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Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 7 online gratis en español

🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
La única diferencia entre un campeón y un cadáver es un golpe. —Proverbio praesi Tenía algunos asuntos que poner en orden antes de marchar. Hice llegar sendas notas a Harrion y al viejo Liam para explicarles que había conseguido dinero suficiente para dejar Laure; les debía al menos eso. El dueño de «El Nido» se había arriesgado conmigo cuando pocos lo habrían hecho y, aunque le había pagado a Liam una buena suma por sus lecciones, también había asumido sus propios riesgos. Había gente bajo el mando de Kojo que habría fruncido el ceño ante la idea de que un soldado retirado de la Guardia Real enseñara a alguien a pelear. El Caballero se ofreció a informar a la matrona Nelter, aunque por lo que yo sabía, Escriba ya se había encargado de ello. A Contable no le envié nada, porque eso era exactamente lo que le debía. Cuando rechacé la oferta de regresar al orfanato para las despedidas, Caballero se limitó a asentir, pero poco después fui interceptada por la Capitana, que se mostró preocupada. —Nadie te juzgaría por querer despedirte de tus amigos —me dijo, interceptándome en el pasillo—. Si esa es tu preocupación, te aseguro que no pasaría nada. Habría sido intimidante verse acorralada por una mujer de semejante envergadura, de no ser porque se esforzaba tanto por parecer discreta que resultaba cómico. Agachada y todo, seguía siendo más alta que los tapices del pasillo, lo que hacía que su intento resultara tan divertido como triste. Sacudí la cabeza. —No tengo a nadie de quien despedirme —respondí—. Nunca tuve amigos cercanos. Lo cual no era del todo cierto, pero era mejor que admitir que nunca tuve ningún amigo. Entre mi costumbre de saltarme las normas, el pasar de las lecciones que me parecían inútiles y mis desapariciones durante días enteros, nunca había sido la chica más popular. No es que fuera una paria absoluta; cuando había excursiones a las ferias o encuentros con los orfanatos de chicos, no me dejaban de lado, pero mis propias decisiones acabaron por espantar a las pocas chicas que intentaron acercarse a mí. Tampoco ayudaba el hecho de que mantuviera en secreto mi tiempo en «El Nido» y en el Foso, sabiendo que la matrona habría intentado encerrarme bajo llave por las noches si se hubiera enterado de cualquiera de las dos cosas. No quedaba mucho de mi vida por lo que hablar si quitabas todo eso de la ecuación. La mujer me dedicó una mirada que no supe identificar al principio, pero cuando lo hice, sentí que me ardían las mejillas. Era compasión. —Nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo —dijo con gentileza—. Y llámame Sabah, Catherine. Eres la aprendiz de Amadeus; te has ganado ese derecho. Me escoció un poco que una villana tan famosa sintiera lástima por mí, pero no tanto como saber que tenía razón. Fue un alivio poder finalmente ponerse en marcha. Cruzamos una de las puertas menores en mitad de la noche, abandonando la ciudad con la misma falta de ceremonia con que el Caballero había llegado. \*\*\* Había cientos de pequeños senderos que nacían en Laure pero solo tres merecían una segunda mirada. El Camino del Oeste, el Camino del Viejo Rey y el que nosotros tomamos: el único de los tres que no había sido construido por callowanos. El Camino del Sur —también conocido como el Camino de la Torre o, para los borrachos más valientes, como la Senda del Carroñero — fue levantado por los praesi tras la Conquista. Se extendía desde Laure hasta la lejana ciudad de Liesse, al sur, y se dividía en un tercio del trayecto en otros dos ramales que conectaban con Vale y Marchford, las ciudades más grandes del corazón de Callow, mediante una sólida calzada de piedra. Me habían enseñado que aquella obra había hecho maravillas para el comercio, pero los zapadores de las Legiones del Terror no habían construido el Camino del Sur por la bondad de sus corazones. Sino para que las Legiones pudieran desplegarse rápidamente por todo Callow y aplastar cualquier rebelión. La prueba de ello estaba en el cruce de las calzadas, donde se alzaba la infame ciudad de Osarios, desde la cual el Caballero Negro había gobernado Callow desde que yo tenía memoria. Pese a su nombre, no era tanto una ciudad como un campamento permanente atiborrado de escribas y legionarios; desde su fundación, los rumores más salvajes habían circulado sobre aquel lugar. Unos decían que se había construido sobre un antiguo cementerio y que los cadáveres se habían usado como argamasa para levantar los muros. Otros sostenían que allí se habían enterrado tantos espías y rebeldes que la propia tierra se había ennegrecido. Yo había estado deseando ver el asentamiento con mis propios ojos desde que supe que nos dirigíamos al sur, por lo que me decepcionó descubrir que nos desviaríamos del Camino del Sur hacia el campo traviesa mucho antes de acercarnos. —¿No sería más rápido seguir por la calzada hasta pasar de largo? —pregunté al Caballero. —Lo sería —admitió—, pero cruzar