pendiente, tropezando dos veces con raíces que no vio. Ella iba delante, volando bajo, entre los árboles ralos de la cima.
Se detuvo antes de llegar al pie de la colina.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando hacia la columna de humo.
Ella lo miró. Después miró su dedo. Después volvió a mirarlo a él.
No respondió. No podía.
Volvió a señalar, más despacio esta vez, como si la lentitud ayudara.
Ella negó con la cabeza. Un gesto pequeño, pero claro.
Insistió, señalando otra vez.
Ella negó de nuevo, y esta vez voló hacia adelante, interponiéndose entre su dedo y el humo, como si su cuerpo diminuto pudiera bloquear la vista de algo tan grande.
«No quiere que vaya», pensó Sevrin. «No sabe explicarme por qué. Pero no quiere.»
Bajó la mano.
Ella se relajó, apenas, y voló hacia el sendero que bajaba hacia el refugio, esperando que la siguiera.
Sevrin no llegó a dar el segundo paso.
Algo cruzó entre los árboles a su izquierda. Rápido. Torpe.
Otra hada.
No la reconoció. Sus hojas eran de un verde más oscuro, atadas con hilos deshilachados. Volaba mal, inclinada hacia un lado, una de sus alas doblada en un ángulo que no debería ser posible. Chocó contra una rama, se recuperó, siguió.
La de ojos ámbar giró en el aire de golpe.
La otra llegó hasta ella y emitió un sonido que Sevrin nunca había escuchado. No era el zumbido de advertencia de los guerreros. Era más agudo. Quebrado.
Las dos flotaron una frente a la otra, muy cerca, moviéndose casi al unísono, como si hablaran con el cuerpo entero.
Y entonces ella salió disparada hacia el bosque.
No hacia el refugio.
Hacia otro lado.
Sevrin no lo pensó.
Corrió detrás.
No sabía qué estaba siguiendo. Solo sabía que ella sabía adónde iba, y que eso era suficiente.
Las ramas le rasguñaron los brazos. Tropezó una vez, se levantó sin detenerse. Ella volaba adelante, más rápido de lo que la había visto volar nunca, sin mirar atrás para ver si la seguía.
El sonido llegó antes que la imagen.
Chillidos. Muchos. Superpuestos, agudos, el mismo zumbido de advertencia que había escuchado el primer día, pero ahora multiplicado, desesperado.
Salió a un claro y se detuvo en seco.
El tronco hueco.
Lo reconoció por la forma, aunque nunca lo había visto de cerca: una base ancha, gastada, con un hueco oscuro en la parte baja por donde las recolectoras entraban y salían. Cerca de la base, entre dos raíces gruesas, había otra abertura distinta: una grieta oscura, más baja, rodeada de hojas aplastadas formando una especie de lecho. Huesos pequeños, demasiado pequeños para ser de nada que Sevrin conociera, estaban esparcidos alrededor. La corteza junto a la grieta tenía marcas profundas de garras, unas sobre otras, como si alguien la hubiera raspado cientos de veces.
No se detuvo a pensar en eso. No había tiempo.
Ahora había hadas por todas partes, volando en círculos caóticos, algunas cayendo, otras arrastrando a otras por el suelo.
Y en el centro, algo enorme.
Un cuerpo alargado, bajo, pelaje gris oscuro erizado. Patas anchas terminando en garras curvas. Ojos amarillos, la pupila una línea vertical. La punta de la cola, envuelta en algo parecido a humo, aunque no ardía nada.
Un zarpazo lento, casi perezoso, mandó a dos hadas volando contra el tronco.
Los guerreros lo rodeaban, lanzando sus lanzas diminutas contra los flancos del animal. Una se clavó en su hombro. La bestia ni siquiera pareció notarlo.
«Sus armas son para su tamaño», pensó Sevrin. «No para esto.»
El olor le llegó entonces. Almizcle. Sangre. Algo rancio, como tierra removida. Y debajo de todo eso, un tufo dulzón, pesado, que le recordó a la carne descompuesta.
