Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 3 online gratis en español
🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
Veo que tendré que tomar medidas drásticas para garantizar que haya una conversación inteligente por aquí.
— Maledicta II, Emperatriz del Terror, poco antes de ordenar que les arrancaran la lengua a todos los miembros de la corte imperial.
—¿No vamos un poco mal vestidos para visitar el palacio? —pregunté.
La camisa y los pantalones que me habían dejado en el aposento eran cómodos, pero me inquietaba lo bien que se ajustaban a mi cuerpo. ¿Cómo demonios habían adivinado mi talla? Preferí no meditarlo; ya había tenido suficientes sobresaltos en los últimos dos días. El algodón gris oscuro era de una calidad superior a cualquier prenda que hubiera poseído jamás, pero los invitados del Antiguo Palacio solían preferir la seda y el brocado de oro. Aun así, esperaba poder conservar la ropa tras esta noche, fuera cual fuese la oferta del Caballero Negro.
—La armadura combina con todo —replicó con sequedad.
Seguía vistiendo las mismas placas que la noche anterior. Bajo la luz del día, comprobé que era acero normal y corriente. Podía estar encantada —seguramente lo estaba—, pero no era de obsidiana ni de ningún material exótico que se le atribuyera a alguien de su rango. ¡Ni siquiera la hebilla de su cinturón lucía una calavera! Aquello debía vulnerar alguna regla implícita de su orden. El Nombre era antiguo; el enemigo histórico de los príncipes heroicos que antaño dieron fama a mi patria, y su reputación era, en consecuencia, igual de sombría. Uno no llegaba a ser la mano derecha de quienquiera que ocupase la Torre sin mancharse las manos de sangre.
—Supongo que sí, si pretende apuñalar a alguien —murmuré, buscándole una reacción.
Nada; ni un músculo se movió en su rostro. Se me daba bien leer al oponente durante una refriega; era una habilidad de supervivencia necesaria para llegar lejos en el Foso. Pero fuera de la arena, nunca había sido mi fuerte. Según mi tutor de protocolo, yo padecía una «predisposición natural a la insolencia» que entorpecía cualquier lección.
Aquellas clases siempre me parecieron una pérdida de tiempo, algo que no me sobraba. Entre mis turnos en el Nido de la Rata y los combates en el Foso, apenas tenía margen para las clases de esgrima con el viejo Liam y para el estudio del ecane con una teniente de la Quinta Legión. Además, devoraba cualquier tratado de historia o de estrategia militar que caía en mis manos; no pensaba entrar en la Academia de Guerra para ser la única ignorante de la promoción. Comparado con todo aquello, ¿qué me importaba la diferencia entre tres tipos de cucharas o la forma correcta de pelar una fruta?
Por el rabillo del ojo, noté que nuestra comitiva atraía miradas. En estos tiempos, los habitantes de Laure se encerraban bajo llave en cuanto veían a dos docenas de soldados armados escoltando a alguien. Sin embargo, ya habíamos dejado atrás los barrios bajos y los mercados. Escriba se había quedado en la posada, de modo que solo estábamos nosotros dos junto a la guardia personal del Caballero.
Ascendimos por la Colina de la Reina hasta las amplias avenidas de Whitestone. Esta zona rebosaba de viejas fincas nobiliarias y casas gremiales, todas erigidas con esa arenisca pálida que otorgaba nombre y carácter al barrio. A diferencia del caos de Marketside, Whitestone apenas había cambiado en el último siglo; seguía siendo un lugar abierto y aireado. Todo se debía a que la nobleza había convencido a los antiguos Fairfax para imponer una ley tan ingeniosa como ridícula: cualquier ampliación debía construirse con piedra de la cantera original para no romper la estética. Qué lástima que dicha cantera se hubiera agotado hace cien años. Quienquiera que ideara el truco se creería un genio, pero a mí me parecía un imbécil. Aunque ¿no ocurría siempre así con los de su estirpe?
En cuanto obtenían un título y un par de tierras, empezaban a brotarles ideas curiosas. Como, por ejemplo, mantener una guardia urbana independiente para que la chusma no pisara sus calles. Lo llamaban «milicia ciudadana» porque, de lo contrario, sería ilegal; solo un necio creería que esos matones con cota de malla y tabardo, que patrullaban blandiendo porras, servían a alguien que no fueran sus propios amos.