Lectern llamaría demasiado la atención. Solté un bufido al oír el nombre que había usado. Puede que así figurara en los documentos imperiales, pero nadie lo llamaba así, ni siquiera sus propios legionarios. —Está bien, «Osarios», si te pones así —suspiró—. Ya le dije a Escriba que ese nombre no cuajaría. —También rechazaste de inmediato ponerle nombre cuando Escriba te ofreció el privilegio —señaló la Capitana con alegría. Incluso cabalgando, nos sacaba varias cabezas de altura a ambos. Me impresionaba que hubieran encontrado un caballo lo suficientemente grande como para evitar que sus pies se arrastraran por el suelo. Me había contado que tuvieron que criarlo específicamente en Obon, el feudo de uno de los Altos Lores. Teniendo en cuenta que a esa ciudad también la llamaban el «Caldero de los Monstruos», decidí no preguntar demasiado sobre cómo se había hecho con un semental negro tan colosal que me hacía dudar de si, técnicamente, seguía siendo un caballo. Oculté mi diversión ante la forma en que la Capitana pinchaba a uno de los hombres más temidos de Calernia y, en su lugar, me centré en lo que más me había sorprendido de su comentario. —¿Y de quién es la atención que estamos evitando? —quise saber. —Por norma general, prefiero que mis movimientos no sean de dominio público —matizó—. Ayuda a reducir significativamente los intentos de asesinato. Me atraganté con mi propia saliva. —¿Intentos? —repetí despacio—. ¿En plural? —Solo se está quejando —me confió Sabah con una media sonrisa—. Nadie lo ha intentado en más de cinco meses; está teniendo un año bastante tranquilo. —No me cabe duda de que el Círculo de Espinas está preparando otro asalto —repuso él. —No sé quiénes son —admití—. ¿Nobles praesi? —Los espías del Principado de Procer —corrigió el Caballero—. Es mucho más fácil llegar a mí que a Malicia, que cuenta con todas las defensas de la Torre, así que me he convertido en el blanco de sus esfuerzos desde que el Primer Príncipe, Cordelia, llegó al poder. Escupí a un lado del camino. —Por Procer —dije con resentimiento. Callow había tenido la desgracia de ser el vecino occidental del Imperio del Terror durante siglos, y solo eso habría sido difícil de sobrellevar. El problema era que nuestro otro vecino, el principado de Procer, al oeste, era casi igual de malo. Procer era la nación más extensa de la faz de Calernia; la más poblada y, probablemente, también la más rica. A pesar de haber sido aliados en varias ocasiones a lo largo de los siglos, nos habían apuñalado por la espalda con la misma frecuencia. Nos traicionaron vilmente tras el fracaso de la Cuarta Cruzada, ocupando el reino en cuanto nuestros ejércitos fueron enviados al este. Habíamos tardado décadas en expulsarlos y casi quebraron el reino en el proceso, haciendo que mi gente viera a nuestros «amigos» occidentales con recelo para siempre. Durante la Conquista, ignoraron todas las súplicas de auxilio de mi pueblo. Prefirieron, en su lugar, entregarse a esa orgía de sangre que llamaban la Guerra Larga: una guerra civil mezquina para decidir cuál de sus nobles se sentaría en el trono más alto. Por lo que a mí respectaba, eso me decía todo lo que necesitaba saber sobre ellos. Los proceranos no eran nuestros aliados, por mucho que les gustara afirmarlo. —No encontrarás reproche por mi parte —apostilló la Capitana, con un deje de mordacidad. «Un rencor personal»_,_ decidí. Eso era algo que valía la pena recordar. El Caballero Negro nos trajo de vuelta al meollo de la cuestión. —En este caso, no obstante, es a tus compatriotas a quienes prefiero ocultarles nuestra llegada —matizó él. Me incliné hacia delante. Habían pasado dos días desde que salimos de Laure, así que ya era hora de que supiera exactamente qué buscábamos en el sur. Me habían dicho que nos dirigíamos al Bosque Peren, la inmensa masa forestal que divide Callow a la mitad, pero aquello no me decía nada. No había ciudades en su interior, solo aldeas en los límites, y por una buena razón: el bosque pertenecía a los bandidos y a los espíritus; sus árboles milenarios formaban un laberinto de escondites. No había muchos motivos para ir allí, y no se me había olvidado el retazo de conversación que pillé en Laure, cuando Escriba lo mencionó al hablar de lo que entonces yo no sabía que era la conspiración del gobernador Kojo. —Así que tenía razón —dije—. Vamos al sur a buscar el oro de la Emperatriz. Era el mismo tributo anual que Kojo había planeado robar, compinchado con los bandidos, en el camino a Summerholm. —Es una suma demasiado grande como para dejarla a su suerte —asintió el Caballero—. Sería suficiente para financiar actividades rebeldes durante años si cayera en manos equivocadas. —Así que vamos a recuperarla de los bandidos con los que el gobernador Kojo pactó —deduje—. Ya que dejó las monedas en su poder hasta que fuera menos arriesgado reclamar su parte. —Básicamente —corroboró—. Aunque, como suele ocurrir con quienes hacen del bosque su hogar, llamar «bandidos» a los Colas de Zorro es una simplificación excesiva. Lo son, desde luego, pero también son mercenarios y rebeldes. Sí, el nombre