arrow_back

Leer Hilos Del Destino (Novela) Capítulo 25 online gratis en español

El silencio de un sendero fue interrumpido por el resonar de un suave: Plof!... Mariadna, con el trasero sobre el piso del sendero que decora su alrededor. Confusa y perdida. Volteando de izquierda a derecha. Donde inmensidad de árboles decora a la vista. No solo árboles, sino a su par arbustos descomunales que adornan de infinidad de pequeñas flores sobre la mota de sus hojas y ramas. Mariadna traga saliva y se pregunta: ‹‹¿Dónde estoy?.›› Con cuidado, se coloca de pie, sacudiendo su trasero para quitarse el polvo de encima. Encontrándose de pie, Mariadna. Observa con mejor detalle el sitio en que ahora se encuentra. —Es... W-Waoh... ¡Enorme!— Mariadna no se equivoca; al haberse comenzado a acostumbrar a las estructuras diminutas de los medds del municipio de Arma, ver este nuevo escenario en un abrir y cerrar de ojos le descoloca un poco. No solo son esa inmensidad de árboles y los arbustos; que, sin duda, es hermoso. En su lugar, son las enormes vallas que decoran sobre lo que ahora Mariadna deduce como una carretera. Una enorme e inmensa carretera. —¿A-Ah?— Lo sorprendente no es solo lo que decora sobre esta carretera. Muy al fondo, justo donde la carretera termina, Mariadna alcanza a observar, entrecerrando sus ojos, lo que luce como una choza. Una choza enorme, gigantesca. Choza con una estructura sencilla y nada sorprendente más allá de su descomunal tamaño irracional. —¿Aún estoy en Arma?— Se pregunta en voz baja. Empezando a avanzar con calma y cautela. Sin embargo... —¡Hey! ¡Tu! Brumaron dos voces de repente al unísono. Dos voces chillonas, infantiles y molestas. Mariadna, freno en seco. Volteando en dirección a donde las voces provienen. Qué es, a su espalda. —¡Humana, en nombre de la guardia exterior de la casa de nuestro señor, detente ahora mismo!— Dos pequeñas infantes caminan con calma, entusiasmo y autoridad. Sonrisas firmes sobre su rostro, sus labios. Vistiendo ropas elegantes. Un traje azulado, con accesorios dorados. He a su par; un diminuto sombrero de copa con una rama en la cima del sombrero. Mariadna traga saliva, no de nervios. Si no, de confusión. Justo en el momento en que ambas infantes se colocaron frente a ella. Obligando a Mariadna a agachar su mirada. Las cabelleras azuladas de ambas infantes se mueven a la par de sus movimientos. —¡Identifícate!— Gritaron al unísono. —¿Ehh...?— La castaña no responde al instante. Cosa que causa el fastidio de ambas chiquillas. —¡Tsk! ¡Hermana, la humana tonta no se quiere indentificar!— Dijo la primera peli azul, que se distingue de la otra chica por el color de sus ojos. Que son rojos. En diferencia de su hermana. Los cuales son de un tono rosado. La segunda chica, la de ojos rosados, responde con la misma energía que su hermana. La de ojos rosados. —¡Hermana, hermana! ¡Tienes razón! ¡La humana tonta no quiere colaborar!— Mariadna, en silencio, observa el discurso de ambas hermanas. —Eh bueno... Yo...— Sin embargo, no la dejan terminar. Cuando una de ellas. La de ojos rojizos extiende su mano. —¡Tu! ¡Dinos tu nombre justo ahora o tendremos que encarcelarte! —¡Sí! ¡Sí! ¡Mi hermana tiene razón, mucha razón, humana tonta! ¡Tu nombre, ya!— La de ojos rosados continuó con el diálogo de su hermana. Mariadna duda en contestar. Aunque la situación le parece un tanto absurda, no puede negar que estas dos niñas son demasiado tiernas. Quiere abrazarlas. Aunque detiene su impulso a último momento. Después de todo, seguro que no es lo mejor. Su demora molesta a ambas crías una vez más. —¡Tsk! La de ojos rojos lleva su mano derecha en dirección a su sombrero de copa. Mariadna alza su ceja. No obstante, la confusión pronto es reemplazada por una sensación de terror en el preciso momento en que la infante de su sombrero extrajo la rama que decoraba hace solo unos momentos. Y que ahora de su mano derecha posa apuntando contra la garganta de Mariadna de forma directa. Su terror no es en sí por la amenaza o la mirada friolenta y serena que la pequeña expresó en menos de un segundo. Si no, la misma rama que se transformó en una espada corta de madera con un filo que ocasionó que un hilo de sangre se escapase de su piel. —Levanta las manos y habla ahora, humana.