Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 57 online gratis en español
El nivel de cuarzo seguía siendo un desastre.
Escombros por todas partes. Formaciones enteras reducidas a fragmentos que crujían bajo las botas. El aire, cargado de polvo blanco que se pegaba a la garganta y hacía toser a los que llevaban un rato moviéndose entre los restos.
Voren había organizado todo rápido. Los guardias que quedaban en pie —no eran muchos— se dividieron en dos grupos. Uno se quedó atendiendo a los heridos. El otro, más pequeño, se adentró hacia donde el Sinrostro había caído, buscando lo que quedaba de los que no habían sobrevivido.
Sevrin los vio irse.
No preguntó si podía acompañarlos. No hacía falta. Alguien tenía que quedarse. Y él, con las manos todavía temblando, no servía de mucho para cargar cuerpos.
Se quedó cerca de los heridos, ayudando en lo que podía.
Alcanzó vendas. Sostuvo a un Leonin joven mientras le entablillaban una pierna. Le dio agua a otro que no dejaba de temblar. Tii se quedó en su hombro todo el tiempo, callada, observando, sin apartarse ni un centímetro.
Rehk seguía inconsciente. Celine no se movía de su lado. Doreth, con el brazo inutilizado, se sentó contra una roca y se quedó mirando el vacío sin decir nada.
Nadie hablaba mucho.
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Cuando el primer grupo volvió, Sevrin los vio desde lejos.
Traían dos cuerpos envueltos en tela. No preguntó quiénes eran. No hacía falta. Ya sabía que Bal no había salido de la boca del Sinrostro. Y que Ilan había caído con el cuarzo clavado en el pecho.
Los colocaron aparte, con cuidado, y alguien empezó a rezar en voz baja. No entendía las palabras. Pero entendía el tono.
Sevrin se alejó.
No por falta de respeto. Simplemente porque no era su lugar. No los había conocido. No había peleado junto a ellos. No tenía derecho a compartir ese duelo.
Caminó hacia donde el Sinrostro había caído.
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El cuerpo seguía ahí.
Nadie lo había movido. Nadie se había acercado. Los guardias lo habían rodeado con una cuerda tendida entre dos formaciones de cuarzo, una especie de barrera improvisada, más para marcar distancia que para contener nada.
Sevrin pasó por debajo.
El olor llegó primero.
No era el olor de la sangre. Era algo más denso. Más rancio. Como carne dejada al sol durante días, mezclada con algo metálico, con algo que picaba en la nariz y se quedaba ahí, en la garganta, sin importar cuántas veces tragara.
Se agachó junto al cuerpo.
De cerca, era peor.
La piel gris agrietada ya no brillaba. Las grietas, que antes dejaban escapar ese resplandor naranja, ahora estaban apagadas, secas, como carbón frío. Los cuatro brazos —los dos que quedaban— estaban doblados en ángulos que no deberían ser posibles, las articulaciones reventadas por los cortes de Celine.
La boca del vientre seguía abierta.
Eso era lo peor. La abertura enorme, bordeada de dientes irregulares, oscuros, algunos partidos, otros todavía manchados de sangre seca. Y dentro, el vacío que Rehk había dejado al arrancar todo lo que había encontrado.
Sevrin se quedó mirando.
No sintió asco. O sí, pero no era lo único. Era una mezcla rara. Horror, sí. Pero también algo parecido a la fascinación. La misma fascinación incómoda que había sentido la primera vez que vio a la criatura de ceniza.
Tii se tensó en su hombro.
No hizo ningún sonido. Pero Sevrin sintió sus manos diminutas cerrarse sobre la tela de su chaqueta.
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Fue entonces cuando lo sintió.
No fue un sonido. No fue una voz.
Fue algo parecido a un tirón.
Suave. Constante. Como si algo, en algún lugar de su pecho, se inclinara hacia el cuerpo muerto del Sinrostro sin que él lo decidiera.
Sevrin se quedó quieto.
No dolía. No era desagradable. Era, de alguna forma rara, familiar. Como si ya lo hubiera sentido antes, en otro momento, con otra cosa, sin poder nombrar cuál.
«¿Qué es esto?»