ya lo dejaba caer. Era una referencia a la antigua canción rebelde de Alistair el Zorro, un rey de Callow que pasó gran parte de su vida liderando una rebelión desde esos mismos bosques. Uno no se hacía llamar así a menos que tuviera cuentas pendientes con el Imperio. —No son el tipo de hombres con los que esperaría que se diera la mano un noble praesi de alta cuna —dije. —Son exactamente la clase de hombres que tipos como Kojo adoran, Catherine —me corrigió Sabah—. No es probable que lo traicionen vendiéndolo a otros nobles de las Tierras Yermas, y sus muertes no llamarán la atención de nadie cuando sea él quien los traicione. «Si fueran rebeldes de verdad, lo odiarían», estuvo a punto de escapárseme, pero me mordí la lengua a tiempo. Quizás aquello no resultara tan extraño para un praesi de alta cuna. A juzgar por cómo hablaban esos dos, los aristócratas de las Tierras Yermas se detestaban a muerte y aun así se codeaban en la corte imperial como si fueran amigos de toda la vida. —Así que nos dirigimos allí a toda prisa antes de que el oro se esfume —concluí—. Eso explica por qué solo vamos nosotros y la Guardia Negra. La escolta personal del Caballero Negro, al completo, iba montada; traer a los legionarios nos habría retrasado y, además, habríamos hecho un ruido espantoso. Las Legiones del Terror eran muchas cosas, pero discretas no eran una de ellas. Necesitábamos pasar desapercibidos hasta dar con esos Colas de Zorro, o de lo contrario, los bandidos se ocultarían en cualquiera de los mil escondrijos de los Bosques de Peren y el oro se perdería durante años; o más, si se asustaban lo suficiente como para no salir nunca de sus madrigueras. —Eso —asintió—, y porque puede que haya alguien más intentando adelantarse para cobrarse el premio. Arqueé una ceja. —Escriba me ha informado de que el barón Vernon Angler partió hacia Liesse hace dos semanas, pero no se le ha vuelto a ver por el camino desde entonces —continuó. Inspiré profundamente. Conocía ese nombre. Por todos los Infiernos, apenas quedaba un callowano vivo que no lo conociera. De los dos hombres repudiados como los mayores traidores de la Conquista, Vernon Angler era el único que aún vivía en Callow. La infamia del barón de Holden era la más profunda de todas, pues su traición había convertido su título en algo más que un rango: él era el Barón. Un Nombre. El único villano callowano vivo. «Hasta que llegué yo»_._ Yo me convertiría en la segunda dentro de poco, asumiendo que no me mataran antes de que pudiera reclamar por completo el Nombre de Escudera. —¿Crees que el Barón va tras el oro? —pregunté—. Pensé que era uno de los vuestros. Los labios del Caballero se contrajeron en una mueca. —Vernon Angler —pronunció lentamente—, tiene una lealtad similar a la de los sombreros: solo se los pone cuando el clima le conviene, y nunca por mucho tiempo. «Caray, qué mordaz_»,_ pensé con cierta admiración. —Quiere convertirse en el Gobernador General de Callow —aclaró la Capitana—. Es el secreto peor guardado del Imperio. —Así que no le robaría a Malicia —dije, despacio—, porque lo que busca es encontrar el oro antes que nosotros para ser él quien lo devuelva a la Torre, ¿y así demostrar que es quien mejor sirve a la Emperatriz? —«¿Quién mejor para mantener a Callow cómoda en el seno imperial que un callowano?» —recitó el Caballero con ironía—. O eso es lo que ha argumentado durante años. Sin éxito, por ahora; pero destacar públicamente a mis expensas podría permitirle lanzar otra ofensiva por el cargo. La reputación del Barón era lúgubre, como cabía esperar de un hombre que había asesinado a su propio padre para usurpar su título y entregar Holden a los praesi; aunque yo no tenía idea de si las muchas atrocidades atribuidas a su nombre eran realidad o leyenda. Pero, al final, si él sería o no mejor Gobernador General que el Caballero era lo de menos. Yo era la aprendiz del Caballero Negro y lo último que quería era que él perdiera su autoridad sobre Callow cuando yo misma pudiera heredarla algún día. Ser general de las Legiones me permitiría proteger una ciudad mediante su guarnición, pero ¿si llegara a ser Gobernador General? Bueno, eso era harina de otro costal. Una forma de limpiar todo Callow, no solo algunos rincones. —Así que seremos nosotros, el Barón y los Colas de Zorro —confirmé, pensativa—. Todos codeándonos por el mismo montón de oro. Suena a que será un caos. —¿Nerviosa? —Inquirió el Caballero Negro con ligereza. En respuesta, le dirigí una sonrisa cargada de dientes y carente de humor. —¿Por qué habría de estarlo? Un poco de caos es justo lo mío. Mantuvimos un paso firme, apresurándonos hacia el sur. Al principio, el ritmo fue un infierno para todo mi cuerpo, pero al final acabé desarrollando lo que la Capitana llamaba mis «piernas de jinete», y fui capaz de sentarme a comer sin soltar una lágrima. La afirmación de la giganta de que montar a Zombi era mucho más fácil que montar a un caballo vivo me hizo mirarla con suspicacia; porque si eso fuera cierto, ¿quién, en nombre de los Coros, querría montar a esas malditas bestias? Pese a todo, no perdimos ni