Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 10 online gratis en español
🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
El veneno es el arma del oficio, el cuchillo; el de la intimidad; y la hechicería, el de la guerra. Emplear cualquiera de ellos con un propósito inadecuado es marca de baja cuna, salvo que haya en juego una pieza mayor.
—Extracto de Tratado de la conducta civil, por la Alta Dama Makena Sahelian.
Golpea rápido y duro. Esa era la forma de llevar tanto las peleas como las conversaciones.
—Si esta gente se entera de quién eres —dije—, te harán trizas.
El único hombre tan odiado por nuestro pueblo como Vernon Angler estaba muy lejos, en Praes, al mando de la Decimotercera Legión. Así que el peso de ese odio había recaído durante años sobre el villano conocido como el Barón. No estaba segura de cuán patrióticos eran los Cola de Zorro en la práctica, pero no importaba: aún si se identificaban más como bandidos que partisanos, ninguna alma revolucionaria dejaría pasar la oportunidad de matar a uno de los traidores más infames de Callow. Él mantuvo su sonrisa agradable, como si yo acabara de hacer un comentario sobre el clima.
—No sobrevivirías al intento.
Miré de reojo la espada que llevaba a la cadera y luego volví a mirarlo a la cara. Era cierto que yo estaba desarmada, pero no sería tan fácil de matar.
—Ponme a prueba.
El villano soltó una risa ligera.
—Una inclinación hacia lo marcial, ya veo —dijo—. Pero me malinterpretas.
Tensé la mandíbula. «Mierda»_._ Puede que hubiera revelado más de lo que quería.
—No te estoy amenazando con violencia —dijo, agitando la mano entre nosotros como si pudiera disipar la hostilidad ambiental cual si fuera humo—. Simplemente me refiero a que, si me expones de esa manera, me veré obligado a hacer lo mismo contigo.
—No tengo nada que esconder —mentí.
—Vamos, camarada —repuso—. ¿Qué razón tendrías para ocultar los indicios de un Nombre si hubieras venido de buena fe? Solo hay un motivo para guardártelo para ti sola. —Se inclinó hacia mí—. Es un Nombre vinculado a Praes —murmuró—, y vienes al servicio del Imperio del Terror. La única pregunta es de qué Nombre eres Aspirante.
—Asumes demasiado —repliqué, manteniendo el rostro sereno. Me costó bastante, considerando que ya había calado gran parte de la situación.
—Ya hay un Aprendiz bajo el mando del Brujo; la Capitana no desea pupilos, y a Asesino habría que encontrarlo primero —musitó, ignorándome—. Tu inclinación por la violencia te impide estar vinculada a Escriba, y a los estudiantes de Cazadora se les enseña a mantenerse lejos de Callow. Eso solo deja una opción: eres Escudera. —Me lanzó una mirada calculadora y añadió—: Interesante. El Caballero Negro lleva décadas luchando para que no le impongan uno.
No le había dado nada con lo que trabajar, o casi nada, y aun así, en cuestión de instantes lo había hilado todo. Puede que esto me viniera grande. «No, eso es el miedo hablando. Debe de estar tanteando el terreno, buscando confirmar sus sospechas». Todavía tenía margen de maniobra.
—No tengo nada que ver con las Calamidades —repetí—. Es solo que no tengo por costumbre ser amable, si entiendes a lo que me refiero.
Su expresión fue tan condescendiente que consideré meterle un puñetazo en la cara solo por el placer de borrársela de un golpe.
—Ellos aceptarían a un villano, Catherine —repuso, gesticulando a nuestro alrededor.
—Y una mierda —solté sin rodeos—. No son simples bandidos; también son partisanos.
—Esta no es la Callow de mi juventud —resopló, chasqueando la lengua—; héroe o villano, ya no importa de la manera en que lo habría hecho antes de la Conquista. Nos estamos volviendo lo bastante desesperados como para seguir a cualquier Nombrado.
Fruncí el ceño.
—No estamos peor que hace una década atrás.
—Tú no —repuso con amabilidad—. Y eso es aplicable a la mayor parte de tu generación, algo que a la vieja guardia le quita el sueño.
«La apatía», me había dicho mi mentor, «es la clave para que el Imperio mantuviera el control sobre Callow». Resultaba extraño escuchar sus palabras en boca de otro.
