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Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 8 online gratis en español

🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
Existen tres influencias que ningún ejercicio de la magia puede ignorar y que, por tanto, deben ser consideradas leyes: Origen, Principio y Deterioro. —Fragmento de El más noble arte de la magia, por Hechichispas, Emperador del Terror. Las tierras centrales de Callow eran hermosas cuando te parabas a observarlas: campos de cereal y hierba hasta donde alcanzaba la vista, interrumpidos solo por pequeñas granjas y ríos. El ganado vagaba sin rumbo, mantenido a raya únicamente por perros pastores, y había días en los que veías más espantapájaros que hombres; un mar de oro bajo el cielo azul, como la tierra de la abundancia eterna que el Libro de todas las cosas prometía que solo se abriría para los justos. Hermoso, sí. Pero, como ya había aprendido, también soberanamente aburrido. Conversar era el único respiro mientras cabalgábamos hacia el sur, hacia los Bosques de Peren y los bandidos que se ocultaban allí; la rutina diaria iba desgastando el temor reverencial que yo sentía por las Calamidades. Hasta Escriba, la más misteriosa de todos ellos, parecía menos una figura de leyenda una vez que la habías visto escupir el estofado porque la Capitana se había pasado con la sal. Aun así, aquello no era ni de lejos una experiencia tan insólita como la de ser instruida sobre cómo ensartar y asar piezas de caza por el mismísimo Gobernador General de Callow. Las tardes solían ser el momento más relajado; el ritmo era pausado en comparación con las mañanas, en parte porque, durante esas últimas horas del día, debía cabalgar junto al Caballero Negro para mi lección diaria. La primera parte siempre estaba dedicada a los idiomas, empezando por ecane, y siguiendo con maniram o kharsum, en los que progresaba de forma lenta pero constante. No había ni rastro de que algún Aspecto me estuviera ayudando, al menos por ahora, pero la claridad de los libros que él me había prestado hacía posible que me pusiera al día. Aun así, seguía siendo un dolor de cabeza, que empeoraba cuando mezclaba palabras de maniram y ecane que sonaban parecido. La segunda parte de las lecciones solía centrarse en debatir sobre las lecturas de historia que me había asignado, ya fuera sobre Callow o Praes, aunque a veces viajábamos más lejos. Habíamos cubierto las Ciudades Libres del sur, las islas de la Talasocracia de Ashur e, inevitablemente, el Principado de Procer. Pero por mucho que discutiéramos sobre guerras, tratados y fronteras cambiantes, el Caballero parecía igual de interesado en el comercio y en los Nombrados de renombre. Esa era la parte que más disfrutaba, ya que nunca sabía de qué trataría. A veces, él dejaba que yo guiara la dirección con mis preguntas; otras, me soltaba algún dato absurdo cuyos orígenes terminaban siendo fascinantes. Una discusión sobre las diferencias en dietas entre orcos, humanos y goblins se había acabado convirtiendo en un debate sobre la necrofagia y qué debería considerarse un estándar aceptable para tratar a los caídos en combate. Salí de aquella charla sintiéndome incómoda ante la idea de hacerme la muerta cerca de goblins, y muy agradecida de que la ley imperial prohibiera a los orcos comerse los cadáveres de sus conciudadanos. Pero él no era el único que me daba lecciones. A los pocos días de haber confesado que sabía muy poco sobre cómo montar un campamento, la Capitana insistió en enseñarme a encender fuego con pedernal y yesca. Me pareció algo extraño, teniendo en cuenta que ella venía de la nación que había popularizado las cerillas de azufre —una invención de los goblins, según decían. Había esperado que el proceso consistiera en chocar piedras y rezar para que ocurriera lo mejor, pero en realidad lo que me enseñó fue a golpear un eslabón de acero con un cilindro de sílex. Las chispas prendieron con bastante facilidad en la yesca, aunque después me mostró cómo pasar de la yesca ardiendo a una hoguera de verdad, lo cual resultó mucho más complicado. —El ágata también sirve, si no encuentras otra cosa —explicó—. Pero nada supera al pedernal de Wasaliti, así que compra siempre que puedas. Teniendo en cuenta que el río Wasaliti era la frontera entre la Expansión y las Tierras Yermas, allá en el lejano este, dudaba que fuera a ver aquel pedernal en un mercado a corto plazo. —¿Dónde aprendiste todo esto, por cierto? —pregunté, señalando el fuego con la rama que estaba usando para atizar las brasas—. Nunca he oído que sirvieras en la Legión. —Porque nunca lo hice—replicó—. Mi padre me enseñó un poco —era cazador— y el resto lo descubrí por mi cuenta. Arqueé una ceja. Si bien en mi nación ser cazador era un oficio como cualquier otro, en Praes era un asunto mucho más arriesgado. Callow, más allá de las montañas y los bosques, hacía tiempo que había sido purgada de sus bestias más peligrosas; mientras tanto, se decía que las Tierras Yermas eran un auténtico festival de horrores. La Capitana me miró a la cara y soltó un bufido. —Vivíamos cerca de las colinas de Arnab cuando era niña —reveló—. Mucho más allá del límite de las Tierras Yermas. La mayor parte del tiempo lo peor que te encuentras ahí fuera son ghouls, o quizás un wyvern si tienes verdadera mala suerte. —Si la caza era tan buena, ¿por qué te fuiste? Su rostro se ensombreció. Tragué saliva ante aquella visión, pues solía ser una mujer muy amigable, y me apresuré a alzar las manos. —Perdona, no era mi intención entrometerme… —Sí que lo era —me cortó—. Pero está bien. Pero no pasa nada. Mi linaje fue maldecido por un mago hace muchos años... algunos dicen que fue el mismísimo Emperador del Terror Hechichispas. A veces se salta