Dio un paso atrás.
No era su bosque. No era su gente. No sabía siquiera qué era esa cosa, ni si tenía alguna posibilidad real contra ella.
«No es asunto mío.»
Retrocedió otro paso.
Y entonces la vio.
Ella. Tirada cerca de la base del tronco, una de sus alas todavía batiendo débilmente, intentando levantarse y sin lograrlo. La bestia giró la cabeza hacia donde estaba, la boca entreabierta, y avanzó un paso pesado en su dirección.
Sevrin dejó de retroceder.
Corrió sin un plan.
Agarró lo primero que encontró en el suelo —una rama gruesa, más un garrote que un arma— y se lanzó contra el costado del animal, gritando algo que ni él mismo entendió.
La bestia giró hacia él con una velocidad que no debería tener un cuerpo tan grande. Sevrin apenas alcanzó a levantar la rama. El zarpazo la partió en dos como si fuera una ramita seca, y el impacto lo mandó de espaldas contra la tierra.
El aire se le fue de los pulmones. La tierra húmeda le llenó la boca. El sabor a cobre de la sangre le subió por la garganta.
«Duele.»
Rodó a un lado justo cuando la segunda zarpa golpeó donde había estado su cabeza. Las garras levantaron tierra, hojas, piedras pequeñas. Una de ellas le rozó la mejilla.
Se levantó tambaleándose. Sangre en el labio. No sabía si era suya.
La bestia se detuvo un segundo, evaluándolo, la cabeza baja, los ojos amarillos fijos en él. Sevrin retrocedió hacia un árbol, buscando algo, lo que fuera.
Encontró una rama caída más larga, casi tan alta como él, con la punta rota en un ángulo afilado.
La bestia atacó otra vez.
Sevrin no lo vio venir por los ojos.
Miró hacia la izquierda sin razón, un segundo antes de que la zarpa llegara desde ese lado, y el movimiento lo salvó por centímetros. No entendió cómo lo había sabido. No tuvo tiempo de preguntárselo. Pero por un instante, antes de moverse, sintió algo. Como si el aire le hubiera avisado.
Clavó la rama rota contra el costado del animal, con todo el peso de su cuerpo detrás.
La bestia rugió. Un sonido grave, líquido, que le vibró en el pecho más que en los oídos. Sintió el impacto en los brazos, en los hombros, en los dientes.
Retrocedió, sacudiéndose, la rama todavía clavada, sangrando por el flanco.
Sevrin cayó de rodillas, sin aire, la visión borrosa por un instante.
La bestia se giró hacia el tronco otra vez. Hacia ella.
—¡No! —gritó, sin saber si servía de algo gritarle a un animal.
No fue el grito. Fue el movimiento: dio dos pasos hacia ella, agitando los brazos, y eso bastó. La bestia volvió a girar hacia él, furiosa, la rama todavía clavada, sangre goteando sobre su propio pelaje.
Cargó.
Sevrin no tuvo tiempo de moverse esta vez. Bajó el hombro, se cubrió, y recibió el impacto de lleno.
El golpe lo arrastró varios metros. Sintió algo ceder en su costado, un dolor agudo, distinto al resto. Costillas, probablemente.
Quedó tendido, sin aire, viendo el cielo de dos soles a través de las copas.
«Levántate.»
No podía.
«Levántate.»
La bestia se acercó, arrastrando la rama todavía clavada, y bajó la cabeza hacia él.
Sevrin encontró la rama rota a su lado —la primera, la que se había partido— y con las dos manos, con todo lo que le quedaba, la clavó hacia arriba, directo bajo la mandíbula del animal, cuando este bajó la cabeza para morder.
La bestia se apartó de golpe, sacudiendo la cabeza, un chillido distinto ahora, más agudo, herido de verdad.
Retrocedió. Tambaleándose. La sangre le caía por el cuello.
