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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 56 online gratis en español

El Sinrostro se giró hacia ellos. Y Sevrin supo, antes de que nada pasara, lo que Rehk iba a hacer. No fue un grito. No fue una orden. Fue un movimiento. \--- Rehk se lanzó directo al torso. Sin esquivar. Sin desviarse. Los brazos de la criatura cayeron sobre él —sobre los hombros, sobre la espalda, sobre el costado de la cabeza— y Rehk los recibió todos sin detenerse. El Éter dorado le salía de la piel en oleadas. Llegó al torso. Y lo abrazó. Los dos brazos de Rehk rodearon el cuerpo gris, las manos cerrándose sobre la espalda agrietada, los músculos de sus antebrazos crujiendo bajo la presión. El Sinrostro rugió. Empezó a sacudirse. No se soltó. \--- —¡Celine, ahora! Vrass ya tenía una flecha montada. No hacía falta que apuntara. La voz le salió corta, urgente, y Celine no necesitó que se lo repitieran. Se movió. Sevrin apenas alcanzó a seguirla con la vista. El primer corte cayó sobre la articulación del hombro —no el músculo, no el hueso, sino la junta exacta donde el brazo se unía al torso—. La hoja entró limpia. Salió limpia. El brazo cayó, colgando de un jirón de piel gris que Celine cortó en el siguiente movimiento, ya girando hacia el segundo antes de que el primero tocara el suelo. El Sinrostro aulló. Sevrin lo sintió en los dientes. En los huesos de la cara. En algo detrás de los ojos que dolía sin ser dolor. La criatura intentó girar hacia Celine. Rehk apretó más. Los pies hundidos en el cuarzo roto. Las manos clavadas en la espalda gris. La mantuvo en su sitio. —¡Sigue! —gruñó Rehk. La voz irreconocible. Algo entre un hombre y un animal. Celine siguió. El segundo brazo cayó. El tercero tardó más —la criatura ya se retorcía con una violencia que obligaba a Celine a recalcular cada corte—, pero cayó también. La hoja entró por la parte interna del codo. Abrió tendones. Algo oscuro, viscoso, salpicó el cuarzo blanco. Para el cuarto brazo, el Sinrostro ya había aprendido. Lo movió en un arco amplio, barriendo el aire en dirección a Celine, y ella tuvo que retroceder, las dos hojas cruzadas delante del pecho, el impacto lanzándola varios metros hacia atrás. No llegó a cortarlo. \--- —¡Yo lo tengo! —gritó Doreth, ya corriendo—. ¡Celine, la boca! Doreth agarró el brazo libre con las dos manos. Los pies plantados. El cuerpo entero inclinado hacia atrás. Toda su masa en contra de la fuerza de la criatura. El brazo tembló. Se sacudió. Intentó liberarse. No se liberó. —¡AHORA, VRASS! Vrass ya estaba disparando antes de que terminara la frase. La primera flecha entró por el borde de la boca del vientre, justo donde los dientes irregulares se separaban lo suficiente para dejar un hueco. La segunda siguió un instante después. Más adentro. La tercera se clavó en el centro mismo de la abertura. El Sinrostro se sacudió entero. Un espasmo brutal que hizo vibrar el suelo bajo los pies de Sevrin. La boca del vientre se abrió más. Más de lo que debería haber podido abrirse. Los dientes separándose hasta un ángulo imposible. Y algo —húmedo, oscuro, algo que no era del todo sangre ni del todo otra cosa— empezó a brotar de los bordes. \--- Sevrin lo vio. Dentro de la boca abierta. Más allá de los dientes. Más allá de la garganta que no debería existir en un cuerpo sin cabeza. Había algo. No era un estómago. No era un órgano que Sevrin pudiera nombrar. Era una masa. Oscura. Pulsante. Con venas que latían al ritmo