—Crees que nos estamos acostumbrando demasiado al gobierno imperial.
—«Sé» que es así —matizó—. Hoy en día, muchos ni siquiera recuerdan una época anterior a que la Torre nos gobernara. Solo han oído hablar del Reino de Callow a través de leyendas, y las leyendas importan bien poco cuando tienes el estómago lleno y los bolsillos llenos de monedas.
—Cualquiera que te oiga pensaría que el Imperio es todo felicidad.
—Las Calamidades son monstruos —replicó sin pestañear—. Y la Emperatriz es algo bastante peor. Pero su monstruosidad solo hiere a unos pocos, mientras que, de hecho, la mayor parte de Callow se ha beneficiado del mandato de la Torre.
—Cuéntale eso a otro —dije, poniendo los ojos en blanco—. Laure ha estado prácticamente estrangulada por el gobernador Kojo.
—Y el buen gobernador tiene los días contados por eso —señaló, con un encogimiento de hombros—. Antes o después, le revocarán el mandato o sufrirá un desafortunado accidente. En general, amiga mía, Callow es notablemente más rica de lo que era en tiempos de mi padre. La posibilidad de vender nuestras cosechas a Praes, por sí sola, compensa incluso el peor de los gobiernos.
Así que no sabía que había sido ahorcado. Debía de llevar viajando desde antes de que la noticia llegara a Holden. Todavía no veía de qué me servía saber eso, pero al menos era una ventaja.
—El reino ya exportaba grano antes de la Conquista —señalé.
—A Mercantis, un intermediario que se enriquecía revendiéndolo a otros reinos —replicó—. O al Principado de Procer por una miseria. Sus tierras centrales son tan fértiles como las nuestras; allí no había necesidades que cubrir.
No era que no entendiera a qué quería llegar. Praes era, a grandes rasgos, una tierra de cultivo terrible; la mitad norte era conocida como el Páramo debido a la ruina que siglos de magia terrible habían dejado en ella, y la mitad sur era prácticamente arena. Considerando que el Imperio del Terror tenía al menos tanta población como Callow, eso significaba un montón de gente que pasaría hambre si el granero de la Franja Verde tenía un mal año. Los praesi ya fueran de la Torre o de los Altos Asientos, compraban grano de Callow en cantidades masivas y a un precio bastante justo fijado por la mismísima Emperatriz del Terror, Malicia. Sabiendo que la mayor parte de Callow todavía vivía de la agricultura, el hecho de que el producto de esas tierras de pronto valiera mucho más estaba destinado a hacer que la gente viviera con mayor comodidad.
—Puede que sea cierto —admití—, pero ¿qué te importa? Elegiste tu bando, y de una forma infame.
Una sombra de furia y oscuridad brilló en aquellos apacibles ojos pardos, aunque su sonrisa permaneció tan amable como siempre.
—La victoria ya estaba decidida, Catherine —respondió con serenidad—. Reconocer la realidad no fue una traición, por más que les guste decir lo contrario a idiotas como Talbot y Lerness. Ellos también hincaron la rodilla al final, y no de forma tan elegante.
Aquellas eran las casas gobernantes de Marchford y el Vale, indiscutiblemente los dos mayores nobles que quedaban en Callow, aparte de la duquesa de Tirglas —quien apenas contaba a ojos de la mayoría, dado lo reservados que eran los tiraithe. Fue un recordatorio de que el Barón había sido un noble gobernante desde antes de que yo naciera; el tipo de hombre que acostumbraba a codearse con gente de su calaña. Quizá debería haber interpretado ese feo brillo en sus ojos como una advertencia, pero, en lugar de eso, lo único que pude pensar fue que aquello era lo más cerca que lo había tenido de perder los estribos. Y si me echaba atrás, mantendría el control del ritmo hasta obtener lo que quería de esta conversación y dejarme sin nada.
Además, nunca se me había dado bien ser la primera en retroceder.
—¿Valió la pena? —pregunté en un susurro, inclinándome hacia él—. Ahora que sabes que, de haber esperado unos meses más, habrías conservado tu título de todos modos, ¿crees que cambiar de bando valió lo que te costó?
Después de todo, no todos los nobles que lucharon contra el Imperio habían perdido sus tierras. Aquellos que se rindieron tras la caída de Laure conservaron en su mayoría sus títulos, aunque la Torre les hubiera arrancado tiras de pellejo. En otro mundo, Vernon Angler podría haber sido uno de ellos en lugar de un renombrado traidor.
