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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 18 online gratis en español

Dejó el refugio destruido a propósito. No por rencor ni por ningún ritual que se le hubiera ocurrido. Simplemente desarmó el techo de hojas, lo esparció entre los arbustos cercanos, y deshizo el travesaño entre las dos ramas donde había colgado su ropa la primera noche. No quería que quedara ahí, vacío, marcando un lugar al que ya no iba a volver. Prefería que el bosque se lo tragara rápido, que en unas semanas no quedara nada que dijera que un humano había dormido ahí. El morral pesaba más de lo que esperaba, colgado del hombro. El bastón, atado por fuera con una tira de cuero. El sol grande ya alto, el pequeño apenas visible, como cada mañana. Tii lo observaba desde una rama baja, en silencio. Pero esta vez no estaba como siempre. Llevaba una pequeña bolsa tejida cruzada sobre el cuerpo, apenas visible entre las hojas de su ropa. Dentro había algunos frutos pequeños, semillas y un par de trozos de comida seca. Una muda sencilla de ropa vegetal estaba enrollada junto a ellos. A un costado llevaba un cuchillo diminuto, hecho de un material pálido que Sevrin no reconocía, y una pequeña lanza descansaba sujeta a su espalda. No parecía pesarle demasiado. De hecho, parecía bastante contenta. Sevrin no se había dado cuenta de cuándo había conseguido todo aquello. ¿Cuándo...?, pensó, pero no terminó la frase. Porque la respuesta era obvia. Tii lo había preparado mientras él destruía el refugio. O antes. Quizás la noche anterior. Quizás desde el momento en que él dijo "me voy". —Bueno —dijo Sevrin, sin saber muy bien a quién le hablaba—. Es hora. Caminó hasta el borde del claro antes de detenerse. No fue a despedirse de las hadas. No sabía cómo. No tenía gestos para eso. Y ellas no habrían entendido. Así que hizo lo único que podía hacer: se fue sin mirar atrás. Y eso, de alguna forma, le dolió más que si hubiera ido. Sabía lo que tenía que decir, aunque no tuviera ninguna palabra real para decirlo. Se dio la vuelta, y ella voló hasta quedar flotando frente a su cara, esperando, como esperaba siempre que él tenía algo que comunicar. Señaló hacia adelante, hacia el bosque desconocido más allá del claro. Después se señaló a sí mismo. Después la señaló a ella, y negó con la cabeza. —Tú no —dijo, la voz más baja de lo que pretendía—. Es peligroso. No sé qué hay ahí. Ella no se movió. —No sé qué hay ahí —repitió, como si decirlo dos veces fuera a cambiar algo—. Tienes tu gente. Tu tronco. Tu comida. Aquí estás segura. Ella ladeó la cabeza, el mismo gesto de siempre cuando no entendía las palabras, pero esta vez Sevrin tuvo la sensación incómoda de que sí había entendido algo, y que simplemente había decidido no aceptarlo. Buscó en el morral y sacó dos frutos, de los que había estado guardando para el camino, y se los ofreció en la palma abierta. —Toma —dijo—. Esto es para ti. Ella miró los frutos. Después lo miró a él. Sevrin señaló hacia el tronco hueco, a lo lejos. —Vuelve. Ella no se movió durante un largo rato. Y entonces, despacio, tomó uno de los frutos entre sus manos diminutas. Sevrin sintió algo aflojarse en el pecho, un alivio incómodo, mezclado con algo que no quería nombrar todavía. Bien, pensó. Lo entendió. Se queda. Se dio la vuelta y empezó a caminar, sin mirar atrás, porque mirar atrás le parecía, de pronto, una idea insoportable. Caminó durante mucho tiempo. El bosque cambió despacio a su alrededor: los árboles gigantes de la costa fueron dejando paso a troncos más delgados, más juntos entre sí, la luz filtrándose distinta, en ángulos que no había visto antes. Miró atrás una vez, a los pocos minutos. Nada. Solo árboles, el sendero por el que había venido perdiéndose entre las sombras. Siguió. Miró atrás otra vez, más tarde —no sabía cuánto, había perdido la cuenta del tiempo igual que había perdido la cuenta de los días— y tampoco vio nada. Se quedó, pensó, y la idea le pesó más de lo que esperaba, un peso extraño en el pecho que no tenía ninguna relación con el cansancio de caminar. Era lo mejor. Es peligroso. Hizo bien. Siguió caminando, el morral rebotándole contra la espalda, el bastón golpeando raíces que ya no reconocía. El bosque se volvía más silencioso a cada paso. Menos aves. Menos de esas plantas