generaciones, pero en mí se manifestó con más fuerza de lo habitual. —Suena desagradable —susurré. —Más para los demás que para mí —matizó, sacudiendo la cabeza—. En cualquier caso, después de aquello me dediqué a deambular. Reclamé mi Nombre y luego me topé con el Caballero y el Brujo. Hemos estado juntos desde entonces. Deseosa de cambiar de tema a pesar de mi curiosidad, me aclaré la garganta. —¿Y ellos saben cómo encender un fuego con pedernal? —pregunté con sorna. Soltó una carcajada limpia. —Dudo que Wekesa haya encendido una hoguera en su vida sin usar un hechizo —contestó, volviendo a negar con la cabeza—. Pero no me vas a distraer, Foundling. Apaga este fuego y veremos si eres capaz de montar otro sin malgastar la mitad de los suministros de yesca de una Legión. —Hace viento —protesté. No era verdad, y tuvo piedad de mí, pero para cuando terminó la semana, mis probabilidades de morir si me perdía en la naturaleza habían disminuido considerablemente. No era exactamente el tipo de lecciones que había esperado recibir al unirme al bando del Mal, pero no iba a quejarme. Además, cada pocos días, una vez que el sol se ponía, el Caballero Negro se encargaba de la parte más siniestra del asunto. Me había dado ejercicios para percibir cómo se movía mi poder a través de Zombi mientras cabalgábamos durante el día y, una vez estuvo satisfecho de que yo era «ligeramente más capaz de sentir el poder que un adoquín corriente», me sentó frente a un conejo muerto. —Espero no tener que montar a este —dije con toda la gravedad de la que fui capaz. Me lanzó una mirada de soslayo, dando la clara impresión de estar poniendo los ojos en blanco sin llegar a hacerlo realmente. —Aunque nos ahorraría gastos, eres demasiado alta para él —contestó, antes de hacer una pausa—. Por los pelos. —¡Oye! —protesté. El muy bastardo ni siquiera era tanto más alto que yo. Pero como tenía muchas ganas de aprender lo que fuera que me iba a enseñar, dejé de responder con insolencia, aunque todavía tenía algunas dudas genuinas. —Esta vez no lo he matado yo —señalé—. Y mencionaste que eso lo haría más difícil. —No espero que lo consigas al primer intento —respondió—. Ni al décimo. El objetivo del ejercicio es que aprendas a canalizar tu Nombre incipiente, no que te conviertas en la segunda venida del Rey Muerto. —Yo... bueno, me preguntaba una cosa —dije—. ¿Por qué nigromancia? Arqueó una ceja y me hizo un gesto para que me explicara. —Voy a ser la Escudera, no la Nigromante —argumenté—. Alzar a los muertos parece un encaje extraño. Y si todos los Nombrados juramentados a los Dioses del Averno pudieran hacerlo, supongo que ya sería de dominio público. —Una pregunta muy adecuada —elogió. Tosí en mi puño y desvié la mirada para que no notara cómo me sonrojaba. —Ha sido una larga tradición que el Caballero Negro alce a su propia montura de entre los muertos —explicó—. Tanto, que ha terminado por convertirse en parte del Rol. Algunos han cabalgado sobre monstruos —Obon siempre está ansioso por proveer—, pero la mayoría prefería monturas no-muertas. Que el talento para la nigromancia vaya más allá de eso ha variado de un Nombrado a otro. Ladeé la cabeza. —¿Y en tu caso? —Puedo alzar tanto a hombres como a bestias —admitió—, aunque mi control es limitado si no he sido yo quien los ha matado. —Y como soy tu aprendiz —deduje—, obtengo una sombra de ese talento. —«Una sombra» es una manera apropiada de describirlo —asintió—. Pronto descubriremos si tienes afinidad con esta práctica más allá de lo que eso te confiere. El primer paso para lograrlo era, por desgracia, la meditación. No es que mi mentor lo llamara así; intentó engañarme llamándolo «trance inducido», como si yo no fuera a darme cuenta en cuanto me dijo que “cerrara los ojos y vaciara la mente hasta que pudiera sentir el poder”. Nunca había sido el tipo de chica de «sentarse a pensar», así que, para mi frustración, esa primera noche ni siquiera toqué al conejo. Acabó en el estofado. Durante tres noches seguidas me golpeé la cabeza contra ese muro sin que nada cambiara, hasta que volvió a sentarme y me dijo que me lo planteara de otra forma. —Estás intentando vaciar tu mente de cualquier pensamiento —adivinó—, pero eso es luchar contra la corriente. En lugar de eso, Catherine, sumérgete en ella: abraza un pensamiento y deja que te absorba. Aquello sonaba críptico de narices, pero para mi fastidio, me acercó al objetivo. Al principio intenté imaginarlo como una ballesta, como una cuerda de la que tiras hacia atrás, pero era demasiado complejo. Luego probé con el tajo de una espada, pero era demasiado simple; mi mente seguía intentando añadir detalles, contexto. Fue al tomarme su consejo de forma literal cuando encontré lo que necesitaba. Pensé en un río, una línea oscura en un lugar sombrío, y la seguí. Dejé que me arrastrara ese movimiento sencillo y eterno. Entonces lo sentí en mi interior: aquel mismo lugar profundo que el Caballero me había permitido vislumbrar una vez. Y aunque solo alcanzaba la parte más superficial, tocarlo y luego tocar al conejo muerto fue... como ser el lecho de un río. Un poder que no controlaba de verdad, pero al que podía dar forma mientras fluía a través de mí. La pata izquierda del conejo sufrió un espasmo y, acto seguido, sus dos ojos explotaron. —Bueno —repuso mi mentor, dándome un susto de muerte porque no le había oído acercarse—. Aunque carezcas de talento nigromántico, eso habría sido un golpe de lo más doloroso para una criatura viva. A pesar de mi júbilo por haber logrado algo al fin, no pude encontrar motivos para sonreír. En Laure, el Caballero Negro me había dejado claro que la arena ya había empezado a caer en el reloj: ahí fuera había tres enemigos —y algo más— que me querían muerta. Si lo mejor que