Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 5 online gratis en español
🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
¿A dónde han ido todos los buenos hombres? Por lo general, a los cementerios.
—Malévolo III el Conciso, Emperador del Terror
Echar a correr me pareció lo más sensato.
Despachar al primer muerto viviente había sido pan comido, pero brotaban más a cada instante y pelear en el fango iba a resultar agotador. No estaba segura de qué pasaría si moría allí, pero las últimas palabras del Caballero habían sido tanto una advertencia como un sarcasmo. Uno de ellos se acercó lo suficiente como para intentar agarrarme el brazo, pero era ridículamente lento; le partí la cabeza con un tajo a dos manos. La carne y el hueso se abrieron como un higo maduro y la cosa regresó al infierno del que había salido, hundiéndose en el lodo. Eché un vistazo atrás y se me torció el gesto: esos pocos segundos habían bastado para que el resto de los bastardos me ganaran terreno. Debía haber al menos cincuenta.
El pantano parecía dispuesto a seguir vomitando cadáveres cada vez que parpadeaba. Aún tenía el sabor del cieno en la boca, así que escupí a un lado mientras me encaramaba a un tocón en busca de una salida. Tenía el presentimiento de que trepar a un árbol y rezar con todas mis fuerzas no serviría de mucho. La estructura, a lo lejos, seguía inmóvil; ahora que podía fijarme mejor, vi que tenía forma de torre, aunque no alcanzaba a distinguir su altura. Lo que sí veía era que la colina sobre la que se alzaba estaba fuera del pantano y, de momento, libre de mis amigos zombis. Seguramente fuera una trampa, pero seguía siendo preferible a morir despedazada por una horda de idiotas gimiendo.
Detecté un movimiento por el rabillo del ojo y me sobresalté cuando algo intentó agarrarme el pie. Sin embargo, el filo de mi espada alcanzó la muñeca de la criatura antes de que lo lograra. Parpadeé, sorprendida, mientras el muerto viviente retrocedía con un alarido. Yo… no debería haber sido capaz de eso. Era rápida, sí, pero conocía mis límites; me los sabía de memoria gracias a la colección de moratones que acumulaba en las lecciones del viejo Liam. Estaba íntimamente familiarizada con ese odioso instante de impotencia en el que ves venir un golpe, pero sabes que no serás lo bastante veloz para bloquearlo. Este debería haber sido uno de tantos. En cambio, mi cuerpo había reaccionado de inmediato, sin demora alguna entre la intención y el movimiento.
—El Nombre —susurré, asombrada.
Aún no era la Escudera, ni lo sería en un buen tiempo si había entendido bien al Caballero, pero ¿ya podía hacer cosas como aquellas? Con razón decían que los Héroes eran capaces de asaltar fortalezas enteras. Ya empezaban a alzarse varias siluetas más adelante, bloqueando el camino hacia la colina en un intento de rodearme, así que salté de nuevo al fango. El que casi me atrapa había guardado un silencio absoluto; emergió de las aguas sin hacer ruido y atacó sin previo aviso. Si a eso le sumábamos que había intentado frenarme en lugar de matarme… se estaban volviendo cada vez más listos. Cuanto más tiempo me quedara allí, más difícil sería salir. «Mi subconsciente se está portando como una auténtica cabrona», pensé.
Me apresuré a cruzar el fango. Allí solo me llegaba a los tobillos, por lo que era algo más veloz que mis perseguidores, aunque no lo bastante como para confiarme. Otro ser surgió del lodo a mi derecha y rodeé un árbol para ganar distancia. Me imaginé que, si alguien me viera, le parecería ridícula; incluso esforzándome al máximo, apenas iba tan rápido como alguien que pasea por tierra firme. Aquellos muertos de mente lenta solo eran una amenaza por su número; no era el tipo de lucha sobre la que los poetas escriben epopeyas. Logré evitarlos durante lo que me pareció una eternidad antes de darme cuenta de que les estaba siguiendo el juego.
