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Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 2 online gratis en español

🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
Antes de emprender el camino de la venganza, cava dos tumbas: una para el necio y otra para su insufrible parentela. — Vindicativo I, Emperador del Terror Al despertar, tardé unos segundos en situarme. «Cierto, me trajeron a una posada porque les dije que no quería regresar al orfanato», recordé. Gran parte de lo ocurrido la noche anterior era ahora un recuerdo borroso. Al verme a solas, me permití el lujo de remolonear un rato entre sábanas suaves, en una cama que doblaba el tamaño de la de mi dormitorio. Los praesi no habían elegido el lugar más caro de la ciudad, pero tampoco habían escatimado. El sol que se filtraba por las persianas indicaba que era tarde; debía de haberme pasado durmiendo la mayor parte del día. «¿Quién me iba a decir que rajar cuellos agotaba tanto?»_._ Intenté que el pensamiento sonara a reproche, pero al buscar algún rastro de arrepentimiento por lo que había hecho, no hallé nada. Cuando las sábanas empezaron a agobiarme, me incorporé y me pasé una mano, todavía pesada, por el cabello. Era un desastre: los mechones se habían enredado por completo durante la noche. No lograba quitarme de la cabeza lo sucedido y, cuanto más vueltas le daba, más me chirriaban ciertos detalles. El Caballero Negro. El gobernador general de Callow. ¿De verdad le habría costado tanto castigar a dos guardias de tres al cuarto? Ahora que el fragor del momento se había disipado, las dudas empezaron a asaltarme. ¿Me habían empujado a quitar esas vidas? No alcanzaba a comprender por qué un Villano querría algo así, pero ¿quién sabía por qué los Nombrados hacían lo que hacían? «No importa. Saberlo no cambia el pasado. Fue mi elección y la hice por mis propios motivos». No estaba segura de si mis actos habían sido justos, pero incluso bajo la fría luz del día no creía haberme equivocado. Me acerqué al cuenco junto a la cama para lavarme la cara. El agua tibia terminó de espabilarme y, mientras buscaba el paño para secarme, lo vi: un cuchillo enfundado que reconocí al instante. Recordaba vagamente haber intentado devolverlo la noche anterior y que me habían dicho que ahora me pertenecía. No sabía muy bien cómo sentirme al respecto. Bueno… ¿y ahora qué? Estaba famélica, así que, ya puestos, lo primero sería ver si podía sacar algo de comida gratis de todo esto. No me daba la impresión de que el asunto hubiera terminado, pero ¿qué más podría querer de mí el mismísimo Señor de la Carroña? «No, así no es como debo pensarlo». Si él quería algo, lo obtendría; yo no tenía el poder para impedírselo. En lo que debía centrarme, en cambio, era en qué podía sacar yo de este lío. No volvería a cruzarme con alguien tan alto en la jerarquía del Imperio en mucho tiempo, por lo que necesitaba encontrar un ángulo antes de que fuera demasiado tarde. Había pagado esta oportunidad con sangre; más me valía hacer que contara. Recordaba haber oído que su influencia en la Academia de Guerra era inmensa, lo cual tenía sentido: era el comandante supremo de las Legiones a las que los cadetes aspiraban a ingresar como oficiales. Si jugaba bien mis cartas, quizá podría convencerlo para que me consiguiera una plaza en la matrícula de primavera o, al menos, para que me llevara hasta Ater gratis, ya que tenía ahorrado lo justo para cubrir las tasas. El único obstáculo restante era el papeleo: cualquiera que viajara de Callow a Praes necesitaba documentos. Pero en eso, por una vez, ser huérfana jugaba a mi favor. Los orfanatos de Laure eran instituciones imperiales, así que todas estábamos registradas en la oficina del gobernador. La mayoría de los callowanos no figuraban en los registros; obligarlos tras la Conquista habría provocado el tipo de disturbios que el Imperio prefería evitar, aunque con los años se volvía algo común. Existía todo tipo de restricciones laborales para quienes no aparecieran en los