Eran esos mismos hombres los que ahora nos observaban. Mantenían las distancias, poco dispuestos a buscar pelea con soldados que portaban acero de verdad, pero se congregaban en cada esquina que doblábamos.
—¿Darán problemas? —susurré al pasar frente a una veintena de vigilantes nerviosos.
Ladeó ligeramente la cabeza.
—No —repuso—. Lo más probable es que intenten alertar a sus señores en el palacio. Un esfuerzo fútil, dado que los accesos ya han sido asegurados.
Alcé una ceja.
—Seguro que al menos uno de ellos tiene una amante que trabaje en el servicio —observé con naturalidad—. Conocerán las entradas secundarias.
Me dedicó una mirada teñida de una leve diversión.
—Y la Quinta Legión también habrá tomado esas puertas, Catherine.
Claro que lo habría previsto; era un estratega de renombre, después de todo. Aparté la vista para ocultar un inicio de sonrojo.
—Y aquí llega Sabah —anunció—. Parece que «todo progresa según lo previsto».
Pronunció aquello con un matiz extraño, como si compartiera un chiste privado. No alcancé a verle la gracia, de modo que le dediqué una mirada inquisitiva. No recordaba a ninguna «Sabah», pero la silueta que dobló la esquina en la avenida de la Peonía era inconfundible.
La mujer de piel olivácea, a quien todos llamaban la Capitana, caminaba sin yelmo ni capa, revelando una envergadura imponente. Medía más de dos varas y media de altura y poseía más músculo que cualquier orco que hubiera visto jamás. Su mera presencia bastó para dispersar a los matones que aún merodeaban; ella ni siquiera los miró, directa hacia nosotros.
—Caballero —saludó, para luego dirigirse a mí con una leve inclinación—. Catherine.
Su voz era grave, con ese acento cantarín de los praesi. Le devolví el saludo, observándola con fijeza. Tenía una nariz prominente y unos ojos de un azul profundo, enmarcados por unas pestañas tan largas que resultaban delicadas en un rostro tan rudo. Parecía una leyenda tallada en piedra, una impresión que el enorme martillo de guerra que cargaba a la espalda no hacía más que reforzar. A juzgar por el cabezal de metal, aquella arma debía de pesar tanto como yo.
—¿Orim ya ha apostado a sus legionarios? —preguntó él.
La Capitana asintió.
—No perdió ni un segundo en sellar los accesos al palacio —añadió—. Kojo lleva años en su lista negra.
Comprendí entonces por qué los legionarios a los que servía en la taberna rara vez hablaban bien del gobernador. Ese tipo de animosidad solía filtrarse desde el mando, y el general Orim era una figura amada por sus tropas. «Así que la Quinta Legión custodiaba cada salida...» La verdadera pregunta era: ¿para qué?
Tras mi charla con el Caballero Negro en la posada, intuía que Kojo había caído en desgracia ante la Emperatriz, pero enviar a su mano derecha para un simple relevo de mando parecía excesivo. Una misiva con el sello imperial habría bastado. «¿Acaso la Torre iba a despojarlo de su cargo?» Eso sería ideal. Laure volvería a estar bajo ley marcial hasta la llegada de un nuevo administrador y, con suerte, el próximo ocupante del Antiguo Palacio sería menos codicioso. Pero incluso así, el despliegue de la Legión sugería algo más oscuro. No se movían para revocar un mandato; se movían como si esperaran una batalla.
—Pareces —comentó una voz— estar urdiendo un magnicidio.
Regresé a la realidad para encontrarme al Caballero y a la Capitana observándome con solapada diversión.
—Dijo la sartén al cazo —solté antes de poder frenarme.
El silencio que siguió me heló la sangre. «¡Dioses!» Mi tutor tenía razón: mi lengua iba a cavar mi propia fosa. Sin embargo, la Capitana soltó un bufido que, con suerte, significaba que no me ejecutarían allí mismo.
—No se equivoca —señaló—. Hasta tu rostro en reposo resulta siniestro.
