Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 40 online gratis en español
Los días antes de la partida, Sevrin los pasó sentado en el mismo rincón del campo de entrenamiento, intentando sentir algo que Zecoy le había explicado con una paciencia sorprendente para alguien que normalmente no se quedaba quieta ni dos minutos.
—No lo busques con los ojos —le había dicho, la primera tarde, sentada frente a él sobre el pasto—. Búscalo con... no sé. Con lo de adentro. Todos lo sentimos desde que nacemos. Tú deberías poder sentirlo también, aunque sea un poco.
Sevrin cerró los ojos, como había hecho ya demasiadas veces esos días, y trató de encontrar algo parecido a lo que había visto salir del cuerpo de Rehk: esa densidad, ese temblor apenas visible en el aire.
Al principio, nada. Solo la sensación tonta de estar sentado en un campo, concentrándose en absolutamente nada, mientras una chica con orejas de gato lo miraba con una mezcla de diversión y paciencia.
Al tercer día, algo cambió.
Fue apenas un cosquilleo, en el centro del pecho, como una respiración que no usaba los pulmones. Sevrin abrió los ojos de golpe, sorprendido, y por un instante sintió el cuerpo entero más ligero, como si hubiera dejado de cargar un peso que ni siquiera sabía que llevaba encima.
Duró poco. Un minuto, quizás menos, antes de que el cansancio le cayera encima de golpe, las piernas pesadas, la cabeza espesa, como si hubiera corrido varios kilómetros sin moverse del sitio.
—Eso es Éter —dijo Zecoy, con una sonrisa amplia—. Bienvenido al club.
—Se siente como si me hubiera desmayado un poco.
—Se siente así al principio. Con el tiempo, cuesta menos.
Sevrin lo intentó de nuevo, cada tarde, con resultados parecidos: un cosquilleo, una ligereza breve, y después el mismo cansancio pesado, como una resaca sin haber bebido nada. Nunca llegó mucho más lejos que eso. Pero tampoco dejó de intentarlo.
El día de la partida llegó más rápido de lo que Sevrin hubiera querido.
La ciudad entera pareció volcarse hacia la puerta principal esa mañana: familias enteras, niños sentados sobre los hombros de sus padres, ancianos apoyados en bastones parecidos al de Rehk, todos reunidos para despedir al grupo que se iba.
Eran doce esta vez, contó Sevrin, más que el grupo de Mirei. Cada uno vestido de forma distinta, según su propia forma de pelear: algunos con placas de cuero endurecido cubriéndoles el pecho y los hombros, otros con protecciones de acero más pesadas en los brazos y las piernas, unos pocos casi sin armadura, confiando en la velocidad más que en la defensa. Las armas eran igual de variadas: lanzas cortas, hachas de mano, un par de arcos, y en el caso de Zecoy, sus dos hojas curvas, envainadas a los costados de su cinturón, junto a la cuerda y las bolsas de siempre.
La encontró entre la multitud, rodeada de gente que le tocaba el hombro, le decía algo al oído, le sonreía con esa mezcla de orgullo y miedo que Sevrin ya reconocía en cualquier despedida importante.
—Oye —dijo, acercándose.
Zecoy se giró, y por un segundo, antes de que la sonrisa de siempre volviera a su cara, Sevrin le vio algo distinto en los ojos. Nervios reales, no la energía nerviosa de siempre.
—No te vayas a morir por ahí, forastero —dijo, dándole un golpe en el hombro que le salió más suave de lo habitual.
—Ese consejo debería ser para ti, no para mí.
—Yo sé cuidarme. —Se encogió de hombros, aunque el gesto no le salió tan seguro como pretendía—. Cuando vuelva, más te vale seguir aquí. No hice todo este esfuerzo de traerte hasta la ciudad para que te fueras justo cuando yo vuelva.
—Aquí estaré.
Tii voló hasta el hombro de Zecoy, se quedó un momento, y le tocó la mejilla con la mano diminuta, el mismo gesto de siempre.
Zecoy la miró, y esta vez no preguntó qué hacía. Solo sonrió, algo tembloroso, y le devolvió el gesto con un dedo, tocándole la cabeza con un cuidado que a Sevrin le sorprendió un poco.
