Ya había anochecido cuando Morwen hizo una pausa en su relato.
No fue un gesto dramático —no era de ese tipo—. Simplemente dejó de hablar, sostuvo su taza y, al comprobar que estaba vacía, se levantó con naturalidad. Sus movimientos, como todo en él, eran económicos y precisos; incluso el acto de levantarse de una silla parecía una técnica ensayada.
“Hay algo de cena si tienes hambre,” dijo.
Tama sí tenía hambre. La sentía como un vacío punzante en el estómago, una protesta de su cuerpo que llevaba horas ignorando. Llevaba demasiado tiempo absorto en la danza de la pluma sobre el papel, registrando cada palabra de Morwen. El hecho de que su habilidad como cronista le permitiera escribir a una velocidad sobrehumana no significaba que su metabolismo fuera igual de indulgente.
Comieron en la cocina. El espacio era pequeño —apenas unos metros cuadrados—, pero, como todo en la casa, irradiaba una sensación de orden práctico. El mobiliario de madera clara, gastado por años de uso, aún conservaba un brillo mate y limpio. Del techo colgaban manojos de hierbas secas que desprendían un aroma complejo: romero, algo cítrico y una nota terrosa que Tama no supo identificar, pero que se le antojó vagamente medicinal. Una tabla de cortar junto al fregadero mostraba las marcas de innumerables cuchillos. Morwen sirvió dos porciones iguales de un estofado humeante y le alcanzó una cuchara sin decir palabra.
Tama no preguntó nada durante los primeros minutos. Simplemente comió. El sabor era simple, casi rústico —la carne sabía a carne, las verduras a verduras—, pero había algo en la calidez del plato que le recordó a las cocinas de su infancia. Había aprendido en aquellos dos días que Morwen no era de los que llenaban el silencio por cortesía, y que esa quietud no significaba incomodidad. Era, simplemente, su forma de estar. Verlo comer era casi hipnótico: cada movimiento era metódico pero fluido, como un ritual que ya no requería pensamiento consciente.
Fue Tama quien rompió el silencio, con la boca todavía a medias. “Oye, en algún punto debo preguntarte sobre las batallas.” Se limpió los labios con el dorso de la mano. “Para la crónica, quiero decir. No puedo llenar páginas solo con tu infancia.”
Morwen no levantó la vista de su plato. “¿En algún punto?”
“Sí. Hay un par de registros sobre ciertas expediciones en los que tu nombre aparece. De forma lateral, apenas un esbozo. Pero me sería útil saber cuáles recuerdas mejor. Cuáles te parecieron... importantes.” El tono era ligero, casi casual. Pero sus ojos, del color de un cielo de invierno, permanecieron fijos en Morwen, esperando.
Morwen consideró la pregunta mientras masticaba un trozo de carne. Sus dedos, largos y pálidos, sostenían la cuchara con una precisión que transformaba el acto de comer en una ceremonia privada. “¿Cuáles son esos registros?”
“Uno menciona los Pasos de Gelvath. Otro, algo sobre la costa norte de Harendrith y un brote de bestias de marisma.” Tama hizo una pausa, rebuscando en su prodigiosa memoria. “El tercero es el más frustrante. El cronista dejó de escribir a mitad de página. Se interrumpe en medio de una frase.”
“¿Qué cronista era?”
“Yole de Nos.”
Una pausa. Morwen sorbió una cucharada de caldo.
“Sí. Ese tuvo un percance.” Lo dijo sin inflexión, como quien comenta el precio del pan.
“¿Está vivo?”
“Cuando lo dejé, sí. No le pregunté cómo estaba al día siguiente.”
Tama decidió, prudentemente, no indagar más. Anótalo para después, se dijo. Aquello era una mina de oro para un capítulo posterior. En lugar de eso, reformuló su pregunta. “¿Cuál fue la primera batalla que considerarías importante? No la más épica, no la que ganaste contra un ejército. La primera que te cambió algo. La primera que tuvo peso.”