Estaba gastando más energía en rodearlos que si me enfrentara a ellos. Los regueros de sudor que me bajaban por el cuello eran la prueba. Soltando uno de los insultos más soeces que había oído en los muelles, cuadré los hombros y arremetí directamente contra el grupo que me cerraba el paso.
Había un tronco caído más adelante que me permitió ganar altura, aunque la madera estaba mojada y el apoyo era traicionero; aminoré la marcha y, aun así, casi resbalé. Un vistazo a la colina me indicó que estaba a mitad de camino, así que apreté los dientes y volví a la carga. La herida en el brazo me latía, reafirmando mi decisión de no volver a liarme con grupos grandes; no estaba acostumbrada a luchar contra varios oponentes a la vez y no podía permitirme un rasguño cada vez que quería darme prisa. Me limité a despachar a los muertos que encontraba aislados mientras zigzagueaba entre el lodo y los árboles retorcidos. Lo último que necesitaba era perderme en aquel maldito pantano.
Me llevé un arañazo en la cara cuando uno de ellos saltó desde un tocón, clavándome las uñas mientras le hundía la espada en el pecho. Fue un rasguño leve, pero tuve suerte de que no fuera más arriba; ya había peleado con sangre en los ojos y era un engorro. Por suerte, cuanto más me acercaba a la colina, más rala se volvía la horda. Cada vez aparecían menos hasta que, al fin, cesaron. Para cuando el agua cedió ante la tierra musgosa y firme, ya no quedaba ninguno. Dejándome caer de rodillas, me apoyé contra un árbol y me permití cerrar los ojos por un momento.
Dioses, estaba agotada.
Las peleas en el Foso no se parecían en nada a esto. Allí solo luchaba una vez al día, y nunca durante tanto tiempo. ¿Era a esto a lo que se refería Liam cuando decía que un muro de escudos trituraba a los prodigios con la misma facilidad que a los borrachos? Estas criaturas eran torpes y estúpidas, nada que ver con mis oponentes en el Foso, pero me habían ido desgastando por pura superioridad numérica. Si me hubiera resbalado en el pantano una sola vez, habría sido mi fin.
—Joder —susurré—. Esperemos que la otra no dé tanta guerra.
Suponiendo que mi doble no hubiera mentido sobre que había otra por ahí fuera.
Me incorporé de un empujón y esperé a recuperar el aliento. Ahora que estaba lo bastante cerca para distinguir la colina y la torre, vi que era de piedra blanca que no reconocía. Se alzaba más allá de lo que alcanzaba la vista, perdiéndose por encima de las copas de los árboles. Con suerte, mi subconsciente no sería tan cabrón como para obligarme a subir escaleras hasta allá arriba, aunque, viendo las perrerías que me había hecho pasar, no me fiaba un pelo.
Salir de los alrededores del pantano fue más rápido ahora que el suelo era firme. Di un rodeo para bordear un par de estanques, por si acaso algo acechaba en ellos; pero, para ser sincera, estaba demasiado contenta de haberme librado de la horda como para que me importara lo tedioso que resultaba salir del cenagal.
Mi primera sorpresa llegó en cuanto dejé atrás los árboles. La torre seguía alzándose hasta perderse en el cielo, donde se conectaba con un mar de nubes. De algún modo, el sol se filtraba a través de ellas, y la hierba bañada por el rocío brillaba con un verde casi incandescente. Solo mirar aquella estructura me producía ese picor en las plantas de los pies que asociaba con mi viejo miedo a las alturas. Seguí acortando distancias, con los ojos fijos en la construcción, y solté un silbido bajo.
Apenas podía distinguir dónde terminaba una piedra y empezaba la siguiente; a cualquiera que no se fijara le parecería que la torre estaba tallada en un único bloque de roca. Justo en el centro se abría un arco de entrada, y ahí fue donde la historia empezó a complicarse.