censos. Muchos de la vieja generación mascullaban entre dientes que tener tu nombre escrito en los pergaminos imperiales solo traería desgracias y, sinceramente, no estaba segura de que se equivocaran. Había servido suficientes copas a suficientes legionarios como para saber que todos estaban siempre a un paso de prenderle fuego a la ciudad entre carcajadas. Aun así, aquellos registros se habían inventado para la gente de Ater, la capital. Por lo que sabía de los nobles que residían en la Ciudad de las Puertas, no eran el tipo de personas que querrías que supieran tu nombre. Incluso los propios praesi hablaban de ellos con desconfianza. Mientras inspeccionaba mi reflejo en el espejo de cobre de la pared, noté que mi blusa seguía manchada. Había motas rojas ya secas en la tela azul, con el patrón del rociado de sangre que poco antes había sido la vida de un hombre; no tenía intención de salir a la calle con semejante prueba sobre los hombros. Sin embargo, parecía que los praesi habían pensado en todo. Sobre la cómoda, encontré una camisa gris de manga larga y unos pantalones cuidadosamente doblados. Me cambié sin prisa y me calcé las botas antes de salir, postergando el momento por pura aprensión. Sabía que era un mal hábito, pero dadas las circunstancias, estaba dispuesta a permitírmelo. Un corto tramo de escaleras me condujo a la sala común. Estaba desierta, lo cual resultaba extraño a esas horas del día. Debería haber viajeros llegando a la ciudad y clientes habituales apiñados en sus mesas de siempre. Laure había decaído mucho desde sus días de gloria, pero en pleno verano y recién pasado el solsticio, una posada de esta categoría debería haber estado a rebosar. Tampoco había ni rastro del posadero; solo una mujer solitaria sentada a una de las mesas junto al hogar. Tenía una pila de documentos a su alrededor y escribía sobre un pergamino, mojando la pluma con una regularidad mecánica. No levantó la vista mientras yo bajaba, como si no me hubiera oído. —Toma asiento —indicó la desconocida con calma, sin apartar los ojos de su tarea. …O tal vez sí me había oído. Ocupé la silla frente a ella, sin saber muy bien qué paso dar a continuación. —El posadero vendrá en un momento con el desayuno —añadió. Asentí, y al instante me sentí estúpida al recordar que no podía haberme visto. —Soy… —empecé. —Sé quién eres, Catherine Foundling —me interrumpió. Alcé una ceja. —Esto no se está volviendo molesto para nada —solté con sarcasmo—. ¿Y cómo debería llamarte? —Escriba. «Joder, joder, joder». Aquello no era un nombre, sino un Nombre. «Nota mental: ¡Por esto no hay que ser impertinente con los extraños!». En las crónicas, la Conquista se atribuía a las Cinco Calamidades: el Caballero Negro, el Brujo, la Capitana, la Cazadora y el Asesino. La mujer que tenía delante no era ninguno de ellos, y su Nombre no figuraba en las leyendas del mismo modo que el de la Cazadora o el de Brujo; supongo que ser la Escriba no se prestaba precisamente a gestos espectaculares. Pero tampoco era una desconocida. La Escriba, también llamada la Tejedora. Se decía que seguía al Caballero como una segunda sombra, ordenando el caos tras sus victorias para que el Imperio funcionara como un reloj. Tenía ojos y oídos en todas partes; sus agentes rastreaban hasta el último secreto. Tenía ante mí, posiblemente, a la mayor jefa de espías en vida. Pensándolo bien, me sorprendía no haberla visto anoche. ¿No se suponía que no se separaba del Caballero Negro? En cualquier caso, cerré la boca y me hundí en la silla, deseando no haberla irritado antes. El nivel real de autoridad de Escriba en el Imperio variaba según a quién preguntaras, pero nadie dudaba de que caerle en gracia era una necesidad, y ganársela de enemiga, una sentencia. El posadero entró en la sala con un plato humeante de huevos, judías y salchichas, rompiendo aquel silencio incómodo; bueno, incómodo solo para mí; a ella no parecía afectarle lo más mínimo. El hombre deslizó el plato frente a mí con una sonrisa ensayada. —Milady —me saludó, para