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Leer La Espada Ilumina el Gran Yermo (Novela) Capítulo 254 online gratis en español

🏴 Grupo: Limitless - Derk10✍️ Traducción: Limitless - Derk10
Al escuchar la respuesta de la Duodécima Dama, Ding Songyan le echó un vistazo y no insistió en el tema. Si ella misma lo decía con tanta seguridad, él lo tomaría por cierto. Que digan lo que quieran y que escuchen lo que quieran. Ding Songyan reflexionó un momento: —Más tarde tendré que pagarle al chef Shi y a los demás para que indaguen sobre la Calle Shushui. El asunto de la Orden del Chamanismo podía ser solo la fachada que la Demonia Ji había dejado a la vista, con algo más oculto debajo. Aunque su conjetura fuera errónea, no perdía nada. Le costaría un poco de plata y no mucho tiempo; además, el dinero era algo prescindible que siempre podía volver a ganarse. Tenía los medios y nunca le faltaba, pues apenas encontraba en qué gastarlo. —Eres bastante meticuloso —comprendió la Duodécima Dama Luo tras sopesar su razonamiento. Ninguno de los dos se demoró en la Calle Shushui y se dirigieron hacia la Montaña de las Flores, ubicada al noroeste del Estanque Dorado. Se decía que el Inmortal Exiliado del Trueno Azur, Li Linquan, había estado entrenando su esgrima allí con frecuencia durante los últimos días. Al pasar por el pie de la montaña, a la Duodécima Dama Luo le llamó la atención un puesto de figuras de azúcar. Pagó cinco monedas y, frotándose las manos con entusiasmo, probó suerte haciendo girar la flecha de madera para ver qué diseño le tocaba. —Con tu fuerza, ¿no podrías simplemente hacer que la flecha caiga donde tú quieras? —le divirtió a Ding Songyan verla tan concentrada. La Duodécima Dama Luo le lanzó una mirada de reojo: —Por supuesto que no uso artes marciales. Se trata de probar tu suerte. Cuando sacas varillas en un templo, ¿acaso fuerzas la que quieres con qi verdadero? Ding Songyan hizo una pausa antes de responder: —Tal vez sí. —Yo también lo creo —asintió ella de inmediato. Sus dedos largos y esbeltos le dieron un ligero impulso a la flecha fijada al disco, haciéndola girar. La Duodécima Dama Luo observó con total concentración, con los ojos brillándole de puro entretenimiento. Pronto, bajo su mirada atenta, la flecha perdió velocidad y se detuvo, señalando uno de los dos premios principales: «Fénix». —Otra vez... —lejos de alegrarse, la Duodécima Dama Luo dejó ver un toque de resignación. —¿Siempre te sale ese? —se sorprendió Ding Songyan. —No siempre; si no, ¿por qué habría estado tan atenta? Solo me sale siete u ocho veces de cada diez —suspiró ella. Al ver que el vendedor ya se disponía a dibujar un fénix con caramelo sobre la losa de piedra blanca, Ding Songyan le preguntó con una sonrisa: —¿De verdad no quieres el fénix? —Mm —asintió la Duodécima Dama Luo. —Si no lo quieres, no lo pidas —Ding Songyan se giró hacia el vendedor—: Haga algo sencillo, por favor... «Si no lo quieres, no lo pidas...». La Duodécima Dama Luo se quedó paralizada, recordando que él había dicho una frase muy parecida tiempo atrás. Cuando volvió en sí, el comerciante ya había elaborado lo que Ding Songyan le pidió: un disco grueso de caramelo dorado, del ancho de media palma, con un delgado palito de madera incrustado en el centro. —¿Y esto cuenta como una figura de azúcar? —la Duodécima Dama Luo tomó el disco dorado y soltó una risa divertida. ¡No se parecía en nada a una figura moldeada! —Es una pintura del gran sol —respondió Ding Songyan con absoluta seriedad, antes de sonreír—: Es como el hermano lejano de las frutas confitadas. «Una paleta. Seguro jamás ha probado una», pensó él. La Duodécima Dama Luo le dio una probadita y solo sintió un dulzor persistente, idéntico al de cualquier otra figura de azúcar; sin embargo, de algún modo su ánimo mejoró de forma considerable. Tras probar la paleta un par de veces, le echó un vistazo al tablero y dijo con interés: —Inténtalo tú. A ver qué te sale. Sabiendo que a ella le salía el fénix casi siempre, a Ding Songyan también le entró la curiosidad. Pagó cinco monedas, extendió la mano derecha y se dispuso a empujar la flecha. «Con mi talento y mi aspecto, sería una injusticia que no me saliera un dragón, ¿no?», pensó. En cuanto su dedo tocó la flecha, liberó un hilo de qi verdadero en secreto para guiarla suavemente y asegurar el resultado deseado. De pronto, un choque tenue de qi de espada vino volando —no afilado, pero denso y constante— y dispersó el qi verdadero que él había proyectado. Sin fuerza para controlar el impulso, su dedo terminó dándole un chasquido a la flecha. Ding Songyan se quedó atónito. Al girar la cabeza, vio a la Duodécima Dama Luo con la paleta entre los labios, ladeando ligeramente la cabeza con una mirada llena de burla y presunción. «¡Sabía