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Leer GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) Capítulo 1 online gratis en español

🏴 Grupo: KM12✍️ Traducción: KM12
¿Cuántos praesi se necesitan para cambiarle la mecha a una lámpara? Una legión para conquistar a todos los fabricantes de velas, un Alto Lord para vender todas las mechas al sur y luego nos cobran impuestos por estar a oscuras. —Escuchado en una taberna en Laure El puñetazo me dio de lleno en el ojo derecho. Solté una maldición y retrocedí unos pasos, ignorando la sonrisa arrogante que se dibujó en la cara de mi oponente mientras la multitud enloquecía. «Mierda. Ojo morado seguro\_»\_. Tendría que soltar parte de mis ganancias para que me lo arreglaran si no quería aguantar, otra vez, horas de sermones de la matrona. Y eso, asumiendo que ganara; si perdía, iba a andar escasa de fondos por una buena temporada. Mi oponente empezó a rodearme, sin prisa pero con intención, y alcé los puños. Las vendas de los dedos seguían salpicadas con la sangre de los pocos golpes que había logrado encajarle, pero aquel tipo, Fenn, se las había sacudido como si nada. Si aquello terminaba siendo una pelea de resistencia, no iba a ganar: me sacaba al menos diez kilos y parecía tallado en un bloque de músculo sólido. Yo era más rápida, pero él lo sabía; por eso se había mantenido a la defensiva, dejándome encajar algunos golpes a cambio de colocarme uno de los suyos. Y los suyos le dolían mucho más de lo que los míos le dolerían a él jamás. —¡Venga, Foundling! —gritó una mujer al fondo—. ¡Acaba con ese bastardo! Escupí un coágulo de sangre a un lado y arremetí hacia delante. Cuanto más se alargara aquello, mayor sería su ventaja. Necesitaba terminar rápido si quería tener la más mínima posibilidad. Empecé a pivotar con más soltura para ver si lograba hacerlo reaccionar, pero el maldito ni se inmutó; estaba tan sereno como un sacerdote. Una pena que los golpes bajos fueran ilegales en el Foso, porque uno de esos seguro que lo habría descolocado. Lancé una finta hacia la mandíbula, pero Fenn la dejó pasar y pivotó para cerrar la distancia. «¡Te tengo!». Mi puño se hundió en su estómago sin piedad, arrancándole un jadeo ahogado mientras yo retrocedía de un salto, fuera de su alcance. Los que habían apostado por mi victoria estallaron en vítores, mientras el resto respondía con una cacofonía de abucheos. Dejé que el estruendo de la galería superior me resbalara. En mis comienzos en el Foso, solía estar demasiado pendiente de lo que me rodeaba, y eso me costó algunas victorias fáciles. Pero aprendí la lección. —Vi tu última pelea, Foundling —me desafió, tratando de acortar la distancia—. ¿Segura de que no quieres echar a perder esta también? Si esa era su forma de provocarme, lo único que logró fue estrellarse contra un muro. Fingí un golpe en las costillas para mantenerlo alerta y pivoté en círculo, buscando un mejor ángulo. Lo cierto era que sí: me había dejado ganar en la pelea anterior. Llevaba una racha de victorias tan buena que las apuestas por mí ya no daban beneficio, pero la tajada que me ofreció Contable era demasiado tentadora para rechazarla; más aún cuando necesitaba el dinero con tanta urgencia. Era eso o pasar a las peleas con armas, que pagaban mejor, pero en las que te arriesgabas a perder un ojo, un miembro o la vida. Y no tenía intención de morir en el suelo de tierra de cualquier almacén. Además, tras dejarme moler a palos por un novato, la balanza de las apuestas se había inclinado de nuevo: iba a forrarme apostando por mí misma si le ganaba hoy. Sería casi lo suficiente para pagar un semestre en la Academia de Guerra, incluso después de que Contable se llevara su parte y apartara otra suma para que el guardia de turno hiciera la vista gorda. —¿Tienes miedo de una chica que abulta la mitad que tú? —le solté con una sonrisa, apartándome un mechón de pelo empapado de sudor—. Deberías darles unas monedas a los sanadores, a ver si pueden arreglarte la hombría. Eso sí lo hizo reaccionar. Tenía gracia: la mayoría de los luchadores que intentaban provocarme eran los más fáciles de hacer picar. Fenn no era tan idiota como para arremeter a ciegas —no tendría esa reputación si perdiera los estribos tan fácilmente—, pero en cuanto le di una abertura, pasó a la ofensiva. Supongo que no importa cuán predecible seas cuando los golpes son tan fuertes como la coz de un caballo. Aparentemente, mi comentario había encendido una chispa en su interior, porque cuando lanzó el puño en mi dirección, fue el más rápido que le había visto hasta ahora; apenas logré desviar el golpe en el último segundo y, aun así, me rozó la mandíbula. «Si me hubiera dado de lleno, me habría dejado seca en el suelo». Me acerqué lo suficiente como para oler su sudor y le solté un derechazo, pero ni siquiera se inmutó; no llevaba fuerza suficiente. Aguantó el golpe e intentó derribarme. Entré en pánico: enzarzarme en un forcejeo con un tipo de su tamaño sería… fatal. «Mierda, mierda, mierda». Asesté un gancho desesperado a la barbilla y sentí cómo se le aflojaban varios dientes, lo que me dio un respiro. Ese momento era todo lo que necesitaba: le hundí el pie en las tripas y se dobló. Era mi oportunidad. Lo había hecho antes y sabía que iba a ser brutal, pero por el llanto de los Coros, me negaba a perder. Hundí de nuevo la rodilla en el estómago y Fenn cayó. Otra patada lo mandó al suelo y, con eso, la pelea estaba prácticamente ganada: descargué un pisotón en el tobillo y se rompió con un crujido seco. Dejó escapar un grito ronco y sentí un leve pinchazo de culpa, pero la misericordia era algo que el Foso te arrebataba a golpes. Estaba a punto de hundirle un par de costillas con otro pisotón cuando levantó la mano y jadeó su rendición. Por un momento, solo oí el retumbar de la sangre en los oídos, pero poco a poco la sensación pasó y el entumecimiento dio paso al clamor de la multitud enloquecida. Me sequé la sangre que goteaba de la comisura de los labios con las vendas y salí del foso de tierra donde acababa de romperle los huesos a un chico por unas piezas de oro. Bueno, oro en sentido figurado: normalmente me pagaban en denarios de plata imperial, lo que, de algún modo, hacía que todo el asunto se sintiera aún más miserable. El cansancio que empezaba a calarme en los huesos me quitó las ganas de congraciarme con los apostadores que se habían hecho una fortuna gracias a mí, aunque me obligué a sonreír de todos modos. Nunca convenía hacerse enemigos aquí. Un orco alto se abrió paso a empujones para darme una palmada en la espalda mientras soltaba elogios a gritos; la doble hilera de colmillos impecables transformaba lo que se suponía que era una sonrisa en una exhibición aterradora. Era raro ver orcos en peleas como esta. Los únicos pielesverde en Laure formaban parte de la guarnición de la Legión y, por lo general, solían mantenerse al margen de los asuntos ilegales. Sin mencionar que, incluso dos décadas después de la Conquista, los legionarios seguían siendo poco populares en ciertas zonas de la ciudad. El tipo de gente que atraía el Foso era precisamente la que no se lo pensaría dos veces antes de clavarle un cuchillo por la espalda a un soldado praesi en un callejón oscuro. «Buena suerte con ello», pensé mientras me zafaba de las entusiastas felicitaciones del pielverde. En general, los orcos eran más altos y robustos que los humanos, y su gruesa piel verdosa los hacía condenadamente difíciles de tumbar. Cualquiera lo bastante idiota como para meterse con una mole asesina de 136 kilos se merecía lo que le pasara. Contable estaba al fondo del almacén, instalada en su mesa de siempre. No había ventanas en el Foso —el vidrio se había encarecido aún más desde el último problema fiscal—, y las pocas lámparas de aceite repartidas por el lugar arrojaban más sombras que luz sobre el rincón que ella había reclamado. La gente solía mantenerse alejada, en parte por su reputación francamente desagradable y en parte por la pareja de guardaespaldas de aspecto lúgubre que se apostaban tras ella. Al principio, cuando lo escuché, pensé que «Contable» era un Nombre, pero resultó ser solo un apodo: hasta donde sabía, ni siquiera podía usar magia. El único poder que tenía era contar con un buen número de matones en nómina; lo cual, había que admitir, era mucho más útil en su línea de trabajo que ser capaz de lanzar bolas de fuego. Me sonrió en