La entrada estaba custodiada por un par de caballeros con armadura, completamente inmóviles. Di un par de pasos cautelosos, deteniéndome para ver si reaccionaban, pero no parecía haber nada bajo las corazas de plata. Arqueé una ceja. ¿Plata? Era el material más estúpido para forjar una armadura, salvo quizá el oro. Es un metal blando; cualquier hoja decente la atravesaría. Sin embargo, las alabardas que sostenían sí eran de acero, y esas sí me atravesarían a mí. Con cautela, espada en mano, vigilé sus armas e intenté pasar entre ellos.
Las alabardas bajaron, bloqueándome el paso.
—Vaya. Y yo que pensaba que esto sería el camino fácil.
No hubo respuesta; seguían tan quietos como los caparazones vacíos que eran.
—Más vale que no haya una horda interminable de vosotros ahí dentro —proseguí—, porque me gustaría creer que mi subconsciente es un poco más original.
—No tienes por qué pelear con ellos —interrumpió una voz—. Solo tienes que dejar esa… «cosa» fuera.
Había una mujer de pie tras el umbral y, por segunda vez, me encontré frente a una versión mayor de mí misma. Esta vez no tenía cicatrices y vestía una túnica blanca inmaculada. Luego me di cuenta de que la túnica solo iba por encima; la cota de malla era tan pálida que la había confundido con la tela. Tenía el pelo corto, de un estilo que nunca me había sentado bien, pero que a ella le quedaba de maravilla; su rostro era más maduro, con las mejillas más finas y la nariz menos prominente. Estaba fulminando mi espada con la mirada, como si acabara de usarla para asesinar a toda su familia.
—Una idea estupenda —repliqué con sorna—. Entrar desarmada mientras tus amiguitos siguen ahí fuera con sus alabardas.
Mi nuevo doble frunció el ceño.
—No voy armada, y ellos se quedarán fuera —dijo.
—¿Y se supone que debo fiarme de tu palabra?
—Si quieres entrar en la torre —sentenció.
Reconocí el tono; yo misma lo había empleado varias veces para dejar claro que no pensaba dar mi brazo a torcer. ¿Valía la pena arriesgarse? No sabía cuánto costaría abatir a los caballeros y no estaba en mi mejor momento: el latido del brazo mordido era un recordatorio constante, por no hablar del cansancio. La bruja del pantano había dado a entender que esta era la «gemela buena», así que quizá arriesgarse fuera lo correcto. Aun así...
Moviéndome más rápido de lo que habría creído posible, empalé al caballero más cercano a través de la coraza, clavándolo contra la piedra de la torre, que resultó sorprendentemente blanda. Me aparté con las manos en alto, en son de paz, mientras el otro alzaba su arma.
—Tal y como me pediste, ¿ves? —dije con una sonrisa.
Ni de coña iba a obedecer sin más. Aquello igualaría las tornas si decidía traicionarme.
El ceño de mi doble se acentuó, pero acabó asintiendo y apartándose para dejarme pasar. El interior de la torre estaba vacío, salvo un único asiento en mitad de la sala: madera vieja y nudosa, de un marrón claro y bien pulida. Aun así, la torre no se sentía vacía gracias a los coloridos mosaicos de las paredes. Representaban escenas de mi propia vida: lecciones en el orfanato, tardes en «El Nido» e incluso peleas en el Foso. Las paredes se alzaban hacia la lejanía, terminando en una impresionante vista del cielo azul, pero a partir de cierto punto quedaban en blanco. «_¿Para dejar espacio al resto de mi vida?»._
Entorné los ojos al intentar distinguir una de las escenas de más arriba, pero la luz no era suficiente. Como tenía una guía, le pregunté señalando el objeto de mi curiosidad:
—¿Qué muestra esa?
Me lanzó una mirada de desdén.
—La vez que espiaste a Duncan Brech a través de las rendijas mientras se cambiaba.