de la respiración húmeda de la criatura. Y entre las venas, incrustados como piedras en barro, fragmentos de algo que brillaba débilmente. Cuarzo. Metal. Cosas que la criatura había devorado a lo largo de los años y que nunca terminaban de digerirse del todo. En el centro de esa masa, algo más pequeño. Más denso. Más oscuro. Algo que no latía. Algo que simplemente estaba. \--- —¡Rehk! —gritó Sevrin, sin saber por qué gritaba, sin saber qué esperaba que el Leonin hiciera con esa información—. ¡Dentro! ¡Hay algo dentro! Rehk giró la cabeza hacia él. Un instante. Apenas. Lo suficiente para que sus ojos —uno dorado, uno opaco— encontraran los de Sevrin. Y algo en su cara cambió. No fue comprensión. Fue reconocimiento. Como si ya lo supiera. —Doreth —dijo Rehk, la voz corta, urgente—. Suéltalo. Ahora. Doreth lo soltó. El brazo libre del Sinrostro se alzó de inmediato, buscando a Rehk, buscando a Celine, buscando cualquier cosa que pudiera golpear. No llegó a golpear nada. \--- Rehk soltó el torso. Dio un paso atrás. Uno solo. Y en ese paso, todo su cuerpo se tensó de una forma que Sevrin no había visto nunca. El Éter dorado se concentró. Denso. Brillante. En sus dos brazos. En sus dos puños. Por un instante, en medio del cuarzo roto y la sangre y el rugido de la criatura, Rehk pareció algo que no pertenecía a ese lugar. Algo más viejo. Algo más grande. Se lanzó. No fue un salto. Fue una embestida. El cuerpo entero convertido en un proyectil. Los dos puños por delante. Directo a la boca abierta del Sinrostro. Entró. \--- Los dientes irregulares se cerraron sobre sus hombros. Sobre sus brazos. Sobre parte de su espalda. La sangre brotó —sangre de Rehk, roja, real— y salpicó el cuarzo blanco. Rehk no se detuvo. Siguió empujando. Los pies clavándose en el suelo. El cuerpo entero arqueado en un esfuerzo que le estaba desgarrando los músculos de la espalda. Y sus manos, sus dos manos enormes, se cerraron sobre la masa pulsante del interior. Sobre las venas. Sobre los fragmentos de cuarzo y metal. Sobre el núcleo. —¡AHORA! —rugió Rehk. No fue una palabra. Fue un sonido. Un sonido que le salió de algún lugar más profundo que la garganta. Más profundo que los pulmones. Celine ya estaba en el aire. El salto la llevó por encima de Rehk. Por encima de los hombros ensangrentados. Las dos hojas curvas cayeron en un arco que Sevrin no llegó a seguir del todo. Directo a la masa pulsante. Directo a las venas. Directo a todo lo que Rehk estaba sosteniendo abierto con las dos manos. El primer corte abrió la masa por la mitad. El segundo la abrió otra vez, en el otro sentido. La criatura rugió. Un sonido que ya no tenía nada de húmedo ni de gutural. Un sonido roto. Agudo. El sonido de algo que se está apagando y no quiere apagarse. Y Rehk, con las dos manos todavía dentro, con los dientes todavía clavados en sus hombros, cerró los puños alrededor de lo que quedaba de la masa. Y tiró. \--- Salió. Todo salió. La masa pulsante. Las venas. Los fragmentos de cuarzo y metal. Y en el centro de todo, entre los dedos de Rehk, algo pequeño. Denso. Oscuro. Que no latía. Pero que tampoco estaba muerto. El Sinrostro se desplomó. No explotó. No se desintegró. Simplemente cayó. El cuerpo entero perdiendo la tensión de golpe. Los dos brazos que quedaban cayendo inertes a los costados. La boca del vientre abierta y vacía. Los dientes irregulares todavía húmedos de algo que ya no fluía. Silencio. \--- Rehk se quedó de pie un segundo más. El cuerpo entero cubierto de sangre. La