Leer Inmortalidad Involuntaria (Novela) Capítulo 566 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
“Bruuum..”
De repente, un estruendo ensordecedor de trueno resonó en el exterior.
A través de las puertas abiertas del gran salón, se podía ver el cielo exterior, cubierto de densas nubes arremolinadas. Un viento violento aullaba en el aire y, a lo lejos, relámpagos centelleaban ominosamente. Parecía que este lugar también recibía la última tormenta de la temporada, mientras el verano daba paso al otoño.
Sin embargo, dentro del salón, entre los trescientos sesenta y ocho monjes, ni un solo par de ojos se volvieron para presenciar la tormenta.
Todos los monjes “sin importar su altura o peso, ni si estaban sentados al frente o atrás, cerca o lejos” tenían el cuello estirado, mirando fijamente la plataforma vidriada de siete colores y la brillante resonancia espiritual que emanaba de ella. A ninguno parecía importarle la tensión en sus cuellos.
"¡Boom!"
Un rayo de Trueno Celestial explotó directamente sobre nuestras cabezas.
Entre los monjes, algunos eran muy virtuosos, con una fe inquebrantable y la mirada fija en la resonancia espiritual, semejante al agua, que emanaba de la plataforma. Otros, aunque seguían siendo devotos, conservaban un temor latente a la ira divina, y sus cuerpos temblaban instintivamente ante el trueno. Sin embargo, ni siquiera mientras se estremecían, ninguno estaba dispuesto a apartar la vista.
Algunos monjes incluso murmuraban escrituras en voz baja, pero se había convertido en un mero hábito inconsciente. Su atención permanecía completamente fija en el tesoro que tenían ante sí.
Como si el mero hecho de contemplarlo ya fuera la mayor alegría, la máxima plenitud, una dicha verdadera que trasciende cualquier cosa en el mundo mortal.
Todos se movían en perfecta sincronía. Por un instante, la escena pareció extrañamente antinatural.
El sonido de la lluvia se hizo más nítido.
Hasta-
Un golpe sordo resonó en la entrada del templo.
Una figura corpulenta, de mediana edad, también ataviada con una túnica de monje, entró tambaleándose, jadeando. Su rostro reflejaba pánico y urgencia, pero en el momento en que cruzó el umbral, se estabilizó y vislumbró la etérea resonancia espiritual que brillaba sobre la plataforma de seis niveles y siete colores, su expresión se tornó aturdida.
Por suerte, no todos en la sala estaban completamente cautivados. Algunos aún conservaban cierto grado de lucidez, y su repentina entrada los sobresaltó. Apartando a regañadientes la mirada de lo alto, sus expresiones se transformaron rápidamente en ira mientras lo reprendían.
“¿Cómo has entrado aquí?”
“¿Crees que este es un lugar para gente como tú?”
¡Incluso el tesoro está fuera de tu derecho a mirarlo!
¿Qué ha pasado? ¡Habla rápido!
El monje de túnica amarilla que acababa de entrar se sobresaltó por la reprimenda y de repente recordó el motivo de su visita. Tartamudeando, informó: “¡Bendito seas y todos los estimados Bodhisattvas y Arhats, un cultivador ha entrado a las afueras de la montaña! Es el Gran Daoísta Yan con quien nos encontramos aquella noche. ¡Me temo que ha venido a apoderarse de nuestro tesoro!”.
“¿Apoderarse del tesoro?”
Solo entonces la sala estalló en alarma cuando los monjes salieron de su ensimismamiento.
“¿Quién se atreve a apoderarse del tesoro?”
“¿Dónde está este intruso?”
¿Quién sería tan osado?
La sala se convirtió instantáneamente en una cacofonía de voces, y todas las miradas se volvieron hacia el monje recién llegado.
Aún nervioso, añadió apresuradamente: “¡Bendito seas, venerados Bodhisattvas y Arhats, el taoísta está a solo diez li de distancia! Muchos hermanos mayores han ido a detenerlo, pero nadie puede contenerlo”. Incluso mientras hablaba, no pudo evitar volver a mirar hacia arriba.
Cada vez que sus ojos se posaban en la resonancia espiritual, se quedaba paralizado un instante. “¡Por favor, Bendito, venerados Bodhisattvas y Arhats, vayan y véanlo ustedes mismos!”