podía ofrecer era reventarle los ojos de un conejo muerto, más me valía ir cavando mi tumba por adelantado. No podía estar segura de cuándo me los encontraría, pero una parte de mí me susurraba que sería pronto. Como si pudiera sentir una batalla aproximándose, en el horizonte. Una vez alcancé aquel lugar por mi cuenta por primera vez, usar el truco del río hizo que regresar fuera casi sencillo. Pronto apenas necesité usarlo, simplemente me sumergía en la corriente con un solo pensamiento. Lamentablemente, esto no mejoró mis resultados con los conejos o las codornices que a veces los sustituían. Observé cómo el ave de esta noche sufría espasmos incontrolables, sintiendo cómo los hilos de poder que había deslizado entre sus huesos y músculos se tensaban y distendían hasta que se arrancó su propia pata en un espasmo particularmente violento. Los hilos se quebraron e inmediatamente sentí un pinchazo agudo tras la frente, como si alguien me hubiera dado una colleja. Maldiciendo entre dientes, me froté la piel y fulminé con la mirada al cadáver mutilado. —Creo que podría hacer que algo más grande se moviera sin destrozarlo —dije al fin. —Veré de conseguir una cabra cuando sea factible. Pero el objetivo del ejercicio... —Es enseñarme control, lo sé —terminé con un gruñido de fastidio—. Y eso significa ceñirme a cadáveres pequeños para aprender precisión. Pero siento que me he topado con un muro. No logro que funcione mejor que esto, haga lo que haga. —Es demasiado pronto para decidir que careces de talento para las aplicaciones nigrománticas de tu poder —replicó. Le lancé una mirada susceptible en silencio. Su ceño se frunció levemente, algo que yo había aprendido a interpretar como irritación. —De momento solo eres una Aspirante, Catherine —sentenció—. En el mejor de los casos, apenas estás a horcajadas sobre el Rol que debe empoderarte; es notable que ya seas capaz de hacer tanto. Eso me sugiere que bien podrías tener ese talento del que tanto dudas. Me aclaré la garganta, bajando la vista. —Perdón. —Entiendo tu frustración —suspiró—. Yo nunca fui el Escudero de un Caballero Negro, así que mi propio aprendizaje fue... irregular. También me topé con muchos callejones sin salida a tu edad. —¿Y qué hiciste? —Lo que no te estoy dejando hacer a ti —respondió con una sonrisa amarga—. Además, una vez que te haya enseñado lo esencial para acceder y usar un Nombre, poco más podré enseñarte en la materia que no sean trucos de salón. Pestañeé, sorprendida. —Espera, ¿qué? Había sido el portador del Nombre el doble de tiempo del que yo llevaba viva. Tenía que haber algo más. —Dejando a un lado los Aspectos, cada Nombre tiende hacia lo único —explicó—. Ninguno de mis predecesores de los que se tiene memoria podía usar sus sombras como yo; es, en gran medida, una particularidad mía, fortalecida por las historias vinculadas a mi reputación personal. Un matiz de mi Rol, por así decirlo. —Y yo no tengo nada de eso —comprendí, frunciendo el ceño—. Porque ahora mismo no soy nadie. —Una posición de partida ideal —sentenció—. Comenzar tu ascenso con esa idea en mente te permitirá cultivar tu Rol como pocos podrían hacerlo. —Quieres decir que puedo dar forma a mi propia historia. Asintió. —Considera lo que esperas de ser una Nombrada. Ese poder no es una mera herramienta; es un método, uno al que estarás vinculada hasta que dejes atrás ese Nombre, ya sea por la muerte o por una transición —Supongo que «aplastar a mis enemigos» no es una respuesta válida. —bromeé. Sus ojos de un verde pálido no mostraron ni pizca de diversión. —Si haces de la fuerza bruta tu método, te encontrarás con carencias en todo lo demás —declaró—. Un Caballero Negro que se convierte en objeto de terror le costará inspirar y reunir a sus hombres, en lugar de dispersarlos. Su mirada se sostuvo sobre la mía un momento más y luego la desvió. —No es tan difícil ser poderoso. Pero el poder te moldea a ti tanto como tú le das forma a él. Ten cuidado con la bandera que alces, Catherine. Una vez que haya probado el viento, verás que no es nada fácil arriarla. Y con esa nota sombría se levantó, dejándome a solas con una hoguera agonizante y el cadáver mutilado de una codorniz. Me quedé allí, observando el chisporroteo de las brasas danzantes. Sus palabras al final habían sido un reproche, pero no podía evitar darle la razón. Había pensado que obtener un Nombre era un atajo hacia la autoridad; igual que la gente seguía a los Héroes y obedecía a los Villanos. Una vez me convirtiera en Escudera yo sería de los últimos; tendría poder de ambas clases. ¿Pero para qué iba a usarlo? Mi objetivo había sido entrar en la Academia de Guerra para convertirme en oficial. Si ascendía lo suficiente en el escalafón, llegar a comandar la guarnición de las Legiones en Laure y, desde allí, extender mi influencia por toda Callow. Pero el problema era el mismo: la fuente de mi poder era el Caballero Negro. Era a través de su autoridad que podría dar órdenes a legionarios, nobles y gobernadores. Y eso significaba que nunca podría oponerme a él, porque hacerlo significaría perder todo mi poder. Pero tarde o temprano tendría que hacerlo. Lo que yo quería no era solo reemplazar a los peores gobernadores imperiales por otros un poco más amables, sino obtener la independencia total. O al menos, que Callow se autogobernara bajo la soberanía de Praes. Lo cual, implicaba conseguir que la Torre permitiera a mi gente ejercer de gobernadores, haciendo que dichos cargos dejaran de ser un mero método de recaudación imperial, y que el puesto de Gobernador General fuera algo más que el Caballero Negro mandando de manera informal. Vincular un consejo, como el que tenía la propia Emperatriz en la Torre, me permitiría rodearlo de mi gente; dispersar su poder entre