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Leer Evangelio de las sombras (Novela) Capítulo 2 online gratis en español

El mundo no la recibió con agrado cuando despertó. El manto acogedor de la oscuridad se rasgó con violencia, llenándola de dolor. Al mismo tiempo llegó un entumecimiento insoportable que aplastaba su cuerpo contra la cama. Intentó moverse, pero sus extremidades no respondieron. Trató de abrir los ojos, pero los párpados pesaban como telones de plomo. El pánico comenzó a filtrarse en sus pensamientos. La falta de movilidad disparó las alarmas. ¿Dónde estaba? ¿Qué le había ocurrido? ¿Por qué todo le dolía? Las preguntas llegaban como olas, aunque el dolor apenas le permitía procesarlas unos segundos antes de arrastrarla de nuevo a las profundidades. Tuvo dificultades para recuperar la consciencia, pero poco a poco sus ideas se volvían más firmes; el dolor retrocedía, pero solo lo suficiente para no perder la cabeza. En medio de la bruma, apenas lograba recordar su propio nombre. En momentos como estos, pensó forzando un tono de seguridad en su mente, lo mejor es reconstruir la escena desde el último acto registrado. Intentó tomar una respiración profunda para tranquilizarse, pero fue como inhalar las llamas del infierno. El aire le provocó una sacudida similar a una tos, pero inmovilizada como estaba, terminó en un ligero temblor que amenazó con partirle el cráneo. Cuando remitió, procuró respirar con la levedad de un susurro y comenzó a hacer memoria. Recordaba haber salido de casa por la tarde... quería conseguir algunos regalos para sus hermanos menores. Sí, eso fue. Luego la lluvia. Olvidó el paraguas, como siempre, y terminó empapada. Al llegar no tomó un baño caliente antes de dormir. ¡Eso es, debía haber enfermado! Poco a poco logró unir las piezas desordenadas para formar una explicación coherente. Era una conclusión apresurada, pero lógica. Si tras dormir mojada le había subido la fiebre, no era de sorprender que despertara en ese estado. Desde que se había ido a vivir sola; no había nadie que cuidara de ella. Lo que le desconcertaba era la gravedad del cuadro. Su salud solía ser caprichosa, pero últimamente se sentía bien. Quizás el estrés le había pasado factura. A lo sumo, pensó con un alivio amargo, tendría que retrasar la visita unos días para no contagiar a nadie. Tras lo que pareció una eternidad, el dolor cedió lo suficiente para permitirle un movimiento, siempre con cautela. Giró el cuerpo hacia un lado y usó las manos para incorporarse lentamente hasta quedar sentada. Al hacerlo, una fina capa de tela resbaló de su cara; al parecer, se había envuelto por completo en las sábanas durante la noche. Finalmente, abrió los ojos. Lo hizo con lentitud para evitar que la luz la cegara, ¿acaso también había olvidado apagar las luces antes de quedarse dormida? Sus movimientos provocaron que ráfagas de punzadas le atravesaban el lado izquierdo de la cabeza. El sonido de algo rompiéndose interrumpió su consternación. Para sus sentidos sensibilizados, fue como una explosión. Se tomó un momento para reponerse y enfocó la vista en dirección al ruido. Su mente se congeló. Frente a ella, una habitación tan iluminada como desconocida. Un jarrón de cerámica yacía esparcido en pedazos junto a unas flores blancas y agua que empapaba el suelo. Un paso por detrás, una mujer vestida con el rigor de una monja se cubría la boca con las manos. Su expresión era como si viera a un muerto salir de su tumba. Sus miradas se cruzaron. El rostro de la mujer tan blanco como las flores. Parecía debatirse entre gritar o desmayarse, tal vez tentada a hacer ambas cosas, pero tras unos segundos de parálisis, corrió hacia la puerta. ¿Por qué huía? En todo caso, la intrusa era ella. Pero esta no era su casa. Ni su cama, ni su alfombra. Mucho