Morwen dejó la cuchara sobre la mesa. El gesto era mínimo, pero tenía la contundencia de un portazo. Miró hacia la ventana —negra ya del todo, con el rumor de las cascadas de la isla como un constante bajo continuo que ya se había integrado al silencio—. El vidrio reflejaba su rostro, una máscara pálida y joven en la que los ojos, insondables, parecían mirar a un punto muy lejano.
Pensó durante un largo momento.
“Kael,” dijo finalmente.
“¿Tu primer maestro?” Tama ya tenía la pluma en la mano.
“No fue una batalla. Pero fue lo primero.” Una pausa brevísima. “Era, para hablar con propiedad, un canalla total.”
Tama levantó la vista de la libreta. “¿Un canalla?”
“Un antiguo bandido reconvertido. Lo irás escuchando”. Morwen retomó su cuchara. “Pero era buen maestro. A su manera.”
\*\*\*
La primera vez que Kael me prestó atención de verdad fue durante una práctica grupal en la que derroté a cuatro oponentes a la vez sin esfuerzo aparente.
En mi defensa, yo no lo había planeado. Solo estaba allí, observando, y los demás seguían atacando. Uno tras otro, como si no hubieran aprendido nada del intento anterior. Sus movimientos me llegaban como ecos anticipados: el chico alto que cargaba el peso sobre el pie izquierdo antes de lanzarse; el de pecas que apretaba la mandíbula justo antes de asestar un golpe. Era como leer un libro que ya había leído.
Estábamos descansando sobre un viejo tronco derribado —llevaba años allí, musgo en las grietas, carcomido por los insectos— cuando su voz me llegó desde unos metros.
“¡Tú, el crío de ahí! ¡Sí, tú! ¡Ven aquí un momento!”
Me quedé quieto. Miré a un lado. Luego al otro. No había ningún otro “crío” cerca. Bajé del tronco, me despedí con un gesto vago de los otros niños, y caminé hacia él. Tuve un leve cosquilleo en el estómago.
¿Me había pasado de agresivo con Torren? ¿Había roto alguna regla no escrita? ¿Era esto por lo del Montokuma, años atrás? No, aquello ya estaba olvidado. En teoría.
Kael me miraba desde arriba con el ceño fruncido, la cicatriz de la ceja izquierda estirándose en un gesto que no era hostilidad, sino concentración. Olía a cuero y a sudor, un aroma áspero y limpio a la vez. Sus manos eran gruesas, callosas. Las manos de alguien que llevaba décadas empuñando armas.
“¿Morwen, cierto?”
“Sí, señor.”
“Dime. ¿Cuánto tiempo llevas entrenando?”
“Aproximadamente tres semanas, señor.”
Silencio. La brisa agitó las hojas del árbol grande que sombreaba el campo.
“¿Tres?”
“Sí, señor.”
Otro silencio. Más largo. Kael se rascó la nuca y me miró con los ojos entrecerrados.
“¿Solo tres semanas, dices?” No era una pregunta. Era la expresión verbal de un hombre que está rehaciendo sus cálculos. “Morwen, ¿estás mintiendo para impresionarme?”
“No, señor…” Dudé. Lo que iba a decir a continuación me sonaba ridículo, incluso para mí. “… Solo imito los movimientos que he visto.”
“¿Y nunca habías sostenido una espada antes de eso?”
“No, seño—”
“Espera.” Kael levantó una mano. “¿Has estado… imitando los movimientos que observabas?”
“…Sí, señor. Intentaba copiar lo que usted instruía. A los demás, quiero decir. Yo solo miraba y… lo repetía.”
Kael me miró fijamente. Los segundos se estiraron.
Luego, con un tono cuidadosamente neutro, dijo: “¿Te gustaría pelear contra mí?”
Procesar esa pregunta me tomó un instante.
“¿Eh?”
“Un sparring. Tú y yo. Ahora mismo.”
Tenía once años. Mi espada de práctica era una rama pulida que él mismo me había dado. Kael era un adulto macizo, un espadachín de rango B+ con los nudillos marcados de viejas peleas. Que yo encontrara la propuesta “un poco descabellada” era quedarse muy, muy corto.
En su defensa, Kael al menos tuvo la decencia de reconocerlo.