que harías trampa!». «En fin...», Ding Songyan sacudió la cabeza divertido, se enderezó y observó cómo la flecha perdía velocidad hasta detenerse en el tablero. Apuntaba a «Toro». La cara de Ding Songyan se quedó en blanco durante un par de respiraciones, algo poco habitual en él. —¿Acaso tienes alguna afinidad con los Toros? —la voz burlona de la Duodécima Dama Luo llegó justo a tiempo. —Se podría decir que sí —respondió él, siempre listo para reírse de sí mismo—: En su momento tuve un supuesto hermano mayor al que llamaban Daniu (Toro), y a mí algunos me decían Segundo Toro (Erniu). \[1\] —¿Segundo Toro Ding? —la Duodécima Dama Luo puso una cara que dejó claro que guardaría esa historia poco gloriosa en la memoria. Entonces recordó algo que él le había mencionado antes: —Cuando me pediste por primera vez que me hiciera pasar por tu cuñada, ¿era para fingir que era la esposa de Daniu? ¿Acaso murió? —Sí. Al final nunca usamos ese plan, ¿recuerdas? —asintió Ding Songyan—. En realidad era un bandido despiadado; me obligaron a llamarlo hermano mayor. —Has tenido una vida bastante variada —al ver que él no tenía intenciones de profundizar en los detalles, la Duodécima Dama Luo tuvo la delicadeza de no indagar más. Siguiendo el mismo método, Ding Songyan le pidió al vendedor que cambiara el «Toro» por otra paleta artesanal. Cuando estuvo lista, se la entregó a la Duodécima Dama sin darle rodeos. —¿No te la vas a comer tú? —se extrañó la Duodécima Dama Luo. —¿Acaso no voy a ajustarle las cuentas a Li Linquan? Si me presento con esto en la mano, va a pensar que me estoy burlando de él —sonrió Ding Songyan mientras dejaban atrás el puesto. Quemar incienso para serenar la mente antes de un enfrentamiento era un gesto elegante que aumentaba la presencia; pero presentarse a pelear con una paleta en la boca solo conseguiría enfurecer al rival. La Duodécima Dama Luo se imaginó la escena y se le curvó la comisura de los labios sin darse cuenta. Aceptó la explicación, tomó la paleta y comentó con cierta preocupación: —¿No te dije que mi talento es engordar en cuanto como demasiado? Antes de que él pudiera responder, la tendera agregó con ligereza: —Aunque solo me toma un par de respiraciones volver a recuperar la figura. «Duodécima Dama, te las arreglas muy bien para entretenerte sola... igual que cuando haces coronas, adornos para el cabello o gallos de bádminton...», pensó Ding Songyan, preguntándole con curiosidad: —¿Y cómo le haces para bajar de peso tan rápido? —Quemándolo —respondió ella sin el menor esfuerzo por ocultar su naturaleza. «Literalmente quemando las calorías...», pensó él. Ding Songyan se detuvo un momento y le compró una espada larga de acero común a un vendedor ambulante. Al notar que ella lo miraba, le explicó de manera sencilla: —Mi espada Sombra Gélida es demasiado llamativa y fácil de reconocer. Cuando rompió el Reino Inmortal de la Verdad Oculta, no tenía forma de prever que más adelante usaría una máscara del Muchacho Dorado para acabar con el Mal sin Medida, Sun Feiyang, de modo que no se molestó en cambiar de arma. Ahora no podía darse el lujo de arriesgarse. La Duodécima Dama Luo asintió brevemente mientras lo observaba pagar tres taeles de plata por la espada envainada. —En la prefectura de Dingjiang, esto habría costado dos taeles a lo mucho, y seguro habría sido inservible —se quejó él sobre los elevados precios de la Capital de la Llama mientras subían juntos por la montaña en busca del sitio de práctica de Li Linquan. Al ir acompañado de una Maestra Suprema como la Duodécima Dama, no tardaron en llegar a las afueras de un bosque desolado donde no volaba ni un solo pájaro; las primeras flores de ciruelo aún no brotaban y todo lucía marchito y en silencio. En el interior se encontraba Li Linquan, completamente solo. Aunque los habitantes de la Capital de la Llama y los guerreros visitantes seguían con entusiasmo la Clasificación de las Grandes Bellezas y la Clasificación de los Hombres Apuestos del Jianghu —agolpándose con frecuencia alrededor de los listados—, debían respetar ciertas reglas implícitas, como no observar jamás a nadie mientras entrenaba sus artes marciales. Esto se mantenía estricto incluso en el Gran Yermo, un lugar que situaba las artes marciales por encima de todo. Mirar un par de veces de pasada no causaba problema; pero si alguien se quedaba inmóvil contemplando el entrenamiento y se negaba a retirarse tras una advertencia, no era de extrañar que terminara muerto a manos del practicante. En años anteriores esto ocurría muy a menudo; solo cuando el difunto emperador restableció el orden dejaron de darse esas muertes, pasando a enviar a los infractores ante las autoridades. De ese modo, aunque Li Linquan gozaba de gran fama y muchos deseaban apreciar la