Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 35 online gratis en español
La puerta se abrió de golpe antes de que Sevrin terminara de despertarse del todo.
—¡Arriba! —dijo Zecoy, ya adentro, ambas manos ocupadas con algo envuelto en tela que olía a pan recién hecho—. Hoy te toca conocer esto de verdad.
Sevrin se incorporó de un salto, el corazón todavía acelerado por el susto, Tii saliendo disparada del hueco entre su cuello y el catre con un chillido de protesta.
—¿No sabes tocar?
—Toqué. Con el pie. Contra la puerta. —Zecoy se encogió de hombros, ya masticando su propio trozo de pan—. Es casi lo mismo.
La primera regla se la explicó antes de bajar del todo la escalera de la casa de Ashan.
—No tocas a nadie sin permiso —dijo, tan de golpe que Sevrin tardó un segundo en entender que era una advertencia, no una broma—. Ni un saludo, ni un roce, nada. Aquí eso significa algo distinto que en tu mundo. Yo puedo tocarte porque yo decidí que puedo. Tú no decides lo mismo con nadie más.
—Entendido.
—Segunda regla: no entras a ninguna casa sin que te inviten. Ni siquiera si la puerta está abierta.
—¿Y la tercera?
Zecoy lo pensó un momento, ya bajando los últimos escalones.
—No hay tercera —dijo—. Con esas dos te alcanza para no meterte en problemas serios. Las demás las vas aprendiendo solo, a los golpes, como todo el mundo.
«Reconfortante», pensó Sevrin, sin decirlo en voz alta.
Caminaron un buen rato, cruzando plataformas que Sevrin ya reconocía vagamente, hasta que el terreno cambió: menos madera pulida, más tierra abierta, un campo amplio cubierto de pasto corto y, más allá, una franja ancha de arena fina, tan clara que casi brillaba bajo el sol.
—Aquí entrenan los que ya no son cachorros —dijo Zecoy, guiándolo hacia el borde del campo—. Quería que conocieras a alguien.
Un grupo pequeño se movía sobre la arena, y Sevrin lo reconoció antes de que Zecoy dijera nada: el Leonin enorme, de pelaje blanco grisáceo y melena desordenada, la oreja con la vieja mordida, el bastón de madera negra tan gastado que el grano casi había desaparecido.
—Rehk —dijo Zecoy, acercándose—. Te traje a alguien.
Rehk se giró, sin apuro, y clavó en Sevrin esos dos ojos dorados, uno de ellos con esa ligera opacidad que le daba un aspecto todavía más severo.
Lo miró de arriba abajo, una vez, sin prisa.
—El forastero —dijo, no como pregunta.
—Sevrin.
Rehk asintió, apenas, un gesto seco pero no hostil.
—Bienvenido a la arena —dijo, y con eso se dio la vuelta, ya de regreso hacia su alumno, sin ningún interés aparente en alargar la conversación.
Sevrin se quedó parado, algo desconcertado por lo breve del intercambio.
—¿Eso es todo?
—Es Rehk —dijo Zecoy, como si eso lo explicara todo—. No habla de más con nadie que no conoce. Ya te saludó. Cuenta como una bienvenida oficial.
Vrass, el cazador delgado de pelaje moteado en ocres, levantó una mano desde lejos, sin acercarse, un saludo tranquilo que no necesitaba palabras. Doreth, en cambio, sí se acercó, la sonrisa amplia de dientes torcidos por delante, y le dio a Sevrin una palmada en el hombro que casi lo tira al suelo.
—Así que tú eres el humano —dijo, con una calidez sencilla—. Zecoy no habla de otra cosa desde que llegaste.
—Eso no es cierto —dijo Zecoy, demasiado rápido.
Doreth se rió, un sonido grande, y volvió a su viga de madera sin decir nada más.
Celine fue la última en acercarse, y lo hizo apenas: un asentimiento corto, los ojos entrecerrados, evaluándolo un segundo antes de volver a sus círculos cerrados con las dos hojas curvas, sin decir una sola palabra.
—Celine —dijo Zecoy, bajando la voz, igual que la primera vez—. Ya te lo dije. No te metas con ella.
Fue entonces, mientras Sevrin seguía mirando a Rehk entrenar a su alumno, cuando lo vio.
Algo salía del cuerpo del anciano. No humo, no vapor exactamente, sino una densidad apenas visible, un temblor en el aire alrededor de sus hombros y sus manos, más notorio cada vez que se movía con fuerza, como si el aire mismo se espesara un poco a su alrededor.
—¿Qué es eso que le sale del cuerpo? —preguntó Sevrin, sin pensarlo, señalando sin disimulo.
El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero a Sevrin le pareció mucho más largo.
Rehk se detuvo. Zecoy se giró hacia él con una expresión que Sevrin no supo leer al principio: sorpresa genuina, algo parecido a la incredulidad.
