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Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 5 online gratis en español

Markus permaneció sentado durante unos segundos. La conversación había terminado, pero su cabeza estaba lejos de estar en calma. Demasiadas preguntas. Demasiadas respuestas que no encajaban. Miró hacia la ventana. El paisaje seguía siendo el mismo. Nieve. Montañas lejanas. Un cielo gris azulado. Nada que pudiera reconocer. —Espera. Lysandra levantó la mirada. —¿A dónde vamos? Ella lo observó con esa calma que empezaba a resultarle familiar. —No lo sé. Markus parpadeó. —¿Cómo que no lo sabes? —No tenemos un destino fijo —respondió, como si fuera lo más normal del mundo. —Entonces... ¿a dónde vamos? Lysandra volvió a mirar por la ventana, como si la respuesta estuviera allí fuera. —Seguimos el camino. —¿Qué camino? —El que encontremos. Markus la miró en silencio. ¿Qué clase de respuesta es esa? —¿O sea que simplemente das vueltas por la región? Lysandra sonrió ligeramente, apenas un gesto. —Podría decirse así. Se quedó mirándola, intentando procesar. Una mujer con una espada de cristal, un grupo de espíritus flotantes que tiraban de una caravana sin rumbo. Y ella actuaba como si eso fuera perfectamente razonable. —¿No tienes un hogar? Ella lo miró. Algo en su expresión cambió. No era tristeza. Era algo más sutil. Como si la pregunta hubiera tocado un lugar que llevaba tiempo sin visitar. —Sí —dijo finalmente, con voz más baja—. Pero hace muchos años que no vuelvo allí. Markus notó el cambio en su tono. No preguntó por qué. Guardó silencio un momento, dejando que la incomodidad se disipara. Pero había otra pregunta que llevaba quemándole desde que despertó. —Lysandra. —¿Sí? —La criatura de antes... Ella levantó la mirada, expectante. —¿El Vharak? Asintió. —Sí. ¿Tú sabías qué era? —Lo vi desde la ventana. Todo el combate. Markus se inclinó ligeramente hacia adelante. —¿Qué era exactamente? Lysandra lo observó unos segundos, como si evaluara cuánto debía decir. —Un Vharak —respondió con naturalidad—. Criaturas extremadamente raras, territoriales, peligrosas. No suelen aparecer tan cerca de las rutas habituales. Hizo una pausa, y sus ojos violetas se fijaron en él con una intensidad que lo desarmó. —Si mis mamuts de hielo no hubieran intervenido, habrías muerto. Markus sintió el peso de esas palabras. No era una advertencia. Era un hecho. Y ella lo había dicho con total naturalidad, como si estuviera señalando el color del cielo. Se quedó callado. Su garganta se secó. Recordó la forma negra, las patas largas, la boca húmeda y oscura. El llanto que no era llanto. Un escalofrío le recorrió la columna. No pudo evitarlo. Se estremeció ligeramente, y sus manos se cerraron sobre las mantas. —Esa cosa... —dijo, y su voz sonó más áspera de lo que quería—. El Vharak ese que dices... ¿es muy fuerte? Lysandra asintió sin dudar. —Sí. Markus tragó saliva. La miró, y la pregunta salió antes de que pudiera detenerla. —¿Hay cosas peores que esa criatura? Ella lo miró directamente a los ojos. Su expresión era seria. —Mucho peores. Markus no preguntó más. No quería saberlo. Al menos, no todavía. Se quedó en silencio, procesando. Los dedos aún apretaban las mantas. Su mente intentaba acomodar la información: un mundo donde existían criaturas así. Donde los mamuts no eran simples animales, sino espíritus. Donde una mujer de cabello blanco podía hacerle entender un idioma con solo tocarlo. —¿Qué clase de mundo es este? —murmuró, más para sí mismo que para ella. Lysandra no respondió. Quizás porque no había respuesta. Markus levantó la mirada y la observó con más atención. Ahora que ya no estaba aterrorizado, podía fijarse en detalles que antes había pasado por alto. Sus orejas. Ligeramente puntiagudas. No eran humanas, pero tampoco extrañas. Simplemente... diferentes. La ropa. Azul oscuro, blanco y dorado. Demasiado elegante para alguien que viajaba sin rumbo por un páramo congelado. Las líneas doradas recorrían la tela en patrones que cambiaban sutilmente cuando la luz los