El Caballero Negro arrugó la nariz.
—¿Siniestro? Wekesa es una mala influencia. Con lo respetuosa que eras conmigo cuando nos conocimos...
La colosal guerrera puso los ojos en blanco. Yo apreté la mandíbula para ocultar mi asombro. Había imaginado el encuentro con las Calamidades como algo solemne, no como una sucesión de piques y pullas. Aquello era lo que hacía la gente común, no los villanos de las leyendas. En las crónicas, los malvados solo pronunciaban monólogos grandilocuentes antes de arrojar al héroe a un foso de fieras. Me pellizqué el brazo, temiendo que la curación de Zacharis hubiera fallado y estuviera sufriendo un delirio febril.
Escrutó el cielo y frunció el ceño.
—Debemos partir si queremos llegar antes de que los invitados de ese mequetrefe pierdan el sentido por el vino.
¿Acababa de llamar «mequetrefe» al gobernador imperial?
—Creo que usted es mi villana favorita —confesé con total sinceridad.
Los labios de la mujer se contrajeron en una mueca.
—Deberíamos quedárnosla —le dijo al Caballero—. Hoy en día, todos te tienen demasiado miedo como para criticarte.
—Alguien olvidó informar a Brujo de eso —murmuró—. Pero tienes razón, démonos prisa. Puede que tengamos que degollar a unos cuantos para que el resto recupere la sobriedad.
Un jarro de agua fría me recorrió la espalda. La naturalidad con la que hablaba de matar me devolvió a la tierra. «Son villanos», recordé. Divertidos, sí, pero villanos. Había visto a lisiados pidiendo limosna en Lakeside, hombres destrozados por la Conquista que estos dos habían liderado. «Solo porque odien a las mismas personas que yo no significa que estemos en el mismo bando». No me convenía olvidarlo. Yo me uniría a las Legiones para usar su maquinaria, no para ser un engranaje más del Imperio del Terror.
Seguí sus pasos hacia el palacio mientras la Guardia Negra nos escoltaba en un silencio sepulcral. Resultaba escalofriante; no los había oído hablar ni una sola vez, ni recordaba haberles visto el rostro bajo el yelmo. Se decía que los nobles de Praes cosían los labios de sus siervos, pero aquello me parecían cuentos de viejas. Al fin y al cabo, quienes difundían estas historias eran los mismos que afirmaban que la Emperatriz se bañaba en sangre para conservar su belleza. Qué pérdida de tiempo: llenar una tina exigiría el sacrificio diario de un adulto y, a menos que quisiera ir cubierta de costras resecas, tendría que lavarse con agua justo después. Un sinsentido. Además, la belleza no era un requisito para el trono; el anterior Emperador, Nefasto, había sido un adefesio de nariz torcida.
—He oído que luchas en los fosos —soltó de pronto la Capitana.
La miré con sorpresa. No esperaba que intentara retomar la charla. No obstante, e incluso tras mi desagradable recordatorio de con quién estaba tratando, charlar era mejor que guardar silencio.
—Así es —asentí—. Aunque no sabía que conocieran su existencia.
Ella frunció el ceño y miró al Caballero Negro.
—¿Y por qué no? —inquirió.
—Los fosos de lucha son ilegales bajo la ley de Callow —explicó él.
—¡Vaya! —exclamó con un resoplido—. Pensé que eran como vuestros famosos torneos.
Reprimí un gesto de enfado. Los torneos habían sido prohibidos por decreto del hombre que caminaba a mi izquierda, el mismo que disolvió las órdenes de caballería que fueron el orgullo del Reino.
—Los Fairfax trazaban una línea muy clara entre nuestras «perversas» arenas de gladiadores y sus «virtuosos» torneos de armas —recitó con sorna—. Nada que ver, por supuesto.
La Capitana sacudió la cabeza, incrédula.
—Las vueltas que llegan a dar a veces —comentó.
Aparté la mirada sintiendo que mi calma flaqueaba. Teniendo en cuenta que en Praes aún se sacrificaba gente en altares para propiciar las cosechas, no pensaba aceptar lecciones de moral de ninguno de los dos. Aun así, me sorprendía que el Imperio conociera el Foso. Kojo, era evidente que los conocía, porque la guardia de la ciudad se llevaba una tajada. Pero de ahí a que las Calamidades supieran quiénes combatíamos en las sombras...
