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Leer Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela) Capítulo 1 online gratis en español

![image](https://i.ibb.co/13HLLWG/Pb7p-L.png) Calendario de la Ascensión, Año 467 C.A. La luz del sol de la tarde bañaba una extensa pradera que se perdía hasta los límites de una isla lejana. El pasto, corto y uniforme, se extendía como una alfombra verde salpicada aquí y allá por árboles solitarios. El paisaje invitaba a detenerse, a sentarse, a contemplar las llanuras vacías que se abrían más allá. Pero el chico que cruzaba esa pradera a toda velocidad no estaba de humor para contemplar nada. Corría. Corría como si la mismísima muerte le pisara los talones. Y no iba muy descaminado. Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda… El sudor le corría por la frente, empapándole el flequillo verdiazul —su único rasgo mínimamente peculiar—. Su respiración era un jadeo áspero y constante. Vestía como cualquier aventurero de la época: ropas funcionales, gastadas por el uso, sin nada que lo hiciera destacar entre la multitud. Mierda, mierda, mierda… Mientras corría, lanzaba miradas frenéticas por encima del hombro. Dentro de su abrigo, una mano aferraba con fuerza una gruesa libreta con el emblema del Reino Hieruvernant. Para un ojo inexperto, era solo una libreta vieja y extravagante. Para quien supiera lo que significaba, era una sentencia de muerte. Era un Cronista. Y estaba en una de las Islas Mayores de Elythar, un lugar famoso por dos cosas: su belleza natural y la cantidad absurda de bestias aladas que surcaban sus cielos. La densidad de maná en la zona era tan alta que las criaturas voladoras proliferaban como malas hierbas después de la lluvia. De repente, una perturbación en el viento. Sutil. Apenas un cambio en la presión del aire. El chico no necesitaba oídos para sentirla. Su piel, su instinto, todo su ser se lo gritó al mismo tiempo. Oh, por todos los… ¿¡Ya se dieron cuenta!? Detrás de él, dos dragones surcaban el aire en silencio. Su aspecto recordaba a los antiguos ryū de las leyendas orientales: cuerpos alargados y serpenteantes, escamas pálidas que reflejaban la luz del sol en destellos cegadores. No emitían sonido alguno. Solo esa distorsión en el viento, ese cambio casi imperceptible en la brisa, delataba su presencia. Y estaban ganando terreno. ¡Mierda, mierda, mierda, mierda! Apretó los dientes y aceleró. Sus piernas se movían a una velocidad que ningún humano corriente podría mantener. Pero los dragones de viento eran criaturas diseñadas para el aire; podían seguirle durante horas sin despeinarse. Uno de ellos contrajo el cuerpo con una lentitud deliberada, casi insultante. Fingió un movimiento y, en un instante, se lanzó en un ataque sorpresa. “¡HIII!” Los dientes del dragón mordieron aire. El chico había esquivado por los pelos, pero su grito —ese chillido agudo y nada orgulloso— resonó en la pradera. Por supuesto, no era humano. Su piel, allí donde los dientes casi le rozaban, se hundía y moldeaba de forma antinatural, estirándose como si fuera plastilina para evitar el contacto. Una maestría imposible para un cuerpo común. Tenía la apariencia de un adolescente, sí. Pero estaba más cerca de la vejez que de la juventud. Los Nurato envejecían de formas extrañas. Y llevaba suficientes décadas como para haber aprendido a usar su cuerpo de maneras que ningún joven de su especie podría igualar. Aunque, en este momento, toda esa experiencia solo le servía para no morir en los próximos cinco minutos. Momentos antes, había logrado ocultar su presencia en el bosque. Había preparado un rastro falso, un señuelo mágico, toda una estrategia de escape que debería haber funcionado. Pero los nervios lo delataron. Salió de su escondite demasiado pronto, se movió con demasiado ruido, y los muy astutos ni siquiera cayeron en el cebo. “¡Dejen de seguirme de una buena vez!” exclamó, esquivando otra mordida por un pelo. “¡Ni siquiera soy apetitoso, maldita sea!” Los dragones no se inmutaron. Esto no está funcionando. Esto no está funcionando en absoluto. ¿Por qué no funciona? Tres segundos después, la respuesta lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. No. Ellos… Se arriesgó a mirar hacia atrás otra vez. Me estaban llevando hacia algún lado. El pánico, que hasta entonces había sido un hormigueo en la nuca, se convirtió en un incendio en el pecho. Forzó sus piernas a cambiar de dirección en un ángulo imposible, un quiebre que habría destrozado las rodillas de cualquiera. Los dragones reaccionaron con un retraso calculado. Una pausa de apenas un segundo, demasiado perfecta para ser natural. Mierda. En sus cuarenta años como cronista, el chico había documentado los comportamientos de docenas