tocaba. Y entonces, sin querer, bajó demasiado la mirada. Se quedó paralizado. La tela azul oscuro se ceñía ajustada sobre su pecho, marcando el contorno de sus senos. Eran grandes. Imposible no notarlo. Markus se quedó mirando un segundo más de lo que debería, la mente en blanco, sin poder apartar los ojos. ...mierda. Levantó la mirada inmediatamente, pero ya era tarde. Lysandra ya lo estaba mirando. Silencio. Markus sintió el calor subirle por el cuello, extenderse hasta las orejas. Desvió la mirada hacia la ventana. Hacia la mesa. Hacia cualquier sitio que no fuera ella. Lysandra también apartó la mirada. Ninguno dijo nada. Los segundos pasaron lentamente. Markus deseaba desaparecer. Enterrarse en la nieve. Que los mamuts lo llevaran al otro lado del mundo. Finalmente, Lysandra habló. Su voz sonó normal, como si nada hubiera pasado. —Deberías descansar. Aún estás débil. Markus asintió sin mirarla. —Sí... probablemente. Pero antes de girarse hacia el camastro, algo lo detuvo. Una pregunta que había estado flotando en el fondo de su mente. —Lysandra. —¿Sí? —Tú dijiste que no les diste la orden. Que actuaron solos. Ella lo miró, esperando. —Entonces... ¿tienes algún plan conmigo? ¿Para qué te sirvo? Lysandra lo observó en silencio. Sus ojos violetas se mantuvieron fijos en él, y Markus sintió que lo estaban examinando. No era una mirada hostil, pero era intensa. Como si ella estuviera tratando de ver algo que él mismo no podía ver. —No —dijo finalmente—. No tengo ningún plan. Markus frunció el ceño. —¿Entonces por qué me salvaron? Ella negó suavemente con la cabeza. —Eso es lo que yo también quiero saber. Sus ojos no se apartaban de él. Markus se sintió incómodo bajo esa mirada. No podía saber qué estaba buscando, pero parecía estar encontrando algo. —Quizás —dijo Lysandra lentamente— tenga que ver con el aura que emanas. Markus parpadeó. —¿Aura? —Todos los seres vivos tienen una —explicó—. Algunas son débiles, apenas perceptibles. Otras son más intensas. Los espíritus de hielo son sensibles a ciertas cosas. Hizo una pausa. —La tuya es diferente. No sé exactamente qué es, pero ellos la sintieron. Por eso reaccionaron. Markus la miró sin entender del todo. Aura. La palabra se quedó flotando en su mente. Había leído sobre eso. En libros. En novelas web. Historias de mundos con magia, con poderes, con sistemas. Siempre había un concepto de aura, de energía, de algo que los protagonistas descubrían tarde o temprano. ¿Y ahora él estaba en un mundo así? La idea se le ocurrió de golpe, como un fogonazo. Magia. La palabra apareció en su cabeza antes de que pudiera detenerla. —¿Y eso es... magia? —preguntó, y su voz salió más tensa de lo que quería. Lysandra lo observó un momento. Sus ojos violetas parecían estar evaluando la pregunta. —Algo parecido —respondió—. No es exactamente magia, pero se acerca. Algunas personas tienen ciertas cualidades. No sé si es tu caso. Pero los espíritus lo notaron. Markus se quedó callado. Lysandra inclinó ligeramente la cabeza. —¿Cómo es que no sabes algo tan simple? Markus sintió el peso de la pregunta. No podía decirle la verdad. No podía decirle que venía de otro mundo. —No... no crecí con eso —dijo, evitando su mirada—. En mi tierra, estas cosas no existen. Lysandra lo observó con atención. —¿Tu tierra? Markus asintió lentamente. —Es complicado. Pero sí, vengo de lejos. Muy lejos. Ella no preguntó más, pero Markus sintió que su mirada se había vuelto más intensa. Markus guardó silencio un momento, procesando. Después, una idea se formó en su cabeza. —Si el aura que emano es tan diferente... ¿podría ser esa la razón por la que el Vharak me persiguió? Lysandra lo miró con atención. —¿Cómo? —El Vharak. La criatura. Me siguió durante todo el bosque. Se enfrentó a los tres mamuts. No se rindió hasta que lo lanzaron lejos. Hizo una pausa, recordando la escena. —¿Y si me persiguió por lo mismo? ¿Por mi aura? Lysandra guardó silencio unos segundos. Sus ojos violetas no se apartaron de él. —Es posible —dijo finalmente—. Los Vharak son sensibles a ciertas energías. Si tu