Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 34 online gratis en español
El cuarto era pequeño, pero no austero.
Un catre bajo, tejido con la misma fibra resistente que Sevrin ya conocía de los morrales de las hadas, aunque más grueso, más firme. Una ventana circular, sin cristal, cubierta por una tela fina que dejaba pasar el aire de la noche sin dejar pasar del todo el frío. Un estante tallado en la pared, con dos faroles de vidrio ahumado que Zecoy encendió con un gesto rápido, casi automático, antes de dejarse caer sobre el catre como si fuera suyo.
—No es gran cosa —dijo, mirando alrededor como si lo viera por primera vez—. Pero es mejor que dormir contra una roca.
—Bastante mejor —admitió Sevrin, dejando el morral en el suelo, junto al catre.
Tii voló directo hacia la ventana, se posó en el borde, y se quedó ahí, mirando hacia afuera con una curiosidad que no había mostrado desde que entraron a la ciudad.
Zecoy volvió un rato después con dos platos de madera, algo caliente y espeso en uno, trozos de fruta en el otro, y se los pasó sin ceremonia, sentándose en el suelo en vez del catre esta vez, la espalda contra la pared, las piernas estiradas.
Comieron en silencio un rato, Tii picoteando un trozo diminuto de fruta que Sevrin le había separado, hasta que un sonido afuera —voces, pasos organizados, el crujido de cuerdas tensándose— hizo que los tres giraran la cabeza hacia la ventana casi al mismo tiempo.
Sevrin se acercó.
Abajo, en un claro más alejado del que habían cruzado esa tarde, un grupo de Leonin jóvenes —no más de ocho o nueve, ninguno mayor de veinte años, a juzgar por lo poco que Sevrin ya sabía leer en sus caras— se estaban preparando. Cargaban morrales, cuerdas, algo que parecían armas cortas. Un par de adultos supervisaban desde un costado, sin intervenir, solo observando.
—¿Qué es eso? —preguntó Sevrin.
Zecoy se acercó también, apoyando los brazos en el borde de la ventana, la cola quieta por una vez.
—La Travesía —dijo, con una voz distinta a la que había usado toda la tarde. Más baja. Más seria, aunque no triste—. Es una tradición. Cuando cumples la mayoría de edad, la haces. Todos la hacen.
—¿Qué tradición, exactamente?
—Los llevan a un sitio. Un calabozo, más o menos. Un lugar hundido, viejo, con cosas ahí abajo que no son exactamente amigables.
Sevrin miró con más atención al grupo.
—¿Y tienen que entrar ahí?
—Sí. Es obligatorio. Forma parte de crecer aquí. —Zecoy se encogió de hombros—. Además, a las familias les importa mucho. Que uno de los suyos complete la Travesía es motivo de orgullo.
—¿Y los mandan solos?
Zecoy soltó una pequeña risa.
—Claro que no. Van dos inspectores con cada grupo.
—¿Inspectores?
—Leonin que se encargan de vigilar la Travesía. Son fuertes. Mucho más de lo que parecen. Si algo sale mal, ellos intervienen.
—Entonces no es tan peligroso.
—No debería serlo —dijo Zecoy—. Hasta ahora nunca ha pasado nada realmente malo. Ni una muerte, ni una desaparición. Nada de eso. La Travesía lleva mucho tiempo haciéndose y siempre vuelven.
Sevrin volvió a mirar al grupo.
—Entonces, ¿por qué llevan tantas cuerdas?
Zecoy señaló hacia el bosque.
—Porque el calabozo no es una entrada normal. Es más parecido a una cueva abierta en el suelo. Un pozo enorme. La entrada está arriba y para llegar abajo tienen que descender con cuerdas.
Sevrin frunció ligeramente el ceño.
—¿Y tienen que subir después por esas mismas cuerdas?
—Exactamente.
—Eso sí parece peligroso.
—Por eso están los inspectores —respondió Zecoy, como si fuera la explicación más sencilla del mundo—. Además, nadie baja sin comprobar primero las cuerdas, los anclajes y todo lo demás.
Sevrin se quedó mirando al grupo de jóvenes, la mayoría con esa mezcla de nervios y orgullo que reconocía de su propio mundo, de los últimos días de instituto antes de un examen que todos fingían no temer.