múltiples manos y, en última instancia, hacer que la ocupación fuera más eficiente. No necesitábamos una guerra para recuperar el país. Incluso teniendo en cuenta a cada legionario, mercader y gobernador, los praesi dentro de las fronteras del Reino Antiguo no eran más que una gota en el océano. Uno de cada cien, si es que llegaban a eso. Si los callowanos empezaban a llenar las filas de las Legiones; si asistían a la Academia y regresaban como oficiales para servir en su hogar... ¿cuánto tiempo pasaría antes de que esos ejércitos dejaran de ser ocupantes y pasaran a ser nuestras propias guarniciones? Podíamos devorar el poder de la Torre desde dentro, hacerlo nuestro; quedar tan intrínsecamente entrelazados con el Imperio que, incluso cuando lográramos autogobernarnos, no iríamos a la guerra porque sería ruinoso. Me importaba una mierda pagar impuestos a la Emperatriz; no era peor que habérselos pagado a la Casa Fairfax en su día. Lo que de verdad me importaba era tener un garrote lo bastante grande como para asegurar que Callow no fuera mal gobernada y, si llegaba a serlo, poder hundirle el cráneo al responsable de inmediato. Y ese garrote, ahora mismo, estaba en manos del Caballero Negro. Tendría que convencerlo de que me lo cediera por voluntad propia, o me vería obligada a arrebatárselo a su cadáver; lo que significaba enfrentarme a las Calamidades y, muy probablemente, a la propia Emperatriz. No me hacía ninguna ilusión apostar por mis posibilidades de sobrevivir a algo así. No, tendría que elegir la senda del silencio. El camino de la paciencia, por mucho que no fuera mi naturaleza. ¿Qué quería obtener de mi Nombre? Quería reclamarlo, fuera cual fuera el precio, y vaciar el cascarón del dominio imperial hasta que un reino entero cupiera en su interior. Sabía que me costaría años y decisiones difíciles. Pero existía una forma de alcanzar ese objetivo con el que ya había hecho las paces: matar a sus enemigos, los cuales solían ser también los míos. Y con ello, comprar la clase de paz que deseaba, cadáver a cadáver. —Ten cuidado —murmuré mientras atizaba las brasas— con la bandera que alces. ¿En qué clase de Escudera quería convertirme? Reflexioné sobre ello hasta que los ojos me ardieron de puro agotamiento y me quedé dormida soñando con la respuesta. \*\*\* Como si se tratara de una lección deliberada, nuestra conversación de la tarde siguiente fue sobre relatos. No de la clase que la gente se cuenta entre sí, sino de los que las naciones usan como argamasa para mantenerse unidas. —… no es particularmente importante si el mito fundacional es cierto —estaba diciendo el Caballero—. La leyenda de Maléfica cuenta que expulsó al Imperio Miezano para fundar Praes, pero en la práctica, los miezanos ya se habían retirado en gran medida de Calernia. Su «gloriosa victoria» se libró contra el esqueleto de una ocupación; sin embargo, la mentira de que Praes fue capaz de vengar las derrotas de la Guerra de las Cadenas es un pilar fundamental. —Pero para nosotros es distinto —insistí—. No sé si el rey Eduardo I fue realmente elegido por los Dioses para unificar el reino, pero lo que es seguro es que sacó una espada de una piedra. Y lo sabemos porque, más tarde, esa se convirtió en una de las espadas legendarias de Callow. Pacto, la Espada de los Reyes. Junto con las otras dos hojas igualmente famosas, Pesar y Deber, su sombra se proyectaba con fuerza en todos los relatos de Callow. —Las leyendas más antiguas dicen, en cambio, que recibió la espada de manos de un ángel que moraba en el Lago de Plata —señaló—. Y con o sin mandato divino, Eduardo Alban no llegó a gobernar lo que acabó siendo el Reino de Callow. Ni el Reino de Liesse ni las baronías del norte tampoco fueron anexionados mientras vivió, y Tirglas jamás estuvo bajo el dominio de su linaje. —Pero la espada es real —insistí—. Eso no puedes negarlo. —Apostaría a que, en vida, no fue más que una hoja encantada; nada que se acercara a un verdadero artefacto —declaró, encogiéndose de hombros—. Sus supuestos poderes para hacer arder a los mentirosos e invocar los vientos fueron añadidos a la historia oficial mucho después; te habrás dado cuenta si has comparado Tres Siglos con la Crónica de las Coronas, escrita mucho antes. Fruncí el ceño. —Yo pensaba que los artefactos eran, de hecho, objetos encantados —admití. —Lo son, pero lo contrario no es necesariamente cierto —replicó—. Considéralo así: un mago habilidoso puede tejer un hechizo en una espada para que sea más resistente o brille en la oscuridad. ¿Por qué, entonces, los ejércitos no marchan cubiertos de armas y armaduras encantadas? —Por la Ley del Deterioro —respondí—. La magia es como cualquier otra cosa: se desgasta. Las cosas no permanecen encantadas para siempre y, cuando el encantamiento se desvanece, también arruina el material. No vale la pena mejorar un poco una espada si va a quedar inservible en unos meses. Eso, y que la mayoría de los materiales no retenían la magia demasiado bien. Los que sí lo hacían eran carísimos, difíciles de obtener, o ambas cosas. Aunque, a decir verdad, yo no sabía cuáles eran esos materiales. En Callow era difícil echarle el guante a libros de magia; la mejor forma de obtenerlos era uniéndose al Gremio de Magos que entrenaba a practicantes menores. Pero yo no tenía ni una pizca de talento mágico, así que nunca fue una opción para mí. Lo único que había conseguido eran páginas de viejos textos de hechicería; el compendio más grande provenía de un texto introductorio llamado Hechicería elemental, e incluso poseer esas páginas había sido ilegal. El acceso estaba restringido: necesitabas el permiso de la corte del gobernador. —Los encantamientos pueden ser restaurados por otro mago, aunque ese proceso tiene sus propias dificultades —asintió—. Aun así, y con la Ley del Deterioro en mente, considera que el encantamiento de una hoja como Pacto debió de realizarse durante la fundación del Reino de Callow. