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Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 14 online gratis en español

La convocaron a la sala de entrenamiento antes del mediodía, sin explicación, con una nota sellada que solo decía: Presentarse. Ala de prácticas, torre este. Sylvara llegó con la armadura puesta, la lanza en la espalda, sin saber si se trataba de una orden, una evaluación, o simplemente algo que alguien había decidido sin consultarla. La sala no era como las demás. El suelo no era de arena común. Era una mezcla de arena y polvo de piedra volcánica, de un gris oscuro que absorbía la luz en lugar de reflejarla. Los golpes no levantaban nubes de polvo. Se hundían. El sonido de las hojas al chocar resonaba distinto ahí: más seco, más metálico, sin eco, como si el propio suelo se tragara el ruido. Las paredes estaban cubiertas de nombres. Cientos. Miles. Grabados en la piedra por generaciones de instructores, con fechas y sin ellas, con emblemas y sin ellos. Nombres de Espadas caídas. Sylvara los conocía de memoria. Había uno, cerca de la entrada, que había visto grabar con sus propios ojos hacía tres años. Y espacio para más. El techo no estaba abierto al cielo. Estaba cubierto por una cúpula de cristal ahumado que filtraba la luz de los dos soles y la convertía en algo más tenue, más uniforme. Como si el entrenamiento estuviera siempre en penumbra. La encontró ya ahí, en el centro del círculo, terminando una serie de movimientos con una espada que Sylvara no reconoció. La hoja era curva, más larga de lo habitual, y estaba hecha de dos metales distintos —uno claro, uno oscuro— entrelazados como dos ríos que se cruzan. El tipo de arma que exigía años de entrenamiento solo para no cortarse a uno mismo. La mujer que la sostenía era más baja que Sylvara, de hombros anchos, el cabello castaño recogido en una trenza apretada. Llevaba una túnica de entrenamiento de un rojo oscuro, desgastada en los bordes, con el emblema del sur bordado en hilo negro: un sol partido por la mitad. Las protecciones de antebrazo no eran de cuero. Eran de un material flexible, casi como tela metálica, que reflejaba la luz de forma extraña. Y sobre la frente, de sien a sien, tenía una cicatriz fina, casi invisible, que no era de combate. Sus ojos eran ámbar claro, casi dorados, con una pupila ligeramente rasgada. No del todo redonda. —La Cuarta Espada —dijo un instructor, con una reverencia que a Sylvara nadie le había hecho nunca del todo—. Marielle Dansk. Marielle bajó el arma, la envainó con un solo movimiento fluido, y se giró. —Así que tú eres la Quinta —dijo, acercándose, extendiendo una mano. Sylvara la miró un segundo antes de estrecharla. La mano de Marielle era más ancha que la suya, con callos en lugares distintos. De empuñar un arma distinta. De vivir en un lugar distinto. —Sylvara Voss. —Lo sé. Todo el mundo en la Cámara de Mando sabe quién eres. No lo dijo con desprecio. Lo dijo como quien constata un hecho, del mismo modo en que hubiera dicho que llovía. Entrenaron. O mejor dicho, Marielle propuso entrenar, y Sylvara no encontró ninguna razón lo bastante buena para negarse. Fue peor de lo que esperaba, y no por la técnica. Marielle golpeaba con una precisión que hablaba de años de combates reales, no de práctica de patio. La hoja de dos metales silbaba al cortar el aire, y cada impacto contra la lanza de Sylvara resonaba en el suelo volcánico con un sonido seco, sin eco, como si la sala se lo tragara. Pero además hablaba mientras peleaba, sin esfuerzo, como si mantener una conversación y desviar una lanza fueran ejercicios de la misma dificultad. —El sur está tranquilo, por si te lo preguntabas —dijo, esquivando un barrido bajo—. Aburrido, en realidad. Los Khaim de allá son predecibles. Territoriales. Uno aprende sus patrones en un par de meses y después es cuestión de paciencia. —Qué suerte —dijo Sylvara, sin poder evitar que sonara más seco de lo que pretendía. Marielle se rió, un sonido corto, nada burlón. —No es suerte. Es que a nadie coordina a los Khaim del sur. Se matan entre ellos con la misma facilidad con la que atacan una aldea. —Bloqueó un golpe, avanzó medio paso—. Por eso lo tuyo me interesa. —¿Lo mío? —Lo que dijiste en la Cámara. Lo de que se movían juntos. Sylvara se detuvo un segundo de más, y Marielle aprovechó para tocarle el hombro con la punta roma de su espada, un golpe simbólico, casi cortés. —Punto para mí. Descansaron sentadas en el borde del círculo, el sudor enfriándose contra la piel, la luz tenue de la cúpula cayendo sobre las paredes cubiertas de nombres. Sylvara bebió agua de una cantimplora que no recordaba haber traído. Marielle no bebió nada. Solo miraba los nombres de la pared, uno en particular, cerca del suelo, casi borrado por el tiempo. —No te creyeron —dijo Marielle, sin rodeos—. Lo del Regente. —No. —Yo tampoco sé si te creo del todo. —Se encogió de hombros, sin malicia—. Pero he visto suficiente en el sur para saber que los Khaim no deberían poder organizarse así, sin que alguien o algo los empuje a hacerlo. Sylvara la miró, sorprendida a su pesar. —¿Por qué no lo dijiste en la Cámara? Marielle no respondió enseguida. Siguió mirando el nombre casi borrado de la pared. Después, muy despacio, habló. —Porque yo tengo cuatro misiones perfectas seguidas. Cuatro. Y tú tienes cuatro pueblos perdidos. Si yo defiendo tu teoría, la gente empieza a preguntarse si me equivoqué en algo del sur que no vi. Es más fácil para todos que yo me quede callada. Lo dijo sin disculparse, sin bajar la vista, como quien explica una regla del juego que no inventó pero tampoco va a fingir que no existe. Sylvara no supo si odiarla por eso o respetarla más. —¿Y qué me importa a mí que sea más fácil? —dijo, al final. —Nada. Por eso te lo estoy diciendo aquí y no allí. Marielle se puso de pie. Recogió su espada de dos metales del suelo y la envainó con el mismo movimiento fluido de antes. Antes de irse, se detuvo un momento, mirando hacia el norte a través de la cúpula ahumada, hacia una dirección que ninguna de las dos podía ver realmente desde ahí. —Si tienes razón —dijo, sin volverse del todo—, espero que lo descubras antes de que te cueste una quinta vez. Y se fue. Sylvara se quedó sola en el borde de la arena volcánica, con el sudor enfriándose y una idea nueva, incómoda, dándole vueltas en la cabeza. Pero no era solo una idea. Marielle había dicho "cuatro misiones perfectas seguidas". Cuatro. Y después había mirado un nombre casi borrado en la pared. Un nombre que Sylvara no había alcanzado a leer desde donde estaba. Se levantó. Caminó hasta la pared. Se agachó. El nombre estaba casi ilegible. Pero debajo, en letras más pequeñas, había una fecha. Y una palabra. Sur. Año 412. Junto al nombre, grabada más hondo en la piedra, había una marca pequeña. Un emblema. Un sol partido por la mitad. El mismo que Marielle llevaba bordado en la túnica. Sylvara se quedó mirando el nombre un buen rato. No sabía quién era. No sabía qué había hecho. No sabía por qué Marielle Dansk, una mujer con cuatro misiones perfectas, se había detenido a mirar aquel nombre. Pero ahora tenía una pregunta nueva. ¿Por qué una mujer con cuatro misiones perfectas había estado mirando el nombre de alguien del sur?
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La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 14

Estás leyendo el capítulo 14 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 21 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.