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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

No había sala. No había techo. No había luces de ciudad. Solo agua. Azul. Transparente. Infinita en todas direcciones. Su cuerpo se hundía. El peso del agua lo presionaba desde todos los lados, como si el océano entero hubiera decidido abrazarlo y no soltarlo nunca. El pánico lo golpeó como un puñetazo en el pecho. Pataleó, tragó agua, tosió. Salió a la superficie con un jadeo violento, un sonido que no parecía humano. Su corazón latía en los oídos. Vomitó. No agua. Nada. El estómago vacío se le contrajo con un espasmo seco que le dejó los ojos llorosos. Sus manos temblaban tanto que no podía cerrarlas. No podía cerrarlas. Se miró las palmas, los dedos abiertos, y por un segundo no supo de quién eran esas manos. —¿Dónde...? —murmuró. Su propia voz le sonó rara, como si el aire no estuviera hecho para llevarla. Miró a su alrededor. El agua era cristalina. Podía ver su propia sombra bajo la superficie. No había fondo. O estaba demasiado profundo. Levantó la vista. Y entonces los vio. Árboles. No eran solo árboles. Se alzaban en la distancia como columnas vivas, demasiado altos, demasiado rectos, como si alguien los hubiera plantado con un propósito que Sevrin no alcanzaba a comprender. Desde lejos parecían dorados, no por su color, sino por la forma en que la luz se deslizaba sobre sus hojas, como si cada una estuviera cubierta por una capa finísima de algo que brillaba y se movía. El viento estaba ahí, lo sentía en la piel mojada, pero las copas apenas reaccionaban. Un movimiento leve, tardío, como si el aire llegara con retraso. O como si no estuvieran del todo en el mismo lugar que él. —Vale —dijo Sevrin, sin saber a quién—. Vale. Empezó a nadar. A mitad del camino, algo se movió bajo él. Peces. Nunca había visto nada igual. Un banco de criaturas pequeñas pasó cerca de sus piernas, brillando en tonos naranjas y violetas, como fragmentos de vidrio pintado que alguien había roto y esparcido en el agua, nadando sincronizados, como si compartieran un solo pensamiento. Más abajo, algo más grande se desplazaba lento, sus aletas como alas de mariposa, negras con bordes dorados. Otros tenían cuerpos alargados como agujas, cabezas cubiertas de espinas suaves que se movían con la corriente como plumas. Uno tenía escamas que cambiaban de color cuando Sevrin movía la mano, del azul profundo al verde, al plateado, como un espejo líquido. —¿Qué coño...? —murmuró, y siguió nadando. No lo atacaron. Simplemente nadaban. Existían. Como si él no importara. Sus pies tocaron algo sólido. Tierra. Salió del agua caminando, empapado, temblando. La arena era gruesa, mezclada con hojas húmedas y pequeñas conchas que crujían al pisarlas. Levantó la vista. El bosque se extendía frente a él, las raíces hundiéndose en la tierra como serpientes dormidas, gruesas como su torso. Era hermoso. Y Sevrin no sabía si quería llorar o gritar. —Esto no es mi ciudad —dijo, en voz baja—. Esto no es... nada. El cielo era azul, pero no ese azul pálido y sucio de su ciudad. Este era profundo, limpio, mezclado con naranjas suaves, rosas tenues, toques de amarillo que se difuminaban en los bordes. Como si el cielo estuviera pintado con acuarela. En medio de esa infinidad de nubes, vio el sol. Redondo, brillante, mucho más grande que el que recordaba. Y luego, casi sin querer, desvió la mirada hacia el otro extremo del cielo. Un segundo sol. Más pequeño. Una moneda perdida en el horizonte. —Dos —dijo—. Hay dos. Se quedó atónito. La palabra se le quedó atrapada en