Hace miles de años, un cataclismo mágico saturó ciertas formaciones rocosas con maná.
El resultado fue, a primera vista, modesto: los núcleos de aquellas piedras comenzaron a irradiar campos antigravitatorios, sutiles como susurros al principio, poderosos como mareas con el tiempo. Siglos después —mucho antes de que la Primera Gran Guerra entre humanos y demonios redibujara el mapa del mundo—, las razas aéreas encontraron en esas anomalías su hogar ideal. La más grande de las islas así formadas se convirtió en su capital. Las demás, en sus territorios.
Sus habitantes llamaron a aquel archipiélago flotante Elythar, el Continente de los Cielos.
Y fue un nombre bien elegido. Ningún reino terrestre, por más que lo intentara, podría derribarlo. Sus islas navegaban por encima del mar y las nubes como navíos eternos, indiferentes a los conflictos que se desarrollaban kilómetros más abajo.
Aunque no todo era permanente.
El maná, con el tiempo, se agotaría. Y cuando eso ocurriera, las islas caerían. Sus habitantes lo sabían desde siempre —era un hecho tan integrado en su cultura como el ciclo de las estaciones—, y habían preparado planes de evacuación con décadas de anticipación. La conciencia de un final inevitable les había enseñado a valorar el presente de una manera que los reinos terrestres, anclados en su falsa eternidad, nunca comprenderían.
A lo largo del archipiélago, las islas se dividían en dos categorías según su tamaño y naturaleza: las Islas Mayores y las Islas Menores. La distinción no era solo volumétrica. Las Islas Mayores concentraban densidades de maná tan elevadas que sus centros eran prácticamente inhabitables; las criaturas que prosperaban allí hacían que incluso los aventureros más experimentados se lo pensaran dos veces antes de internarse demasiado. Las Islas Menores, en cambio, manejaban densidades más moderadas, lo que permitía comunidades estables, cultivos en terrazas, mercados flotantes y una convivencia relativamente pacífica.
Entre todas ellas, había una que no encajaba del todo en ninguna de las dos categorías.
Era descomunal; demasiado para llamarse menor, pero no llegaba a ser una de las mayores principales. Estaba alejada de las rutas comerciales habituales, sin puertos ni poblaciones registradas. Sus orillas caían en cascadas hacia el vacío.
No era un lugar para que la gente viviera.
Y, sin embargo, si un aventurero lo suficientemente temerario —o lo suficientemente curioso— se acercaba lo bastante para ver más allá de la vegetación y las cascadas, descubría algo que no debería estar ahí.
Una casa.
Una sola casa, sencilla pero sólida. Construida con madera que había adquirido el tono grisáceo de la intemperie, pero que se mantenía firme contra los elementos. El tejado, de tejas oscuras, estaba cubierto de musgo en los bordes, y una chimenea de piedra, la única concesión al lujo, exhalaba un hilo de humo constante. Era como si alguien hubiera decidido, en algún momento de su vida, que aquel rincón apartado del mundo era exactamente lo que necesitaba.
Rodeada de una vegetación ordenada con más cuidado del que sugería su aspecto exterior —un pequeño huerto de hierbas junto a la entrada, flores silvestres que crecían en macetas improvisadas, un camino de grava que conducía a la puerta—, la casa parecía decir: alguien vive aquí.
Alguien que se preocupa por este lugar. Alguien que eligió este rincón apartado del mundo, y no se arrepiente.
\*\*\*
Era de tarde cuando él regresó.
Las últimas luces del día teñían el cielo de naranja y violeta, y las alas negras se plegaron con precisión. Fue un aterrizaje sin ruido. Sin anuncio. Como todo lo que hacía.
El hombre que entró por la puerta de aquella casa tenía un aspecto que desconcertaba a quienes lo veían por primera vez. Aparentaba más de veinte años, tal vez veinticinco, con el tipo de rostro que invita a dudar de si uno está sobreestimando o subestimando. Pero la presencia que emanaba de él hablaba de una edad muy distinta. Como un hombre de cuarenta que hubiera decidido, por razones propias, no verse como tal.