—Hablas como una niña —declaró con frialdad—, sin saber los sacrificios que se hicieron o por qué fueron necesarios. Y tú... —Hizo una pausa, entrecerrando los ojos—. Estás jugando conmigo —adivinó, sustituyendo su anterior actitud gélida con una amabilidad superficial—. Puede que seas la excepción a la regla, después de todo.
Estaba recuperando el control de nuevo, pero tendría que dejárselo; seguir pinchándolo no funcionaría. Ya había conseguido enfurecerlo, y eso dejaba una brasa de satisfacción ardiendo en mi estómago por razones que iban más allá del simple despecho. Tenía comprobado que la gente es más honesta cuando está furiosa, cuando está demasiado alterada como para fingir. Y el vistazo que le había echado al Vernon Angler oculto tras la sonrisa me había mostrado a alguien con mucho menos control del que aparentaba.
—¿La regla? —pregunté, arqueando una ceja.
—Entre nosotros, los Nombrados nacidos en Callow —explicó—. El Forjador marchó al exilio y el Erudito se volvió loco; ambos, patentemente inútiles.
—No parecen las almas más colaboradoras —admití.
Solo había oído hablar del Erudito, cuya caída en la locura tras el Asedio de Summerholm era una historia célebre, pero logré mantener la sorpresa por el otro detalle fuera de mi rostro.
—La Ladrona podría ser diferente —continuó—, pero ha estado ignorando mis propuestas.
Esta vez, me pareció haber ocultado bien mi sorpresa ante la revelación de que había otro Nombrado en Callow, pero, a juzgar por la sonrisa complacida del Barón, me había delatado.
—Oh, sí, hay más de nosotros de los que piensas —se regodeó—. Aunque seguro que el Señor de la Carroña no quería que te enterases.
—Y asumo que tu sí porque eres un alma caritativa —repliqué.
—Considéralo una cortesía entre iguales —repuso, restándole importancia al asunto con un ademán—. Además, parece que no tenemos por qué estar a la gresca.
«Ah, ya decía yo. Me había estado preguntando cuándo haría su oferta». No había razón para que hablara conmigo tanto tiempo si no iba a sacar algo de provecho.
—¿Ah, sí?
—Estás aquí al servicio del Caballero Negro —señaló—, así que debemos de ir tras el mismo premio.
Me limité a arquear una ceja.
—El oro de la Torre —suspiró.
Me encogí de hombros.
—No creo que vaya a funcionar eso de repartírnoslo a medias.
Tampoco es que pudiéramos. Por lo que alcanzaba a ver, había venido solo, igual que yo, lo cual merecía una segunda reflexión. Sí, me había colado en la guarida de los bandidos a base de engaños, pero no iba a sacar el oro de allí por mi cuenta. Incluso si encontraba los establos y cargaba un caballo o dos antes de darme a la fuga, no iba a poder marcharme con lo que eran, literalmente, carros enteros de monedas. El plan era traer al Caballero Negro y a sus soldados para que ellos se encargaran del trabajo pesado, lo que planteaba la pregunta de cómo pretendía hacer lo mismo si, por lo que yo sabía, no venía con refuerzos. Tuviera un Nombre o no, no iba a liquidar él solo a sesenta bandidos curtidos.
—Eso es asumir que obtener el oro es lo que deseo de todo esto —corrigió con templanza—. Y da la casualidad de que no es así.
Lo estudié un momento. Recordé que la Capitana me había dicho que quería convertirse en el gobernador general de Callow en lugar del Caballereo. Y que las Calamidades pensaban que iba tras el oro porque recuperarlo sería la clase de hazaña que le permitiría postularse de nuevo para el cargo.
—Estás diciendo que, mientras sea «yo» quien consiga el oro y no el Caballero Negro, sigue siendo una victoria para ti —repuse con calma—. Porque sería un logro mío, no suyo.
Aunque seguiría repercutiendo en mi mentor, dado que yo era su aprendiz.
—Habría preferido llevármelo yo —admitió con naturalidad—, pero si tú estás aquí, él también. Ya es demasiado tarde para escapar con el premio, así que me conformaré con privarle a él de lo mismo.
