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Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 9 online gratis en español

🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
La estrategia que depende de las circunstancias es un barco a merced de la marea; la que depende de la naturaleza del oponente es la marea misma. —Gran Maestro Haides, veterano de Stygia. Lo malo de trazar un plan que implicaba recibir un puñetazo en la cara era, bueno, recibir el puñetazo en la cara. El teniente Abase era un tipo en forma, de casi dos metros de altura y complexión robusta, así que cuando cumplió mi petición, me dolió. Con seguridad me dejaría un ojo morado, que era la mitad de la razón por la que le había pedido que lo hiciera. La otra mitad era el motivo por el que ahora me perseguía por el bosque junto a otros dos Guardias Negros vestidos de legionarios, gritando a pleno pulmón que no me dejarían escapar. Habían estado armando un buen alboroto, persiguiéndome durante un cuarto de hora, e incluso me habían atrapado una vez, pero logré zafarme. En el proceso, me llevé otro contratiempo: una patada de Abase en las costillas para derribarme antes de que los demás, de forma «casual», se estorbaran entre sí lo justo para permitirme otra escapada. Debíamos de estar lo bastante lejos de Grenfork como para que los gritos no atrajeran a los aldeanos, que eran los últimos a quienes queríamos involucrar en esto. Vendían provisiones a los rebeldes, lo cual era un crimen a ojos del Imperio, sí; pero uno que conllevaba un destino mucho mejor que la rebelión abierta. Era la diferencia entre una multa y la horca, con un margen de maniobra que dependía del magistrado que dictara sentencia. Tenía la voz ronca de tanto gritar, el cuerpo hecho una masa de moratones y había rodado por tantos matorrales que bien podría estar hecha de ramas y lodo. Podría decirse que mi aversión general por los bosques estaba adquiriendo un tinte marcadamente personal, pero esa no era la razón por la que el estómago se me encogía de puro nerviosismo. Si esto se prolongaba mucho más, tendría que «escapar» de verdad del teniente y sus ayudantes, o el plan fracasaría. Solo podían estar a punto de atraparme un número limitado de veces. Considerando que el sol ya empezaba a ponerse, si me ceñía al plan original nos tocaría pasar la noche entera jugando al escondite. Me deslicé tras el tocón de un gran roble partido por un rayo y me dejé caer entre las raíces, ocultándome un instante para recuperar el aliento. «Dioses Superiores, que no tenga que pasar la noche aquí fuera». Las historias sobre este lugar no eran tan terribles como las del Bosque Crepuscular, más al sur —patio de recreo de los feéricos y de criaturas peores—, pero Peren tampoco era un jardín pacífico. Había ejércitos enteros sepultados bajo estas raíces, y tesoros tan hermosos como terribles ocultos en madrigueras secretas. Los bandidos eran el menor de los peligros que uno podía encontrar. Jadeando, me palpé con cuidado la mandíbula y di un respingo al notar un dolor en el que no había reparado. Se me habían castañeteado los dientes al caer antes y me había mordido el interior de la mejilla, así que cuando escupí a un lado, la saliva salió teñida de rojo. —Muy bien —me dije, tomando aire—. Allá vamos otra vez. Sin embargo, al incorporarme, tropecé de frente con la punta de un cuchillo que me apuntaba directo a la garganta. Se me agrandaron los ojos y el grito que iba a soltar fue ahogado por una mano enguantada que me tapó la boca, mientras otro par de brazos me aferraba por el pescuezo para apartarme del peligro justo a tiempo. El del cuchillo ojeó rápidamente por encima de las raíces, mientras su acompañante me arrastraba más cerca del tronco. —Silencio —me susurró una voz femenina al oído—. No queremos que vuelvan, ¿verdad? Asentí dócilmente. —Van hacia el sur, hacia el río —informó su compañero en voz baja—. Solo tenemos que esperar. Me revolví un poco para zafarme y ella me soltó, permitiéndome dar un paso atrás y observar bien a mis «rescatadores». Ambos tenían los rasgos clásicos de Callow —cabello oscuro, ojos azules— y rondaban los treinta años. El hombre vestía solo cueros de cazador bajo la capa, bien engrasados para