de colores imposibles que tanto lo habían asombrado el primer día. Algo en el aire cambiaba, más seco, menos cargado de esa humedad dulzona de la costa. Esto es lo que quería, se dijo. Entender qué más hay. Empezar a moverme. No se sintió del todo convencido de su propia frase. Entonces lo escuchó. Un aleteo, rápido, cada vez más cerca, un sonido que conocía tan bien como el de su propia respiración. No tuvo tiempo de girarse. Algo lo golpeó entre los omóplatos con una fuerza que no debería tener un cuerpo tan pequeño, y Sevrin cayó de cara contra la tierra blanda, el morral resbalando de su hombro, el aire escapándosele de los pulmones en un gruñido sorprendido. —¡Qué—! Se dio vuelta, todavía tirado en el suelo, y ahí estaba. Tii. Sobre su pecho, el cabello despeinado, las hojas de su ropa torcidas de un lado, la pequeña bolsa todavía cruzada sobre el cuerpo y la diminuta lanza asegurada a su espalda. Las alas temblando de un esfuerzo que claramente no estaba hecho para volar tan rápido ni tan lejos. Tenía una expresión que Sevrin nunca le había visto antes: los ojos entrecerrados, la mandíbula apretada y las alas tensas. Le golpeó el pecho con las dos manos, un golpe diminuto, ridículo en fuerza, pero cargado de una intención que no dejaba lugar a dudas. —¿Qué haces aquí? —preguntó Sevrin, todavía sin aire—. Te dije que— Ella volvió a golpearlo, más fuerte esta vez, y después señaló el fruto que todavía llevaba apretado en la otra mano —el mismo que él le había dado, casi aplastado ya por el vuelo— y lo lanzó contra su pecho con toda la fuerza que pudo reunir. El fruto rebotó contra la tela de su camisa y cayó sobre la tierra, entre los dos. Sevrin se quedó mirándolo. No estaba aceptando la comida, entendió, con una claridad que le llegó de golpe, tarde, como casi todo lo importante que había entendido en ese mundo. Estaba aceptando irse. Sevrin se quedó mirándola. Tenía el pecho golpeado, el fruto aplastado en la tierra, y una hada diminuta encima de él, respirando agitada, con los ojos entrecerrados. Y por algún motivo, sintió ganas de reírse. No lo hizo. Pero las ganas estaban ahí. —No puedo protegerte si algo sale mal —dijo finalmente, en voz baja. Ella no respondió, claro. Pero tampoco se movió de su pecho, y sus alas, poco a poco, dejaron de temblar. Sevrin se incorporó despacio, recogió el morral, se sacudió la tierra de la ropa, y se agachó a levantar el fruto aplastado del suelo. Lo miró un segundo y después, sin decir nada, se lo devolvió a ella. Ella lo tomó. Esta vez no lo comió. Lo guardó, junto a su pecho, como quien guarda algo que ya no es solo comida. —Está bien —dijo Sevrin, y por primera vez desde que había tomado la decisión de irse, la frase le salió con algo parecido a la certeza—. Vienes conmigo, entonces. Se puso de pie. Se acomodó el morral en el hombro, el bastón bajo el brazo. Ella voló hasta su hombro de siempre, se acomodó ahí como si nunca se hubiera ido, y por primera vez desde que Sevrin la conocía, no miró hacia atrás ni una sola vez. Miraba hacia adelante. Igual que él. Caminaron el resto del día sin detenerse demasiado, el bosque cambiando poco a poco a su alrededor, la costa y el mar y el tronco hueco quedando cada vez más lejos, convirtiéndose ya en algo que Sevrin llevaba consigo del mismo modo que llevaba la talla de madera, la tira de carne curada, y un fragmento de metal envuelto en tela en el fondo de un morral tejido por manos que no eran las suyas. No sabía qué había hacia el oeste. No sabía qué había hacia el sur. No sabía qué era el metal que llevaba en el fondo del morral, ni por qué se había calentado cuando lo tocó, ni qué significaba eso. Pero por primera vez desde que había llegado, no caminaba solo. Y eso, por ahora, era suficiente para seguir moviéndose hacia adelante. Mientras se alejaban, Sevrin miró atrás una última vez. Algunas hadas lo observaban desde las raíces. Ninguna se acercó. Ninguna lo llamó. Pero tampoco se movieron. Se quedaron ahí, mirándolo, hasta que el bosque se los tragó. Tii tampoco volvió la cabeza hacia ellas. O quizá sí lo había hecho antes de que Sevrin empezara a caminar.
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 18

Estás leyendo el capítulo 18 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 24 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.