“¿Ir? ¿Quién irá?”
“¡Hermano mayor, deberías ir!”
¡Vete tú! ¡Yo debo quedarme a custodiar el tesoro!
¡Yo también debo custodiar el tesoro!
“¡Que decida el Bienaventurado! ¡Seguiremos su voluntad!”
“¡Bendito seas!”
Todos los monjes se volvieron hacia el corpulento monje sentado en la posición más alta.
Sin embargo, el monje de gran vientre mantuvo la mirada fija en la resonancia espiritual, sin siquiera levantar la cabeza mientras decía: “¿Tantos de nuestros discípulos no pueden detenerlo? Entonces es verdaderamente formidable. Que los emisarios vayan juntos”.
“Entonces nosotros...”
“Quienes fueron la última vez ya han trabajado duro. No es necesario que vuelvas. Quédate aquí y contempla el tesoro conmigo.”
"Comprendido..."
Los más de cien monjes de túnicas amarillas sentados en el nivel más bajo estaban llenos de reticencia, pero aún más reacios a permitir que aquel taoísta llegara hasta allí y se apoderara del tesoro. Sin atreverse a desobedecer la orden del Bienaventurado, se pusieron de pie al unísono, apartando la mirada a regañadientes.
Girando la cabeza con gran dificultad, se alejaron a un ritmo asombroso. Al avanzar, parecía que pisaban el viento, con la esperanza de regresar cuanto antes.
El monje que había entregado el mensaje se retiró a un rincón, deseando poder contemplar un poco más aquel tesoro supremo del cielo y la tierra. Sin embargo, pronto fue descubierto y expulsado rápidamente.
"¡Boom!"
Afuera, el trueno se hizo más agudo y ensordecedor. El sonido de la lluvia se volvió aún más caótico e intenso.
No habían transcurrido ni quince minutos cuando...
"¡Thud!"
El monje emisario regresó.
Para entonces, estaba completamente empapado, sus ropas mojadas se le pegaban al cuerpo, resaltando su musculatura. Sin embargo, el pánico lo invadía aún más, sus pasos eran vacilantes. Al tropezar en el umbral, cayó de bruces sobre el suelo del gran salón, dejando tras de sí un charco de agua de lluvia.
“¡Bendito seas, venerados Bodhisattvas y Arhats, más de cien emisarios han ido, pero ninguno ha podido detenerlo! ¡Ahora, solo le faltan cinco li para llegar al gran monasterio!”
Al oír esto, los monjes que estaban en la sala quedaron totalmente conmocionados.
“¿Cómo es posible esto?”
“¡Aunque sea poderoso, no debería ser capaz de atravesar a más de cien emisarios a la vez!”
“¡He oído que posee un tesoro!”
“¿Podría ser el artefacto que derrite el Hielo Místico?”
¿Qué debemos hacer ahora?
Toda la sala se vio envuelta en una acalorada discusión.
Mientras tanto, el monje empapado permaneció donde estaba, estirando el cuello y mirando con anhelo la resonancia espiritual que emanaba de la plataforma acristalada, saboreando un breve momento de dicha.
El monje de gran vientre, con la mirada aún fija en la resonancia espiritual, habló una vez más sin levantar la cabeza: “Siendo así, dejemos ir también a los Arhats”.
"Comprendido..."
Otros cien monjes se pusieron de pie.
Algunos giraron una vez sobre sí mismos y se desvanecieron al instante, como si se hubieran esfumado en el aire, tras haber activado sus técnicas de escape. Otros agitaron las mangas, transformándose en ráfagas de viento amarillo mientras salían corriendo del salón, demostrando, sin duda, un gran dominio de la técnica.
“Bruuum..”
El trueno exterior se hizo más fuerte, acercándose cada vez más, trayendo consigo un peso opresivo y sofocante.
La lluvia golpeaba con fuerza los tejados del templo, creando un rugido continuo y ensordecedor. El agua caía a raudales de los aleros en columnas ininterrumpidas, mientras las gotas resbalaban de las campanas de lluvia, haciéndolas oscilar y tintinear con suaves ecos de ding-dong.
