Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 58 online gratis en español
La ciudad estaba esperando.
Sevrin lo vio desde lejos, antes de que el grupo terminara de cruzar la última pendiente. Las puertas abiertas. Los faroles nuevos todavía encendidos, aunque el sol grande ya estuviera alto. Y afuera, en el claro que se extendía frente a la muralla, una multitud.
Más gente de la que Sevrin había visto junta desde que llegó a ese mundo.
Familias. Ancianos. Crías. Todos apiñados, todos mirando hacia el bosque, todos esperando.
Y cuando el grupo apareció entre los árboles, el silencio cayó de golpe.
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Nadie corrió hacia ellos.
Nadie gritó.
Solo se quedaron ahí, quietos, viendo cómo los guardias que quedaban en pie —pocos, agotados, cubiertos de polvo y sangre seca— iban entrando por la puerta principal, cargando heridos, sosteniendo a los que apenas podían caminar.
Y detrás, envueltos en tela, los cuerpos.
Sevrin vio el momento exacto en que una mujer mayor, cerca de la entrada, reconoció uno de los bultos.
No gritó. No lloró. Se quedó quieta, la boca entreabierta, los ojos fijos en la tela, como si esperara que en cualquier momento el cuerpo se moviera, se levantara, le dijera que había sido un error.
No se movió.
Entonces la mujer cayó de rodillas.
Y el silencio se rompió.
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Los llantos empezaron uno por uno.
Una madre que se aferraba al cuerpo de su hijo, negándose a que se lo llevaran. Un anciano que se sentó en el suelo, la cabeza entre las manos, sin hacer ningún sonido. Dos crías que no entendían qué pasaba, que miraban a los adultos llorar sin saber por qué, hasta que alguien las apartó, las llevó adentro, les dijo algo que Sevrin no alcanzó a escuchar.
Tii se apretó contra su cuello.
Sevrin se quedó quieto, al borde del claro, sin saber qué hacer con las manos, sin saber dónde mirar, sin saber si era correcto estar ahí.
«No los conocía», pensó. «No debería estar aquí. Esto no es mi duelo.»
Pero no se movió.
Porque irse también le parecía mal.
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Voren apareció entre la multitud, abriéndose paso sin empujar, la cara más cansada de lo que Sevrin la había visto nunca. Detrás de él, dos guardias cargaban a Rehk en una camilla improvisada. El Leonin seguía inconsciente. Los hombros vendados. La respiración apenas visible bajo las telas.
La gente se apartó a su paso.
Nadie dijo nada.
Voren cruzó la puerta principal, y con él, los heridos, los cuerpos, y los que quedaban en pie del grupo de rescate.
Celine fue la última en entrar. Antes de cruzar, se giró un segundo hacia donde Sevrin estaba, lo miró, y asintió.
Un gesto pequeño. Casi imperceptible.
Pero era algo.
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Cuando el último cuerpo entró por la puerta, Sevrin alcanzó a verlo.
Envuelto en tela, como los demás. Pero más pequeño. Más delgado. Y algo en la forma en que los guardias lo cargaban —con más cuidado, más lento, como si pesara más de lo que pesaba— le dijo a Sevrin que no era Bal. No era Ilan.
Era Yara.
No preguntó. No hacía falta. Alguien cerca de la entrada dijo su nombre en voz baja, y otra persona lo repitió, y el nombre se fue pasando de boca en boca hasta que se perdió entre los llantos.
Sevrin no la había conocido. Solo la había visto un momento, tirada contra el cuarzo, con sangre en la boca y los ojos todavía firmes. Le había dicho a Fenrik que se fuera. Le había dicho que alguien tenía que salir de esto.
Y ahora estaba muerta.
«Hizo lo que tenía que hacer», pensó Sevrin. «Y aun así está muerta.»
La idea no le dio consuelo. No creía que debiera dárselo.
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Sevrin se quedó afuera.
No supo por qué. Simplemente no entró. Se quedó junto a la muralla, Tii en su hombro, viendo cómo la multitud se iba deshaciendo poco a poco: las familias llevándose a los suyos, los heridos hacia los sanadores, los cuerpos hacia algún lugar que Sevrin no alcanzaba a ver.