— La voz de la pequeña de ojos rojos cambió de forma drástica. Ya no es esa voz chillona de hace un momento. Si no, una voz grave, pero aún femenina. Voz amenazante. Que pone los pelos de punta a la joven costurera. Su hermana, la de ojos rosados, también dice algo. —¡Si! ¡Hermana, que hable ya! ¡Habla, humana, habla!— Por el lado contrario, ella aún mantiene su entusiasmo. Mariadna, agita las manos. Desesperada y de prisa. Estas niñas no parecen estar jugando. El ligero ardor en su garganta mientras la punta de la espada se presiona más contra su piel es una indicación clara de que este par de chiquillas no están jugando. Y tienen toda idea de cómo es que esa arma se usa en la práctica. —¡M-Mariadna, Mariadna de Lordtta es mi nombre! La pequeña de ojos rojos mantiene la presión de la espada. —Muy bien. Mariadna, ¿qué te trajo hasta el territorio del jefe?— Pregunta la de ojos rojos. Pronto su hermana continúa sobre su diálogo. —¡Sí, hermana, sí! ¡¿Qué te trae por acá, humana tonta?! ¡Habla! Mariadna, tragando saliva una vez más. Contesta. —¡S-Solo soplé una hoja! O u-un boleto... ¡Yo qué sé, se supone que venía para una obra de teatro!— Su respuesta ocasiona que la chiquilla de ojos rojos afloje la presión de la espada sobre su garganta. La de ojos rosados, esta vez no dice nada. —¿Una obra de teatro?— Cuestiona la pequeña de ojos rojos. Mariadna asiente repetidas veces. De pronto, la espada desaparece. Volviendo a ser aquella inofensiva rama que la pequeña de ojos rojos regresó a su sombrero de copa. Ahora, con una radiante sonrisa. La misma sonrisa con la cual interrumpieron en primera instancia a Mariadna. —¡Debiste haber empezado por ahí!— espetó la misma chica de ojos rojos. Su hermana rápidamente asiente en simultáneo. —¡Correcto, hermana, correcto! ¡Debiste haber comenzado por ahí, humana tonta! Mariadna se permite soltar un suspiro de alivio. Al notar que todo esto se ha calmado de un momento a otro. Sin embargo, el suspiro de alivio desaparece de forma abrupta sobre el viento justo cuando una vez más la chiquilla de ojos rojos la interrumpe. —¡Muéstranos tu boleto, ahora!— ¿Su boleto? Ah, cierto. El boleto. ¿Donde es que Mariadna lo dejó? Con prisa, revisa sus prendas. Golpeteando por todas partes de su cuerpo. Sin embargo; aquella hoja no esta consigo. —¿Humana? ¡Tu boleto, ahora! —¡Si, hermana si, ahora, ahora! El maldito boleto. Lo ha perdido. Lo más seguro es que se perdió justo en el momento en que llegó hasta acá y cayó de seco contra el suelo.—Eh-Esperen un momento... Debe estar por aquí, si...— Rendida, y dudosa a contrarreloj, piensa en alguna excusa tonta pero creíble para dos pares de infantes. Sin embargo, nada llega a su cabeza. Y antes de condenar su muerte... Solo de reojo; observa la hoja sobre el pequeño compartimiento de su prenda en el pecho, el boleto. Debido a que el boleto, al momento de la caída, aterrizó de forma precisa en esa zona y ella no se dio cuenta en ningún momento. No, hasta ahora. —¡Ah!— Y sin demora, lo toma. Extendiéndoselo al par de hermanas. Quién es la de ojos rojos que toma el boleto para analizarlo de cerca. —Bien, bien. ¡Puedes pasar, acompáñanos! ¡Rápido, hermana, rápido!— La de ojos rosados asiente a su llamado. —¡Sí, hermana! ¡Rápido, humana, no tenemos todo el dia!— He Mariadna, sin muchas quejas ni preguntas esta vez; se da el momento para respirar de alivio. Para de forma seguida seguir al par de chiquillas... Que parecen avanzar hacia aquella enorme choza. Un paso, dos, tres, cuatro y así hasta acumular una cierta cantidad. Deteniéndose tras solo breves minutos de andar. Mariadna alza su cabeza. Vislumbrando la enorme puerta de la choza frente a ella. —¡Bien! ¡Disfruta del show, humana!