estampa del Inmortal Exiliado del Trueno Azur para comprobar si era verdad que le caía bien a todo el mundo, nadie se atrevía a rodearlo al saber que entrenaba en la Montaña de las Flores. Con la paleta en la boca, la Duodécima Dama Luo buscó un rincón apartado donde no hubiera nadie, sacó su pintura para cejas, cera y demás utensilios, y comenzó a disfrazar a Ding Songyan. Poco después le dio una palmada en el hombro, recogió sus cosas, dio dos pasos hacia atrás y lo examinó: la piel se le había vuelto ligeramente amarillenta y aparentaba una docena de años más. —Soy Ling Donglai —declaró Ding Songyan, con las manos cruzadas a la espalda y asintiendo despacio. La Duodécima Dama Luo le siguió el juego a la perfección inclinándose con respeto: —Saludos, Mayor Ling. En cuanto ella pronunció esas palabras, la apariencia de Ding Songyan sufrió un cambio drástico: un toque canoso le tiñó las sienes, aunque sus rasgos se mantuvieron jóvenes, acompañados por un encanto entre divino y demoníaco. Esta alteración mediante el nombre y la realidad carecía de un reconocimiento amplio y aún requería pulirse en varios aspectos, pero a Ding Songyan le bastaba. Solo necesitaba que Li Linquan no lo reconociera, que no creyera que era Ling Donglai ni que ese rostro fuera el verdadero. Llevando la espada de acero recién adquirida, Ding Songyan se adentró como un destello en el bosque gélido. El apuesto y viril Li Linquan se encontraba atrapado en sus propios pensamientos, ejecutando de tanto en tanto los movimientos de espada más simples e invariables: cortar, estocar, despejar. Daba lástima verlo. De pronto, la vista se le nubló y distinguió una figura ataviada con una túnica cian de erudito. Aquel hombre lucía canas en las sienes, facciones jóvenes y una mirada oscura y profunda, con un aire divino y demoníaco a la vez. Sin pronunciar palabra, dejó caer su espada sobre él. Li Linquan quedó aterrorizado: la hoja aún no lo alcanzaba, pero la intención de la espada ya lo rodeaba por completo, como si un ejército entero lo tuviera cercado con innumerables filos apuntándole al cuello. Se le erizó el cuero cabelludo ante un violento presagio de peligro. El temor a una muerte inminente no le dejó espacio para seguir con sus vacilaciones, así que lo entregó todo a la Espada de la Luz del Trueno que Parte el Cielo. En medio del cruce de truenos azules y relámpagos plateados, Li Linquan vio a su oponente desplegar toda clase de estilos de esgrima: complejos y sencillos, sutiles y antiguos; era una variedad de formas tan basta como si cien practicantes de cien sectas distintas estuvieran exhibiendo sus legados al mismo tiempo. Li Linquan se defendió con todas sus fuerzas, optando en múltiples ocasiones por atacar en lugar de cubrirse; sin embargo, el oponente neutralizaba cada embestida con extrema facilidad. Poco a poco, Li Linquan se dio cuenta con asombro de que la esgrima del enemigo convergía de un modo fascinante: pasaba de lo complejo a lo simple, y de lo antiguo a lo profundo, como si le estuviera demostrando un principio fundamental. Al final, cada movimiento desembocaba en un estado llano y desprovisto de adornos, retornando a esa simplicidad pura que él había estado buscando con tanto tormento. ¡Clang! La espada le salió despedida de las manos. Li Linquan se quedó clavado en el sitio, mudo de la impresión. Fue entonces cuando escuchó a la figura divina y demoníaca decir en voz baja: —Alguien sintió lástima de que hubieras perdido el juicio y me rogó que viniera a meterte algo de sensatez a golpes. Mientras la voz aún resonaba en el aire, la figura ya se había desvanecido. Li Linquan se quedó mirando hacia el frente, repasando en su mente cada movimiento de aquel enfrentamiento. Las imágenes giraron en su cabeza hasta ir asentándose poco a poco. Tras un largo silencio, rompió a llorar de pronto y murmuró: —Conque así era... «Así es como se recorre este camino... uno podría morir al anochecer habiendo escuchado el Camino (Dao) por la mañana.». \*\*\* \[1\] N/T: Los nombres Daniu y Erniu siguen el patrón rústico tradicional: “Da” hace referencia al primer hijo y “Er” al segundo, mientras que Niu significa toro o buey (así, «Primer Toro» y «Segundo Toro»).
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Estás leyendo el capítulo 254 de La Espada Ilumina el Gran Yermo (Novela), un novela. **Zhulong, el Dragón Antorcha.** El resultado de consumirlo: Abre el caos primordial; Ilumina las nueve tinieblas; Gobierna el día y la noche; Alterna las cuatro estaciones; Convoca el viento y la lluvia. **Xiangliu, la… Este capítulo tiene publicado el 15 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Limitless - Derk10. La Espada Ilumina el Gran Yermo (Novela) tiene 255 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.