luego volverse hacia la otra mujer con una reverencia—. Lady Escriba, ¿seguro que no puedo ofrecerle un té o algo de vino? —Sí. Me consoló ver que yo no era la única por la que no pensaba levantar la vista. El hombre se retiró a la cocina tras otra inclinación respetuosa, dejándome a solas con mi primera comida del día. No era un manjar sofisticado, pero estaba fresco y yo estaba famélica; en ese momento, me supo a gloria. Para cuando terminé con la última salchicha, Escriba estaba rematando su tarea; firmó al pie del pergamino con una floritura antes de apoyar la pluma en el tintero. —Caballero volverá dentro de una hora —dijo por fin—. Quiere hablar contigo. No respondí de inmediato. En parte, no estaba segura de qué sentir ante el hecho de que el Villano más famoso de nuestra era quisiera hablar conmigo de nuevo; pero, sobre todo, es que estaba estudiando a la mujer. Tenía un rostro anodino, los dedos manchados de tinta y una figura menuda. Carecía de esa presencia arrolladora que el Caballero Negro y la Capitana habían desprendido la noche anterior; esa forma de llenar una estancia por el simple hecho de estar en ella. Habría dudado incluso de que poseyera un Nombre de no ser por la facilidad con la que me había detectado antes. Entonces me percaté de algo que me heló la sangre: no podía recordar de qué color era su pelo, a pesar de haberlo mirado fijamente hace poco. Tragué saliva con dificultad. Un Nombre no tenía por qué estar ligado a la espada para ser peligroso. —¿Alguna idea de qué quiere tratar? —conseguí decir. —La matrona de tu orfanato ha sido notificada de que sigues con vida —repuso ella, ignorando mi pregunta por completo—. Empezaba a preocuparse. Solté un gruñido gutural, vagamente agradecido. No me caía mal la matrona Nelter, aunque sus sermones me sacaran de quicio. No aprobaba que trabajase en El Nido de la Rata, desde luego, y le habría dado un síncope de saber que peleaba en el Foso; pero, por otra parte, la «Casa del Cieno» tenía fama de preparar a sus protegidas para oficios más glamurosos que servir copas. Muchas salían de allí con educación suficiente para aprender un oficio o para ser tutoras de los hijos de nobles. El hecho de que se tomara la molestia de darme la vara significaba que, a su manera, yo le importaba. Escriba dio por zanjada la conversación; extrajo un pergamino nuevo de la pila y mojó su pluma. La incomodidad de estar sentada frente a una mujer que probablemente podría ordenar mi ejecución con una sola frase era asfixiante, pero al menos no duró mucho. Estaba a mitad de una taza de té —del bueno, de Ashur, no las hojas rancias que traían de Mercantis— cuando el mismísimo Señor de la Carroña entró en la sala común. Fuera, vislumbré a su guardia personal flanqueando la calle, lo que aclaró el misterio de por qué el lugar estaba desierto. —Buenas tardes, Catherine —me saludó con ligereza—. Escriba. —Caballero —replicó ella. Tuve que reconocerle el mérito por las agallas que hacían falta para ningunear a un hombre como él por un simple trozo de papel. —¿Los has encontrado? —preguntó, acostumbrado, al parecer, a su indiferencia. —Sí. Al este del Bosque Peren. He reducido la búsqueda a dos aldeas, aunque no es que importe mucho tras las confesiones. ¿Y Capitana? —Está hablando con Orim. Se me escapaban los detalles del intercambio, pero ese último nombre sí lo reconocí: el general Orim —u «Orim, el Huraño», como le apodaban sus legionarios— era el comandante de la Quinta Legión, la guarnición de Laure. Terminé mi té en silencio, esperando mi turno. —Catherine —prosiguió el Caballero, volviéndose hacia mí—. Tú… —hizo una pausa mientras me escrutaba el rostro—. Parece que tienes una pregunta —concluyó. Hice una mueca. Iba a quedar como una estúpida, pero en este mundo conviene tener ojo para estas cosas. Era como cuando todo el mundo sabe que si cinco personas se adentran en un bosque a buscar algo, tienen más probabilidades de éxito que cualquier ejército; o que quienes alardean a voz en grito de haber invocado a