Leer Evangelio de las sombras (Novela) Capítulo 4 online gratis en español
Parada frente al espejo del cuarto de baño, observaba cómo Clarel le retiraba las vendas que le cubrían el cuerpo, revelando lentamente las secuelas del incidente que había matado al Príncipe. Una explosión, según lo que había escuchado.
Hacía un poderoso esfuerzo por mantenerse ajena a los daños de aquel cuerpo maltrecho, pero la sensación que le producía pensar que vivía en un cadáver la estremecía y le revolvía el estómago. Eso era lo que era ahora: un cuerpo muerto, destrozado y extraño.
Viéndolo, no era de sorprender que la niñera derramara lágrimas de pena.
Gran parte del lado izquierdo del torso estaba afectado, cubierto por una cicatriz que tiraba de la piel. A la mano izquierda le faltaban las dos primeras falanges del dedo índice y la primera del dedo medio, además de que los dedos completos parecían haberse roto y sanado algo torcidos. La piel de la palma hasta la mitad del antebrazo era nueva y sensible, por lo que sabía, ningún vello volvería a crecer en esa zona.
Todas las cicatrices tenían un escandaloso color rojizo y era obvio que no se borrarían. Del mismo modo que quedarían marcas en su hombro izquierdo, parte del pecho y el cuello.
Usó las manos para apartar el cabello y ver por completo. El daño en la cabeza le estaba costando un poco; acostumbrarse a su nuevo tamaño era difícil y le costaba medir las distancias, así que se movía con cuidado, como si estuviera tanteando un escenario desconocido.
Había perdido buena parte de la oreja izquierda, y por arriba y hacia atrás tenía franjas rosas donde el cabello ya no volvería a crecer, aunque podrían ocultarse si se lo dejaba largo. De haber estado en la Tierra, los médicos habrían tenido que reemplazar parte del cráneo con una placa metálica; en este lugar, no tenía idea de cómo lograron mantener la cabeza completa.
Mientras revisaba los daños, las manos de la Sra. Clarel la detuvieron gentilmente de seguir inspeccionando.
—Las marcas rojas se irán poco a poco, y las cicatrices mejorarán. Todo mejorará. Solo tiene que darle tiempo, mi príncipe.
Ella sabía que era mentira, pero no hacía falta ridiculizar la bondad de aquella mujer. La Sra. Clarel siempre le hablaba con un tono era suave y cálido y desde que notó que los ruidos fuertes le producían dolor de cabeza, su voz siempre era baja.
Era más que obvio que amaba a aquel príncipe muerto. Darse cuenta de eso le revolvió aún más el estómago, pero le era imposible rechazar ese amor, aunque fuera para otro.
La Sra. Clarel la ayudó a entrar en una bañera llena de agua fría, porque no soportaba el agua tibia.
En ese estado, todo parecía provocarle dolor: los ruidos, la luz, las telas y el calor sobre las cicatrices, incluso la comida. En cuanto se atrevió a expresarlo, la horda de sirvientes cambió todo lo que le incomodaba: las luces de la habitación se atenuaron, el agua tibia del baño se cambió por agua fría, las telas de lino por suave seda.
Pero lo que más le incomodaba era pensar en ese cuerpo como suyo. Convertirse repentinamente en un niño le generaba una desconexión profunda, una especie de crisis de identidad que ni sus años de estudio de teatro podían suavizar.
Por eso pasaba tanto tiempo viéndose en el espejo del baño a pesar del desagrado, tratando de familiarizarse con sus rasgos y expresiones: cabello oscuro, ojos almendrados, facciones definidas pero suaves. Ningún elemento familiar.
Una línea rosa pasaba por el costado de su cabeza hasta la frente, dividiendo su cabello en una especie de peinado accidental, y otra pasaba sobre la oreja hasta su mejilla. No era muy llamativa, pero tiraba de su piel hacia arriba levantando levemente la comisura de su boca. Si no levantaba la otra comisura para equilibrar, el efecto era una mueca indistinta.
Era también en el baño donde el peso de su situación se le antojaba insoportable. Ha cubierto de las vigilantes miradas de los guardias, y con solo la cálida presencia de la niñera, era difícil no dejarse llevar por el desconsuelo.
Pero no podía llorar. No lloraría. Tenía que controlarse. Empujar, empujar y empujar hacia abajo el llanto, volviéndolo tan pequeño que pareciera mentira. Permitirse llorar no le traería nada bueno, no arreglaría nada.
Aunque su mente lo afirmaba, el rostro en el espejo mostraba dificultades para igualar su voluntad, arrugando sus facciones en señal de protesta.
—Sé que mi príncipe está pasando por dificultades, pero tiene que controlar sus lágrimas. Recibí noticias: su padre vendrá a verle en unos momentos y no se alegrará de verle llorar. Ahora debe aguantar y ser fuerte, ¿comprende?
Por supuesto que comprendía lo que la mujer esperaba de ella. Un sentimiento conocido, una exigencia familiar para ella, pero no por eso menos indignante. Al parecer tratar con este padre o el anterior no haría diferencia.