“Podría lastimarte si cometo un error de juicio,” admitió, mientras se rascaba la nuca con esa expresión particular. Sabía que lo que decía sonaba mal. “Pero creo que incluso tú lo sabes, niño. Tú tienes… ¿Algo? ¡Sí, eso!”
Chocó el puño contra la palma de su mano, visiblemente satisfecho de haber resuelto su propio dilema ético.
Yo solo lo miré. Observé, con una mezcla de incredulidad y fascinación, cómo un hombre adulto se autoconvencía activamente de que patearle el trasero a un niño de once años era, de algún modo retorcido, una lección de vida.
Después de unos instantes de murmullos conspirativos —“podría ser peligroso”, “nah, solo un poco”, “¿y si le cuenta a sus padres?”, “les diré que fue un accidente”—, Kael volvió a mirarme directamente.
“Muy bien”, dijo finalmente. “Toma tu postura. Vamos a tener un sparring.”
Parece que optó por dejar la ética para más tarde.
Ahora que lo pienso, ¿eso no fue un poco descuidado de su parte? Si su juicio hubiera fallado y me hubiera lastimado en serio, no sé con qué tipo de sentencia lo habrían recibido en nuestra aldea. Mi madre era alguien de promesas permanentes cuando se enojaba. Recuerdo que una vez un comerciante intentó venderle unas telas defectuosas y ella le dijo, con toda la calma del mundo: “Si vuelvo a verte en este pueblo, la próxima flecha no será al costado.”
Claramente, el hombre no volvió.
Probablemente, el efecto de mi maldición habría moderado la situación antes de que llegara demasiado lejos. Pero, de todas formas, ella definitivamente no habría estado contenta.
\*\*\*
Nuestro primer sparring fue revelador. En múltiples sentidos.
Tomamos posiciones sobre la hierba seca. Kael sostenía su espada de práctica con familiaridad. Yo adopté la postura que había copiado de él —pies separados, el centro de gravedad bajo, y la punta del arma apuntando al pecho del oponente. Me salió natural, como si mi cuerpo ya supiera dónde colocarse.
“Cuando estés listo,” indicó.
Me moví primero. Fue un ataque simple y directo, un golpe recto hacia su hombro que él bloqueó sin esfuerzo. El impacto vibró en mi brazo hasta el codo. Un zumbido recorrió mis huesos, pero no me sorprendió.
Y entonces empecé a ver lo que siempre había visto con los otros niños, pero ahora en un adulto. Alguien que, en teoría, debería ser impredecible para mí.
Las intenciones de sus movimientos llegaban antes que ellos. Parecía un lenguaje bajo el lenguaje: el sutil desplazamiento del peso, la tensión de un hombro, la inclinación del centro de gravedad. Las leía como había leído las intenciones del Montokuma, años atrás. Igual que las de todos.
Vi su sorpresa —un fugaz ensanchamiento de los ojos— cuando me moví antes de que completara su primer contraataque. Un desplazamiento lateral que lo dejó golpeando el aire donde yo había estado una fracción de segundos antes.
Vi su confusión cuando respondí con precisión al punto exacto donde su defensa se había abierto. Un centímetro. Una brecha que su cuerpo había creado sin que su mente lo supiera.
Después de unos treinta segundos, se detuvo.
Su espada bajó lentamente. Su respiración, hasta entonces controlada, se había agitado. Su expresión era difícil de descifrar: sorpresa, sí, pero algo más profundo. La confirmación de una sospecha que llevaba días construyéndose en silencio.
Luego retomó la postura.
“Otra vez,” dijo. “Toma tu postura.”
Obedecí.
Y entonces, su expresión cambió.
No fue un cambio grande —apenas un endurecimiento alrededor de los ojos, un descenso de las cejas—, pero el aire a su alrededor se volvió más denso. Como si una puerta se hubiera cerrado en alguna parte.
Sentí el vello de mis brazos erizarse.
“¿Señor...?”
“No te contengas.”
No fue una advertencia. Fue una orden.
“¡Hum…!”
“¿¡Señor!?”