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? Según el calendario imperial estábamos en el año 863, y los eruditos suelen coincidir en que el Antiguo Reino se fundó en el año 210, tras la caída de Summerholm. Eran casi setecientos cincuenta años; una cantidad de tiempo ridícula para que un encantamiento perdurase, incluso si los magos intentaran mantenerlo. —Demasiado —concedí—. ¿Entonces, qué es lo que marca la diferencia? —Cuando un objeto encantado se alimenta de la propia Creación para mantenerse, desafiando la Ley del Deterioro, se le califica como artefacto. —Eso ya lo imaginaba —repuse—. ¿Pero cómo empezó a hacer eso si al principio no era capaz? —Y ahí radica el misterio —sonrió—. Algunos sostienen que el uso de materiales inherentemente mágicos en su fabricación —hueso de dragón, madera de árboles ancianos o incluso vetas de metal caído de las estrellas— permite que el proceso ocurra, pero esa regla tiene demasiadas excepciones. Otros dicen que debe ser forjado por un Nombrado, o haber sido tocado por los misterios más profundos de la Alta hechicería... pero, al final, nadie tiene una respuesta. No es una cuestión resuelta. —Pero tú tienes una teoría —inquirí—. ¿A qué sí? Casi siempre la tenía. —Algo parecido —admitió. —Entonces, ¿qué es lo que hace a esa espada distinta? —repetí. —Es Pacto, la Espada de los Reyes —replicó con indiferencia—. ¿Cuántas historias has oído sobre su poder? ¿Cuántas grandes hazañas están vinculadas a su nombre? —¿Y eso es suficiente? —pregunte, ladeando la cabeza—. Ser famosa no puede ser la clave; sería demasiado fácil. No podía serlo. Había habido multitud de armas encantadas y famosas a lo largo de los años que, hoy en día, no eran más que notas a pie de página en algún texto histórico. —Un Nombre no es más que un surco desgastado en el tejido de la Creación —repuso—. Y si la propia historia de Callow comienza con una espada siendo extraída de una piedra, entonces el relato de esa espada es un surco profundo. Todo el mundo sabía que las historias tenían poder; que, a veces, ceñirse a ellas podía darte cierta ventaja. Pero él estaba yendo mucho más allá. ¿Qué había hecho, qué había presenciado para llegar a creer que aquello era la verdad? Sin embargo, antes de que pudiera hacerle ninguna de las dos preguntas, nuestra lección llegó a su fin. En la distancia, el horizonte creció amenazante. Los ancestrales árboles del Bosque de Peren se alzaban sobre la llanura; un laberinto amenazador de secretos y tesoros cuyo fondo ni siquiera mi pueblo había logrado desentrañar jamás. «La lección puede esperar», pensé. Era hora de recuperar el oro robado. \*\*\* Deambular por estos bosques en busca de unos bandidos que se conocían este rincón del mundo como la palma de su mano estaba condenada al fracaso, así que sentía curiosidad por saber cómo íbamos a encontrarlos. Me había estado preparando para presenciar el uso de algún tipo de hechizo de rastreo tenebroso, la invocación de un demonio o incluso un pacto con los feéricos. Pero lo que presencié, en cambio, fue decepcionantemente mundano. —Tienen al menos tres docenas de caballos que alimentar —anunció mi mentor, desmontando con elegancia—. Y Grenfork es la única aldea de la zona que cultiva suficiente avena para cubrir tanto sus propias necesidades como esa demanda. Nos habíamos detenido a más de un kilómetro de aquel agujero en el suelo que llamaban aldea, ya que ver llegar a la Guardia Negra habría bastado para que los Colas de Zorro se pusieran a cubierto. La comitiva del villano también estaba desmontando y comenzaba a organizar el campamento en la hondonada tras una colina. «No están cavando fogatas», noté. «Quieren pasar desapercibidos». —Pienso para caballos —repetí con voz plana—. Tu "hechizo secreto" consistió en enviar a gente a preguntar por pienso para caballos. —Claro que no —repuso. Arqueé una ceja, esperando. —Escriba fue quien los envió —me informó con una sonrisa afable. Ignoré la mano que me ofreció para ayudarme a bajar de Zombi por puro despecho; para mi desgracia, eso solo hizo que las comisuras de sus labios temblaran de diversión. Gruñí al tocar el suelo, con los muslos ardiendo a pesar de todas las veces que la Capitana me había asegurado que mejoraría con el tiempo. Él se dio cuenta. —Eso no servirá —notó, y luego alzó la voz—. Teniente Afia, ¿tienes un momento? No habría sido capaz de distinguir a la soldado que se nos acercó del resto, lo cual supuse que era el objetivo de que su comitiva viajara sin insignias visibles. La aludida se quitó el yelmo, revelando unos ojos oscuros y una piel aún más oscura; sus mejillas estaban surcadas por ligeras cicatrices, como si un gran ave de presa la hubiera arañado. —Milord —saludó con el puño sobre el corazón y luego, me dedicó una breve mirada antes de decir—: Lady Escudera. Desde que Abase había roto el cerco de silencio a mi alrededor, la Guardia Negra se había ablandado lo suficiente como para que pudiera mantener breves conversaciones con algunos de ellos y notar sus pequeñas particularidades. En concreto, cómo cuando tocaba usar títulos, yo era «Lady Escudera», Sabah era «Lady Capitana» y Escriba era «Lady Escriba». A mi mentor, en cambio, siempre lo llamaban «Milord». Nunca «Lord Caballero» o «Lord Caballero Negro». Un detalle sutil pero revelador: era al hombre a quien presentaban sus respetos, no al Nombre. Jamás había oído una historia sobre un Guardia Negro traicionando a su señor, y dudaba mucho que llegara a oírla. —Has estado estudiando sanación bajo el Capitán Saad, según creo. —Sí, milord —respondió con orgullo—. Es mi