cuanto me vio venir y la luz se reflejó en sus dientes de oro. —Buen espectáculo el de hoy, Foundling —soltó—. ¡Qué manera de hacer sentir orgullosa a la vieja patria! Resoplé ante el comentario. Su piel y su pelo eran tan oscuros como los míos: ambas teníamos sangre tiraithe corriendo por las venas. Aun así, yo era huérfana y ella una laureana de pura cepa; ninguna había puesto un pie en el ducado norteño de Tirglas ni había hablado jamás la Antigua Lengua. No es que me quejara de aquel falso sentido de hermandad: a quinceañeras como yo no se les solía permitir pelear en el Foso, ni siquiera en los combates juveniles. Me había ganado un sitio un año atrás aprovechando la fama de los deoraithe como guerreros formidables. —Eso intento —resoplé—. ¿Tienes mis ganancias? Se rió por lo bajo y deslizó los denarios por la mesa. Los conté: la única vez que cometí el error de no hacerlo, me había sisado parte de la paga sin pestañear. Fruncí el ceño al darme cuenta de que solo había veintiuno. —Faltan cuatro —la corté—. No voy a caer dos veces, Contable. Sus guardaespaldas se apartaron de la pared y se acercaron, respondiendo al tono hostil, pero la mujer levantó la mano para frenarlos. —Kojo volvió a subir los precios —explicó—. La tajada de todo el mundo es más pequeña ahora, incluso la mía. Aunque dudaba mucho que sus ganancias hubieran mermado lo más mínimo, no me costó nada creer que el gobernador Kojo había decidido exprimir un poco más de oro del Foso. El gobernador imperial de Laure había comenzado su tercer mandato anunciando que todos los impuestos temporales de los años anteriores pasaban a ser permanentes; no había un solo pastel en toda la ciudad en el que no estuviera metiendo los dedos con avaricia. Asentí, molesta, y deslicé las monedas de plata en la bolsa de cuero donde guardaba una muda de ropa —Zacharis está al fondo, si quieres que te arreglen el ojo —dijo—. Ya sabes cómo va eso. Había dejado de prestarme atención antes incluso de terminar la frase, aunque no iba a quejarme. Contable no era exactamente el tipo de compañía que me gustaba frecuentar; aunque tampoco es que me sobrara la compañía, para empezar. Me escabullí entre los guardaespaldas sin molestarme en mirarlos, y crucé el umbral hacia el pequeño y mugriento cuarto trasero donde el único mago del Foso ejercía su oficio. Zacharis era un hombre de unos veintitantos años, de piel pálida y rostro rubicundo. La botella de vino medio vacía junto al sillón donde roncaba era la razón por la que formaba parte de un círculo de peleas ilegales en lugar de trabajar en el Gremio de Magos más respetable. Era un borracho y, a cambio de la mayor parte del dinero que ganaba remendando luchadores, Contable le dejaba vaciar tantas botellas como quisiera. Apestaba a vino, incluso peor de lo que esperaba; debía de ser el brebaje más barato del mercado. «Al menos esta vez no huele a vómito», pensé. Abrió los ojos con dificultad, pasándose una lengua gruesa y roja por los labios. —¿Catherine? —graznó con voz ronca—. Creí que tu pelea era mañana. Me molestaba que insistiera en llamarme por mi nombre de pila en vez de Foundling, pero no lo suficiente como para montar un numerito. Podría haber ido a la catedral de Alban o a alguna de las sacristías más pequeñas para que me curaran —y además gratis— si hubiera tenido estómago para aguantar las colas. Pero los sacerdotes tenían la mala costumbre de preguntar dónde te habías hecho las heridas y, si ibas con regularidad, acababan investigándote. Prefería aguantar la compañía del borracho y su curación chapucera antes que arriesgarme a que una hermana apareciera por el orfanato para chivarse a la matrona de que andaba metida en peleas otra vez. —El mañana ya es hoy —suspiré—. ¿Estás lo bastante sobrio como para lanzar un hechizo? Murmuró una respuesta ininteligible y se remangó las mangas, lo que interpreté como un asentimiento. Sus ojos se desviaron hacia la botella, pero al mirarme, lo que fuera que vio en mi cara bastó para que desechara la idea. Me indicó con un gesto que me sentara en un taburete de madera y se incorporó. Por la mueca que hizo al moverse, debía tener un dolor de cabeza atroz en camino. —Oye, ¿por qué los sacerdotes curan mejor que los magos? —pregunté, intentando obligarlo a centrarse en el aquí y el ahora. La mirada que me lanzó destilaba condescendencia. Pronunció unas pocas sílabas extrañas y la mano se le cubrió de una luz amarilla. La mantuvo a un par de centímetros de mi ojo morado, permitiendo que el hechizo calara. Sentí un cosquilleo, pero era una sensación distante, como si llevara una tela sobre la piel. —Los sacerdotes hacen trampa, Catherine —informó—. Se limitan a rezar a las Deidades Superiores, y el poder les atraviesa, arreglando lo que esté roto. No necesitan pensar demasiado. En cambio, los magos tenemos que entender lo que estamos haciendo; lanza magia al cuerpo de alguien sin saber lo que haces, y curarlo será lo último que consigas. Aquello... no resultaba tan tranquilizador como había esperado. Confiar en que Zacharis sabía lo que hacía se había vuelto una lucha cuesta arriba desde que lo conocía. «Si fuera un completo inútil, Contable no lo mantendría a su lado», recordé. Solo los Dioses sabían la fortuna que debía de costarle en licor, por muy barato que fuera el veneno que bebía. —Listo —dijo tras un momento, apartando la mano—. Tan guapa como puedo dejarte. No dejes que te den otro puñetazo en unos días; la carne recién curada es más frágil de lo normal. Asentí en señal de agradecimiento, saqué siete monedas de cobre de la bolsa y las dejé caer en su palma abierta. Titubeó, pero luego separó un par y me las devolvió. Le lancé una mirada sorprendida. —Dentro de poco vas a cumplir dieciséis, ¿verdad? —dijo—. No te deben quedar más que unos meses antes de que el orfanato te ponga de patitas en la calle. Quédatelas; cada moneda contará cuando estés por tu cuenta. Fue extrañamente enternecedor, viniendo de alguien a quien apenas podía soportar ni en mis mejores días. —Gracias —murmuré, abochornada por su repentina generosidad. Sonrió con amargura. —Vete a casa, Catherine. Búscate un oficio en lugar de andar metida en líos como este. Por algo lo llaman el Foso, ¿sabes? Alargó la mano hacia la botella y le quitó el corcho, dándole un trago mientras me daba la espalda. Salí de la habitación y luego del almacén; cuanto menos tiempo pasara allí, mejor. Además, ya casi era la hora del toque de tarde, y tenía un trabajo de verdad al que acudir. La mayor parte de las grandes ciudades de Callow se habían construido alrededor de las profundas aguas del Lago Plateado, y Laure no era una excepción. La antigua capital había sido la más grande y rica del reino antes de la Conquista y, en cierto modo, aún lo era. Solo que ahora, supuse, la riqueza no terminaba en los mismos lugares de siempre. En su mayor parte, iba a parar a los bolsillos del gobernador Kojo; ese secreto a voces nunca era tan evidente como cuando paseabas por el barrio de Lakeside. Según los viejos del lugar, los muelles y almacenes de aquí habían estado una vez tan concurridos que parecían una segunda ciudad. «Poco queda ya de eso», pensé, apresurándome por calles estrechas llenas de posadas tapiadas y almacenes abandonados. Los mejores muelles, los de piedra, se mantenían en buen estado para que el comercio de las baronías del norte y los barcos de Tirglas —que traían cobre y plomo— pudieran seguir pasando y acumulando impuestos, ¿pero el resto? Salvo por una estrecha franja, Lakeside se estaba pudriendo. Por eso alguien como Contable podía instalarse allí y organizar sus peleas ilegales, y por eso sus matones eran la única ley en algunas zonas. ¿Qué sentido tenía acudir a la guardia de la ciudad si, la mayoría de las veces, eran igual de malos? Pero aquello no era asunto mío, o al menos no todavía. Algún día, cuando todos los planes que había trazado se cumplieran, lo sería; pero por ahora, me abrí paso entre tabernas mugrientas y calles sembradas de basura para llegar a mi trabajo. El atardecer se acercaba, lo cual sería una bendición. Las calles se veían peor a la luz del día, sin la oscuridad que ocultaba la suciedad y la miseria. A veces me preguntaba si los viejos no estarían dándole a la lengua sobre una edad de oro que nunca existió. No habían sido los praesi quienes construyeron las calles de Lakeside tan estrechas y asfixiantes, a diferencia de las amplias avenidas