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Leer Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela) Capítulo 9 online gratis en español

“¿Sabes por qué me volví un espadachín?” Era una mañana después de un sparring particularmente intenso. El rocío todavía no se había evaporado del todo y el aire olía a hierba recién cortada, un aroma verde y limpio que me llenaba los pulmones. Kael limpiaba el sudor de su frente con una toalla vieja —una tela áspera que había visto mejores días— mientras yo intentaba recuperar el aliento, desplomado contra la corteza áspera de un árbol. Mis brazos me dolían. Mis piernas me dolían. Incluso mis párpados me dolían, cosa que no sabía que era posible. Cada fibra de mi cuerpo protestaba. “No soy adivino, Kael-sensei,” conseguí decir entre jadeos. “Porque era un bandido.” Me ignoró casualmente, como si estuviera comentando el clima. Me quedé inmóvil. El dolor en mis brazos dejó de parecer importante. Incluso el ardor en mis pulmones pasó a un segundo plano. “¿Por qué me miras así, eh? ¿Esperabas que fuera algún tipo de héroe?” “... ¿Era, al menos, un buen bandido?” “Tampoco.” Dobló la toalla con esa practicidad suya, en cuadrados perfectos, cada pliegue alineado con precisión. “Era muy estúpido. Flacucho. Impulsivo. Robaba a quien tuviera algo de valor sin considerar las consecuencias. Atacaba caravanas sin verificar si tenían guardias. Una vez intenté robarle a un mago de rango A.” Negó con la cabeza, soltando un bufido que era mitad risa, mitad autodesprecio. “Era el típico y clásico canalla sin ningún tipo de visión a largo plazo.” Procesé eso. La imagen de Kael —mi maestro, el hombre que me enseñaba posturas y me corregía la muñeca con una paciencia infinita— como un bandido de caminos era difícil de encajar. “¿Entonces ya no lo eres?” “Un aventurero me dio una paliza que casi me mata.” Sonrió, autoconsciente. “Me dejó vivo específicamente para que pudiera ‘repensar mis opciones de vida’. Sus palabras fueron tan exactas como los moretones. Tenía el puño muy bien educado.” “¿Y las repensaste?” “Eventualmente. Pero tomó tiempo; el orgullo herido es una sustancia muy difícil de tragar.” Se recostó contra el árbol de al lado. La corteza crujió bajo su peso. “Volví a mi aldea natal y encontré a Mirra trabajando en un restaurante. Nos odiábamos cuando éramos adolescentes —hablo en serio, era un odio genuino y bien merecido por ambas partes; ella me tiró un plato a la cabeza la primera vez que me vio—, pero algo había cambiado. O tal vez ambos habíamos madurado lo suficiente para empatizar con el otro. Para ver quién era el otro en realidad.” “¿Y se enamoraron?” “Después de muchos insultos, algunos incidentes que no repetiré en compañía de un menor, y un rescate dramático que Mirra nunca admitirá que necesitó.” La expresión de Kael se suavizó, apenas perceptiblemente. “El punto es este, Morwen: tu vida puede cambiar de dirección drásticamente. La persona que eres no tiene que ser la persona que serás. El camino no está fijo, ni siquiera cuando crees que ya has elegido el equivocado. Siempre puedes dar la vuelta”. Asentí. Las palabras se quedaron flotando en el aire de la mañana. No fue hasta el camino de regreso a casa, cuando el cielo empezaba a teñirse de naranja y las primeras estrellas parpadeaban en el horizonte, que entendí por qué me lo había contado. Todos los otros niños jugaban con espadas. Para ellos, era un juego. Una extensión de las historias de héroes que escuchaban junto al fuego, con dragones y princesas y espadas mágicas. Yo también había estado jugando. Pero lo que Kael me estaba enseñando era algo completamente distinto: el arte de la violencia intencional. La habilidad de lastimar con propósito. Y quería asegurarse de que yo entendiera la diferencia antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que me convirtiera en alguien que usaba la espada sin saber su peso. Si me preguntaran hoy si Kael era un modelo a seguir, respondería que no sin mucho esfuerzo. No era la mejor fuente de influencia moral disponible. Nadie con criterio pondría a sus hijos en manos de un exbandido reconvertido que propone sparrings a niños de once años con alegría un tanto preocupante y que olvida