— Grito la de ojos rojos. Su hermana de ojos rosados continúa con su diálogo. —¡Sí, hermana, sí! ¡Disfruta del show, humana tonta!— Mariadna asiente, observando cómo las chiquillas se alejan. Con un respiro, toma el picaporte de la puerta y, ejerciendo un poco de fuerza, la puerta se abre. —Es.. Un poco tetrico..— Murmura para sí misma, cuando el interior dibujó frente a ella. Adentrándose, traga saliva. Nerviosa, avanza —¡Ah!— soltando un gritito cuando la puerta se cerró a sus espaldas. Sus ojos recorren este largo pasadizo oscuro. Con cientos de cuadros por las paredes. Cuadros de un medd gordo con una sonrisa arrogante. Mientras avanza, algo sucede. Un toque repentino le distrae, un toque sobre su hombro. Toque que le provoca un grito temeroso y de terror genuino. —¡HYAAAA!— SIn embargo, cuando se voltea para huir. Se da cuenta de que se trata de Kulios. Enfureciéndola. —¡Maldito idiota, casi me matas de un susto!— Kulios sonríe, antes de hablar. —Debes estar más atenta a tus entornos. —¿Ah, sí? ¡Lo haría si no fuese porque apareces de la absoluta nada! —Ah... Tienes un punto, vaya... —¡En serio no te soporto! Sin más quejas, Mariadna suspira. —En fin... ¿Por qué no apareciste antes? ¡Dos niñas estaban por matarme!.— Su voz se elevó un poco. Aun con el mal recuerdo de sentir esa espada de madera muy cerca de su garganta. Incluso, el pequeño pinchazo aún arde un poco en su garganta. Kulios, no dice mucho y solo se limita a contestar con esto: —No es para tanto.— ¿No es para tanto? Es lo primero que Mariadna se pregunta. Aprieta los puños.... Y suspira.... Justo ahora, no quiere pelear por una tontería. Además, sí... Seguro que no fue para tanto. —Como sea... Vamos...—Kulios asiente, colocándose a su lado. El pasadizo, mientras más avanzan, con cada paso se hace cada vez más pequeño. Mariadna, en silencio, observa a lo lejos una puerta. Puerta diminuta y esta vez adecuada al tamaño de los medds. No se demoran y de prisa llegan. En silencio y sin preguntas, Mariadna abre la puerta, abriéndose paso una vez más. Después de haberse encorvado ligeramente para pasar. Kulios replicó la misma acción. Y de pronto.... —¡A-Ahh! ¡C-Cu-Cuidado!— Ambos frenaron en seco. Un medd apareció de la nada frente a ellos. Cargando una pila de objetos que estuvieron a nada de caerse al suelo, de no ser por sus rápidos reflejos medd habiendo logrado esquivar a Kulios y Mariadna con suma y gran habilidad cuando estos dos se interpusieron a mitad de su camino. —¡A-Ahh!— Mariadna, pronto deslumbro sobre su vista un inmenso y descomunal escenario. Cientos y cientos de medds. Unos corriendo de aquí para allá, de prisa y apurados. Niños y niñas medds sentados sobre el suelo. Impacientes. Con sus padres a un lado. Niños que miran a punto fijo de este enorme y gigantesco salón de piedras he de madera iluminado por piedras luminiscentes sobre el techo de tierra. Al frente, una enorme plataforma redondeada. Plataforma que Mariadna asoció con una capilla de teatro. En donde, un grupo de medds. Parece estar preparándose para este inevitable show... Mariadna estuvo a punto de decir algo a Kulios cuando desvió su mirada a él. Sin embargo, en ese preciso momento, todo el lugar quedó a oscuras. Y del centro de la capilla. Se iluminó en su totalidad. Desviando su atención una vez más... Y en silencio... Mariadna: Observar el show; cuando una suave voz femenina comienza a relatar. —Érase una vez.... ⁂ Érase una vez. En un pueblo situado sobre gigantescas montañas que rozaban contra el cielo y las nubes. Un pueblo pequeño pero lleno de gente trabajadora y con grandes sueños. Entre toda esa multitud de ancianos y adultos existió un niño. Un pequeño con un diente quebrado, cabello castaño y unos ojos dorados. Ozat de la garza Era su nombre. Ozat vivía solo. Sin padres, hermanos o amigos. Su hogar, su humilde casa, consistía en resguardarse debajo de los árboles de ese su