no crujir al moverse, pero ella llevaba una coraza de pecho sobre las prendas y una espada larga al cinto. Ambos portaban un pequeño mechón de pelo blanco en un collar, toscamente teñido de rojo por un lado. «Una Cola de Zorro barata», pensé, aunque me cuidé de fingir que no lo había notado. —¿Quiénes sois? —susurré. El cuchillo, que ya se había retirado, volvió a alzarse apuntando directo a mi rostro. —Nosotros seremos los que hagamos las preguntas, chica. Su compañera soltó un gruñido de disgusto y le bajó el brazo de un golpe. —¿«Chica»? —le espetó—. ¿Tienes alguna idea de lo estúpido que suenas cuando hablas así, Blake? El aludido torció el gesto, acentuando una pequeña cicatriz plateada que le cruzaba el puente de la nariz. —Ahora ya sabe mi nombre —siseó—. ¿Es que no...? Ignorándolo por completo, la mujer me dedicó una sonrisa. —Soy Myrtle. No estamos con los praesi; estás a salvo con nosotros. —Sois partisanos —dije, fingiendo sorpresa. Era el término local para referirse a los rebeldes, de la época en que Procer ocupaba nuestras tierras. Nuestros señores se negaban a llamarse a sí mismos rebeldes, ya que eso implicaba admitir que los príncipes de Procer tenían algún derecho a gobernarnos. Ambos captaron el término, tal como yo pretendía, y los hombros de Blake se relajaron. —Lo somos —asintió—. Formamos parte de las Colas de Zorro. Se tocó el mechón de pelo que le colgaba del cuello a modo de ilustración y volvió a sonreír. Con un tono dulce y pausado, como si intentara calmar a un caballo asustadizo, preguntó: —¿Podemos saber tu nombre? —Catherine Founders. De Laure. No habría forma de ocultar mi acento si alguien tan al sur lo reconocía, así que era mejor admitirlo desde el principio. En cuanto al nombre, bueno, no estaba segura de confiar en mí misma para responder a tiempo si usaba uno demasiado diferente. Mejor apegarse a algo cercano. —Estás muy lejos de casa, Catherine —observó Blake con brusquedad—. ¿Qué haces aquí, corriendo por nuestros bosques? «Nuestros bosques, ¿eh?» Qué pretencioso, considerando que los praesi seguían recaudando impuestos a tiro de piedra. —Intento escapar del Imperio —confesé—. No... no sabía adónde más ir. Están en todas partes, pero en mi hogar dicen que si alguien quiere desaparecer, Peren es el lugar ideal. —¿Sabes por qué te perseguían? —preguntó su compañera con gentileza. Fingí dudar, lo que hizo que Blake se impacientara. ¿Estaban compinchados, jugando al sacerdote y al truhan, o eran simplemente sus temperamentos naturales? En cualquier caso, la amabilidad de una y la amenaza del otro habrían hecho cantar como un jilguero a la chica que yo pretendía ser. —Escúpelo ya —presionó, y esta vez ella no hizo nada por detenerlo. «Están compinchados», decidí, aunque intuía que había algo más. —Mi madre me dio un brazalete —comencé—. Me dijo que era valioso y que tenía magia, así que no debía mostrarlo ni perderlo nunca. Pero murió el pasado invierno, y las cosas se han puesto muy difíciles con las nuevas tasas... Fingir vergüenza era más difícil que fingir la rabia que todavía me ardía en las entrañas al recordar los excesos de Kojo. —Así que fuiste a venderlo —dedujo ella. Asentí. —Como era mágico, acudí al Gremio de los Setos, y ellos me dijeron... Blake escupió a un lado, mostrando simpatía en su rostro por primera vez desde que nos conocimos. —Lo que sea que los praesi les ordenaran decir, Founders —concluyó—. El Señor de la Carroña es su dueño, en cuerpo y alma. ¿Fue entonces cuando empezaron a perseguirte? Volví a asentir. —Mi tío está en la guardia de la ciudad y me dejó salir por la noche —añadí—. No sabía adónde ir, así que me dirigí al sur. Myrtle me examinó de arriba abajo. —Y vendiste todo lo que tenías para poder comer por el camino, supongo. —Aún me quedan unas pocas monedas de cobre —dije a la defensiva. Ella contuvo una sonrisa. «Eso es, mirad lo indefensa e inofensiva que soy. ¿No queréis adoptarme?» —¿Andas con el brazalete encima? —quiso saber él. Le sostuve la mirada con abierta desconfianza. Su compañera se aclaró la garganta, dedicándome una sonrisa de aliento. —Lo enterré —solté con sequedad—. No necesitáis saber dónde. —Tranquila, chica —repuso, ahora con tono divertido—. Solo me preguntaba