especialización de este año. A los miembros de la Guardia Negra se les pagaba un extra al año si dedicaban tiempo a entrenarse en alguna habilidad específica que su señor considerase útil; la mayoría de ellos aprovechaba la oferta. —Una buena elección. Conservará su valor incluso después de que te retires de mi servicio. —No por muchos años, milord —prometió la teniente con fervor. Apenas logré reprimir las ganas de poner los ojos en blanco; a veces, la forma en que se desvivían por él me resultaba excesiva. La sonrisa que mi mentor le dedicó a cambio fue casi paternal; algo que debería haberme parecido extraño, pero no fue así Aparentaba estar atrapado en una eterna e imprecisa veintena, mientras que era evidente que la teniente ya había pasado los treinta, pero poseía la presencia necesaria para que aquel gesto no resultara forzado. —Me gustaría hacer uso de tus conocimientos, Teniente. Un hechizo menor de amortiguación para Catherine y para mí, si no es molestia. —Por supuesto —se ofreció con entusiasmo. Tal como Zacharis había hecho en la trastienda del Foso, la teniente recitó un conjuro en la lengua de los magos, pero ahí terminaban las similitudes. La palabra fue acompañada por un símbolo brillante trazado en el aire, uno cuyo contorno se resistía a ser enfocado por mis ojos, y el flujo de poder fue rápido y preciso. El dolor de mis piernas se alivió de inmediato; más de la mitad ya se había esfumado. Repitió el gesto después, probablemente para reforzar su trabajo, y casi se pavoneó cuando mi mentor se lo agradeció. Entendí por qué le querían tanto. Sus muslos estaban en perfectas condiciones, pero aun así había pedido el hechizo para los dos; un pequeño gesto para proteger mi orgullo. Podía no parecer gran cosa, pero la lealtad se construye sobre cimientos de detalles como ese. Era difícil odiar a alguien que se desvivía por mostrarte amabilidad. Me aclaré la garganta, sintiéndome de pronto incómoda. —¿Y ahora qué? —pregunté—. No veo forma de entrar en la aldea sin espantarlos, y es allí donde encontraremos su rastro. —No podemos evitar que nos vean —coincidió el Caballero—. Por eso, en su lugar, lo que necesitamos es que nos vean de la forma adecuada. Le dediqué una mirada escéptica. —No estoy segura de que exista una «forma adecuada» para que el Imperio se deje ver por estos lares —le solté con franqueza. Hoy en día, el dominio praesi era prácticamente indiscutible en el corazón de Callow pero el Bosque Peren se encontraban en la periferia; la frontera física entre el centro y el sur del reino. —No me refería a que nos miren con afecto, Catherine —aclaró—. Quizá no lo sepas, pero la Segunda Legión patrulla los límites de estos bosques con regularidad. Tenía sentido. Las Legiones mantenían a raya a los bandidos, y el bosque eran su mayor nido. Asentí, atando cabos. —Así que un par de filas de legionarios de la Segunda no espantarán a los Colas de Zorro como lo haría la Guardia Negra —concluí—. Vas a fingir que somos una patrulla rutinaria. Si los bandidos se escondieran durante semanas cada vez que un legionario se acercara a su guarida, jamás lograrían nada. Guardarían silencio mientras pasáramos, por supuesto, pero estar en silencio no es lo mismo que haber desaparecido. —Supongo que algunas de esas bolsas que has cargado en las monturas de repuesto están llenas de equipo de la Segunda Legión —continué. —En efecto.. —Y supongo que no puedo simplemente recogerme el pelo bajo el yelmo en lugar de cortármelo según el reglamento... ¿verdad? —pregunté, con una mueca. Los legionarios mantenían su cabello corto, pero a mí me gustaba llevar el mío largo. Sé que era un riesgo metiéndome en tantas peleas como lo hacía, pero era una de las pocas concesiones a la vanidad que me había permitido. —Eso no será necesario —replicó sin pestañear. Su falta de vacilación me pilló desprevenida; no creía que fuera a aceptar. —Gracias —logré articular finalmente. —¿Por qué? —preguntó, arqueando una ceja—. No vas a venir con nosotros, así que cortarte el pelo es innecesario. Me quedé helada. —¿Cómo que no voy a ir? —Creía que era una afirmación bastante directa —replicó con sequedad. Me mordí la lengua para no soltar una respuesta demasiado mordaz. Me permitía muchas libertades cuando hablábamos, especialmente durante nuestras lecciones, pero había líneas invisibles que no se debían cruzar. —¿Para qué me has traído, entonces, si no voy a hacer nada? . —Escriba y Capitana tampoco vendrán —señaló—. No todas las herramientas sirven para todas las tareas. Tenía razón, supuse, pero aun así me sentó fatal. ¿Para qué me había convertido en su aprendiz si no era para entrar en acción? Las lecciones estaban bien, eran útiles, pero si no empezaba a acumular logros, no llegaría a ninguna parte en el Imperio del Terror. No había elegido convertirme en villana para que me trataran como a una estudiante de la Academia de Guerra, instruida con cautela durante años antes de que me permitieran acercarme a algo mínimamente peligroso. Si no hacía que esto contara, entonces las decisiones que había tomado... Pero aquello no servía como argumento, y él no parecía inclinado a continuar la conversación. Reconocí esa expresión en su rostro: era la que adoptaba cuando daba un asunto por zanjado así que, a pesar de mi frustración, me mordí la lengua y me quité de su camino. Discutir con alguien que no pensaba dar su brazo a torcer era una batalla perdida. El Caballero y cuarenta de sus guardias —dos «líneas» de veinte soldados, en la jerga de la Legión— se pusieron las cotas de malla y los tabardos de los legionarios regulares, colgándose escudos de lágrima a la espalda y espadas de armas al cinto. Para que la apariencia de ser una patrulla real fuera creíble, también cargaron con mochilas; el tipo