Zecoy apareció a su lado sin que él la oyera llegar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Nada.
—Mentira.
Sevrin no respondió.
Zecoy se quedó a su lado un momento, mirando también la multitud. No dijo nada más. No hizo ninguna broma. No lo golpeó en el hombro.
Solo se quedó ahí.
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—Vamos —dijo, al final.
Sevrin la miró.
—¿Adónde?
—A mi cuarto. —Zecoy se encogió de hombros—. No quiero estar aquí ahora mismo. Y tú tampoco. Se te nota en la cara.
Sevrin dudó.
—No debería—
—No deberías nada. —Zecoy lo cortó, sin brusquedad—. Vamos.
Y empezó a caminar sin esperar respuesta.
Sevrin la siguió.
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El cuarto de Zecoy era más grande que el que le habían dado a él.
Una cama ancha, cubierta con pieles. Una ventana circular que daba hacia el bosque. Un escritorio tallado en la pared, con papeles, plumas, y una caja pequeña de madera oscura que Sevrin no había visto antes. Ropa colgada de un perchero. Un par de botas tiradas en una esquina. Y en la pared, sobre la cama, un mural pintado directamente sobre la madera: dos siluetas pequeñas, una más alta que la otra, corriendo entre árboles.
Zecoy no lo señaló. No dijo nada sobre eso.
Solo se dejó caer sobre la cama, boca arriba, las piernas colgando por el borde.
Sevrin se quedó de pie.
—¿Qué? —dijo Zecoy, sin mirarlo—. ¿Te vas a quedar ahí parado toda la noche?
—No sé si—
—Siéntate. O échate. Lo que quieras. Pero no te quedes ahí como un idiota.
Sevrin la miró un momento más.
Después se acercó a la cama.
Se echó a su lado.
No muy cerca. La distancia justa para que ninguno de los dos tuviera que moverse. Tii voló desde su hombro hasta la almohada, se acomodó en un rincón, y se quedó ahí, quieta, mirando el techo.
Los dos miraron el techo.
No era un techo bonito. Solo madera oscura, con algunas vigas a la vista, alguna grieta fina, algún nudo en la madera que formaba una forma que no significaba nada.
Se quedaron así un rato largo.
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—Bal era el más callado del grupo —dijo Zecoy, al final.
Sevrin no dijo nada.
—Nunca hablaba mucho. Pero siempre estaba ahí. Cuando alguien necesitaba algo, él ya lo tenía. Cuando alguien se quedaba atrás, él se quedaba también. Sin decirlo. Sin quejarse. Simplemente lo hacía.
Hizo una pausa.
—Una vez me caí de un árbol, cuando éramos chicos. No muy alto. Pero me torcí el tobillo. Y él cargó conmigo todo el camino de vuelta. No dijo ni una palabra. Solo me llevó.
Otra pausa.
—Ilan era distinto. Ilan hablaba por los dos. Era el que se reía de todo, el que hacía bromas cuando nadie tenía ganas, el que siempre encontraba algo que decir. —Se rió, un sonido corto, sin ganas—. A veces demasiado. Había veces que querías decirle que se callara. Pero ahora... ahora daría cualquier cosa por escucharlo una vez más.
Sevrin seguía callado.
No sabía qué decir. No había conocido a Bal. No había conocido a Ilan. No tenía ningún recuerdo de ellos. No podía hablar de lo que habían sido.
Pero podía escuchar.
Y eso hizo.
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—Yara tampoco debería haber muerto —dijo Zecoy, después de un rato—. Era instructora. Llevaba años haciendo esto. Sabía lo que hacía.
Se calló un momento.
—Fenrik la dejó atrás. No por cobardía. Ella se lo ordenó. Le dijo que alguien tenía que salir, que alguien tenía que contarlo. —Zecoy cerró los ojos un momento—. Y ella se quedó.
Sevrin no dijo nada.
