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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 37 online gratis en español

Esa noche, Zecoy no vino a buscarlo para cenar. Sevrin no le dio importancia al principio —ya llevaba suficientes días ahí como para saber que ella aparecía y desaparecía según su propio horario, sin ningún patrón que valiera la pena aprenderse— y se quedó sentado en el borde de la ventana circular de su cuarto, las piernas colgando hacia adentro, mirando el cielo que empezaba a oscurecerse sobre la ciudad. Dos lunas, ya asomando. Una grande, blanco azulada. Otra más pequeña, moviéndose más rápido, como siempre. Se quedó mirándolas sin pensar en nada en particular durante un rato. Y entonces, sin ningún aviso, pensó en Nico. No fue un pensamiento completo, al principio. Fue más una imagen: su hermano, sentado en el borde de la cama, la guitarra mal afinada, los dedos peleando con los trastes. Do. Re. Mi. Fa. Error. Después vino el resto, todo junto, sin que Sevrin pudiera detenerlo: la cocina vacía, la nota pegada con el imán de frutilla, sus padres llegando tarde, siempre tarde, la misma rutina repitiéndose noche tras noche antes de que el agua se lo tragara. «¿Se habrán dado cuenta de que no estoy?» La pregunta ya no dolía igual que las primeras semanas. Pero tampoco había dejado de doler del todo, y esa noche, por alguna razón que Sevrin no supo nombrar —quizás la ciudad, quizás Voren, quizás simplemente el cansancio acumulado de tantos días fingiendo que todo esto era manejable—, dolió más de lo que esperaba. Se quedó mirando la luna grande, la vista empezando a nublarse sin que lo decidiera, un calor incómodo subiéndole detrás de los ojos. No lloró, exactamente. O no del todo. Pero cuando se pasó el dorso de la mano por la cara, la notó húmeda, y cuando parpadeó varias veces seguidas, tratando de que se le pasara, sintió los ojos arder, enrojecidos, como si llevara horas sin dormir en vez de solo unos minutos sintiendo algo que no sabía cómo llamar. Era raro. Extrañaba a Nico. Extrañaba, incluso, la nota de su madre con la tinta corrida, el crujido del sofá, cosas que en su momento le habían parecido la prueba de que su vida no significaba nada. Y al mismo tiempo, con la misma fuerza, no quería volver. No sabía cómo sostener las dos cosas a la vez sin que una pareciera cancelar a la otra. Extrañar algo y no querer recuperarlo. Sentir que ese mundo lo había roto un poco —el bosque, el felino, la ceniza, Rehk partiendo en dos el equilibrio de un joven con un solo golpe de bastón— y, al mismo tiempo, no cambiar nada de lo vivido ni por todas las noches tranquilas que se había perdido. «¿Qué clase de persona extraña su casa y no quiere volver?», pensó, sin encontrar ninguna respuesta que lo dejara tranquilo. —Quizás solo quiero conocer este mundo —murmuró, en voz baja, más para probar cómo sonaba la idea que para convencer a nadie—. Elegir esta vida en vez de la otra. Suena estúpido, dicho así. Nadie le respondió. Tampoco esperaba que lo hicieran. Un aleteo suave lo sacó de eso. Tii voló desde algún rincón del cuarto donde Sevrin ni siquiera la había visto quedarse, y se posó en el borde de la ventana, cerca de él, mirándolo con esos ojos de ámbar que, incluso en la penumbra, parecían ver más de lo que Sevrin hubiera querido mostrar. No dijo nada, claro. No podía. Pero se acercó, despacio, hasta quedar a centímetros de su cara, y estiró una mano diminuta hacia su mejilla, tocando justo donde la humedad todavía no se había secado del todo. Sevrin no se apartó. —Estoy bien —dijo, en voz baja, la mentira sonando tan floja que ni él mismo se la creyó. Tii no se movió. Se quedó ahí, la mano todavía apoyada, esperando, como si supiera que la frase no era verdad y no tuviera ninguna prisa por que Sevrin lo admitiera en voz alta. —Tengo un hermano —dijo Sevrin, al rato, aunque no supiera muy bien por qué se lo estaba contando a alguien que no podía entender ni una palabra—. Se llama Nico. Toca la guitarra. Mal. Muy mal, la verdad. Tii ladeó la cabeza. —Y unos padres que trabajaban tanto que casi no los veía. Y una vida que odiaba, hasta el punto de preguntarme si eso era todo lo que iba a tener. —Se rió, sin ninguna gracia real detrás—. Y ahora los extraño. A pesar de todo. Qué idiotez, ¿no? Tii no respondió, por supuesto. Pero se acomodó contra su cuello, el peso diminuto y cálido, las alas plegadas, quieta, de la misma forma en que se había quedado la primera noche que durmieron juntos en el refugio de hojas, hacía tanto tiempo que a veces le costaba creer que hubiera sido el mismo Sevrin quien vivió eso. Sevrin levantó una mano, despacio, y le acarició la cabeza con un dedo, un gesto pequeño, torpe, que nunca había hecho antes de esa manera tan deliberada. Ella cerró los ojos. —Gracias —dijo Sevrin, sin especificar por qué, porque no había ninguna forma clara de explicarlo. Se quedaron así un rato largo, la ciudad apagándose poco a poco más allá de la ventana, las dos lunas subiendo despacio por un cielo que todavía no terminaba de sentir como propio. Cuando por fin se metió bajo la manta del catre, Tii se acomodó en el hueco de siempre, entre su cuello y el hombro, y Sevrin se quedó mirando el techo tallado un rato más, la humedad ya seca en la cara, el peso en el pecho un poco más liviano de lo que había estado toda la tarde. No se sentía mejor, exactamente. Pero no se sentía tan solo como se había sentido una hora atrás, y por ahora, eso alcanzaba para poder dormir.
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 37

Estás leyendo el capítulo 37 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.