aura es tan inusual, podría haberlo atraído. Markus sintió un nudo en el estómago. —¿Entonces esa cosa me siguió por algo que ni siquiera sabía que tenía? —Parece que sí. Markus se quedó callado, procesando la información. Pero algo no encajaba del todo. —Espera... —dijo, frunciendo el ceño—. Si me siguió por el aura, ¿por qué no me encontró cuando me escondí? Lysandra inclinó la cabeza. —¿Te escondiste? —Sí. Cuando llegué, construí un refugio con ramas y nieve. Lo tapé bien. Estuve allí dentro durante horas. El Vharak pasó cerca, caminó alrededor, pero no me encontró. Lysandra lo observó con atención. —Un refugio de nieve —repitió lentamente—. Y lo sellaste completamente. —Sí. Ella asintió, como si algo tuviera sentido. —Es posible que te haya notado. Pero la nieve puede ocultar el aura si estás bien protegido. No sabía exactamente dónde estabas, solo que estabas cerca. Markus parpadeó. —¿Entonces me sintió, pero no pudo localizarme? —Exacto. Por eso se detuvo. Estaba buscando, pero no podía encontrarte. Markus sintió que el aire se le escapaba. Había estado a punto de ser descubierto. —¿Y los mamuts? —preguntó—. ¿Ellos también me sintieron? Lysandra asintió. —Sí. Reaccionaron a tu aura. Por eso se acercaron. Markus se quedó en silencio. —¿Por qué? Ella negó con la cabeza. —Eso es lo que quiero descubrir. Markus no supo qué decir a eso. Se quedó en silencio, con la mirada perdida en algún punto de la pared. Su mente daba vueltas. Aura. Espíritus de hielo. Vharak. Magia. Todo era demasiado. Lysandra lo observó con atención. Luego, como si hubiera tomado una decisión, habló. —¿Quieres que te revise? Markus parpadeó. —¿Revisar? Ella asintió. —Puedo sentir tu aura con más detalle si te toco. Así podría saber mejor qué es. Es la primera vez que siento algo así. Markus la miró sin entender del todo. —¿Y eso... cómo funciona? Lysandra levantó una mano. —Solo déjame tocarte. Será rápido. Markus dudó. Pero la curiosidad pudo más que el miedo. —Está bien. Lysandra se acercó. Lentamente. Sin prisas. Levantó la mano y la apoyó sobre su pecho. Markus no sintió nada. Solo el peso de su mano, fría, a través de la tela de su chaqueta húmeda. Lysandra cerró los ojos. Permaneció así unos segundos, en silencio. Luego los abrió. —Tu aura es extraña. Markus parpadeó. —¿Extraña cómo? Lysandra permaneció unos segundos en silencio. —Las criaturas pueden sentirte. —¿Y eso qué significa? —Que tu presencia les resulta más evidente que la de cualquier persona normal. Las criaturas sienten una atracción por ti. No todas reaccionan igual, pero todas te notan. Markus frunció el ceño. —¿Me estás diciendo que huelo para ellas o algo así? —No exactamente. Lysandra volvió a apoyarle la mano sobre el pecho. Esta vez, con más firmeza. —Es más parecido a una señal. Algunas criaturas podrían sentirse atraídas por ella. Otras podrían verla como una amenaza. Algunas incluso podrían reaccionar de manera que no comprendas. Markus tragó saliva. —Entonces... ¿el Vharak me atacó por eso? —Es posible. Sintió tu presencia con más intensidad que a cualquier otra persona. Para él, eras una presa evidente. —¿Y los espíritus de hielo? Lysandra negó lentamente con la cabeza. —Ahí está lo extraño. —¿Qué? —No todas las criaturas reaccionarían de la misma manera. El Vharak pudo haberte percibido como una presa. Los espíritus de hielo, en cambio... Miró hacia la ventana. —Parecieron reconocerte. Markus se quedó callado. —He conocido personas capaces de atraer animales —dijo Lysandra, con un tono que sugería que aquello no era nuevo para ella—. Personas con las que las criaturas se sentían cómodas, o que podían acercarse a ellas sin provocar miedo. Markus la miró. —¿Entonces no es tan raro? —No. Lysandra hizo una pausa. —Lo raro es que los espíritus también hayan respondido a ti. Los espíritus de hielo no son como los animales. Son selectivos. Y tú... les llamaste la atención de una forma que no puedo explicar. Markus sintió un nudo en el estómago. —¿Y eso qué significa? Ella lo miró directamente. Sus ojos violetas parecían atravesarlo. —Todavía