«Tiene sentido», pensé. Si por algo era famoso este hombre, ¿no era precisamente por saber cuándo cortar por lo sano y asumir pérdidas? «Algo no cuadra»_._ Sentía que todavía me faltaba una pieza del rompecabezas.
—¿Y tú puedes ayudarme a conseguirlo?
—Mis métodos para sustraer el oro podrían usarse en tu beneficio —afirmó—. Siempre y cuando lleguemos a un acuerdo.
—Te escucho.
—Corren rumores —comenzó— de que, tras la Conquista, algunos artefactos de las cámaras reales de Laure se enviaron a la Torre como trofeos. Me gustaría que averiguaras si eso es cierto y, en caso de serlo, cuáles se llevaron.
—¿Y eso por qué te importa?
—Las Campanas del Destino todavía podrían existir —declaró con ojos fervientes.
Parpadeé.
—Se derritieron tras la caída de Laure —solté, midiendo mis palabras—. Eso es...
—¿Conocimiento común? —replicó—. Jamás ha existido un estandarte bajo el cual se reúna mayor ignorancia que tras esas dos palabras.
Sopesé aquello.
—Ha sido bastante comunicativo con este tipo de cosas hasta ahora —admití, pensando en mi mentor—. Probablemente podría averiguarlo.
—Me parece —sonrió— que tenemos un pacto en ciernes.
No lo negué.
—¿Cómo se desarrollaría esto? —pregunté en su lugar.
—Debemos esperar hasta la madrugada, cuando la mayoría esté durmiendo.
—¿Y luego? —insistí.
—Luego —respondió con calma—, revelaré las cartas a las que estás intentando echar un vistazo.
«Me parece justo», pensé. No había aceptado nada todavía, así que él no tenía ninguna obligación para conmigo.
—Trato hecho —dije finalmente—. Secretos a cambio de oro.
Su sonrisa se ensanchó, tirando de sus mejillas un punto de más, tanto que sus ojos se convirtieron en rendijas por el más breve de los instantes, como si fuera medio serpiente. No nos estrechamos la mano; habría sido demasiado evidente, pero compartimos un asentimiento.
—No debemos permanecer juntos mucho tiempo —señaló—. Despertará sospechas. Reunámonos junto al hogar una hora antes de la primera campana.
Conque tres horas después de la campana de medianoche, ¿eh? Sin duda, eso nos aseguraría que la mayoría de los presentes estuvieran durmiendo.
—Nos vemos entonces —asentí.
Sin perder la sonrisa, se levantó de su asiento en la barra justo cuando la tercera repetición de «El zorro en el bosque» entraba en su última copla.
Bajé la mirada hacia mi estofado, ahora tibio, y cerré los ojos mientras media sala coreaba a gritos el final de la canción:
Porque sabemos,
¡ya lo creo!, que en el bosque el zorro es rey.
Sí, lo sabemos, ¡ya lo creo!,
que en el bosque el zorro es rey.
El trato que me había ofrecido sonaba razonable y coincidía con lo que sabia de él. Es más, estaba segura que la mirada que me había dirigido al hablar de los artefactos había sido honesta; de verdad parecía querer saber cuáles eran.
Todo indicaba que iba a mantener su palabra. Pero sabía que no iba a mantenerla, porque ya había descubierto que, en su interior, era un hombre cuyo orgullo era fácil de herir. Y uno demasiado orgulloso como para cederle su premio a una don nadie que ni siquiera había clamado un Nombre; pondría la mano en el fuego. Dudé mucho que hubiera sido honesto del todo, así que decidí escuchar a mis instintos. Y estos me decían que Vernon Angler sí quería saber cuántos artefactos y cuáles se había llevado la Torre, y que había decidido no traicionarme porque ello significaba perder la oportunidad de aprender más sobre el tema. Y también que si a pesar de ser demasiado orgulloso como ceder su premio, había decidido cederme el oro, eso solo podía significar una cosa.
Que no había venido a por el oro de la Emperatriz.
—Bueno, bueno —murmuré, abriendo los ojos—. ¿No es eso interesante?
Quizá era hora de mirar qué era exactamente lo que quería mi amigo el Barón. ¿Y si eso resultaba ser algo que yo también quería? Bueno, seguro que un poco de traición entre villanos era de esperarse... Sin duda, nada por lo que enfadarse.
Porque sabemos,
¡ya lo creo!, que en el bosque el zorro es rey.