de qué artífice sería la obra para atraer tanta atención. —Estudió en la Torre de los Cisnes antes de que los praesi acabaran con ella, así que entiende de estas cosas —me aclaró Myrtle. «Un mago, entonces», pensé. Tendría que tener cuidado con él. Los magos de Callow nunca habían sido temidos de la forma en que lo eran los de Praes, pero tampoco eran algo de lo que burlarse. Había habido un puñado de escuelas que enseñaban magia en el Antiguo Reino, aunque ahora todas estaban cerradas. —Está cerca de la aldea —revelé finalmente. Tal como deseaba, eso los hizo dudar. El alboroto de antes podía haber atraído atención, y lo último que querían era que los legionarios de Grenfork tropezaran con ellos mientras desenterraban mi tesoro. —Tal vez sea mejor volver a por él mañana —sugirió ella—. O incluso en unos días. Asentí lentamente. —¿Puedo...? —comencé, para luego morderme el labio. —Puedes venir con nosotros por esta noche —asintió, palmeándome el hombro—. Aunque no sé si podrás quedarte más de unos días; solo aceptamos combatientes. —De todos modos, la decisión es de la Capitán —añadió su compañero con afectada indiferencia—. Tendrás que buscar un buen regalo si quieres hacerle cambiar de opinión. Si de verdad hubiera estado exhausta y acabara de mirar a la muerte —o algo peor— de frente, puede que no hubiera calado una manipulación tan transparente. Por otra parte, eso era exactamente lo que había estado esperando. Se hacían llamar partisanos, por lo que estarían inclinados a ayudar a una chica a escapar de los legionarios por pura cuestión de principios, pero eso no significaba que me fuesen a mantener a su lado. Para que quisieran conservarme, sabía que necesitaría un cebo. Un artilugio encantado lo bastante interesante como para que el Imperio lo codiciara debía valer una fortuna, el tipo de ganancia que ayudaría a una banda oculta en el bosque a sobrevivir los meses de vacas flacas. Aposté a que eso inclinaría la balanza a mi favor. Eran rebeldes, de acuerdo, pero también bandidos y mercenarios. Y a todos ellos les encantaba tener los bolsillos llenos de oro. —Gracias —dije, dejando que el alivio fluyera en mis palabras—. Muchas gracias. Y lo decía en serio. Aunque no por las razones que ellos creían. La pareja conocía bien el terreno. Por lo que alcanzaba a ver, no había senderos ni marcas, pero se movían con absoluta certeza. Caminamos hacia lo que estaba segura de que era el oeste y, tras un rato, nos alejamos lo suficiente de mis perseguidores como para que ambos se relajaran y entablaran conversación. En parte eran pullas mutuas —lo bastante amistosas como para intuir que se llevaban bien—, pero se esforzaron por incluirme, preguntándome cuál había sido mi oficio y cómo era mi familia. Les conté que había sido escribana, trabajando para comerciantes y a veces para la guardia de la ciudad, pero me mantuve vaga respecto a quién había sido mi padre. Eso los llevó a asumir que yo era el fruto del idilio de un noble con una chica de ciudad, lo que solo aumentó su codicia por mi inexistente brazalete. Alenté el malentendido sin ningún pudor. A cambio, obtuve información útil. Myrtle venía del extremo sur de Peren, la parte más septentrional de lo que había sido el ducado de Liesse, y su familia era de cazadores. Me contó que muchos de los aldeanos de los alrededores vivían tanto de la caza como del grano, por lo que los cazadores siempre eran bienvenidos. Blake había sido estudiante en la Torre de los Cisnes, la escuela de magia fundada cerca de la ciudad, pero había escapado de su fatal destino durante el tramo final de la Conquista. Nadie había sabido decirme qué ocurrió exactamente allí, salvo que el Brujo había matado a todos los magos atrincherados en la torre después de que se negaran a rendirse y disolverse. —No fue ninguna gran batalla de hechicería —suspiró al preguntarle al respecto—. Caer en un estallido de gloria era exactamente lo que querían los viejos maestros. —Unos estúpidos —comentó su compañera, aunque sin rencor. —Era una cuestión de orgullo —replicó—. La Torre de Plata se rindió a las pocas semanas de morir el Mago del Oeste, y la Escuela del Polvo cayó en cuanto una legión acampó frente a sus defensas. Alguien tenía que plantarle