Volviendo con Kael, tengo que hablar sobre el incidente del nombre.
Lo olvidé.
No al día siguiente de conocerle. No en la primera semana. Tampoco en la segunda, exactamente. Fue en algún punto de la tercera semana, con la imprecisión traidora que tienen esas pérdidas. Como un trasto viejo que se aparta en un rincón para hacer espacio a otro más brillante.
¿Con qué, exactamente? No lo sé. Probablemente con técnicas de espada. La Forma Séptima del Viento del Este, que Kael me había mostrado dos días antes y que yo estaba obsesionado con perfeccionar. El ángulo de la muñeca, la rotación de la cadera, el punto exacto donde el peso debía descansar en la punta del pie.
Para cuando lo noté, ya llevaba suficiente tiempo como para que preguntar fuera socialmente devastador. Era su casa. Había cenado con ellos tres veces; recordaba el sabor del estofado de Mirra, la textura de su pan casero. Me conocía su esposa. Conocía a su hija. Rena me había prestado uno de sus libros —una novela de aventuras con un protagonista absurdamente afortunado— y yo lo había devuelto con un comentario sobre el final que la había hecho reír, esa risa cascabelera que tenía a los doce años.
¿Y después qué?
“Disculpe, señor, ¿cómo dijo que se llamaba?”
No. Absolutamente no.
Así que hice lo que cualquier niño de once años en situación equivalente habría hecho. Lo que haría cualquiera que se enfrenta a un problema social para el que no tiene herramientas.
Improvisé.
El razonamiento era simple: si no podía usar su nombre porque no lo recordaba, usaría un título que fuera apropiado y respetuoso. Algo que transmitiera deferencia sin requerir información específica.
“Sensei.”
Era técnicamente correcto —él era mi maestro—. Respetuoso. Y no requería que recordara nada específico. Era la solución perfecta.
“Buenos días, Sensei.”
“¿Podría Sensei enseñarme esa técnica de nuevo?”
“Muchas gracias, Sensei.”
Problema resuelto. O eso pensé.
Usar “sensei” en todos los contextos posibles —incluyendo aquellos donde el nombre real habría sido más apropiado— resultó ser extremadamente conspicuo.
Durante una cena en su casa, cuando Mirra, con su eterna sonrisa cansada, preguntó si quería más comida, yo respondí: “Solo si Sensei dice que está bien.”
Mirra me miró con una expresión que claramente decía: ¿Qué le pasa a este chico? Sus ojos, del color de la miel tibia, se entrecerraron ligeramente.
Kael no comentó nada. Al principio. Pero sus pausas cuando yo lo llamaba “Sensei” se fueron extendiendo, y sus miradas se volvieron progresivamente más penetrantes. A veces, después de que yo usaba el título, él se quedaba quieto un segundo más de lo normal, esperando algo que nunca llegaba.
Rena, por su parte, llevaba días siendo demasiado callada al respecto. Demasiado silenciosa. Demasiado sonriente.
Lo cual, en Rena, era señal inequívoca de que estaba tramando algo. La había visto actuar así antes: cuando encontraba una debilidad que podía explotar, se volvía silenciosa y observadora, como un gato que ha visto un ratón y está calculando el ángulo exacto del salto. Solo le faltaba relamerse.
\*\*\*
Me descubrió aproximadamente seis semanas después del inicio de mi farsa.
Y cuando digo “descubrió”, me refiero a que ya lo sabía desde hacía varios días y simplemente estaba esperando el momento de mayor impacto. Rena tenía ese instinto teatral, esa capacidad innata para el drama que solo poseen las hermanas mayores.
Estábamos en el patio de su casa. Yo practicaba formas básicas —los mismos movimientos repetidos hasta que el cuerpo los recordara mejor que la mente—, con el sol de la tarde alargando mi sombra sobre las losas de piedra. Ella, supuestamente, leía un libro. El mismo que me había prestado, de hecho. Sus ojos, sin embargo, no se movían sobre las líneas.
“Morwen,” llamó, con una casualidad demasiado bien calibrada.
