Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 6 online gratis en español
🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
Gracioso, ¿no crees? No importa en qué lenguaje hablen, todos suenan igual cuando les arrancas las uñas.
—Vil III el Lingüista, Emperador del Terror
La pila de libros se estampó contra la mesa con un estruendo seco.
Bajé la mirada para repasar los títulos: La Crónica de las Coronas y lo que parecía ser una edición íntegra de la colección Tres Siglos, ambos sobre la historia de Callow. También había tomos sobre Praes, incluyendo algunas de las obras más polémicas del Erudito Atormentado. Se me escapó una mueca al ver los primeros volúmenes de La más ilustre historia del inimitable Imperio de Praes. Solo con ojear el prefacio supe que sería infumable; los autores eran incapaces de hilvanar dos párrafos sin comérsela doblada a la grandeza praesi, incluso cuando narraban guerras que el Imperio del Terror había perdido de forma estrepitosa.
—Supongo que quieres que me lea todo esto y no que, digamos, use el montón para apalear a alguien hasta la muerte—bromeé.
—Muy perspicaz —replicó el Caballero Negro—. Partiremos esta tarde, pero antes conviene que repasemos tu rutina para los próximos meses.
—Y, al parecer, esa rutina incluye... —Me incliné para leer el lomo de un tomo al fondo de la pila—. Un análisis detallado de las prácticas agrarias de Praes. —Hice una pausa—. ¿Seguro que no puedo convencerte de lo de apalear a alguien?
Frunció el ceño.
—Admito que es una lectura árida, pero necesaria.
Teniendo en cuenta que yo no había visto una granja en mi vida, y dudaba que él hubiera hecho algo más que rebasarlas al galope, no pensaba tragarme aquello sin rechistar.
—¿Es que vamos a dedicarnos a la labranza? —le reté—. ¿Acaso has pisado alguna vez una granja?
Me lanzó una mirada divertida.
—De hecho, me crié en una. Mi padre era propietario libre en la Franja Verde.
No tuve que esforzarme para ubicar el nombre; los mapas de mis viejas clases de geografía me vinieron a la mente. La Franja Verde era el creciente de tierra fértil en mitad de las Tierras Yermas, justo tras la Isla Bendita. Había oído que era la única región donde los enlaces entre callowanos y mestizos de la Expansión eran moneda corriente; aquello explicaba que mi mentor tuviera la tez tan pálida. Aun así, la imagen del líder de las Calamidades hundiendo un arado me resultaba paródica. Sin duda, aquellas tierras habrían estado más subyugadas que ninguna otra.
—Propietario libre —paladeé—. ¿Es distinto de ser un granjero común?
El Caballero tomó asiento en el banco, frente a mí. El salón de banquetes seguía tan desierto como dos noches atrás. Al parecer, me había pasado un día entero sumida en el sueño y, por las molestias, me había perdido la ejecución de Kojo; ahora, las mesas de madera pulida relucían impecables. Yo misma había apartado el copioso desayuno que me trajeron tras haber devorado dos raciones y media tetera de té. Por lo visto, las visiones de los Nombres despertaban un hambre voraz. Decidí ser la más madura de los dos y no comentar que él ya sostenía una copa de vino cuando ni siquiera había sonado la campana del mediodía.
—En Praes las tierras suelen pertenecer a la aristocracia —explicó—. Quienes las trabajan son jornaleros, sin derechos ni pretensiones alguna sobre el suelo.
Como era de esperar. Los nobles poseían la tierra y el resto simplemente sobrevivía en ella. Lo único que los praesi cambiaron tras la Conquista fue arrebatar los feudos a los nobles locales para convertirlos en gobernaciones imperiales; pero los gobernadores mandaban con el mismo puño de hierro.
—¿Y la Franja Verde es distinta?
—La nobleza no tiene jurisdicción sobre ella.
Alcé una ceja.
—Entonces, ¿a quién le pertenece? —inquirí.
—A la Torre, en términos generales.
—Así que es como las antiguas tierras de los Fairfax —dije lentamente—. Un dominio real.
O imperial, en este caso. Él sacudió la cabeza.
—El propietario paga una tasa al ocupar las tierras y, a cambio, se le considera el dueño legal de por vida —respondió—. Al morir, la propiedad revierte a la Torre. En la práctica, la región se gestiona mediante concejos municipales y funcionarios designados.
Ladeé la cabeza.
