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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 4 online gratis en español

Cuando volvió a entrar al refugio, ya casi no había luz de la madrugada en su cabeza. Solo cansancio y una pregunta clavada como el metal que acababa de encontrar. El metal seguía ahí, entre las raíces. No lo había tocado. No estaba seguro de querer saber qué era. No había dormido nada. Y aún así se sentía con fuerzas. Quizás era la adrenalina. Sus ojos le dolían, pero nada que no pudiera manejar. Revisó su ropa. Aún húmeda. Su estómago rugió, un quejido profundo que parecía una protesta desde dentro. No había comido nada. —Vale —se dijo—. Comida. Primero comida. Decidió adentrarse en el bosque, solo unos metros, buscando algo que llenara el estómago vacío. La flora del lugar seguía asombrándolo a cada paso: hojas que se enrollaban sobre sí mismas como caracoles de cristal, otras que brillaban en la penumbra con un tenue resplandor verde, como enfermas de luz. Vio frutas raras, de colores que no reconocía, formas que no se parecían a nada de un mercado, algunas con una piel tan brillante que parecían joyas colgando de las ramas. —No comas eso —se dijo—. No comas nada que brille. Alzó la mirada hacia las copas, buscando a las criaturas de ayer. Nada. Caminó, miró otra vez. Nada. Empezó a sentir una frustración leve. Ayer estaban por todas partes. Estuvo deambulando mucho tiempo, sus pies hundiéndose en la tierra blanda, enredándose en raíces que asomaban como dedos. No encontró nada. Decidió regresar. Su estómago sonaba con tanta fuerza que parecía que alguien golpeaba una puerta desde adentro. Y entonces lo vio. Uno de los guerreros. Solo. Por un instante su corazón se aceleró, pensando que era ella. La de la madrugada, la de los ojos de ámbar. Pero no. Era el mismo que se había plantado entre los dos la noche anterior, la armadura gris, las alas de un gris plomizo tenue como humo detenido, la mirada fría. El guerrero voló detrás de un árbol y volvió con una fruta anaranjada entre los brazos. Descendió, se quedó a unos metros de altura, y la lanzó al suelo, sin acercarse más, sin gesto amable, como quien cumple una tarea. Sevrin dudó. Miró la fruta. Miró al guerrero, que seguía ahí, flotando, con esa mirada fría. —¿Por qué me das de comer si me mirás así? —dijo, en voz baja. El guerrero no respondió. No hizo ningún gesto. Solo esperó. El hambre pudo más que la duda. Sevrin la recogió, redonda, de un naranja intenso, caliente al tacto, y le dio un mordisco delante de él. Dulce. Caliente. El guerrero lo observó sin parpadear, y después se elevó lentamente y desapareció entre las ramas. Sin despedida. Sevrin no apartó la mirada del lugar donde se había ido. Se quedó unos segundos más, con una pequeña esperanza. —Quizás... —murmuró. Quizás ella también aparecería. Esperó. Unos segundos más. Nada. Se quedó solo, masticando, con una sensación rara en el pecho. No era la misma calidez que había sentido con ella. Esto era distinto. Más frío. —Gracias —dijo al aire, por si acaso—. Supongo. Regresó al refugio. Su ropa ya estaba seca. Se vistió, y la tela le rozó la piel como si se sintiera de nuevo él mismo. —Si no me atacó... quizás no todos son peligrosos. Se adentró otra vez en el bosque, esta vez con más seguridad, buscando las frutas anaranjadas que colgaban de las ramas más altas. Intentó trepar un árbol de tronco liso, sin ramas bajas. Se agarró, subió un poco, resbaló, cayó sobre las hojas blandas. —Mierda. Lo intentó otra vez. Cayó otra vez. —Vamos... vamos... Una tercera vez. Nunca llegó ni a los dos metros. Probó con otro árbol. El mismo resultado. Se rindió, frustrado, sacudiéndose las hojas de la ropa. —No soy un maldito mono —masculló. Siguió caminando. El terreno se inclinaba, las raíces se hacían más gruesas. Vio un animal raro, cuerpo redondo, cola larga como un plumero, que salió corriendo apenas lo vio. —Sí, huye —dijo—. Yo haría lo mismo. Los árboles se separaban más adelante y la luz entraba con más fuerza; a lo lejos, una montaña cubierta de árboles oscuros. —Si subo a algún lugar alto... Caminó hasta que el sol grande empezó a inclinarse. No encontró nada. Regresó, los