un segundo; el Caballero Negro se ciñó al horario que había diseñado para mí tanto como pudo. Justo después del amanecer, tras el desayuno, dábamos las lecciones de esgrima; solo después nos poníamos en marcha. La Guardia Negra nos daba un amplio margen durante los entrenamientos y, aunque la Capitana ofrecía algún consejo de vez en cuando, el Caballero era claramente mi maestro, no ella. Tras un par de días, para estudiar mis límites, comenzó a entrenarme de manera metódica para lograr que yo estuviera a su altura. Todo comenzó justo antes del amanecer, cuando me encontró pasando la mano por el lomo de Zombi. Mi montura permanecía perfectamente inmóvil junto a la del Caballero Negro; sus cuerpos carecían de ese rítmico ascenso y descenso propios de la respiración de los caballos vivos. Era un detalle minúsculo, pero hacía que contemplar a Zombi resultara sutilmente inquietante. El simple hecho de acercarme a él bastaba para ponerme los pelos de punta, incluso después de llevar días cabalgando en su lomo. Parte de lo que más me perturbaba era la forma en que su anatomía se desplegaba en el fondo de mi mente con solo dedicarle un pensamiento. Lo sentía como si fuera una marioneta de la que pudiera tirar de cada hilo en cualquier momento, sin necesidad de usar las manos ni los ojos. Y lo más perturbador de todo era que, de alguna manera, sabía cómo interactuaban todos esos hilos entre sí: cómo tirar de la parte que animaba la pata delantera izquierda afectaría al resto del cuerpo, y de qué hilos debía tirar para pasar del trote al galope tendido. Y eso que no tenía ni idea de anatomía equina. No había explicación lógica para lo que sabía, salvo que el eco que animaba al caballo no muerto sí que la tenía; mi propio Nombre me susurraba las respuestas. Aquello fue suficiente para que un escalofrío me recorriera la espalda. —Te acabarás acostumbrando —dijo una voz a mis espaldas. Luché contra el impulso de reaccionar. El concepto de ser gracioso para el Caballero consistía, al parecer, en pillarme por sorpresa tantas veces como fuera posible. Ignoraba cómo lo lograba al vestir una armadura de placas completas, pero probablemente se debía a algún truco de Nombre. Con suerte, sería algo que pudiera aprender. —¿A qué, a alzar a los muertos? —repliqué, dándome la vuelta para mirarle—. Dioses, espero que no. Me parece un vicio peligroso. Apenas recordaba historias de nigromantes que no acabaran con el protagonista ensartado, excepto quizá la del Rey Muerto. Aunque esa no contaba, ya que tenía todo un reino de muertos vivientes a su servicio. El Caballero se quedó allí, a mi lado, sin rastro de su guardia personal ni de Escriba. Aunque no es como si esta última hubiera dicho nada de haber estado presente; era tan distante como amistosa era la Capitana, y rara vez dirigía la palabra a nadie que no fuera una de las Calamidades. También solía desaparecer durante horas, lo cual me parecía un sinsentido en medio de estas inmensas llanuras onduladas de trigo y cebada; aun así, siempre que lo hacía, regresaba con noticias frescas. La Tejedora hacía honor a su apodo como una de las mejores maestras espías de Calernia. —Me refiero al conocimiento cuyo origen desconoces —replicó—. Los Nombres te dotan de lo que podrías llamar… un segundo conjunto de instintos. Parte de acostumbrarte al tuyo consiste en aprender qué partes debes usar y cuáles ignorar. Bajé la mirada hacia la espada envainada que sostenía en sus manos. Era una espada de guerra, similar a la que él llevaba al cinto, pero distinta de las de dotación de la Legión que habíamos estado usando hasta ahora. El pomo estaba incrustado en plata, aunque desde aquella distancia no alcanzaba a ver qué representaba el grabado. Sin previo aviso, me la lanzó. Mi mano saltó antes de que siquiera hubiera procesado el movimiento, atrapándola en el aire como si hubiéramos ensayado la maniobra mil veces. Apreté la mandíbula, pero tuve que darle la razón al punto que intentaba demostrar. —Los reflejos son útiles, así que me los quedo —admití—. ¿Supongo que esta espada es para mí? Asintió. —Acero de goblin, directo de las forjas imperiales de Rana. No encontrarás nada de mejor calidad en toda Calernia. Arqueé una ceja. —¿Ni siquiera cosas hechas por enanos? —Como si alguna vez fueran a vender algo que no sea chatarra de consumo masivo a los de la superficie. —repuso divertido—. Las armas enanas son comunes porque son baratas, Catherine, no por su calidad. Alcé una mano en un gesto de apaciguamiento. —Vale, te creo —mentía a medias—. No hace falta que saques a relucir el orgullo praesi. El acero de goblin tenía reputación de producir hojas tan resistentes como afiladas, pero los praesi eran más conocidos por su orfebrería que por su armería. Mi pueblo, por el contrario, había sido famoso por ello mucho antes de la Conquista; las armaduras y espadas de Callow fueron una vez célebres en toda Calernia. Hoy en día, el oficio estaba casi perdido para mis compatriotas, ya que un herrero necesitaba un permiso imperial para forjar armas o armaduras, y los praesi no solían ser generosos con tales licencias. Volví