Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 30 online gratis en español
El valle se abrió del todo cuando terminaron de bajar la primera pendiente, y Sevrin se detuvo en seco, sin darse cuenta de que había dejado de caminar.
Desde ahí se veía todo.
El bosque que habían cruzado se extendía hacia atrás, un mar verde oscuro que se perdía en el horizonte por donde habían venido. Hacia el oeste, montañas de verdad, no las colinas modestas que ya conocía, sino picos altos, algunos con las cimas perdidas entre nubes bajas que no terminaban de despejarse nunca. Más al sur, el brillo plano de lo que debía ser un lago enorme, tan grande que desde esa distancia parecía otro pedazo de cielo caído sobre la tierra. Ríos delgados cruzaban el valle en distintas direcciones, algunos uniéndose entre sí, otros perdiéndose hacia zonas que Sevrin ni siquiera podía adivinar.
Y caminos. Caminos de verdad, marcados en la tierra, algunos con lo que parecían piedras dispuestas a los costados, uniendo puntos que Sevrin no alcanzaba a distinguir del todo con la distancia.
Y, al fondo de todo eso, la ciudad.
No era una aldea.
Sevrin había imaginado, sin darse cuenta de que lo estaba imaginando, algo pequeño: unas cuantas casas de madera, tal vez una empalizada modesta, gente viviendo apretada entre el bosque y el miedo a lo que hubiera más allá.
Esto era otra cosa.
Torres de vigilancia conectadas por puentes elevados. Murallas de madera reforzada, más altas en algunos tramos que en otros, como si se hubieran construido por partes, a lo largo de generaciones. Edificios de varios pisos apretados unos contra otros. Y, dominando una colina dentro de la propia ciudad, un edificio enorme de piedra oscura que no se parecía a nada más de lo que lo rodeaba.
—¿Qué coño es este lugar? —dijo Sevrin, en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular.
No encontró nada más que decir después de eso. Se quedó ahí, de pie, sin palabras durante un rato que le pareció más largo de lo que probablemente fue.
Había demasiada gente moviéndose entre las calles, incluso vista desde tan lejos. Demasiados caminos, cruzándose entre sí, yendo hacia direcciones que no podía ni empezar a adivinar. Demasiadas cosas construidas por manos —murallas, puentes, tejados, torres— apiladas unas sobre otras en un espacio que, hasta ese momento, Sevrin hubiera jurado que ningún lugar de ese mundo podía llenar así.
Tii, en su hombro, tampoco tenía respuesta para eso. Se quedó mirando la ciudad con los ojos muy abiertos, las alas completamente quietas.
Se quedaron ahí un buen rato, sin bajar, cuando escuchó el primer sonido raro.
Un crujido. Cerca. Por encima de su cabeza.
Sevrin levantó la vista, despacio.
Nada. Solo ramas, hojas, la luz filtrándose entre ellas.
Una risita, breve, ahogada, viniendo de algún lugar entre las copas.
—¿Qué...?
Volvió a mirar hacia arriba, esta vez más atento, entrecerrando los ojos contra la luz.
Y entonces cayó.
No tuvo tiempo de reaccionar. Algo —alguien— se soltó de una rama alta y le cayó directamente encima, un peso considerable, mandándolo de espaldas contra el suelo con un golpe seco que le sacó todo el aire de los pulmones.
—¡Argh!
Cuando logró volver a respirar, había una cara demasiado cerca de la suya.
Una chica —o algo con la forma general de una chica— lo miraba desde arriba, sentada sobre su pecho como si fuera lo más natural del mundo, el cabello de un rojo intenso, casi como brasas, cayéndole en mechones desordenados sobre unas orejas que, Sevrin notó con un sobresalto tardío, no eran orejas humanas. Grandes, puntiagudas, del mismo tono rojizo por fuera y más claro por dentro, se movían solas, una girada hacia él, la otra apuntando hacia algún sonido distinto en el bosque, como si pudiera prestarle atención a dos cosas a la vez sin ningún esfuerzo. Una cola larga, del mismo rojo cobrizo pero un poco más oscuro, se agitaba de un lado a otro detrás de ella, visible por encima del hombro, con un movimiento que parecía tener voluntad propia, separada del resto de su cuerpo.
—¡¿Tú de dónde saliste?! —dijo la chica, sin darle ni un segundo para responder—. ¡No te había visto antes! Espera...
Lo miró de arriba abajo, entrecerrando los ojos. Sus orejas se movieron hacia adelante, las dos a la vez, apuntándolo directamente.
—¿Eres humano?
Sevrin parpadeó.
—Que?.
Ella abrió todavía más los ojos, y por un segundo pareció olvidarse por completo de que seguía sentada sobre el pecho de un desconocido.
—¡Nunca había visto uno de cerca!
Se inclinó todavía más, la nariz casi tocándole el cuello, e inhaló con fuerza, dos veces, como si necesitara comprobar algo que los ojos solos no le alcanzaban a decir.