hombros caídos, ya sin mirar hacia arriba. Sabía que no iba a verla. Casi llegaba al refugio cuando, sin saber por qué, giró la cabeza hacia la izquierda. Como si alguien lo hubiera llamado en silencio. Y ahí estaba. Ella. Flotando entre dos arbustos, sola, sus hojas verdes atadas con hilos, el cabello castaño sobre los hombros, las alas cambiando de color. Sevrin se quedó paralizado. Su corazón dio un vuelco. Ella empezó a volar hacia él, despacio, con esfuerzo, trayendo entre los brazos una fruta anaranjada. Sus alas batían con más fuerza de lo normal, su cuerpo se inclinaba hacia un lado, como si la fruta pesara el doble para ella. Sevrin recordó cómo volaba antes: rápida, ligera, como una pluma llevada por el viento. Ahora cada aleteo parecía un esfuerzo. Se acercó hasta quedar a un metro de su cara y extendió los brazos. La fruta cayó; él casi no la atrapó, tuvo que lanzarse hacia adelante y cerrar los dedos sobre la piel caliente justo a tiempo. Ella se sobresaltó, dio un pequeño salto hacia atrás en el aire, sus alas agitándose más rápido por un instante. Se miraron. Ella bajó la vista a la fruta intacta en sus manos, y sus hombros diminutos se relajaron. Sevrin le dio un mordisco delante de ella. Dulce. Caliente. El jugo le escurrió por la barbilla. —Está buena —dijo, con la boca llena—. Gracias. Y entonces ella sonrió. Pequeña. Casi invisible. Pero Sevrin la vio. Sus ojos de ámbar se iluminaron. Le costó cargar una fruta solo para dármela, pensó. Eso significa algo. No sé qué. Pero significa algo. Ella giró en el aire, sus alas brillaron una última vez, y voló más rápido que antes, perdiéndose entre las hojas de un árbol grande. Sevrin se quedó ahí parado, con la fruta a medio comer en la mano, sin miedo ni tranquilidad, sino esa cosa rara que no podía explicar. Volvió al refugio. El cansancio ya era demasiado. Se sentó en el suelo de hojas, apoyó la espalda en la pared de ramas, la fruta a medio terminar cerca. No había dormido nada en toda la noche, y detrás de la adrenalina que se apagaba quedaba un cansancio de esos que duelen en los huesos. —Solo un momento... —se dijo. Y se hundió en el sueño sin darse cuenta. Soñó con su casa. Con el sonido de la guitarra de Nico. Con el olor a suavizante barato. Con la nota en la nevera. Podía oler el suavizante barato del sofá. Podía oír a Nico fallar la misma nota. Podía sentir el calor del café entre las manos. Y por un segundo, en el sueño, todo estaba bien. Luego, sin transición, agua. Fría. Azul. Infinita. Cuando abrió los ojos, la luz era distinta. Más dorada. Había dormido, aunque no sabía cuánto. Y entonces la vio. Acostada de lado, a unos centímetros de su cara, sobre el mismo colchón de hojas. Sus alas irisadas plegadas contra la espalda, quietas. Sus ojos de ámbar cerrados. Su pecho diminuto subiendo y bajando con una respiración lenta. Dormía. Sevrin no sintió miedo. Solo una sorpresa enorme y silenciosa que le llenó el pecho. Vio cómo su cabello se extendía sobre las hojas, cómo sus manos descansaban junto a su rostro, cómo sus labios diminutos se entreabrían al respirar. Pasaron varios segundos, tal vez un minuto, hasta que ella se movió. Sus ojos se abrieron lentamente, parpadeó, y se enfocaron en él. No se sobresaltó. Solo lo miró. Se incorporó, sentándose sobre las hojas con un movimiento lento, casi perezoso, estiró los brazos por encima de la cabeza —un gesto tan humano que Sevrin sintió un vuelco en el pecho— y se quedó ahí, a su lado, mirándolo. No se fue. No voló. Inclinó la cabeza, miró hacia la fruta que había dejado en el suelo, y volvió a mirarlo a él. Esperó. —Hola —dijo Sevrin. Su voz sonó rara en el silencio del refugio. Ruda. Demasiado grande para ese espacio diminuto. Ella no respondió. No movió la cabeza. Pero Sevrin notó algo: sus alas se tensaron un momento, como si el sonido la hubiera sobresaltado. —No sé si me entiendes —dijo, más bajo. Ella inclinó la cabeza hacia el otro lado. Nada más. Sevrin levantó la mano despacio, la palma hacia arriba, extendiéndola hacia ella sin querer asustarla. Se acercó, y se acercó, y se detuvo a unos centímetros de ella. Ese pequeño espacio de aire entre su piel y la de ella le