Dentro del gran salón, una sutil ola de inquietud comenzó a extenderse. Sin embargo, muchos monjes seguían con la mirada fija en el tesoro supremo que se alzaba sobre ellos, indiferentes a la furiosa tormenta que azotaba el exterior, o al taoísta que se acercaba sigilosamente.
"Bang..."
Una fuerte ráfaga de viento cerró de golpe las puertas del templo.
El agua de lluvia entró a borbotones, salpicando el suelo.
Y llevado por el viento “junto con la lluvia” llegó otro monje emisario aterrorizado.
"¡Desastre!"
Esta vez, el monje emisario ni siquiera dirigió una mirada a la plataforma acristalada. Tropezando y tambaleándose, entró en la sala y apenas pudo mantenerse en pie antes de desplomarse de rodillas. Desde todas direcciones, miradas airadas o escépticas se clavaron en él, haciéndolo temblar aún más.
“¡Ni siquiera los Arhats pudieron detenerlo; ahora solo le faltan dos li!”
“...”
La sala quedó en silencio.
Todos quedaron conmocionados, intercambiando miradas de desconcierto.
"¡Imposible!"
¡Más te vale no estar dando un informe falso!
“Cada uno de los Arhats posee un profundo cultivo espiritual, un inmenso poder mágico y habilidades únicas, ¡por no mencionar su enorme número! ¿Cómo podrían no lograr detenerlo?”
"Este..."
El monje emisario permaneció postrado en el suelo, temblando incontrolablemente.
En ese momento, los monjes lo supieron: no se trataba de un rumor falso. Un poder verdaderamente formidable y trascendente había llegado a sus puertas.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Especialmente aquellos monjes ancianos que habían estado fuera de Ciudad de Jade aquella noche y que ya habían visto al taoísta. En sus mentes, su figura resurgió: la imagen de un joven taoísta solitario, bastón de bambú en mano, caminando imperturbable a través de la tormenta en las sierras. Cien emisarios no lograron detenerlo. Cien arhats no consiguieron retenerlo.
Los monjes volvieron a alzar la mirada.
Allí, desplomado en su asiento, había un monje enormemente gordo, tan redondo que su cintura era casi tan ancha como su altura, y toda su masa se desbordaba de la silla que parecía un trono. Agitó la mano con desgana y dijo: “Dejen ir a todos los bodhisattvas...”
"Este..."
Ante semejante orden irreflexiva, los monjes intercambiaron miradas. Incapaz de contenerse, alguien finalmente habló:
“Bendito seas, ese hombre proviene de Gran Yan; debe ser increíblemente poderoso. Por el bien del tesoro, tal vez el Bendito debería acompañarnos personalmente para echar un vistazo.”
Las palabras “por el bien del tesoro” resonaron en el monje de gran barriga.
El monje de gran barriga vaciló.
Por primera vez, apartó la mirada de la resonancia espiritual del elemento agua y miró hacia afuera. Solo vio un cielo azotado por el viento y la lluvia, con relámpagos que destellaban sin cesar; pero aun así, no estaba dispuesto a marcharse.
¡Tráeme mi preciado quemador de incienso!
Su voz resonó como un trueno.
En un instante, un monje se transformó en una ráfaga de viento y desapareció.
En cuestión de segundos, apareció una mesa de secuoya sobre la alta plataforma, sobre la cual reposaba un exquisito quemador de incienso de oro puro. El monje de gran barriga tomó tres delgadas varitas de incienso y las encendió.
Estas varitas de incienso eran tan finas que podían introducirse en el canal auditivo, y en su mano enorme y de dedos gruesos, parecían tan delicadas como mechones de cabello. Con un simple movimiento, las introdujo en el quemador. No hizo ningún otro movimiento, y sin embargo, el quemador de incienso de oro puro irradió de repente una brillante luz dorada.
La brasa roja de la punta de las varillas de incienso se encendió, y en un instante se consumieron por completo, reduciéndose a nada más que un humo espeso y arremolinado.
El denso humo no se dispersaba. Incluso cuando el viento entraba con fuerza en la sala, simplemente cambiaba de forma y se desplazaba, pero se negaba a dispersarse.
El quemador de incienso relucía dorado abajo.