a mirar la espada que me había entregado y observé que la incrustación de plata tenía forma de un pequeño escudo. Así que, incluso aquí, seguía siendo una huérfana, ¿eh? El blasón de la «Casa del Cieno» había sido un escudo de bronce en lugar de plata, pero la referencia era evidente. Deslicé la vaina por las correas de cuero de mi cinturón, ajustándola un poco para asegurarme de que quedara bien sujeta. —¿Sin escudo? —pregunté. Él llevaba uno colgado a la espalda, sujeto por un ingenioso mecanismo metálico que yo había estado analizando el otro día. Era una pieza grande en forma de almendra, de acero liso y de cuero, sin adornos ni heráldica. Era similar a lo que los legionarios llamaban «regulares» y a lo que la sargento Ebele llamaba «escudo de lágrima». —Te está esperando en el terreno de entrenamiento —respondió—. Hoy irás sin armadura, pero en cuanto llegue la que Escriba mandó pedir, entrenarás con la placa completa. Qué alegría. El gambesón que ya vestía me hacía sentir algo torpe al lanzar estocadas; llevar placas encima me haría sentir como la tortuga más patosa de toda la Creación hasta que me acostumbrara al peso. El viejo Liam ya me había advertido de que practicar sin armadura solo servía de entrenamiento hasta cierto punto, pero no es que yo hubiera podido echarle el guante a una cota de malla para practicar, y mucho menos a una armadura de placas, que era significativamente más cara. Le seguí hasta un claro de tierra que habían dejado en barbecho para la próxima temporada. Allí encontré lo que me había prometido: un escudo idéntico al suyo, pero pintado en rojo oscuro de las Legiones, aunque sin ningún número de unidad grabado en dorado en el frente. Lo recogí para tantear el peso: unos cinco o seis kilos, quizá algo más. Sostenerlo iba a ser agotador hasta que mis brazos ganaran fuerza. El agarre consistía en un par de correas de cuero remachadas en el reverso por las que deslicé el brazo. Se sentía extraño, pero aquello no era equipo de duelo; estaba diseñado para formar muros de escudos, con la parte inferior que protegía las rodillas y las piernas. El Caballero esperaba relajado en el campo cuando finalmente me giré hacia él; su escudo cubría su flanco y ya tenía la espada en la mano. —¿Y bien? —dije—. ¿Ahora me enseñarás esgrima? El viejo Liam me había enseñado lo básico y un poco más, pero aquello solo me serviría hasta cierto punto. Se decía que el Señor de la Carroña era uno de los mejores espadachines de Calernia, y habría sido mentira decir que no me emocionaba la idea de aprender de él. Sus labios se contrajeron en una mueca. —No, no voy a enseñarte nada de eso. —Qué útil —mascullé—. Muchas gracias, señor, muy amable. —La esgrima —continuó, imperturbable— es un deporte de salón que enseñan a los hijos de los nobles. Se basa en formas y reglas; en el campo de batalla, es tan útil como luchar con una hoja mellada. —La punta de su espada se elevó hasta señalarme—. Aprendiste de alguien que perteneció a la Guardia Real. Te pones en guardia igual que ellos. Tragué saliva y asentí. No era algo estrictamente ilegal, pero su tono monocorde me ponía nerviosa. —Es un buen comienzo —aprobó—. Eran buenos soldados, así que continuaré con lo que ellos empezaron. Porque yo voy a enseñarte a matar, Catherine. —Sus ojos verdes ardían con frialdad—. A matar bien y rápido, ofreciendo las mínimas aperturas posibles. Eso es lo único que necesitas saber; todo lo demás es palabrería. Se me revolvió el estómago por los nervios, pero asentí. Era exactamente lo que había venido a buscar, despojado de todas esas palabras bonitas con las que a la gente le gusta adornar las cosas. En cierto modo, me resultó reconfortante. —Muy bien —sonrió el Señor de la Carroña—. Comencemos. Me erguí y alcé el escudo imitando de forma tosca su propia postura. Este era el tipo de lección que de verdad había estado esperando; más aún después de haber empezado a sufrir con el dolor de cabeza que era el Kharsum hablado, practicándolo junto a otros dos idiomas mientras cabalgábamos. Solo habían pasado unas pocas noches y ya me sentía mucho más inclinada a compartir la perspectiva miezana de pisotear hasta enterrar todo ese sinsentido de «otras culturas y lenguajes». —Las dos partes más importantes de cualquier combate —comenzó el Caballero— son la distancia y el juego de pies. Ya conoces los fundamentos; ahora debes ajustar ese aprendizaje a la carga de un escudo. Asentí lentamente. Las chicas de mi tamaño que se metían en peleas aprendían pronto a lidiar con el hecho de que sus oponentes tendrían más alcance y fuerza, o se acostumbraban rápido al sabor de la sangre en la boca. —¡Escudo arriba! —bramó de pronto, y mi brazo se alzó al instante, más por pura sorpresa que por otra cosa. Nunca lo había oído levantar la voz. La brusquedad del grito hizo que la adrenalina me recorriera las venas mientras él avanzaba hacia mí, analizando mi postura con un ojo crítico. —Eres diestra —señaló—, así que tu cadera y tu pierna izquierdas deben estar apoyadas contra el reverso del escudo. De lo contrario, estás vendida. Y dicho esto, su espada surgió de