Su cabello era negro, corto. Su piel, levemente pálida. Sus ojos, del mismo color que el primero. Y en ciertas partes —el pómulo derecho, el borde del antebrazo izquierdo que terminaba abruptamente antes del codo— se distinguían rastros de quemaduras casi del todo sanadas. La piel allí era más lisa, más tensa, como si hubiera sido estirada y vuelta a colocar.
En la mano que le quedaba llevaba una cubeta de madera. El asa, gastada por el uso, chirriaba ligeramente con cada paso.
Dentro de la cubeta había un líquido viscoso y translúcido que, de vez en cuando, producía una pequeña burbuja. Blub. Como si respirara.
La depositó sobre la mesita del cuarto de huéspedes: una habitación austera pero impecable, con una cama de sábanas blancas, un armario de madera clara y una ventana que daba al jardín. Sacó la gruesa libreta con el emblema del Reino Hieruvernant del bolsillo interior de su abrigo y la colocó en la mesita de noche, junto a la cubeta.
La miró un momento. El emblema de las tres montañas bajo la luna brillaba débilmente bajo la luz que entraba por la ventana. La había recogido del fondo del cráter antes de que la humedad terminara de dañarla; las páginas, protegidas por un sello mágico, estaban intactas a pesar de haber estado expuestas a la intemperie.
“Qué descuidado,” dijo, sin dirigirse a nadie en particular. Su voz era grave, pausada. “Supongo que todos los cronistas son iguales en eso.”
Luego salió, cerró la puerta sin hacer ruido, y fue a prepararse algo de comer. El aroma de su cocina —hierbas secas, pan recalentado, algo que hervía a fuego lento— se filtró por debajo de la puerta minutos después.
\*\*\*
Lo despertó algo que ya no recordaba.
Un espasmo recorrió sus extremidades y su corazón se aceleró antes de que su mente pudiera preguntarle por qué. El latido era tan fuerte que podía sentirlo en las sienes, en la base del cuello, en los muñones donde sus brazos deberían estar. Su mano derecha todavía era una masa informe, los dedos apenas esbozados.
Tardó dos segundos en comprender que estaba en una cama —la textura de las sábanas era inequívocamente doméstica—; otros tres segundos en darse cuenta de que el techo que tenía encima no era el cielo abierto de un cráter. Era madera. Vigas oscuras, gastadas por el tiempo, con pequeñas telarañas en las esquinas que nadie se había molestado en limpiar.
Se quedó quieto. El corazón todavía le golpeaba las costillas, pero el ritmo iba disminuyendo.
Estoy vivo.
Eso era bueno. Excepcional, de hecho, considerando la última imagen que conservaba con alguna claridad: dos dragones, un acantilado, y la certeza absoluta de que iba a morir.
Se incorporó despacio, haciendo inventario de su cuerpo. Los dedos de la mano derecha —tres, cuatro... sí, ya estaban todos— respondían. Los brazos y piernas también. Flexionó el tobillo izquierdo; un crujido, pero nada roto.
Bien. No estaba completo al cien por ciento —nunca lo estaba del todo después de uno de esos episodios—, pero era suficiente para funcionar. Lo bastante para levantarse, para moverse, para seguir con vida.
Entonces notó algo que lo hizo fruncir el ceño.
Estoy un poco más bajo.
No mucho. Cuatro o seis centímetros, quizás. Lo suficiente para molestarlo durante los próximos días. Su cuerpo recuperaría los nutrientes necesarios para volver a su forma habitual —los Nurato siempre lo hacían; era una cuestión de tiempo y comida—, pero mientras tanto, tendría que soportar la humillación de ser literalmente una versión reducida de sí mismo.
Eran las pequeñas miserias de tener un cuerpo que no era completamente sólido.
Se estiró, sintiendo el agradable crujido de las vértebras, y miró alrededor.
La habitación era sencilla, pero no descuidada. Tenía esa clase de orden que no nace de la obsesión, sino de la practicidad: cada objeto tenía un propósito y estaba exactamente donde debía estar. Una ventana dejaba entrar una luz de media mañana, limpia y dorada. El sol debía de estar ya alto, quizás era cerca del mediodía. Un armario de madera clara con las puertas cerradas. Una silla junto a la cama, con una manta doblada sobre el respaldo. Una mesita de noche.
