Leer La Forma de un Monstruo (Novela) Capítulo 13 online gratis en español
Sus habitaciones no eran grandes.
Un catre, una mesa, un baúl con esquinas reforzadas de metal, una ventana estrecha que daba a un patio interior donde nunca entraba demasiada luz. Nada en las paredes. Ninguna bandera, ningún trofeo, ningún emblema del Imperio colgado como quien exhibe un logro.
Sylvara cerró la puerta con el pie y empezó a quitarse la armadura antes de llegar siquiera a la mesa.
Los guanteletes primero. Después las hombreras, una a una, dejándolas caer sobre el baúl con un sonido metálico que ya conocía de memoria. El peto le costó más —siempre le costaba más, después de un día largo, los broches traseros resistiéndose a sus propios dedos entumecidos— hasta que finalmente cedió y pudo respirar hondo por primera vez en horas sin que nada le apretara las costillas.
Debajo, la ropa interior de tela gruesa estaba oscura de sudor.
Se la quitó también, y se quedó un momento de pie frente al espejo pequeño y manchado que colgaba junto a la ventana.
Las cicatrices no le sorprendían ya. Hacía tiempo que habían dejado de ser algo que miraba con atención; eran, simplemente, parte del paisaje de su propio cuerpo. Como las montañas del norte. Como el humo que nunca terminaba de irse.
Se lavó con el agua fría de la jofaina, despacio, sin prisa por primera vez en todo el día. Se puso ropa de calle, simple, sin ningún emblema.
Golpearon la puerta.
—Está abierto —dijo, sabiendo quién era antes de que la puerta terminara de abrirse.
Ren entró con dos cuencos humeantes, uno en cada mano, empujando la puerta con la cadera porque no le quedaban manos libres para el picaporte.
—Te ves como el infierno —dijo, dejando uno de los cuencos sobre la mesa con un golpe seco.
—Gracias.
—No es un cumplido.
Ren llevaba treinta años en el Imperio, la mayoría de ellos en las cocinas de la guarnición, y conocía a Sylvara desde antes de que nadie la llamara Quinta Espada siquiera. La había visto llegar, doce años atrás, con las manos vacías y la ropa quemada, sin nada más que un nombre que nadie sabía pronunciar bien todavía.
Se sentó en el único taburete libre, sin que nadie lo invitara, como hacía siempre.
—¿Y bien? —preguntó, sorbiendo del suyo—. ¿Te destrozaron ahí adentro?
—Como siempre.
—¿Valdris?
—Valdris.
Ren resopló, un sonido que no necesitaba palabras para expresar exactamente lo que pensaba de Valdris.
—Ese hombre nunca en su vida ha llegado tarde a nada, porque nunca en su vida ha ido a ningún sitio donde pudiera pasarle algo. Es fácil ser puntual desde un escritorio.
Sylvara no dijo nada, pero algo en sus hombros se aflojó un poco, lo suficiente para que Ren lo notara y no dijera nada al respecto.
Comieron en silencio un rato. El guiso era el mismo de siempre —Ren nunca cocinaba otra cosa para ella, doce años ya— y Sylvara nunca le había dicho que en realidad no le gustaba especialmente. No después de la primera vez, cuando Ren se lo había servido sin preguntar, como si ya supiera que era justo lo que necesitaba esa noche.
Ya no valía la pena decirlo.
—Tienes esa cara otra vez —dijo Ren, al rato, sin levantar la vista del cuenco.
—¿Qué cara?
—La de cuando decides que no vas a dejar algo tranquilo.
Sylvara no respondió enseguida.
—Nada —dijo finalmente.
—Ajá.
Ren no insistió. Nunca insistía. Había aprendido, en doce años, que Sylvara hablaba cuando quería hablar, y que empujarla solo conseguía que se cerrara más rápido.
Así que en cambio empezó a contarle sobre el nuevo recluta que había quemado la mitad de una olla intentando impresionar a alguien, y sobre una discusión entre dos oficiales de intendencia por un cargamento de grano que había llegado con tres días de retraso, y sobre nada en particular, en realidad, solo el ruido cómodo de una voz que no le pedía nada.
A mitad de la historia, sin embargo, se detuvo.
—Ah, y algo raro —dijo, dejando el cuenco a un lado—. En la cocina andan diciendo que los exploradores que volvieron del norte no trajeron las mismas historias que los mensajeros. No sé. Cosas de cocineros. Pero cuando tres personas distintas te cuentan tres versiones distintas de lo mismo, normalmente es porque alguien está mintiendo. O porque nadie sabe qué pasó realmente.
Sylvara levantó la vista del cuenco.
—¿Quiénes?
—No sé nombres. Gente del norte. Gente que volvió. Gente que no volvió a salir. Lo de siempre.
No era información. Era un rumor. Pero era exactamente el tipo de rumor que Sylvara llevaba años aprendiendo a escuchar.
—Gracias —dijo.
—No me des las gracias. Solo estoy repitiendo lo que oigo. —Ren se levantó, recogiendo los cuencos—. Duerme. Aunque sea un poco.
—Lo intentaré.
—No lo intentes. Hazlo.
La puerta se cerró.
Sylvara se quedó sentada un rato más, mirando la ventana estrecha, el pedazo de cielo nocturno que alcanzaba a verse desde ahí: un fragmento pequeño, casi nada, de las dos lunas del Imperio.
Debería estar revisando los informes. Debería estar hablando con los exploradores que volvieron del norte. Debería estar haciendo algo. Pero Ren tenía razón. Estaba cansada. Y mañana, pensó, mañana sería otro día.
Se levantó, finalmente, y abrió el baúl.
Debajo de la ropa de repuesto, debajo de un cuchillo que ya no usaba, había un trozo de tela. Pequeño, quemado en un borde, con un bordado casi completamente deshecho por el tiempo y el fuego que alguna vez lo había alcanzado.
No sabía qué representaba el bordado. Nunca había podido reconstruirlo del todo. Pero era de su madre, o había sido de su madre, y era la única cosa que Sylvara había sacado de aquel pueblo, doce años atrás, además de un nombre y una lanza que todavía no le pertenecía entonces.
Lo sostuvo un momento.
Recordó el olor del humo. No el del norte. El de su pueblo. El de su casa. El de su madre. Un olor que no se parecía a nada más. Y que no había vuelto a sentir desde entonces.
Ninguna Espada del Imperio, ningún noble en la Cámara de Mando, ni siquiera Valdris con toda su inteligencia militar, sabía que existía.
Lo guardó otra vez, cerró el baúl, y se acostó sin quitarse la ropa de calle, dejando la lanza apoyada contra la pared, al alcance de la mano, como cada noche desde hacía doce años.
El norte podía esperar hasta mañana.
Por esta noche, al menos, había alguien que le llevaba guiso sin que ella lo pidiera, y eso —pensó, ya casi dormida— era más de lo que la mayoría de la gente en aquella sala jamás tendría.

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Estás leyendo el capítulo 13 de La Forma de un Monstruo (Novela), un novela. Sevrin no era nadie. Una vida vacía. Un mundo que no le ofrecía nada. Hasta que todo terminó. Despertó en un mundo que no entiende. Dos soles, dos lunas y criaturas que observan en silencio desde lugares que no puede… Este capítulo tiene publicado el 21 de septiembre de 2026. La Forma de un Monstruo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.