no lo sé. Markus no supo qué decir a eso. Se quedó en silencio, con la mirada perdida en algún punto de la pared. Después de un momento, habló. —¿Piensas dejarme en algún pueblo? ¿O en algún asentamiento? Lysandra lo observó. —No. Markus parpadeó, sorprendido. —¿No? —Los asentamientos humanos están muy lejos de aquí. Semanas de viaje. Hizo una pausa. —Además, no soy bienvenida en ellos. Markus la miró con atención. —¿Por qué? Ella no respondió inmediatamente. Sus ojos violetas se mantuvieron fijos en él, pero había algo en su expresión que sugería que la pregunta no era fácil de responder. —Los humanos me temen —dijo finalmente, con un tono neutral pero firme—. Me odian al verme. Markus se quedó callado, procesando sus palabras. No supo qué responder a eso. —¿Siempre fue así? —preguntó después de un momento. Lysandra lo miró. —No siempre. Pero hace mucho tiempo que sí. Markus guardó silencio. No quería presionar. Después de unos segundos, habló de nuevo. —Si no tienes un destino fijo... y no puedes acercarte a los humanos... Hizo una pausa, dudando. —¿Y si regresas a tu hogar? Lysandra dejó de moverse. No parecía sorprendida. Tampoco molesta. Simplemente lo observó. Sus ojos violetas se fijaron en él con una atención diferente a la de unos segundos atrás. Markus sintió que algo había cambiado. No sabía exactamente qué. —¿Qué has dicho? —preguntó ella. —Que podrías volver a tu hogar. Lysandra no respondió. Durante unos segundos, el interior de la caravana quedó en silencio. Markus comenzó a sentirse incómodo. Entonces comprendió que quizá había hablado demasiado rápido. Desde su perspectiva, la idea parecía sencilla. Pero para ella... Era prácticamente una desconocida. Y él acababa de sugerirle que regresara a su casa y que, además, lo llevara con ella. —Solo pensé que... —Markus se apresuró a explicar—. Dijiste que tienes un hogar y que los asentamientos humanos están demasiado lejos. Yo no tengo ningún lugar al que ir. Así que pensé que quizá... Se detuvo. Lysandra seguía observándolo. No parecía enfadada. Pero su postura había cambiado ligeramente. Su espalda estaba más recta y su atención completamente centrada en él. Como si estuviera intentando descubrir sus verdaderas intenciones. —¿Por qué quieres ir a mi hogar? —preguntó finalmente. Markus abrió la boca para responder. Y entonces sintió la presión. No fue gradual. Fue un golpe. Como si el peso del mundo entero se hubiera concentrado en el espacio entre ellos y se hubiera dejado caer sobre él. Markus sintió que algo lo aplastaba. La presión le oprimía el pecho, los hombros, todo el cuerpo. Como si estuviera sumergido en agua profunda y el peso del océano lo estuviera empujando hacia abajo. No podía respirar bien. No podía moverse. Solo podía mirar a Lysandra, y sus ojos violetas estaban fijos en él. No había expresión en su rostro. No había ira. No había nada que Markus pudiera reconocer. La presión duró apenas unos segundos. Y luego desapareció. Markus sintió el alivio como una sacudida. Su pecho se expandió, y el aire entró en sus pulmones con una rapidez que le hizo toser. La respiración se le aceleró. Rápida, entrecortada. Casi se cae. Su mano se agarró al borde del camastro. Los dedos se le cerraron con fuerza sobre la madera. Lysandra seguía mirándolo. Su expresión era neutral, pero Markus sintió que algo había cambiado. Se dio cuenta de lo que había hecho. Había preguntado demasiado. Había asumido que podía pedir algo así sin consecuencias. —Porque no tengo otro sitio al que ir —dijo finalmente, con la voz aún temblorosa. Lysandra no respondió. Markus tragó saliva. —Pero supongo que eso no es lo que quieres saber. Ella permaneció en silencio. Markus bajó la mirada. —No sé qué quieres que diga. Acabo de llegar aquí. No conozco a nadie. No sé dónde estoy ni cuánto tiempo podría sobrevivir solo. Levantó nuevamente la mirada. —Pero tú me salvaste. Tus espíritus me salvaron. Y ahora mismo eres la única persona que conozco que no ha intentado matarme. Hizo una pausa. —Así que sí. Confío más en ti que en cualquier otra