—Eso no suena muy propio de los praesi —dije, midiendo mis palabras—. Y se supone que la Franja posee las mejores tierras de cultivo del Imperio, ¿no? ¿Por qué nadie se ha apoderado de ellas?
—Precisamente porque «es» el granero de Praes. El norte de las Tierras Yermas apenas produce lo suficiente para el autoconsumo; el sur es un erial. Cualquier noble que controlara la Franja Verde podría matar de hambre al Imperio a su antojo.
Ah. Aquello tenía más sentido que imaginar a la Torre desbordándose de afecto por sus campesinos. Los lugareños verían a cualquier noble que intentase someterlos como un enemigo, pues su situación actual era preferible. Era una jugada astuta: la Corona se aseguraba la lealtad de la despensa por puro interés mutuo. Cuanto más sabía sobre Praes, más me parecía un foso de lobos con demasiadas jerarquías. Sabía que las Legiones habían estado divididas por el asunto de Kojo, pero la brecha parecía mucho más profunda.
Empezaba a preguntarme cuántas de las pifias en la gestión de Callow no procedían de la estupidez, sino de la necesidad de apaciguar a los Altos Lores. ¿Cómo podía una mujer como la Emperatriz Malicia tolerar que unos aristócratas codiciosos le forzaran la mano?
—¿Por qué siguen existiendo? —solté al fin—. Quiero decir, los Altos Lores son los que más papeletas tienen para codiciar el trono. ¿Por qué la Emperatriz no los pasó a todos por la espada y convirtió el Imperio entero en dominios reales? Por cómo trataste a Kojo, parece que estarías encantado de encabezar la purga.
Los dedos del Caballero tamborilearon sobre la madera, rítmicos y pensativos.
—Tras ganar la Sucesión de Malicia —la guerra civil que la encumbró—, yo mismo le aconsejé exactamente eso —confesó con inquietante franqueza.
Oculté mi sorpresa.
—Si me hubiera salido con la mía —prosiguió con una sonrisa gélida—, los habríamos clavado a todos en las puertas de sus pequeños reinos y habríamos quebrado a la aristocracia con tanta saña que no volvería a surgir un solo noble en Praes en mil años.
—Y, sin embargo, aquí siguen, notablemente libres de clavos —señalé.
—Ella no estaba de acuerdo —admitió—. Argumentó que el caos resultante desestabilizaría el Imperio durante décadas. Que, puesto que siempre habría oposición, era mejor conocer la cara de sus enemigos y saber que podría aplastarlos si llegaba el caso.
La forma en que pronunció aquellas palabras fue extraña. No estaba defendiendo su postura, sino recitando la lógica de otra persona; se notaba su falta de convicción.
—Aún crees que tenías razón —aventuré.
—Sí —asintió—. Pero ella siempre ha visto los entresijos del poder con más claridad que yo, así que confío en su criterio. Es cierto que tengo cierta tendencia a... simplificar los problemas.
Lo que significaba que todavía quería clavar dichos problemas en las puertas de sus «pequeños reinos». ¡Por el llanto de los Coros, qué imagen!
El Caballero ya había mencionado a una superior durante su discurso de reclutamiento, y nuestra conversación estaba dejando claro de quién se trataba. No es que hubiera habido dudas: los legionarios en El Nido de la Rata hablaban de él con respeto, pero se referían a la Emperatriz Malicia con auténtico pavor.
—Ya habrá tiempo para discutir los engranajes del Imperio —interrumpió—. Preferiblemente después de que estas lecturas te hayan familiarizado con lo básico. Por ahora, tu prioridad serán estos tres. —Golpeó con el dedo el lomo de tres manuscritos particularmente maltrechos.
Uno de ellos lucía una caligrafía que no reconocí; se parecía más a glifos arcanos que a letras. Pero los otros dos estaban en lengua común: ecane y maniram. Me sorprendió que priorizara las lenguas de los sanke y los taghreb, los pueblos de los extremos del Imperio.
—Pensaba que la lengua principal del Imperio era el miezano común.
Era el idioma que empleábamos ahora y el único que dominaba con soltura. Había recibido lecciones de miezano antiguo, pero en la actualidad no era más que una lengua muerta, relegada a legajos y tratados. En el norte, los tiraithe aún conservaban el habla que precedió al nacimiento del Antiguo Reino, y en los lindes del sur todavía se chapurreaban dialectos locales, pero en todo Callow, el miezano común era la lengua que nos unía.
