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Leer Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

Mientras el color volvía poco a poco a sus mejillas y algo parecido al apetito empezaba a insinuarse, Tama habló. No con el discurso preparado que había imaginado durante el viaje —ese que había ensayado frente al espejo de su posada en Teiruzu, con gestos medidos y pausas calculadas—, sino de la forma en que uno habla cuando está cansado y en un lugar que, sin razón aparente, se siente seguro. Habló acerca del viaje. De los tres meses que le llevó conseguir los permisos necesarios para cruzar de un continente a otro. Su superior en el Gremio de Cronistas, un hombre calvo de mediana edad con bigote de morsa, que tenía la costumbre de aprobar las misiones más peligrosas con el mismo gesto con el que firmaba los pedidos de papelería: un garabato distraído mientras ya estaba pensando en su próxima comida. Cosa que a Tama le parecía sospechosamente conveniente. “Me envió aquí sin darme instrucciones suficientes. Bueno, sí me las dio.” Hizo una pausa, reconociendo su propia culpa con un encogimiento de hombros. “Pero yo estaba muy emocionado como para escucharlas bien. Eso ya lo sabemos.” El hombre asintió. No dijo nada. “También me dijo que el viaje sería peligroso. Eso sí lo escuché. Pero ‘peligroso’ tiene muchas interpretaciones posibles, ¿no? No necesariamente significa ‘dos dragones de viento te van a usar como práctica de cacería’.” “Supongo que es una interpretación válida.” “Válida, sí. Solo que nadie me la especificó.” El hombre tomó un sorbo de la taza. Té, por el aroma que desprendía. “¿Llevas mucho tiempo como cronista?” “Unos cuarenta años.” Dijo Tama, con naturalidad. “Soy el primero de mi familia en elegir este oficio, de hecho. La mayoría de los Nuratos que conozco prefieren el gremio de aventureros. Tienen las capacidades para ello, ¿sabe? La regeneración, la elasticidad, la capacidad de sobrevivir a caídas que matarían a cualquiera...” Hizo una pausa, señalándose a sí mismo con un gesto vago. “Es una ventaja natural.” “¿Pero tú no?” “Tengo las capacidades,” admitió, con una pequeña mueca, “pero no el interés. Hay cierta rama de slimes que también podría hacer lo que yo hago, y lo hacen con mucho más entusiasmo del necesario. Puedo reconocer mis diferencias.” Otro silencio. “Prefiero los libros. Siempre lo hice.” El hombre no respondió de inmediato. Solo lo miró, como si cada palabra fuera una pieza de un rompecabezas que estaba armando en silencio. “No es una elección sencilla,” dijo finalmente. “Ir en contra de lo que se espera de uno.” Tama consideró eso. “No, pero tampoco es tan dramático. Mi familia no se opuso. Solo se sorprendieron.” Una leve sonrisa, la segunda de toda la mañana. “Siguen sorprendidos, en realidad.” Fue en ese momento cuando el hombre se movió por primera vez desde que entrara al cuarto. No mucho; solo un reajuste de postura, un leve cambio en la forma en que el abrigo caía sobre su costado, pero fue suficiente para que Tama captara el destello. La espada. Vista de cerca, era una cosa seria. No por su tamaño ni por su ornamentación —era, en realidad, bastante austera para lo que representaba—, sino por esa cualidad que tienen ciertos objetos antiguos de transmitir su historia sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Como si el metal recordara cada batalla, cada corte, cada vida que había segado. Tama la reconoció antes de que su cerebro terminara de formular el pensamiento. “Esa es…” Se incorporó. Más de lo que le convenía en su estado actual. Un tirón en el costado le recordó que todavía tenía tejidos internos regenerándose. “Esa es la Sahjurde.” El hombre lo miró. “¡La Exterminadora de Consagraciones...!” La voz de Tama se aceleró. Llevaba años —décadas— esperando este momento y, de repente, aquella obra maestra estaba frente a sus ojos. “¡La espada que usted usó en la Fortaleza de Vael, cuando bloqueó solo los dos accesos del norte durante el asedio de los Tres Clanes! ¡Está en los registros del tercer cronista del reino —aunque él no la llamó por su nombre, solo describió el filo como ’un arco de luz que atravesaba las sombras’— y también hay un testimonio de segunda mano en los archivos de Hieruvernant sobre la campaña en las llanuras de...!” “Tama-yo.” El chico se detuvo. La palabra, pronunciada con calma, pero con autoridad, fue como un cubo de agua fría. “No fuerces el cuerpo,” dijo. “Todavía te estás recuperando.” Fue una orden tranquila. Sin dureza. Tama exhaló, y se recostó de nuevo contra la almohada. Sus ojos, sin embargo, seguían siguiendo la espada