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Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 7 online gratis en español

La caravana volaba sobre la nieve. Markus se agarró al borde de la mesa con las dos manos. Los nudillos blancos. El traqueteo lo sacudía de un lado a otro, y cada golpe le mandaba una punzada por el brazo, hasta el hombro. —¡No se detienen! —gritó Lysandra, sin apartar la mirada de la ventana. Otro rugido. Más cerca que el anterior. Markus se asomó junto a ella. Afuera, el paisaje era una mancha blanca corriendo hacia atrás, borrosa, sin forma. No podía distinguir árboles ni colinas. Solo velocidad. Y, detrás, algo. Tres formas oscuras se movían entre la nieve levantada. No corrían como el Vharak. No se deslizaban. Avanzaban a saltos largos, el cuerpo pegado al suelo entre salto y salto, como si el impulso les costara nada. —¿Los ves? —preguntó Lysandra. —Sí. —¿Cuántos? Markus entrecerró los ojos contra el viento que entraba por la ventana. —Tres. Creo. Lysandra apretó la mandíbula. No dijo nada más. Se apartó de la ventana, cruzó la habitación en dos pasos y tomó la espada de cristal azul que descansaba junto a la silla. La sujetó con una mano, sin desenvainarla todavía. —Quédate aquí. —¿Qué? —Si salgo y algo sale mal, no quiero que estés en medio. Markus abrió la boca para protestar, pero la caravana dio otro tirón, más violento que los anteriores. Esta vez sí lo tiró al suelo. Se golpeó el codo contra la madera. El dolor le subió hasta el hombro, agudo, caliente. Cuando levantó la vista, Lysandra ya no estaba. —¿Lysandra? Se puso de pie como pudo, tambaleándose con cada sacudida, y llegó a la ventana. La vio afuera. De pie sobre el lomo de uno de los mamuts, el pelo blanco volando hacia atrás por el viento, la espada ahora desenvainada. El cristal azul brillaba, incluso bajo ese cielo sin sol. No tenía miedo. Eso fue lo primero que pensó Markus. La forma en que estaba parada allí, con esa calma absurda mientras todo se sacudía a su alrededor, no era la postura de alguien asustado. Uno de los rastreadores negros se adelantó a los otros dos. Ganó terreno rápido, demasiado rápido, acortando la distancia con la caravana en cuestión de segundos. Lysandra saltó. Markus contuvo la respiración. La vio caer sobre la nieve, rodar, levantarse con la espada ya en posición. El rastreador llegó hasta ella un instante después. No era como el Vharak. Más pequeño. Más bajo, pegado al suelo, con un cuerpo alargado que recordaba a un lobo si un lobo hubiera sido moldeado en piedra negra. No tenía pelaje. Tenía placas, superpuestas, que se movían entre sí con cada zancada. Lysandra lo esquivó por poco. El cristal azul cortó el aire donde un segundo antes había estado la cabeza del rastreador. La criatura giró, veloz, y volvió a atacar. Markus no podía apartar la vista. El segundo rastreador ya casi alcanzaba la caravana. Podía verlo bien ahora, a través del cristal: la misma forma alargada, las mismas placas negras, y unos ojos —esta vez sí tenía ojos— de un amarillo pálido, casi blanco, fijos hacia arriba. Hacia la ventana. Hacia él. Markus retrocedió un paso. El corazón le golpeaba tan fuerte que lo sentía en la garganta. El rastreador saltó. No hacia Lysandra. Hacia la caravana. El impacto sacudió toda la estructura. Markus cayó de espaldas, golpeándose contra el camastro. Escuchó un crujido, madera partiéndose en algún lugar por encima de él. Astillas cayeron del techo. Se levantó como pudo. La ventana ya no estaba entera —una grieta larga la cruzaba de lado a lado— y a través de ella vio unas garras, negras, curvas, aferradas al marco exterior, intentando abrirse paso. —¡Lysandra! No supo si ella lo escuchó. Estaba a metros de distancia, todavía enfrentando al primero, la espada moviéndose en arcos rápidos y precisos. El mamut sobre el que había saltado ahora se interponía entre ella y el segundo rastreador, su trompa golpeando con la misma fuerza bruta de siempre. Las garras siguieron rascando el marco. Markus retrocedió hasta la pared opuesta. No tenía nada. Ningún arma. Solo la mochila, todavía colgada de su hombro por costumbre más que por utilidad. La ventana cedió. El cristal se rompió hacia adentro, esparciéndose por el suelo en fragmentos pequeños y afilados. La cabeza del rastreador se asomó por el hueco. Alargada, sin pelo, con esas placas oscuras solapándose sobre el