Sí, lo sabemos, ¡ya lo creo!,
que en el bosque el zorro es rey.
\*\*\*
Encontrar dónde guardaban el oro era solo cuestión de ser metódica.
La sala común estaba llena de gente bebiendo, así que solo era cuestión de tiempo que alguien se levantara para ir a mear. De los cuatro túneles que partían de la planta baja, aquel por el que la gente no paraba de pasar tenía que conducir a las letrinas. Con la excusa de que yo también necesitaba vaciar la vejiga, le pregunté a un calvo bastante borracho si otro de los pasadizos era el camino correcto para los baños. Se rio y me dijo que era libre de ir por ahí, siempre y cuando no me importara compartir la paja con los caballos. Así que esos eran los establos. Eso solo dejaba dos opciones, y ahí es donde la cosa se ponía un poco más difícil, ya que ninguno de los dos túneles parecía estar en uso. Al final lo deduje gracias al sitio donde me habían dejado esperando a que su líder tuviera tiempo para recibirme: la cocina.
Desde donde estaba sentada, no solo veía varios espetos donde se asaba la carne, sino también grandes calderos de bronce para el estofado y la sopa. Quizá en algunos mantuvieran un estofado perpetuo, siendo un conocido truco de los posaderos, ¿pero en todos? No, algunos de ellos tendrían que lavarse. Sin embargo, por lo que alcanzaba a ver, no había agua cerca para que los cocineros la usaran en la limpieza. E incluso si utilizaran los barriles que había por allí, no había ningún sitio donde verter el agua sucia. Por fuerza, tenían que lavar los calderos en otra parte.
Después de eso, solo fue cuestión de esperar a que Hopps regresara a ver cómo estaba y fingir asombro por la guarida hasta conseguir colar la pregunta adecuada.
—Debe de ser un incordio tener que ir a buscar agua al río en mitad del bosque. Y peligroso.
El grandullón barbudo soltó una carcajada.
—Tenemos un pozo aquí dentro, justo por este pasillo —dijo, señalando hacia un tercer túnel—. Tuvimos que ensancharlo un poco para que los barriles pasaran con facilidad, pero la cantidad de agua que hay aquí abajo es enorme.»
Y ahora, ya sabía dónde estaba el oro.
—Me pregunto quién construiría este lugar —dije con aire ausente.
—Los medianos, probablemente.
Me sobresalté por la sorpresa y luego le dediqué una mirada escéptica.
—¿Como la gente pequeña de la que supuestamente encuentran esqueletos en las colinas de Marchford? —pregunté—. Pensé que eso era solo un cuento, como los gorros rojos y los titanes.
—Eres una laureana de pura cepa —resopló, aunque no como cumplido—. Los medianos eran reales, Catherine; dejaron madrigueras a lo largo y ancho del sureste. Solían residir en el bosque; por eso hay tantos escondites.
Fruncí el ceño.
—¿Y qué les paso?
—Es una vieja historia, así que solo los Dioses lo saben con certeza —contestó, encogiéndose de hombros—. Aun así, se cuenta que el lugar donde ahora se alza Dormer solía ser una de sus ciudades, así que tal vez la respuesta sea sencilla.
—Nosotros —murmuré—. ¿Crees que Callow fue lo que les ocurrió?
—La Creación no siempre es amable para los que no luchan —sentenció.
Unas palabras un tanto sombrías, pero ciertas. Hopps se despidió tras charlar un poco más, dejándome a solas con mi mente. Había encontrado el oro, o al menos la dirección en la que estaba oculto, así que ahora lo único que quedaba era averiguar a qué demonios había venido el Barón. Le había echado un par de miradas de reojo cuando surgía la oportunidad, pero nada de lo que hacía me llamaba la atención. El villano estaba haciendo su ronda, yendo de mesa en mesa para intercambiar unas palabras con todos como un cortesano experto en ganarse simpatías. Sin embargo, de lo único que me convenció aquello fue de que lo que fuera que buscase no estaba allí abajo. ¿Pero dónde quedaba entonces? No podía ser el túnel por el que yo había entrado, ni las habitaciones integradas en el lateral de la madera; esas zonas estaban prácticamente sin vigilancia y, si hubiera querido algo de allí, ya lo habría robado.