los Dioses suelen morir de las formas más irónicas posibles. Las historias tienen sus propias reglas. —Esto va a sonar un poco extraño —admití—. Pero he oído demasiados relatos y creo que es necesario preguntarlo. Podría ahorrarnos muchos problemas más adelante. Él enarcó una ceja y guardó silencio. —Así que… bueno, solo para estar segura… —tosí contra mi puño—. No serás, por casualidad, mi padre perdido, ese que me dejó en un orfanato para protegerme de sus enemigos, ¿verdad? No parecía probable. ¿El Señor de la Carroña y una tiraithe? Imposible. Pero el silencio absoluto que mantuvo el Villano durante un instante hizo que el corazón se me subiera a la garganta. Y entonces, para mi leve horror, le arranqué una carcajada al monstruo. Fue una risa franca, de esas que nacen en el estómago, lo cual resultaba inquietante viniendo de un hombre tan comedido. Vale, mensaje captado: seguía siendo huérfana. «Gracias al Cielo por eso». Aun así, eso significaba que volvía a no tener ni idea de por qué se había interesado por mí. —No —respondió al fin—. Me temo que no tuve nada que ver con tu concepción. Además, uno nunca es lo suficientemente mayor para lidiar con mi clase de enemigos. —Me lo imagino —solté, aunque en realidad no podía. No se me ocurrían muchas personas capaces de inquietar al hombre sentado frente a mí. Solo quedaba una duquesa en Callow, y la mujer no quería saber nada del resto del país. La idea de que Kegan de Tirglas liderase una rebelión era de chiste, y no quedaban otros nobles con suficiente peso como para que una revuelta cuajara. ¿El Primer Príncipe de Procer, tal vez? Su guerra civil había terminado hace tres años; probablemente ya estarían echando el ojo a sus vecinos de nuevo. Mientras me perdía en mis conjeturas, el Caballero Negro apartó un montón de papeles de la silla junto a Escriba —ignorando olímpicamente su mirada asesina— y se sentó tras dejarlos sobre la mesa. El posadero regresó con una copa y una botella de vino para el Villano, y se echó a la retirada en cuanto recibió las gracias. —Ya que hablamos de enemistades —comentó—, me interesa saber tu opinión sobre el mandato del gobernador Kojo. Lo miré con suspicacia. —Me han dicho que la mayoría de las palabras que usaría para describirlo no son adecuadas para una dama —respondí. A él le pareció divertido el comentario. —¿Y lo eres? —sonrió—. Una dama, quiero decir. Solté un bufido. Así que quería hablar del gobernador Kojo, ¿eh? Podía hacerlo. Quizás no le gustara lo que tenía que decir, pero no me iba a morder la lengua. —No me necesita para saber que le odian a muerte —respondí con franqueza—. Los rumores dicen que durante su primer mandato no estaba mal, pero hoy en día es una plaga. —El sentimiento popular en Laure siempre ha sido difícil de gestionar —observó—. ¿Y su relación con los gremios? Teniendo en cuenta que esto no podía ser nada que los Ojos del Imperio no le hubieran contado ya, me pregunté si no sería una especie de prueba. Pero ¿una prueba para qué? Me encogí de hombros. —Con la cantidad de oro que les ha estado arrojando a los maestros de gremio, lo suyo es un romance —repliqué—. Los pocos que no quisieron saber nada de él sufrieron «accidentes», y sus sustitutos resultaron ser mucho más cooperativos. Apreté los dientes mientras una punzada de ira burbujeaba en mi interior. —Ni siquiera se molesta en ser sutil —mascullé—. Tara Goldeneye, que dirigía el Gremio de las Especias, le dijo que preferiría arruinarse antes de aceptar sobornos. Una semana después, se «ahogó» en una bañera que apenas tenía un dedo de agua. Y ni me hable de la guardia de la ciudad. Una parte de mí sabía que aquello era una imprudencia; me estaba quejando de un gobernador imperial ante la mano derecha de la Emperatriz. Sin embargo, no hubo ni rastro de desaprobación en su rostro. Además, era sabido que la Quinta Legión —la guarnición de Laure— se llevaba como perro y gato con la guardia local. Existía la posibilidad de que, como comandante de las Legiones, el Caballero Negro sintiera lo