con intensidad. “Perdón,” dijo, pasándose una mano por el flequillo verdiazul. “Es solo que… llevo mucho tiempo estudiando tu trabajo. Una parte de él, al menos. Lo que está documentado.” “Ya lo veo,” dijo el hombre, sin ningún tono particular. Ni orgulloso ni incómodo. Solo registrando el hecho. “Sé que no eres el mismo que antes,” continuó Tama, con más cuidado ahora. “Lo que ocurrió en la Subyugación del Dios de la Técnica y el Hambre... los registros que tengo son parciales. Fragmentos. Testimonios de segunda mano que se contradicen entre sí. Pero lo suficiente para entender que las cosas cambiaron después de aquello. Que usted ya no es... el que era.” Hizo una pausa. “¿Está bien mencionarlo?” El hombre consideró la pregunta durante un momento. Sus ojos se desviaron hacia la ventana, hacia el cielo azul de Elythar, como si buscara algo en el horizonte. “Sí,” dijo. “Bien.” Tama asintió. “Entonces sabrás que no vengo buscando lo que eras. Sino lo que eres. Y lo que fuiste antes de eso.” Siguieron hablando. El sol fue cambiando de ángulo en la ventana, pasando del dorado de la mañana al blanco intenso del mediodía, y ninguno de los dos pareció notarlo demasiado. La taza de Tama se vació y fue rellenada sin que él lo pidiera. En algún momento, un plato con pan y queso apareció en la mesita de noche. En algún punto de la conversación, Tama fijó los ojos en las alas del hombre. “Hay un rumor,” dijo, con más cautela de la que había usado hasta ese momento, como si la pregunta pudiera ser ofensiva. “Sobre si es usted un Alado Oscuro. Un descendiente de los Alados Divinos.” El hombre lo miró. Sus alas negras se plegaron ligeramente, un movimiento casi imperceptible. “No lo soy.” “Lo suponía.” Tama asintió, como si solo hubiera necesitado escucharlo. “Los registros que tengo sobre los Y’nhirit coinciden más con lo que veo. Aunque los confunden regularmente con los Nivari.” “Con frecuencia,” confirmó el hombre. Algo en su tono sugería que esa confusión le resultaba más aburrida que ofensiva. Probablemente ha tenido que aclarar lo mismo demasiadas veces. “Mi familia tiene tradición con eso, ¿sabe?” dijo Tama, sin aparente transición. “Con los Dioses de la Muerte, quiero decir.” “¿Con los Dioses de la Muerte en general, o con uno en particular?” “Con el que toque,” dijo Tama, y hubo algo en esa respuesta —la naturalidad con que lo dijo, como si fuera la cosa más obvia del mundo— que era vagamente encantador. “No siempre fue el primero de la familia quien los buscó. Pero ninguno lo omitió tampoco. Es…” Dudó. “Una cosa que hacemos.” El hombre asintió levemente. “Tanma-yo,” dijo. Tama parpadeó. “¿Sabes de él?” “Lo suficiente.” El hombre no discurrió. “Fue el comienzo de algo.” “Sí.” Tama lo miró con algo que oscilaba entre la pregunta y la certeza, entre la curiosidad del erudito y la emoción del descendiente. “Y aquí estoy yo.” Hubo un silencio que, aunque presente, no fue incómodo. Tama tomó su libreta de la mesita con ambas manos —la textura del cuero, el peso familiar— y la apoyó sobre sus piernas cruzadas. La sostuvo ahí un momento, sin abrirla, mirándola con concentración. Las palabras habían estado formándose en su mente durante meses. Años, quizás. “Si llego hasta aquí sin que me coman,” dijo —y en el “si” había el peso de todo lo que había ocurrido en los últimos tres días—, “sería el primero en todo mi linaje en registrar en una crónica completa la vida de Morwen el Gentil.” Lo dijo. El nombre, al fin. Como si hubiera estado esperando el momento correcto, y ese momento fuera ahora. El hombre —Morwen— lo escuchó. No se inmutó de ninguna manera evidente. Su rostro permaneció sereno, sus alas inmóviles. Pero hubo un ligero cambio en cómo sostenía la taza. Un gesto mínimo, casi invisible. “Mi tatarabuelo entrevistó al Primer Dios de la Muerte,” continuó Tama, “Ezra Metiere, en los años anteriores al calendario formal. Mi abuelo pasó tres años siguiendo al Segundo, Vorath el Anterior. Mi tío abuelo dedicó dos décadas a documentar las hazañas cercanas al Tercero. Pero nadie en mi familia ha hablado nunca con usted. Nadie ha escrito su historia.” “Y por eso estás aquí.” “Por eso estoy aquí.” Tama asintió. “Viajé de un continente a otro para esto. Coordiné meses de permisos. Sobreviví —por muy poco— a dos dragones de viento con mucha más inteligencia táctica de la que nadie debería esperar de una bestia. Estuve tres días en una cubeta, reducido a un charco con conciencia.” “Lo sé,” dijo Morwen. “Yo te recogí.” “Solo quería enumerarlo,” aclaró Tama, con una media sonrisa. “Para que conste en acta. Para que, cuando lean esta crónica