—¿Tú ya la hiciste? —preguntó.
—Todavía no —dijo Zecoy, y algo en su voz sonó, para sorpresa de Sevrin, más parecido al orgullo contenido que a la frustración—. Pero voy a hacerla.
—¿Cuándo?
—En tres días.
Sevrin la miró.
—¿En tres días?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no estás ahí abajo con ellos?
Zecoy se encogió de hombros.
—Porque ellos están preparando sus cosas desde ahora. Yo prefiero hacer otras cosas mientras pueda.
—¿No deberías estar preparándote?
—¿Para qué? —preguntó, con una sonrisa torcida—. Sé cómo funciona. He visto a otros hacerlo. Y todavía me quedan tres días.
Sevrin la miró un momento, sin saber si aquello era confianza o simplemente la forma de Zecoy de evitar tomarse algo demasiado en serio.
—Entonces vas con ellos.
—Sí. Con mi grupo.
Zecoy se quedó mirando al grupo un momento, la sonrisa aflojándose un poco.
—Aunque admito que me da algo de envidia verlos preparándose juntos —dijo—. Pero ya tendré mi turno.
Un silbido agudo, corto, llegó desde el grupo de abajo, y una de las jóvenes se giró hacia la ventana de la casa de Ashan, agitando una mano.
Zecoy se asomó más, sonriendo de golpe, y devolvió el saludo con el brazo entero, agitándolo con entusiasmo.
—Esa es Mirei —dijo, todavía sonriendo—. Crecimos juntas. Prácticamente nos criamos trepando los mismos árboles.
—¿Y no le tienes envidia? Se va ella, tú te quedas esperando.
—Un poco —admitió Zecoy, sin ninguna vergüenza—. Pero también estoy orgullosa de ella. Se lo ganó. Y cuando me toque a mí, ella va a estar del otro lado de esa ventana, gritando mi nombre.
Sevrin la miró de reojo, algo en el pecho aflojándose ante lo simple y lo genuino de esa idea.
—Ser nieta del patriarca debe tener sus ventajas —dijo, con media sonrisa, más para molestarla un poco que porque lo creyera del todo.
Zecoy resopló.
—Ninguna —dijo—. Si acaso, al revés. Todos me vigilan un poco más de cerca, por si acaso decido que las reglas no van conmigo.
—¿Y van contigo?
—La mayoría de las veces —dijo, y la sonrisa que le siguió dejó bastante claro que "la mayoría de las veces" no era lo mismo que "siempre".
Se quedaron un rato más junto a la ventana, viendo cómo el grupo de jóvenes terminaba de reunirse, cómo los adultos que supervisaban intercambiaban algunas palabras finales, gestos que parecían más de aliento que de despedida.
Tii, todavía posada en el borde, miraba también, la cabeza ladeada, y en un momento voló hasta el hombro de Zecoy, un gesto pequeño que Sevrin no esperaba, y le tocó la mejilla con una mano diminuta.
Zecoy la miró, sorprendida.
—¿Qué haces?
Tii no respondió, claro. Pero se quedó ahí un momento, y después voló de regreso al hombro de Sevrin, como si hubiera terminado de decir lo que fuera que hubiera querido decir.
—Creo que te entiende más de lo que crees —dijo Sevrin.
—Es raro que una cosa tan pequeña entienda tanto —dijo Zecoy, aunque sin ningún desprecio en la voz, más bien lo contrario.
El grupo de jóvenes, abajo, empezó a caminar hacia la salida de la ciudad, las antorchas encendiéndose una a una en la oscuridad ya casi completa. Mirei se giró una última vez, buscando la ventana, y Zecoy volvió a agitar el brazo, con más fuerza esta vez, hasta que las luces se perdieron entre los árboles.
—En tres días —dijo Zecoy, en voz baja, casi para sí misma, la mirada todavía fija en el punto donde el grupo había desaparecido—. En tres días me toca a mí.
Sevrin no dijo nada.
No sabía si era su lugar decir nada más, y por primera vez en mucho tiempo, decidió que el silencio también podía ser una forma de acompañar a alguien.

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Estás leyendo el capítulo 34 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.