Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 44 online gratis en español
Bajar fue peor de lo que Sevrin había imaginado.
La cuerda se le clavaba en las manos a cada tramo, el peso del cuerpo tirando hacia abajo con una insistencia que los brazos apenas podían sostener, y la oscuridad se lo tragaba todo tan por completo que en algún momento dejó de ver a los demás del todo, guiándose solo por el roce de otras cuerdas cercanas y el sonido lejano de metal chocando contra piedra.
Y entonces, de golpe, hubo luz.
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Tocó el suelo con las piernas temblando, y cuando levantó la vista, se quedó completamente quieto.
No era lo que había imaginado.
Sevrin había pasado el descenso entero preparándose mentalmente para algo parecido a lo que había visto en películas de su mundo: piedra húmeda, antorchas parpadeantes, sombras alargándose en todas direcciones. Algo viejo. Algo que se sintiera como una tumba.
Esto no era nada de eso.
Las paredes eran de un material cristalino, translúcido, que emitía una luz propia, azulada, uniforme, iluminando el espacio entero con una claridad casi artificial. El techo se perdía en la altura, tan lejos que Sevrin no conseguía distinguir dónde terminaba. Y el espacio en sí era enorme, tan enorme que la vista se le perdía antes de encontrar una pared al fondo, como si estuviera parado en medio de un valle y no en el interior de la tierra.
«Esto no puede ser real», pensó. «Esto no debería existir.»
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El espacio estaba completamente vacío. Ni un solo rastro de movimiento, ni una sola criatura, solo la inmensidad silenciosa del cuarzo azulado extendiéndose en todas direcciones. El grupo avanzó con cautela de todas formas, Rehk a la cabeza, la espada ya desenvainada.
Sevrin notó los cristales cuando ya habían caminado un buen trecho: incrustados en el suelo, cerca de donde habían bajado, parpadeando en un ritmo lento, encendiéndose y apagándose como algo que respiraba.
—¿Qué son esos? —preguntó, señalando.
Voren, cerca de él, siguió su mirada.
—Barreras —dijo—. Evitan que lo que vive aquí abajo pueda subir. Cada piso tiene las suyas. Cuanto más profundo, más fuertes tienen que ser los cristales para contener lo que hay.
—¿Y qué las hace funcionar?
—No lo sé —admitió Voren, con una honestidad que a Sevrin le sorprendió—. Nadie de los que conozco lo sabe. Estaban aquí desde antes de que existiera la ciudad.
Sevrin asintió, aunque la respuesta le dejara más preguntas que las que tenía antes de hacerla, y siguió caminando, tratando de asimilar la escala de todo lo que tenía alrededor.
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Al fondo del espacio, en el centro, había otro hueco.
Un pozo, más pequeño que la boca por la que habían entrado, pero igual de oscuro, igual de silencioso, rodeado por más de esos cristales azulados que parpadeaban sin ritmo aparente.
Rehk no se detuvo a analizarlo.
Se lanzó directamente, sin ninguna cuerda esta vez, cayendo hacia la oscuridad con una confianza absoluta en su propio cuerpo, y el resto del grupo lo siguió casi de inmediato, uno tras otro, sin darle a Sevrin más opción que hacer lo mismo antes de quedarse completamente solo.
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La caída fue corta, más de lo que esperaba, y cuando sus pies tocaron el suelo, la oscuridad lo envolvió por completo, densa, absoluta, hasta que sus ojos empezaron a distinguir algo distinto en el aire: calor. Un calor seco, pesado, que no tenía nada que ver con el frío húmedo del piso anterior.
Alguien encendió una antorcha.
Y Sevrin volvió a quedarse sin palabras.
Arena. Kilómetros de arena, hasta donde alcanzaba la vista, ondulada en dunas bajas que se perdían en una oscuridad que ya no era la de una cueva, sino la de un cielo nocturno sin estrellas, extendiéndose hacia arriba en una altura que no tenía ningún sentido para algo que se suponía estaba bajo tierra.
—Esto no es posible —dijo Sevrin, en voz alta, sin poder contenerse—. Esto no puede estar bajo tierra. El tamaño no—
—No preguntes cómo —dijo Doreth, sin mirarlo, ya escaneando el horizonte con los ojos entrecerrados—. Nadie tiene una respuesta que valga la pena escuchar.
Sevrin cerró la boca, aunque la pregunta siguiera dándole vueltas, absurda, imposible, junto con todas las demás preguntas que nunca terminaba de responderle del todo.
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El ataque llegó sin ningún aviso.
La arena, unos metros por delante, se abrió de golpe, y de ella emergieron formas alargadas, gruesas como troncos, la piel segmentada en anillos oscuros, sin ojos visibles, solo una boca circular llena de hileras de dientes pequeños y afilados que se abría y cerraba con un chasquido húmedo.
Gusanos. Enormes. Al menos seis, saliendo de la arena en direcciones distintas, lanzándose hacia el grupo con una velocidad que desmentía por completo su tamaño.
Sevrin retrocedió, el corazón desbocado, buscando algo con qué defenderse.
No hizo falta.
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Rehk se movió antes de que el primer gusano llegara a completar su ataque.
No fue un movimiento largo. Fue corto, brutal, la espada enorme trazando un arco que Sevrin apenas alcanzó a seguir con la vista, y el gusano más cercano se partió en dos limpiamente, la mitad delantera cayendo sobre la arena con un golpe sordo.
Pero eso no fue lo que dejó a Sevrin sin aire.
El impacto del golpe generó algo más: una onda, invisible pero real, que Sevrin sintió pasar junto a él como un viento sólido, y los gusanos que todavía no habían llegado —tres, cuatro, mucho más atrás de donde Rehk había golpeado— simplemente explotaron, sus cuerpos desgarrándose desde dentro, arena y algo oscuro salpicando en todas direcciones antes de que llegaran a acercarse a menos de diez metros del grupo.
Silencio.
Solo quedaba un gusano, el último, deteniéndose a mitad de su ataque, como si su instinto —lo que fuera que tuviera en lugar de un cerebro— le estuviera gritando que huyera.
No llegó a intentarlo.
Rehk cruzó la distancia en un solo paso, la espada cayendo una vez más, y el gusano quedó partido en el suelo, inmóvil, junto a los restos de los demás.
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—Sigan avanzando —dijo Rehk, sacudiendo la espada una vez para limpiarla, la voz tan tranquila como si acabara de espantar a un insecto molesto—. Todavía no hemos llegado a nada.
Sevrin se quedó mirando los restos esparcidos por la arena, después a Rehk, que ya caminaba hacia adelante sin ninguna prisa, el bastón todavía colgado del cinturón junto a la espada, como si esa masacre no le hubiera costado ni un poco de esfuerzo real.
«Eso no fue una pelea», pensó Sevrin, tragando saliva. «Fue una demostración de lo que hace falta para que esto le cueste algo.»
Y si eso era lo que Rehk hacía sin esfuerzo, contra criaturas que ni siquiera habían llegado a tocarlo, Sevrin no quería imaginarse qué tipo de cosa había sido capaz de arrancarle un brazo y un ojo al instructor que llegó arrastrándose hasta la puerta de la ciudad.
Apretó los puños, y siguió caminando detrás del grupo, hacia la oscuridad sin estrellas de un cielo que no debería existir bajo tierra.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 44
Estás leyendo el capítulo 44 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 9 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.