dentro de cien años, sepan lo que costó.” Otro silencio. Este con una textura levemente diferente. Más denso. Más importante. “¿Y si no quiero que se cuente?” Era la pregunta razonable. La que tenía que hacerse. La que Tama había anticipado durante meses, preparando su respuesta con el mismo cuidado con que un espadachín prepara su guardia. “Entonces no se cuenta,” dijo, con una sencillez que no era resignación sino convicción. “No vine a forzar nada. Vine únicamente a preguntar.” Una pausa. “Si dices que no, me voy por el cristal de teletransportación —que esta vez sí pienso usar— y le digo a mi superior que lo intenté.” Morwen lo estudió durante el tiempo suficiente para que Tama empezara a preguntarse si debía añadir algo más, y para concluir que no. Sus ojos oscuros, insondables, parecían sopesar cada palabra, cada gesto, cada pequeña inflexión de su voz. “¿Cuánto tiempo tienes?” Tama parpadeó. “¿Cuánto…?” “Para quedarte aquí. Para la crónica. Suponiendo que aceptara.” El chico tardó un segundo en comprender lo que eso significaba. Y luego otro; a veces la alegría necesita un poco más de tiempo para aterrizar. “El que necesite,” dijo. Sus palabras se aceleraron. “El que usted necesite. No tengo fecha límite. Mi superior probablemente asumió que estoy muerto durante los primeros seis meses, así que no hay prisa.” Morwen asintió, una sola vez. Un gesto mínimo, pero definitivo. “Muy bien.” Fue después del desayuno —que Tama consumió con el apetito callado pero concentrado: pan, queso, unas frutas que no reconoció pero que sabían a miel y a algo vagamente cítrico— cuando volvieron al cuarto, y fue entonces cuando Tama tomó la libreta entre sus manos con un gesto diferente al de antes. No la sostuvo como un objeto preciado esta vez, aunque lo era. La sostuvo como una herramienta. Como un artesano sostiene su martillo, o un pintor su pincel. La posicionó sobre sus piernas cruzadas, recta, cubierta por las palmas. Y murmuró algo. Pocas palabras, en voz baja, con la cadencia de algo aprendido hace mucho tiempo. Las sílabas resonaron en el aire quieto de la habitación como una contraseña susurrada. El sello cedió. Fue sutil: un leve resplandor que emergió por los bordes de las páginas —dorado al principio, luego blanco, luego simplemente... luz. Cualquier otra persona que hubiera tomado esa libreta habría visto páginas en blanco, una tras otra, sin excepción. Pero Tama, con sus ojos de cronista —entrenados desde la juventud para ver más allá de lo visible—, podía distinguir el texto que ya existía allí, ordenado e invisible, esperando el momento en que se le añadiera más. Invocó la pluma. Apareció en su mano derecha con naturalidad: una pluma larga, de un material que no era exactamente madera ni exactamente metal, sin tinta visible, pero con la punta siempre lista. Desde hacía décadas, los cronistas de múltiples reinos podían registrar y categorizar información en tiempo real, con una precisión que habría tomado días de transcripción a cualquier escribano convencional. No era magia de combate, ni de curación, ni de ninguna categoría que la mayoría de la gente reconociera como útil. Pero era la suya, única a su manera. La herramienta de un oficio que pocos comprendían y menos aún respetaban. Morwen lo observó todo en silencio. Y si algo en ese gesto le resultó familiar —el peso de una historia a punto de ser contada, el instante antes de que las palabras empiecen a fluir—, no lo mostró. Tama levantó la vista de la libreta. Sus ojos, de un gris claro que recordaba al cielo de invierno, brillaban de una manera que no tenía que ver con la magia. “Viajé todo el camino hasta aquí solo para verte,” dijo, y lo dijo en serio. “Por favor. Cuéntame sobre ti.” Morwen dudó. No mucho. El tiempo suficiente para que la pregunta se asentara, para que él mismo decidiera qué quería hacer con ella. Luego apoyó la mano que le quedaba sobre una rodilla, miró hacia la ventana —donde la mañana ya era completamente mañana— y habló. “Muy bien. Pero será una historia larga.” El chico asintió, la pluma ya en movimiento sobre la primera página en blanco. La punta rozaba el papel con un susurro apenas audible. “No tengo ningún apuro.” Sus dedos se ajustaron alrededor de la pluma, encontrando la posición perfecta. “Ya he escuchado historias difíciles antes. Es parte de mi trabajo.” Y el hombre comenzó a hablar. “Era una historia de hace tantos años; de hace mucho tiempo para los mortales, y de hace poco para los que reconocen sus orígenes…”
Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela)

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