pareció de repente enorme. Un límite invisible que no sabía si debía cruzar. Ella no retrocedió. Solo inclinó un poco la cabeza, sus ojos viajando de su cara a su mano y de vuelta, como si estuviera decidiendo algo. Un segundo. Dos. Luego se inclinó hacia adelante, acortando la distancia que él no se había atrevido a cruzar, y sus manos diminutas tocaron la punta de sus dedos. Era suave. Fría. Como tocar una hoja mojada por el rocío. Sevrin sintió el contacto como una corriente muy leve que le recorrió los dedos hasta la muñeca. Se le cortó la respiración. No de forma poética. Se le cortó de verdad, como si alguien le hubiera apretado la garganta. El corazón le golpeaba las costillas. Las manos le sudaban. Y aun así, no apartó los dedos. No podía. No quería. No sabía. Ella no apartó las manos. Y sonrió. No dijo nada, no hizo ningún gesto, solo sonrió, pequeña, cansada, pero real. Porque por un momento, en ese refugio de hojas y ramas, no se sintió tan solo. Pasaron unos segundos más. Luego, Sevrin retiró la mano suavemente y se levantó. —Tengo que irme. No puedo quedarme aquí. Ella no respondió. Solo lo miró. Salió del refugio. Llevaba varios pasos cuando sintió algo posarse en su hombro. Ella, sentada, las piernas cruzadas, las alas ligeramente desplegadas, mirándolo con esos ojos de ámbar brillantes, llenos de esa curiosidad que le había llamado la atención desde el primer momento. Y entonces se levantó de su hombro y voló en círculo alrededor de su cabeza, dando una vuelta completa, luego otra, como si estuviera explorando el aire que lo rodeaba. Se posó frente a su cara, a centímetros de la nariz, lo miró fijamente, y volvió a volar, esta vez hacia su otro hombro. Voló hacia el costado de su brazo, caminó unos pasos sobre la tela de su camisa, y volvió a alzar el vuelo, haciendo una pirueta, algo que parecía diversión. Sevrin la siguió con la mirada sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en su cara. Ella estaba viva, realmente viva. Se posó en su hombro izquierdo, luego en el derecho. Voló hacia su cabeza y se agarró de un mechón de su cabello, colgando boca abajo, mirándolo con los ojos muy abiertos. Y Sevrin se rió. No fue una risa fuerte. Fue algo suave, casi un suspiro. Pero era real. Por primera vez desde que había llegado a ese lugar, se rió. Ella soltó su cabello, voló más alto, dando vueltas alrededor de su cabeza como una pequeña mariposa de colores imposibles, y finalmente volvió a posarse en su hombro. Esta vez se quedó ahí, quieta, sus ojos brillando, sus alas moviéndose suavemente, como si estuvieran descansando. Sevrin caminó entre los árboles, sorteando raíces, esquivando arbustos. Ella no se quedó quieta del todo: a veces volaba adelante y lo esperaba en una rama, a veces se sentaba en su hombro mirando el bosque con curiosidad, a veces volaba en círculos como si estuviera marcando el camino. —¿Sabes dónde vamos? —preguntó Sevrin—. Porque yo no. Ella no respondió. Pero voló un poco más adelante, como si lo estuviera guiando. Finalmente, llegó a la colina. El terreno se elevaba frente a él, cubierto de árboles oscuros. La pendiente era empinada, pero no imposible. —Si subo, tal vez pueda ver más allá —dijo. Ella se quedó sentada tranquilamente en su hombro, las alas plegadas, mirando hacia la cima con curiosidad. Subieron. El aire se hacía más frío a medida que ascendían. Los árboles se hacían más ralos. Sevrin llegó a la cima sin aliento. Y entonces se detuvo. Más allá del bosque, donde la tierra bajaba de nuevo hacia un valle, había humo. No una nube pequeña. Una columna gris, delgada, elevándose recta contra el cielo de dos soles. Y más cerca de donde él estaba, entre los árboles, algo brillaba con un destello que no era luz natural. —¿Qué es eso...? —murmuró Sevrin. Ella también lo vio. Sus alas dejaron de moverse. Y por primera vez desde que Sevrin había llegado a ese mundo, ella no lo miró a él. Miró el humo. Con algo que, en una criatura tan pequeña, solo podía llamarse miedo.
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 4

Estás leyendo el capítulo 4 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 19 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.