Solté una risita.
—¿Y eso se merece una escena entera? No fue para tanto.
Además, si iban a poner esas cosas, también deberían haber incluido la vez que nos fuimos todos a nadar tras la feria y Lily Wells se quitó la camisa. Estaba segura de que me la había quedado mirando mucho más tiempo que a Duncan.
Mi gemela no pareció compartir mi diversión. Ignorándome, se dirigió a la silla y se sentó con solemnidad, dejándome allí, de pie, como una suplicante. Suspiré. Y pensar, ingenua de mí, que la imaginaba menos insoportable que a la otra
—Bueno —dije con alegría forzada—. Suéltalo ya. Antes de que apuñalara a la otra, me echó en cara lo «blanda» que era. ¿Tú qué tienes que decirme?
Probablemente me estaba portando como una auténtica capulla. A conciencia; después de todo, no tenía la más mínima intención de cambiar.
—Nuestro problema —corrigió con calma—. Todo lo que ves aquí, todo lo que has pasado, procede de ti. Solo estamos dando voz a tus dudas, nada más.
—¿Así que soy la responsable de los malditos zombis? —murmuré—. Eso ya es llevar el autodesprecio a otro nivel.
Sonrió sin gracia.
—Crees que nada que valga la pena se obtiene con facilidad. Tu aventura en el pantano es un reflejo de ello.
Interesante, pero no había venido a eso. Si hubiera querido un sermón, me habría sentado en el despacho de la matrona y le habría revelado mi visita al Foso.
—Un análisis fascinante —solté con sequedad—. Lo cambia todo, en serio. Pero supongo que con eso no basta para despertar, ¿verdad?
Un destello de rabia cruzó sus ojos; sentí una satisfacción feroz al haberle arrancado algo que no fuera condescendencia.
—Cabría esperar que te tomaras el destino de tu alma con más seriedad, Catherine Foundling —bramó, y su voz resonó por toda la estancia.
—Y lo haría si pensara que lo que aprenda aquí me fuera a servir de algo —repliqué, manteniendo la calma frente a su ira—. Pero no es así. No es más que una tarea que debo completar antes de recuperar la conciencia y seguir con lo mío
—Ah, sí —repuso, forzándose a recuperar la serenidad—. Tu vida como villana al servicio del Imperio del Terror de Praes.
Fruncí el ceño.
—Ese siempre fue el plan —le recordé—. Solo que ahora me salto unos cuantos pasos al obtener un Nombre en lugar de tener que ascender lentamente por los rangos de las Legiones.
—Si no comprendes cómo adoptar un Rol al servicio del Mal lo cambia todo, entonces eres una necia. Te estás vinculando al Imperio del Terror para defender sus leyes y abogar por su causa.
—No quisiera ser tiquismiquis —objeté—, pero las leyes del Imperio son las únicas que hay ahora mismo. Y no finjamos que voy a defender nada que no me dé la gana; si de verdad eres parte de mi alma, deberías saberlo de sobra.
Mi doble se inclinó hacia delante, con una luz ferviente en los ojos.
—Existe otra ley. La que te enseñó el Clero: «Haz lo correcto, defiende lo justo. Protege a los inocentes luchando por el Bien».
—Quieres que sea una Heroína —deduje, sopesando las palabras—. Eso es…
No había excusa. Parecía incluso mayor que yo; no era una niña de diez años a la que se pudiera perdonar creer que el Bien triunfaría al final y todos seríamos felices para siempre.
—No tengo palabras para describir lo estúpida que es esa idea —sentencié fríamente—. Olvidémonos de que mi cuerpo está a un paso de dos Calamidades, y fijémonos en la realidad. Los héroes intentan «liberar» a Callow constantemente.
Di un paso adelante.
—Y nunca funciona.
Di otro paso; era más baja, pero logré cernirme sobre su trono.