—Cuídalo —le dijo a Tii, en voz baja—. Ya sabes cómo es. Se mete en problemas si nadie lo vigila.
Después se dio la vuelta, se acomodó el morral, y caminó hacia el resto del grupo sin mirar atrás, la cola erguida, la espalda recta, toda la inseguridad de hacía un momento guardada donde nadie más pudiera verla.
Las puertas se abrieron. El grupo salió, entre gritos de ánimo y algún llanto contenido, y se perdió poco a poco entre los árboles, camino al calabozo del que nadie hablaba con demasiado detalle.
Esa noche, de vuelta en su cuarto, Sevrin se sentó en el borde del catre y se quedó mirando el morral que ya tenía medio armado desde hacía días.
«Cuando ella vuelva», pensó, «yo ya no debería estar aquí. Se supone que me quedaba unos días. Ya pasaron más que unos días.»
Empezó a guardar lo poco que le faltaba —la fruta seca, el odre, la talla de madera, el fragmento envuelto en tela— cuando alguien golpeó la puerta, esta vez con los nudillos, no con el pie.
Era Ashan.
—¿Te vas? —preguntó el anciano, mirando el morral a medio cerrar.
—Pensé que debía. Ya me quedé más de "unos días".
Ashan entró, sin esperar invitación, y se sentó en el único taburete del cuarto con el mismo esfuerzo lento de siempre.
—Me gustaría que te quedaras unos días más —dijo, sin rodeos—. Hasta que Zecoy vuelva, al menos.
Sevrin lo miró, sorprendido.
—Pensé que querías que me fuera lo antes posible.
—Y quería —admitió Ashan—. Pero hasta ahora no has demostrado ninguna mala intención. Ni una. Y le caes bien a mi nieta, lo cual, para tu información, no es poca cosa. Nunca había traído a nadie hasta mi puerta antes de ti.
Se quedó un momento en silencio, la mirada fija en algún punto de la pared.
—Quiero que esté ahí cuando vuelva —dijo, finalmente—. Alguien que la conozca, que no sea solo yo o el resto del Consejo esperándola con la misma cara seria de siempre. Creo que le haría bien.
Sevrin se quedó pensando la propuesta un momento, mirando el morral a medio armar.
—Está bien —dijo, al final—. Me quedo hasta que vuelva.
Ashan asintió, se puso de pie, y le apoyó la mano en el hombro un segundo antes de irse, sin agregar nada más.
Los días siguientes pasaron distinto a los anteriores.
Sin Zecoy arrastrándolo de un lado a otro, Sevrin encontró un ritmo más tranquilo, casi doméstico: practicaba Éter por las tardes, cada vez aguantando un poco más antes de que el cansancio lo tumbara; caminaba por el mercado, ya reconocido por varios de los puestos; se sentaba con Ashan a tomar té frío en el balcón, sin que ninguno de los dos necesitara llenar todos los silencios con palabras.
Y Tii, en todo ese tiempo, no se apartó de él ni un segundo.
Lo seguía a todas partes, literalmente. Al mercado. Al campo de entrenamiento. A la casa de Ashan. Incluso —y esto fue lo que más le costó a Sevrin, sobre todo la primera vez— intentó seguirlo al pequeño cuarto de baño anexo a su habitación, volando directo hacia la puerta justo cuando Sevrin la estaba cerrando.
—¡No! —dijo, cerrando de golpe, la puerta atrapando apenas la punta de un ala antes de que Tii retrocediera, indignada, chillando algo desde el otro lado.
—¡Es un momento! —le gritó Sevrin, a través de la madera, sintiéndose absurdo por tener que explicarle privacidad a una criatura del tamaño de su mano—. Dame un minuto.
Ella se quedó ahí, pegada a la puerta, haciendo ruido cada tanto, hasta que Sevrin salió y volvió a subirse a su hombro como si nada hubiera pasado, aunque con una expresión que a él le pareció, sin ninguna duda, ofendida.
Después de la tercera vez, dejó de sorprenderle. Simplemente aprendió a cerrar la puerta más rápido.
La ciudad empezó a cambiar de aspecto unos días después.