de suministros que se esperaría que los auténticos soldados praesi arrastraran a todas partes. Partieron hacia Grenfork en cuanto terminaron, dejándonos al resto esperando en el campamento oculto. La mayoría de los miembros restantes se dedicaron a terminar de asentar el campamento para la noche, mientras que la Capitana, tras darme una palmada afectuosa en la espalda, anunció que iba a echarse una siesta. No tenía nada que hacer salvo leer, pero me sentía demasiado inquieta como para intentar adelantar mis lecciones. Me hormigueaban las extremidades, así que terminé deambulando por el campamento sin rumbo fijo, hasta que encontré algo que despertó mi interés. A unos diez metros del campamento, cerca del límite de un campo en barbecho, alguien estaba trasteando con un espantapájaros destartalado. Mis pies me llevaron hacia adelante, saltando un muro de piedra derruido para adentrarme en la maleza, mientras observaba a aquella mujer solitaria rellenar las tripas de paja del muñeco con manos diestras. Y aunque no se giró mientras me acercaba, por muy silenciosos que fueran mis pasos, no albergué esperanza alguna de pillarla desprevenida. Me ahorró la decepción cuando finalmente se volvió hacia mí, sin un ápice de sorpresa en el rostro. —Catherine —me saludó Escriba—. Creo que nos debemos una charla, tú y yo. No podía decir que me cayera mal, más que nada porque eso implicaría saber algo sobre ella. El Caballero y Capitana no eran precisamente libros abiertos, pero tras tres semanas viajando juntos, había acabado por enterarme de algunas cosas. Como que Sabah estaba casada y tenía hijos, o que mi mentor tenía, al parecer, un gusto pésimo para el vino. Detalles nimios que resultaba inevitable captar cuando pasabas el tiempo suficiente hablando con alguien. Escriba, en cambio, seguía siendo un lienzo en blanco, igual que cuando la conocí. Había descubierto que, cuando era su turno de cocinar, prefería las especias mucho más que los otros dos —o que yo, ya que estamos—, y que parecía tenerle aversión a los caballos. Pero, aparte de eso, tenía frustrantemente poco de donde tirar. Ni siquiera podía recordar el color de su pelo, y no era por falta de intentos. Incluso intentar escribirlo en la tierra o en un pergamino era inútil: se me olvidaba antes de empezar el primer trazo. Le había preguntado a mi mentor si era magia o el poder de su Nombre lo que hacía que fuera tan difícil recordar algo sobre ella, pero se había limitado a sonreír. «Capullo». —Puede —dije al fin—. Aunque tampoco es que hayas mostrado mucho interés en hablar conmigo hasta ahora. No es que me hubiera evitado descaradamente, pero entre su estado perenne de estar ocupada y la forma en que desaparecía a veces, había tenido ocasiones de sobra para charlar conmigo que habían pasado de largo. Yo misma había intentado entablar conversación una o dos veces, solo para captar la indirecta ante sus respuestas, corteses pero escuetas, y marcharme. —No vi la necesidad de hacerlo hasta haberte investigado más a fondo —replicó. «Y eso», pensé con pesadez, «no parecía ser el preludio de una conversación agradable». —No he hecho gran cosa que merezca ser investigada —dije, y era casi verdad. —Al contrario; todo lo que has hecho merece ser investigado ahora que aspiras a convertirte en la Escudera —replicó con calma. ¿Era cosa mía o había detectado un matiz de reproche en su forma de decirlo? —Fue un ofrecimiento —le recordé. —Sí —asintió—. Y eso también resulta interesante. ¿Qué es lo que él ve en ti que te distingue de forma tan tajante de todos los demás Aspirantes? Se me revolvieron las tripas. —Aspirantes, ¿eh? Supongo que es el término apropiado —comenté—. Me refiero a los contendientes al puesto de Escudero. Ni se molestó en seguirle el juego a mi inciso. Era irritante, sobre todo porque yo había intentado desviar la conversación, y ella no había picado el anzuelo. En su lugar, se dedicó a retocar el hombro del espantapájaros, adecentándolo, mientras mantenía su mirada gélida fija en mí. —Tus vínculos criminales son menores —sentenció—. Poco común en los pupilos de un orfanato, que están destinados a integrarse en oficios respetables, pero tampoco nada inaudito. Tus lazos con Liam Henley, ex-capitán de la Guardia Real sí roza lo sedicioso, aunque no llegan a cruzar la línea. … ¿El viejo Liam había sido capitán en su día? No tenía idea ni de que hubiera llegado a ser oficial. Odiaba hablar de la Conquista. Lo máximo que le había sonsacado acerca de su pasado fue que había formado parte del Asedio de Summerholm. —Necesitaba un profesor de esgrima —logré decir—. Y me ofreció un precio justo. —Y desde entonces, no te has cortado a la hora de buscar mentores —observó—. Tu trato con el sargento Miserly, de la Quinta Legión, para aprender ecane es prueba de ello. Dioses, ¿cómo diablos se había enterado de eso? Fue un acuerdo de palabra, un apretón de manos; no debería haber rastro alguno de papeleo que ella pudiera seguir. —¿Es que eso es ilegal ahora? —solté—. Nunca he ocultado nada de esto. Tampoco es que hubiera ido alardeando de ello, pero no era como si hubiera mentido o me hubiera desvivido por esconderlo. —En cambio, la colección de fragmentos del libro Hechicería Elemental que obtuviste sí es ilegal —continuó—. Al igual que los otros dos libros que vendiste en la tienda de empeños conocida como «Las curiosidades de Edward». Apreté los labios porque ahí me había pillado. —Todo el mundo lo llama «el Ed» —mascullé, porque si no podía tener razón, al menos podía ser una cría mezquina—. Además, es una soberana estupidez que tantos libros de magia sean ilegales, y lo sabes. Ni siquiera son peligrosos. —Por supuesto que no —admitió—. No fue por eso por lo que los prohibimos. Provocar una escasez artificial para luego