cara al Imperio. —¿Y qué pasó? —pregunté. —Lo que pasó —comenzó— es que el Brujo apareció escoltado por unas pocas compañías de regulares y se limitó a rodear el terreno dos veces con sus instrumentos, trazando dos barreras. Fruncí el ceño. —Os sitió —dije. —Eso es lo que creyeron los maestros de la torre —negó con la mirada perdida—. «Dejad que ponga a prueba nuestros muros», decían. «Puede que no seamos la Torre de Plata, pero nuestras defensas son antiguas y profundas. Gastará sus fuerzas contra nuestra piedra y solo se ganará nuestras burlas». —Resopló—. Solo que no hizo nada más que esperar, y no fue hasta una semana después cuando nos dimos cuenta de que el aire empezaba a escasear. Dos barreras, eso fue lo que colocó. Una que impedía la entrada de aire y otra para proteger a la primera. Ahogué un jadeo de comprensión. —Os privó de aire. —Así fue —asintió—. De modo que fuimos nosotros quienes tuvimos que salir de la torre, intentando romper sus defensas a golpes para alcanzar el aire que aún no estaba viciado, mientras él observaba desde sus círculos y los legionarios nos acribillaban. Sin magia, sin gloria... Solo flechas y los gritos de hombres asfixiándose. —Pero sobreviviste —señalé. —Nos rendimos —corrigió—. Una vez que todos los magos de guerra estuvieron muertos y nos quedamos a las puertas de morir ahogados, las ganas de pelear nos abandonaron. Perdonaron a los aprendices más jóvenes, los que llevaban menos de un año de instrucción, y al resto se los llevaron prisioneros. Yo entré en el corte por los pelos. «Entonces no debe de ser gran cosa como mago», deduje. «Más bien un aficionado». —Insensatos —repitió su compañera, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué ganaron con tanto orgullo? Deberían haber ganado tiempo. —Habían vivido toda su vida en la torre —replicó—. Era su hogar; no iban a permitir que los praesi la saquearan sin pelear. —Se pasó una mano por el pelo y suspiró—: Quizá fueran unos insensatos, pero tal vez haya cosas por las que vale la pena serlo. «Te equivocas», pensé. «Si os hubierais rendido, habríais perdido las bibliotecas y todos los artilugios mágicos, pero habríais conservado la vida; el conocimiento que teníais en la cabeza». En lugar de eso, los orgullosos magos de la Torre de los Cisnes habían muerto y sus conocimientos se habían perdido para siempre. Ahora solo quedaba la magia de Praes para aprender, o la que los praesi decidían tolerar. «Y no podemos derrotarlos con ninguna de las dos». El sombrío final de la historia no empañó el ambiente durante el camino, tal vez porque la herida detrás de ella ya estaba bien cicatrizada. Myrtle me estaba hablando de una cacería a la que había ido con su padre cuando era niña, persiguiendo a un ciervo blanco en lo profundo de la espesura, cuando su relato se interrumpió y nuestros pasos se detuvieron con él. Miré a mi alrededor, pero no había nada obvio que justificara el alto: solo unas cuantas rocas grandes esparcidas, árboles, hojas muertas y lo que parecía un parche de tierra embarrada. Mi guía se llevó los dedos a la boca para soltar un silbido agudo, pero la banda de montaraces armados que yo esperaba ver salir de su escondite no apareció. En su lugar, un mechón de pelaje rojo se deslizó desde un nudo de raíces: el zorro más gordo que había visto en mi vida avanzaba contoneándose. Se encaramó a una piedra plana y se dejó caer allí mismo, contemplándonos con ojos amarillentos. Ahora que descansaba tumbado en vez de estar de pie, su forma era angustiosamente cercana a la de una esfera. —Otra vez vosotros —dijo el animal con voz grave—. Espero que esta vez no os hayáis olvidado del ratón. Me quedé paralizada al escucharlo. ¿Acaso era algún espíritu del bosque? Los feéricos a veces adoptaban forma animal o le concedían inteligencia a las bestias para su propia diversión, pero la astucia detrás de esos ojos no parecía fingida. —Eso solo ocurrió una vez. El mago se metió la mano en el bolsillo y sacó un paño doblado que, al desdoblarlo, reveló el cadáver de un ratón. Sin mayor ceremonia, se lo lanzó al zorro, que se alzó sobre sus patas lo justo para atraparlo en el aire antes de volver a acomodarse. —Muy bien —dijo la criatura, masticando la ofrenda al tiempo