También estaba el extraño molino que recordaba haber visto en el pilar, pero nada de lo que había allí era lo suficientemente pequeño como para llevárselo con facilidad. Por descarte, eso solo dejaba uno de los pasadizos que no conducían al oro, pero no se me ocurría qué demonios podía querer el Barón de los establos, las letrinas o un pozo. La respuesta me vino cuando vi a Myrtle acercarse en mi dirección y me di cuenta de que salía del túnel del agua. «Puede haber más de una habitación en un pasillo, Catherine», me regañé. «No están limitados por el grosor del árbol; el nivel inferior se extiende muy por debajo del suelo».
—¿Saciada?
—Hasta los topes —respondí—. ¿Voy a ver a la Capitán ahora?
—Los asuntos del día ya están despachados, así que tiene tiempo para ti —asintió—. Sígueme
Tal y como Hopps había mencionado, el túnel que conducía al pozo había sido ensanchado porque, al contrario que mi guía, no necesité agachar la cabeza al pasar. Fue cuestión de unos instantes entrar en otra cámara excavada bajo tierra, bastante más impresionante que un simple pozo. Había un círculo de madera labrada encajado en la tierra, tan ancho como dos hombres tumbados, que revelaba una sección de lo que parecía un pequeño lago subterráneo. Se habían instalado poleas para bajar y llenar los barriles, mientras que, a un lado, había una fosa de tierra donde dos calderos cubiertos de mugre esperaban a ser lavados junto a pilas de platos.
Myrtle pasó de largo de la abertura y continuó por otro túnel más estrecho. La seguí de cerca, notando que las paredes de tierra compacta se volvían más limpias a medida que avanzábamos. Lo que nos aguardaba al final era una puerta redonda de madera clara, decorada con relieves de animales: ciervos danzantes, peces saltando y búhos vigilantes. No era un estilo de Callow, o al menos ninguno que yo conociera. Un breve toque nos valió el permiso para entrar, y las dos cruzamos a lo que, durante un latido, me pareció la plena luz del día. La habitación simplemente estaba revestida con paneles de la misma madera blanca, y un solo orbe de luz mágica que colgaba de un poste bastaba para iluminarla con un resplandor soleado.
Para qué se había usado la cámara en el pasado y para qué se utilizaba ahora quedaba claro de un solo vistazo. Un altar tallado en la misma piedra lechosa que las del molino se había transformado en un asiento elevado al añadirle un tablón de madera en la parte posterior. La Capitán Alden estaba sentada en él, viéndonos entrar; ni siquiera necesité fijarme en la cama y las mesas de las esquinas para saber que la líder de los bandidos había convertido un antiguo templo a los Dioses Superiores en una mezcla de dormitorio y sala del trono.
«Tiene agallas», pensé con aprecio. No debía de quedar nada sagrado en este lugar si no le había caído ninguna maldición por ello, pero seguía siendo una temeridad dormir allí donde la gente antaño había adorado a los Cielos.
—Ah, nuestra última llegada. Pasad, pasad.
La líder de los Cola de Zorro era una mujer a finales de sus cuarenta, de cabello oscuro y gorda. Pero no era una gordura de comerciante o de noble; había músculo bajo su vientre redondo, y las cicatrices que revelaba su chaleco de cuero en los brazos desnudos hablaban de haber estado en bastantes peleas. Tenía la nariz chata, claramente rota en algún momento, pero a pesar de su corpulencia general, sus ojos eran pequeños. Su tamaño no resultaba cómico en lo más mínimo; al contrario, llenaba la habitación de forma casi intimidante. Tenía tanta presencia que casi me pasa desapercibido el cuchillo que llevaba enfundado a la cadera.
—Catherine Founders —dijo Myrtle—. Déjame presentarte a Sir Alden Goodwyn, antiguo caballero de la Orden de las Trompetas de Plata y ahora capitán de nuestra alegre banda.
Jamás había oído hablar de ellos, pero eso difícilmente era una sorpresa. Antes de su disolución tras la Conquista, el Antiguo Reino había engendrado legiones y legiones de órdenes de caballería.
—Es un honor —mentí—. Y le agradezco que me haya recibido en su hogar, Capitán.
—¡Siempre es un buen día cuando fastidio a los de las Tierras Yermas! —replicó—. Myrtle me cuenta que iban tras un objeto que te dio tu madre, ¿es así?
—No sé si era suyo —respondí con evasivas—, pero fue ella quien me lo entregó.