—Lo es —asintió—. Se impuso cuando éramos una provincia de Mieza. Pero la mayoría de los praesi se crían hablando ecane o maniram; el común es su segunda lengua. Si alguna vez vas a comandar a nuestros soldados, debes entender su lengua materna. Aunque solo sea para saber qué dicen a tus espaldas.
Solté un gruñido de asentimiento, irritada. Tenía razón. Llevaba dos años estudiando ecane por mi cuenta, porque imaginé que me haría falta en Ater, pero el progreso era exasperantemente lento. Enfrentarme a dos idiomas nuevos a la vez resultaba desalentador.
—¿Y el tercero? —pregunté—. Parecen glifos.
—Está escrito en kharsum. Me habría sorprendido que pudieras leerlo.
—¿Kharsum? —repetí, incrédula—. ¿Quieres que aprenda orco?
—_Kharsum_ —me corrigió con severidad—. Emplea el nombre adecuado. Y no es la única lengua de su raza, solo el dialecto más extendido.
—¿Aprenderé también el idioma de los goblins, ya puestos? —me quejé.
Me sonrió sin pizca de gracia.
—He trabajado con ellos durante más de cincuenta años, Catherine, y todavía no sé lo suficiente como para mantener una conversación. No enseñan su lengua a los forasteros.
Mi curiosidad se sobrepuso a mi indignación.
—¿Qué? Entonces, ¿cómo se comunican?
—Incluso los goblins de las tribus más aisladas son bilingües antes de empezar a caminar —me informó—. De media, hablan cuatro idiomas; la mayoría de las Matronas dominan siete, incluido el chantant.
La lengua de Procer. Una locura.
—Eso es absurdo —dije—. La cantidad de tiempo que debe de llevar...
—Es menos de lo que crees si empiezas joven —interrumpió—. Además, cuentas con una ventaja que ellos no poseen.
¿De veras? Eso sí era una novedad.
—Como digas «un maestro con talento», no me hago responsable de mis actos —advertí. Le arranqué una risa entre dientes.
—No, aunque eso también cuenta. A menos que me equivoque, uno de tus tres Aspectos facilitará el proceso.
Di un respingo, sobresaltada.
—¿Quieres decir que eso de los «tres pecados» es verdad? —pregunté.
Ladeó la cabeza.
—¿«Tres pecados»? —repitió, con un tono entre desconcertado y curioso.
—«Y sobre todos aquellos que alcen el estandarte del Mal, los Cielos otorgarán tres pecados, plantando la semilla de su perdición en nombre de la justicia» —recité de memoria.
—Desde luego, los predicadores del Clero tienen lengua de plata —comentó con sorna—. ¿Y qué reciben los Héroes?
—Tres virtudes.
Poderes que les permitían «triunfar por siempre» contra el Mal. Dado que me había criado bajo el estandarte negro y rojo de la Torre ondeando sobre el palacio que antaño perteneció a la Casa Fairfax,, siempre me había tomado esos sermones con pinzas.
—Por supuesto que sí —resopló, más divertido que ofendido.
—Así que «Aspectos» en lugar de «Pecados» —paladeé—. Me gusta. ¿Para qué sirven?
—Son la manifestación de tu Nombre —sentenció el Caballero—. Varían según quién lo reclame, pero algunos son pilares. Conquistar, por ejemplo, es fundamental para un Caballero Negro.
—¿Y eso qué significa exactamente? —pregunté con escepticismo—. ¿Que se te da especialmente bien... conquistar cosas?
—Cuanto más estrecha sea tu sintonía con tus Aspectos, mayor será la porción de poder que podrás extraer de tu Nombre —sonrió—. Así que, cuando estoy «conquistando cosas», como tú has dicho, me convierto más en lo que soy.
—¿Y por qué no estás conquistando algo siempre, entonces? —solté—. Eso te haría prácticamente invencible.
—Esa lógica ha sido popular entre muchos de mis predecesores —admitió—. Pero el poder que se puede canalizar tiene un límite, y permanecer sumergido en tus Aspectos tiende a nublar el juicio. Por no mencionar el otro lado de la ecuación.
Arqueó una ceja, invitándome a atar cabos.
—Los Héroes —dije—. ¿Por qué me da la sensación de que, por cada Nombre con el Aspecto de Conquistar, hay otro con el de Proteger?
—¿Porque rara vez soporto la compañía de necios? —sugirió.
Le dediqué una mirada inexpresiva.
—Por favor, milord, no hace falta que se deshaga en elogios. Acabaré sonrojándome —solté con tono monótono.
No fue capaz de beber de su copa lo bastante rápido como para ocultar la sonrisa.