que hablaba—. Con esto servirá. —Ella también viene —añadió Myrtle, posando una mano sobre mi hombro. El zorro me miró en silencio, tragándose el resto del ratón con glotona indiferencia. Luego olfateó el aire. —¿Otra alma perdida para la causa? —preguntó—. Huele a caballo. Eso hizo que mis compañeros se tensaran, lo cual me recordó con incomodidad que me encontraba desarmada entre dos asesinos entrenados. Si me descubrían... No sabía qué era esa criatura, así que tenía que andar con pies de plomo. —Huelo a caballo porque no me he lavado desde que me bajé de uno —corregí con sequedad. Olfateando el aire una vez más, el animal se lamió los colmillos antes de asentir. —No es mentira —confirmó. El agarre en mi hombro se aflojó, pero no por ello me permití bajar la guardia. —Será suficiente —sentenció—. Podéis seguirme. Y dicho esto, se puso en pie, se sacudió el pelaje y saltó de la roca con una agilidad difícil de creer para su tamaño. Comenzó a trotar y los dos bandidos se apresuraron a seguirlo. Yo fui detrás. —¿Qué es esa cosa? —susurré. —Un espíritu del bosque. Nuestro capitán hizo un trato con él. —Es nuestro guía —repuso Blake, tajante—. Es todo lo que necesitas saber. Guía o no, la criatura se movía con una rapidez antinatural, tanto que teníamos que apresurarnos constantemente para no perderle el paso. La distancia no dejaba de aumentar; se alejaba más y más hasta que casi tuvimos que correr tras un borrón pelirrojo que apenas lograba distinguir entre los árboles y la hojarasca. Cuánto tiempo avanzamos, no sabría decirlo; estaba absorta intentando no perder de vista a la criatura. Cuando el destello rojo desapareció tras una densa pared de matorrales, nos adentramos tras él. Las ramas y las espinas me arañaron la cara y me las quité de encima. Todavía me estaba sacudiendo las hojas de los ojos cuando entré a trompicones en un claro. No había ni rastro del espíritu que habíamos estado persiguiendo, pero apenas le dediqué un pensamiento. Un árbol verdaderamente colosal acaparaba toda mi atención. —Es una vista impresionante, ¿a que sí? —sonrió mi guía, deteniéndose a mi lado. —Dioses —murmuré—. No sabía que los árboles pudieran crecer tanto. Había pocas casas en Laure, y escasos edificios en el barrio viejo, que pudieran compararse en altura con el viejo roble que se cernía lo alto. Las raíces que se extendían desde la base eran casi tan altas como yo, y algunas eran más gruesas que muslos en su descenso hacia el suelo. Aquel roble debía de tener al menos doscientos pies de altura, lo cual era ridículo. Incluso con los ojos fijos en el zorro durante el trayecto, era imposible que se me hubiera pasado por alto semejante titán. —¿Cómo es posible que este lugar esté oculto? Es... —Más viejo que nosotros —interrumpió Blake—. Quizá incluso más que el Reino de Callow. Y solo la gente que sabe dónde está puede encontrarlo. Parpadeé, atando cabos. —Por eso habéis hecho un pacto con el zorro —deduje—. Para que os enseñara el camino. ¿Pero por qué pagarle cada vez? Una vez que os sabéis la ruta, no deberíais necesitarlo. —El maldito siempre se asegura de ir lo bastante rápido para que no tengamos tiempo de memorizar el trayecto —refunfuñó su compañera con los dientes apretados—. Nos cuesta un ratón cada vez. ¿Por qué crees que está tan gordo? «Sería un error», me recordé, «permitirme sonreír ante esto». Por muy objetivamente hilarante que resultara que un espíritu de zorro obeso se estuviera aprovechando de los bandidos solo para vivir como un decadente rey devorador de roedores, mis labios temblaron a mi pesar mientras los dos bandidos me conducían al interior de su escondite. No luché demasiado contra la ligereza del momento, sabiendo que pronto la echaría de menos. Ahora que había dado con la banda, me quedaba muy poca diversión por delante. El árbol estaba hueco, algo que realmente debería haber adivinado en cuanto lo vi. A decir verdad, era un poco más elaborado que eso. La entrada estaba oculta entre las altas raíces, con la boca del túnel cubierta por un manto de ramas y hojas. El pasadizo era estrecho y el techo tan bajo que incluso yo tuve que agacharme, algo que no disfruté demasiado tras la colección de moratones que me había ganado ese día. Quienquiera