—Lo intentan, quizá sublevan a unos cuantos pueblos al sur del Bosque Peren, pero luego mueren. Asesina los atrapa, o las Legiones, o el mismísimo Caballero Negro. Algunos ni siquiera llegan a entrar en Callow antes de que los cacen.
—Tú ya estás aquí —señaló mi doble—. Conoces a Laure, conoces a tu gente. Solo necesitan que alguien alce el estandarte y se unirán a la causa.
—Montarán un motín —corregí—. Y los dispersarán a palos. Y luego mi cabeza quedará de lo más imponente en una pica sobre las puertas de la ciudad.
—¿Esa es tu respuesta? —espetó con los ojos ardiendo de rabia mientras se ponía en pie—. ¿Es demasiado difícil? ¿Tanto que prefieres ser otra herramienta del Imperio antes que hacer lo correcto?
—Estoy a favor de hacer lo correcto —repliqué con sequedad—, siempre que no sea una estupidez. Enfrentarse a las Legiones con una turba es la cúspide de la idiotez. Moriremos y, lo que es peor, no habremos logrado nada.
—Mejor no hacer nada que hacer el Mal —declaró.
«Y ahí fue donde nuestros caminos se separaron», comprendí. La otra, la del pantano, pensaba que bastaría con matar a todos los que merecían morir, pero esa era una mentalidad infantil.
Siempre habría más gente como Kojo: tiranos de poca monta, ebrios de poder. No bastaba con eliminarlos; tenías que cambiar la maquinaria que los sustentaba, los engranajes que les permitían llegar tan alto. De lo contrario, solo dejabas un asiento vacío para el siguiente.
Esta, en cambio, creía que bastaba con ser Buena. Que, por hacer lo correcto, ganarías; los villanos huirían y todo el mundo lo celebraría. Pero la vida no funciona así. A veces no puedes vencer a los malos y la única forma de cambiar las cosas es ser paciente y astuta.
—No hacer nada es peor que hacer el Mal —sentencié, avanzando hacia ella—. Que maten a la gente porque te niegas a ceder… eso es peor que ser malvada. Yo voy a cambiar las cosas; quizá no todas, pero sí las suficientes. Y si para eso tengo que ensuciarme las manos, puedo vivir con ello. No necesito ser una buena persona para crear un mundo mejor.
Abrió la boca, pero yo ya me le había echado encima y mis dedos se cerraron en su garganta.
—No —gruñí—. Ya has hablado bastante. Hemos terminado.
Forcejeó, pero yo luché con más fuerza.
\*\*\*
Por segunda vez en dos días, me desperté en una habitación desconocida.
Con suerte, lo de perder el conocimiento no se convertiría en la tónica habitual de mi servicio al Imperio, porque empezaba a cansarme. La cama era más apta para una familia de cuatro que para mi escuálida figura y, a juzgar por el tacto, me habían arropado con sábanas de seda auténtica. «Vaya, vaya. Estamos muy lejos del orfanato, ¿verdad, Catherine Foundling?». Suspiré y me permití el lujo de disfrutar de las sábanas por un momento, reclinando la cabeza sobre las almohadas y negándome a abrir los ojos. De hecho… me sentía sorprendentemente bien, salvo por el leve latido allí donde me habían mordido durante el sueño.
Mis sentidos estaban más agudos, como si acabara de disfrutar de una noche de sueño reparador en lugar de haber pasado por una visión de dudoso simbolismo. Tras unas cuantas respiraciones, la novedad de los materiales se desvaneció y me incorporé, sobresaltando al sirviente: un joven de rasgos callowanos que vestía la librea del palacio y ordenaba cosas junto a la ventana por la que se filtraba el sol.
—Lady Foundling —saludó con una reverencia, con cara de haber sido pillado con las manos en la masa—. Mis disculpas, no pretendía despertarla.
—Lady Foundling —repetí, divertida—. Qué elegante. Si hubiera sabido que lo único que hacía falta para convertirme en noble era apuñalar a alguien en un sueño, lo habría hecho hace tiempo.