Y entre el humo que se elevaba hacia arriba, la luz y la sombra centelleaban.
Una escena comenzó a tomar forma: primero borrosa, luego gradualmente nítida, revelando un bosque de montaña azotado por la tormenta.
Nubes oscuras cubrieron el cielo. La lluvia cayó a cántaros, envolviendo la tierra en una bruma espesa y sumiendo al mundo entero en una oscuridad turbia.
Sin embargo, bajo un cielo tormentoso, una figura negra cruzó la lluvia como un relámpago.
Abajo, una joven montada en un tigre avanzaba a toda velocidad, su camino rodeado de lobos y tigres, acompañada de demonios y gigantescos gigantes de piedra, todos arremetiendo juntos para abrirse paso a través de la tormenta.
La escena era de una intensidad violenta.
Por doquier, siluetas se movían frenéticamente a través del denso bosque: bestias de este reino, monstruos propios de esta tierra. Algunos habían adoptado forma humana, ataviados con túnicas de monje. Otros conservaban su verdadera forma bestial.
Algunos convergían desde la distancia para bloquearles el paso; otros los perseguían por la retaguardia. Algunos se agrupaban delante para cortarles el paso, mientras que otros surgían del denso bosque en una emboscada repentina.
Todavía-
Las alas de la golondrina no solo podían cortar el viento y la lluvia, sino que, mientras volaba, también se inspiraba en el poder del trueno celestial.
La tormenta ya había agitado los cielos con una furia inquieta, con innumerables rayos listos para ser descargados.
La figura de arriba se elevaba sin esfuerzo, surcando la tempestad con una agilidad asombrosa. Cuando divisaba un demonio acercándose, le bastaba con un gesto casual, una sutil guía, y en un instante, desde las nubes de tormenta, negras como la boca del lobo, descendía un brillante y abrasador rayo.
¡Boom!
Con cada golpe, otro demonio caía, humeante, desplomándose contra el suelo, incapaz de dar un paso más.
Al mismo tiempo, la batalla en el bosque de montaña que se extendía abajo se libraba con la misma ferocidad, quizás incluso con más.
La joven, montada en el tigre, cabalgaba con frenesí, dando órdenes a los lobos y a los demonios bestiales. Los lobos se abalanzaban sin dudarlo, derribando a los grandes monjes en oleadas.
Los tigres rugieron, sus voces transmitiendo el poder de los señores de la montaña, al chocar de frente con formidables adversarios.
Aquellos monjes cultivadores monstruosos con un cultivo más profundo “aquellos que lograron atravesar la manada de lobos, sobrevivir a los ataques de los tigres” fueron recibidos por gigantes de piedra, de más de un zhang de altura, que los embestían con la fuerza suficiente para astillar ramas y remover el lodo.
Luego llegaron los enormes osos negros, los jabalíes y los toros verdes, cada uno una fuerza imparable.
Un solo zarpazo del oso negro bastó para aplastar a un “emisario” hasta la muerte.
El jabalí y el toro verde solo necesitaban bajar la cabeza y cargar, e inmediatamente, unas figuras salían volando, lanzadas por encima de la línea de los árboles antes de desplomarse de nuevo contra la tierra.
Fue una batalla de fuerza bruta, un choque de pura brutalidad.
Ni siquiera aquellos monstruos que recurrían a la hechicería, deslizándose a través de las capas de protección, podían evadir a la chica de ojos penetrantes que iba sobre el lomo del tigre.
Si conseguían superar a las bestias, bastaba con que ella diera la vuelta: un único estallido de fuego verdadero, y quedaban medio carbonizados, apenas aferrándose a la vida.
Y al fondo del campo de batalla, una figura taoísta avanzó, bastón en mano.
En comparación con las escenas feroces y frenéticas que se avecinaban, el taoísta en ese momento parecía especialmente tranquilo y sereno.
Guiando un caballo rojo como el azufaifo y apoyándose en un bastón, el taoísta avanzaba con paso firme bajo la lluvia, sin vacilar ni un instante. Sin embargo, los incontables monstruos que dispersos por las montañas, junto con sus supuestos “emisarios” y “arhats”, parecían completamente ajenos a su presencia.