—¿Así que Contable también les paga? —pregunté tras aclararme la garganta.
—En cierto modo —asintió el Caballero—. El Foso es, de hecho, propiedad nuestra.
—Si es así, ¿por qué le paga a Kojo? ¿No les restan beneficios?
—Asumes que los intereses del gobernador y los nuestros son los mismos —puntualizó.
«Oh». Me divertía, a mi pesar, imaginar a la Contable siendo exprimida por dos frentes distintos. Ella, que siempre parecía tener a todo el mundo bajo su bota.
—¿Qué más se guardan en la manga? —pregunté.
Me dedicó una sonrisa desafiante. Me mordí el labio, atando cabos.
—No perderían el tiempo con la calderilla si no tuvieran a los peces gordos bajo control —deduje—. Joder. ¿Qué parte del mercado negro es suya, en realidad?
Su sonrisa se ensanchó. Se volvió hacia su compañera.
—Lista como el hambre, ¿no te lo dije?
Ella asintió, estudiándome con una expresión extraña, pero aquel cumplido no bastó para frenar mi curiosidad.
—El Gremio de Ladrones, por descontado —proseguí—. Nunca tocan a los praesi; ahora entiendo por qué. ¿También los contrabandistas?
—Mantenemos una relación profesional con todos los llamados «subgremios» —admitió con naturalidad.
—No lo entiendo. El Imperio es la ley. ¿Por qué querrían trabajar con criminales?
—Asumes que nuestro bando cree que el orden absoluto es siempre el mejor resultado —repuso con tono didáctico—. No tiene por qué ser así.
Me mordí el interior de la mejilla. Supuse que los bajos fondos de Laure verían en ellos a aliados naturales, pero seguía sin tener lógica. Estábamos en territorio imperial; ¿por qué permitir que ladrones y matones operaran en su territorio?
—Los mercaderes a los que roban tienen menos dinero para pagar impuestos —señalé.
A estas alturas, la Capitana parecía haber perdido el interés en la conversación; su mirada se desvió hacia las calles, vigilando el entorno. No podía culparla. Nos habíamos ido por las ramas desde que dejamos de hablar de mis peleas en el Foso.
—Cuando el rey Edward gobernaba Laure —comenzó el Caballero Negro—, el Gremio de los Ladrones ya existía. ¿Correcto?
Asentí. Se decía que los Ladrones estaban allí desde que se puso la primera piedra de la ciudad.
—Y aun así, según entiendo, Edward Fairfax los persiguió con saña. La verdad es que no hay una sola ciudad en Calernia libre de estas actividades.
—¡Eso no es razón para no intentar frenarlos! —protesté—. ¡Si no se hace nada, la situación solo empeora!
—Al contrario —matizó el villano—. Porque cuando un intento de erradicación fracasa, lo único que se consigue es empujar a bandas expertas en las sombras hacia los brazos del primer rebelde que alce un estandarte.
Quise replicar, pero recordé las historias de la Guerra de los Sesenta Años, donde los subgremios ayudaron a Alistair el Zorro contra los invasores.
—Quizá sea cierto para algunos —concedí a regañadientes—, pero los contrabandistas o los garitos no pueden ser una amenaza.
El Gremio de Asesinos sería tan peligroso como el de Ladrones, pero los Contrabandistas solo movían barcos, y los Cobradores se dedicaban sobre todo a gestionar antros: juegos de azar, burdeles, extorsiones y cosas por el estilo.
—Al contrario —corrigió—. Esos dos son la amenaza más importante. Rebelarse requiere oro, Catherine, y dado que el comercio legal está bajo nuestro control, ¿qué fuentes de riqueza quedan?
—El mercado negro—contesté, frunciendo el ceño.
—Eso, y la fortuna privada de los nobles —confirmó—. Es mejor unificar a los subgremios bajo nuestro mando que arriesgarnos a que su dinero acabe en manos de los rebeldes.