de criaturas. Sabía reconocer la inteligencia cuando la veía. Y estos dragones —estos malditos dragones— no eran simples bestias. Con los años, los ejemplares mayores desarrollaban algo más que velocidad: desarrollaban táctica. Lo habían estudiado. Lo habían observado. Y habían llegado a conclusiones simples pero letales. Su presa era rápida, pero repetía patrones. Solo cambiaba de dirección si ellos cambiaban de estrategia. Su presa era escurridiza, pero chillaba como un condenado cada vez que se asustaba. Rastrearla era tan fácil como seguir el ruido. Su presa tenía sentidos agudos, sí, pero ellos llevaban siglos cazando bestias de tierra con reflejos similares. Así que simplificaron el problema. Aislar. Perseguir. Desesperar. Acorralar. Alternaban ataques, manteniendo la distancia justa para que siguiera corriendo, siempre hacia el este, hacia donde la pradera parecía no terminar. Lo guiaban con mordiscos calculados, empujándolo sin que él lo notara. Y él, cegado por el pánico, los había seguido como un cordero al matadero. Porque al final del camino, allí donde el prado se extendía más hermoso y pacífico... el suelo desaparecía. El chico lo vio todo de golpe. El borde del acantilado. La caída de cuarenta metros. Las rocas abajo. NO. Quiso frenar. La inercia lo traicionó. Sus pies patinaron sobre la hierba. ¡NO, NO, NO! Extendió la mano izquierda, buscando desesperadamente algo a qué aferrarse. No encontró nada. ¡Mierda…! “¡UAAAAAAAAAAAH…!” Su grito se perdió en el vacío. \*\*\* En el fondo del cráter, iluminado por la luz que se filtraba desde arriba, un charco viscoso y translúcido yacía sobre las rocas. Gracias a las peculiaridades de su linaje, el chico había convertido la mayor parte de su organismo en líquido en el último instante. La transformación no era instantánea —nunca lo era—, pero sus décadas de práctica le permitieron ejecutarla en una fracción de segundo. Su cuerpo recordaba lo que su mente apenas tuvo tiempo de ordenar. Había sobrevivido a la caída. A medias. “Uu… gru… brbuu… uagh…” Burbujas brotaron de lo que antes era su rostro. Su cuerpo era una masa deforme y transparente, repugnante a la vista. Las extremidades que no había logrado licuar a tiempo yacían dispersas a su alrededor, hechas trizas contra las rocas. El suelo no podía absorberlo. Acelerar su regeneración era imposible sin nutrientes externos. Maravilloso. “Q… fr…” Su voz era apenas un susurro ahogado en burbujas. Pero al menos parte de su sistema respiratorio seguía intacto. Tengo que apresurarme. Los Nurato —su clan— tenían una debilidad fatal: la magia de fuego y hielo. En su estado líquido, cualquier hechizo de esos elementos lo borraría de la existencia. Ni siquiera hacía falta magia; una mera antorcha sería suficiente para dejarlo retorciéndose de dolor. Y el sol, allí arriba, brillaba con fuerza. Su cuerpo —lo que quedaba de él— ya empezaba a sentir el calor. No era insoportable todavía, pero dentro de una hora, cuando el sol estuviera en su punto más alto… “Esto no será suficiente…” Mientras reconstruía su cuerpo a una velocidad tortuosa, levantó la vista. Allí estaban. Los dragones de viento lo observaban desde el borde del cráter, recortados contra la luz. Sus siluetas serpenteantes se recortaban contra el cielo como guardianes de algún templo olvidado. … Ya veo. “Esos… esos desgraciados estuvieron atrayéndome hacia aquí todo este tiempo…” Todo había sido una trampa desde el principio. No querían devorarlo en la pradera; querían asegurarse de que no pudiera escapar. Y allí, en el fondo de aquel agujero de roca, era exactamente donde lo querían. “Qué ridículo…” Ya no le quedaban fuerzas para seguir regenerándose. Había gastado demasiado en la transformación, en la huida, en todo. La resignación se instaló en su pecho, más pesada que cualquier desesperación. Cerró los ojos. Un golpe seco anunció el aterrizaje de los dragones. Sintió su presencia acercarse, el calor de sus cuerpos, el olor almizclado de sus escamas. “¿Grrr…?” Uno de ellos ladeó la cabeza, confundido. Desde su perspectiva, parecía que habían estado persiguiendo un charco de agua. Tal vez el hecho de que parte de su cuerpo se hubiera derretido en una consistencia similar a la de un slime los había despistado. Tal vez su carne no olía lo suficientemente apetitosa en este estado. Tal vez simplemente estaban jugando con él, prolongando el momento. En un arranque de absurda ingenuidad —o quizá de pura estupidez terminal—, el chico preguntó: “Entonces… ¿No van a comerme?” Sus palabras, un claro signo de vida, disiparon cualquier duda. No, no habían estado cazando en vano. Los dragones se movieron. … Oh. El brillo en sus ojos se apagó un poco más. “Adelante, entonces.” Estúpido. Estúpido, estúpido, estúpido… Apartó