vigilar dónde acaban las existencias disponibles nos permite identificar a los practicantes callowanos que no se unen al Gremio de Magos. Me quedé sin palabras al escuchar aquella confesión tan directa de que el Imperio seguía el rastro de los talentos mágicos de Callow; una de esas cosas que todo el mundo sospechaba pero que nadie podía demostrar. Me moría de ganas de presionarla por detalles, pero supe contenerme. Estaba haciendo lo mismo que yo había intentado antes: soltar un cebo verbal para ver si picaba. Pero, ¿con qué fin? Ella era una Nombrada, la mismísima sombra del Señor de la Carroña. Si quisiera interrogarme, ¿quién iba a detenerla? No, ¿quién podía detenerla? Solo alguien por encima de ella en el escalafón y, que yo supiera, solo había un hombre así por estos lares. El hecho de que estuviera guardando las formas significaba que, o bien creía que el Caballero Negro no aprobaría sus métodos, o bien ya se lo había pedido y él se había negado. En cualquier caso, era algo que podía usar a mi favor. —¿Qué es lo que te molesta tanto de mí que harías esto a espaldas del Caballero? —pregunté, en un tono neutral. No hubo ni un temblor o un suspiro; Escriba no tenía tics que delataran sus emociones. —Eres peligrosa, Catherine Foundling. Me reí en su cara, incapaz de evitarlo. —¿Peligrosa? —solté, incrédula—. Dioses, viniendo de la gente que llevó a cabo la Conquista... No pensaba que esto fuera a derivar en halagos. —Solo ves el poder que puedes obtener, niña —replicó con frialdad—. Y eso te ciega ante las realidades del mundo en el que acabas de entrar. ¿Crees que el hecho de que el Señor de la Carroña elija a una huérfana callowana como su primera y única aprendiz es un acto que no tendrá represalias? Retrocedí un paso. Bajo la luz mortecina de la tarde, parecía cernirse sobre mí, como si la ira le otorgara la estatura de la que carecía físicamente. —¿Crees que ofrecerle a una don nadie una posición que les ha negado durante décadas a los hijos más nobles y poderosos de Praes no le granjeará enemigos? El simple hecho de respirar te hace peligrosa, Catherine Foundling. Él se ha arriesgado contigo e, incluso ahora que he desenterrado todos los cadáveres de tu armario, sigo sin entender por qué. En esa última frase, por primera vez, algo que no era puro hielo se filtró en su voz, y ese desliz me dio la clave de lo que se ocultaba tras todo esto: no entendía por qué su compañero me había elegido como Escudera, y aquello la inquietaba. Porque, aunque yo sabía poco sobre la tradición de los Nombres y los entresijos del Imperio me estaban vetados, podía intuir que si una elección así resultaba ser un error público, a él le saldría caro. Exhalé y la tensión abandonó mis hombros al darme cuenta de que Escriba no iba realmente a por mí. Estaba preocupada por su amigo —o lo que fuera que fuesen el uno para el otro— y me había estado pinchando para ver si la ayudaba a encontrarle sentido a todo aquello. —Yo tampoco lo sé —confesé en voz baja—. ¿Crees que no me lo pregunto a todas horas? Cada vez que creo tener una respuesta, él me demuestra que me equivoco. Joder, me ha arrastrado hasta aquí solo para decirme que me quede al margen de todo. Sentí la presión de su mirada, evaluándome. Finalmente, suspiró: —Ándate con pies de plomo, Catherine Foundling —advirtió—. Empuñarás poder como la Escudera, y el poder es un recurso finito. Si está en tus manos, deja de estar en las de otro. Asegúrate de valer el precio de los enemigos que te has ganado. Asentí con la mandíbula tensa. —Y además, te equivocas —añadió, enderezando el ala del sombrero del espantapájaros—. Él no te dijo que te quedaras en el campamento. Y, con una leve inclinación de cabeza a modo de despido, pasó por mi lado con pasos silenciosos. Casi le rebatí, pero me forcé a hacer memoria y recordar las palabras exactas de mi conversación con mi mentor. «No vas a venir con nosotros a Grenfork», había dicho. Pero aquello dejaba una puerta abierta de par en par. Tal como Escriba había dado a entender, no había dicho ni una palabra sobre que no pudiera ir allí por mi cuenta. Me quedé allí, al borde del campo en barbecho, con los ojos cerrados y sumida en mis pensamientos. Si quisiera encontrar a los Colas de Zorro, ¿cómo lo haría? Eran bandidos, y por ese lado no había mucho de donde sacar, pero también eran mercenarios y rebeldes. Me forcé a analizar ángulo tras ángulo, pero ninguno me convencía. Para ser sincera, no tenía nada que me permitiera localizarlos en el bosque, y mucho menos en Grenfork. Pero entonces recordé que Escriba me había llamado "ciega" y me di cuenta de que, en cierto modo, tenía razón. Había planteado el problema en torno a mí —en cómo podía encontrarlos—, cuando no tenía por qué ser así. De modo que regresé al campamento y me dirigí directa al lugar donde el Caballero y sus hombres se habían puesto las armaduras de legionarios. Mi mentor era un hombre metódico, así que encontré lo que esperaba: aún quedaban muchas piezas, repuestos que habían traído por si acaso. En mi mochila todavía guardaba la ropa que me habían dado en Laure, así que solo necesitaba una cosa más. Me llevó unos minutos recorrer el campamento, pero finalmente di con el rostro que buscaba. El teniente Abase estaba sentado en un tronco, afilando su espada. En cuanto me acerqué, me dedicó una sonrisa. —Catherine —saludó—. ¿Necesitas algo? —A eso he venido —admití—. Necesito que me hagas un favor. Arqueando una ceja, preguntó: —¿Y de qué se trata? —Necesito —le dije, con total seriedad— que me pegues un puñetazo en la cara.
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Estás leyendo el capítulo 8 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 15 de agosto de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.