cosa que tengo. Lysandra lo observó en silencio. Esta vez, su mirada no era tan penetrante. Era más reflexiva. —Eso tiene más sentido. Markus dejó escapar un pequeño suspiro. —Entonces... ¿es un sí? Lysandra lo miró durante unos segundos. —No he dicho eso. —Ah. Ella volvió la mirada hacia la ventana. Los espíritus de hielo continuaban avanzando lentamente por el paisaje blanco. —Pero tienes razón en algo. Markus esperó. —Si el asentamiento más cercano está demasiado lejos y tú no tienes ningún destino... Hizo una pausa. —Entonces llevarte conmigo es probablemente la opción más segura. Markus levantó ligeramente las cejas. —¿Eso significa que vamos a tu hogar? Lysandra tardó unos segundos en responder. —Sí. Markus sonrió ligeramente. —Bien. Hubo un momento de silencio. Markus miró a Lysandra, luego apartó la mirada. Se pasó una mano por la nuca. —Oye... —dijo, dudando—. Esto puede sonar raro, pero... me siento extraño hablando contigo. Lysandra lo miró. —¿Extraño? —Sí. Como si nos conociéramos de antes. Hablamos con demasiada confianza para ser dos desconocidos. Hizo una pausa. —Y yo... bueno, no sé si he sido irrespetuoso. No era mi intención. Lysandra lo observó en silencio. Luego, sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible. —No hay problema. Markus parpadeó. —¿No? Ella negó con la cabeza. —No hablo con nadie desde hace mucho tiempo. Markus se quedó callado. No supo si eso era triste o simplemente un hecho. —¿Cuánto tiempo? Lysandra no respondió. Solo lo miró, y Markus entendió que no quería hablar de eso. —Bueno —dijo, cambiando de tema—. Debería descansar. Lysandra asintió. —Sí. Markus se giró hacia el camastro y se tumbó, con la cara hacia la pared. Cerró los ojos, pero su mente seguía dando vueltas. Vharak. Espíritus de hielo. Lysandra Vex. Y su propia metedura de pata. Se cubrió la cara con una mano y suspiró en silencio. Esto iba a ser más complicado de lo que pensaba. Abrió los ojos. La oscuridad de la habitación era la misma. El balanceo de la caravana seguía siendo rítmico. Pero algo había cambiado. Una sombra. Algo oscuro se movía en el borde de su visión. Markus giró la cabeza lentamente. Primero hacia la izquierda. Nada. Luego hacia la derecha. Y se quedó sin aliento. La ventana estaba ocupada por una cabeza enorme. El mamut. Su rostro azulado, con esos ojos que parecían no tener fondo, estaba pegado al cristal, mirándolo fijamente. Su aliento empañaba el vidrio en un ritmo lento y constante. Markus dio un salto. Literalmente. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, y se apartó del camastro como si hubiera recibido una descarga. La espalda chocó contra la pared de madera. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que podía oírlo. El mamut no se movió. No parpadeó. Solo lo miró. Y entonces, lentamente, su trompa se deslizó a través de la ventana. Markus se quedó petrificado. No podía moverse. No podía gritar. Solo podía mirar cómo aquella trompa, gruesa y de un azul pálido, se extendía hacia él. Se retorció contra la pared, intentando alejarse, pero no había espacio. La trompa se acercó más. Más. Y lo tocó. Suavemente. En la cabeza. Markus sintió el frío. No era un frío normal. Era un frío que no dolía, que simplemente estaba allí. El mamut lo tocó un momento. Dos. El tiempo pareció detenerse. Luego, la trompa se retiró. Lentamente. Con la misma calma con la que había llegado. La cabeza del mamut desapareció de la ventana. El cristal quedó vacío. La luz gris del exterior volvió a filtrarse. Markus seguía pegado a la pared, sin poder moverse. El corazón le latía con fuerza. La respiración era rápida, entrecortada. No sabía qué acababa de pasar. Solo sabía que el mamut lo había tocado. Y que no había sido agresivo. Pero tampoco había sido normal. Se quedó allí, contra la pared, mirando la ventana vacía. Y supo que no iba a poder dormir.
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Estás leyendo el capítulo 5 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 25 de agosto de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.