la garganta. Un sueño. Tenía que ser un sueño. Pero la arena bajo sus pies era demasiado real. El agua que seguía cayendo de su ropa era demasiado fría. Los sueños no olían así. Los sueños no tenían este peso en los huesos. Algo cruzó el cielo. Rápido, borroso, sin forma clara. No parecía un ave. Menos de un segundo, y después, nada, como si nunca hubiera pasado. —Genial —murmuró—. Ahora también hay cosas que vuelan. El frío le recordó que seguía empapado. Pensó en quitarse la ropa. Era lo lógico, ¿no? La ropa mojada te enfriaba. Si seguía así, iba a coger un resfriado. O algo peor. Pero si se quitaba la ropa, se quedaría desnudo. No tenía nada más que ponerse. No había una mochila, no había una casa cerca, no había nadie que le prestara un abrigo. Solo él y la ropa que llevaba puesta. Aun así, lo hizo. Se quitó la camisa, los pantalones, los zapatos, las medias, y la colgó en un travesaño improvisado entre dos ramas clavadas en la tierra, cubriéndose con hojas grandes mientras construía un refugio de mierda: techo inclinado, paredes de hojas superpuestas, un hueco apenas suficiente para meterse dentro. Los dedos le temblaban. El frío le subía por los brazos, le agarrotaba las manos. Cada hoja que colocaba se caía. Cada rama que clavaba se soltaba. —No, no, no... —mascullaba, colocando una hoja que volvía a caer—. Quédate ahí. Quédate. Ahí. Bien. Tardó más de lo que esperaba. Cuando terminó, estaba agotado. El refugio era una mierda. Pero era su mierda. Se vistió con la ropa todavía húmeda. Mejor eso que nada. —Bien —dijo, mirando su obra—. Ya tengo casa. Ahora solo falta que no me mate nada mientras duermo. Cuando terminó, el sol grande ya casi no se veía. Decidió adentrarse unos metros en el bosque, buscando algo, lo que fuera. Encontró plantas de colores imposibles: violetas casi negros, verdes que brillaban en la penumbra. Hongos enormes crecían sobre los troncos caídos, anaranjados pálidos, tan anchos como platos, algunos más grandes que su cabeza, con un olor dulzón que le recordó a algo que no podía nombrar. —No comas eso —se dijo—. No comas nada hasta saber qué es. Y escuchó cantos. Aves, muchas, sus melodías superponiéndose unas a otras como si estuvieran conversando. Y entonces las vio. Pequeñas criaturas volaban entre las ramas. No superaban el tamaño de la palma de su mano. Y todas tenían una forma que le dejó sin aliento. Forma humana. Cuerpos pequeños, alas translúcidas que vibraban tan rápido que apenas podía seguirlas. Ropa hecha de hojas atadas con hilos. Las contó sin darse cuenta. Veinte, al menos. —Uno, dos, tres... —murmuró, siguiéndolas con la mirada—. Cinco, seis... En el centro del grupo, las más pequeñas volaban en todas direcciones, persiguiéndose, riendo —creyó oír risas, sonidos agudos como campanillas—, escondiéndose detrás de troncos, empujándose suavemente en el aire. Sus cuerpos eran más esbeltos, caderas estrechas. Jugaban. Otras no jugaban. Un grupo más apartado, volando cerca de los arbustos, con pequeñas bolsas de hojas atadas a la cintura, tomando semillas con sus manos diminutas y guardándolas. Trabajaban. Y luego estaban los otros. Cinco. Un poco más grandes, con placas delgadas de un color gris mate cubriendo torsos y hombros, lanzas en sus manos. Cuerpos más anchos, más cuadrados. Guerreros. No jugaban, no recogían nada. Volaban en posiciones fijas, los ojos recorriendo el bosque en todas direcciones. Vigilaban. Sevrin se quedó mirando, sin mover un músculo. Se inclinó hacia adelante sin darse cuenta. Olvidó parpadear. —Tienen... —empezó, y se calló. No sabía cómo terminar la frase. Y