La corpulenta mujer esbozó una sonrisa.
—¿Lo ves, Myrtle? Te dije que debía de venir del otro lado.
Ambas intercambiaron una mirada cargada de significado. Me di cuenta de que mis vaguedades anteriores sobre mi «padre» habían convencido a Myrtle de que yo era el fruto de una noche de pasión de un noble con una chica de la ciudad; y ahora, por lo visto, la Capitán Alden había decidido que el famoso brazalete procedía de ese padre aristócrata. Y no iba a ser yo quien los sacara de su error.
—Será un placer ayudarte a recuperarlo de manos de esos salvajes del bosque —me aseguró, y no sonó como una opción.
Asentí con timidez, y su rostro se suavizó un poco ante el gesto.
—Me han dicho que eras escribana en Laure, ¿no?
—Así es —admití.
—Puede que le encontremos alguna utilidad a eso —comentó—, pero aquí solo aceptamos a combatientes. Si quieres quedarte, tendrás que aprender.
—Aprenderé entonces —dije, forzando una mirada de determinación.
—Buena chica —sonrió—. Eso sí, hasta que estés debidamente entrenada, serás una invitada. Y eso significa pagar el alojamiento y la comida.
Fingí dudar, ya que ambas sabían perfectamente que no me quedaba ni una moneda.
—Podríamos encargarnos de la venta de ese brazalete en tu nombre —sugirió Myrtle como quien no quiere la cosa—. Ya sabes, tal y como querías hacer en Laure. Nosotros nos cobraríamos lo que cuesta tu estancia aquí.
Estuve a punto de poner los ojos en blanco. Conque así era como iban a jugar sus cartas, ¿eh? Quizá no fueran rebeldes, pero, malditos bandidos desde luego que sí.
—Hagamos eso, entonces —acepté a regañadientes.
¿Qué demonios era lo que quería el Barón de este lugar? No podía ser el altar de la Capitán, pero no alcanzaba a ver nada más que pudiera interesarle. ¿Quizá estaba en la otra cámara, escondido en alguna parte del lago? Siempre había algo oculto en los dichosos lagos.
—Haremos que Blake le eche un vistazo para averiguar qué hace y cuánto podría valer —me tranquilizó—. Tiene buen ojo; incluso me encontró una espada encantada.
«¡Ajá!» Reprimí una sonrisa de triunfo. En su lugar, fingí una expresión de fascinación.
—¿Una espada mágica de verdad? Dioses, nunca he visto una de esas antes.
La Capitán estaba de buen humor, como era de esperar tras haberme timado con éxito un recuerdo familiar potencialmente valioso —por muy ficticia que fuera su existencia—, así que, tal y como yo había previsto, decidió ser indulgente conmigo. Se levantó de su asiento y caminó hacia la cama para recoger una espada enfundada en la que yo ni siquiera había reparado, apoyada contra la pared. Sin embargo, ahora que me fijaba en ella, resultaba imposible pasarla por alto. Podía parecer simple —una sencilla espada larga de acero con una empuñadura de cuero desgastada y un pomo triangular revestido de filigrana de bronce—, pero emanaba una... sensación. Algo que se desprendía de ella. No era muy distinta a la que sentí cuando alcé a Zombi, aunque tenía un matiz diferente.
La extrajo de la vaina con un movimiento limpio, mostrándome la hoja bajo la pálida luz del orbe. El acero era hermoso: perfectamente afilado, con una única línea clara que recorría el centro.
—No necesita afilarse —me dijo—. Y no refleja las ilusiones.
«Puede hacer mucho más que eso». Había estado cerca de algunos objetos encantados desde que me convertí en Aspirante —el Caballero y la Guardia Negra llevaban unos cuantos—, pero jamás había notado nada en ellos. Mi mentor me había dicho que, con el tiempo, tal vez lo lograría, pero que podrían pasar años. Esta espada era más poderosa que el simple cachivache que ella describía, aunque no estaba segura de cuánto. No tenía nada con qué compararla y, por lo que yo sabía, aquello bien podía ser común en las espadas mágicas caras. En cualquier caso, me apostaría el brazo a que esto era lo que el Barón buscaba de verdad.