pavimentadas de Whitestone, donde aún vivía toda la antigua nobleza. ¿Acaso a los antiguos reyes de Callow, allá en su palacio, la Casa Fairfax, les había importado un bledo alguna vez la gente de aquí abajo? Una parte de mí lo dudaba. Aun así, tenía la sensación de que ahora estábamos peor que antes. Los gremios puede que se estuvieran forrando desde que cayeron en el bolsillo de Kojo, pero los demás estábamos sintiendo el mordisco de esos impuestos. Hoy en día, algunos de los almacenes de Lakeside estaban ocupados no solo por matones, sino también por gente a la que le habían embargado sus casas y negocios por no poder pagar a tiempo; refugiados en su propia ciudad. «Si Kojo sigue asfixiando el comercio, toda la ciudad acabará rebuscando en la miseria aquí abajo», pensé mientras pasaba de puntillas alrededor de un charco de barro. Mis botas ya eran bastante viejas; dudaba que sobrevivieran a otra limpieza de una pieza. Además, Harrion no me dejaría trabajar como camarera si iba a llenarle el suelo de barro. Ya desaprobaba que peleara en el Foso. No es que me hubiera dicho nada nunca; simplemente tenía una forma de enviarme a casa temprano cada vez que aparecía con moratones demasiado evidentes. Con suerte, tendría tiempo de limpiarme en la parte de atrás antes de que viera la sangre que aún tenía en el labio. A finales de mes nunca había mucho movimiento en el Nido de la Rata, así que quizás estuviera echándose la siesta arriba en lugar de vigilar la sala común. «Lo que significa que Leyran podría ser mi única compañía esta noche», pensé, haciendo una mueca de disgusto. El hijo de Harrion era un par de años mayor que yo y estaba convencido de ser el hombre más encantador que había pisado la tierra, pero era un poco holgazán. Tenía costumbre de pasar más tiempo charlando con los clientes que sirviéndoles la bebida; sobre todo cuando, por algún milagro, alguna mujer atractiva acababa en «El Nido». Era inofensivo, dentro de lo que cabe para un idiota, pero si terminaba heredando la taberna, la hundiría. Tomé un atajo por el jardín trasero de la curtiduría de Tom para ahorrarme un par de minutos, aunque solo fuera para que el sudor que me empapaba no tuviera tiempo de enfriarse. No tenía llave de la puerta trasera, pero estaba abierta. Me limpié las botas en una alfombra ya de por sí sucia que, estaba casi segura, le habían robado a un mercader del puerto; solté la bolsa en el suelo y me dirigí al cuenco de agua que había sobre la mesa del rincón. El ruido que se filtraba por la puerta de la sala común dejaba claro que ya había un puñado de clientes, aunque la canción que tocaba la juglaresa era todavía más fuerte. Hice una mueca cuando soltó un par de versos especialmente desafinados mientras cogía el trapo del cuenco para limpiarme la cara. Usé el plato de cobre pulido colgado en la pared para asegurarme de que no quedaba sangre a la vista, maldiciendo entre dientes al darme cuenta de que el tajo del labio no se iba a ninguna parte. La chica de piel oscura que me devolvía la mirada desde la superficie del cobre parecía haber tenido un día difícil. Nunca había sido lo que se dice bonita —mi barbilla era demasiado fuerte, mis pómulos demasiado angulosos—, pero la forma en que el pelo se me pegaba a la cabeza me hacía parecer un pilluelo empapado. Unos cuantos mechones se habían soltado de la coleta, así que me quité el pasador de madera que la sujetaba y me lo metí en el bolsillo. El agua hacía que el trapo estuviera lo bastante fresco como para frotarme el cuello y las clavículas, solo por alivio. La camisa de lana que había llevado en el Foso estaba salpicada de sangre, así que me la quité de un tirón y la metí en la bolsa para ponerme mi única muda de ropa buena. La blusa de algodón, de un azul agradable, llevaba el blasón de bronce de la Casa Laure para Huérfanas Desamparadas bordado sobre el corazón; aunque nadie lo llamara por ese nombre tan cursi que a los praesi les había parecido bien ponerle. Tendría que tener cuidado de no derramar cerveza encima; el día de la colada en el orfanato no llegaría hasta dentro de un par de días, y la matrona revisaba nuestras prendas cada mañana. Aparté mi bolsa a un rincón, empujé la puerta y entré en el corazón del Nido de la Rata. La sala común de la taberna era tan bonita como su nombre lo indicaba. Tenía paredes de madera carcomida, rescatadas de naufragios, y un suelo crujiente que se convertía en un desastre pegajoso allí donde se derramaban las bebidas. En el centro había un hogar achaparrado, rodeado de piedras y flanqueado por un anillo de mesas, donde media docena de clientes charlaban mientras bebían. Solo vi a dos humanos. Tres orcos, todavía con sus armaduras de legionarios, compartían mesa con una goblin de ojos amarillos que lucía galones de oficial en los hombros. O al menos creía que era una «ella»; era difícil saberlo bajo esa piel verde y arrugada. La visión de los tres orcos enormes —que sacaban al menos un metro a la goblin enclenque—, pendientes de cada una de sus palabras, me arrancó una pequeña sonrisa, pero mi atención cambió en cuanto nuestra juglar empezó una canción nueva. «Bota arriba, bota abajo: allí va la corona de Callow. Y por muy alto que sea el muro, Lo haremos caer seguro…». Se escuchó un pequeño vitoreo desde la mesa de los soldados. Al parecer, Ellerna había decidido ganarse al público esta noche. La canción del legionario no era precisamente un tema popular en Callow, dada la insistencia con la que recordaba la Conquista. No había rastro del dueño, pero Leyran ya estaba repantigado en una de las mesas del rincón, sonriendo con suficiencia a la cantante y echándose el pelo rubio hacia atrás cada vez que ella lo miraba. Qué asco. Llevaba intentando convencerla de subir con él a una de las habitaciones de arriba desde que Harrion la contrató; y aunque al principio se había mostrado indiferente, últimamente parecía estar dispuesta a ceder. No porque la hubiera encandilado, sino más bien para consolidar su puesto en «El Nido», por lo que podía leer entre líneas. «Mala idea, Ellerna. No va a casarse contigo, por mucho que su padre insista». El hombre en cuestión se percató de mi entrada un momento después y me hizo señas para que me acercara. Crucé la sala, dedicándoles una sonrisa a un par de parroquianas al pasar. Leyran me ofreció lo más parecido a una sonrisa pícara que fue capaz de ensayar, pasándose la mano por el pelo mientras yo tomaba asiento frente a él. —Catherine —me saludó—. Tan puntual como siempre. «Cómo consigues llegar tarde al trabajo viviendo en el mismo edificio es algo que se me escapa», me contuve de decir. —Leyran —dije, en cambio—. ¿Mi delantal sigue debajo del mostrador? Se encogió de hombros. —Al lado del garrote. Pero papá quería hablar contigo antes. Está en su habitación, arriba. —Mmm —asentí y me puse en pie. Aún faltaban unos días para que Harrion necesitara mi ayuda con la contabilidad, así que no podía ser por eso. Tal vez solo necesitaba que le hiciera unos cálculos; la mitad de la razón por la que me habían contratado en «El Nido» era que se me daban bien los números y las letras: una de las ventajas de haberme criado en una institución financiada por el Imperio, supongo. Las escaleras crujieron bajo mis pies y me llevaron directo al pasillo donde cuatro puertas permanecían cerradas: dos para la familia y otras dos para alquilar. La habitación de Harrion era donde guardaba todos sus papeles, así que ya había estado allí antes. Llamé con los nudillos, esperé un momento y empujé. Un par de velas era la única fuente de luz en aquella angosta habitación: una cama y una cómoda estaban encajonadas en la esquina izquierda, frente al esqueleto de madera de un escritorio. El propio Harrion estaba sentado en un taburete frente a la mesa, y el viejo me hizo un gesto para que entrara sin volverse. —Catherine —dijo con voz ronca—. Necesito que leas algo por mí. El dueño del local era un hombre flaco con la coronilla calva. Vestía de lana marrón sencilla y estudiaba un trozo de pergamino que yo no alcanzaba a distinguir, fulminando las letras con la mirada como si lo hubieran ofendido personalmente. No estaba segura de que hubiera podido descifrarlas aunque supiera leer; su vista ya no era como antes y siempre se había resistido a comprarse unas gafas por lo caras que resultaban. Acostumbrada ya a su actitud huraña, me incliné sobre su hombro para mirar más de cerca. Era un