Impulsándose con el pie izquierdo, Kael arremetió. Su velocidad era aterradora. El suelo vibró bajo sus pies.
“¡!”
Antes de que pudiera procesar qué significaba eso, algo en Kael cambió de forma tan abrupta que la sentí en la piel. Una especie de presión que nunca había experimentado, densa y deliberada, apuntando directamente hacia mí. No era solo la intención de atacar. Era la certeza de hacerlo.
Traté de alzar la guardia por reflejo.
Kael aprovechó el desequilibrio de mi centro de gravedad, apuntó a mis pies con un barrido rápido y me derrumbó. El mundo giró —cielo, árboles, la silueta oscura de mi oponente— y mi espalda golpeó el suelo con un ruido sordo. El aire escapó de mis pulmones.
“¡Uugk—!”
Traté de incorporarme, pero él ya tenía la espada alzada. La hoja descendió y un fogonazo de dolor me nubló la vista.
“Ataca como si quisieras ganar, ¿oíste?” dijo, apuntándome desde arriba con una calma absoluta. “No solo tocarme. Ganar.”
Para ese punto, ya había perdido las ganas de seguir con este “sparring amistoso”. Me dolía la cabeza, me dolía la espalda y empezaba a sospechar que Kael tenía una definición muy particular de la palabra “amistoso”.
Pero asentí. Confundido, aterrado y, a pesar de todo, obediente.
Tomamos posiciones nuevamente.
\*\*\*
Esta vez, todo fue diferente.
Sus movimientos seguían siendo visibles para mí —eso no cambió—, pero ahora llevaban peso. Intención. Una presión que opacaba mi capacidad de leer con claridad. Donde antes veía flechas brillantes señalando sus próximos movimientos, ahora solo veía sombras. Posibilidades en lugar de certezas. Era como leer un libro a través de una cortina de niebla.
Bloqueé por instinto. Esquivé por reflejo. Y cuando su espada de madera se detuvo a milímetros de mi garganta, yo ya estaba jadeando, con el corazón golpeándome las costillas desde dentro. El sudor me corría por la frente y sabía a sal en los labios.
Perdí ese intercambio. Rotunda, algo injusta, pero limpiamente.
“Bien,” dijo Kael, bajando su arma. “Ahora sé que no me lo estaba imaginando.”
Me tomó varios segundos recuperar el aliento suficiente para responder. Mis pulmones ardían. Mis brazos temblaban. Y, sin embargo, estaba sonriendo. Ambos lo estábamos.
“¿Imaginando… qué, señor…?”
“Que eres un prodigio.”
Parpadeé. La palabra me resultaba ajena, como una herramienta que nunca había tenido que usar.
“En el primer intercambio, contuviste tu fuerza instintivamente,” explicó, guardando la espada bajo el brazo. “No aplicaste nada de presión real. No querías lastimarme, así que tu cuerpo redujo la efectividad del ataque sin que lo decidieras. Lo vi en tus hombros, en cómo frenabas el golpe a mitad de camino. Como un resorte que se comprime antes de saltar, pero que tú detenías justo antes de soltarlo.”
Procesé eso.
Tenía sentido, supongo. En un sparring amistoso, uno no intenta herir al otro. ¿No era esa la regla no escrita?
“Pero pensé que así era como se entrenaba...” murmuré.
“No, niño.” Kael sonrió. Genuinamente, con esa expresión burlesca que era su forma de mostrar entusiasmo. “Toma esto como tu primera lección real de esgrima: cuando usas la espada, la usas con intención. Debes aplicar fuerza en ella. Dirigir esa fuerza hacia tu objetivo. La espada no es un juguete, es una herramienta. Y como toda herramienta, solo funciona correctamente cuando se usa con propósito.”
“Entonces… ¿Debo querer lastimar a mi oponente?”
“No necesariamente. Lastimar no es la palabra.” Dio media vuelta y retomó su distancia. El sol empezaba a ponerse detrás de él, alargando su sombra sobre la hierba aplastada del campo de entrenamiento. “Debes querer ganar. Incluso en el entrenamiento, incluso con madera, la intención define la diferencia entre un movimiento vacío y una técnica real. Entre un palo que se agita y una espada que se blande.”