mencionar que podría “lastimarte si comete un error de juicio” hasta que ya has aceptado. Era, en muchos sentidos, un desastre ético con patas. Y, sin embargo, era buen maestro. A su manera. Apostaría a que él habría estado encantado de haber tenido un hijo varón si la oportunidad se presentara de vuelta. … No, espera. Tampoco es como si mi opinión tuviera la finalidad de reducir el valor de Rena como su hija —Kael me perturbaría en pesadillas terribles si descubre que siquiera pensé esto. Incluso desde su adolescencia, ella fue una señorita encantadora, una verdadera influencia de la cual aprender en los momentos críticos para los más jóvenes. Tenía una capacidad innata para decir exactamente lo que uno necesitaba escuchar, aunque no siempre fuera lo que uno quería. Recuerdo que, a medida que crecía, su belleza resaltaba cada vez más y la lista de pretendientes no hacía más que aumentar. Los muchachos del pueblo y de las aldeas vecinas encontraban excusas para pasar cerca de su casa, para coincidir con ella en el mercado, para ofrecerle flores silvestres con una torpeza que a Rena le parecía más divertida que halagadora. Sin embargo, los pretendientes disminuían tan rápido como conocían a aquella figura aterradora y resentida que trepaba por sus espaldas. Kael tenía una habilidad especial para aparecer en el momento exacto en que un joven se armaba de valor para declararse. Y su expresión en esos momentos —esa sonrisa que no llegaba a los ojos, esa mano que descansaba casualmente sobre la empuñadura de su espada— era suficiente para que la mayoría reconsiderara sus prioridades. Esa era la proyección espiritual de la reputación y los celos de su padre. Un escudo involuntario que Rena ni necesitaba ni había pedido. Oh, disculpa. Me desvié por unos instantes. Tener la ocasión de conmemorar los recuerdos del pasado a veces me hace divagar sobre ciertas posibilidades. Es un mal hábito mío. Pasar demasiado tiempo en la soledad de esta isla hace que la mente vague por senderos que no siempre son apropiados para una crónica formal. ¿En qué parte nos quedamos? Cierto. La esgrima. \*\*\* Tres meses después de comenzar el entrenamiento formal, lo superé. No en experiencia —él tenía décadas de práctica que ningún niño podría replicar, años de combates reales que habían moldeado sus reflejos de formas que el entrenamiento nunca podría igualar—, pero sí en capacidad técnica pura. Mi habilidad para leer movimientos y ejecutar respuestas apropiadas había excedido lo que él podía enseñar efectivamente. Ocurrió durante un sparring rutinario, una mañana como cualquier otra. Vi la apertura en su defensa tres movimientos antes de que existiera. Primero, el desplazamiento de peso, luego el ángulo de su guardia, después la trayectoria de su contraataque. Ajusté mi postura anticipadamente, deslizando mi pie trasero unos centímetros hacia la izquierda. Cuando llegó el momento, mi espada tocó su pecho antes de que pudiera reaccionar. El contacto fue mínimo. Apenas un roce de madera contra tela, pero innegable. Si ignoramos el hecho de que estaba completamente exhausto y que ese golpe tuvo tanto de suerte como de técnica, sí: fue mi primera victoria. Una entre los cientos de derrotas acumuladas. “Nada mal,” reconoció Kael, sin amargura. Bajó su espada y se frotó el pecho donde mi palo lo había tocado, más por gesto que por necesidad. Yo colapsé contra el suelo intentando recuperar el aliento. Mis pulmones ardían como si hubiera estado corriendo durante horas en lugar de minutos. “Haah… ugh… gah…” “Eres un prodigio,” dijo, apoyando una mano sobre mi hombro mientras yo contemplaba el cielo. Las nubes se movían lentamente, indiferentes a mi triunfo. “He enseñado a docenas de estudiantes, pero ninguno de ellos ha progresado ni remotamente cerca de tu velocidad. Y, para colmo, acabas de derrotar a un espadachín de rango B en solo tres meses de entrenamiento formal. ¿Entiendes lo imposible que es eso?” Sinceramente, no lo comprendía. Me parecía un avance natural. Cómo adquirir la habilidad de leer: Las letras no tienen sentido al principio, y de pronto se convierten en palabras, después en oraciones y finalmente en mundos completos. Pero la expresión en su rostro —orgullo mezclado con algo parecido a la tristeza— me hizo comprender que había cruzado algún umbral que él reconocía mejor que yo. “No puedo enseñarte más,” admitió finalmente. Su voz era más grave de lo normal. “Has superado mis capacidades. Si quieres seguir creciendo, necesitarás maestros más capaces. Oponentes que realmente te desafíen. Gente que pueda empujarte más allá de lo que yo puedo llevarte.” “… Gracias, maestro,” respondí, porque no sabía qué más decir. Las palabras me parecían insuficientes, pero eran las únicas que tenía. “No me agradezcas todavía.” Sonrió. “Cuando llegue ese día, necesitarás buscar a alguien que pueda llevarte más allá de lo que yo alguna vez alcancé. Y ese día llegará pronto.” Asentí. El mundo allá fuera debía ser grande. Vasto. Lleno de espadachines más fuertes que Kael, de técnicas que él no podía enseñarme, de desafíos que me obligarían a crecer. Por primera vez, la idea no me causaba indiferencia. Había algo en ella que se parecía al hambre. \*\*\* Fue semanas después, en el bosque, cuando entendí la lección completa. Kael, Rena y yo recolectábamos hierbas que Ysolde había solicitado para sus remedios. El bosque olía a humedad y a savia, ese aroma verde y profundo que solo existe bajo los árboles viejos. Rena charlaba sobre algo que habían traído los últimos comerciantes: telas de colores que nunca habíamos visto, especias que prometían sabores imposibles. Kael respondía con comentarios secos que la hacían reír. Yo caminaba ligeramente detrás, observando los patrones de luz filtrándose por el dosel, escuchando el crujido de las hojas bajo nuestros pies. Y entonces lo sentí. Era una sensación extraña. Como si algo estuviera rozando los bordes de mi percepción desde afuera, con una intención que contrastaba específicamente con el ambiente. No era un sonido, ni un olor, ni un movimiento visible. Era más parecido a un cambio de presión, como cuando el aire antes de una tormenta sabe diferente. Como si el bosque mismo contuviera la respiración. Me detuve. “Kael-dono.” Algo en mi tono lo alertó de inmediato. Su mano fue a su espada antes de que terminara de voltear. Su postura cambió en una fracción de segundo, de padre relajado a un guerrero alerta. “¿Qué pasa?” “Algo nos está observando.” “¿Dónde?” “No sé exactamente.” Señalé hacia el grupo denso de árboles a nuestra izquierda, donde las sombras eran más profundas y la luz apenas llegaba. “Pero parece ser ahí. Y tiene intención.” Kael siguió mi dirección. Sus ojos se entrecerraron, escrutando la oscuridad. Pasaron varios segundos. Rena se había quedado completamente quieta detrás de su padre, su expresión alerta. Incluso los pájaros habían dejado de cantar. Luego, hubo movimiento. Un Skalwolf emergió de las sombras —algo entre un lobo y un reptil, con escamas donde debería haber pelaje y ojos que brillaban con esa inteligencia depredadora que hiela la sangre. Era de rango C en las clasificaciones del gremio. No era letal para un adulto experimentado, pero era definitivamente peligroso. Sus garras dejaban surcos en la tierra mientras avanzaba. Su mirada fue directa hacia Rena. “Detrás de mí,” ordenó Kael, desenvainando con una fluidez que hacía evidente que ese movimiento lo había hecho mil veces. El acero cantó al salir de la vaina. Rena obedeció al instante, su jovialidad evaporada en algo más serio. Yo me mantuve donde estaba. No por falta de instinto de supervivencia. Sino porque lo estaba calculando. El animal no estaba mirando a Kael, sino a Rena. Eso significaba que Kael era el obstáculo, no el objetivo. Y si Kael era el obstáculo, el Skalwolf iba a buscar una forma de sortearle. Un ataque frontal no le convenía; buscaría un ángulo. La presa más pequeña y aparentemente indefensa que no se había puesto a cubierto. Tomé mi postura del Viento del Este en silencio y esperé. Mi bastón de caminata —no era una espada, pero era lo que tenía— se sentía sólido en mis manos. “¡MORWEN, DEJA DE QUEDARTE AHÍ Y VEN AQUÍ DE UNA BUENA VEZ!” El grito de Kael hizo que Rena se aferrara con más fuerza a la espalda de su padre. Ambos me miraban con un pánico creciente. “M-Morwen… hazle caso…” El Skalwolf gruñó. Bajo, vibrante, amenazante. El sonido resonó en mi pecho. Kael