documento oficial; lucía un sello de lacre dorado con el emblema de Laure: tres campanas rodeando una torre. Leí por encima las primeras líneas, que no eran más que palabrería ceremonial, y fui directa al grano: la corte del gobernador enviaba un aviso oficial informando que, para finales del próximo mes, todos los establecimientos que sirvieran licor debían estar afiliados al gremio correspondiente o se enfrentarían a impuestos adicionales. —Quieren que te unas al Gremio de Cerveceros —le informé—. De lo contrario, te meterán otro hachazo fiscal, pero no dicen cuánto. —Maldito Kojo —escupió. Sus mejillas se tornaron de un rojo tomate—. Malditos los praesi y maldito el Imperio —añadió tras una pausa. Había oído cosas mucho peores —y más ingeniosas— sirviendo bebidas abajo, así que aquel lenguaje apenas me inmutó. También entendía bien de dónde venía su frustración. Me habían contado que los gremios eran una bendición cuando el Antiguo Reino aún se mantenía en pie, pero desde la Conquista se habían convertido en poco más que una cortés red de extorsión. Recaudaban cuotas de membresía mensuales y exigían la entrega de cierta cantidad de género para un «control de calidad»; a cambio, se suponía que debían proteger los intereses de sus miembros. Pero el gobernador había cambiado las tornas comprando a los maestros gremiales, convirtiéndolos en un dedo más de la mano imperial que estrangulaba a Laure. —Puede que el impuesto sea más barato que la membresía —aventuré tras un momento, sin saber qué más decir. Soltó un resoplido desdeñoso. —Son codiciosos, no estúpidos —repuso—. Los impuestos van a ser una salvajada, muchacha, puedes darlo por hecho. Me pasé los dedos por el cabello y solté un suspiro. —No vas a poder permitirte seguir teniéndome aquí, ¿verdad? Tuvo la decencia de parecer avergonzado. —Quizás en las noches concurridas, pero no tanto como hasta ahora —admitió. Me habría gustado culparlo, pero no habría sido justo. Al fin y al cabo, no era culpa suya. Él no estaba más contento con la situación que yo, y tampoco había a quién recurrir. Ni siquiera el gobernador general de Callow tenía autoridad para cesar a los de su clase. Ese poder le pertenecía únicamente a la Emperatriz del Terror, y dudaba que a Malicia le importara un comino que su compadre Kojo fuera un ladrón empedernido en este rincón del mundo. Mientras los tributos fueran puntuales, ¿por qué iba a importarle? «No es justo, pero no consigues justicia cuando pierdes la guerra», pensé. Sentí cómo mi puño se cerraba con fuerza, aunque me obligué a aflojarlo tras unos instantes. Cosas como esta eran la razón por la que necesitaba entrar en la Academia de Guerra. Si lograba ascender lo suficiente en las filas de la Legión, si acumulaba suficiente poder e influencia, algún día estaría en posición de arreglar esto. De enviar a bastardos como Kojo a la horca en vez de tener que ver cómo organizaban banquete tras banquete en el Antiguo Palacio. Y a partir de ahí, una vez tuviera el poder… No, ahora no era el momento para soñar despierta. Todavía me quedaba mucho para obtener siquiera el mínimo atisbo de autoridad. —¿Puedo al menos quedarme hasta fin de mes? —pregunté. Asintió, cansado. —Intentaré apañarme, Catherine —dijo—. Sé que has estado ahorrando para algo. Forcé una sonrisa, pero ambos éramos conscientes de que aquellas palabras no eran más que un gesto vacío. Llevaba un año a cargo de las cuentas de «El Nido» y sabía de sobra cuánto dinero circulaba por el local. Bajé las escaleras de nuevo, tratando de encontrar una salida a aquel desastre. Todavía necesitaba reunir dinero suficiente para llegar hasta Ater, donde se encontraba la Academia de Guerra, y había dado por hecho que «El Nido» sería mi billete de ida. Lo peor era que necesitaba el dinero pronto. Viajar hasta la mismísima capital de Praes podía llevar meses; si quería llegar a tiempo para la matrícula de primavera, tendría que marcharme a principios de otoño. Y no faltaba tanto para eso: ya llevábamos un mes de verano. Quizás podría reunir lo suficiente si empezaba a pelear con acero en el Foso, pero aunque llevaba dos años aprendiendo esgrima con el viejo Liam Henley, aquello no dejaba de ser un riesgo. Él decía que yo era buena, mejor que la mayoría de mi edad, y había sido Guardia Real en su día, así que sabía de qué hablaba. Pero no había nada seguro cuando se empuñaba el acero y, cuanto más ganara, más difícil sería sacar tajada apostando por mí misma. Contable había insinuado un par de veces que estaría dispuesta a contratarme como matona, pero aquello era un riesgo de un costal muy distinto. «Lo consultaré con la almohada», decidí, mientras me ponía el delantal. Todavía tenía un trabajo por ahora, y yo no era de las que eludían el trabajo honrado mientras pudiera conseguirlo. En noches tranquilas como esta, pasaba tanto tiempo limpiando como sirviendo bebidas. La despensa se había mantenido más o menos en orden desde la última vez que la organicé y ninguno de los barriles de cerveza goteaba, así que me encontré pasando el trapo distraídamente por el mostrador durante al menos un cuarto de campanada antes de que algo captara mi atención. Tenía un puñado de clientes habituales con los que me llevaba bien, pero mi favorita entre ellos era, sin duda, la sargento Ebele; no pude evitar sonreír en cuanto la vi entrar. Era alta, más que la mayoría de los orcos, y como casi todos los sanke, su piel era aún más oscura que la mía. En lo más caluroso del verano, yo casi podía pasar por bronceada, pero ella era negra como el carbón, con ese tono tan característico de los praesi del norte. Una pequeña cicatriz en la comisura de sus labios le daba un aire de regocijo perpetuo, que se convirtió en una sonrisa de oreja a oreja en cuanto me vio. Para cuando tomó asiento en una mesa, yo ya le había llenado la jarra y no perdí el tiempo en llevársela. —Tú, mi cielo —exclamó tras dar un buen trago—, eres un auténtico encanto. Este lugar se iría al garete sin ti. Una sombra se cruzó por mi cara al pensar que pronto ese sería exactamente el caso, pero hice de tripas corazón. —¿Acabas de terminar tu guardia, pues? —pregunté con interés. La sargento tenía un carácter afable que me gustaba bastante, pero lo que más disfrutaba de ella era que, tras un par de tragos, no costaba mucho hacerla hablar de sus años de servicio en la Legión. Era una veterana de la Conquista, de las que habían estado en primera línea en los Campos de Streges y en el asedio de Summerholm; también en la parte final de la breve pero brutal guerra civil que azotó al Imperio justo antes de la invasión de Callow. Aunque de esa parte hablaba más bien poco. Siempre me dio la impresión de que había sido un asunto particularmente duro de presenciar. Y si alguien que estuvo en los Campos consideraba algo «duro», yo tendía a creerle. —Ah, sí —murmuró—. Por eso estoy aquí, ahogando mis penas. Si tengo que oír a Goren reírse entre dientes una vez más, juro que voy a estrangular a ese imbécil. Sé un sol y tráeme otra jarra, ¿quieres? No tengo intención de salir de aquí por mis propios medios. Resoplé divertida y me escabullí tras el mostrador, llenando una jarra de cerámica hasta el borde. Una de las pocas cosas que redimían al Nido de Ratas y lo distinguía del resto de tabernas de mala muerte era que Harrion no rebajaba la cerveza. Sabía a alimaña muerta, sí, pero al menos no sabía a alimaña muerta aguada. Para cuando regresé, la legionaria ya se había ventilado la mitad de su primera jarra, lo cual era buena señal si quería sonsacarle historias; aunque esperaba que no siguiera a ese ritmo, porque su precioso acento cantarín se volvía casi ininteligible cuando empezaba a arrastrar las palabras. —Siéntate conmigo, querida —me invitó, sonriendo de oreja a oreja cuando deposité la jarra sobre la mesa—. Este lugar está más muerto que un cementerio. Un vistazo rápido a mi alrededor confirmó sus palabras. Aparte de los clientes que ya estaban allí cuando llegué —y que, a estas alturas, estaban bien servidos—, no había nadie más. Eso incluía, noté con pesadez, a Leyran y Ellerna. Intenté no darle demasiadas vueltas. —Todavía es bastante temprano —concedí. El local no se animaría hasta que se acercara la campanada de medianoche, y para eso aún faltaba un buen rato. De repente, se inclinó hacia adelante, escrutando mi rostro con atención. —Te ha tocado un mago, y hace nada —observó sorprendida. Parpadeé. ¿Acaso