Pareció alarmarse, aunque se esforzó por no mostrarlo.
—Milord dejó órdenes de que se le informara en cuanto despertara, milady —dijo, manteniendo la vista fija en el suelo—. Le ruego que me permita hacerlo. Le han preparado ropa junto al baño.
¿Un baño? No esperaba caer en el regazo del lujo tan pronto tras pasarme al bando de los malos, pero no iba a quejarme.
—Tú —hice un gesto vago con la mano—, ve a hacer eso, supongo.
El joven volvió a excusarse y abandonó la habitación tras otra reverencia.
—Lady Foundling —repetí, riéndome para mis adentros.
El título me parecía más bien una broma de mal gusto que otra cosa. Foundling ni siquiera era un apellido real; era solo el nombre que les encasquetaban a los huérfanos en el registro cuando los abandonaban. Solo en Laure había cientos de Foundlings, y miles en todo Callow. Convertirlo en un tratamiento noble era como vestir de seda a la mona.
La mención del baño, que sonó como música para mis oídos, me puso en pie. Me deslicé fuera de la cama con otro pequeño suspiro de placer. Tendría que investigar cómo conseguir unas sábanas como aquellas si terminara asentándome en algún sitio como Escudera.
Caminé descalza hasta la ventana, quitándome la camisa empapada de sudor con la que me habían acostado. Nunca me había dado por usar vendajes para el pecho; no tenía curvas suficientes para necesitarlos, ya que, fuera cual fuera el progenitor, Tiraithe me había maldecido con su típica complexión delgada.
«Mis padres, ¿eh?». Hacía tiempo que no pensaba en ellos. No tenía ni idea de quiénes eran —o habían sido—; el orfanato no guardaba registros que pudiera cotillear. Me habían abandonado tiempo después de la Conquista, así que probablemente no era la hija de algún soldado caído.
Las vistas desde la ventana eran preciosas: daban a un jardín muy cuidado, con setos esculpidos y flores exóticas. Ya había algunos jardineros trabajando, pero me daba igual que me vieran. Había tenido tan poca privacidad en el orfanato que hacía mucho que había perdido la timidez. Recorrí los cristales con los dedos, disfrutando de cómo el vidrio coloreado teñía mi piel de verde y rojo. «Debe de ser importado», deduje. El Gremio de Vidrieros no hacía trabajos así; nunca había descubierto la técnica para colorear el vidrio, así que probablemente procedía del Principado de Procer, al oeste.
Como el sirviente había mencionado la orden de mi mentor, tras un momento me dirigí a la estancia frente a la cama. Nunca antes había podido usar una bañera de verdad. El baño estaba revestido de paneles de madera y mármol rosa; en lugar de la típica tina de cobre, había una especie de piscina que parecía un baño miezano. No pensé que se hubieran popularizado aquí antes de la llegada de los praesi. Metí la punta del pie en el agua y descubrí que estaba a punto de hervir. Arqueé una ceja. Con suerte, la temperatura se mantenía gracias a un hechizo; de lo contrario, sería un desperdicio de leña.
Me quité los pantalones y los lancé por la puerta. Había bancos de mármol bajo el agua, por lo que me deslicé sobre uno y apoyé la espalda contra el borde. Debía de estar construida para gente más alta, pues el agua me llegaba hasta el cuello. El calor me sentó de gloria; me sumergí por completo solo para sentir cómo me envolvía. Al emerger, me topé con un puñado de frascos de cristal.
Eran transparentes, así que podía ver que estaban llenos de sales y aceites. Agarré el más cercano para olfatearlo: tenía un aroma herbal. «¿Lavanda, tal vez?». Nunca me había interesado la herboristería. Me encogí de hombros y derramé un poco sobre mi espalda, frotándolo y vertiendo algo más en el agua. Unos momentos después apestaba a aquello; se me había ido la mano. Me hundí de nuevo para aclararme antes de decidir que ya había tenido suficiente lujo por hoy. La ropa prometida estaba pulcramente doblada al otro lado de la piscina.
