Leer Evangelio de las sombras (Novela) Capítulo 3 online gratis en español
En cualquier sociedad, grande o pequeña, pocas cosas se extienden con mayor rapidez que los rumores. Con mucha mayor razón si esos rumores son acerca de la inexplicable vuelta a la vida del Príncipe Heredero. En apenas unas semanas no había nadie a lo largo y ancho del imperio que no hubiera oído mencionar tan impactante suceso.
Los rumores, nacidos en el corazón del palacio imperial, habían dado la vuelta al imperio hasta terminar de nuevo en el lugar donde surgieron. Ahí mismo, en la sala del consejo, donde se reunían los dirigentes de mayor influencia.
Esos hombres, con el emperador a la cabeza, se reunían alrededor de una mesa oval con sillas de alto respaldo de aspecto regio. A pesar de las sillas, pocos de ellos estaban sentados. Algunos caminaban de un lado a otro, otros tamborileaban sus dedos sobre la mesa o intercambiaban apresurados susurros, todos a la espera de noticias.
Aquellas noticias no se hicieron esperar. Pronto las puertas de la sala se abrieron y el ujier anunció la presencia del visitante, quien entró y comenzó una reverencia mientras las puertas se cerraban tras él. Sus saludos fueron interrumpidos con un vigoroso movimiento del Emperador.
—Deje las formalidades, Maestre Guel, y díganos lo que necesitamos saber para tomar una decisión de una vez por todas. ¿Cuál es el estado del Principe?
El gesto con que el emperador acompañó sus palabras indicaba al médico ser preciso con su informe.
—Su Majestad, eminencias presentes — una simple inclinación de cabeza del maestre sustituyó las formalidades—. Puedo decir con seguridad que la vida del príncipe ya no corre peligro alguno, sin embargo, su condición sigue siendo inestable y, en su mayor parte desconocida. Ha sido difícil poder examinarle, mucho más conversar con el de forma coherente, tan desconcertado y aislado como se encuentra...
—¿Qué quiere decir con que se encuentra aislado? — quien interrumpió el informe fue el Archilector, quien mostraba en su rostro su incredulidad, aunque su tono hacía parecer que leía de un texto en lugar de expresar sus dudas—. Claramente se mandó a velar por el príncipe a varios sanadores, sacerdotes y cuidadoras, además de sus sirvientes y doncellas. No hay en el palacio persona mejor acompañada que Su Alteza.
—Se debe a que hace ya dos días que Su Alteza dio la orden de que nadie le molestara en su habitación, no ha dejado más que a su ama de cría para atenderle, y solo autoriza la entrada a los guardias que Su Majestad ha asignado, además de mi persona, para la evaluación de su estado.
En esta ocasión fue turno de todos los presentes de expresar sus dudas. Algunos se removieron incómodos en sus lugares. Al final, uno de los concejales se atrevió a expresar la incertidumbre de todos en voz alta.
—Que dio la orden ¿dice usted? ¿El Principe Marcus dio una orden? Tendrá que explicarse con más detalle, Maestre Guel, si espera que creamos que ese niño está dando órdenes en lugar de pedir disculpas.
La expresión del ministro era dudosa mientras buscaba las miradas de los demás presentes, tan dudosos como él. Se encogió al encontrarse con la impasible mirada del Emperador.
—A eso es a lo que quería llegar. De hecho, aunque las circunstancias de la vuelta a la vida de Su Alteza siguen siendo un misterio, hay algo que tengo bastante claro. En mi opinión profesional, Su Majestad, el daño en la cabeza que sufrió el príncipe le ha producido una severa pérdida de memoria. Aunque parece capaz de recordar las cosas básicas, la mayor parte se ha ido.
La sala se llenó de la risa seca del emperador, algo fuera de lugar para los presentes, teniendo en cuenta las circunstancias, pero nadie comentó nada al respecto. La risa paró tan bruscamente como había comenzado. Las siguientes palabras del emperador eran las que muchos presentes habían considerado, pero ninguno se atrevió a decir.
—Parece hablar con mucha seguridad, Maestre, pero debo preguntarle si la condición del Principe pudiera ser meramente fingida. ¿Existe esa posibilidad, que esté inventando haber olvidado todo para eximirse de la responsabilidad?