Zacharis había metido la pata con el hechizo? No debería quedar ninguna marca visible. —Me metí en una pelea —confesé—. ¿Cómo lo has sabido? Sonrió con melancolía. —Cuando has visto suficientes curaciones mágicas, aprendes a reconocer las señales. Quienquiera que te curó fue un poco tosco con los acabados, pero es un buen trabajo. Vaya. Un punto para Zacharis, supuse. Si podía lanzar un hechizo así de bien teniendo resaca, debía de ser un mago bastante decente cuando estaba sobrio… suponiendo que alguna vez lo estuviera. Ebele hizo una pausa, sopesando sus próximas palabras, y yo me preparé para contener un suspiro. La gente tenía que dejar de decirme que no me metiera en peleas; ahora más que nunca, sabiendo que ya no sacaría casi dinero del Nido de la Rata. —¿Ganaste? —preguntó por fin. Sonreí. —Le pateé el trasero —me jacté. —Buena chica —soltó con una risita de aprobación—. Deberías plantearte entrar en la Legión, si lo que quieres son peleas de verdad. —Estoy ahorrando para la Academia —admití—. Con la esperanza de llegar allí para el siguiente verano. Arqueó las cejas afeitadas. —¿La Academia de Guerra? Es ambicioso por tu parte elegir la carrera de oficial en lugar de los campamentos de entrenamiento, aunque supongo que es menos caro desde que el Caballero Negro impulsó sus reformas. Yo había nacido mucho después de aquello, ya que precedió a la Conquista, así que solo tenía una vaga idea de a qué se refería. Nunca había logrado que nadie me diera detalles reales sobre en qué consistían esas reformas, aunque todos coincidían en que habían cambiado radicalmente a las Legiones del Terror. Sin embargo, el nombre que mencionó captó mi atención. Bueno, el Nombre, si queremos ser exactos: el Caballero Negro. El hombre que había liderado a las Calamidades en la destrucción del Reino de Callow. Sabía que aún seguía vivo, sirviendo como gobernador general de Callow desde una ciudad que él mismo había construido al sur de Laure, pero la existencia de personas con Nombres nunca me había parecido del todo real. No ayudaba el hecho de que no se hubiera pasado por Laure en al menos una década, pero era algo más que eso. Los Héroes y sus contrapartes oscuras eran el tipo de gente que vivía en leyendas, no en mi mugrienta realidad de peleas clandestinas y de servir bebidas. —¿Alguna vez los has conocido? —pregunté—. A las Calamidades, me refiero. Su media sonrisa se contrajo levemente. —¿En persona? Solo a uno —dijo—. Antes de la Conquista, formaba parte de la vanguardia de la Segunda Legión cuando nos movilizamos para echar abajo, de una vez por todas, la puerta del Alto Lord Duma. —Bebió un largo trago de su jarra antes de continuar—: Mi compañía se topó con una de las tropas personales de la Casa Mirembe durante nuestro avance; unos hijos de puta desagradables con magos y monstruos, atrincherados en una posición fija. Fácilmente podrían habernos costado la vida de trescientos de los nuestros para abrirnos paso, pero no podíamos permitir que se quedaran sobre nuestras líneas de suministros cuando se avecinaba un asedio. Me incliné hacia adelante. ¿Cuál de ellos habría sido? Seguramente no el Caballero Negro, porque lo había mencionado antes; y dado que Capitana tenía fama de no alejarse nunca de él, probablemente tampoco se trataba de ella. Dudaba que Asesina se hubiera detenido a charlar, pero ¿tal vez fue Cazadora? Esperaba que sí. Siempre me habían gustado más las historias sobre ella. —Así que estábamos empezando a levantar una empalizada —continuó—, mientras nos bombardeaban con hechizos y todo eso, esperando refuerzos cuando, de repente, como salido de la nada, este hombre se acerca. Le da una palmada en la espalda a nuestro capitán y le dice que prepare a la compañía, porque pronto volveríamos a marchar. «¿Un hombre? Eso significa…» —Así que el capitán le pregunta quién, en nombre de los Dioses Inferiores, se cree que es, y él se limita a dedicarle una sonrisa de suficiencia. «Llámame Brujo —dijo—. Ese bastardo maquinador me ha enviado para abriros camino», y se fue. Brujo. Lo llamaban el Soberano de los Cielos Carmesí, fuera lo que fuese lo que eso significara. A los praesi les encantaba poner títulos grandilocuentes a todo; era como una compulsión cultural derivada de siglos de adoración impenitente a los Dioses Inferiores. El tono de Ebele cambió de repente; la diversión de sus ojos se esfumó, reemplazada por un viejo asombro y el más leve rastro de miedo. —Nunca llegamos a acercarnos lo suficiente como para ver qué hizo —murmuró—. Pero no había pasado ni media campanada desde que desapareció, cuando toda la guarnición enemiga quedó rodeada por una columna de llamas rojas. Cuando cruzamos el lugar, unas horas más tarde, todo estaba intacto. No había ni una piedra ni una tienda fuera de lugar, pero todas las armaduras estaban vacías. Como si la gente simplemente se hubiera… desvanecido. No quedaba un ser vivo en una milla a la redonda. Plantas, insectos, animales… todo había desaparecido. Me han dicho que, desde entonces, no ha vuelto a crecer nada allí. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Una cosa era que un mago conjurara fuego; era uno de los hechizos más sencillos, pero lo que ella acababa de describir… eso era harina de otro costal. Supongo que uno no se gana un Nombre como Brujo aprendiendo hechizos inofensivos. —Solo diré esto sobre las Legiones, cielo —reflexionó—. Los entrenamientos constantes son un verdadero fastidio, pero al menos sabes que, cada vez que pisas el campo de batalla, los cabrones más aterradores están de tu lado. Asentí lentamente, pero antes de que pudiera decir nada más, entró un grupo de clientes. Le dediqué un encogimiento de hombros como disculpa y volví al trabajo. En cierto modo me sentí aliviada; alejarme me facilitaba ocultar mis pensamientos. Me gustaba escuchar historias de las Calamidades, esos villanos legendarios que habían conquistado todo Callow, pero también las odiaba. Y no porque el Antiguo Reino hubiera perdido; era difícil albergar una amargura real por una guerra que había terminado antes de que yo naciera. Era porque, si alguna vez quería retirar la bota imperial del cuello de mi gente, tendría que negociar con las Calamidades. ¿Y por qué iban unas Leyendas a pactar con una huérfana del montón? Tendría que hacer que les valiera la pena, o al menos convertirme en un problema lo bastante molesto como para que les resultara más fácil contentarme que destruirme. Y el primer paso para ello era obtener poder; abrirme paso entre las filas del Imperio. Pero ahí estaba la trampa: el poder es como el oro; para que entre en tu bolsa, tiene que salir de la de otro. Alguien tendría que morder el polvo para que yo pudiera ascender. El camino de vuelta a la «Casa del Cieno» tras terminar mi turno era siempre la peor parte de trabajar en la taberna. Sabía que había riesgos al atender la barra hasta tarde en la zona mala de Laure, pero no era como si las tabernas de Marketside hicieran cola para contratar a huérfanas de dieciséis años. Había probado suerte más de una vez y me habían cerrado la puerta en las narices otras tantas antes de decidir que «El Nido» era mi oportunidad de oro. Además, escuchar a hurtadillas las conversaciones de veteranos borrachos recordando viejos tiempos era mucho más interesante que oír a los pretenciosos miembros de gremios hablar de sus negocios. De vez en cuando, algún cliente se sobrepasaba, claro, pero para eso teníamos un garrote bajo el mostrador. Rara vez había que repetirles la advertencia más de una vez, y aquellos que sí lo necesitaban solían volver a casa con algunos dedos rotos por las molestias. La matrona del orfanato se escandalizaba de que hiciera algo tan vulgar como servir bebidas a maleantes, pero solo tenía que aguantar sus sermones un par de meses más antes de ser libre. Estaba más que dispuesta a pasar media campanada —y a veces la vieja se tiraba dos horas seguidas— en el despacho aguantando reprimendas por «codearme con indeseables» si eso significaba que, al cumplir los diecisiete, tendría lo suficiente para costearme el futuro. No es que le hubiera confesado para qué estaba ahorrando; si ya se escandalizaba porque servía bebidas en Lakeside, le daría un síncope si se enterara de que quería ingresar en la academia de oficiales de las Legiones del Terror. No era mucho después de medianoche cuando por fin salí. Volver al orfanato a oscuras no era tan peligroso como