—Es hermosa —respondí, pensando ya en cómo robársela
Ella me lanzó una mirada indulgente, pero lo que fuera que iba a decir murió en su garganta cuando un fuerte golpe resonó detrás de la puerta. Parpadeando con sorpresa, pasó de largo y la abrió. Myrtle la siguió y no puso objeciones cuando hice lo mismo; apenas habíamos alcanzado la cámara del pozo cuando empezamos a oír los gritos. Más que eso, percibí el estrépito de mesas volcadas y el chocar del acero. ¿Acaso el Caballero había encontrado este lugar? La Capitán salió corriendo del túnel pegando gritos, pero el alboroto ahogó su voz por completo. Myrtle dejó de prestarme atención mientras se largaba a toda prisa hacia la sala común, y un rugido de ruido me golpeó el rostro un instante después, cuando la seguí.
Fuera, el caos era ensordecedor; los mismos Cola de Zorro que habían estado bebiendo y riendo juntos no hacía ni media hora se atacaban ahora como sabuesos rabiosos. Con los ojos nublados, se gritaban imprecaciones y zanjaban un centenar de disputas insignificantes con las armas en la mano. Algunos bramaban que les habían robado; otros, que les habían secuestrado a un chico, o hablaban de un insulto que no pensaban tolerar. No todos estaban sumidos en ese frenesí, pero los que habían desenvainado el acero no dejaban otra opción a los demás. Podía sentirlo en el aire otra vez, lo mismo que había percibido cuando el Barón se sentó a mi lado: una bruma invisible que se extendía a su alrededor. Solo que ahora era espesa, densa y asfixiante. Sentí una repentina oleada de irritación y me obligué a reprimirla mientras Myrtle empezaba a tambalearse. La Capitán, en cambio, estaba hecha de otra pasta. Con la espada todavía en la mano, subió los escalones hacia la entrada por la que yo había ingresado a la guarida, alzándose por encima de la multitud mientras les ordenaba que se detuvieran.
La seguí con cautela, poco dispuesta a meterme en aquel caos desarmada. Su voz resonó alta y clara, sacando incluso a unos pocos de sus hombres del trance. Ni siquiera me dedicó una mirada cuando me uní a su lado, y mis ojos se vieron arrastrados hacia el único islote de quietud en mitad de la locura.
En el corazón de todo, sentado a una mesa y dando un sorbo a una copa de vino, el Barón contemplaba el caos con una grata sonrisa. Cruzó su mirada con la mía y alzó la copa en un brindis silencioso. Sin duda, esto era obra suya. Con ayuda de un encantamiento, algún tesoro o quizás uno de sus Aspectos; al final, el método importaba menos que el propósito para el que lo usaba. Así era como planeaba llegar hasta la espada, y cómo pretendía sacar el oro: iba a hacer que se mataran entre ellos hasta que quedaran tan pocos que pudiera despacharlos solo.
«Y encima, funcionará». Pocos bandidos se habían librado del trance, y los ojos de algunos de los que lo hacían ya empezaban a flaquear.
Así que hice lo único que podía hacer. Espoleada por mi Nombre, mi brazo se lanzó hacia el frente y le arrebaté el cuchillo a la Capitán limpiamente de la vaina que llevaba a la cadera. Y mientras se giraba hacia mí, gritando con sorpresa y furia, se lo hundí de golpe en el ojo.
Incluso a través del velo de ciega furia que había caído sobre ellos, docenas de Cola de Zorro gritaron consternados ante la escena. Ella se desplomó, muerta en un latido, y empezó a caer de espaldas escaleras abajo. Apenas logré sujetarla por el chaleco, gruñendo por el esfuerzo, y le arranqué la espada encantada de entre las manos antes de soltar su cuerpo.
Dándole un leve giro en el aire, saboreé la forma en que el filo cortaba el viento antes de volver a mirar al Barón. Se había puesto en pie, con el rostro ensombrecido por la rabia. Así que le devolví el pequeño gesto: alzando la hoja ante mí, le dediqué un burlón saludo militar con la espada.
En un parpadeo, al menos diez bandidos se abalanzaron en mi dirección con las armas en alto, y el Barón no se quedaba atrás.
«Ahora solo necesito averiguar cómo salir de esta».
🎉
¡Has terminado todos los capítulos!
Vuelve pronto para nuevas actualizaciones de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela)
‹ Volver al MangaGUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 10
Estás leyendo el capítulo 10 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 10 de octubre de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.