Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 16 online gratis en español
No durmió esa noche.
La imagen de la criatura arrodillada ante las cenizas no se le iba de la cabeza. La forma en que las había recogido con las manos, casi con delicadeza. El resplandor naranja palpitando bajo las grietas de su piel. Las hendiduras oscuras mirándolo a él —a él, no al guerrero— antes de desaparecer entre los árboles.
Se quedó sentado contra la pared de ramas del refugio, mirando hacia el este a través de la abertura, aunque no hubiera nada que ver, ningún resplandor, ninguna señal de que la criatura de ceniza fuera a volver.
Las hadas llevaban días diciéndome que no fuera hacia allá, pensó. Ahora sé por qué. Y también sé otra cosa.
Si aquello había llegado hasta el tronco hueco —hasta el corazón mismo de la comunidad, hasta las cenizas de un fuego que las recolectoras encendían todos los días sin pensarlo dos veces— quedarse a esperar a que apareciera algo peor no tenía ningún sentido.
No porque tuviera miedo. O no solo por eso.
Quiero saber qué es esto, pensó, y la idea lo sorprendió un poco, viniendo de él, del mismo Sevrin que unas semanas atrás —¿semanas? ya había perdido la cuenta— solo quería terminar la pelea y volver a casa. No para pelear contra eso. Solo para entender en qué clase de mundo estoy parado.
Se quedó con esa idea dándole vueltas hasta que el cielo empezó a aclararse.
Tengo que moverme.
Ella lo observaba desde la entrada del refugio, quieta, las alas plegadas, sin ayudar ni estorbar.
A media mañana, mientras Sevrin todavía estaba decidiendo qué llevarse y qué dejar atrás, una recolectora bajó volando con esfuerzo, cargando algo mucho más grande que cualquier fruta que le hubiera traído antes.
Un morral.
Tejido con fibras vegetales y tiras de corteza, reforzado en las esquinas con hojas endurecidas, tosco, claramente hecho por manos —o algo parecido a manos— demasiado pequeñas para un objeto de ese tamaño. Debía haberles llevado días.
La recolectora lo dejó a sus pies y se alejó rápido, como hacía siempre que le dejaba algo, sin esperar ningún gesto de agradecimiento.
Sevrin lo levantó, pasó los dedos por el tejido áspero, y sintió algo apretarle la garganta que no supo nombrar.
—Gracias —dijo, en voz baja, sabiendo que no iba a entenderlo, sabiendo también que ya no importaba.
Pasó el resto de la mañana reuniendo lo poco que podía cargar dentro del morral nuevo.
Fruta seca al sol, envuelta en hojas grandes. Un odre improvisado con piel curtida que uno de los guerreros le había dejado días atrás, sin ninguna explicación, y que Sevrin nunca había sabido bien para qué era hasta ahora. El bastón, todavía útil aunque la costilla ya casi no le doliera. La talla de madera. La vaina de semillas.
Estaba a punto de cerrar el morral cuando se detuvo.
El metal.
Casi lo había olvidado. Semanas enteras sin pensar en él, medio hundido entre dos raíces cerca de la orilla, exactamente donde lo había visto la primera noche, cuando ni siquiera se había atrevido a tocarlo.
No sabía por qué de pronto le pareció importante. Quizás porque no quería dejar nada atrás sin, al menos, entenderlo un poco. Quizás porque, después de la criatura de ceniza, cualquier cosa hecha de metal en ese bosque le parecía de golpe menos inocente que antes.
—Voy a buscar algo —le dijo a ella, señalando hacia la playa—. Vuelvo.
Ella voló hasta su hombro antes de que terminara la frase.
El lugar estaba exactamente como lo recordaba. La misma arena gruesa, las mismas raíces gemelas hundiéndose en la tierra oscura como serpientes dormidas.
El fragmento seguía ahí, medio hundido, el filo asomando apenas entre la tierra removida por las lluvias de las últimas semanas.
Sevrin se arrodilló frente a él.
Esta vez sí lo tocó.