pueblo. Sin embargo, sus carencias no le impedían demostrar un enorme entusiasmo y felicidad. Cada noche, él subía. Subía entre las montañas. Escalaba, caía y se raspaba las rodillas. Y aunque el dolor en ocasiones le sacaba lágrimas, él nunca se rendía. No lo hacía porque su pecho ardía de un hambre voraz. Un hambre que lo obligaba a despertarse, a escalar esas montañas. Un hambre que era un sueño. El sueño, que era su razón de existencia. Alcanzar las estrellas para de esta forma convertirse en una. Sin embargo... En una noche, Ozat se encontró con algo. O alguien, precisamente. Un cachorro, un cachorro diminuto y hambriento. Con una herida sobre su pata izquierda. El cachorro sollozaba en silencio. De dolor y de hambre. Ozat, aquel pequeño niño no se quedó de brazos cruzados. Y sin pensarlo, rescato al pequeño animal. Llevándolo a su hogar; en aquellos bajos árboles. Lo curo, lo alimento con lo poco que tenía. Y entonces, el cachorro, en gracia del arduo esfuerzo del muchacho, sobrevivió. Ozat, en su amabilidad le otorgo un nombre al cachorro. Ayas de la garza. Compartiendo ese mismo apellido. En honra de considerar al pequeño y frágil animal como su querido compañero y hermano. Ozat y Ayas. Comenzaron a escalar cada noche juntos. Riendo y corriendo, en ocasiones ambos robando alimentos de los árboles. El tiempo pasó y un día, Ozat descubrió algo en una noche de desvelo. Una noche en que, entre risas y comentarios con su fiel compañero, escuchó los murmullos del cielo. De una estrella.... Murmullos que le motivaron a explorar nuevos horizontes, nuevos caminos y nuevas experiencias. Dado que las estrellas le invitaron con manos extendidas a descubrir el ascenso para convertirse en una estrella más que ilumine sobre los cielos. Invitación que no era ni más ni menos que a subir la montaña más grande de este continente. La montaña del ascenso. Con este nuevo objetivo, Ozat se sumó a una grandiosa y épica aventura. Cruzando ríos, bosques y paisajes hermosos junto a su compañero Ayas. Pero un día... Algo sucedió... Un dragón, un temible y horroroso dragón que se cruzó por su camino. Ozat no temió. Incluso si sus piernas temblaban. Su compañero, tampoco huyó. Se coloco a su lado. Ozat, con una rama a modo de usar como una espada, la blandió. El dragón no tuvo pudor. Y el pobre Ayas... En memoria, a modo de recuerdos, perdió a su mejor amigo Ozat en aquella épica batalla. Ayas no se quedó de brazos cruzados. El cachorro no se detuvo, siguió el camino. Con recuerdos de su compañero, prometiéndole él cumplir su sueño y transformarlo en una estrella. Ayas solo y sin nadie se sumó a la aventura. Enfrentando muchos peligros en el camino, al igual que cosas sorprendentes. Las estrellas lo observaban. La fe, su compañero, lo guiaba en sus recuerdos. Ayas camino y camino, hasta que una vez más. Su camino se cruzó contra aquel dragón que a su amigo le arrebató. Ayas no dudó, y con una rama a modo de espada se abalanzó en un feroz combate contra el dragón. Ayas fue victorioso del combate. Alzando con orgullo la memoria de su hermano. No demoró mucho después de aquel combate para que Ayas llegase a la gran montaña del ascenso. Cansado, agotado y hambriento subió. Sus patas temblaban con cada escalón. El dolor inundaba su cuerpo. Minutos subiendo, minutos que lucían eternos. Ayas, con un último suspiro, llegó a la cima. Las nubes cruzaban sobre sus patas. Y con un último esfuerzo, ofreció a las estrellas lo último que le quedaba de su compañero. Un mechón de pelo que se le fue arrancado mientras Ozat le ayudaba a huir contra el dragón en aquel primer encuentro. El mechón de cabello se había elevado por los cielos. El pobre cachorro sollozó... Cerró los ojos y entonces... Su cuerpo comenzó a levitar. A brillar. A sentir el calor de las estrellas y el calor de los brazos de su compañero. Quien lo cargaba con una sonrisa. Una radiante sonrisa. El sollozo del cachorro cayó como gotas de lluvia contra el suelo. En