mismo. Y si hubiera la más mínima posibilidad de que mis palabras ayudaran a destituir a Kojo… —Han perdido el respeto de la ciudad —sugirió. —Hacen lo que se supone que deben hacer, en la mayoría de los casos —concedí—. Pero es un secreto a voces que también se encargan del trabajo sucio del gobernador, y que se ponen violentos a la hora de cobrar los impuestos extraordinarios. —Ah, sí… sus famosos impuestos —comentó—. Han causado bastante revuelo en Ater. —Curioso cómo todos son «temporales» pero luego, misteriosamente, nunca desaparecen. Los impuestos eran, en realidad, la razón principal por la que Kojo era tan odiado. Todo el mundo esperaba que cualquier praesi nombrado gobernador intentara convertir a Laure en su feudo personal; pero tras la primera década de las Legiones al mando, la gente se había acostumbrado a que el mandatario de turno fuera imparcial. Mientras no armaras jaleo ni cometieras un crimen, a los legionarios les traía sin cuidado lo que hicieran los callowanos. Pero Kojo metía las narices en todo, y tras su nariz solía venir una mano dispuesta a rebañar oro. El precio de la comida no había dejado de subir, y la mercancía que no contaba con el visto bueno de los gremios sufría aranceles abusivos. Más que ser injusto, lo que más me enfurecía era lo estúpido que resultaba. Todo el mundo coincidía en que Laure no movía ni de lejos tanto negocio como hacía una década. El gobernador estaba tan centrado en exprimir la ciudad que no se daba cuenta de que la estaba asfixiando. —Es una soberana estupidez —coincidió el Caballero Negro, haciéndome sobresaltar. ¿Acaso podía leer mentes, o lo había dicho en voz alta? —Tu cara me lo ha dicho todo —reveló. Mi pulso se aceleró. No estaba segura de que me dijera la verdad, pero me estaba dando la razón. ¿Por qué? ¿Acaso no era mejor para el Imperio recibir más oro, independientemente de cómo se recaudara? Incluso si la situación estallaba, la Legión bastaría para sofocar la revuelta. Tenía una docena de preguntas en la punta de la lengua. Hasta ahora había sido razonable, casi amistoso, pero no convenía olvidar que el hombre que tenía enfrente había puesto de rodillas a todo un reino. El mismo en el que yo vivía. Quizá otra chica hubiera pensado que su forma de sonreír significaba que era un aliado, pero yo no tenía amigos como para confundirlo con uno. Aun así, sentía ese viejo hormigueo bajo la piel: la necesidad de saber el porqué en lugar de conformarme con un «así son las cosas». Él había convertido esto en una conversación, ¿no? Podría haber sido un interrogatorio, pero se había tomado la molestia de evitar que fuera unidireccional. Al final, decidí morder el anzuelo. —Si es un idiota —pregunté, en contra de mi sentido común—, ¿entonces por qué sigue siendo el gobernador? El rostro del Caballero no cambió, pero percibí una clara satisfacción. El tipo de placer que siente alguien cuando se le da la razón. —No se esperaba que Kojo Agrinya llegara a nada aquí —reveló—. Fue un nombramiento puramente político. —La Emperatriz quería recompensarlo por algo —adiviné—, así que le dio las llaves de la ciudad más rica de Callow. —No fue una recompensa —rebatió—. Fue un soborno. Es el sobrino del Alto Lord Dakarai de Sose y, tras la Conquista, necesitábamos apaciguarlo. Parpadeé, estupefacta. —¿Apaciguarlo a él? —exclamé—. ¡Es la Emperatriz! —Un título no implica necesariamente tener poder —replicó con calma—. Si la matrona de tu orfanato se pusiera una corona y se autoproclamara reina de Laure, ¿acaso eso le otorgaría autoridad sobre la ciudad? —Supongo que es una pregunta retórica —solté con aspereza—. Sería la receta perfecta para acabar en la horca. —Pasa lo mismo con la Emperatriz del Terror Malicia —aprobó, visiblemente animado con el tema—. Aunque su mandato es absoluto en teoría, en la práctica, los Altos Lores pueden convocar fuerzas tres veces superiores a las Legiones y poseen tesorerías que dejan a la suya en evidencia. Sin el respaldo de una coalición, su autoridad no es más que una fantasía