“¿Sí?”
“¿Cuánto tiempo llevas entrenando con papá?”
“… Aproximadamente un mes y medio.”
“Hm.” Cerró el libro con un golpe seco. “Deben haberse vuelto bastante cercanos, entonces.”
“Supongo.”
“¿Hablan mucho durante el entrenamiento?”
“A veces.”
“¿Sobre técnicas?”
“Mayormente.”
“¿Y sobre otras cosas?”
“A veces.”
“¿Cómo sus aventuras?”
“Sí. Me contó sobre la ciénaga.”
“¿Y su familia?”
“Ocasionalmente. Me habló de cuando conoció a tu madre.”
“Interesante.” Se puso de pie. El libro quedó olvidado. Se acercó con pasos lentos, medidos. “Entonces han tenido muchas conversaciones significativas.”
“Supongo.”
“Conversaciones donde probablemente usaste su nombre muchas veces.”
Y fue ahí cuando mi cerebro comprendió de golpe a dónde llevaba todo esto. Fue como ver una trampa cerrarse y darte cuenta de que ya habías puesto el pie dentro. El mundo se volvió muy silencioso de repente.
Rena lo percibió. La veía en esa sonrisa específica que tienen los depredadores un instante antes de atacar. No era una sonrisa cruel; era una sonrisa de puro deleite ante la inminente confirmación de una hipótesis largamente acariciada.
“Morwen,” dijo, en un tono dulce. Demasiado dulce. Empalagosamente dulce. Un tono que chorreaba miel y escondía una daga. “¿Cómo se llama mi papá?”
Pausa.
“… ¿Sensei?”
“No.” La dulzura desapareció, reemplazada por una severidad fingida que no lograba ocultar su diversión. “No trates de jugar al chico listo conmigo. Su nombre. Eso es lo que te estoy preguntando.”
Silencio. El tipo de silencio que se produce cuando todas las salidas están bloqueadas y solo queda rendirse.
“Él es… todos lo llaman Sensei…”
“No, no... tú lo llamas sensei, lo cual es raro, porque nadie más lo hace.” Se inclinó más cerca, invadiendo mi espacio personal con confianza. Su aliento olía a las mentas que siempre masticaba. “¿O acaso olvidaste su nombre y estás demasiado avergonzado para preguntar?”
Otro silencio. El tipo de silencio que confirma acusaciones con más eficiencia que cualquier confesión verbal. Mi expresión —esa maldita inexpresividad que me caracterizaba— debió delatarme por completo, porque Rena prácticamente brillaba.
“Lo sabía,” dijo. “¡Sabía que algo raro estaba pasando! ¡Llevas semanas llamándolo ‘Maestro’!”
“Yo no—”
“¡Has estado llamándolo ‘Maestro’ durante semanas porque literalmente no sabes su nombre!”
“¡Eso no es—!”
“¿Cuánto tiempo ha sido, Morwen?”
Consideré mentir. Decir que solo habían sido un par de días. Que había sido un despiste momentáneo. No obstante, mi poca dignidad restante me lo impidió.
“… Seis semanas,” susurré. Mi voz fue apenas un hilo.
“¿SEIS SEMANAS?” Su risa era una mezcla de genuino deleite y crueldad preadolescente bien administrada. “¡Has visitado nuestra casa! ¡Has cenado con nosotros! ¡Me devolviste mi libro con un análisis del final! ¡Y no sabes el nombre de mi papá!”
“Por favor, no le digas,” supliqué. Mi voz sonó más pequeña y desesperada de lo que habría querido. El orgullo, ese tirano implacable, se desmoronaba.
“¿Por qué no debería?”
“Porque es vergonzoso.”
“¡Exactamente! ¡Lo cual lo hace perfecto para compartir!”
“Rena, por favor—”
“Dime...” Cruzó los brazos con el aire de una negociadora experimentada que tiene todas las cartas y lo sabe. Sus ojos brillaban con una luz victoriosa. “... ¿Qué me darías por mantener tu secreto?”