—¿Y cuáles son mis Aspectos? —pregunté.
—La mayoría aún no se habrán manifestado —contestó, encogiéndose de hombros—. Aprender es uno recurrente en los Escuderos; yo mismo lo ostenté, razón por la cual lanzarte al desfiladero con los idiomas dará los mejores resultados —concluyó.
Así que no era un capricho irracional. Aun así… ¿la lengua orca?
—Ni siquiera sabía que tuvieran un lenguaje escrito —admití, observando los glifos inscritos en el lomo.
—Es anterior a la mayoría de las grafías de este continente —comentó—. La llegada de los miezanos les hizo retroceder siglos.
Ese era el estigma de los miezanos. Eran constructores de maravillas y prodigios mágicos, pero poseían esa detestable tendencia a pisotear a los pueblos sometidos para segar cualquier brote de rebelión. Los esclavos orcos habían sido una mercancía valiosa en el ocaso del imperio por su resistencia; a los clanes que se negaron a entregar a sus hijos, les apretaron las tuercas... a veces hasta la extinción. Si la Primera Guerra Liceriana no hubiera estallado antes de que consolidaran su dominio en Callow, no estaba segura qué aspecto tendría hoy mi hogar.
—Al menos dime que aprenderé algo que de verdad sea interesante —supliqué.
Resopló, divertido.
—Las lecturas son para tu tiempo libre —me informó—. A partir de mañana, te levantarás al alba para recibir lecciones de esgrima conmigo o con la Capitana.
Esbocé una sonrisa. Ahora estábamos hablando en mi idioma.
—Eso ya me gusta más.
—Me lo imaginaba. Tras el almuerzo, tendrás libre hasta la campana de la tarde. Después, me encargaré de la parte de tu educación que no se halla en los libros.
Eso también sonaba prometedor.
—¿Y eso significa…?
Asintió levemente.
—Partiremos esta tarde, así que aprovechemos el momento. Coge tu cuchillo; hemos de procurarte una montura adecuada.
\*\*\*
Caminar con un gambesón era una experiencia inusual.
Me había acostumbrado al calor, aunque no al sudor que lo acompañaba. Sentir esa gruesa protección desde el cuello hasta las rodillas me hacía sentir invulnerable; una parte de mí deseaba lanzarse contra un muro solo para ver si rebotaba. Recorrí los salones de mi ciudad natal siguiendo al Caballero por un laberinto de pasillos. Había tapices de cacerías y gestas donde no había óleos, y advertí con ironía que nadie se había molestado en retirar los que representaban las victorias de Callow sobre el Imperio.
Había uno especialmente grandioso: el Emperador del Terror, Nefasto, apaleado por el Mago del Oeste durante su invasión fallida. Los mismos donde, veinte años después, mi mentor infligió una derrota aplastante a mi reino. Dudaba que Nefasto hubiera soltado su corona en su huida, pero ver la escena me alegró el día. Pronto, los paneles de madera tallada cedieron ante la piedra desnuda al entrar en el ala oeste.
—¿Hacia los establos? —inquirí.
No parecía dispuesto a conversar, pero eso rara vez me había detenido.
—En efecto —respondió distraído—. Las caballerizas reales ya no sirven al séquito de la corona, así que no están bien surtidas, pero hallaremos lo que buscamos.
—Creo que debo señalar que jamás he montado —añadí como quien no quiere la cosa—. No he estado ni a un tiro de piedra de un caballo en toda mi vida.
Me lanzó una mirada de soslayo al cruzar un umbral hacia un anexo de las cocinas.
—Es una unidad de medida sospechosamente específica —señaló.
—Quería que le soltara una coz a un guardia —admití sin rastro de vergüenza—. Pobre infeliz.
Alzó una ceja.
—¿El guardia?
—El caballo, por supuesto. El guardia lo pedía a gritos.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro al salir al patio; la luz del sol me cegó un instante. «Pero menos de una semana», me percaté. Mis ojos se adaptaron antes de un latido. El extraño cambio me provocó un escalofrío que no tenía que ver con el bochorno. Y eso que aún ni siquiera soy la Escudera.
—También verás mejor en la oscuridad. Aunque no tanto como los goblins.
—Se me agota el cupo de revelaciones inquietantes por hoy —le informé.
—Entonces puede que no disfrutes de la lección.
—Vaya, qué consuelo —dije con tono monótono—. ¿Vamos a ignorar eso como lo de la gente que quiere matarme? Sigo esperando una explicación.