Y sobre la mesita, estaba su libreta. El alivio fue tan repentino que casi le dio un vértigo.
Gracias a todos los dioses... gracias... gracias...
La tomó con ambas manos —con cuidado, con reverencia— y revisó el lomo, las esquinas, el emblema del Reino Hieruvernant. Todo intacto. Las páginas, protegidas por el sello mágico, no habían sufrido daño. Ni una mancha de humedad, ni una página doblada. Como si alguien la hubiera rescatado del cráter antes de que el agua y la sangre del dragón pudieran hacer su trabajo.
Solo entonces dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Un suspiro largo, tembloroso, que lo dejó ligeramente mareado.
Si la hubiera perdido…
No terminó el pensamiento. Era demasiado horrible para contemplarlo. Perder casi la vida frente a dos dragones de viento era una cosa; perder décadas de trabajo era otra completamente distinta. Su supervisor, un hombre de mediana edad con menos paciencia que un gato mojado, le habría arrancado la cabeza. Metafóricamente. Probablemente.
Dejó la libreta sobre la mesita, con más cuidado del estrictamente necesario, y fue entonces cuando lo notó.
Esa calma.
No era la calma artificial de antes, la que lo había invadido cuando estaba a punto de ser devorado; esa había sido densa, impuesta, casi agresiva en su intensidad. Esta era diferente. Más ligera. Más natural. Como la diferencia entre ser empujado al agua y simplemente flotar.
Era, pensó Tama, sorprendentemente agradable.
Frunció el ceño levemente, sin saber muy bien por qué. Luego dejó de fruncirlo.
La puerta se abrió.
“Con que ya estás despierto.”
No era una pregunta. Tampoco una bienvenida.
El hombre que entró llevaba una taza en la mano. La depositó sobre la silla que estaba junto a la cama antes de sentarse él mismo en el extremo del colchón. Tenía la postura relajada, pero atenta.
El chico lo estudió.
Era joven, a primera vista. Demasiado joven. Pero algo en la forma en que ocupaba el espacio desmentía esa impresión de inmediato. El cabello negro, los ojos del mismo color. La piel levemente pálida con las marcas apenas visibles de algo que debió haber sido muy doloroso. Las alas negras, plegadas pero presentes. El antebrazo que no estaba.
Y en su costado, enfundada en una vaina austera, una espada que el chico aún no había visto bien.
“¿Cuánto tiempo…?” empezó.
“Tres días,” dijo el hombre. Tomó la taza, la sostuvo sin beber, como si tenerla en la mano fuera suficiente por el momento. “Estuviste tres días dormido.”
“Tres…” El chico parpadeó. “¿Días?”
“Días,” confirmó él, con una paciencia que no hacía esfuerzo por disimularse. “En plural. Tu cuerpo necesitaba tiempo. Lo que te ocurrió no fue menor.”
Tama asintió lentamente, su mente todavía ajustándose a la realidad de haber perdido tres días completos. Era la primera vez que una regeneración le tomaba tanto tiempo. Debía de haber estado más cerca de la muerte de lo que creía.
“Agradezco que me hayas… rescatado.” La palabra le salió un poco torpe, como si no estuviera acostumbrado a usarla. “Vi parte de lo que ocurrió en el cráter, pero no pude…”
“Escuché el eco de un grito,” dijo el hombre. “Decidí verificar y vi lo suficiente para saber qué hacer.”
“Ah.”
“Comer no estaría mal. Si te sientes con ánimo, hay algo preparado.”
“Sí, gracias.”
Hubo un silencio distinto. Menos incómodo que el anterior. Un silencio que no pedía ser llenado.
El chico estaba mirando por la ventana —el cielo de Elythar, de un azul profundo salpicado de nubes blancas que flotaban perezosamente— cuando el hombre habló de nuevo:
“Por cierto.”
“¿Sí?”