\*\*\*
Morwen hizo una pausa. Tomó un sorbo de su taza, ya fría. La dejó a un lado.
Tama aprovechó el silencio para estirar los dedos de la mano que sostenía la pluma. Los nudillos le crujieron, un sonido seco que resonó en la pequeña cocina.
“Morwen-san.”
“¿Sí?”
“¿Conoce usted el Aura de Intención?”
Morwen lo miró con algo que podría haber sido curiosidad. No era una expresión que Tama hubiera visto a menudo en él, y se sintió extrañamente gratificante, como haber encontrado una página oculta en un libro ya leído.
“¿De dónde sacaste ese término?”
“He visto menciones. El tercer cronista del reino la describe de pasada en sus notas sobre la Batalla de los Vados. Una técnica que ‘doblegaba voluntades sin blandir el acero’. Nunca la define, solo la insinúa.” Tama se rascó la mejilla con el extremo de la pluma. “Suena a… cosas viejas.”
“Son cosas viejas.” Morwen dejó la taza sobre la mesa. El gesto fue más firme de lo necesario, como si el tema le resultara ligeramente irritante. “Los conceptos tienen otros nombres hoy en día, probablemente. El ‘Aura de Batalla’ se ha popularizado; es más espectacular. Pero lo que yo aprendí…” Hizo una pausa. “Soy de la vieja escuela. Fue lo primero que me enseñaron y así es como sigo llamándolos. La mecánica es la misma. Solo cambia el vocabulario.”
“¿Cómo funcionan?” Tama estaba ya escribiendo, sus dedos moviéndose con la velocidad de la práctica. Sus ojos, sin embargo, no abandonaban a Morwen. “Los registros son frustrantemente vagos al respecto.”
Morwen gesticuló vagamente con la mano que le quedaba. “El Aura de Intención es una técnica que requiere expulsar una cantidad casi nula de maná por todo el cuerpo, tan pequeña que muchos ni la perciben, mientras enfocas tu intención hacia el oponente. No se trata de velocidad o fuerza. Es la capacidad de proyectar hacia afuera lo que uno siente por dentro.”
“¿Algo así como intimidar?” sugirió Tama.
“Entre otras cosas. Intimidar. Presionar. Crear una apertura en la guardia del otro…” Morwen sostuvo la mirada de Tama. “Si quieres transmitir miedo, expulsas miedo. Si quieres transmitir determinación, expulsas eso. La gente lo percibe sin saber que lo percibe; un espadachín que lo usa correctamente puede hacer que su oponente reaccione antes incluso de que ataque, solo por el peso de lo que proyecta. Kael era un maestro en eso. En el segundo asalto, dejó de contenerse y me golpeó con toda la fuerza de su intención de ganar antes de que su espada se moviera.”
“¿Y el Aura de Batalla?”
“Esa es diferente. En lugar de proyectar hacia afuera, imbuyes una cantidad considerable de maná concentrado en el núcleo de tu propio cuerpo, y luego lo expulsas desde adentro. Cuando funciona, eleva tus capacidades físicas a algo que bordea lo sobrehumano mientras dure el efecto.” Morwen sostuvo la taza un momento, como si sopesara sus siguientes palabras. “Es la variante refinada. La más eficiente para el combate puro, y la más directa. La mayoría de espadachines competentes puede ejecutarla.”
“¿Y usted?”
Una pausa. Más larga de lo que Tama esperaba. Los leños en la chimenea crepitaron.
“Mi afinidad con el maná está por debajo del promedio. El Aura de Batalla tiene un uso muy limitado para mí.”
Tama anotó eso sin comentar. Sus dedos se movieron con precisión quirúrgica, pero su rostro permaneció neutral, un lienzo en blanco. Morwen lo observó un instante más de lo necesario y sus hombros se relajaron ligeramente, una tensión sutil que desapareció.
“Kael me explicó la intención ese mismo día. No con esas palabras. Las aprendí después. Pero fue la primera lección que recordé como tal. La primera vez que alguien me explicó no solo cómo mover el cuerpo, sino cómo mover el espíritu.”