la mirada. No quería ver. Nunca había sido un admirador de la sangre. Prefería los libros, las historias, los registros ordenados de cosas que ya habían ocurrido. La violencia en directo siempre le había parecido innecesariamente desordenada. No quiero morir… El pensamiento brotó, intrusivo y punzante. Aún se aferraba a la vida, aunque su cuerpo dijera lo contrario. Sintió un aliento cálido acercarse a su antebrazo —lo que quedaba de él. Pero… ... Qué extraño. Este era su lecho de muerte. Iba a ser devorado por dragones en una isla perdida, a miles de kilómetros de casa, sin que nadie supiera nunca qué había sido de él. Siendo franco, no sonaba tan patético. Al menos era una muerte más interesante que la mayoría de los cronistas conseguían. Pero algo no encajaba. Su corazón latía con fuerza. Podía sentirlo palpitar, a pesar de todo. ¿Por qué no sentía pánico? ¿Por qué esa desesperación que precede a la muerte no llegaba? En su lugar, una calma pesada, casi sólida, se extendía por su conciencia. Como si algo —o alguien— estuviera apagando sus emociones desde fuera. Esta no era la conformidad del que acepta su final. Era otra cosa. Más fría. Más quieta. Como la nieve. Este sentimiento no era suyo. Y entonces, una figura emergió del borde del precipicio. “¿¡Gruh!?” Los dragones alzaron las cabezas, alertas. El chico sintió el cambio en el aire, en la tensión repentina de sus cuerpos, en el silencio que se hizo donde antes había respiraciones pesadas. La silueta se lanzó al vacío, batiendo unas alas enormes con una elegancia y precisión sobrecogedoras. El sol a sus espaldas la convertía en una mancha de oscuridad contra la claridad, una sombra que parecía absorber la luz a su paso. Los reptiles alados se quedaron inmóviles. El chico apenas pudo distinguirla. “¿Qué…?” Era una persona. Un hombre. Eso era todo lo que su mente podía procesar antes de que la figura alzara lo que parecía una espada. El filo reflejó la luz en un destello cegador. La hoja descendió con una gracia imposible. Y entonces, la figura desapareció. “¿Eh…?” Un silencio absoluto llenó el cráter. Luego, un sonido líquido y cálido rompió la quietud. Algo espeso y carmesí comenzó a derramarse sobre el frío gris de las rocas. ¡THUMP! Algo enorme cayó a su lado. El chico giró la cabeza lentamente. El movimiento le costó un esfuerzo que no tenía. A pocos centímetros de distancia, la cabeza de uno de los dragones de viento yacía inerte; su tamaño triplicaba la suya. Sangre espesa brotaba del cuello cercenado, formando un charco que se expandía lentamente hacia donde él estaba. “Gh…” Un sonido. Débil. Agónico. El dragón aún vivía. Su mandíbula se movía en espasmos sin sentido, la única parte de su cuerpo que aún respondía. Los ojos —esos ojos que momentos antes lo habían evaluado con inteligencia calculadora— ahora solo reflejaban crisis animal, desesperación pura. Así como él había estado momentos antes. Vio cómo la sangre brotaba de sus cuencas. Vio el último intento por respirar, el aferramiento patético a una vida que ya se escapaba. “Gh… a…” Luego, la luz en sus ojos se apagó para siempre. El chico se quedó mirando la escena. Los ojos muy abiertos a pesar del agotamiento. Las preguntas se arremolinaban en su mente a una velocidad vertiginosa. ¿Eh? ¿Cómo? ¿No estoy muerto? ¿Por qué él sí? ¿Por qué no estoy muerto? No, él está muerto. ¿Por qué está muerto? Y, entre todas ellas, una se alzó con una claridad aterradora. Yo pude ser él. El shock estalló como una bomba interna. Oh, Dios. Yo pude ser él… El miedo, contenido hasta entonces por esa extraña calma, lo inundó todo de golpe. No era solo el miedo a morir; era el miedo a haber estado tan cerca, a haber sentido el aliento del dragón en su piel, a haber aceptado su final como algo inevitable. “¡AH…!” Intentó gritar. De su boca solo salieron burbujas mudas. La sobrecarga fue demasiada. El terror, el dolor, la confusión, el alivio, la culpa… todo chocó en su interior como una ola imparable. Y entonces, se desmayó.
Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela)

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Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela) Capítulo 1

Estás leyendo el capítulo 1 de Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela), un novela. En las islas flotantes de Elythar, rodeado por los bellos prados y el grácil flujo de las cascadas, un hombre muy ocupado se encontraba en este lugar tan desolado. Donde vivía, siempre amanecía, pero nunca anochecía. Y,… Este capítulo tiene publicado el 4 de octubre de 2026. Fragmentos y Relatos del Mundo de los Cuentos: El Testimonio del Cuarto Dios de la Muerte [Spanish ver.] (Novela) tiene 12 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.