la vaina más rápido de lo que mis ojos pudieron seguir, apartando de un tajo mi escudo, que yo había colocado apresuradamente. La punta de su hoja descansó contra mi garganta durante un parpadeo antes de que él retrocediera un paso. Tragué saliva. Aquella no era una espada de práctica; si la hubiera empujado un solo centímetro más, ahora mismo estaría en el suelo, ahogándome en mi propia sangre. Cuadrando los hombros, volví a alzar el maldito escudo en la posición correcta; el borde superior cubriéndome el hombro y los laterales cubriéndome mi torso. Era tranquilizador tener esa capa de acero y cuero entre la espada y yo, pero, para ser honesta, la postura resultaba forzada. Mi pie delantero apuntaba hacia el Caballero, pero el trasero tenía que estar perpendicular si quería tener algo de estabilidad; lanzar un tajo desde ahí iba a ser complicado. —Mejor —concedió—. Ahora, la espada. Hay dos maneras de matar; la primera es el corte. Su hoja zumbó hacia adelante, rápida como una avispa, y lanzó un corte hacia el lado de mi cuello que no estaba protegido por el escudo. —La mayoría de los enemigos a los que te enfrentes no tendrán una armadura que les cubra bien el cuello —instruyó—. Es una debilidad común. Retiró la hoja. —Inténtalo. Era más difícil de lo que parecía. Al menos la mitad de mi problema era que no estaba acostumbrada a compensar el peso del escudo de lágrima en mi brazo izquierdo. Seguía golpeando con demasiada fuerza o quedándome corta, sintiéndome como una borracha dando tumbos. Tras unos cuantos intentos que me hicieron arder de vergüenza, él apartó mi hoja de un golpe y retrocedió un paso. Yo hice lo mismo, ansiosa por parar. «Es cuestión de práctica», me consolé para mis adentros. «Solo tengo que practicar hasta que me acostumbre al peso». —La segunda forma de matar es la estocada —prosiguió—. Consiste en hundir la hoja en las aperturas. Cuando te enfrentes a oponentes con armaduras de placas que les protejan el cuello, esta técnica te resultará más conveniente. Dio un paso corto hacia delante y lo vigilé con cautela. Los reflejos de mi Nombre no me habían servido de nada en su primer ataque. Aprovechando el paso para ganar peso e impulso, su brazo se proyectó hacia adelante; la punta de la espada buscó mi rostro como una serpiente lista para morder. —Cara. Repitió el movimiento, esta vez tocando un punto más bajo con la punta. —Axila. Otra vez. —Ingle. Y otra más. —Rodilla. Se retiró al fin, dejándome con el estómago encogido y los ojos como platos. —En cuanto domines los fundamentos —continuó—, empezaremos a trabajar para que uses el escudo como algo más que un peso muerto. Asentí con determinación. —Bien —sonrió—. Empecemos con los movimientos correctos. Retrocedió un paso. —¡Cara! —bramó. Me sobresalté ante el grito repentino, pero empecé a moverme. Iba a aprender aquello, y lo iba a aprender bien. \*\*\* Una eternidad después —o, siendo más realistas, una hora y media más tarde—, me encontré descorchando una bota de agua y bebiendo con ansia. Habíamos atraído a algo de público en algún momento entre los ejercicios de estocada y su afirmación de que me movía «como si estuviera abrazando una columna», lo que había derivado en unos ejercicios correctivos de juego de pies bastante brutales. Si volvía a oír eso de «ritmo constante, mantén la distancia» una sola vez más, apuñalaría a alguien. Y ahora que tenía una espada, hablaba en serio. La Capitana, que me había pasado la bota, me dio unas palmadas reconfortantes en el hombro. Dioses, hasta sus manos son enormes. Debe de tener sangre de gigante o algo parecido, pensé, porque jamás había visto a una persona de tal envergadura. —Las primeras semanas siempre son las más duras —dijo—. No lo estás haciendo mal. Le creí, aunque no me vi con fuerzas para darle la razón en voz alta. Había tenido suficientes peleas como para saber que se me daba bien zurrarme —muy bien para mi edad— y hacía mucho que no me sentía tan patosa y lenta como hoy. La mitad de esos movimientos se parecían a lo que Liam me había enseñado, pero sujetar el escudo añadía un ángulo distinto que debía vigilar constantemente. El Caballero había sido implacable, obligándome a mantenerlo en la posición perfecta cada vez que me movía; lo cual, para mi frustración, me distraía lo suficiente como para no moverme bien incluso cuando sabía de sobra que podía hacerlo. Sabía que comparar la soltura con la que se movía mi maestro —que parecía no hacer esfuerzo alguno pese a vestir una armadura de placas— con mi propia torpeza en gambesón era una estupidez, pero eso no acallaba la vocecita persistente en mi cabeza. Era un Nombrado y me sacaba décadas de experiencia. Pero si alguna vez quería inspirar ese mismo terror en los praesi, él era el estándar que debía alcanzar. Estaba tan lejos de lograrlo que sentí ganas de morderme los labios hasta sangrar. Y será peor cuando llegue la armadura. Apreté los puños y di otro trago para ocultar una mueca de fastidio. Definitivamente iba a entrenar esta noche; preferiblemente en algún lugar donde nadie me viera haciendo el ridículo. Cuando le devolví la bota a la