que hubiese construido aquello debía de esperar que la gente avanzara de rodillas, porque no mediría más de cinco pies de altura. La pendiente descendía hacia las profundidades de la tierra y, tras apenas treinta respiraciones, los tres emergimos sobre una enorme sala común. Una muralla de ruido me golpeó de lleno en la cara: risas, conversaciones, gritos, sillas arrastrándose contra la madera y platos tintineando en las mesas. Debía de haber al menos sesenta personas allí dentro, y apenas llenaban el piso inferior. El escondite era un círculo tosco que empezaba unos seis metros por debajo de nosotros, con un suelo de madera abarrotado de mesas, asientos y lo que parecía una cocina improvisada. Había un pilar macizo tallado en el centro que subía hasta la copa invisible del árbol y, cerca de su base, un montón de capas y ropa a secar colgaban como una especie de tapiz andrajoso. Abajo, los Cola de Zorro celebraban con un ánimo festivo. Había barriles abiertos y se repartían cuencos de estofado libremente mientras los bandidos apostaban, reñían y bebían juntos. Conté cuatro túneles que partían de aquel piso inferior hacia otras estancias subterráneas, pero los orbes de luz y las antorchas que iluminaban la gran sala no se extendían por ellos. Ninguno parecía vigilado, aunque era demasiado pronto para asegurarlo. Sobre la sala común no había nada; el gran árbol estaba completamente hueco por dentro. Había unas escaleras estrechas talladas en el lateral de la madera que conducían a pasarelas que rodeaban todo el perímetro, revelando pequeños cubiles que los Cola de Zorro utilizaban como dormitorios. Eran habitáculos diminutos, apenas lo bastante grandes para una sola persona, y se sucedían hacia arriba hasta que dejaba de haber luces mágicas y el humo se disipaba en la oscuridad de las alturas. Debía de haber una abertura de algún tipo si el humo de las antorchas aún no los había asfixiado a todos, pero lo que más me llamó la atención no fue el fondo del refugio ni las paredes. En el gran pilar de madera del centro, a media altura, se había tallado una cámara. Parecía una especie de molino, con unas piedras de moler verdaderamente enormes cortadas en una roca de un blanco lechoso que jamás había visto en mi vida. La maquinaria que debía hacerlas girar estaba medio desmantelada; las ruedas de madera reforzadas con esa misma piedra lechosa estaban desalineadas o faltaban por completo, y daba la impresión de que gran parte de la sala había sido canibalizada para aprovechar los materiales. Había al menos medio pie de espacio entre la piedra superior y la inferior; la de arriba colgaba de gruesas cadenas de hierro que brotaban del techo de la cámara. Por los Cielos Llorones, aquello no podía ser hierro simple si sostenía una piedra de moler más larga que mi propia estatura. Dos pasarelas estrechas conducían allí desde el lateral del árbol, ninguna de ellas con barandillas. Caerse de una de ellas no era algo de lo que uno pudiera recuperarse fácilmente. —Impresionante, ¿verdad? Me limité a asentir, muda de asombro. —Vamos —dijo Myrtle—. Tenemos que presentarte a la Capitán Alden antes de que te acomodes para pasar la noche. La seguí escaleras abajo hacia el piso inferior. Blake se separó de nosotras allí. Me dedicó un asentimiento seco; su pasajera amabilidad se había enfriado desde que el espíritu del zorro mencionó que yo había montado a caballo. Aunque yo no lo había dicho, el detalle no era sospechoso, no exactamente. Tenía todo el sentido del mundo que hubiera pagado por una montura para mantenerme por delante del Imperio, tal como pretendía mi historia. Sin embargo, algo en ese dato parecía haberlo escamado. «Solo es un hombre», pensé. «Mientras no le pierda de vista, estaré bien». Incluso si pensaba que algo no cuadraba en mí, al fin y al cabo yo era solo una chica rodeada por lo que debían de ser más de sesenta hombres. Ni siquiera llevaba un cuchillo encima, mientras que, por lo que se veía, casi nadie allí iba desarmado. No se me podía considerar una amenaza y, en cierto sentido, no lo era. No es que fuera a intentar degollarlos a todos mientras dormían. En cuanto confirmara que el oro estaba aquí, me escabulliría y me dirigiría directa a Grenfork. Allí