Me froté el puente de la nariz; su lógica me daba dolor de cabeza.
—Así que hace un trato con ellos —aventuré—. Ellos no le roban al Imperio y usted hace la vista gorda, ¿no?
—Limitamos a quién pueden robar —concluyó—. Qué mercancías pueden entrar y, sobre todo, quién tiene permiso para morir.
Había una lógica pragmática en todo aquello, pero aun así me erizaba la piel. El Imperio ni siquiera acataba sus propias leyes; los praesi no traían el orden, sino que se limitaban a sistematizar el caos preexistente. ¿De qué servía poseer tal poder si no se empleaba para enmendar las grietas de la Creación?
Rumié aquellas ideas el resto del camino, sumida en un torbellino de pensamientos mientras los villanos me dejaban a solas con mis dudas. Busqué, en vano, alguna forma de cumplir los objetivos del Caballero manteniendo a raya a los criminales, pero no tardamos en alcanzar nuestro destino.
El Antiguo Palacio era la mayor de las dos residencias reales de Laure. Lo definían sus altos arcos y ventanas de granito gris, un material ajeno a las canteras de Callow; las crónicas sostenían que se erigió sobre los restos de la fortaleza volante de una Emperatriz del Terror, estrellada siglos atrás sobre una estructura aún más arcaica. Solo la Catedral de Alban lo superaba en altura, alzándose imponente sobre la ciudad. Atravesamos los estanques y prados que rodeaban la propiedad bajo la atenta mirada de una docena de legionarios que custodiaban el portón principal. No eran la guardia urbana ni los mercenarios de Kojo, sino tropas imperiales, firmes y armadas hasta los dientes.
—Ya que estamos aquí —dije mientras avanzábamos—, ¿puedo saber por fin para qué me han traído?
El Caballero me miró de reojo; sus finos labios se curvaron apenas un milímetro.
—Vamos a plantearle unas cuantas preguntas de cortesía al gobernador —contestó al fin.
Alcé una ceja.
—¿Y yo estoy aquí solo para mirar y callar?
—En absoluto—matizó—. Eres libre de interrumpirnos tanto como quieras.
—Me está poniendo a prueba —acusé.
—La vida es una prueba constante—repuso con naturalidad.
Puse los ojos en blanco.
—Recibo su sabiduría con gratitud, señor —mascullé con sorna.
La Capitana soltó un resoplido divertido, pero la charla murió en cuanto dejamos atrás a los legionarios. Saludaron en silencio mientras recorríamos la avenida hacia el salón central. El palacio nos recibió con un vacío absoluto. Me habría esperado un hervidero de sirvientes, pero no nos cruzamos con un alma. Aunque el murmullo de voces se filtraba por las ventanas, los pasillos iluminados por antorchas parecían desiertos. El Caballero Negro encabezó la marcha, girando en cada esquina sin vacilar. Sabía que no era su primera vez allí.
Fue en este lugar donde pasó a cuchillo al último de los Fairfax durante la Conquista: el asesinato de un bebé de apenas dos años.
En lugar de demorarme en detalles tan lúgubres, observé las esculturas que decoraban las estancias. Muchas procedían de las Ciudades Libres: mármoles pintados que representaban figuras desnudas en posturas imposibles. Demasiado refinadas y ajenas al estilo callowano; otro recordatorio de que los Fairfax ya no habitaban estos muros.
—Hemos llegado —murmuró ante un par de grandes portones de madera.
Tras ellos, el estrépito de risas confirmó que nos hallábamos ante el salón de banquetes; otra joya del Antiguo Reino que ahora era un trofeo en manos del gobernador Kojo. «Aunque quizá», pensé, «no por mucho tiempo».
—Capitana —sonrió—, ¿haces los honores?
En respuesta, la mujer apoyó las palmas contra la madera y empujó. Las puertas se abrieron de par en par, golpeando los muros con un estruendo seco y revelando, por fin, lo que acechaba detrás. Sirvientes aparte, debía de haber al menos cincuenta personas: la corte íntima del gobernador, nobles praesi y capitanes mercenarios, pero también suficientes callowanos como para hacerme rechinar los dientes. Eran maestros de gremio y aristócratas locales que conservaban su estatus a base de lamer la bota imperial.