aquel sitio donde Ozat lo había rescatado. Su espada, la rama de madera, también cayó consigo. Y aquellas lágrimas en oro se habían convertido. Floreciendo de fauna toda la zona. Reavivando la energía que Ozat desbordaba sobre sus tierras. Incluso aquella rama. Convirtiéndose en dos grandes espadas.... Ozat y Ayas, del cielo estrellas se convirtieron. Dos nuevas constelaciones aparecieron. Y de su fe y valor. Aquel pobre niño cumplió su sueño junto a su mayor gran amigo. FIN. ⁂ El salón no demoró en llenarse de aplausos y chillidos eufóricos. Niños y niñas aplaudían con fervor. Incluso los adultos sollozaban un poco ante la emotiva historia y actuación de los actores. Quienes se inclinaban y agradecían a su audiencia. Mariadna, quieta. También sollozaba un poco. Esta historia, pese a ser un cuento para niños, siempre le causaba un sinfín de emociones. Y escucharla sin falta le sacaba un par de lágrimas. —A-Ah... Santo Padre protector... —Brumó ella, limpiando sus pequeñas lágrimas. De reojo observa a Kulios, quien Para sorpresa de nadie y de Mariadna. Su rostro seguía siendo igual de inexpresivo. —¡Eres un monstruo!— Grito de pronto Mariadna. Después de todo. No lo puede creer. Que acaso... ¿Kulios no tiene corazón? Se trata de Ozat y Ayas... —Vaya forma de romper el ambiente.— Contestó Kulios. Mariadna, solo bufa ofendida. —Ni siquiera una lagrimita. Eres un monstruo desalmado. —Bueno... No es la primera vez que escucho la historia. Es bastante famosa. —¡Ya! ¡Pero eso no importa! El punto es que eres un hombre sin corazón. —Aja... Con un último suspiro, Mariadna vuelve a mirar a la capilla. Donde ahora, un medd gordo parece estar hablando y agradeciendo al público por asistir, el mismo medd que recuerda haber visto ya en esos cuadros del pasadizo que los trajo hasta acá. Incluso, aquellas dos chiquillas de ojos rojos y rosados se encuentran a su lado. Aunque, evita hacer preguntas. Y solo suspira una vez más. —Supongo que es todo... ¿Nos vamos?— Kulios asiente. He sin mucho embrollo. Ambos regresan por donde llegaron. Y Mariadna... En silencio siente que su mente se ha relajado un poco. Permitiéndose un respiro después de todos estos largos días de estudio. He sin duda, todo esto que Kilsa y Tatsir prepararon para ella fue suficiente para reacomodar sus ideas. Ideas que en estos últimos días se habían convertido en una bola de hilos enredados entre sí. El estrés, la prisa por el apuro de creer que ya se ha demorado mucho y también por no lograr las cosas a la primera le habían hecho explotar la cabeza. Ella lo sabia, despues de todo comenzo a dormir menos y a saltarse comidas. Tatsir y Kilsa lo notaron inevitablemente. A fin de cuentas, ellos también fueron involucrados con todo lo que sucedió desde la crisis de Tatsir y el día en que Kilsa se abrió con ella y sus miedos. Ahora... Con todo esto que pasó, con la obra y la salida con Kilsa, Tatsir y Kulios, sin duda su estado de ánimo mejoró. Tal vez... Solo tal vez hoy pueda concluir con su tarea de una vez por todas. Regresar a casa, tener el vestido. Y así, dormir en su cama de nuevo.... —Me alegra verte bien de nuevo.— Brumo Kulios y Mariadna solo sonrio. —Tendré que darle las gracias a esos dos idiotas.... Y a ti también, gracias por haberme acompañado. Kulios. Kulios no contestó, solo se limitó a asentir. Mientras ambos caminan a la salida de este lugar...
Hilos Del Destino (Novela)

Continúa leyendo

Hilos Del Destino (Novela)

Capítulo 26

Siguiente Capítulo ›

Hilos Del Destino (Novela) Capítulo 25

Estás leyendo el capítulo 25 de Hilos Del Destino (Novela), un novela. Mariadna De Lordtta, desde su infancia, fue una apasionada por la moda. Sin embargo, las dificultades de su hogar le impedían mostrar su propia visión para esto que ella misma considera un "arte". Su más ansiado sueño… Este capítulo tiene publicado el 13 de octubre de 2026. Hilos Del Destino (Novela) tiene 28 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.