Ante semejante pregunta cuestionando su juicio, la expresión del Maestre se tornó algo incomoda, pero respondió con seguridad sin alterar su tono profesional.
—Su Majestad, de ser un acto le será imposible mantenerlo por mucho tiempo. Pero he tratado a su alteza desde el día de su nacimiento, y me atrevo a decir que conozco su carácter lo suficiente como para notar si intentara engañarme. Más aún, su propia ama de cría se acercó a mi convencida del mismo asunto. Al parecer el cambio ha sido tal que cualquiera que le conociera antes del incidente se daría cuenta de que lo que digo es cierto.
—¿Un cambio tal, dice usted? —la voz del Archi lector cortó el aire, cargada de una suspicacia que rozaba la acusación—. Si el carácter del Príncipe Marcus era algo que pudiera moldearse con un golpe, Maestre Guel, hace mucho que cualquier problema habría desaparecido.
Un murmullo de asentimiento recorrió un sector de la mesa. Las miradas se desviaron, casi por instinto, hacia la figura del Archi lector. No era un secreto que, entre los pasillos del palacio, se señalaba su labor como tutor principal del heredero.
Si el príncipe había crecido siendo una criatura cobarde y carente de la voluntad de un Kronenberg, muchos consideraban que la culpa recaía en el hombre encargado de instruir su espíritu.
El incidente en el despacho, del que solo el Emperador conocía la verdadera naturaleza y detalles, era visto como el vergonzoso resultado de una educación fallida que había dejado al niño sin la fortaleza para enfrentar siquiera su propia sombra.
—Quizás —intervino un miembro del clero, los patrones de su túnica delataban que era parte de los inquisidores—, no debamos buscar explicaciones en la medicina, sino en lo profano. Una resurrección sin la intervención oficial de los ritos de la Iglesia no es un milagro, Maestre Guel. Es una aberración.
El religioso habló en voz baja, pero sus palabras resonaron con fuerza por la sala.
—Si dice que el niño habla con una autoridad que no le pertenece y si ha perdido la memoria de quién era, ¿qué seguridad tenemos de qué es lo que ocupa ahora ese cuerpo? El diablo es experto en habitar recipientes vacíos y usar la lengua de los muertos para confundir a los vivos. Un cambio tan radical no es obra de una herida; debe ser el rastro de una posesión.
La sala se sumió en un silencio gélido. La idea de que el heredero al trono fuera una cáscara habitada por una entidad maligna era por mucho un rumor más peligroso que el de su propia muerte.
Vincent, que hasta ese momento había permanecido como una estatua de mármol al cabecero de la mesa, se puso en pie. Su movimiento fue lento, pero bastó para que todos los presentes guardaran silencio absoluto. Su mirada recorrió a los clérigos con un desprecio contenido y luego se fijó en el Archi lector, quien palideció bajo el escrutinio imperial.
—Basta de conjeturas de sacristía y repartos de culpas —sentenció el Emperador. Su voz no era alta, pero poseía la vibración de una autoridad incuestionable—. Si el Archi lector falló en su tarea de forjar un hombre, o si los demonios han decidido jugar a la política en mis salones, es algo que no se decidirá mediante susurros en esta sala.
Vincent caminó hacia la puerta, haciendo un gesto al ujier para que las abriera de par en par.
—Hablan de cambios, de órdenes y de amnesia como si discutieran el clima. Yo mismo comprobaré el estado del Principe. Veré si esa "pérdida de memoria" es un refugio para su cobardía o si, por el contrario, la muerte ha logrado despertar lo que diez años de educación inútil no pudieron.
Se detuvo en el umbral, mirando por encima del hombro al maestre y al consejo.
—Si el Príncipe Marcus ha regresado de entre los muertos, me aseguraré de que sea para gloria de los Kronenberg. Y si lo que hay en esa habitación no es mi hijo, o si pretende engañarme con un teatro de olvidos... deseará que su muerte hubiera sido definitiva. Esta misma mañana se esclarecerá la verdad de su resurrección.
Sin esperar respuesta, el Emperador salió de la sala con paso firme. De ser verdaderas las palabras del médico imperial, la situación no ofrecía más que ventajas. En pocas palabras, el plan general ni siquiera tenía que cambiar.