entonces, uno de los guerreros se detuvo en el aire, giró la cabeza. Y miró hacia abajo. Directo a donde estaba Sevrin. Ninguno de los dos respiró. Otro guerrero giró la cabeza y vio lo mismo. Emitió un sonido: no un grito, un zumbido que Sevrin sintió más que escuchó. Los tres restantes giraron hacia el sonido, y luego, al unísono, bajaron la mirada. Hacia él. Todos los ojos puestos en Sevrin. Incluso los cantos de las aves se detuvieron. —Mierda —susurró Sevrin. Entre las hojas de un arbusto, una se separó del grupo. Sin armadura, hojas de un verde claro, cabello castaño cayéndole sobre los hombros, alas más anchas y lentas, con un brillo irisado que cambiaba de color. Se acercó, flotando a la altura de su cintura. Sus ojos eran grandes. Oscuros. Brillantes. Lo miraban fijamente. Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos. La boca se le secó. No podía tragar. Tenía los músculos tensos, listos para correr, pero los pies no se movían. No se movían. Y en el fondo de su cabeza, una vocecita estúpida le decía que se acercara. Que quería verla mejor. Que no se fuera. Uno de los guerreros se plantó entre los dos, la lanza apuntando hacia abajo. Un gesto claro. Una advertencia. Ella lo miró, luego miró a Sevrin por encima del hombro del guerrero, y retrocedió. El resto se dispersó, riendo, volando en fila hacia un tronco hueco. Pero dos no se fueron. Ella y el guerrero se quedaron un momento más, mirándolo, antes de alejarse despacio hacia los árboles, sin dejar de mirarlo hasta que las hojas los tragaron. —Veinte —dijo Sevrin al final, en voz baja—. Veinte criaturas. Cinco con armadura. Y esa... No terminó la frase. Volvió al refugio antes de que se hiciera de noche del todo. Se sentó, abrazó sus rodillas, y se prometió no dormirse. No sabía qué otras cosas podía haber en ese lugar. La noche llegó por completo. La luna grande se reflejaba en el mar como un espejo interminable, deshaciéndose en fragmentos brillantes que danzaban como pequeñas medusas de luz. El horizonte se borraba, y la luna quedaba doble: una arriba, inmóvil; otra abajo, viva y quebradiza. Sintió un escalofrío. Esa belleza tan perfecta parecía una grieta entre dos mundos, y ya no sabía si contemplaba el mar o era contemplado por él. El sonido de las olas al quebrarse contra la orilla le impedía tener sueño del todo. Siempre había tenido un poco de miedo al mar. Algunos recuerdos no muy agradables flotaban en algún rincón de su memoria, y aquel sonido los despertaba sin permiso. Se quedó pensando en su hermano. ¿Nico ya se habrá dado cuenta de que no estoy? Seguro que sí. O tal vez no. El chico estaba tan metido en su guitarra que a veces ni se daba cuenta de que llegaba a casa. ¿Mis padres... me estarán buscando? Supuso que sí. O quizás ni se daban cuenta de que no estaba ahí. Esa última posibilidad le apretó algo en el pecho. No mucho. Pero algo. El cielo se volvió negro, pero no ese negro vacío que conocía. Estaba lleno de estrellas, miles, millones, azules, rojizas, doradas. Y dos lunas: una grande, blanco azulada; otra más pequeña, casi rosada, moviéndose más rápido por el cielo. —Dos lunas —murmuró—. Claro. Dos soles, dos lunas. Lógico. Cada pocos minutos giraba la cabeza hacia la orilla. Nada. Luego hacia el bosque. Nada. Pasaron las horas. Sus párpados pesaban, pero se obligaba a mantenerlos abiertos, pellizcándose el brazo, mordiéndose el labio. —No te duermas —se dijo—. No te duermas, Sevrin. No sabes qué hay ahí fuera. Y entonces, sin querer, desvió la mirada un poco más allá de donde esperaba encontrar nada. Y ahí estaba. Flotando