\*\*\*
Después de ese día, no falté ni una sola sesión.
Los entrenamientos con Kael se convirtieron en mi rutina: temprano en la mañana, antes de que el pueblo despertara del todo, cuando la niebla todavía se aferraba al suelo como un animal dormido y el rocío hacía resbaladiza la hierba. Mis botas se empapaban en los primeros minutos de calentamiento, y el frío mordía mis mejillas. Y algunos ratos por la tarde, cuando mis otras tareas lo permitían.
Mi madre fue la primera en enterarse —era imposible ocultarle algo a mi madre; tenía esa capacidad inquietante de saber lo que yo había hecho antes de que yo mismo lo procesara—, y lo aprobó con una reserva pragmática que me resultó más alentadora que cualquier entusiasmo.
“Mientras no descuides tus otras obligaciones,” dijo, “puedes pasar el tiempo que quieras con ese hombre.”
Luego, después de una pausa que duró exactamente lo necesario para que yo empezara a sentirme aliviado, exclamó: “Y si te rompe algo, yo me encargaré de romperle algo a él.”
Lo dijo con total naturalidad. Sin énfasis. Sin amenaza explícita. Solo una declaración de hechos futuros, como quien anuncia que mañana lloverá.
Nunca le conté a Kael esa parte. Me pareció prudente.
Rena, la hija de Kael, se convirtió en algo parecido a una presencia constante en los bordes de ese proceso. Tenía doce años cuando llegaron, uno más que yo. El tipo de diferencia que a esa edad es un abismo social en una sola dirección. Ella lo ignoraba completamente, como ignoraba la mayoría de las convenciones sociales que no le parecían útiles. Solía llevar el cabello —de un castaño rojizo— recogido en una coleta práctica y un vestido de viaje azul con los bordes gastados de tanto usarlo.
También tenía la costumbre de aparecer durante los entrenamientos sin que nadie la invitara, sentarse en alguna roca o tronco cercano con un libro y pasar la sesión alternando entre leer y hacer comentarios sobre lo que observaba. Siempre parecía saber exactamente cuándo yo estaba a punto de cometer un error. A veces, levantaba la vista del libro justo en el momento en que mis pies se enredaban, como si pudiera oler la torpeza en el aire.
“Morwen está confundido,” anunciaba cuando yo procesaba una instrucción nueva con ese silencio mío que la gente leía como inexpresividad.
“Morwen está a punto de intentar algo que no va a funcionar”, declaraba cuando tomaba una postura que ella ya había visto fracasar en otros estudiantes.
“Morwen piensa que papá está equivocado, pero es demasiado educado para decirlo,” añadía, con esa precisión específica de los que prestan atención donde otros no lo hacen.
Esa última era usualmente exacta. Inquietantemente exacta. Y la decía con la misma ligereza con la que se comenta que el pan está un poco duro.
No sé por qué decidió “adoptarme” como su proyecto personal. Tal vez porque la proximidad con su padre la exponía a los entrenamientos de forma natural. Tal vez porque mi forma de ser —ese silencio que otros confundían con frialdad— le resultaba un acertijo interesante. O tal vez —y sospecho que esto era lo más probable— porque tenía ese tipo de personalidad fraternal que disfruta cuidar de las cosas que percibe como necesitadas de cuidado, sin importar que la cosa en cuestión no haya pedido ese cuidado. Como quien adopta a un gato callejero que ni siquiera sabía que necesitaba un hogar.
Si soy sincero, siempre quise tener una hermana mayor. Y aunque Rena no era exactamente eso, tampoco me molestaba su presencia. A veces, después de los entrenamientos, compartíamos una manzana bajo el árbol grande junto al campo, ese roble antiguo que daba sombra a medio pueblo. Ella leía. Yo miraba las nubes desfilar por el cielo, blancas y esponjosas, cambiando de forma lentamente. No hablábamos mucho. No necesitábamos hacerlo.
Tener a alguien que podía traducir mis silencios cuando mis intentos de comunicación fallaban era, de una forma extraña, profundamente agradable.