El salón recordaba a un lupanar ostentoso, un estallido de sedas de importación, armaduras ornamentales y joyas excesivas. Presidiendo la mesa en forma de «U» se encontraba el gobernador Kojo Agrinya, cuyo asiento se alzaba sobre los demás. Al verle, acaricié el pomo de mi cuchillo con el pulgar. No sabía si la sugerencia del Caballero de venir armada había sido una broma, pero agradecía haberle hecho caso.
El murmullo se extinguió. Los ojos de todos se clavaron en el Caballero Negro. Algunos miraron a la Capitana y unos pocos se fijaron en mí. Era lógico: yo era una curiosidad; mis acompañantes, en cambio, eran motivo de preocupación.
—Todos fuera —ordenó en voz alta—. Ahora.
Jamás vi una estancia vaciarse con tal presteza. Pude sentir la misma presión que la noche anterior en el callejón, pero esta vez su voluntad no se dirigía contra mí. Era como nadar al borde de un remolino: sentía la succión, pero no me arrastraba. Sonreí al ver a esos pavos reales, cargados con suficiente oro para alimentar a una aldea, huyendo despavoridos sin pizca de dignidad. Había algo perversamente satisfactorio en ver a los ricos y poderosos de Laure empujándose unos a otros en su huida, moviéndose tan rápido como sus cuerpos les permitían.
—Así que es cosa del Nombre... esa sensación de pavor —comenté con regocijo—. Un truco útil.
Me dirigió una mirada divertida.
—Un uso bastante rudimentario de mi Nombre —matizó—. Pero no voy a negar que, en ocasiones, puede resultar entretenido. —añadió, desviando la vista hacia el último de los invitados que tropezaba al salir.
En menos de treinta latidos, solo quedábamos nosotros cuatro. Observé, por fin, al señor de Laure. La ausencia de cuernos y pezuñas resultó decepcionante. El gobernador Kojo era un hombre alto, de unos cuarenta años, de tez oscura y barba recortada con precisión. Vestía sedas verdes y doradas que juraría que contenían hilo de oro auténtico. Poseía un aire pulido, artificialmente perfecto.
«Claro que, con su dinero, seguro que no le faltan manos para que lo dejen así de presentable».
—Lord Amadeus —saludó, aparentemente impertérrito, mientras se reclinaba con una copa de plata en la mano—. Un placer inesperado. Habría dispuesto un recibimiento adecuado si hubiera sabido de su intención de visitarnos.
El frío en la mirada del Caballero habría detenido el deshielo.
—Son pocas las personas a las que permito usar ese nombre, Kojo Agrinya —dijo con calma engañosa—, y no eres una de ellas.
El gobernador se sobresaltó, aunque recuperó la compostura de inmediato. Tomé nota: algún día yo también haría temblar a los necios sin elevar la voz.
—Ah, por supuesto —se corrigió—. Parece que el vino me ha nublado el juicio. ¿A qué debo el honor de su presencia, milord?
—Los impuestos que le debes a la Torre van con retraso, gobernador.
Kojo suspiró con fingida pesadumbre.
—Como informé a Su más Terrible Majestad, el convoy fue asaltado por proscritos en la ruta a Summerholm. He impuesto gravámenes extraordinarios para subsanarlo, pero los provinciales han resultado ser... obstructivos. Huele a traición.
Recordé las palabras de Escriba en la posada: «Aunque no es que importe mucho, dadas las confesiones». Las piezas encajaban. Sentí una rabia gélida al oírle llamar «traición» al hecho de que mi gente no quisiera morir de hambre, pero recordé que tenía permiso para hablar.
—¿En serio? —intervine con incredulidad—. ¿Esa es su excusa? ¿Bandidos asaltando un convoy imperial? ¡Por el llanto de los Coros! Son forajidos, no suicidas. Saben que estarían rodeados de legionarios antes de que termine el ciclo lunar.
El aristócrata entrecerró los ojos, claramente poco acostumbrado a semejante insolencia por parte de uno de sus súbditos.
—No me importa que recoja perros callejeros, milord, pero quizá debería ponerle un bozal a esta antes de que le arranquen la lengua.