—Todo a su tiempo —replicó con una calma que me dio ganas de quebrar a martillazos.
Olí las caballerizas antes de verlas; el hedor del estiércol es inconfundible. Uno pensaría que algún mago habría ideado un conjuro para eliminar el olor a mierda a estas alturas. Eran naves de granito gris, como el resto del palacio, en las que se alojaban más de cincuenta caballos. A lo lejos, un mozo huyó en cuanto nos vio. Hombre sabio.
—¿Un caballo castrado? —sugerí, en cuanto nos acercamos a las monturas—. He oído que son dóciles; ideales para los novatos.
No sabía mucho de caballos, pero en Callow lo básico se aprende por ósmosis. Sin embargo, las bestias de carga que veía por las calles de Laure tenían poco que ver con estos ejemplares; eran más altos, de complexión hercúlea: auténticos caballos de guerra. La caballería de mi país había sido legendaria en su tiempo, hasta que fue masacrada durante la Conquista y sus órdenes disueltas por decreto imperial.
—El temperamento no será el problema —replicó—. Me informaron de que un córcel de Bedlam había enfermado... ah, allí está.
Abrió el pesebre revelando un animal castaño empapado en sudor. Medía más de metro y medio, pero yacía tumbado, respirando con dificultad agónica.
—No voy a tener que cuidarlo hasta que se recupere, ¿no? —pregunté con cautela.
Era un animal hermoso, pero no sabía nada de caballos y prefería no acabar matando a mi primera montura por una torpeza de principiante.
—No. El maestro de cuadras le da una probabilidad de tres de sobrevivir al mes —aclaró—. Es fiebre de la paloma.
Ante mi duda, añadió:
—Abscesos bajo la piel. Una muerte lenta.
Hice una mueca. Viéndolo más de cerca, observé que estaba famélico; se le marcaban las costillas y tenía el pecho hinchado.
—Así que… ¿quieres que lo cure?
Sabía que algunos Nombres podían obrar milagros que ni los miembros del Clero que blandían la Luz alcanzaban. Pero la sanación solía ser terreno de los Héroes. El Caballero sacudió la cabeza.
—Vas a matarlo.
Parpadeé, procesando la orden.
—¿Qué voy a qué?
—Me has oído perfectamente.
—Mira, si esto es otra prueba… ya me he cargado a dos personas esta semana y he sopesado a una tercera, así que no veo por qué…
—Y luego lo alzarás de entre los muertos —continuó con naturalidad, como si no le hubiera interrumpido.
Me quedé sin palabras.
—Esto está mal —logré articular—. ¿Nigromancia? Eso es...
—Malévolo —sentenció—. Sí, Catherine. Ese es el bando que has elegido.
Intenté articular una respuesta, pero mis pensamientos se negaban a formar una hilera coherente. No comprendía por qué matar a un animal me resultaba más grave que degollar a dos seres humanos, pero el peso en mi pecho era innegable. Aquellos hombres habían sido escoria, sí, pero al menos eran dueños de su maldad; el caballo, en cambio, solo era una víctima pasiva de su propia agonía. El Clero siempre había vacilado sobre si las bestias poseían alma o si eran meros recipientes vacíos, así que matarlo no era necesariamente un pecado…
—Joder. Podrías haberme dejado empezar con algo suave, en lugar de saltar directamente a «alzar a los muertos» —mascullé entre dientes, odiando mi propia vacilación—. No sé, practicar risas malvadas y monólogos antes del gran salto.
—Los monólogos son para aficionados —sentenció—. Si tienes tiempo para hablar, lo tienes para terminar el combate. —Me sostuvo la mirada—. Y esto es «empezar poco a poco» Catherine. No manipularás su alma, solo animarás su carne. No es distinto de talar un árbol para fabricar un carro; creas un medio de transporte para algo que antes latía.
Naturalmente, olvidaba mencionar que estaba rompiendo el tabú más sagrado de Callow: la profanación de los caídos. Tras siglos de ver nuestros caídos alzados contra nosotros por los praesi, mi gente tenía opiniones muy drásticas al respecto.
—Te saltas el detalle de que primero he de matarlo —repliqué.
Se encogió de hombros.
—Iba a morir. Le ahorras semanas de agonía.
—¿Y por qué no traer un cadáver de la Guardia Negra, si cualquier cuerpo sirve?
