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Leer Evangelio de las sombras (Novela) Capítulo 1 online gratis en español

REGISTRO DE SEGUIMIENTO Y ESCUCHA — INFORME 01 EVALUACIÓN DE COMPORTAMIENTO Y REGISTROS DE MOVIMIENTOS El primer día del mes primero del año 470 de la Teocracia Imperial (T.I) se proclamó el nacimiento del primer príncipe imperial: Marcus Ellian Von Kronenberg, primogénito de Su Majestad el Emperador Vincent y la Emperatriz Amallia y primero en la línea de sucesión al trono del Imperio Alten. Por órdenes del Emperador, el anuncio de su nacimiento fue celebrado públicamente con veinte cañonazos y la proclamación de un día de celebración nacional se extendió por toda la capital. La Santa Cede se unió al regocijo haciendo sonar las campanas en honor al pequeño Príncipe. Pasados apenas tres meses del nacimiento, la Emperatriz falleció por complicaciones del parto. Siguiendo las costumbres, el luto comenzó ese mismo día y su cuerpo fue despedido en un funeral, grande y fastuoso celebrado en la capital. Sus restos llevados a su lugar de descanso en la cripta de la familia imperial, como dictaba el protocolo. Durante un mes completo el palacio entero vistió de blanco en honor a la fallecida. Tras este tiempo se retomaron las actividades y colores habituales del palacio, especialmente los asuntos pendientes. El pequeño príncipe fue inscrito oficialmente como heredero de facto del Antiguo Trono y sucesor de su padre. Se le trasladó al Palacio del Juramento, perteneciente por tradición a los herederos imperiales, el mismo donde habían residido su padre, su abuelo y tatarabuelo antes que él. Cada dama de compañía elegida por su madre para que le sirvieran fue reemplazada, dejando a su ama de cría como única excepción. Se llamó además al Señor Archilector, quien se encargaría oficialmente de la educación del príncipe desde ese momento hasta la fecha de su coronación. A favor de sus futuros servicios en la educación del heredero, se les permitió a sus futuros tutores de espada, política, comercio historia, arte, conversación, etc., instalarse en residencias apropiadas cercanas a los terrenos imperiales. El Cónclave de la Iglesia comenzó a planear los rituales sagrados a los que inevitablemente el príncipe tendría que someterse, y los altos estadistas del imperio empezaron a hacer sus cálculos políticos, planear alianzas donde se implicaría al joven Heredero y a discutir cuál hija de qué Casa Noble sería la más adecuada como futura pareja. El propio padre de la criatura, el Emperador Vincent Von Kronenberg, no visitó ni vio al niño hasta que este cumplió los tres años, considerada edad suficiente para comenzar sus lecciones. Sin embargo, nadie comentaría nunca en contra ni hablaría mal de esta actitud llamándola falta de interés. Después de todo, era el Emperador quien se encargaba de todos los asuntos del príncipe, quien escogió personalmente a sus tutores y quien había ordenado que se le dieran informes constantes de su desarrollo. Aprovechando esa primera visita, se informó al pequeño príncipe que el Emperador se volvería a casar. El príncipe, por supuesto, comprendió poca cosa al respecto. A mediados de la primavera del 473 T.I el Emperador contrajo segundas nupcias. El día diez del quinto mes del año siguiente, la nueva Emperatriz dio a luz a un par de gemelos: el segundo príncipe y la única princesa del Imperio. Se le concedieron a la Emperatriz todos los honores debidos, se dieron los cañonazos correspondientes y se prepararon los rituales obligatorios. Al contrario de con el primer príncipe, las campanas de la iglesia permanecieron quietas, y los tutores reales no fueron llamados. La emperatriz esta vez seguía con vida y bien, así que se le concedieron todos los derechos sobre la educación de los niños. Mientras que los informes sobre el primer príncipe llegaban al emperador de forma constante, los relacionados con el segundo príncipe y la princesa se requerían solo de ser indispensables. La diferencia en el trato entre ambos nacimientos fue notada por todos, cuestionada solo por unos cuantos y resentido