Pasó los dedos por el borde superior, donde el metal se veía menos deslucido, casi limpio bajo la capa de tierra. No era liso. Tenía un grabado apenas perceptible al tacto, líneas finas que se repetían en un patrón que no llegaba a reconocer como letras, ni como dibujo, ni como nada en particular.
Una placa, pensó. O parte de algo más grande. No una espada entera. Demasiado ancha para eso.
Empezó a cavar alrededor con las manos, apartando la tierra húmeda, sintiendo cómo el objeto se resistía al principio, como si las raíces lo hubieran ido abrazando poco a poco durante quién sabe cuántos años.
Cedió de golpe, sin aviso.
Y el filo, todavía medio cubierto de tierra, le cortó la palma de la mano derecha en un movimiento tan rápido que Sevrin no llegó a sentir el dolor hasta un segundo después.
—Mierda—
Se llevó la mano al pecho, apretando el corte con la otra, y la sangre le corrió entre los dedos, oscura contra la tierra.
El fragmento quedó ahí, liberado, a medio camino entre la tierra y la luz del día, con una gota de sangre resbalando lentamente por su superficie deslucida.
Sevrin se quedó mirándolo.
No pasó nada.
No brilló. No vibró. No hizo absolutamente nada distinto a lo que hace cualquier trozo de metal viejo cuando algo húmedo cae sobre él.
Y sin embargo, por un instante —tan breve que no habría podido jurarlo después, tan breve que ya estaba dudando de haberlo sentido antes de que terminara— le pareció que el metal estaba un poco más tibio de lo que debería, ahí donde la sangre lo había tocado.
Imaginaciones, pensó. Estoy cansado. Nada más.
Ella voló hasta su mano herida, la olfateó, o hizo el gesto equivalente a olfatear, y después miró el fragmento con la cabeza ladeada, sin ningún signo de alarma.
Eso, al menos, lo tranquilizó un poco.
Envolvió el fragmento en un trozo de tela, con cuidado de que el borde no volviera a tocar nada de piel, y lo guardó con cuidado en el fondo del morral, debajo de la fruta seca y el odre, donde no pudiera cortar nada más por accidente.
Se lavó la mano en el agua fría del mar, el corte no demasiado profundo, más un susto que una herida real, y se quedó un momento mirando la línea roja abrirse entre sus dedos con cada movimiento.
Un objeto de otro mundo, en un mundo que ya de por sí no es el mío, pensó. Y ni siquiera sé qué es.
Miró hacia el este, donde el cielo seguía tan tranquilo como si nada hubiera cruzado el bosque la noche anterior.
—No vamos a ir hacia allá —le dijo a ella, aunque no hiciera falta, aunque ella ya lo supiera tan bien como él—. Pero tampoco nos vamos a quedar esperando a que vuelva.
Ella no respondió, claro.
Antes de irse, Sevrin se detuvo un momento y miró hacia el tronco hueco una última vez. Las hadas seguían trabajando, como si nada hubiera pasado la noche anterior. Pero algunas lo miraban a él. La recolectora que siempre le dejaba la pasta estaba cerca de la entrada, quieta, observándolo. El guerrero de armadura gris flotaba en una rama baja, la lanza apoyada contra el hombro. No hizo ningún gesto. Solo lo miró.
Sevrin levantó una mano. No fue un saludo. No fue una despedida. Fue algo entre las dos cosas. Un gesto pequeño, apenas un movimiento.
El guerrero no respondió. Pero tampoco apartó la mirada.
Sevrin se giró y empezó a caminar hacia donde las hadas no se aventuraban, hacia donde el bosque se acababa, hacia donde las raíces se volvían más gruesas y los árboles más altos. No hacia el este. No todavía. Pero en una dirección que lo alejaba del mar, del tronco, de todo lo que había conocido en ese mundo hasta ahora.
La herida en la palma seguía ahí, una línea roja que no terminaba de cerrarse. No dolía. Pero tampoco se olvidaba.
Ella se quedó en su hombro todo el camino, y por primera vez desde que Sevrin la conocía, no miró ni una sola vez hacia atrás, hacia el mar donde todo había empezado.
Miraba hacia adelante.
Hacia donde fuera que él decidiera ir.

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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 16
Estás leyendo el capítulo 16 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 24 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.