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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 19 online gratis en español

Llevaban tres días caminando cuando el mar desapareció del todo. Sevrin no se dio cuenta del momento exacto en que dejó de escuchar las olas de fondo, ese ruido constante que lo había acompañado desde la primera noche. Solo notó, en algún punto de la tarde del tercer día, que llevaba un buen rato sin oírlas, y que cuando se detuvo a prestar atención, no quedaba nada. Solo el bosque. Eso debería haberlo inquietado más de lo que lo inquietó. Ella hacía que caminar fuera distinto. Se adelantaba entre los árboles, desaparecía un rato, volvía volando a toda velocidad para posarse en su hombro como si nunca se hubiera ido. A veces encontraba frutos que Sevrin no había visto —unos alargados, de cáscara dura y pulpa anaranjada, que ella insistió en darle a probar empujándoselos contra la boca hasta que él cedía— y otras veces simplemente volaba en círculos a su alrededor, sin ningún propósito aparente más que el de estar en movimiento. Una vez se metió entre un grupo de arbustos bajos y salió disparada un segundo después, perseguida por algo del tamaño de un puño que zumbaba furioso. Sevrin la vio esquivarlo en el aire con una facilidad que rayaba en lo burlón, dar dos vueltas alrededor de un tronco, y perder al perseguidor entre las ramas antes de volver a posarse en su hombro, tan tranquila como si nada hubiera pasado. —Un día de estos no vas a esquivar a tiempo —le dijo Sevrin, sin poder evitar la sonrisa. Ella lo miró, ladeó la cabeza, y le mordisqueó la oreja con una suavidad que no dolía en absoluto, más un gesto que un ataque. Sevrin se rió. Otra vez. Cada vez le costaba menos. Caminar solo había sido, sobre todo, silencio y decisiones que nadie más presenciaba. Caminar con ella era distinto de una forma que todavía no sabía nombrar del todo: menos decisiones tomadas en el vacío, más ruido pequeño y constante, menos necesidad de llenar el silencio con sus propios pensamientos porque ya no estaba completamente solo con ellos. No lo hacía más fácil, exactamente. Lo hacía más soportable. El problema apareció al cuarto día, cuando Sevrin se detuvo en medio de un claro y se dio cuenta de que no tenía la menor idea de hacia dónde estaba caminando. Con el mar, siempre había sabido al menos una cosa: de dónde venía. Ahora todo era bosque en todas direcciones, sin ningún punto fijo que le sirviera de referencia, ninguna colina como la que había usado la primera semana, nada más que árboles y un cielo que cambiaba de formas que todavía no terminaba de leer bien. —No sé hacia dónde vamos —admitió, en voz alta, más para sí mismo que para ella. Ella voló un poco más adelante, se detuvo, y esperó. —Eso no ayuda —dijo Sevrin, aunque en el fondo sí ayudaba, un poco, que ella actuara como si el rumbo no fuera un problema tan grande. Siguió caminando en la dirección que ella parecía sugerir, sin ninguna certeza de que fuera la correcta, solo con la idea vaga de que alejarse de la costa en línea más o menos recta tenía que llevarlo a algún lado, tarde o temprano. Encontró la primera señal esa misma tarde. Una marca en un tronco, a la altura de su pecho, hecha con algo filoso: tres líneas paralelas, cortas, superpuestas a otras más viejas y casi borradas por el crecimiento de la corteza. No se parecía a las marcas que había visto cerca de las plataformas de los árboles, más rectas, más deliberadas. Estas eran más toscas. Repetidas muchas veces, en el mismo lugar, como si alguien —o algo— hubiera pasado por ahí una y otra vez a lo largo de los años. Un poco más adelante, encontró los restos de una fogata. Mucho más vieja que la que había visto en el territorio de la especie arbórea: las piedras que la rodeaban estaban cubiertas de musgo, casi hundidas en la tierra, y las cenizas ya ni siquiera eran cenizas, solo una mancha oscura y compacta en el suelo. Y después, medio enredado entre las raíces de un árbol caído, un trozo de cuerda distinto al que había encontrado antes: más gruesa, trenzada de otra forma, con nudos que no reconocía. Se quedó mirando los tres hallazgos, separados entre sí por no más de una hora de caminata. No son de las hadas, pensó. Tampoco de los que viven en los árboles. Esto es otra cosa. Los tres parecían viejos. Muy viejos. Como si alguien hubiera pasado por ahí mucho antes de que él llegara a ese mundo. Y los tres estaban en la misma dirección. Como si alguien hubiera seguido un camino. O como si hubiera intentado encontrar algo. Ella se posó sobre la cuerda vieja, la olfateó, y voló de vuelta a su hombro sin ningún gesto que Sevrin pudiera interpretar como reconocimiento. Fuera lo que fuera, tampoco era de su gente. Ya casi anocheciendo, encontró lo último: una estructura pequeña, apenas un armazón de ramas cruzadas contra un peñasco bajo, la mayor parte derrumbada, cubierta de enredaderas que llevaban años creciendo sobre ella sin que nadie las apartara. Un refugio. Abandonado hacía mucho, mucho tiempo. Sevrin se quedó de pie frente a los restos, el morral pesándole en el hombro, el sol grande ya bajando entre los árboles. Dentro, entre las ramas derrumbadas, había algo que no era parte de la estructura. Un trozo de tela. O lo que quedaba de un trozo de tela, descolorido, casi deshecho por el tiempo y la humedad. Y junto a él, medio hundido en la tierra, un objeto pequeño y alargado. Sevrin no lo tocó. No sabía qué era. Pero estaba ahí. Alguien lo había dejado ahí. Alguien había vivido ahí. Y después se había ido. O había muerto. O simplemente había decidido que ya no lo necesitaba. No había nadie. No había ningún indicio de que alguien fuera a volver. Pero alguien había estado ahí. Alguien había necesitado un refugio, en algún momento, en ese mismo lugar exacto, y después se había ido. El bosque está lleno de gente que ya no está, pensó Sevrin, sin saber muy bien qué hacer con esa idea. Y de gente que todavía no encontré. Ella se posó sobre uno de los postes derrumbados, pequeña contra la madera podrida, mirando hacia el interior de la estructura vacía con la misma atención con que había mirado las plataformas de los árboles, semanas atrás. Sevrin decidió no acampar ahí esa noche. Se alejó unos metros, armó su propio refugio simple entre dos rocas, y se quedó despierto un rato más de lo necesario, pensando en cuántas señales como esas debía haber esparcidas por un bosque que, hasta hacía muy poco, él había creído que empezaba y terminaba en una playa y un tronco hueco. No era así. No había sido así nunca. Simplemente él todavía no lo sabía.
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 19

Estás leyendo el capítulo 19 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 24 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.