Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 50 online gratis en español
Nadie se movió durante el primer segundo entero.
Doce jóvenes, paralizados, viendo cómo el brazo de Bal desaparecía en esa boca imposible, el sonido húmedo de masticación mezclándose con algo que todavía intentaba ser un grito y ya no lo lograba.
Fenrik reaccionó primero.
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Se lanzó hacia la criatura sin ningún grito de guerra, el Éter concentrándose en sus puños con una densidad que Zecoy sintió antes de verla, un peso en el aire que le erizó el pelo de los brazos. El golpe cayó directo sobre uno de los brazos que sostenía a Bal.
No pasó nada.
La piel gris agrietada ni siquiera se marcó. El brazo de la criatura ni siquiera tembló.
—¡Otra vez! —gritó Yara, ya lanzándose también, un golpe tras otro cayendo sobre el mismo punto, sobre el cuello inexistente, sobre el torso, cada impacto sonando como un puño contra piedra sólida sin dejar ninguna marca visible.
La criatura ni siquiera pareció notarlos.
Siguió comiendo.
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—¡Concéntrate el golpe! —gritó Fenrik, la voz ya rota por el esfuerzo—. ¡Todo en un solo punto!
Yara apretó los dientes, el Éter reuniéndose en su brazo derecho con una densidad que Zecoy nunca había visto antes, algo casi visible, un temblor en el aire que se enroscaba alrededor de su puño como si fuera una segunda piel.
El golpe cayó donde debería haber estado la cara de la criatura.
Y por primera vez, algo cambió.
Un sonido salió de esa superficie lisa donde no había boca ni ojos, un chillido agudo, gutural, que no tenía ningún derecho a existir sin una garganta que lo produjera. La criatura se sacudió, un movimiento brusco, casi convulso, y por un instante, la mano que sostenía a Bal se aflojó lo suficiente.
Fenrik no dejó pasar la oportunidad.
Se lanzó, arrancó el cuerpo de Bal de esa mano con toda la fuerza que le quedaba, y retrocedió, cayendo de espaldas con el cuerpo entre los brazos.
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Zecoy vio la cara de Fenrik cuando bajó la vista hacia lo que sostenía.
No hizo falta que dijera nada.
Bal ya no respiraba. Los ojos, todavía abiertos, ya no veían nada.
—No —dijo Kessa, la voz quebrándose por completo, dando un paso hacia adelante que Tarek le impidió, sujetándola del brazo con una fuerza que ninguno de los dos sabía de dónde había sacado.
Fenrik depositó el cuerpo en el suelo con un cuidado que contrastaba brutalmente con todo lo que acababa de pasar, y se puso de pie, la mirada fija en la criatura, que ya empezaba a recomponerse del golpe, la superficie lisa de su rostro volviendo a quedar completamente inmóvil.
—Desolación —dijo Fenrik, casi para sí mismo, la palabra saliendo como una maldición—. Es de categoría Desolación.
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—¡Todos, retrocedan! —gritó Yara, girándose hacia el grupo—. ¡Salgan de aquí! ¡No podemos garantizar que vayamos a ganar esto!
Nadie se movió al principio.
—¡AHORA! —rugió Fenrik.
Algunos empezaron a retroceder, arrastrando consigo a los más jóvenes, pero un grupo pequeño se quedó exactamente donde estaba, las armas todavía en alto, los ojos fijos en el cuerpo de Bal tendido sobre el cuarzo.
—No —dijo uno de ellos, la voz temblando pero firme—. No lo vamos a dejar así. No nos vamos a ir.
—¡No entienden lo que están viendo! —gritó Yara, desesperada—. ¡Esto no es como los niveles anteriores!
—¡No nos importa!
Zecoy sintió las manos temblarle alrededor de sus propias hojas, el instinto empujándola en dos direcciones opuestas al mismo tiempo: correr, o quedarse.
No llegó a decidir cuál de las dos.
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La criatura se movió.
No hacia los instructores. Hacia el grupo entero, un paso pesado que hizo vibrar el suelo de cuarzo bajo sus pies, y de entre las formaciones rotas, más movimiento: las criaturas pequeñas y robustas del principio, las que se habían retirado sin sonido, volviendo ahora en un número mucho mayor que antes, docenas, saliendo de grietas que Zecoy no había notado hasta ese momento.
Una de ellas pasó demasiado cerca del monstruo grande.
La mano se cerró sobre ella sin ninguna intención aparente, casi por reflejo, y la llevó hacia la boca del vientre.
La criatura pequeña explotó antes de llegar a los dientes.
No fue una explosión de sangre ni de carne. Fue algo más parecido a la roca reventando bajo presión, fragmentos de cuarzo y algo oscuro, viscoso, saltando en todas direcciones, salpicando el suelo, las piernas de los que estaban más cerca, el aire llenándose por un instante de un polvo fino que picaba al respirarlo.
El monstruo se sacudió, el chillido agudo de antes repitiéndose, más corto esta vez, y siguió avanzando como si nada hubiera pasado.
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—¡Cuidado! —gritó Tarek, la voz deformada por el pánico hasta sonar casi irreconocible—. ¡Vienen hacia nosotros!
Las criaturas pequeñas ya estaban encima del grupo, docenas contra doce, y no hubo más tiempo para decidir nada.
Zecoy se lanzó hacia la más cercana, el Éter ya corriéndole por los brazos sin que tuviera que pedírselo, cortando, esquivando, sin ningún plan más allá de mantenerse viva y mantener con vida a quien tuviera al lado.
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Fenrik y Yara se lanzaron juntos contra el monstruo grande, coordinados de una forma que solo se consigue después de años peleando espalda con espalda.
—¡Zarpazo Solar! —gritó Fenrik, y el Éter en sus dos brazos se encendió con una densidad casi visible, un brillo tenue, dorado, que le recorrió los puños hasta las muñecas.
Saltó, girando en el aire, el golpe cayendo en arco directo sobre el mismo punto donde Yara ya había golpeado antes, sumando fuerza sobre fuerza, y esta vez la superficie lisa del rostro inexistente se agrietó, una línea fina abriéndose donde el golpe había caído.
Yara aprovechó la grieta, hundiendo su propio golpe justo ahí, ensanchándola.
El monstruo rugió, un sonido que ya no tenía nada de gutural ni de extraño: sonaba, simplemente, a dolor real.
Retrocedió un paso, dos, sacudiendo los cuatro brazos en direcciones erráticas, uno de ellos golpeando el suelo con tanta fuerza que una grieta se extendió varios metros entre el cuarzo.
Fenrik y Yara no le dieron tregua, atacando otra vez, y otra, el sonido de sus golpes mezclándose con los gritos del resto del grupo, con el crujido de cuarzo rompiéndose, con el chillido constante de las criaturas menores cayendo una tras otra bajo las hojas de doce jóvenes que ya no tenían tiempo de pensar en nada más que en el siguiente golpe.
Zecoy no supo cuánto tiempo pasó.
Solo supo que, en algún momento, dejó de contar cuántas veces había estado a punto de morir, y simplemente siguió peleando, la imagen de Bal tendido sobre el cuarzo ardiéndole detrás de los ojos cada vez que parpadeaba.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 50
Estás leyendo el capítulo 50 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 9 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.