Tenía practica conteniendo el llanto. Cuando aún estudiaba actuación en el teatro, había tenido un director especialmente complicado de tratar: exigente, grosero y siempre al acecho del menor error. Si imaginaba que este emperador era similar al director sería más fácil sobrellevarlo. Se talló los ojos y corrigió su expresión.
—Mi pequeño príncipe, sé que es difícil para usted, pero no se preocupe, yo estaré a su lado todo el tiempo.
El baño fue mucho más corto que de costumbre y la vistieron con ropa de seda tan suave y ligera que apenas se sentía sobre la piel. Incluso recortaron un poco su cabello para corregir los mechones desiguales.
Apenas salió del baño, un hombre abrió la puerta de la habitación para anunciar la llegada del emperador.
De inmediato entró un hombre alto, vestido con una túnica de un rojo y dorado tan regio que parecía sacado de un cuadro antiguo. Su rostro le resultó ligeramente familiar, una imagen borrosa en el fondo de una memoria que no era suya.
Cuando el emperador clavó su mirada en ella, sintió que su corazón se saltaba un latido. Tuvo que luchar contra el impulso de echarse atrás; reconoció de inmediato ese sentimiento de cuando recién despertó, ese reflejo de pavor puro ante el hombre en el centro del cuarto.
Suspiró internamente porque también reconocía aquel sentimiento. Si este hombre era el padre de este niño, debía haber sido un padre terrible para que su primer impulso, incluso estando "muerto", fuera escapar de él.
A punto de sentir pena por el niño, un pensamiento irrumpió en su mente como un susurro del diablo: ¿y si el impulso y el temor hacia el padre no pertenecieran al "príncipe" sino a ella?
Aquella idea la puso al borde de un precipicio. En un instante el instinto tomó el control, aferrándose con fuerza a aquello que siempre la había salvado en momentos como ese.
Como encender un interruptor, su mente transformó todo aquello en una escena. Los papeles se repartieron. El miedo cedió, y ella estaba ya lo bastante lejos del precipicio como para permitirse respirar.
Trató de visualizar al hombre frente a ella no como un padre, sino un actor de método interpretando el papel de "Monarca Absoluto". Analizó la rigidez de su mandíbula y la economía de sus movimientos; era una presencia construida para abrumar, una máscara de poder tan bien ensayada que resultaba asfixiante.
Se preguntó que verían sus ojos en ella.
\*\*\*
A Vincent le tomó menos de cinco minutos convencerse de la precisión del diagnóstico de amnesia que el Maestre Guel había dado.
El contraste en el comportamiento del niño antes y después del incidente era tan marcado que cualquier observador medianamente agudo se daría cuenta del cambio. Sobre todo, era difícil pensar que fuera posible para un niño como el príncipe mantener una actuación de ese nivel en su presencia, cuando antes no podía ni sostenerle la mirada.
La mirada fue lo primero que había notado al entrar a verlo.
Él clavó sus ojos en el pequeño, y el niño lo miró de vuelta; ninguna pizca de reconocimiento en su expresión. No solo le miraba con curiosidad, parecía estar evaluándolo, como si analizara su nivel de amenaza.
Siguieron midiéndose hasta que el ama de cría se acercó para corregir el comportamiento del niño.
—Al encontrarse con su padre, el Emperador, el Príncipe debe hacer una reverencia y expresar sus saludos —susurró la Sra. Clarel.
El cuerpo del niño se sobresaltó, y notó cómo reaccionaba con un espasmo de temor que le fue difícil controlar. Se inclinó en una reverencia algo descompuesta.
—¡Ah!... Saludo a Su Majestad. Disculpe mis modales, yo... aún carezco de muchas cosas.
—Al menos parece que aún recuerdas cómo hablar decentemente. —replicó Vincent, ocultando la ligera sorpresa ante la nueva elocuencia del niño—. Olvídate de los saludos y siéntate.
Vincent señaló con la mano los sillones cerca de la ventana. Se sentó primero y observó cómo el niño se movía con una lentitud cautelosa para ocupar el sitio frente al suyo. Veía cómo se tocaba las puntas del cabello cerca de la oreja, un gesto nervioso, pero mantenía la vista al frente, esperando a que él hablara.
La conversación fue toda una sorpresa. A medida que hablaba, observó cómo la expresión de su hijo pasaba del nerviosismo hasta la indignación. Expresiones que nunca, en diez años, había visto en él. Había pasado mucho tiempo esperando ver algo de fuego en esos ojos. Ahora que lo encontraba, quería ver qué tanto podía arder sin quemar al niño.
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Estás leyendo el capítulo 4 de Evangelio de las sombras (Novela), un novela. Tras despertar en el cuerpo del recientemente fallecido Príncipe Heredero, se verá obligada a pactar con el Dios de los Dos Rostros, quien le ofrece un trato para regresar a su antiguo hogar: expandir la influencia de… Este capítulo tiene publicado el 13 de octubre de 2026. Evangelio de las sombras (Novela) tiene 4 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.