“Hay un círculo de teletransportación a unos minutos de aquí. A pie.” Pausa. “Por el camino principal.”
Silencio.
El chico procesó eso durante unos instantes. Luego otros. Luego algunos más.
“Un círculo de… teletransportación.”
“Sí.”
“A minutos de aquí.”
“Por el camino principal,” repitió él. Sin ironía detectable. Sin ningún ánimo de retorcer el cuchillo.
El chico cerró los ojos. Los abrió. Los volvió a cerrar.
El Gremio me lo dijo, pensó. Me lo dijeron. Yo estaba sentado frente al encargado. Él me estaba explicando la ruta de acceso a la isla, y yo estaba… yo estaba pensando en qué le preguntaría primero. Me emocioné. Me emocioné demasiado y no escuché la mitad de las instrucciones.
Eso significaba que todo —el viaje, la travesía por las zonas hostiles de la isla, los dragones, la caída, los tres días en una cubeta— había sido, en alguna medida, completamente evitable.
“Esos malditos del Gremio,” murmuró, con la resignación de alguien que sabe perfectamente que la culpa no es de los malditos del Gremio.
El hombre lo miró por encima de la taza.
“Te lo dijeron antes de venir, ¿no?”
Pausa. Un suspiro.
“Sí…”
“Ah.”
Eso fue todo. Sin comentarios adicionales. Sin el más mínimo intento de hacerlo sentir peor de lo que ya se sentía, lo cual, pensándolo bien, era una forma bastante eficaz de hacerlo sentir un poco peor de todas formas.
El chico suspiró una vez más. “Muy bien,” dijo, irguiéndose lo que su estado actual le permitía. “Fue una experiencia de aprendizaje.”
“Sin duda,” asintió el hombre.
El hombre posó los ojos en la libreta de la mesita, luego en el chico, luego de nuevo en la libreta. El emblema del Reino Hieruvernant —las tres montañas entrelazadas bajo la luna creciente— era bastante reconocible, si uno sabía lo que buscaba.
Y este hombre, evidentemente, sabía.
“El Gremio me avisó que enviarían a alguien,” dijo en voz baja, casi para sí mismo. “Un cronista.” Una pausa. Sus ojos volvieron al muchacho. “Llevan meses coordinando esto. Desde la floración pasada, si no recuerdo mal.”
El chico estaba a punto de abrir la boca para responder cuando se dio cuenta de algo: el hombre ya lo estaba mirando con la expresión de quien acaba de conectar el último punto de un rompecabezas. Como si todo hubiera formado una imagen completa.
“Por cierto.” Esta vez el tono fue levemente diferente. Con algo que, en alguien más expresivo, podría haberse llamado curiosidad genuina. “¿Cuál es tu nombre?”
El chico se incorporó sobre la cama —dentro de sus posibilidades—, puso las manos en las caderas con el mentón apenas levantado y la expresión que probablemente había ensayado durante meses para este momento exacto. La postura, aunque ligeramente ridícula para alguien que acababa de despertar de un coma de tres días, tenía cierta dignidad. Cierta determinación.
Perfecto, pensó. Lo he estado esperando. ¡Llevo más de veinte años esperando este momento…!
“¡Mi nombre es Tanma! ¡Tanma-yo!”
Silencio.
Su mente se quedó en blanco.
Tanma-yo. No. Tama. ¿Tanma o Tama? ¡Tama, maldita sea!
“¡Aghk!” Tosió, tosió de nuevo para disimular, y reajustó la postura con la dignidad de quien espera que nadie haya notado nada. Sus mejillas, recuperando lentamente su color normal, se tiñeron de un ligero rubor. “Me confundí. Ejem. ¡Tama-yo! ¡Ese es mi nombre!”
Desde el extremo de la cama, Morwen lo observaba con una expresión que no había cambiado en lo esencial, pero que había adquirido, en los bordes, algo que podía ser calidez o podría ser resignación.
“Un placer conocerte, Tama-yo.”
El chico lo miró fijo durante dos segundos, evaluando si había ironía en esas palabras. No la encontró.
“Sí…” Exhaló, dejando caer los hombros. “Igualmente.”