encontraría al Caballero y le hablaría del trato con el zorro que le permitiría dar con el escondite. Los espíritus no tenían lealtad; no es que el zorro fuera a rechazar una oferta. Y en caso de que se resistiera, bueno, los magos de Praes tenían su reputación por algo. En el peor de los casos, atarían al espíritu y le obligarían a cumplir sus órdenes. Dado que los Cola de Zorro no eran tantos como para no reconocer un rostro nuevo, recibí algunas miradas curiosas mientras seguía a mi guía entre la multitud, pero poco más. La mayoría de los bandidos estaban más interesados en beber y apostar que en prestar atención a una chica cubierta de mugre y con un ojo morado. Además, mi acompañante debía de ser una oficial o algo parecido, porque recibía asentimientos respetuosos a su paso. Aunque había mencionado que iríamos a ver a su capitana, no fue allí donde me llevó. Me arrastró hasta el tosco mostrador de la cocina, donde me indicó que me sentara mientras ella se inclinaba para susurrar algo al oído del cocinero. Era un hombre grande y barbudo, de mejillas sonrosadas y complexión de oso, pero me dedicó una sonrisa amistosa en cuanto Myrtle se apartó. —Supongo que hace demasiado tiempo que no te llevas una comida decente a la boca, Catherine —dijo. —Dioses —suspiré—. Dímelo a mí. —Hopps se encargará de cebarte —comentó, volviéndome a apretar el hombro con alegría—. Iré mientras a ver si la capitana está libre, pero no te preocupes si tardo en regresar; suele estar muy ocupada estos días. Eso sonaba a que el oro imperial le estaba causando problemas, lo cual era interesante saber. Toda información podía ser potencialmente útil. —No voy a decir que no a una comida caliente —bromeé. Me dirigió una última sonrisa antes de desaparecer y a mí de pronto me asaltó la culpa. Era cierto que ella y Blake me habían manipulado para intentar forzarme a darles mi inexistente brazalete mágico, pero no podía culparles por ello. A fin de cuentas, desde su perspectiva, seguramente pensaban que era mejor si me lo quitaban, porque conservarlo podría conducirme a la muerte. Había sido, de hecho, bastante decente con lo que creía que era una joven cansada y aterrorizada, lo cual empeoraba la situación. No me merecía su decencia, y pensar que estas personas tenían los días contados desde que robaron en la Torre y que yo iba a ayudar a su eventual captura me dejó con un mal sabor de boca. Pero era demasiado tarde para echarse atrás, lo sabía. Así que ignoré mis reticencias y me forcé a sonreír mientras el cocinero llamado Hopps me servía una ración de estofado. —Huele de maravilla —dije, mientras le echaba mano a la cuchara de madera. —Estofado de cazador, todo un clásico —sonrió—. Hemos horneado el pan esta mañana, te traeré un par de rebanadas. Probé el estofado en cuanto se marchó y lo encontré bastante rico. Quizá tenía demasiado volumen de zanahorias, pero los trozos de carne eran una delicia, y estaba segura de que lo que saboreaba era ciervo. Nunca lo había probado. El cocinero volvió con el pan prometido, inclinándose sobre el mostrador y observándome comer con un apetito que me sorprendió incluso a mí. Sin duda, tanto correr y mentir me habían abierto el apetito. —Hay más gente de la que pensé que habría —comenté, mojando el pan en la salsa. —Había incluso más, si puedes creerlo. Perdimos a unos cuantos hace un par de meses, aunque ahora volvemos a cubrir puestos —comentó—. Tengo entendido que quizá te nos unas. —Eso espero —dije—. Me he dado cuenta también de que todos lleváis ese colgante con un mechón de pelo de zorro; ¿es por el espíritu de afuera? —Por eso y por la canción —asintió—. Pero no menciones al zorro demasiado alto o animarás a los borrachos a cantarla de nuevo. Todos los que no han bebido más de tres jarras están hartos de oírla. —¿«El zorro en los bosques»? —susurré, ladeando la cabeza. —La misma —afirmó, y luego soltó un resoplido—: Lo gracioso es que nuestra otra visita hizo la misma pregunta. Supongo que el colgante llama la atención si no estás acostumbrado. —¿Qué otra visita? —Tenemos a un invitado del sur. Un viejo conocido de la Capitán nos lo envió. Miró a su alrededor y su rostro se iluminó al encontrar lo que buscaba. Seguí su mirada, justo cuando