Capitana, me estudió con sus ojos oscuros y, sin decir palabra, me dio una última palmada en la espalda antes de dirigirse al Caballero. Él hablaba en voz baja con Escriba, leyendo un pergamino doblado que ella le había entregado en cuanto anunció que la sesión había terminado. —Caballero —llamó mientras cruzaba el campo—. ¿Algo urgente? Posó la mirada en mi antes de responder. —No particularmente. La Capitana sonrió y le lanzó la bota de agua a uno de los guardaespaldas, quien la atrapó sin pestañear. Ella rotó los hombros. —Echemos un asalto, entonces. Has hecho pasar a la chica por un calvario, así que, al menos, muéstrale por qué se está esforzando. —La gigante se descolgó el martillo de guerra de la espalda y lo hizo girar con una sola mano, como si estuviera manejando una ramita en lugar de una maza de acero forjado—. Ha pasado tiempo desde la última vez, de todos modos. Bueno, aquello ya prometía más. Ver al Caballero Negro recibir un par de martillazos me alegraría el día, sin duda. Con un arma de ese tamaño, no había lugar para recibir un «golpe ligero». Él resopló. —Me parece justo. ¿Condiciones? —Sin Nombres —respondió ella—. Perdería la gracia si no. —Y destrozarían las tierras de algún pobre granjero —murmuró alguien a mi lado. Eché un vistazo y vi que uno de los miembros de la Guardia Negra se había acercado a mí. Había unos puñados de ellos merodeando por el campo, aunque juntos no sumaban ni una docena de los doscientos que cabalgaban con nosotros; no tenía ni idea de dónde se había metido el resto. El hombre que había hablado se subió la visera para mostrar el rostro. No tendría más de treinta años, con ojos castaños muy abiertos y la piel oscura típica de los praesi del norte: los sanke. —Suele acabar en desastre, ¿no? —pregunté. Era la primera vez que un miembro de la guardia me dirigía la palabra, así que tenía toda la intención de estirar la conversación lo más posible. Nunca los veía sin el yelmo a menos que estuviéramos acampados. Se mantenían tanto al margen que incluso me había llegado a preguntar si no tendrían órdenes de evitarme. —La última vez que se batieron sin contenerse, la Capitana derribó una torre y lord Caballero le arrojó una estatua entera —me informó—. Fue desternillante en su momento, por supuesto, aunque al señor local no le hizo ninguna gracia. Solté una risita. —Creo que no nos han presentado —dije—. Soy… —Catherine Foundling. Fruncí el ceño. —De verdad desearía que la gente dejara de hacer eso. Sonrió, revelando unos dientes de un blanco nacarado. —Te sugeriría que te fueras acostumbrando —dijo, y luego me tendió la mano—. Soy el teniente Abase. Fui a estrechársela, pero él hizo una especie de chasquido extraño con la lengua y me movió la mano hacia su antebrazo. —No eres un civil —me soltó—. Usa el saludo de guerrero. Alcé una ceja, pero le agarré el brazo tal como me había indicado. Los praesi y sus rituales... A veces me sorprendía que pudieran usar un orinal sin antes marcarse un baile especial. —Y bien —murmuré—. ¿Alguna razón en particular por la que esta sea la primera vez que hablo con uno de ustedes? —No nos seleccionan precisamente por nuestra locuacidad —replicó con sequedad—. Y somos cautos con los extraños. Milord tiene muchos enemigos. ¿Así que estaban recelosos de mí? No sabía si sentirme ofendida o halagada. Aun así, algo debía de haber hecho bien para ganarme esta conversación. Estaba a punto de preguntar qué fue exactamente cuando un movimiento en mi campo de visión me hizo callar; la Capitana y el Caballero estaban ganando distancia entre sí, dirigiéndose a los extremos del terreno baldío. Escriba permanecía en el centro, con aspecto de estar soberanamente aburrida con todo el asunto. —Intenta no pestañear —murmuró—. O te lo perderás. ¿Perderme el qué? quise preguntar, pero Escriba ya estaba hablando. —A mi señal —anunció. Pasó un latido y bajó la mano de golpe. Parpadeé —seguramente porque el teniente Abase lo había mencionado antes— y, en el breve instante en que mis ojos se cerraron, la Capitana ya había cruzado la mitad del campo. Dejó tras de sí huellas profundas y una estela de tierra allí donde había estado un segundo antes, acortando la distancia casi más rápido de lo que mis ojos podían seguir. El Caballero no se había movido; permanecía inmóvil con el escudo arriba y la espada apuntando al suelo. Pero en el momento en que la Capitana estuvo lo bastante cerca como para descargar su martillo, él esquivó el golpe con calma, pivotando para quedar de nuevo frente a ella. El peso y el impulso de la mujer acorazada la arrastraron un par de metros más por el terreno incluso después de aterrizar, antes de que lograra girarse para encarar a su oponente. —Hostias —susurré—. ¿Acaba de saltar diez metros cargando con una armadura de placas? —Hoy ha salido lanzada al ataque —observó mi compañero, imperturbable ante lo que acabábamos de presenciar—. Se ve que estaba aburrida. —¿No se suponía que no iban a usar sus Nombres? —insistí—. Nadie puede hacer eso solo con la fuerza de sus piernas. —No los están usando activamente —matizó—. La sombra de milord no se mueve