Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 41 online gratis en español
—¡Denle espacio! —gritó alguien, y por un momento el círculo de gente alrededor del instructor herido se apretó todavía más, en vez de abrirse.
El instructor —Sevrin no recordaba su nombre, si es que alguna vez lo había escuchado— intentó incorporarse a medias, apoyado en el único brazo que le quedaba, la boca abriéndose para decir algo que se perdió entre el ruido de una docena de voces preguntando todas a la vez.
—¡Cállense! —La voz cortó el caos de golpe, grave, autoritaria—. ¡Dejen que hable, por todos los espíritus!
El silencio cayó tan rápido como había estallado el griterío.
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El instructor tosió, un sonido húmedo que a Sevrin le revolvió el estómago, y habló con una voz apenas audible, cada palabra costándole visiblemente un esfuerzo que parecía estar consumiendo lo poco que le quedaba.
—Todo... todo iba bien —dijo—. No hubo ningún problema. Los primeros niveles del calabozo... nada que los chicos no pudieran manejar. Decidimos bajar más.
—¿Por qué? —preguntó alguien, la voz quebrada.
—Porque no era un reto —dijo el instructor, y algo parecido a una sonrisa amarga le cruzó la cara destrozada—. Los monstruos de siempre. Los mismos de todos los años. Quisimos que la Travesía significara algo esta vez. Bajamos más.
Se detuvo, respirando con dificultad.
—Y había un grupo —dijo, al fin—. Ahí abajo. Esperando.
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El murmullo se extendió como agua derramada, cada persona repitiendo la frase a la de al lado, hasta que alguien, más atrás, dijo algo que hizo que el murmullo se cortara de golpe.
—Ese monstruo —dijo una mujer mayor, la voz temblando—. La descripción... es uno de los que atacó Bren hace quince años.
—¿Qué hace algo así aquí? —preguntó otro, dando un paso atrás sin darse cuenta—. Eso no debería estar en un calabozo de iniciación. Eso no debería estar en ningún lado cerca de la ciudad.
—Es de categoría Desolación —dijo un tercero, casi en un susurro, como si decir el nombre en voz alta pudiera invocar algo—. Yo estaba ahí, hace quince años. Vi lo que le hizo a Bren. No quedó nada. Ni las casas, ni la gente, ni el suelo donde estaba parado.
El pánico se extendió por la multitud como fuego sobre hojas secas: gente retrocediendo, madres apretando a sus hijos contra el pecho, alguien empezando a llorar en voz baja cerca de la puerta.
Sevrin no entendía del todo qué significaba "categoría Desolación", pero no necesitaba entenderlo para sentir el miedo genuino que la palabra provocaba en todos los que la escuchaban.
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—¡Basta!
Rehk apareció entre la multitud, abriéndose paso sin necesidad de empujar a nadie —la gente se apartaba sola en cuanto lo veía acercarse—, el bastón golpeando el suelo con cada paso, aunque esta vez el golpe sonaba distinto, más urgente.
El pánico se apagó, no del todo, pero lo suficiente para que el silencio volviera a instalarse.
El instructor, en el suelo, ya apenas mantenía los ojos abiertos.
—Llévenlo con los curanderos —dijo Rehk, sin levantar la voz, aunque todos lo escucharon de todas formas—. Ahora.
Dos guardias lo levantaron con cuidado, y el instructor perdió el conocimiento justo cuando lo alzaban, la cabeza cayendo hacia un lado, inerte.
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Rehk se giró hacia Ashan.
El anciano lo miraba desde donde estaba, junto a Sevrin, y por primera vez desde que Sevrin lo conocía, algo en su postura se quebró: los hombros caídos, la cabeza inclinándose, apenas, hacia adelante.
—Sálvalos —dijo Ashan, la voz más baja de lo que Sevrin la había escuchado nunca—. Por favor.
Rehk lo miró un momento, y algo parecido a la ternura, tan fuera de lugar en esa cara llena de cicatrices, le cruzó los ojos.
—No hacía falta que lo dijeras —respondió, simplemente—. Iba a ir de todas formas.
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No tardó más de unos minutos.
Sevrin observó, todavía aturdido, cómo un grupo pequeño se reunía junto a Rehk —Celine, las dos hojas curvas ya en las manos; Doreth, cargando algo que parecía más un ariete que un arma; Vrass, ajustándose un carcaj a la espalda con movimientos rápidos y precisos— todos ya serios, todos ya preparados, como si hubieran estado esperando esta llamada desde hacía tiempo sin decirlo en voz alta.
Y entonces trajeron las armaduras.
No se parecían a nada que Sevrin hubiera imaginado. No eran placas rígidas superpuestas como las que había visto en las ilustraciones de su propio mundo. Eran piezas curvas, ajustadas al cuerpo, con aberturas específicas para las colas y espacios articulados en los hombros que permitían el movimiento completo de los brazos. El cuero, endurecido por algún proceso que Sevrin no conocía, se combinaba con placas de metal más pequeñas, dispuestas en los puntos donde más importaba la protección: el pecho, los antebrazos, la parte alta de los muslos.
La de Rehk era distinta a las demás.
Más pesada, con grabados que recorrían cada placa —los mismos símbolos que Sevrin había visto en las puertas de la ciudad—, brazaletes gruesos en ambos antebrazos, y una capa corta, de un rojo oscuro casi negro, sujeta a los hombros con broches en forma de garra.
Y la espada.
Cuando alguien se la entregó, Sevrin entendió, de golpe, por qué Rehk entrenaba con un simple bastón de madera.
La hoja era enorme, casi tan larga como el propio Rehk era alto, ancha, pesada, con un filo que reflejaba la luz de los faroles nuevos en un brillo frío. Ningún otro Leonin en el grupo cargaba nada ni remotamente parecido.
Rehk la sostuvo con una sola mano, sin ningún esfuerzo visible, y la aseguró en su espalda con la misma calma con la que hubiera guardado el bastón.
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—Nos vamos ya —dijo, mirando a su pequeño grupo—. Sin esperar al amanecer.
Nadie discutió.
Sevrin se quedó ahí, en medio de todo, viendo cómo se organizaban, cómo Voren llegaba corriendo con un pequeño grupo de guardias adicionales, cómo Ashan se quedaba de pie, inmóvil, mirando hacia la puerta por donde en cuestión de minutos su nieta debería haber cruzado, sonriendo, quejándose de que tardaron demasiado en recibirla.
En cambio, la puerta se abría para que otros salieran a buscarla.
Y Sevrin, parado ahí, sintió algo que todavía no sabía nombrar del todo, creciendo en su pecho con una urgencia que no le daba tregua.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 41
Estás leyendo el capítulo 41 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 9 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.