Los demonios dentro del salón miraban fijamente, atónitos.
“...”
El taoísta dio un paso al frente, salpicando agua con un chorro, pero de repente se detuvo, alzando la cabeza para mirar hacia el cielo.
Entre el denso humo del incensario en la sala, apareció una visión que representaba la escena desde el punto de vista de numerosos monjes, ligeramente elevados y desde la distancia.
En ese instante, cuando el taoísta alzó la vista, sintieron como si sus miradas se encontraran; la suya irradiaba una tranquilidad indescriptible. Aunque sabían que aún se encontraba a dos li de distancia, separados por cortinas de lluvia y el propio incensario, no podían sacudirse la sensación de que realmente los había visto.
“¡Splash…!”, resonó un sonido nítido.
Se parecía al chapoteo del taoísta al entrar en el agua. Pero el quemador de incienso en sí no transmitía ningún sonido, solo imágenes.
Todos se volvieron hacia el sonido, asombrados al descubrir que había aparecido una grieta en el quemador de incienso.
“Crack..”
La grieta se ensanchó rápidamente.
Una brillante luz dorada brotó de la fisura que se extendía. Sin embargo, a medida que las grietas se propagaban por todo el quemador de incienso, el brillo dorado se disipó repentinamente, reemplazado por un coro de tintineos.
El quemador de incienso se hizo añicos, esparciendo los fragmentos por la mesa.
“¡Zas…!”
Una brisa húmeda se coló por la ventana, dispersando el humo que aún se elevaba sobre el quemador. A través de los últimos vestigios de la visión, los monjes vieron que el taoísta ya había llegado a la base de la montaña que conducía al templo.
¿Qué debemos hacer?
“¡Este taoísta es demasiado poderoso!”
“¡Como era de esperar de alguien de Great Yan!”
¿Qué vamos a hacer ahora?
La sala se llenó al instante de murmullos nerviosos.
Entonces, desde arriba, una voz resonó: "¿Por qué el pánico?". La voz resonó como un trueno, haciendo eco con fuerza por todo el salón.
Inmediatamente, los corazones de los monjes volvieron a calmarse. Cada uno regresó a su asiento, con rostros serenos y serenos, asemejándose por un instante a verdaderos monjes iluminados, o incluso a budas celestiales.
“¡Traed los tesoros sagrados! ¡Juntos lo enfrentaremos!”
"Sí..."
Los monjes respondieron al unísono, levantándose y dispersándose rápidamente.
Momentos después...
Los truenos, choques, rugidos y gritos del exterior se acercaban cada vez más, ascendiendo desde las faldas de la montaña. Mezclados con el viento aullante y la fuerte lluvia, el ruido se filtraba por los numerosos patios, aproximándose inexorablemente.
Al poco tiempo, el caos volvió a calmarse.
Dentro del salón principal, los monjes permanecían sentados erguidos, con los ojos cerrados, cantando sutras solemnemente, creando una atmósfera de santidad y solemnidad.
Afuera, el viento y la lluvia distorsionaban el mundo, los relámpagos iluminaban el cielo y se oían pasos “algunos pesados, otros firmes” que se acercaban. Un gigante de piedra, de más de un zhang de altura, caminaba hacia el salón principal. Osos, jabalíes y bueyes gigantes, cada uno tan grande como pequeñas colinas, cruzaban los muros del patio. Manadas de tigres y lobos demoníacos se congregaban en la entrada, sacudiéndose con fuerza el agua de lluvia de su pelaje.
Finalmente, un taoísta avanzó apoyándose en su bastón. Tras él, los cascos de los caballos chapoteaban en los charcos del sendero de piedra.
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Inmortalidad Involuntaria (Novela)
Capítulo 567
Inmortalidad Involuntaria (Novela) Capítulo 566
Estás leyendo el capítulo 566 de Inmortalidad Involuntaria (Novela), un novela. No soy más que un viajero en tierra extranjera, sin deseos de convertirme en inmortal. Después de cultivar el Daoísmo en las profundas montañas durante veinte años, el Maestro envió a Song You montaña abajo para ser… Este capítulo tiene publicado el 19 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Inmortalidad Involuntaria (Novela) tiene 720 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.