Salí del agua de un empujón y agarré la toalla de lino limpia, examinando con curiosidad lo que me habían proporcionado: unos pantalones de cuero grueso, hechos de la piel de un animal desconocido, y una camisa de lana blanca. La novedad era una chaqueta acolchada que me llegaba hasta las rodillas. Se la había visto a la sargento Ebele; ella lo llamaba gambesón. Los legionarios los usaban bajo la cota de malla para evitar rozaduras. «Parece que pronto me tocará llevar armadura».
Resultó sorprendentemente fácil de poner; estaba diseñada para poder ajustarla sin ayuda. Supuse que sería absurdo que la Escudera necesitara su propio escudero. Para cuando regresé al dormitorio, ya había otro ocupante: el Caballero Negro descansaba en una silla ornamental junto a un escritorio procerano, hojeando un libro con desgana. Levantó una ceja en cuanto me vio.
—Te sienta bien —comentó.
—Es verano —repliqué—. Me voy a cocer viva.
Un momento después, el recuerdo de lo que me había hecho afloró y le señalé con un dedo acusatorio.
—¡Tú! ¡Tú, capullo de mierda! ¡Me apuñalaste!
Pareció pensar en ello un instante antes de encogerse de hombros.
—Solo un poquito —respondió.
Nunca en mi vida había querido pegarle a alguien tanto como a él en ese preciso momento.
—¿Es esa tu respuesta? —espeté—. ¿«Solo un poquito»?
—Y viendo que no estás gritando ni desangrándote por los ojos —mencionó—, diría que fue un éxito rotundo.
—… ¿Era una posibilidad? —pregunté con voz débil—. Podrías haberlo mencionado antes.
—Es verdad —admitió—. Podría.
«Putos villanos», pensé. Aunque ahora yo fuera técnicamente uno de ellos.
—Solo para asegurarme: el pantano y la horda de muertos vivientes… ¿eso es normal, verdad? —pregunté, sentándome al borde de la cama.
Su ceja se elevó aún más.
—¿Un pantano? Qué inusual. Yo tuve que atravesar un laberinto, aunque me han dicho que la experiencia es única para cada persona.
Dioses, era deprimente ver que lo mejor que a mi subconsciente se le había ocurrido era agua estancada y zombis.
—Yo lo consideraría una buena señal —dijo—. Que tu experiencia haya sido de naturaleza marcial significa que las habilidades de tu Nombre deberían ir en consonancia con ello.
—Al menos es algo… —repuse—. Aunque no me siento muy diferente; supongo que aún no soy la Escudera, ¿no?
—Estás a mitad de camino, dentro de lo que cabe medir estas cosas —confirmó—. Hay otros contendientes, pero ninguno debería haber llegado tan lejos como tú.
—¿Otros contendientes? —repetí.
—Cierra los ojos —ordenó—. Concéntrate. Deberías sentir algo en el fondo de tu mente parecido a la sensación de que alguien te observa.
Obedecí. Durante unos instantes no pasó nada, pero un rato después apareció… un rastro. No era como él había dicho; se parecía más a un picor que no estaba exactamente en mi piel, pero que aún me pertenecía. Fruncí el ceño e intenté empujar contra esa fuerza, rebelándome…
—Hay tres —anuncié, abriendo los ojos—. Y una cuarta presencia que no se siente igual.
Asintió, visiblemente satisfecho.
—Mantén la atención en ese vínculo tanto tiempo como puedas a partir de ahora.
—¿Por qué?
—Porque desde este preciso instante —anunció con una sonrisa—, todos ellos buscan matarte.

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GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela)
Capítulo 6
GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 5
Estás leyendo el capítulo 5 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 7 de mayo de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.