—No la conocía mucho. Solo de entrenamientos. Pero era dura. Justa. No te dejaba pasar una, pero tampoco te dejaba atrás. —Zecoy abrió los ojos, siguió mirando el techo—. Como Bal. Solo que ella lo hacía hablando.
Otra pausa.
—Los tres. Bal, Ilan, Yara. Todos hicieron lo que tenían que hacer. Y todos están muertos.
Sevrin sintió algo apretarle la garganta.
—No sé qué decir —admitió, en voz baja.
—No tienes que decir nada. —Zecoy se giró apenas, lo miró un segundo—. Solo... quédate aquí. Eso es suficiente.
Sevrin se quedó.
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Pasaron otro rato en silencio.
El sol grande ya se estaba poniendo afuera. La luz que entraba por la ventana se volvía naranja, después roja, después algo más tenue. Las sombras se alargaban por las paredes. El cuarto entero se volvía más oscuro, más silencioso, más pequeño.
Tii seguía en la almohada, quieta, observando.
Sevrin sentía el calor de Zecoy a su lado. No mucho. La distancia justa. Pero lo sentía.
Y por algún motivo, eso lo hacía sentir menos solo.
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—Oye.
Sevrin giró la cabeza.
Zecoy se había girado también. Lo estaba mirando. Los ojos dorados, grandes, un poco hinchados, pero ya no tristes. O no del todo.
—¿Qué?
—Gracias.
Sevrin parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque volviste. —Zecoy se encogió de hombros, apenas—. Cuando te fuiste. Cuando subiste. Sé que lo hiciste. Rehk me lo dijo. O no me lo dijo, pero lo entendí. —Hizo una pausa—. Volviste. Eso es más de lo que muchos habrían hecho.
Sevrin no supo qué decir.
—No fue—
—No importa lo que fue. —Zecoy lo cortó—. Volviste. Punto.
Se quedaron mirándose un momento.
Después, sin aviso, Zecoy estiró la mano y le jaló la oreja.
—¡Ay!
—Por idiota —dijo ella, con una sonrisa torcida—. Por plantarte frente a esa cosa con una rama. Por hacerte el héroe sin tener idea de lo que hacías.
—¡Ya me lo dijiste!
—Te lo voy a seguir diciendo. Toda la vida. Cada vez que te vea. —Le soltó la oreja, pero la sonrisa se quedó—. Idiota.
Sevrin se frotó la oreja, medio molesto, medio no.
—Está bien —dijo—. Me lo merezco.
—Sí. Te lo mereces.
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Zecoy se incorporó.
Se quedó sentada en el borde de la cama un momento, mirando la ventana. El cielo ya estaba oscuro. Las dos lunas empezaban a asomar entre los árboles.
—Tengo que ir a ver a mi abuelo —dijo—. Va a querer saber que estoy bien. Y yo quiero saber cómo está Rehk.
Se levantó.
Antes de irse, se giró hacia Sevrin.
Y le sonrió.
No fue la sonrisa torcida de siempre. No fue la burlona. Fue otra cosa. Cansada, sí. Pero cálida. Real.
Sevrin se quedó mirándola.
No dijo nada. No hacía falta.
Zecoy se giró y salió del cuarto.
La puerta se cerró con un golpe suave.
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Sevrin se quedó solo.
Tii voló desde la almohada hasta su hombro. Se acomodó ahí, contra su cuello, el peso diminuto y cálido de siempre.
Sevrin siguió mirando el techo.
Pensó en Bal. En Ilan. En Yara. En las familias afuera. En Rehk, inconsciente. En Zecoy, con esa sonrisa.
Pensó en lo que había sentido junto al cuerpo del Sinrostro. En el tirón. En todo lo que no entendía.
Pensó en Nico. En la guitarra mal afinada. En el suavizante barato del sofá.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tenía que decidir nada. No sintió que tenía que entender nada. No sintió que tenía que hacer nada.
Solo se quedó ahí.
Mirando el techo.
Con Tii en el hombro.
Y por ahora, eso era suficiente.

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La Forma de un Monstruo (Novela)
Capítulo 59
La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 58
Estás leyendo el capítulo 58 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 15 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.