Dio dos pasos hacia atrás —no hacia el bosque abierto, sino hacia la grieta entre las raíces— y se detuvo justo delante de ella, como si no quisiera dejarla descubierta.
Los guerreros, todavía flotando alrededor, dejaron de atacar por un segundo, como si entendieran algo que Sevrin no.
La bestia lo miró una última vez. Ojos amarillos, la pupila dilatada, algo que no era exactamente rabia. Miedo, quizás. O simplemente cálculo.
Y en la oscuridad de la grieta, detrás de ella, algo se movió. Dos puntos pequeños y brillantes, mirando desde la sombra.
Sevrin no entendió qué eran. No tuvo tiempo de entenderlo. Pero algo en su cabeza registró la imagen y la guardó.
Se giró y desapareció entre los árboles, dejando un rastro de sangre en la tierra. Los dos puntos pequeños se fueron con ella, tragados por la misma oscuridad.
Sevrin no la persiguió. No podía, aunque hubiera querido.
Se quedó tendido, el pecho subiendo y bajando con dificultad, la costilla ardiendo con cada respiración.
Silencio.
Después, el bosque volvió a llenarse de sonido —los chillidos de antes, ahora distintos, más calmados. Hadas volando hacia los heridos.
Sevrin giró la cabeza, buscándola.
Ella estaba ahí, arrastrándose todavía por el suelo, su ala doblada, pero viva. Cuando sus ojos se cruzaron con los de él, dejó de moverse.
Y por un segundo, ninguno de los dos hizo nada más que mirarse.
No recordaba haberse dormido. Recordaba el cielo de dos soles, la costilla ardiendo, y los ojos de ella fijos en los suyos. Después, nada. Hasta ahora.
Se despertó —o dejó de estar a medias inconsciente, no sabía bien cuál de las dos cosas— con el sol grande ya alto.
Le dolía todo. El costado, sobre todo. Respirar dolía.
Intentó incorporarse y algo lo detuvo: no dolor, sino peso. Miró hacia abajo.
Ella estaba sobre su pecho, sentada, las piernas cruzadas, el ala todavía torcida en un ángulo raro. Lo miraba.
No se apartó cuando él se movió. Ni cuando gimió de dolor.
A su alrededor, unas cuantas hadas más, manteniendo distancia, observándolo con algo que ya no era la indiferencia fría del principio. Una recolectora se acercó lo suficiente para dejar algo junto a su mano —una hoja doblada con una pasta verde oscura dentro— y se alejó rápido, como si hubiera hecho algo prohibido.
El guerrero. El mismo de siempre, el de la armadura gris.
Flotaba a unos metros, observándolo.
No bajó la lanza del todo.
Pero la bajó un poco.
Sevrin lo notó. No dijo nada. No hacía falta.
Miró hacia el lugar por donde se había ido la bestia, la tierra manchada de sangre seca, y después, sin poder evitarlo, hacia donde había estado el humo.
Uno de los guerreros —no el de siempre, otro— señaló hacia esa dirección con la lanza.
Y después señaló hacia el interior del bosque, en sentido contrario, con un movimiento tajante.
No hacía falta entender su idioma para entender el gesto.
«No vamos allí.»
«Y no es porque no queramos. Es porque tenemos miedo.»
Sevrin cerró los ojos.
Lo que fuera que hubiera producido ese humo, no era un felino defendiendo su territorio.
Era otra cosa.
Y esta vez no era él quien tenía que decidir si acercarse o no.
Era ella. Y ella parecía tener muy claro que no.
Se quedó mirando el cielo, la costilla ardiéndole con cada respiración, con la sensación extraña —nueva, incómoda, casi vergonzosa— de que por primera vez desde que había llegado a ese mundo, alguien más se había preocupado por que él siguiera respirando.
No dijo nada.
Ella tampoco.
Pero no se movió de su pecho en mucho, mucho rato.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 6
Estás leyendo el capítulo 6 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 19 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.