cabría esperar. La guardia de la ciudad era corrupta hasta la médula y estaba comprada por el gobernador, sí, pero sabían perfectamente que, si no mantenían el orden, las Legiones intervendrían. Lo curioso era que había mucha gente que quería que eso ocurriera. Las Legiones se pasaban un poco con la horca, decían, pero cuando Laure estuvo bajo ley marcial, todo funcionó como la seda. Aun así, mientras Kojo siguiera compinchado con los gremios y mantuviera a la guardia en nómina, no había nada que nadie pudiera hacer. Rebelarse solo culminaría en un montón de cabezas ensartadas en picas sobre las puertas de la ciudad en cuanto los legionarios terminaran de despejar a la multitud. El Imperio del Terror de Praes no toleraba la disidencia, y mucho menos la pública. Dicho esto, por algo se conocía a Lakeside como una zona peligrosa, y yo no tenía intención de entretenerme en las calles oscuras. Deseé llevar un cuchillo encima, pero la única vez que lo intenté, la matrona me lo confiscó cuando una de las chicas del dormitorio se fue de la lengua. Al no tener tiempo para juegos sociales, nunca había sido popular, y ellas no desperdiciaban ocasión de devolvérmela con alguna mezquindad siempre que podían. Estaba más o menos a mitad de camino cuando un alarido, seguido del estruendo de una pelea, me sacó de mis pensamientos. Procedía de un callejón sin salida, uno de los muchos que abundaban en esta parte del barrio. Me asomé por la esquina y sentí que la sangre me hervía al ver la silueta de un guardia empujando a una chica al suelo. Ella ya tenía la blusa desgarrada, pero parecía más concentrada en suplicar al hombre que la dejara en paz que en defenderse. «Mierda». Este era el tipo de situación de la que una chica sensata se alejaría, por muy cruda que fuera la realidad. «¿Por qué no podría haber nacido siendo una chica sensata?». No tenía intención de meterme en una pelea con un hombre armado que me sacaba al menos treinta centímetros, pero tal vez podría alcanzar a la chica y salir corriendo si lo planeaba con cuidado. A diferencia del guardia, yo no llevaba arma, pero si golpeaba rápido y fuerte, podría tumbarlo antes de que la cosa se convirtiera en un forcejeo. Descabellado, quizás, pero ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Hacer oídos sordos y seguir mi camino? Entré en el callejón con el mayor sigilo posible y, al hacerlo, me fijé en una caja de madera llena de coles podridas. Cerré los dedos alrededor del borde y recorrí la distancia que me separaba del guardia, estampando la madera contra la nuca con todas mis fuerzas. Se rompió con un crujido satisfactorio, dejándolo seco mientras la chica soltaba un nuevo grito de terror. Le propiné una patada en la barbilla para asegurarme de que no se levantaría. La chica de la blusa rasgada retrocedió, tan asustada de mí como de su atacante, pero entonces vi en sus ojos que comprendía que yo estaba allí para ayudarla. Con los brazos temblorosos, se incorporó, pero de pronto se quedó helada y me señaló. —Estoy aquí para ayudar —intenté calmarla—. Venga, tenemos que irnos antes de que… No llegué a terminar la frase; un golpe seco en la sien me mandó al suelo. El mundo me dio vueltas mientras me daba cuenta de que la chica me había estado señalando lo que tenía a la espalda. Intenté incorporarme, solo para toparme con el filo de una hoja desenvainada. Alcé la vista hacia los ojos de un segundo guardia; este llevaba galones de sargento en los hombros. Tenía el rostro sombrío mientras mantenía la punta de su espada corta a escasos milímetros de mi garganta. —Joseph —dijo con calma—, ¿estás bien? El hombre al que había golpeado con la caja se dio la vuelta en el suelo con un gemido y se puso en pie con cautela. —¡La perra me ha dado bien! —escupió—. Me va a dejar marca, seguro. —Da gracias de que no llevara un cuchillo encima, idiota —le soltó el otro. —¡Estaba intentando violar a la chica! —protesté, aún sin aliento—. ¡¿Por qué demonios me pegas a mí?! Una fugaz mueca de disgusto cruzó el rostro del recién llegado. —Dijiste que ibas a dejar de hacer estas mierdas —recriminó, ignorándome para fulminar con la mirada a su compañero—. ¡Lo prometiste, Joseph! Este le restó importancia con un gesto de la mano. —A nadie le habría importado si ella no se hubiera metido, Allen —se justificó—. Podemos romperles un par de dedos para enseñarles modales e irnos a casa; nuestra patrulla casi ha terminado. El sargento —Allen, al parecer— suspiró. —Mírale la blusa, Joseph. Lleva el emblema de un orfanato imperial bordado en el pecho. Si vuelve a casa con los dedos rotos, la gente empezará a hacer preguntas —sentenció. Los ojos del aspirante a violador se abrieron de par en par, aterrorizados. —¡Joder! —gimió—. ¿Qué hacemos? No puedo ir a la cárcel, ¿quién va a alimentar a mis hijos? ¡Bessie ni siquiera tiene trabajo! Lancé una mirada de reojo a la chica. Estaba acurrucada en un rincón, temblando como una hoja y tratando de mantener unidos los jirones de su ropa. —Solo dejadnos ir —sollozó con la voz quebrada—. Por favor, no diré nada. Ella tampoco. Pero al igual que yo, en el fondo sabía que aquello no funcionaría. —Tendremos que matarlas —decretó Allen con frialdad—. Nada de filos. Eso levantaría demasiadas sospechas. Nos topamos con los cadáveres durante la patrulla; sin testigos ni sospechosos. \_«\_Y una mierda». Me moví rápido, golpeando la mano que sostenía la espada mientras intentaba ponerme en pie. Logré que aflojara el agarre, pero me hundió la guarda en el hombro. El golpe me hizo tambalear y perdí el equilibrio. Oí a la otra chica echar a correr, pero no llegó lejos: escuché un impacto sordo y un gemido de dolor. Había caído. Traté de sofocar el pánico que me subía por el pecho, pero la fría certeza de que estaba atrapada con dos hombres armados, en un callejón sin salida, no ayudaba en nada. Le arañé la cara a mi agresor mientras intentaba reducirme; mis uñas le sacaron sangre y un siseo de dolor escapó de sus labios. No fue suficiente. Como había soltado la espada en algún momento, pudo usar ambas manos para estamparme contra la pared, inmovilizando mis muñecas con una fuerza que me hizo crujir los huesos. —¡Joseph! —jadeó Allen con esfuerzo—. Encárgate de la otra. Pero primero, prométeme que esta es la última vez. No podemos seguir haciendo esto. El otro se lamió los labios, asintiendo con nerviosismo. —Sí, la última —balbuceó—. En serio, yo no quería que nadie muriera por esto. La chica gritó e intentó levantarse de nuevo, pero eso fue lo último que vi antes de que la mano del sargento se cerrara sobre mi garganta. Intenté zafarme, intenté respirar, pero… —Nunca debiste entrar en este callejón, muchacha —sentenció—. Son malos tiempos para jugar a los héroes. —Siempre es un error regodearse antes de terminar —observó una voz con calma. Hubo un estallido de movimiento y una silueta enorme surgió de la oscuridad, derribando a Allen con un manotazo sin esfuerzo y levantando a Joseph por el cuello. Inhalé una bocanada de aire con desesperación, tosiendo varias veces antes de recuperar la compostura suficiente para mirar a mi alrededor. La chica estaba inconsciente, con el rostro amoratado por el golpe que la había dejado seca mientras a mí me asfixiaban, y un hombre estaba arrodillado junto a ella. La examinó metódicamente en busca de heridas antes de ponerse en pie y clavar sus inquietantes ojos de color verde pálido en los míos. Era de piel clara y vestía una armadura de placas de acero sencillas, aunque se movía como si los kilos de metal que llevaba fueran ligeros como la seda. Mis ojos recorrieron la espada que llevaba al costado antes de dirigirse hacia la otra presencia en el callejón. Era una mujer, o al menos tenía una forma vagamente femenina. Me sacaba casi un metro de altura y me doblaba en anchura; sostenía al forcejeante Joseph por la nuca sin el menor esfuerzo. Su capa la cubría hasta el cuello, ocultando cualquier arma que pudiera portar. Me incorporé, conteniendo una tos y muy consciente de que aquellos ojos verdes no me quitaban la vista de encima. Allen hizo ademán de ponerse de rodillas, así que le propiné una patada en la barbilla con una punzada de cruel satisfacción. —Quedarse en el suelo sería la opción más sensata, sargento —comentó el desconocido—. Las consecuencias de seguir resistiéndose podrían resultar desagradables. —Gracias —logré articular con voz ronca—. Pensé que no lo contaba. Él inclinó ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento. A sus espaldas, el aspirante a violador forcejeaba contra el agarre de la mujer y pedía socorro a gritos. —Capitana —indicó, sin siquiera mirarla—. ¿Podrías silenciar a nuestro otro amigo? En respuesta, ella hundió el puño en el estómago de su prisionero más rápido de lo que mis ojos alcanzaban a seguir, arrancándole un gemido que rozaba la arcada, antes de propinarle un manotazo en la sien que lo dejó seco. En ningún momento dejó de sostenerlo en vilo, y ni siquiera pareció incomodarse al cargar el cuerpo inerte sobre el hombro. Allen soltó un sonido ahogado. —Sé quién es —jadeó—. Es el Caballero Negro. ¡Señor, estamos de su lado! Retrocedí medio paso, sintiendo cómo el estómago se me encogía de puro miedo. Atizar a un guardia por la espalda era una cosa, pero si el sargento tenía razón, estaba a menos de tres metros del mismísimo Señor de la Carroña. «Mierda, de todas las personas que podían haber aparecido en este callejón». El hombre de ojos verdes cargaba a sus espaldas un historial de cadáveres que haría vomitar a más de un carnicero. No había nadie en Callow que no reconociera ese Nombre. Y si de verdad esa era la Capitana quien cargaba con el otro guardia, entonces estaba doblemente jodida. Las leyendas decían que una vez había matado a un gigante con un solo martillazo. Dioses, viéndola bien, debía medir al menos dos metros y medio. —No —murmuró la leyenda—. No lo estáis. Una bota blindada salió disparada y el sargento se unió a su cómplice en el reino de los sueños. Un instante después, añadió: —Si la memoria no me falla, hay un refugio a unas pocas manzanas de aquí, Sabah. Dejémoslos allí de momento. —¿No los entregamos a la guardia? —Kojo se enteraría antes de que pasara una hora —negó—. No hay necesidad de avisarle de nuestra llegada con antelación. —¿Y la chica? Ambos miraron a la víctima, que seguía tendida e inconsciente. —Que la lleven a un sanador —ordenó. La mujer gigantesca saludó con un gesto, con Joseph aún colgado del hombro, y agarró a Allen por el pie. Lo arrastró por el suelo sin el menor cuidado y, un latido después, ya había salido del callejón. Dioses, ¿cuánto medía su zancada? —¿Es... —balbuceé, con la garganta todavía dolorida— es usted de verdad «Él»? Sonrió con los labios, pero sus ojos permanecieron gélidos e imperturbables. Eran de una tonalidad verde tan pálida que me provocó un escalofrío; justo como me imaginaba los ojos de un feérico: ajenos e inquietantes. Ni siquiera me había respondido, pero el simple peso de su atención me hizo sentir como un conejo ante un lobo, como si mi vida pudiera ser segada en un abrir y cerrar de ojos. Supongo que aquello habría acobardado a cualquiera, pero yo siempre he odiado sentir miedo. Las otras chicas del orfanato nunca entendieron por qué me empeñaba en subir al tejado para quedarme al borde, cuando todo el mundo sabía que tenía vértigo, pero no captaban el quid. Seguía yendo porque tenía miedo, y me negaba a parar, incluso cuando empezaron a burlarse diciendo que me convertiría en una gárgola si seguía allí arriba, fulminando el suelo con la mirada. No era tan ingenua como para creer que enfrentar un miedo infantil a las alturas era lo mismo que sostenerle la mirada a un monstruo sonriente, pero el principio sí lo era. El miedo no me dominaba a mí: yo lo dominaba a él. Le sostuve la mirada, negándome a pestañear incluso cuando su sonrisa se ensanchó. «Puede que seas un lobo, pero yo no soy un conejo». —¿Si soy el Caballero Negro? —respondió—. Sí, entre otras muchas cosas. El peso que había estado sintiendo desapareció tan rápido como había llegado y dejé escapar un suspiro entrecortado. ¿Lo había hecho a propósito o me lo había imaginado? Aquel miedo no me había parecido natural… y menos ahora que ya no me asfixiaba. Recelaba de darle mi nombre, pero habría sido de mala educación no hacerlo después de que me había salvado el pellejo. —Soy… —Catherine Foundling, del orfanato imperial —terminó. Se me heló la sangre. ¿Cómo sabía mi nombre? ¿Me habrían marcado para morir por alguna razón? No había hecho nada ilegal, aparte del Foso, ni me había relacionado con nadie lo suficientemente estúpido como para desafiar a la autoridad imperial. Mi instructor de esgrima había sido Guardia Real en su día, pero estaba demasiado acabado para ser un rebelde. «No —me convencí—. Si quisiera verme muerta, no habría intervenido cuando el sargento me estrangulaba. Pero entonces, ¿cómo...?» —¿No lo has oído, querida? —comentó con un deje sardónico—. Lo sé todo. Sabía, a nivel intelectual, que lo que decía era imposible; pero en ese momento, de pie en aquel callejón oscuro donde dos hombres habían sido despachados sin esfuerzo, casi podía creerlo. —En cualquier caso, no estás en problemas. —Pues debo decir que no me estás dando esa impresión en absoluto —solté antes de poder contenerme. Hice una mueca en cuanto procesé lo que acababa de salir de mi boca. Muy bien, Catherine, sigue replicándole al tipo que podría ensartarte sin que nadie le pidiera explicaciones. Dioses, debería recibir menos golpes en la cabeza. Para mi alivio, se rió. —Supongo que tendrás que fiarte de mis palabras —respondió—. Aunque me temo que voy a necesitar tu compañía un rato más —continuó. —¿Para qué? —fruncí el ceño—. Le dijiste a… Ella —dije, dudando en usar el Nombre de Capitana—, que no ibas a entregarlos a la guardia todavía. No podía imaginar qué utilidad podía tener yo, salvo como testigo, y aun así dudaba que lo necesitara. Si la mano derecha de la Emperatriz creía que alguien debía morir, esa persona moría. Así de simple. Y cualquiera lo bastante tonto como para protestar, probablemente acababa en el mismo cementerio. El Caballero sonrió y, por enésima vez aquella noche, un escalofrío me recorrió la espalda. —Llamémoslo curiosidad. Le seguí fuera del callejón, echando una última mirada a la chica —cuyo nombre nunca llegué a saber— mientras una silueta silenciosa, envuelta en una capa oscura, la cargaba en vilo; era una de la docena que aguardaba justo al doblar la esquina. —¿Qué va a pasar con ella? —pregunté. —Nada —respondió—. De haber estado en condiciones, habría requerido su presencia también; pero aunque estuviera despierta, no se encontraría en el estado mental adecuado. No me atreví a preguntar más. El refugio estaba tan cerca como había dicho; el trayecto no fue lo bastante largo como para permitirme pensar en otra cosa que no fuera en lo nerviosa que estaba. No había nada que distinguiera al refugio del resto de las casas del vecindario, salvo la docena de soldados con armaduras pesadas, apostados en completo silencio frente a la puerta. Adiós a la sutileza. Aunque no es que fuera a quejarme: ni siquiera una patrulla entera de la guardia de la ciudad se atrevería a meterse con estos tipos. ¿O tipas? Era difícil saberlo; los visores les cubrían por completo el rostro y la armadura disimulaba cualquier curva posible. De todas maneras, yo ya sabía quiénes eran: la Guardia Negra, los guardaespaldas del Caballero Negro. Una unidad de asesinos de élite de la que se decía que era una de las pocas compañías de caballería pesada del Imperio del Terror. Se decía que cada uno de ellos valía por diez hombres y que todos eran supervivientes de los Campos de Streges. Aunque, a decir verdad, eso lo decían de mucha gente. La Conquista había sido una guerra tan unilateralmente aplastante que a veces pensaba que una de las formas en que habíamos lidiado con el trauma fue poner a nuestros conquistadores en un pedestal. Mi acompañante cruzó la puerta tras inclinar la cabeza y yo le seguí en silencio. Capitana —que no estaba a la vista— o alguno de esos soldados sin rostro debía de haber encendido las velas, porque había varias repartidas por la habitación. Una cama andrajosa ocupaba una esquina, junto a una mesa flanqueada por un par de sillas; aparte de eso, no había mucho más mobiliario. Nada que valiera la pena robar, a menos que uno estuviera realmente desesperado. Los asaltantes habían sido atados y amordazados contra la pared del fondo. Ambos estaban despiertos y ninguno lograba disimular el terror. El Caballero los ignoró y yo hice lo mismo, sentándome en la silla restante. La luz de las velas me dio la primera oportunidad de verlo con claridad. Tenía una de esas caras de edad indefinida que le confería una faz bastante lozana para alguien que, si los rumores eran