«¡Será…!»
—Vuelva a llamarme perro y le juro que lo estrangularé con sus propios intestinos, maldito praesi —le prometí, con plena intención de cumplirlo.
Se atragantó con su propia indignación.
—¡Tú…!
—¿Callowana? ¿Una don nadie? —interrumpí—. Quizá. Pero le advierto algo: también tengo un cuchillo.
—Yo que tú, me tomaría la advertencia en serio, Kojo —comentó Caballero a mi lado, indiferente—. Solo la conozco desde hace un día, y ya tiene un cadáver en su historial.
No estaba ayudando en absoluto, y probablemente ni siquiera lo pretendía, pero se me escapó una mueca de satisfacción. Kojo arrugó la nariz.
—Levantarle la mano a un gobernador imperial conlleva el descuartizamiento, muchacha. Su osadía no impresiona a nadie.
—A menos, claro —puntualizó el Caballero con suavidad—, que dicho gobernador haya cometido traición.
El gobernador se quedó petrificado.
—…Esa es una acusación grave —respondió al fin—. Hacerla a la ligera tendría consecuencias.
—¿Ah, sí? No recuerdo haber dado nombres —ronroneó el villano—. Pero supongamos que un gobernador informara a la Torre de que sus impuestos habían sido robados; es posible que a la Emperatriz le picara la curiosidad y enviara a alguien a investigar.
—Parece razonable —intervine con una sonrisa gélida—. No me imagino que acepte de buen grado que la engañen.
—Malicia tiene poca paciencia con quienes se cruzan en su camino, y menos aún con los que lo hacen de forma tan burda —coincidió—. Ahora, imagina que encontraran a algunos de esos bandidos y que, tras ser... motivados adecuadamente, contaran una historia. ¿Adivinas cuál sería, Catherine?
—Que alguien les pagó para asaltar el convoy y les facilitó la tarea —dije, dejando que las palabras fluyeran—. Alguien que luego se quedaría con la mitad del oro.
El Caballero le dedicó al gobernador una sonrisa afilada.
—Demasiado lista para ser un perro, me parece a mí.
Me acerqué a una de las mesas, tomé una jarra de vino y me serví un trago en una copa vacía. No iba a mentirme: disfrutaba de cada segundo de aquello. Era el pago por todas las raciones a medias que nos habían servido en el orfanato con la excusa de la subida de precios; por cada vez que había visto a la guardia de la ciudad maltratar a un tendero por un retraso en los tributos. Y, sobre todo, por lo cerca que había estado de morir la noche anterior.
—Se puede obligar a los plebeyos a decir cualquier cosa bajo tortura —dijo Kojo al fin, encogiéndose de hombros—. Quizá convenza a la Emperatriz para que me destituya, pero ¿más allá de eso?
Apoyó la barbilla en la palma de la mano, haciendo tintinear sus pendientes.
—Será divertido, Duni, verle intentar convencer a un tribunal de mis iguales de que la palabra de unos plebeyos callowanos basta para encarcelarme.
Fruncí el ceño, ignorando qué significaría aquel apelativo, antes de tomar un trago de vino: era afrutado y fuerte, probablemente de origen extranjero. Chasqueé la lengua. Debí figurarme que el bastardo solo consumía productos importados. Aun así, Kojo no erraba en lo que respectaba a sus derechos; yo había leído lo suficiente sobre el Imperio de Praes para saber que a la Emperatriz no se le permitía ejecutar a los nobles a su antojo. Ante una acusación de tal calibre, el reo tenía derecho a comparecer ante un tribunal de pares. Aquello no protegía a nadie del veneno o de una daga traicionera, claro, pero el Caballero Negro no había entrado aquí como un asesino en la noche. Supuse que esa era su última esperanza: que hubiera venido en visita oficial y no como el Señor de la Carroña en plena limpieza.
Sin embargo, mi acompañante no era ningún necio. No se habría presentado con tal aplomo si Kojo fuera a escapar con un simple reproche. Decidí ser paciente para ver cómo se le borraba la suficiencia de la cara al traidor.
