Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 26 online gratis en español
Caminaron toda la mañana sin encontrar nada. Ni huellas, ni señales, ni frutos. Solo árboles. Y después, antes de mediodía, Sevrin se detuvo en seco.
La encontró hundida en un tramo de barro todavía blando, el borde limpio, sin ninguna señal de haberse secado ni deshecho con el viento.
Sevrin se arrodilló a mirarla.
Era distinta a la que había encontrado semanas atrás, cerca del territorio de la especie arbórea —más ancha, con marcas de algo parecido a un talón reforzado, quizás una bota o algo que cumplía la misma función—, y estaba tan fresca que todavía se podía ver el brillo húmedo en el fondo de la marca.
—Esto no lleva meses aquí —dijo, tocando el borde con dos dedos, sintiendo la tierra todavía ceder un poco bajo la presión—. Esto es de hoy.
Ella voló hasta posarse junto a la huella, la olfateó —o hizo el gesto que Sevrin ya reconocía como equivalente a olfatear—, y se quedó más quieta de lo normal, las alas apenas moviéndose.
Un poco más adelante encontraron una rama cortada, la savia todavía brillante en el corte, sin ese aspecto reseco y oscurecido de las marcas viejas que había visto antes. Y después, junto a una roca plana, los restos de algo que parecía comida: cáscaras de una fruta que Sevrin no reconocía, todavía húmedas, sin ningún insecto merodeando encima todavía, lo cual, según había aprendido en esas semanas de bosque, significaba que no llevaban ahí más de un día, quizás menos.
—Alguien comió aquí —dijo Sevrin, en voz baja, mirando alrededor con más atención de la que había tenido en toda la mañana—. Hace poco. Muy poco.
Ella ya no volaba adelante, explorando con su curiosidad habitual. Se mantenía cerca, en su hombro, el cuerpo tenso, mirando entre los árboles con una atención que Sevrin no le había visto desde la noche de la criatura de ceniza.
Encontraron el último indicio junto a un arroyo estrecho: los restos de una fogata, las brasas todavía calientes al tacto, un hilo delgado de humo subiendo apenas de entre las piedras ennegrecidas.
Sevrin se agachó junto a ella, extendió la mano, y sintió el calor residual antes de llegar siquiera a tocarla.
—Esto es de esta mañana —dijo, la voz más baja ahora, casi un susurro—. Como mucho.
Se quedó mirando el fuego apagado, después el bosque a su alrededor, denso, silencioso, sin ningún movimiento visible entre los troncos.
Alguien estuvo exactamente aquí, hace unas horas. Y puede que siga cerca.
No sabía si esa idea debía asustarlo o alegrarlo. Después de tantas señales viejas, tantas huellas cubiertas de musgo y cuerdas deshechas por los años, la posibilidad de que hubiera alguien real, vivo, moviéndose por ese mismo tramo de bosque en ese mismo momento, le generaba una mezcla incómoda de esperanza y alarma que no sabía bien cómo separar.
El sonido llegó sin ningún aviso: un crujido de ramas, cerca, demasiado cerca, viniendo de un grupo de arbustos a su derecha.
Ella reaccionó antes de que Sevrin llegara siquiera a girar la cabeza.
Se lanzó desde su hombro hacia el sonido, las alas desplegadas al máximo, un chillido agudo saliendo de su garganta que Sevrin no le había escuchado nunca, ni siquiera durante el ataque del felino.
—¡Tii, espera! —gritó Sevrin, pero ya era tarde.
Ella se había plantado entre él y los arbustos, pequeña y completamente erguida, como si su tamaño no importara frente a lo que fuera que hubiera escuchado ahí dentro.
Por un segundo, Sevrin tuvo más miedo por ella que por sí mismo.
Los arbustos se sacudieron una vez más.
Y de ahí salió, torpe, aleteando con dificultad, uno de esos insectos alados del tamaño de un puño que Sevrin ya había visto antes, asustado por algo tan simple como el propio movimiento de ellos dos acercándose al arroyo.
Silencio.
Ella se quedó flotando un momento más, el cuerpo todavía tenso, antes de bajar los hombros, por así decirlo, y volver volando hasta el brazo de Sevrin, algo avergonzada, si es que las hadas podían sentir vergüenza.
—Era solo un bicho —dijo Sevrin, con media sonrisa, aunque el corazón todavía le latiera rápido—. Pero gracias por el intento.
Ella no respondió, claro, pero se quedó pegada a su brazo un rato más de lo normal, como si necesitara asegurarse de que efectivamente no había habido ningún peligro real.
Siguieron caminando el resto de la tarde con más cuidado que de costumbre, Sevrin revisando cada tanto por encima del hombro, ella volando más cerca que de costumbre, sin alejarse ni siquiera para perseguir mariposas o buscar frutos, como solía hacer.
No encontraron a nadie. Ninguna otra huella, ningún otro rastro de fuego, ninguna otra señal de que la persona —o lo que fuera— que había comido esa fruta y encendido ese fuego siguiera cerca.
Pero la sensación no se fue del todo.
Sevrin acampó esa noche más temprano que de costumbre, eligiendo un lugar apartado, entre dos rocas que ofrecían algo de cobijo por los costados, y se quedó despierto un rato más de lo necesario, mirando hacia la oscuridad del bosque, con la certeza incómoda de que, por primera vez desde que había dejado la costa, no estaban solos en ese tramo del camino.
Alguien más caminaba cerca.
Y todavía no sabía si eso era una buena noticia o una mala.

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Estás leyendo el capítulo 26 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 24 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.