verdaderamente por apenas un par, especialmente por la Emperatriz. FIN DEL INFORME \*\*\* La mañana del décimo cumpleaños del Príncipe Heredero no trajo consigo el júbilo que la capital esperaba, tan solo un silencio tenso que se filtraba por las rendijas del palacio imperial. Para el Emperador un día de nacimiento era como cualquier otro, las festividades no eran más que un trámite diplomático, un evento marcado en el calendario para proyectar una estabilidad que, en la intimidad de su despacho, podía reconocer como una estructura con grietas profundas. Vincent Von Kronenberg pertenecía a una estirpe que había estado a punto de desvanecerse en la irrelevancia. Su abuelo, un hombre que ascendió al trono con una juventud impetuosa y una incompetencia imperdonable, fue el origen del caos. Al no heredar la Habilidad de Linaje que permitía ver los hilos de la causalidad, un derecho divino de la sangre Kronenberg, su reinado no fue más que un vergonzoso ejercicio de improvisación. Bajo su mando, la autoridad imperial se erosionó frente a una Iglesia que reclamaba más de lo que otorgaba, y la traición de la Casa Jiulen, uno de los cuatro Duques del imperio, fue solo la primera ficha en caer de un tablero que terminó entregando el sureste al reino enemigo. Las fricciones con los aliados del sur no fueron más que el síntoma final de un gobierno que no sabía leer la voluntad del cielo. Su padre tampoco fue digno de recibir el linaje divino, pero pasó cada hora de su vida compensando su ineptitud, intentando contener el derrumbe. Engendró a Vincent a una edad avanzada, casi como un último intento por devolverle al Imperio su brújula biológica. El Verdadero por fin decidió que había alguien medianamente digno de Su favor: Vincent nació con el linaje despierto, aunque su visión era más débil que la de los grandes emperadores de la antigüedad. Fue su padre quien le enseñó cómo y cuándo usar la autoridad para oprimir a sus enemigos y recompensar a sus seguidores, a infundir temor y respeto. Le enseñó a ganarse el favor del pueblo, a usar la fe y a cada individuo como piezas en la política. Todo era una pieza, todo podía ser usado. Al heredar el trono, aplicó esa máxima a todos sus planes. En pocos años, logró que muchos de los aliados regresaran, las casas rebeldes fueron asfixiadas económicamente y el prestigio de la corona se restauró hasta cierto punto. Dios estaba de su lado, así que no podía fallar. El don divino en su linaje le permitía ver los distintos caminos y distinguir el correcto entre todos ellos, el que restauraría al Imperio a su antigua gloria. Su matrimonio con Amallia Von Wissner fue el camino correcto. Nombrarla Emperatriz contribuiría a su propósito. Amallia era un activo valioso; su habilidad de linaje permitía la acumulación de datos y estrategias que agilizarían la burocracia imperial y, lo que era más importante, podría darle al Imperio el heredero que necesitaba. El pueblo la amaba, pero para Vincent, ese afecto era un subproducto innecesario. Amallia era, en esencia, demasiado delicada. Su amabilidad era una impureza en el metal del linaje; una debilidad que, aunque útil para calmar a las masas, resultaba irritante en la mesa de guerra. Cuando ella murió después de dar a luz, Vincent no experimentó el vacío del luto. En su lugar, sintió la satisfacción de asegurar el producto. Con Amallia fuera del cuadro, su heredero no sería infectado por esa compasión debilitante. El niño sería criado como un puro Kronenberg: una herramienta de precisión que movería el tablero a favor de la gloria. Sin embargo, la sangre una vez más resultó ser un elemento caprichoso y poco cooperativo. Durante diez años, Vincent observó desde la distancia los informes de los tutores y maestros de esgrima. Cada reporte era una decepción tras otra. A pesar de usarse las técnicas acostumbradas para despertar el linaje a edades tempranas y de los rituales de rigor, el príncipe no mostraba ser digno de recibir el don divino. Su agudeza mental no era superior como se esperaba del linaje imperial; no era más fuerte, ni más rápido, ni más astuto. Peor aún, era un