—¿En serio no sabes qué es eso? —dijo Zecoy, y se rió, un sonido agudo que a Sevrin le sonó más burlón de lo que hubiera querido—. Vaya pregunta más tonta.
—No es una pregunta tonta si no sé la respuesta —dijo Sevrin, molesto, mirándola de reojo.
Rehk levantó una mano, callando a Zecoy antes de que pudiera seguir riéndose.
—Es Éter —dijo, con la misma sequedad de siempre, aunque sin ningún desprecio en la voz—. La energía vital que tiene todo ser vivo. Unos la sienten más que otros. Yo, después de tantos años, ya no puedo esconderla del todo cuando me esfuerzo.
—¿Todos la tienen?
—Todos —confirmó Rehk—. Tú también, forastero. Aunque no sepas verla todavía.
Zecoy lo miró, la burla de hace un segundo reemplazada por algo más parecido a la curiosidad genuina.
—Es la primera vez que conozco a alguien que no sabe qué es el Éter —dijo, ya sin reírse—. Ni un niño pequeño lo pregunta así.
—No es algo que exista en mi mundo —dijo Sevrin, más despacio, tratando de no sonar tan a la defensiva como se sentía—. O si existe, no lo llamamos así. No lo vemos.
«O quizás sí existe», pensó, sin decirlo en voz alta, «y en mi mundo simplemente lo llamamos magia, y lo metemos en películas y libros, y nadie piensa que sea real.»
La idea se quedó dando vueltas mientras seguían caminando, Rehk ya de vuelta con su alumno, Doreth cargando su viga, Celine cortando el aire con sus hojas curvas.
«¿Y si todo lo que yo creía que era ficción, en algún lugar, es simplemente esto?»
El mercado apareció después de cruzar dos puentes colgantes, un espacio abierto rodeado de puestos, toldos de tela gruesa protegiendo la mercancía del sol.
Aquí el ruido subía de golpe: voces regateando, alguien anunciando pescado fresco traído del lago, niños corriendo entre las piernas de los adultos, el tintineo de algo parecido a monedas cambiando de mano.
—Aquí compras comida, herramientas, telas —dijo Zecoy, ya moviéndose entre los puestos con la familiaridad de quien lo ha hecho toda la vida—. Y aquí —señaló hacia un puesto más alejado, con objetos brillantes expuestos sobre telas oscuras— compras problemas, si no sabes con quién estás hablando.
—¿Problemas?
—Objetos de fuera. De comerciantes que no siempre preguntan de dónde sale lo que venden.
Sevrin miró el puesto con más atención. Nada le llamó la atención en particular: cuchillos, algunas piedras talladas, fragmentos de metal que no reconoció.
Fragmentos de metal.
Se quedó mirando uno en particular, más grande que los demás, deslucido, con un borde que todavía conservaba algo de filo.
No se parecía al suyo. Pero por un segundo, el estómago se le apretó de todas formas.
«Solo es un pedazo de metal viejo», pensó, apartando la vista. «Como el mío. No significa nada.»
Comieron algo de pie, junto a uno de los puestos, algo asado que Zecoy insistió en que probara sin decirle qué era hasta después de que ya se lo había comido entero.
—Estaba rico —admitió Sevrin, todavía masticando.
—Era gusano de raíz.
Sevrin dejó de masticar un segundo.
—Ya lo tragaste —dijo Zecoy, encogiéndose de hombros, la sonrisa demasiado satisfecha para resultar inocente—. Da igual ahora.
Tii, desde su hombro, hizo algo que Sevrin interpretó, sin ninguna duda, como una risa silenciosa a su costa.
—Traidoras las dos —murmuró, terminando el resto de todas formas, porque, para ser justos, seguía estando rico.
Terminaron el día sentados en el borde de una de las plataformas más altas, las piernas colgando sobre el vacío, viendo cómo la ciudad se iba apagando poco a poco con la caída del sol grande, faroles encendiéndose uno por uno entre los troncos.
—¿Y? —preguntó Zecoy—. ¿Qué te parece, ahora que la viste de cerca?
Sevrin se quedó pensando la respuesta un momento.
—Es más de lo que esperaba —dijo, al final—. Todo esto. Ustedes. La forma en que viven. Ese... Éter.
—¿Bueno o malo?
—Todavía no lo sé —admitió—. Pero no es lo que imaginaba cuando llegué a este mundo.
Zecoy sonrió, esta vez sin ningún filo detrás, solo satisfacción simple.
—Nadie imagina bien lo que hay hasta que lo camina —dijo, y por un segundo sonó mucho más vieja de lo que su cara dejaba adivinar.
Se quedaron ahí un rato más, los tres, viendo caer la noche sobre una ciudad que, unos días atrás, Sevrin ni siquiera sabía que podía existir.

Continúa leyendo
La Forma de un Monstruo (Novela)
Capítulo 36
La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 35
Estás leyendo el capítulo 35 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.