\*\*\*
Las negociaciones duraron veinte minutos y fueron, en todos los sentidos relevantes, una derrota unilateral.
Las demandas iniciales de Rena eran absolutamente ridículas. Las iba enumerando con los dedos, una por una, saboreando cada palabra:
\_“Haces todas mis tareas del hogar durante un mes.” —\_Explotación laboral de un menor. Inaceptable.
“Admites públicamente que soy mejor en esgrima que tú.” —Técnicamente incierto. Demostrablemente falso. Pero lo decía con tanta confianza que casi lograba que pareciera razonable.
“Te dirigirás hacia mí como ‘Rena-sama’ cada vez que hables conmigo.” —Absolutamente no. Bajo ninguna circunstancia.
Eventualmente llegamos a un compromiso, como dos generales exhaustos que pactan una tregua. Los términos eran humillantes, pero soportables: ella mantendría mi secreto por el momento, se reservaba el derecho a recordármelo cuando quisiera —privilegio del que abusaría con creatividad— y, la cláusula crucial, no se dignaba a decirme el nombre. Esa información seguiría siendo suya. Su tesoro.
“Es tu responsabilidad descubrirlo,” me dijo. La sonrisa angelical y el brillo malicioso en sus ojos coexistían con una armonía aterradora. “No quiero ponértelo muy fácil. ¿Dónde estaría la diversión en eso?”
Para mi mente de once años, ese chantaje era brillante. Y malvado. Me había dejado en una posición imposible donde no podía preguntarle a Kael directamente —sería admitir que había estado fingiendo durante semanas—, no podía preguntarle a nadie más sin revelar mi vergüenza, y dependía completamente del criterio de Rena para no quedar expuesto.
Según yo, ¿qué otras opciones tenía?
“Bien,” dije, con la misma voz que deben usar los generales cuando firman tratados de rendición. “Trato.”
“Excelente.” Extendió la mano. Su apretón fue firme y breve. “Es un placer hacer negocios contigo.”
\*\*\*
Las siguientes semanas fueron tensas.
Rena cumplió su palabra sobre no revelarme directamente. Pero eso no significaba que no disfrutara del recordatorio constante. Había convertido mi secreto en una forma de arte, y el placer que le procuraba era casi estético.
Durante las cenas familiares, cuando yo estaba más relajado, más vulnerable, con la guardia baja y la boca llena:
“Morwen, ¿le podrías pasar la sal a… oh, espera, ¿cómo le llamas tú? ¿’Sensei’?” Un énfasis tan cuidadosamente exagerado, tan teatralmente inocente, que Kael la miraba confundido mientras Mirra ocultaba una sonrisa detrás de su servilleta. Yo sentía que cada músculo de mi cuerpo se tensaba a la vez.
Durante los entrenamientos, cuando yo estaba concentrado, cuando era más probable que metiera la pata, cuando el sudor me corría por la frente y el mundo se reducía a la hoja de madera en mis manos:
“¡Buen movimiento, Morwen! Deberías preguntarle a… hm, ¿cómo le preguntas exactamente cuando no usas su nombre?” Y luego volvía a su libro como si no hubiera dicho nada, como quien silba una canción y se va.
Era una tortura psicológica de precisión artesanal. Una obra maestra de la crueldad fraternal. Y la muy… la muy… lo disfrutaba.
Y Kael, mientras tanto, había empezado a mirarme de forma cada vez más penetrante. Sus pausas cuando yo lo llamaba “Sensei” se habían extendido de un segundo a tres, luego a cinco.
Una vez, después de una instrucción particularmente larga sobre la guardia del Viento del Este, se quedó mirándome durante diez segundos completos antes de responder, sus ojos clavados en los míos como buscando algo.
Y una tarde, después de una sesión especialmente intensa, me preguntó directamente:
“Morwen, ¿hay alguna razón por la que nunca uses mi nombre?”
Mi cerebro entró en pánico total. Todas las excusas que había preparado se evaporaron como agua en una sartén caliente. Pude oír el silbido metafórico de su evaporación.