niño que se rompía bajo la mínima presión, un infante que buscaba refugio en la amabilidad y el llanto, rasgos del carácter de su madre que Vincent consideraba errores inadmisibles. A pesar de las evidencias, el Emperador no aligeró la carga. Si el niño era débil, la solución era someterlo a una presión mayor hasta que el linaje se viera obligado a despertar para sobrevivir. El cálculo era lógico: se necesita fuego para purificar el oro, y golpes suficientes para dar forma al acero. El Consejo Imperial no tardó en comenzar a susurrar. Los nobles, siempre atentos al olor de la sangre débil, miraban con creciente interés al segundo príncipe. Algunos incluso se atrevieron a sugerir un cambio en la línea de sucesión, una idea que Vincent descartó con una frialdad que congeló cualquier debate. Él no dudaba. Su visión, por débil que fuera, le decía que este era el camino hacia la gloria del imperio. Dios no cometía errores de cálculo, y él era el ejecutor de esa voluntad. Aquella mañana, mientras el sol ascendía sobre una capital engalanada con banderas que celebraban a un heredero que la mayoría ya consideraba un fracaso, Vincent permanecía inmóvil, leyendo los hilos que le mostraban el futuro. Por primera vez en su reinado, a Vincent le pareció que su convicción necesitaba ser reconsiderada. Tras tantos años de enfrentarse a la evidencia de un hijo que cumplía diez años siendo nada más que una sombra cobarde de lo que debería ser, algo tenía que cambiar, y esa mañana algo cambió. Los hilos de su hijo, siempre presentes en su campo de visión, sufrieron un estremecimiento, luego una tensión, después se volvieron tan borrosos que fue imposible seguirlos. Aquello provocó en él una inquietud desagradable. Bajo esa anómala sensación se dirigió a su despacho siguiendo el último rastro de la ubicación de Marcus. Cuando llegó, el niño parecía estar esperando por él. Dijo que deseaba hablar, así que hablaron. Todo lo que sucedió en esos pocos minutos estuvo por completo fuera de su previsión, fuera de sus expectativas, fuera de todo lo que sabía sobre el futuro y sobre su hijo. Las pocas frases que intercambiaron, la agitación del niño, el movimiento amenazante, la violencia de la explosión. En tan solo unos segundos, pasó de tener un hijo decepcionante, a no tener hijo en absoluto. El tiempo se alargó infinitamente mientras lo veía caer cubierto en sangre. Tomarlo en brazos y salir del despacho le tomó unos instantes desesperadamente lentos. El ruido ya había alertado a toda clase de sirvientes, funcionarios y guardias, que se acercaban a socorrer y resguardar al Emperador. Él ladró ordenes, se hizo buscar al Maestre Imperial y los sanadores. Los mensajeros corrieron tan rápido como permitían sus fuerzas. Maestres, sanadores y sacerdotes hicieron todo cuanto fue posible para conservar la vida del Príncipe. Se utilizó cada recurso disponible. No quedó remedio conocido que se dejara de usar. Todo fue en vano. Por primera vez en su vida, el emperador se preguntó si sus acciones fueron las correctas. Al atardecer del primer día del primer mes del 480 T.I, con frío del invierno instalado por completo en toda la capital, el Primer Príncipe Imperial, primogénito del Emperador y Heredero al trono fue declarado muerto por boca del Maestre Imperial y los sacerdotes de la iglesia. Se lavó y vistió el cuerpo como preparación para los rituales funerarios y se declaró luto riguroso en toda la capital imperial. El Principe Marcus E. Von Kronenberg permaneció muerto durante exactamente seis horas y treinta y seis minutos.
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Evangelio de las sombras (Novela) Capítulo 1

Estás leyendo el capítulo 1 de Evangelio de las sombras (Novela), un novela. Tras despertar en el cuerpo del recientemente fallecido Príncipe Heredero, se verá obligada a pactar con el Dios de los Dos Rostros, quien le ofrece un trato para regresar a su antiguo hogar: expandir la influencia de… Este capítulo tiene publicado el 12 de octubre de 2026. Evangelio de las sombras (Novela) tiene 4 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.