—Hueles raro —dijo, sin ninguna vergüenza por lo que acababa de hacer—. Había oído historias sobre los humanos toda mi vida, pero nunca había olido a uno de cerca. ¿Vienes de la costa? Nadie viene de esa dirección, ¿sabes? ¿Qué haces aquí? ¿Tienes comida? Da igual, dime primero cómo llegaste hasta aquí—
—¿Puedes— —empezó Sevrin, sin lograr terminar la frase.
Ella ya le estaba tocando el pelo, apartándoselo de la frente con una curiosidad nada delicada, inclinándose para mirarle la cara de cerca, después el cuello, después estirando el brazo para agarrarle la muñeca y girarle la mano, examinándola como si fuera un objeto interesante encontrado en el suelo.
—Qué manos tan raras —dijo, sin soltarla—. ¿Y eso qué es? —añadió, ya estirándose hacia el morral, todavía sobre el pecho de Sevrin.
—Eso es mío —dijo Sevrin, apartando el morral con la mano libre, todavía sin aire del todo—. ¿Puedes bajarte?
No llegó a bajarse.
Un sonido agudo cortó el aire, un chillido furioso que Sevrin reconoció al instante, y algo diminuto pasó volando entre los dos con una velocidad que ninguno de ellos esperaba.
—¡AU!
La chica saltó hacia atrás, lejos del pecho de Sevrin, llevándose una mano al hombro, donde una gota diminuta de sangre ya asomaba entre sus dedos.
Sevrin se sentó de golpe, todavía aturdido, y la vio.
Tii flotaba en el aire, entre los dos, sosteniendo algo pequeño y afilado —una espina larga, atada con un hilo fino a su antebrazo, que Sevrin no le había visto llevar hasta ese momento— con la postura más agresiva que le hubiera visto jamás, incluida la noche del felino.
La chica se agachó, la espalda arqueada, las orejas completamente aplastadas hacia atrás contra el cráneo, la cola erizada al doble de su grosor normal.
—¡Fshhh!
Se quedaron mirándose así, la chica agazapada, Tii flotando con la espina en alto, ninguna de las dos moviéndose, durante varios segundos eternos.
—Oye, oye —dijo Sevrin, poniéndose de pie con cuidado, las manos abiertas hacia las dos—. Tranquilas. Nadie va a—
La chica lo ignoró por completo. Seguía mirando a la criatura flotante, la cola todavía erizada, aunque la postura de ataque empezaba a suavizarse, poco a poco, mientras algo parecido al entendimiento le cruzaba la cara.
Miró a Sevrin.
Miró a Tii.
Volvió a mirar a Sevrin.
—Ahhh —dijo, enderezándose de golpe, la cola bajando a su tamaño normal—. Ya entiendo. Está contigo.
—¿Qué?
—La pequeña —dijo la chica, señalando con la cabeza, ya sin ningún rastro de la furia felina de hace un momento, reemplazada por algo mucho más parecido a la diversión—. ¿Es tuya?
—No es mía —dijo Sevrin, sin pensarlo demasiado.
Sintió, más que vio, la mirada que Tii le lanzó desde el aire. Una mirada que no necesitaba palabras para significar exactamente: ¿cómo que no soy tuya?
—Bueno —corrigió Sevrin, rápido—. No es que sea "mía". Viaja conmigo. Es distinto.
Eso no pareció mejorar mucho las cosas, a juzgar por cómo Tii se cruzó de brazos en el aire, todavía con la espina en la mano, pero al menos ya no apuntando a nadie.
—Soy Zecoy —dijo la chica, poniéndose de pie de un salto sobre la roca cercana, una mano en la cintura y la otra señalándose el propio pecho con el pulgar, la cola arqueada detrás de ella en lo que claramente pretendía ser una pose imponente y que, en la práctica, solo consiguió que perdiera el equilibrio un segundo y tuviera que agitar los brazos para no caerse de la roca.
Se sentó de nuevo, algo más digna, la cola enrollándose sola alrededor de su propia pierna, como si tuviera voluntad independiente del resto de su cuerpo.
Sevrin aprovechó el momento de calma para mirarla de verdad, ahora que ya no tenía una cara pegada a la suya ni una espina volando entre los dos.
Era joven, no mucho menor que él, con el rostro ligeramente redondeado pero la mandíbula marcada, y unos ojos grandes de un dorado casi líquido que, cuando ella se giró a mirar algo entre los árboles, se estrecharon un segundo en una pupila vertical, como la de un gato alerta, antes de volver a redondearse. Un par de colmillos, apenas más largos de lo normal, se le veían cuando hablaba demasiado rápido y se olvidaba de cerrar bien la boca entre palabras.