cortés. Su tono no era distinto al de los tutores del orfanato cuando hablaban de su tema favorito, lo cual resultaba… extraño. La imagen de académicos de mediana edad no encajaba con el Villano que tenía delante. —¿Así que necesita tener a todos los Altos Lores de su lado? —inquirí. Una sonrisa sardónica asomó a sus labios. —Eso sí sería toda una proeza, teniendo en cuenta que se odian entre ellos casi tanto como la odian a ella —repuso—. No, simplemente necesita tener un número suficiente bajo control para que el resto piense que una rebelión no vale la pena. —Y la mejor forma de ponérselos de su lado es darles una bonita ciudad callowana para que la cosan a impuestos. —Fruncí el ceño—. Aunque eso signifique que los que vivimos en ella tengamos que aguantar a un bastardo como Kojo. —Más o menos —asintió—. La Torre recibe la mitad de lo que él recauda, lo que ha supuesto un flujo de oro mucho mayor de lo previsto desde hace casi una década. Durante un par de años se pudo ignorar, pero la situación no ha cambiado. —¿A la Emperatriz no le gusta recibir más dinero del esperado? La mirada del Caballero Negro se volvió gélida. —El dinero no crece en los árboles, Catherine. De ahí que haya empezado a preocupar el estado de Laure bajo semejante carga. —Os preocupa estar estrangulando a la gallina de los huevos de oro —concluí, asintiendo para mis adentros. —Eso es parte del problema, por supuesto —admitió con un gesto indolente—, pero, en última instancia, es un tema menor. La mayor preocupación es que fomenta el descontento. —No es que la idea de la Quinta Legión sofocando una revuelta no sea de por sí espeluznante —objeté—, ¿pero no están precisamente para eso? Hice una mueca, inquieta por lo fácil que me resultaba adoptar la mentalidad imperial. Planeaba alistarme en las Legiones, sí, pero con la idea de ascender lo suficiente para evitar precisamente aquello de lo que estábamos hablando. El Caballero Negro se sirvió otra copa y me ofreció más en silencio; negué con la cabeza. No es que me desagradara el vino, pero sabía que sería una locura enfrentarme a este hombre sin tener la mente lo más despejada posible. Aun así, viendo lo mucho que bebían los praesi, me sorprendía que fuera solo por su segunda copa. —¿Y qué sentido tendría eso? —replicó—. Los ahorcados no pagan impuestos. No comercian ni trabajan. Además, habría consecuencias. ¿Debería o no debería? «Qué demonios, no sería lo más insolente que le había soltado hasta ahora». —No pensé que la muerte de unos callowanos fuera algo que le quitara el sueño, señor —me atreví a decir, esforzándome por mantener un tono cortés. Una cosa era tentar a la suerte tirándole de la cola al dragón y otra, muy distinta, escupirle a la cara. —Detesto el desperdicio —contestó sin inmutarse ante la acusación de genocidio—. Y aniquilar a los rebeldes solo hace que el resentimiento se vuelva clandestino. —Bebió un sorbo antes de continuar—: Además, Catherine, el verdadero problema tiene un alcance distinto. Imagina dos naciones de población equivalente. Una anexiona a la otra, pero carece de legitimidad real más allá de la fuerza. ¿Cómo evita la nación conquistadora que la otra se rebele? Me pregunté por qué evitaba mencionar a Praes y Callow, dado lo obvia que era la analogía. ¿Distanciamiento, tal vez? Supuse que le resultaba más fácil hablar de «medidas desagradables» si no se refería directamente a mis compatriotas, aunque era una pantalla de humo muy endeble. —Usando a las Legiones… quiero decir, usando el ejército para apretar las tuercas a cualquiera que se pase de la raya. Atízales el tiempo suficiente y terminarás por quitarles las ganas de pelear —dije tras un momento. Supuse que era más fácil gobernar cuando eras malvado; cuando no tenías que preocuparte por la justicia y nadie fruncía el ceño si resolvías los problemas con un asesinato. —Ah, gobernar a través del miedo —contempló—. Eso funciona, hasta cierto punto. Es un equilibrio delicado: haz que te teman lo suficiente para no sublevarse, pero no tanto como para