menos el extraño cuadro frente a la cama... El pánico regresó con una fuerza renovada, golpeando con más fuerza que el dolor. Lo que tenía enfrente no era un cuadro, sino un espejo alto y brillante. Y reflejado en él, vio una cama amplia con postes de madera y a alguien pequeño, mucho más pequeño de lo que ella solía ser. Era un niño, vestido con un camisón de seda blanca, con la cabeza prácticamente oculta tras un espeso vendaje que también le tapaba el ojo izquierdo. En el espejo, un solo ojo verde le devolvió la mirada. Para cuando la mujer logró abrir la puerta de un tirón, un grupo de personas de expresiones graves esperaba fuera. Bajo esas miradas, la mujer finalmente soltó el grito que tenía atorado, sobresaltándolos a todos. Uno de los hombres, también con atuendo eclesiástico, la tomó por los hombros pidiendo explicaciones, pero ella solo señalaba hacia la cama con gestos espasmódicos. Todos miraron en su dirección al mismo tiempo. La miraban a ella. El miedo la convirtió en una criatura de instinto. Al ver a aquellas personas con sus vestiduras blancas y deslumbrantes, su cuerpo le ordenó una sola cosa: huir. Esconderse. Desaparecer. Pero sus nuevas extremidades no eran compatibles con la urgencia de su alma. Intentó saltar de la cama, pero sus cálculos fallaron; en su lugar, rodó por el borde, enredada en la sábana. El impacto contra el suelo llegó con un segundo de retraso, sacándole el aire de los pulmones y disparando látigos de dolor por todo el cuerpo. Se incorporó como pudo y vio al grupo acercarse. El hombre del atuendo de sacerdote la tomó del brazo. Intentó zafarse, pero fue inútil. O aquel hombre poseía una fuerza sobrenatural, o su nuevo cuerpo era más frágil de lo que podía procesar. Su corazón latía desesperado; sus pulmones ardían. Antes de que pudiera notarlo, la habitación se había llenado de murmullos espantados, voces que no lograba descifrar. Intentó pedir que la soltara, pero solo emergió un ataque de tos desde su garganta reseca. El silencio volvió a caer sobre la estancia, pesado y expectante. Al segundo intento, su voz logró salir. Era ronca, desconocidamente infantil. —Suel... —tosió—... suéltame. El hombre la soltó de inmediato, aunque permaneció a un paso de distancia. Él decía algo, pero los latidos de su propio corazón en los oídos ahogaban cualquier sonido externo. —¿Quiénes... quiénes son ustedes? ¿Qué hago aquí? ¿Qué está pasando? Su propia voz le resultaba tan ajena que dudó que la entendieran. Otro hombre, alto y vestido con extravagancia, la observaba desde el centro de la habitación con una expresión indescifrable. Él pareció entenderla, porque gesticuló una respuesta, pero ella seguía sumida en la sordera del pánico. Repitió sus preguntas, su voz quebrando el aire. El hombre del centro frunció el ceño y dio un paso adelante. El cuerpo del niño retrocedió por puro reflejo, disparando otra punzada de dolor. Se sentía morir. Estaba sofocada, rodeada. El hombre persistió en su avance. Intentó gritarle que se detuviera, pero ya no estaba segura de sí las palabras salían de su boca o solo morían en su mente. No le quedaban fuerzas para sostener aquel cuerpo menudo, mucho menos para escapar. Como no había otra cosa que pudiera hacer, simplemente se desmayó.
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Evangelio de las sombras (Novela) Capítulo 2

Estás leyendo el capítulo 2 de Evangelio de las sombras (Novela), un novela. Tras despertar en el cuerpo del recientemente fallecido Príncipe Heredero, se verá obligada a pactar con el Dios de los Dos Rostros, quien le ofrece un trato para regresar a su antiguo hogar: expandir la influencia de… Este capítulo tiene publicado el 9 de octubre de 2026. Evangelio de las sombras (Novela) tiene 4 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.