suya y la de la criatura. Los hombros destrozados. Los brazos temblando. Y en las manos, apretado contra el pecho, el núcleo. Después cayó de rodillas. Después cayó de lado. —¡Rehk! Celine llegó antes que nadie. Las dos hojas ya envainadas. Las manos buscando el pulso. Buscando la respiración. Buscando cualquier señal de que el Leonin seguía vivo. Lo encontró. Débil. Irregular. Pero ahí. —Está vivo —dijo, y su voz, por primera vez desde que Sevrin la conocía, sonó quebrada—. Está vivo, pero necesita un sanador. Ya. \--- Vrass ya estaba corriendo hacia donde estaban los heridos. Doreth se acercó tambaleándose, un brazo colgando inútil, y se quedó mirando a Rehk en el suelo. La cara cubierta de polvo y sangre. Los ojos fijos en el núcleo que el Leonin todavía apretaba contra el pecho. —¿Qué es eso? —preguntó. Sin dirigirse a nadie en particular. Nadie respondió. Nadie sabía. \--- Sevrin se acercó despacio. Los pies pesados. El cuerpo entero dolorido. Tii en su hombro, sin moverse, sin hacer ningún sonido. Se agachó junto a Rehk. Junto a Celine. Y miró el núcleo. Era pequeño. Del tamaño de un puño cerrado. Oscuro. Casi negro. Con vetas que no brillaban pero que parecían moverse, apenas, cuando Sevrin lo miraba desde cierto ángulo. No latía. No respiraba. Pero estaba ahí. Denso. Pesado. Real. Y cuando Sevrin lo miró, sintió algo. No fue el tirón de la fruta. No fue el cosquilleo del lagarto. No fue el dolor del tejón. Fue algo más profundo. Más antiguo. Como si algo dentro de él, algo que llevaba ahí desde antes de llegar a ese mundo, reconociera lo que estaba viendo. Tii se tensó en su hombro. No dijo nada. No podía. Pero Sevrin sintió sus manos diminutas cerrarse sobre la tela de su chaqueta. Aferrándose. Como si supiera exactamente lo que estaba pasando. \--- —Sevrin —dijo Celine, sin levantar la vista de Rehk—. ¿Estás bien? Sevrin tardó un segundo en responder. —Sí —dijo, al final—. Estoy bien. Mentira. No estaba bien. No sabía qué era eso que acababa de sentir. No sabía por qué su cuerpo reaccionaba así. No sabía qué significaba. Pero no era el momento. Rehk estaba vivo. Zecoy estaba viva. El Sinrostro estaba muerto. Eso era lo que importaba. Eso era lo único que importaba. \--- Se levantó. Despacio. Y se giró hacia donde el resto del grupo seguía trabajando. Sacando heridos de entre los escombros. Cubriendo cuerpos. Buscando a los que todavía podían salvarse. Zecoy estaba de pie entre los restos. Cubierta de polvo. Un corte cruzándole la ceja. Las dos hojas todavía en las manos. Y cuando sus ojos encontraron los de Sevrin, algo en su cara se aflojó. Apenas. Lo suficiente para que él lo notara. No sonrió. No dijo nada. Pero se quedó mirándolo un segundo más de lo normal. Y eso, por ahora, era suficiente. \--- El núcleo seguía en las manos de Rehk cuando lo levantaron para llevarlo con los heridos. Nadie lo tocó. Nadie preguntó qué era. Nadie pareció darse cuenta de que era algo más que un fragmento de la criatura muerta. Solo Sevrin. Solo Sevrin lo miró mientras se lo llevaban. Y sintió, otra vez, ese algo profundo removiéndose dentro de él. Como un animal que despierta después de un sueño muy largo. Tii no se movió de su hombro en todo el camino de vuelta. Y Sevrin, por primera vez desde que había llegado a ese mundo, tuvo miedo de sí mismo.
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Estás leyendo el capítulo 56 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 15 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.