La ropa tampoco parecía pensada para lucirse: un top ajustado de tela roja oscura, con una segunda capa más clara por debajo, protecciones de cuero endurecido en los hombros y uno de los antebrazos, y un pantalón corto marrón con una tira de tela roja cayendo desde el cinturón, todo con el aspecto gastado de algo usado de verdad, no exhibido. Una venda vieja, ya grisácea, le rodeaba la parte alta de un brazo. Del cinturón colgaban un par de bolsas pequeñas, algo que parecía un cuchillo corto, y un cordón rojo trenzado, distinto a todo lo demás, atado con más cuidado que el resto de su equipo.
Botas de cuero flexible le cubrían hasta debajo de la rodilla, dejando el resto de la pierna libre, y Sevrin pensó, sin poder evitarlo, que todo en ella —los hombros pequeños pero definidos, las piernas fuertes, la forma en que se sentaba sobre la roca casi sin peso, lista para saltar de nuevo en cualquier momento— parecía hecho para moverse rápido y no para quedarse quieta mucho tiempo.
—Sevrin —dijo, respondiendo por fin, todavía procesando la cantidad de detalles nuevos que acababa de recibir de golpe.
—Sevrin —repitió ella, probando el nombre—. Raro. Bueno, no tan raro como tus manos. —Se las señaló otra vez—. Sin garras. Muy lisas. Da un poco de pena, la verdad.
—Gracias —dijo Sevrin, sin saber si tomárselo como un insulto—. ¿Y tú qué eres? —preguntó, señalando las orejas, después la cola, sin mucho tacto—. Porque tú tampoco eres... normal. No sé qué es normal aquí. Pero no eres como yo.
Zecoy se puso de pie de un salto, otra vez, la mano en el pecho, la cola erguida detrás de ella como un estandarte.
—¡Soy del Gran Clan Leonin! —anunció, con una voz que de repente sonaba tres tonos más grave y mucho más dramática de lo necesario, como si estuviera recitando algo que había practicado frente a un espejo más de una vez—. Guerreros, cazadores y las garras más rápidas de todo—
Se le trabó la lengua en algo, tosió, y terminó la frase con un tono mucho más normal.
—Bueno. Somos Leonin. Es una raza. La mía.
—Ah —dijo Sevrin, sin ninguna referencia que colgarle a esa palabra, ninguna imagen, ningún recuerdo de nada parecido en toda su vida anterior—. Genial.
No tengo idea de qué es eso, pensó, pero no lo dijo en voz alta. No hacía falta.
Zecoy se giró entonces hacia el hombro de Sevrin, entrecerrando los ojos hacia Tii, que seguía ahí, vigilante, las alas todavía sin relajarse del todo.
—¿Y tu Pix? —preguntó, con una naturalidad que a Sevrin le sonó rarísima—. ¿Tiene nombre, o la llamas simplemente "Pix"?
—¿Mi qué?
—Tu Pix —repitió Zecoy, más despacio, como si la palabra debiera ser obvia—. Eso. La cosa que casi me apuñala. Es una Pix, ¿no? Tiene toda la pinta.
Sevrin se quedó un momento en blanco.
Él la llamaba "Tii" desde el primer día, sin pensarlo, porque era el sonido que había escuchado desde el tronco, el llamado que las otras hadas usaban para referirse a ella. Nunca se le había ocurrido que ese nombre pudiera no ser el correcto aquí, que existiera una palabra real para lo que ella era, usada por gente que sí sabía de qué estaba hablando.
Pix, pensó, probando la palabra en su cabeza. No hada. Pix.
Y por algún motivo, eso lo hizo sentir un poco idiota. Había estado llamándola con un nombre inventado durante semanas. Un nombre de su mundo. Un nombre que no significaba nada aquí.
—No sé cómo se llama —admitió, mirando hacia su hombro—. Nunca me lo dijo. O no pudo. Yo la llamo Tii. Es lo más parecido a un nombre que tengo para ella.
—¿Tii? —repitió Zecoy, arrugando la nariz—. ¿Eso qué significa?
—No sé. Es el sonido que hacen los suyos cuando la llaman. O algo parecido. No sé si es su nombre de verdad.
Zecoy se quedó un momento pensativa, la cola moviéndose despacio detrás de ella, como si estuviera procesando algo.
—Bueno —dijo finalmente, encogiéndose de hombros—. Tii suena mejor que Pix, la verdad. Más... no sé. Más de ella.
Tii, la aludida, le lanzó a Zecoy una mirada que no necesitaba traducción.
—¿Puedes dejar de apuñalar gente? —le dijo a Tii, mientras Zecoy seguía hablando de algo relacionado con la ciudad, algo sobre un mercado y comida y no recordaba qué más, demasiado rápido para que Sevrin le siguiera el ritmo.
Tii lo ignoró, todavía posada en su hombro, la espina guardada de nuevo contra el antebrazo, mirando a Zecoy con una desconfianza que no parecía tener intención de desaparecer pronto.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 30
Estás leyendo el capítulo 30 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 24 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.