“Yo… prefiero los títulos formales. Como muestra de respeto.” Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. “En mi familia, siempre usamos títulos. Es una tradición.”
“¿Pero sabes mi nombre?”
“Por supuesto,” mentí, con la convicción de alguien que no tiene ninguna. Mi voz no tembló. Fue lo único que no tembló. Mis manos, en cambio, eran un desastre.
Me miró durante un largo momento. Sus ojos se entrecerraron, la cicatriz de la ceja estirándose.
“Si tú lo dices.”
Cuando me di la vuelta, Rena me observaba sonriendo desde la ventana de la cocina. Me guiñó un ojo. Y en ese guiño, supe que mi secreto estaba a salvo. Y también supe que mi sufrimiento no había hecho más que empezar.
\*\*\*
Al final, fue Mirra quien me liberó.
No sé cómo lo descubrió. Sospecho que Rena, que mantenía mi secreto con fidelidad impecable ante los demás, lo dejaba adivinar en casa. Probablemente durante la cena, con comentarios que solo su madre entendería, ese lenguaje secreto que tienen las madres y las hijas. O quizás Mirra simplemente era observadora —tenía esa cualidad, la capacidad de notar cosas que otros pasaban por alto, como un pintor que ve los matices del color donde otros solo ven sombras.
Un día, Mirra me llamó desde la cocina mientras esperaba que Kael volviera del mercado. Su voz era suave, pero no admitía discusión.
“Morwen, ven un momento.”
Entré.
La cocina era cálida a esa hora. Mirra cocinaba con la misma eficiencia práctica de mi madre, aunque con resultados aromáticamente superiores. La estancia olía a especias que yo no reconocía, a hierbas que evocaban tierras lejanas, a pan horneándose. Ella estaba de pie, inclinada sobre la mesa junto a la ventana, con papel y tinta ya preparados. El sol de la tarde le arrancaba destellos cobrizos al cabello. Me hizo una señal para que me sentara.
Me senté.
Ella se inclinó sobre el papel para escribir, apoyada sobre ambas manos. Su blusa, holgada por el calor de la cocina, se deslizó ligeramente hacia adelante con el movimiento. Y yo, desde la altura de mis once años, sentado en ese banco, mirando hacia arriba y levemente hacia adelante, tuve una vista que mi cerebro de once años no estaba preparado para procesar.
No sé exactamente qué fue lo que vi. Solo sé que de pronto la cocina era muy interesante, el techo era muy interesante, la pared a mi izquierda era extremadamente interesante, y había algo en mi cara que se sentía caliente de una forma que no tenía precedente en mi corta experiencia con la temperatura facial. Mis mejillas ardían.
Mirra levantó la vista.
Me miró.
Bajó la vista hacia el papel. Lo miró fijamente.
Volvió a mirarme. Sus ojos color miel se entrecerraron un milímetro.
Y entonces sonrió —con esa calidez específica de las personas que han visto muchas cosas y ya no encuentran razón para esconder la diversión. La sonrisa de alguien que acaba de entender algo y lo encuentra tierno.
“Aquí.” Empujó el papel hacia mí. Su mano, manchada de tinta en los dedos, olía a canela y a jabón de hierbas. “Toma.”
Allí, escrito con la letra clara de alguien que lleva años resolviendo los problemas de los demás, estaba el nombre.
Kael.
Solo cuatro letras. Cuatro letras que habían eludido mi memoria durante seis semanas. Cuatro letras que me habían costado un mes y medio de “Sensei”, veinte minutos de negociaciones humillantes y una deuda de honor con la criatura más astuta del pueblo.
Eso era todo. Estaba resuelto. Resuelto en treinta segundos y un grado de vergüenza que, para ser honesto, todavía siento levemente cuando lo recuerdo.
Mirra me dio una palmada amable en la cabeza antes de volver a sus asuntos, sin hacer más comentarios al respecto. Pero había un brillo divertido en sus ojos que duró todo el día.
Esa mujer tenía la paciencia de un santo y la astucia de un general.