No esperaba respuesta. No la tuvo.
El tirón seguía ahí. No más fuerte, exactamente. Pero tampoco se iba.
Sevrin extendió la mano.
Despacio. Casi sin decidirlo del todo. Los dedos abiertos, acercándose a la piel gris agrietada, al borde de la boca del vientre, a lo que quedaba del cuerpo de la criatura.
Tii se movió.
Se puso entre su mano y el cuerpo. Las alas desplegadas, el cuerpo entero tenso, los ojos de ámbar fijos en él.
No lo detuvo. No le apartó la mano. Pero se quedó ahí, temblando, como si no supiera qué era eso tampoco, y esa incertidumbre la asustara más que cualquier cosa que pudiera reconocer.
Sevrin la miró.
—Está bien —dijo, en voz baja.
No sabía si era verdad.
Pero apoyó la mano de todas formas.
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El contacto fue como tocar un cable con corriente.
No fue dolor. Fue algo distinto. Algo que le subió desde la palma de la mano hasta el codo, hasta el hombro, hasta el pecho, una sensación que no era calor ni frío, densa, que no supo nombrar en el momento ni después.
Sevrin sintió cómo su cuerpo entero se tensaba.
Los dedos se le cerraron solos sobre la piel gris. La respiración se le cortó. Por una fracción de segundo, algo pareció moverse dentro de él, hacia algún lugar que no sabía que tenía.
«No.»
Sevrin retiró la mano de golpe.
Cayó hacia atrás, sentado sobre el cuarzo roto, el corazón golpeándole el pecho como si acabara de correr varios kilómetros. La respiración le salía entrecortada, irregular, y por un segundo entero no pudo moverse.
Tii voló hasta su cara.
Le tocó la mejilla con las dos manos. Le buscó los ojos. No hizo ningún sonido. Solo se quedó ahí, cerca, atenta, de la misma forma en que se quedaba cada vez que algo lo asustaba sin que ella pudiera entender del todo qué era.
Sevrin la miró.
—Estoy bien —dijo.
No estaba seguro de que fuera verdad.
Se quedó sentado un momento más, mirándose la palma de la mano. No había ninguna marca. Ningún cambio visible. No sabía si algo había cambiado o si simplemente se había asustado de algo que no significaba nada.
Se levantó despacio.
No dijo nada.
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—¿Sevrin?
La voz llegó desde atrás. Sevrin se giró.
Zecoy estaba parada al borde de la cuerda tendida, los brazos cruzados, el corte de la ceja ya cubierto con un vendaje improvisado. Tenía el pelo cubierto de polvo blanco y una expresión que oscilaba entre el cansancio y la curiosidad.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, acercándose—. Todo el mundo está allá. Ayudando.
—Ya ayudé —dijo Sevrin—. Solo... necesitaba un momento.
Zecoy lo miró un segundo más de lo normal.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Mentira.
Sevrin no respondió.
Zecoy se acercó un poco más, hasta quedar a su lado, mirando también el cuerpo del Sinrostro. No hizo ninguna mueca. No se tapó la nariz. Solo lo miró, con una frialdad que a Sevrin le sorprendió.
—Es feo de cerca —dijo, al final.
—Sí.
—Más feo muerto que vivo. —Se encogió de hombros—. Nunca había visto uno. Solo había oído historias.
Se quedaron en silencio un momento.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Sevrin, al final.
Zecoy lo miró.
—¿Con qué?
—Con todo. —Sevrin señaló vagamente el nivel entero—. Con los muertos. Con los heridos. Con lo que pasó aquí.
Zecoy tardó un momento en responder.
—Los muertos se enterrarán —dijo, con una calma que no encajaba del todo con su voz—. Los heridos se curarán, los que puedan. Y los que no... —Se calló un segundo—. Los que no, también se enterrarán.
—¿Y el Consejo?
—El Consejo va a tener que decidir qué hacer con todo esto. —Zecoy se cruzó de brazos—. El Sinrostro no debería estar aquí. Eso no es normal. Alguien va a tener que averiguar por qué estaba.
—¿Y tú?
Zecoy lo miró de reojo.
—¿Yo qué?