que sientan que no tienen nada que perder. Por eso, cuando alguien empuja al pueblo a ese nivel de desesperación, es necesario intervenir. Todo encajó en mi mente como uno de esos rompecabezas de metal que se vendían en el mercado. —Kojo —susurré. —Si la despojamos de sus floridas justificaciones, la política básica del Imperio es, en esencia, usar a Callow —expuso el Caballero—. No abusar de él. El gobernador está haciendo más daño del que cree. Intenté que el asco no se reflejara en mi cara. No obstante, aunque fuera una política malvada, al menos no era estúpida. Preferiría mil veces a un monstruo competente que a un idiota ruin. —¿De veras cree que las revueltas podrían extenderse? —La clave para que el Imperio mantenga el control sobre Callow no es el miedo, Catherine; es la apatía —me explicó con una calma aterradora—. Mientras la gente pueda ocuparse de sus asuntos y vivir sus vidas sin demasiados sobresaltos, ¿qué más les da a quién van a parar sus impuestos? El gobernador está logrando que a la gente le vuelva a importar quién los gobierna, y eso es extremadamente peligroso. —Ya veo…Eso explica muchas cosas, la verdad —admití. Entendía ahora por qué las Legiones, bajo su mando, eran tan poco intervencionistas en comparación con el mandato de Kojo. Yo había atribuido los roces entre legionarios y guardias corruptos a una decencia básica, pero estaba claro que había mucha política tras bastidores. —Pero hay un peligro más profundo, y es el motivo por el que he venido personalmente —añadió, tras un momento. Alcé una ceja, curiosa, pero decidí que ya había presionado bastante por hoy. Tenía la sensación de que ya me había dado cuerda suficiente para colgarme. —Piénsalo como si fuera una historia —dijo en voz baja—. Una ciudad, antaño capital de un reino próspero, ahora oprimida. Su gente está aplastada bajo el yugo de una carga injusta y no hay esperanza a la vista. Entra en escena… —El Héroe —terminé con el mismo tono. «Mierda». Aquello se iba a poner feo. Porque, igual que si apilas madera seca acabará saltando una chispa, en una ciudad así tarde o temprano emergería un Nombrado para dar respuesta a esa necesidad. ¿Podría ese héroe vencer al hombre que tenía frente a mí? Lo dudaba. Los últimos siete no lo habían logrado. Pero si soliviantaran al pueblo, causaría mucho daño antes de caer. El Caballero no estaba luchando contra un héroe; estaba asegurándose de que el escenario en el que surge un héroe nunca llegara a existir. —Por el llanto de los Coros —susurré—. Con razón los mata siempre. La flecha ya está en la muesca mucho antes de que el pájaro eche a volar. La sonrisa del Villano se volvió tan afilada como un puñal. —Que esté ganando no significa que no vaya a hacer trampa. Y esa última revelación, más que nada, me puso nerviosa. El Caballero no era el tipo de hombre que soltaba información estratégica al primero que pasaba. Mi instinto me gritaba que fingiera no haber oído, pero el miedo te vuelve estúpida. Él sabía exactamente lo que hacía; fingir que no me había dado cuenta de que acababa de convertirme en un cabo suelto solo me haría perder su respeto. —¿Y por qué me cuenta todo esto? —pregunté—. Si me quisiera muerta, ya lo estaría. Pero usted no parece alguien que deje cabos sueltos. Él se limitó a dar un sorbo de su copa antes de responder. —Porque me recuerdas a alguien. Y porque, después de que me acompañes a un banquete, tendré una oferta para ti. Fruncí el ceño ante la presunción de que aceptaría sin más. No es que se equivocara; incluso sin su poder para obligarme, la curiosidad me devoraba. Pero que me restregara que no tenía elección confirmaba que era un capullo. —¿Un banquete? —resoplé—. Suena elegante. ¿Debería llevar algo especial? —Es el banquete del gobernador Kojo —reflexionó—. Así que, como mínimo, yo llevaría el cuchillo.
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Estás leyendo el capítulo 2 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 26 de marzo de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.