Guirnaldas de tela, tejidas con hilos de colores que Sevrin no había visto usar hasta entonces, empezaron a colgar entre los troncos y las plataformas. Faroles nuevos, más grandes que los habituales, se instalaron cerca de la puerta principal. Alguien pintó, con cuidado, un mural improvisado cerca de la entrada: doce siluetas, cada una con un arma distinta, bajo un cielo con dos soles y dos lunas.
—Vuelven esta noche —le dijo Ashan, la tarde en que los últimos faroles quedaron instalados—. Si todo va según lo esperado.
Sevrin sintió algo parecido al alivio, mezclado con unos nervios que no esperaba sentir con tanta fuerza.
Esa noche, la ciudad entera se reunió otra vez junto a la puerta.
Los faroles nuevos iluminaban el camino de entrada con un resplandor cálido, casi festivo. Alguien había preparado comida, dispuesta sobre mesas largas cerca de la muralla, aunque nadie parecía tener demasiado apetito, todos con la vista fija en el bosque oscuro más allá de las puertas abiertas.
Pasó una hora.
Después otra.
Los murmullos empezaron a cambiar de tono, la esperanza inicial diluyéndose en un nerviosismo que nadie quería nombrar en voz alta.
—Seguro están descansando cerca —dijo alguien, no muy convencido—. Después de una semana ahí abajo, cualquiera querría dormir antes de cruzar la puerta.
—Eso es —dijo otro, agarrándose a la idea con más fuerza de la necesaria—. Descansando. Nada más.
Sevrin no dijo nada. Se quedó junto a la puerta, Tii en su hombro, mirando la oscuridad del bosque con la misma intensidad que todos los demás.
Pasaron más horas.
La comida de las mesas largas se quedó casi intacta. Los niños, que al principio habían corrido de un lado a otro emocionados, empezaron a quedarse dormidos en los brazos de sus padres, uno por uno. Los faroles nuevos seguían ardiendo, pero ya no parecían festivos. Solo parecían encendidos por si acaso, por si en cualquier momento el grupo cruzaba esa puerta y necesitaba ver el camino.
Sevrin sintió el sueño pesándole en los párpados, pero no se movió del sitio. Quería estar ahí cuando Zecoy cruzara la puerta. Se lo había prometido, aunque fuera solo a sí mismo.
Tii se quedó dormida primero, en algún momento que Sevrin no llegó a notar del todo, el peso diminuto y cálido acomodándose contra su pecho. La sostuvo con un brazo, con cuidado, y con el otro se cerró la chaqueta alrededor de los dos, improvisando algo parecido a una manta.
Se quedó así, medio sentado contra la muralla, luchando contra el sueño, los ojos ardiendo de cansancio, esperando.
Fue un grito el que lo despertó de golpe, mucho después, cuando ya el cielo empezaba a mostrar los primeros indicios de un amanecer gris.
—¡Abran paso! ¡Necesitamos un sanador, ya!
Sevrin se puso de pie de un salto, Tii despertando también, sobresaltada, aferrándose a su hombro.
Varios guardias entraban por la puerta principal, cargando entre varios a alguien —uno de los instructores que había salido con el grupo, Sevrin lo reconoció vagamente— en un estado que le revolvió el estómago apenas lo vio con claridad bajo la luz de los faroles.
Le faltaba un brazo completo, cortado a la altura del hombro. Alguien había intentado detener la hemorragia con vendas apretadas alrededor de la herida, pero estaban empapadas de sangre seca y fresca a la vez. Un lado de su cara también estaba destrozado: el ojo, simplemente, ya no estaba, y la cuenca vacía estaba cubierta apenas por un trapo sucio que alguien le había atado alrededor de la cabeza en algún punto del camino.
Respiraba, pero con un sonido húmedo e irregular que no sonaba a nada bueno.
La gente que quedaba despierta cerca de la puerta retrocedió, algunos tapándose la boca, otros simplemente quedándose paralizados, incapaces de moverse o de hablar.
Sevrin sintió a Tii temblar contra su cuello.
Nadie preguntó todavía por el resto del grupo.
Nadie se atrevía.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 40
Estás leyendo el capítulo 40 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.