hocico. Los ojos amarillos lo encontraron de inmediato. No parpadeó. No gruñó. Solo lo miró. Y en ese instante —apenas un segundo, quizás menos— Markus tuvo la certeza absoluta de que aquella cosa no lo estaba mirando como a una presa cualquiera. Lo estaba reconociendo. Como si lo hubiera visto antes. Como si supiera exactamente quién era. —¿Qué...? El rastreador abrió la boca. No hacia él. Hacia arriba, hacia el cielo blanco, y de su garganta salió un sonido que no era el rugido grave de antes. Era más agudo. Más corto. Tres notas, repetidas dos veces, con una pausa exacta entre cada tanda. No sonaba a animal. Sonaba a señal. Markus sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Entonces la trompa de un mamut se cerró sobre el cuerpo del rastreador y lo arrancó del marco de la ventana de un solo tirón. Markus alcanzó a ver el cuerpo negro volando por el aire, girando, hasta perderse entre la nieve levantada. El silencio que siguió no fue silencio de verdad. Era el eco de todo lo que acababa de pasar, todavía vibrando en sus oídos. Se asomó por el hueco de la ventana rota, con cuidado de no cortarse con los bordes. Lysandra seguía de pie. El primer rastreador yacía inmóvil sobre la nieve, un tajo limpio atravesándole el costado. No sangraba. De la herida salía algo parecido a humo negro, disipándose en el aire frío. El segundo estaba a varios metros, arrastrándose, una de sus patas doblada en un ángulo que no debería ser posible. El tercero —el que había hecho el sonido— ya no estaba a la vista. Lysandra se quedó quieta un momento más, la espada baja, la respiración agitada. Luego caminó hacia el segundo rastreador herido. Se detuvo frente a él. —¿Quién te envía? La criatura no respondió. Obviamente no podía. Pero Lysandra esperó de todos modos, como si de verdad esperara una respuesta. Después, sin más ceremonia, terminó con él. Markus apartó la mirada. Cuando volvió a mirar, Lysandra ya subía de vuelta al lomo del mamut. La caravana había reducido la velocidad, el balanceo volviendo, poco a poco, a algo más parecido a lo normal. Un minuto después, ella entró. Traía la espada aún desenvainada, una fina línea de humo negro adherida al cristal, evaporándose despacio. Se detuvo al ver la ventana rota, el suelo cubierto de cristales pequeños, a Markus de pie entre los restos con la espalda pegada a la pared. —¿Estás bien? Markus asintió, aunque no estaba seguro de que fuera cierto. —Uno de ellos... —empezó, y se detuvo, buscando cómo decirlo—. Uno de ellos hizo un sonido. Antes de que lo sacaran. No era como el otro rugido. Era distinto. Corto. Repetido. Lysandra se quedó inmóvil. —¿Qué clase de sonido? —No sé. Como... —Markus intentó reproducirlo en su cabeza, buscando las palabras—. Como una señal. Tres notas. Dos veces. La expresión de Lysandra cambió. Fue apenas un instante, pero Markus lo vio: algo se tensó detrás de sus ojos violetas. —Eso no es un rastreador salvaje. —¿Qué quieres decir? Lysandra bajó la espada. La envainó despacio, con un movimiento que parecía darle tiempo para pensar. —Los rastreadores salvajes no se comunican así. No con ese patrón. Eso... Se detuvo. —Eso es una llamada de reporte. Markus sintió que el estómago se le encogía. —¿Reporte a quién? Lysandra no respondió de inmediato. Caminó hasta la ventana rota y miró hacia afuera, hacia donde el tercer rastreador había desaparecido entre la nieve. —No lo sé —dijo finalmente—. Pero si tenía razón, y si de verdad era una señal... Se giró hacia Markus. Su rostro, normalmente sereno, tenía ahora algo distinto. No era miedo. Era cálculo. La expresión de alguien reorganizando rápidamente todo lo que creía saber. —Entonces alguien, en algún lugar, acaba de enterarse de exactamente dónde estamos. El viento entraba por la ventana rota, frío, constante, llenando el silencio que quedó entre los dos. Markus miró hacia la nieve, hacia el horizonte blanco donde el tercer rastreador se había perdido. No dijo nada. Pero por primera vez desde que había llegado a aquel mundo, tuvo la certeza de que no estaba huyendo de algo salvaje. Estaba huyendo de algo que lo estaba buscando a él.
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Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 7

Estás leyendo el capítulo 7 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 7 de septiembre de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.