ciertos, andaba cerca de los sesenta. A veces los Roles hacían eso: ralentizaban el envejecimiento o te fijaban la apariencia para siempre. No tenía claro qué quería de mí, pero si no pensaba decir nada, yo tenía mis propias preguntas. —¿Qué les va a pasar ahora? Ambos sabíamos a quiénes me refería. Él no se molestó en jugar a lo que suelen jugar quienes tienen poder: fingir ignorancia para obligarte a hablar y que tropieces con tus propias palabras. Tamborileó los dedos sobre la mesa mientras las sombras que las velas proyectaban sobre su rostro se retorcían como si tuvieran vida propia. —Serán entregados a la guardia de la ciudad para que los juzgue y castigue —respondió al fin—. Como Laure ya no está bajo ley marcial, prevalece la ley de Callow según la interpreta el gobernador imperial. El intento de agresión sexual debería costarles, como mínimo, cinco años entre rejas… algo menos para el buen sargento, dado que solo fue cómplice. El intento de asesinato les valdría la horca, pero me han dicho que los tribunales de la ciudad no son precisamente de fiar. Poco sorprendente, dado que el gobernador Kojo era quien nombraba a los jueces. Sus tribunales no iban a enviar a sus guardias falderos al patíbulo. Así que cinco años. Eso era… Habían intentado violar a una inocente, y cuando traté de impedirlo, intentaron matarme para salirse con la suya. —¿Y ya está? —espeté—. ¿Después de todo lo que hicieron, van a pasar cinco años en una celda de Thorpe Hill, comiendo mal, y después regresarán a la calle? Alzó una ceja. —Subestimas lo desagradable que es estar encerrado en esas celdas, pero, en esencia, sí. —No es suficiente —rebatí—. No por lo que intentaron hacer… ni por lo que habrían hecho si no hubiéramos tenido la suerte de que aparecieras. El hombre del que tanto había oído hablar me estudió en silencio, con el rostro inescrutable. Las historias bullían en mi mente, cada una más inverosímil que la anterior. Había cabalgado un dragón. Su espada se alimentaba de las almas de los inocentes y, por eso, jamás había perdido un duelo. Veía el futuro y leía la mente de sus enemigos. Conquistó Callow en un mes al transformar a todo su ejército en hombres lobo. Los orcos lo adoraban como a un dios y él era el rey de los goblins. Circulaban incluso rumores de que tenía sangre de gigantes, pero considerando que no alcanzaba ni por asomo el metro ochenta, me sentí lo bastante confiada como para descartar esa última. Con suerte, los rumores sobre su telepatía eran igual de falsos; en lo que a mí respectaba, nadie tenía derecho a estar en mi cabeza salvo yo. —Existe otro modo —repuso tras una pausa. Lentamente, con sumo cuidado, desenfundó el cuchillo que colgaba de su cinturón y lo posó sobre la mesa. Observé la hoja con cautela; el filo lucía peligrosamente afilado incluso desde donde estaba sentada. —¿Sabes qué distingue a la gente que tiene un Rol de la que no lo tiene, Catherine? Negué con la cabeza. —La voluntad —declaró—. La convicción de que, en el fondo, saben lo que es correcto y lo harán realidad. Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Estaba insinuando lo que yo creía? —Así que dime, Catherine Foundling —murmuró con una voz suave como el terciopelo—, ¿qué crees que es lo correcto? Hizo girar el cuchillo para que el mango apuntase hacia mí; el roce de sus dedos fue ligero. —¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar para verlo hecho realidad? Podía sentir los ojos de los dos guardias amordazados fijos en mí, pero los ignoré. Le sostuve la mirada al Caballero Negro con el corazón retumbando en el pecho. Las vidas de esos dos hombres acababan de caer en la palma de mi mano y, si quisiera extinguirlas, solo tenía que apretar. ¿Pero de veras podía hacerlo? ¿Tenía derecho a tomarme la justicia por mi mano? Matarles sería asesinato; todos los sermones que había oído en la Sacristía así lo declaraban. Y sin embargo… «Cinco años», recordé. «Cinco años y luego volverán a las calles». Cerré los dedos alrededor de la empuñadura. Me puse en pie y los ojos de Joseph se abrieron de par en par, inyectados de miedo, cuando me arrodillé frente a él. No había nada más en la habitación, solo nosotros dos. Sentí la palma de mi mano sudada contra el cuero del mango, pero apreté el agarre y le bajé la mordaza. Si iba a hacerlo, si de verdad lo iba a hacer, necesitaba saberlo. Sentí la mirada del Caballero sobre mí, pero aquello no iba con él. Iba conmigo, con la decisión que debía tomar. Toda mi vida me había dicho que, cuando tuviera poder, lo usaría para arreglar las cosas. Para que todo fuera mejor. Y ahora, aquí estaba, con el poder de la vida o la muerte sobre dos hombres bajo la forma de unos pocos centímetros de acero frío. —Has hecho esto antes —solté. Por un instante, pareció avergonzado, pero hubo algo en sus ojos que hizo que el asco me revolviera las entrañas. Como si todavía no comprendiera lo vil de sus acciones. —Mira —comenzó—, no era mi intención. Es solo que... la forma en que iba vestida... Quiero decir, ¿qué clase de mujer decente sale a esas horas por la noche...? Le corté el cuello. No fue una decisión consciente. Por lo que había dicho y hecho, decidí que merecía morir… y mi mano hizo el resto. Con el filo paralelo al suelo, seccioné las arterias principales como lo hace un carnicero con los cerdos en el mercado. Quizás, si hubiera escuchado con más atención a los sacerdotes, lo habría dejado ir a prisión, pero lo único en lo que podía pensar era: ¿qué pasaría cuando saliera? La próxima vez que acorralara a una chica en mitad de la noche, yo no estaría allí. Observé cómo la sangre brotaba de su garganta y me miró como si, de algún modo, lo hubiera traicionado. Me pregunté si no debería sentir algo: pena, arrepentimiento; quizás náuseas al verle morir. «Seguro que él no habría terminado con ella tan rápido», pensé. Allen parecía resignado cuando me giré hacia él. Respiró hondo y cerró los ojos. Mi corte fue más limpio la segunda vez. Me quedé ahí, arrodillada un buen rato, con la sangre goteando del cuchillo. Es curioso, matar a alguien. Uno esperaría más drama: truenos retumbando a lo lejos, el peso de la desaprobación celestial aplastando tus hombros. Pero lo único que sentía era un leve entumecimiento. La palma de mi mano estaba algo magullada por la forma en que el mango del cuchillo se había clavado al cortar, y mi blusa estaba salpicada de sangre. «Así que ahora soy una asesina. No es como imaginé que terminaría esta tarde», me dije a mí misma. La broma fue de mal gusto, pero sonreí de todas formas, porque sentirme como una perra despiadada era preferible a… la apatía que me había invadido. —¿Es así siempre? —pregunté, con los ojos fijos en el cadáver aún caliente del sargento y en la sonrisa carmesí que le había dibujado en la garganta. —¿Cuando tomas la decisión en frío? —Escuché a mis espaldas—. Sí. Asentí y no opuse resistencia cuando me ayudó a ponerme en pie y me alejó de allí con cuidado. —Se lo tenían merecido —dije, mirándole a los ojos. No hubo contradicción. —Se lo merecían —susurré para mis adentros. Me guio hacia la puerta y me habría dado igual cuál fuera nuestro destino con tal de que me sacara de esa casa. El aire nocturno se sentía fresco contra mi rostro; escuché a uno de sus escoltas entrar en la habitación, pero me negué a prestarle atención. Me estremecí y sentí su capa envolviéndome los hombros. Había esperado que estuviera fría, pero desprendía un calor agradable. —Tengo una pregunta para usted, señor —dije tras un momento, con una voz que sentía ajena, como si saliera del cuerpo de una extraña. —Llámame Caballero. —Tengo una pregunta para usted, Caballero. —Te escucho. —Es un monstruo, ¿verdad? —murmuré en la noche, mirándolo de reojo. Sonrió. —De la peor calaña —asintió. No sé qué dirá eso de mí, pero por primera vez desde que puse un pie en aquel callejón, me sentí a salvo.
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Estás leyendo el capítulo 1 de GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela), un novela. El Imperio se alza triunfante. Durante veinte años, la Emperatriz del Terror ha gobernado las tierras de lo que antaño fue el Reino de Callow, pero tras las bambalinas de esta naciente edad de oro, las amenazas al trono… Este capítulo tiene publicado el 26 de marzo de 2026, Traducido por el grupo KM12. GUÍA PRÁCTICA PARA EL MAL (Novela) tiene 11 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.