La única diferencia es que ahora tendría que hacerlo él mismo. Sin fallas esta vez.
\*\*\*
Aunque su naturaleza original siempre era la de alguien sensible y frágil, el rigor de la experiencia le había impuesto un sentido práctico ineludible. Se había acostumbrado a que sus sentimientos no fueran más que ruido de fondo ante la urgencia de una decisión; había aprendido, casi a la fuerza, a anteponer el "deber" sobre el "deseo".
Fue gracias a esa estructura mental que, tras una semana de incertidumbre, logró alcanzar una suerte de tregua con su situación.
Sin importar cuanta práctica tuviera en controlarse, le era muy familiar llenarse de ansiedad. Los primeros dos días habían sido un naufragio de nerviosismo. El dolor, la falta de aire y la confusión la habían mantenido en silencio, una parálisis que solo se rompió cuando el dolor físico se volvió insoportable y la obligó a interactuar con el médico que la visitaba, aceptando los analgésicos que le permitieron, finalmente, despejar la niebla de su mente.
Una vez que el dolor fue relegado a un pulso sordo, la parte lógica de su mente pudo tomar el control.
Observó su entorno con una agudeza profesional, su mente convirtió la habitación en un escenario donde desfilaba un elenco excesivo: sanadores de manos blancas, sirvientes de pasos inaudibles, figuras religiosas de gestos severos y caballeros con la mano perpetuamente apoyada en el pomo de la espada.
No le costó mucho darse cuenta de que estos últimos estaban allí más para impedir que ella saliera que para mantener a los demás fuera. Era una vigilancia disfrazada de honor.
Nunca se le dejaba sin compañía. Algunos de ellos, como pronto notó, especialmente los caballeros con espada al cinto, rara vez salían. Ninguno le hablaba, pero la observaban mucho, algunos más descaradamente que otros.
Y hablaban en susurros creyendo que nadie los escuchaba, pero con frecuencia lograba captar pedazos de sus conversaciones. La situación, según escuchaba, era un completo escándalo.
Sin embargo, entre la multitud identificó a una mujer cuya preocupación parecía genuina. Los demás sirvientes la llamaban Sra. Clarel, quien al parecer era el ama de cría que había cuidado del príncipe desde su primer aliento.
Fue en ella en quien decidió confiar, lanzando preguntas discretas que la mujer respondía con una devoción paciente, sin escandalizarse por las lagunas mentales de quien antes conocía tan bien. También fue ella la primera en acercarse a la médico, preocupada por la falta de memoria.
En realidad, no era que ella perdiera la memoria, sino que nunca tuvo esos recuerdos, pero esa explicación hizo más fácil su situación.
Al cabo de siete días logró trazar un mapa aproximado de su entorno:
Primero, habitaba un cuerpo ajeno. Cada vez que lograba escabullirse al baño, donde los espejos no habían sido retirados por orden médica, el cristal le devolvía la imagen de un niño de cabellos negros y ojos verdes. No quedaba ni un solo rastro del reflejo familiar que la había acompañado durante toda su vida adulta.
Lo segundo era que el príncipe Marcus, que era como todos le llamaban, había muerto. El protocolo para su entierro estaba listo cuando, horas después de ser declarado cadáver, el cuerpo se levantó causando una conmoción incontrolable. La duda sobre si aquella resurrección era un milagro divino o una infiltración demoníaca era el combustible de cada cuchicheo en el palacio.
En tercer lugar, y por si todo el asunto no había sido lo suficientemente imposible y fantasioso, la identidad del niño que ahora tenía era la del príncipe heredero del país en el que se encontraba, al parecer un imperio del que nunca había escuchado hablar.
En cuanto a las personas que entraban y salían, en cuanto confirmó con seguridad que se le reconocía como un príncipe, impuso su primera orden: el aislamiento. Solo el médico, la Sra. Clarel y el personal esencial tenían permitido entrar.
Desde entonces había pasado su tiempo en una cómoda silla junto al ventanal observando sus desconocidas manos infantiles, hablando con la niñera, siendo atendida por el médico y pensando. Pensando mucho.
Había logrado una calma precaria a fuerza de empujar su ansiedad y miedo más y más abajo para mantenerlo bajo control. El control era esencial si deseaba durar lo suficiente como para encontrar la manera de volver a casa.

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