él comenzaba a gesticular con entusiasmo, hasta dar con el hombre en cuestión: una figura alta y esbelta, con una media melena de color castaño y rizado. Vestía de forma sencilla pero impecable, con ropajes de montar cubiertos por una coraza pulida. Llevaba botas y guantes hechos a medida, nada ornamentados pero claramente de calidad. Se levantó de la mesa donde estaba sentado a solas y, ante las señas del cocinero, nos dedicó una sonrisa. Pero a mí me recorrió un escalofrío al cruzarme con aquellos ojos oscuros y castaños. No había razón aparente para sentir tal oleada de disgusto atrapada en mi garganta, y sin embargo... En principio, cada parte de aquel hombre era hermosa. El cabello estaba perfectamente alborotado, las facciones eran finas y su mirada parecía amable. Estaba bien proporcionado, hasta donde se podía medir con imparcialidad, pero al observarlo en su totalidad, había algo en él casi reptiliano. Cuando se movía y la luz cambiaba sobre su rostro, de pronto sus ojos cálidos semejaban fríos y malévolos, como si una naturaleza profundamente maligna estuviera filtrándose bajo su piel. Mantuve una expresión amistosa incluso cuando el desconocido se acercó, tomando asiento a mi lado mientras Hopps me dirigía una mirada de disculpa. —Debo regresar a los fogones por un rato; el asado de los oficiales necesita supervisión, pero podéis haceros compañía mutua —dijo—. Sir Vernon tiene historias increíbles que contar, seguro que no te aburrirás. —Me halagas —se rió el recién llegado. —Gracias, Hopps —dije con ligereza—. Es muy amable de tu parte. El barbudo nos sonrió a ambos antes de desaparecer con el resto de los cocineros. Sir Vernon posó su copa de vino sobre el mostrador; el sonido resonó con extraña fuerza en mi oído mientras estudiaba mi cara con ojos calmados. —Esto —declaró con indolencia— sí que no me lo esperaba. Podía sentirlo mejor ahora que estaba sentado justo a mi lado. Era algo en el aire, como esa presión tan terrorífica que el Caballero Negro había usado para silenciar a toda una sala sin pronunciar palabra. Esta sensación, en cambio, era más sutil, como un humo transparente que llena una estancia rizo a rizo, perezosamente, sin que nadie se percate. Sir Vernon le había llamado el cocinero. Conocía ese nombre; me habían advertido sobre él, y una parte de mí se divertía al pensar que había recurrido a la misma estrategia de usar un nombre falso. —No sé a qué se refiere —mentí. Él tarareó. —Sí, quizá sea mejor un hechizo de privacidad primero. Echándose hacia atrás, miró a su alrededor en la sala común hasta fijarse en una mujer canosa que se reía a carcajadas mientras se derramaba cerveza sobre la túnica. Sus dos acompañantes parecían igual de borrachos y ruidosos. El extraño se inclinó hacia ellos, alzando la voz para llamar la atención de la mujer. —Amiga —dijo—, deberías guardarte esa cola de zorro; se está empapando. No alcancé a ver que la cerveza hubiera tocado el colgante, pero era evidente que la frase tenía otro propósito. La bandida le dio las gracias al desconocido en lugar de ofenderse —siendo ella una mujer mayor y él, un joven apuesto— y vi cómo una idea cobraba forma en su rostro. Poniéndose en pie y alzando su jarra medio vacía, bramó para llamar la atención de todos. —¡EL GALLINERO ESTÁ ABIERTO! —gritó, y la sala estalló en un caos. La mitad respondió con quejas y abucheos, pero el resto lanzó vítores, y al menos otras dos docenas de voces se unieron de inmediato para corear la segunda línea de «El zorro en el bosque». —¡Y DESDE DENTRO, EL ZORRO SE LAS LLEVÓ! El estrépito era ensordecedor, llenando el lugar por completo, pero no le presté la menor atención. El extraño volvió a clavar su mirada en mí. —Eso bastará —dijo el Barón, sonriendo plácidamente—. Ahora nadie nos oirá. Yo le devolví la sonrisa con la misma amabilidad, porque ambos habíamos venido a buscar lo mismo y, si no jugaba bien mis cartas, aquello iba a costar marcharme de allí en un ataúd.
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GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 9

Estás leyendo el capítulo 9 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 11 de septiembre de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.