y la Capitana sigue usando su martillo. No dio más detalles sobre ninguna de esas dos intrigantes afirmaciones, y decidí no presionarlo; no porque no tuviera curiosidad, sino porque los implicados requerían toda mi atención. La Capitana atacaba sin tregua, moviendo aquel martillo de guerra de dos manos como si no pesara nada, y aun así no era ella quien dictaba el curso del combate. El Caballero se movía poco y con precisión, rara vez dando más de un paso a la vez. Apenas se salía del arco de los golpes y pivotaba para no perderla de vista. Todavía no había pasado al ataque, pero la mera amenaza de hacerlo obligaba a la Capitana a no detener su ofensiva. La estampa de los dos era casi cómica desde donde yo estaba. Ambos vestían armaduras de placas similares, sí, pero Sabah le sacaba casi un metro de altura y sus hombros eran mucho más anchos. Ninguno llevaba yelmo, así que pude ver la leve sonrisa que tiraba de los labios de la Capitana, mientras que el rostro de mi maestro carecía de cualquier atisbo de emoción. Su piel pálida daba mal rollo; parecía llevar una máscara tallada en mármol. Tras otro golpe fallido, la Capitana retrocedió un paso y alzó su martillo. —Gracias por el calentamiento —gruñó, antes de golpear el suelo con fuerza. Se produjo un estruendo sordo y el suelo tembló como si lo hubiera impactado un proyectil de una catapulta. La tierra salió disparada en todas direcciones, nublando mi vista del campo de batalla por un instante. Cuando se despejó, el Caballero Negro se agachó para esquivar un tajo de aspecto vicioso. Intentó soltarle una patada a la rodilla, pero la Capitana bailó hacia atrás y recuperó el martillo para darle un revés. Él alzó el escudo para encajar el golpe, pero el metal se abolló bajo la fuerza del impacto y el choque fue suficiente para desplazarlo un par de metros hacia atrás. —Te estás volviendo lento con la edad —le picó la Capitana. Él se encogió de hombros y se desprendió del escudo, que ahora era un trozo de metal inservible. —Y tú una parlanchina con la tuya —señaló. Y entonces, pasó a la ofensiva. Ya le había visto moverse así en Laure, cuando decidió que apuñalarme en el pecho era una forma aceptable de terminar una conversación, pero verlo a distancia era un asunto completamente distinto. Cuando la Capitana estaba en su cenit de velocidad, yo aún podía distinguir un borrón; con él, era como si simplemente apareciera en otro lugar. Se coló en la guardia de la guerrera casi con indiferencia, lanzando la hoja hacia donde había estado su garganta un instante antes. Si ella no hubiera dado un paso atrás en el último segundo, su sangre ya estaría tiñendo el suelo. La Capitana descargó el mango del martillo contra el hombro de su oponente, pero él pivotó y estampó el pomo de su espada contra el codo de ella, haciéndola soltar un gruñido y aflojar el agarre. Intentó descargar el martillo de nuevo, pero el Caballero ya se movía; giró para descargar un pisotón tras la rodilla de su oponente, obligándola a doblarla mientras su espada buscaba el lateral del cuello. Ella logró interponer el mango del martillo en el último momento para bloquear el tajo, aunque su arma no estaba diseñada para la defensa y se notaba. Aunque aquello poco importaba dada la diferencia de fuerza: en cuanto recuperó el equilibrio, la Capitana lo apartó con un empujón sin el más mínimo esfuerzo aparente. Por desgracia para ella, eso era exactamente lo que había estado esperando. Se retiró en el momento en que ella empujó, dejando que el impulso la hiciera pasar de largo y lanzando una estocada fluida a la altura de la garganta, del mismo tipo que me había estado machacando en los entrenamientos. La hoja fue directa a la nuca. Era un golpe mortal, o lo habría sido si hubiera decidido llegar hasta el final. En su lugar, se detuvo tras pincharle la piel, retrocedió y envainó la espada con una floritura mientras la Capitana soltaba maldiciones en maniram. Reconocí la palabra «cabras» en plural en mitad de la retahíla y, para ser sincera, agradecí no tener ni idea de qué significaba el resto. —Y eso es otra victoria —sentenció el Caballero. La falta de regocijo en su tono era tan exagerada que terminaba resultando presuntuosa. Su oponente gruñó y dejó descansar el martillo en el suelo, llevándose los dedos a la pequeña herida del cuello. —Eso hace... ¿cuántas? —suspiró—. ¿Doscientas para ti? —Y veintiuna para ti —corroboró—. Parece que la brecha se está ampliando. ¿Estás segura de que soy yo el que se está volviendo más lento? —Aún tienes que vencer a Cazadora al menos una vez antes de presumir —replicó picada. Solté un hondo suspiro mientras los dos continuaban picándose amistosamente. Así era como luchaban las leyendas. Y ni siquiera era una pelea en serio, me recordé a mí misma. —Esta noche, toca entrenar —murmuré para mis adentros. Tendría que sudar sangre si alguna vez quería medirme con monstruos como ellos.
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Estás leyendo el capítulo 7 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 10 de julio de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.