—La Emperatriz tiene un interés personal en este asunto—sentenció—. No hay necesidad de un juicio cuando la sentencia ya ha sido dictada.
—Eso sería vuestra ruina, imbécil. Mi tío pondría a los Lores de Credent en pie de guerra en cuanto se corriera la voz; os aseguro que un levantamiento contra semejante extralimitación está asegurado —espetó el gobernador antes de sonreír, revelando una dentadura perfecta—. Mi vida no vale tanto, ni siquiera para alguien tan sanguinario como tú.
—¿En serio? —me mofé con una carcajada—. ¿Esa es su defensa, gobernador? «¡Esperen a que mi tío se entere, se van a meter en un lío!».
—En parte tiene razón, Catherine —repuso el Caballero—. O la tendría, si al Alto Lord Dakarai no lo hubieran repudiado formalmente de la Casa Agrinya esta misma mañana.
Fue la segunda vez que vi al gobernador quedar petrificado, rígido como una tumba, y resultó tan satisfactorio como la primera.
—Estáis locos… —declaró, con voz trémula.
Podía sentirlo en el aire, igual que él: su final acechaba en las sombras de la sala.
—Siempre es un tema digno de debate, te lo aseguro —replicó el Caballero Negro con una sonrisa gélida—. En realidad, estoy sorprendido. Tu astucia nunca fue destacable, ¿pero esto? Has cometido traición por oro y ni siquiera tuviste la decencia de ofrecerle su parte a tu tío. ¿Cómo pensaste que terminaría?
—¡Conmigo como Canciller! —escupió—. Es solo cuestión de tiempo que uno de nosotros reclame el Nombre, maldito advenedizo. No puedes destruir un Rol.
—Tampoco puedes comprarlo —rebatió el Caballero—. Aunque eso poco importa ya. Dígame, Catherine, ¿cómo debería un gobernante lidiar con la traición?
Me encogí de hombros, sintiendo el peso de la mirada del gobernador sobre mí.
—Tengo entendido que la política imperial menciona algo de cabezas y picas —reflexioné en voz alta—, aunque a mí siempre me ha parecido una medida inútil. No es como si pudiera distinguirse de quién era la cabeza tras unas semanas bajo el festín de los cuervos.
Kojo enderezó la columna con lentitud, obligando a sus manos a dejar de temblar.
—Está bien —escupió con desprecio—. Me habéis atrapado. Que así sea. A diferencia de vosotros, perros mestizos, un hombre de buena cuna sabe enfrentarse a su fin con dignidad. Traedme el cofre de caoba de mis aposentos; beberé el extracto de espino albar con mi vino.
El Caballero Negro se echó a reír; una risa afilada que cortaba el aire.
—Me temo que no acabas de entender la situación —sonrió—. Ahora nos perteneces: tu vida, tu muerte... eres nuestro. Y no tendrás una muerte pulcra sentado en tu trono. Te espera la horca, gobernador de Laure.
Y con una orden silenciosa de la Capitana, la Guardia Negra se desplegó. Kojo intentó levantarse con los ojos desorbitados, pero antes de que pudiera apartar su silla, un par de soldados ya lo sujetaban por los hombros.
—¡NO! —gritó—. ¡CABALLERO, NO PODÉIS! ¡NO OS ATREVERÍAIS! ¡LA HORCA NO…!
Lo sacaron a rastras de su propio salón, con sus gritos de protesta resonando por los pasillos mucho después de que desapareciera. Tras su partida, el silencio se adueñó de la estancia. Allí nos quedamos, el mayor monstruo de nuestra era y yo, en el mismo lugar donde él acababa de orquestar la muerte de un hombre al que yo había odiado mucho antes de saber qué era el odio.
Deposité mi copa. Al verla aún medio llena, sentí una breve punzada de remordimiento por el desperdicio, aunque, considerando los manjares que quedaban en las mesas, yo no era la mayor culpable de la noche. Mis ojos se cruzaron con una mirada verdosa, calmada y paciente.
—Bien —dije—. Supongo que ahora es cuando me explica en qué consiste su oferta.

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GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela)
Capítulo 4
GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 3
Estás leyendo el capítulo 3 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 26 de marzo de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.