entre dos arbustos, sola, sin ningún guerrero a su lado, las alas irisadas brillando suavemente en la oscuridad. Los ojos grandes y oscuros fijos en él. Volvió, pensó. Volvió sola. Después de un momento, ella retrocedió, se metió entre las hojas, y desapareció. Sevrin se quedó más inquieto y más despierto que antes. La madrugada llegó silenciosa. Sus ojos se cerraban solos. No estaba dormido, pero tampoco despierto del todo. Todo se escuchaba lejano, como si estuviera dentro del agua. Y entonces lo escuchó. Un aleteo. Suave. Rápido. Muy cerca. Abrió los ojos de golpe. Ella estaba ahí. A un metro de su cara, flotando dentro del refugio, iluminada desde atrás por la luz tenue de la madrugada, como si tuviera un resplandor propio. Era bonita. Más bonita de lo que recordaba. Sus ojos eran de un color ámbar profundo, casi dorado, con pequeñas motas más oscuras alrededor de la pupila, y no parpadeaban, como si estuvieran leyendo algo dentro de él. Sus alas seguían ahí, anchas y lentas, cambiando de color cada vez que se movían. Azules. Verdes. Tonos que parecían desplazarse por la superficie como luz sobre una burbuja. No era miedo lo que sentía, aunque los pelos se le erizaron en los brazos. Tampoco era tranquilidad. Era una sensación incómoda, como si estuviera viendo algo que no debería estar ahí, algo que no pertenecía a su mundo. Y sin embargo no podía apartar la mirada. No debería estar sintiendo eso. No debería estar mirando a una criatura del tamaño de su mano y pensar que era bonita. No debería sentir aquella mezcla de asombro y extrañeza que le revolvía el estómago y le secaba la boca al mismo tiempo. Pasaron varios segundos, tal vez más. Los dos quietos, ella flotando, él sentado, las caras separadas por apenas un metro. Luego, sus ojos se desviaron hacia la abertura del refugio, hacia el bosque oscuro. Como si estuviera revisando algo. Como si no estuviera segura. Dudó. Sevrin lo vio. Ese pequeño gesto. Esa fracción de segundo en la que ella miró hacia afuera, como si alguien la estuviera esperando. Como si no quisiera irse. Pero volvió a mirarlo a él. Y lentamente, comenzó a alejarse, batiendo las alas con más fuerza, saliendo hacia la claridad tenue de la madrugada. Sevrin se levantó de un salto y salió del refugio detrás de ella. —Espera —dijo. No muy fuerte. No quería asustarla—. Espera. El aire fresco le golpeó la cara. La vio volar hacia la profundidad del bosque, ascender un poco, como si quisiera darle una última oportunidad de verla. Y desapareció entre las hojas. Se quedó parado, el frío erizándole la piel desnuda, sin poder dejar de pensar en ese momento de duda antes de irse. —¿Por qué volviste? —murmuró, aunque ya no había nadie para responderle. No volvió a entrar enseguida. Caminó unos pasos más hacia donde la arena se volvía tierra dura. Y entonces se detuvo. Había algo clavado entre dos raíces gruesas, medio hundido, cubierto de tierra oscura. No era una rama. Tenía un filo. Se agachó despacio. No lo tocó. Se quedó mirando el metal deslucido, más grande que cualquier lanza que hubiera visto volar entre las hadas, con una forma que no pertenecía a nada del tamaño de una mano. —¿Y tú de dónde saliste? —susurró. Alguien —o algo— más grande que las criaturas había estado ahí. El cielo empezó a aclararse detrás de los árboles. Amanecía. Pero Sevrin ya no miraba el amanecer. Miraba el metal enterrado en la tierra.
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 3

Estás leyendo el capítulo 3 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 16 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.