reconoció la señal, pasó a postura ofensiva y abrió la boca para llamarme otra vez. Y entonces, el animal atacó. No hacia Kael. Hacia mí. Con una velocidad que cerraba la distancia entre nosotros en dos saltos poderosos, sus garras arañando la tierra en cada impulso, confiando en el peso de su cuerpo para terminar la pelea con una sola mordida. Mi mente se vació. No de miedo —el miedo llegó, pero a un lado, como algo que se queda esperando en el pasillo mientras otra cosa entra por la puerta principal. Mi percepción se volvió cristalina. Vi el arco de su trayectoria, calculé el punto de aterrizaje, identifiqué el ángulo exacto donde su cráneo estaría más expuesto. Es ahora. Me moví. No con gracia. No con técnica refinada. Mi cuerpo no tenía la memoria muscular para eso. Pero al lugar correcto, en el momento correcto, con el bastón de caminata que había estado usando —y que reforcé con toda la determinación que uno descubre en los momentos donde no queda otra opción—, conectando con su cráneo en el ángulo exacto que Kael me había enseñado. El impacto vibró a través de mis brazos hasta los hombros. El bastón se quebró en el impacto, astillas volando en todas direcciones. El Skalwolf gimió, tambaleó. Sus patas se enredaron entre sí. Y entonces Kael ya estaba ahí, pateando al animal lejos de mí, con su espada encontrando un punto vital en una estocada limpia. La hoja entró justo bajo la mandíbula y salió por la nuca. La criatura cayó antes de que el sonido del golpe terminara de resonar entre los árboles. El silencio que siguió fue breve y denso. Solo se oía mi respiración y el goteo de la sangre sobre las hojas. Lo rompí con un suspiro largo que no sabía que estaba cargando. “Hice lo que me enseñaste,” dije, y mi voz sonó sorprendentemente estable. “Anticipar. Posicionar. Golpear un punto vulnerable.” Kael me miraba. Su espada todavía goteaba sangre. “… Con un palo.” “No tenía una espada.” Procesó eso durante varios segundos. Abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. “Bien.” Otro silencio. “Mañana empezamos el entrenamiento real. Nada de posturas básicas. Si vas a reaccionar así por instinto cuando estás en peligro, necesitas un entrenamiento que esté a la altura de ese instinto.” “¿Qué significa eso?” “Significa, niño,” dijo, y en su voz había algo que no terminaba de decidir entre el orgullo y la incomodidad, “que aparentemente naciste para esto. Y sería irresponsable de mi parte no asegurarme de que estés preparado apropiadamente.” Rena me miró con ojos enormes. Su libro había caído al suelo en algún momento y nadie lo había recogido. “Eso fue increíble, Morwen.” No se sintió increíble. Se sintió como hacer lo obvio en el momento en que había que hacerlo. Cómo atrapar algo que te lanzan sin pensar. Cómo decir la palabra correcta sin buscarla en el diccionario. Pero, por primera vez en mi vida, hice algo que la gente que me rodeaba no pudo atribuir a mi presencia pasiva, ni a la calma artificial que yo irradiaba, ni a ninguna fuerza que escapara a mi comprensión. Lo hice con mis manos. Lo decidí con mi cabeza. Y mientras caminábamos de regreso al pueblo con la luz del atardecer tiñendo el bosque de naranja y dorado, comprendí algo que Ysolde había intentado decirme años atrás con otras palabras: que la forma en que yo mostraba las cosas no tenía que ser la misma que la de los demás. La bondad podía hablar en otro idioma. Y yo acababa de descubrir cuál era el mío. El niño que no sabía llorar había encontrado su idioma. Y ese idioma tenía el filo de una espada.
Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela)

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Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela) Capítulo 9

Estás leyendo el capítulo 9 de Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela), un novela. En las islas flotantes de Elythar, rodeado por los bellos prados y el grácil flujo de las cascadas, un hombre muy ocupado se encontraba en este lugar tan desolado. Donde vivía, siempre amanecía, pero nunca anochecía. Y,… Este capítulo tiene publicado el 10 de octubre de 2026. Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela) tiene 12 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.