—Tú querías salir. Buscar a Kaia. —Sevrin la miró—. ¿Vas a hacerlo igual? Después de esto.
Zecoy no respondió enseguida.
Se quedó mirando el cuerpo del Sinrostro, la boca abierta, los dientes partidos, el vacío donde Rehk había metido las manos.
—Sí —dijo, al final—. Más que antes.
—¿Por qué?
—Porque esto no debería estar aquí. —Zecoy señaló el cuerpo con la barbilla—. Esto es de categoría Desolación. Eso no aparece en un calabozo de iniciación porque sí. Alguien lo puso aquí. O algo lo trajo. Y si hay algo que puede traer algo así a un sitio donde hay crías de mi gente, quiero saber qué es.
Sevrin no dijo nada.
—Además —siguió Zecoy, con una sonrisa torcida que no le llegó a los ojos—, Kaia salió a cazar sola. Hace tres años. Y nunca volvió. —Hizo una pausa—. Si algo como esto puede aparecer en un calabozo, ¿qué otras cosas pueden estar ahí fuera?
Se quedaron en silencio un rato más.
Después Zecoy le dio un golpe suave en el hombro.
—Vamos. Hay que ayudar a mover a los heridos.
Sevrin asintió.
Antes de irse, miró una última vez el cuerpo del Sinrostro.
El tirón seguía ahí. Más suave ahora. Más lejano. Pero seguía.
Se giró y la siguió.
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Los cuerpos de las criaturas de cuarzo seguían esparcidos por todo el nivel.
Algunos los habían apartado a un lado, para despejar el paso. Otros seguían donde habían caído, partidos por la mitad, agrietados, inmóviles.
Sevrin pasó junto a uno.
Y sintió, de nuevo, ese tirón leve.
Más débil que el del Sinrostro. Mucho más débil. Pero reconocible, en la medida en que algo tan extraño podía ser reconocible.
Se detuvo.
Miró el cuerpo de la criatura. Gris. Robusto. Sin ojos. Sin boca. Solo esa superficie lisa donde debería haber estado una cara.
No se agachó esta vez. No extendió la mano.
Se quedó ahí, mirándolo, dudando.
«No sé qué es esto», pensó. «No sé si debería volver a hacerlo.»
Tii, en su hombro, no se movió, pero tampoco apartó la mirada del cuerpo.
Después de un momento largo, Sevrin siguió caminando.
No tocó nada más.
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Trabajó el resto de la tarde en silencio.
Ayudó a cargar a los heridos. A subir cuerdas. A asegurar los cuerpos envueltos en tela para que no se golpearan durante el ascenso.
De vez en cuando, sin poder evitarlo, se tocaba la palma de la mano con el pulgar, como si esperara encontrar ahí alguna respuesta que no había encontrado antes.
No encontró nada.
Pero la sensación de antes —esa corriente, ese tirón, esa fracción de segundo en que algo pareció moverse dentro de él— seguía ahí, en algún rincón de su cabeza, negándose a convertirse en una idea clara.
«¿Qué fue eso?»
No tenía respuesta.
Y por una vez, no se sintió del todo mal por no tenerla.
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La subida fue lenta.
Nivel por nivel. Pozo por pozo. Los heridos subían primero, asegurados con cuerdas, izados por los que quedaban en pie. Los cuerpos de los caídos subían después, envueltos, en silencio.
Sevrin subió con el último grupo.
Cuando salieron a la superficie, el sol grande ya estaba alto. El bosque olía a resina y a tierra húmeda. Los pájaros cantaban. Todo era normal. Todo era tranquilo.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no hubieran dejado a dos muertos y a varios heridos en un calabozo bajo tierra.
Sevrin respiró hondo.
El aire le llenó los pulmones. Limpio. Frío. Real.
Tii voló desde su hombro hasta una rama cercana. Se quedó ahí un momento, mirando el bosque, las alas desplegadas, el cuerpo diminuto recortado contra la luz.
Después volvió a su hombro.
Sevrin empezó a caminar hacia la ciudad.
No miró atrás.

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Capítulo 58
La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 57
Estás leyendo el capítulo 57 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 15 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.