Las palabras brotaron por puro instinto, aunque, a decir verdad, no sabía qué opción me revolvía más el estómago. Todo este asunto me hacía sentir como el nigromante de un cantar de gesta: el loco que habita una torre ruinosa y envía a sus esbirros a profanar cementerios para crear abominaciones. El tipo de monstruo que un Caballero Errante pasaría por la espada para salvar una aldea, o que una Sacerdotisa virtuosa fulminaría con el fuego de los Coros sin parpadear.
—No habrías sido capaz de alzarlo —me informó—. Tu derecho sobre el Nombre es demasiado tierno para manejar un cuerpo ajeno. Necesitas un vínculo. Además, una materia prima de calidad produce un mejor sirviente.
Cerré los ojos y apreté el mango del cuchillo. Siempre supe que para llegar a ser alguien, tendría que cruzar más de una línea. Dioses, si ya había renunciado a los Cielos al elegir un Nombre del bando equivocado, esto tendría que ser una minucia. «Como talar un árbol para fabricar un carro», me repetí, sin convencerme. Abrí los ojos.
—¿Será doloroso? —pregunté—. Para el caballo, quiero decir.
—Ni siquiera despertará —aseguró.
—¿Qué debo hacer? —cedí, soltando el arma.
—Apoya la mano en su lomo —indicó—. Yo canalizaré el flujo; tú solo percibe la corriente.
Me arrodillé ante la bestia, rozando su cuello. El Caballero se acuclilló y posó un dedo en la frente del animal. No hubo destellos ni truenos. «Esto no es magia», comprendí. «No como la que usan los magos». De pronto, una pesadez me oprimió los hombros. El caballo se volvió gélido bajo mis dedos; un frío que me erizó la piel.
Era difícil describir lo que sentí. Recordé haber nadado en el Lago Plateado un verano. El sol calentaba la superficie, pero si hundías los pies lo suficiente, el agua se volvía amarga y fría. Esa era la sensación: como si de la Creación fuera el agua cálida, y mi cuerpo se hubiera quedado anclado en el fondo. Aquel poder no se sentía retorcido u antinatural. Simplemente era... distinto. Fundamentalmente otro.
—¿Puedes sentirla? —preguntó—. Su vida.
Fruncí el ceño, porque al principio no la sentía. Busqué a través de aquella sombra gélida y reptante algo que encajara con su descripción, hasta dar con algo parecido a la llama de una vela, en el corazón de la oscuridad. Pequeña, frágil; a un suspiro de extinguirse.
—Sí —susurré.
—Pues apágala —ordenó el Caballero Negro.
Estuve a punto de preguntarle cómo, pero un instinto primitivo empezó a agitarse en mi interior. Fue como mover una extremidad, una simple cuestión de ejercer mi voluntad sobre aquel poder. Me acogió con un ansia fría y, en mi mente, cerré los dedos alrededor de la llama. La apagué, con suavidad y en silencio.
El caballo exhaló un último aliento y luego quedó inmóvil.
—Y ahora la parte difícil: no salgas del trance, mantente dentro —me indicó—. Tienes que aprender cómo se hace.
El poder en el interior del animal se tensó como una soga en respuesta a la voluntad del Caballero; la mía no era más que un hilo arrastrado por la corriente. El cadáver dio un espasmo. Mis dedos se hundieron en el flanco del animal mientras concentraba toda mi atención en lo que ocurría, lo que me obligaba a no perderme ni un detalle. Sentí un pinchazo agudo en la palma, como si me hubiera clavado una aguja, y de pronto mi percepción del cuerpo se desplegó como un sexto sentido. Podía sentir las fibras que lo animaban, y eran tan mías como cualquiera de mis dedos. Impuse mi voluntad, y el cuerpo se puso en pie.
No sabía cómo se suponía que debían moverse los caballos, ni cómo funcionaban sus patas. Pero el cadáver sí, y yo me nutrí de ese conocimiento ancestral. Aún quedaba algún instinto allí dentro, como una sombra de lo que había sido en vida, y esa sombra ahora estaba ligada a mí.
—Buen trabajo —murmuró, levantándose.
Un respingo me devolvió a la realidad: yo también me había puesto en pie. ¿En qué momento? Ni siquiera recordaba haberme movido.
—Necesitará un nombre.
Me quedé pensativa un momento. Podía haberle dado un nombre heroico o inspirador, pero eso habría sido una especie de mentira; una forma de negar lo que acababa de hacer. «Mejor llamar a las cosas por su nombre».
—Su nombre —anuncié—, será Zombi.

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GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela)
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GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 6
Estás leyendo el capítulo 6 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 11 de junio de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.